Los desesperados supervivientes alemanes se enfrentan a un dilema. Por un lado, a su retaguardia, la infección ha convertido a soldados SS en muertos vivientes descerebrados, y poco a poco está comenzando a extenderse mediante mordeduras a muchos de los supervivientes. Por otro lado, las tropas enemigas, tras un devastador bombardeo artillero preliminar, se han lanzado al ataque, con el objetivo de aplastar las líneas germanas. ¿Qué encontrarán los soviéticos cuando tomen al asalto las posiciones alemanas¿Zombies¿Supervivientes¿Se contagiará la Infección de procedencia desconocida a las unidades soviéticas también?


El capitán, empuñando su P-38 como única arma, caminaba al lado del único superviviente de las Waffen SS.

– ¿Está ud. herido? – le preguntó.

– En absoluto, no me han tocado ni las balas ni los mordiscos. –respondió orgulloso el soldado SS.

– De acuerdo…vamos a ir a ver si encontramos más supervivientes. O, al menos, para conseguir agenciarme algún arma. No creo que con esta pistolita dure mucho más...

En ese momento llegó a los oídos de ambos un ruido ligeramente familiar. Motores de tanques, cerca de ellos. Se trataba de los motores Diésel de los T-34 rusos.

El capitán se alegró de oírlo, pero Jurgen se quedó aterrorizado. Pertenecía a una división acorazada de élite, y los tanques eran lo suyo. Los reconocía muy bien…tanto los suyos como los de ellos.

– ¡Por fin¡Son nuestros tanques, vendrán a rescatarnos! –exclamó el hauptmann, ilusionado.

– No son tanques nuestros. Ese es el ruido que hace Iván cuando ataca con tanques, señor.

El capitán le miró con los ojos muy abiertos.

– Quiere decir…

– Síp. Vienen los rusos, pero no se preocupe. No deje de correr y todo saldrá bien.

Jurgen, seguido del capitán echaron a correr, mientras los motores sonaban cada vez más cerca, y de todas direcciones.

Justo en ese momento el primer T-34, con un montón de soldados rusos subidos encima, subió una pequeña elevación. Su figura aterradora se perfiló con todo detalle. El jefe de carro les debió de ver, porque un proyectil rompedor calibre 85 mm. hizo impacto, sin darles por pura suerte. La metralla se esparció por todas partes, y enseguida la ametralladora DP Modelo 1928 comenzó a escupir sus 600 proyectiles por minuto, y las balas rebotaron alrededor de los dos soldados alemanes que corrían todo cuanto podían.

El capitán Müller se empezó a quedar atrás y sudaba a mares, con lo que el joven soldado de las SS Leibstandarte le aferró de la pechera y se lo llevó a unos edificios, donde de un empujón le hizo ponerse cuerpo a tierra.

Un cañonazo ruso hizo volar una pared cercana y llenarles de polvo blanco el uniforme.

Un segundo cañonazo, por fortuna más lejano, levantó otra cortina de polvo.

Y mientras tanto, balas de ametralladora calibre de 7,62 mm rebotaban por todas partes, arrancando cachos de pared y levantando nubecillas de polvo, pero afortunadamente daban lejos de ellos.

Los dos hombres se levantaron inmediatamente.

Con todo el polvo no veían nada, pero por los pasos era obvio que alguien se les acercaba. Müller levantó su pistola.

En ese momento notó un mordisco en el brazo derecho, que tenía extendido.

Jurgen oyó el grito y se volteó, entre el polvo distinguió dos siluetas, una de ellas mordiendo a la otra.

Instintivamente, levantó el rifle y disparó dos veces a la silueta que mordía; ésta cayó al suelo.

Llegó hasta el hauptmann, y con un gesto le hizo guardar silencio cuando oyó voces que hablaban en ruso.

Davay, mi voz'mem etij graznij nemzov. (Venga, atraparemos a esos malditos alemanes).

Vi videli kak oni ubegali? ni vse trusi. (¿Vistes como corrían? Son todos unos cobardes...)

Ya budu smeyatsa virivaya' im po kajdomu palzy nog. Eti ubludki ubili vsy moju semju v Sevastopole tri goda nazat. (Disfrutaré arrancándoles uno a uno los dedos de los pies. Mataron a toda mi familia en Sebastopol hace tres años)

El soldado de las SS tragó saliva y miró al capitán.

Herr Hauptmann…vámonos de aquí.

El oficial estaba pálido, agarrándose la herida y apoyado en un cacho de la pared, negándose a seguir adelante.

– ¿Herr officer? –insistió Jurgen.– No entiendo el ruso, pero creo que va siendo hora de irnos de aquí…

En ese momento los rusos comenzaron a blasfemar y a disparar. Sonaron disparos de Mossin Nagant y de subfusiles PPSh-41, las armas más comunes en la infantería Rusa. Pero no tiraban contra ellos…sino contra los zombies.

Los soldados rusos se habían encontrado con que cinco soldados alemanes venían hacia ellos, con uniformes roídos y ensangrentados.

Pero no llevaban armas y caminaban como si estuvieran borrachos.

Los soldados, por venganza y por diversión, abrieron fuego contra ellos. Lograron matarlos gracias a la potencia de fuego.

Los cuerpos danzaron, por efecto de las balas, y finalmente cayeron a la fría tierra.

Los soldados rusos rieron, pero pronto dejaron de hacerlo cuando fueron severamente reprendidos por un comisario ruso del NKVD que había bajado del tanque de mando.

– "¡Os dimos severas órdenes de apresar soldados con vida para interrogarlos! Han estado haciendo experimentos aquí, y queremos saber lo que ha pasado. Como volváis sin un maldito prisionero, os mataré a todos. ¿Entendido?"

Todos asintieron, y se separaron para registrar las ruinas en busca de los dos soldados que antes habían salido corriendo.

El comisario Oleg observó como la chusma de la infantería cumplía sus órdenes a rajatabla.

El capitán vio como un soldado ruso con su casco y empuñando un Mossin Nagant modelo 1944 con bayoneta se le acercaba.

Empuñando la pistola Walter con la mano izquierda, pues la derecha le dolía de la dentellada, le fue a disparar al soldado ruso.

En ese momento alguien le habló por detrás en ruso y disparó al aire.

La detonación del disparo hizo mirar al otro soldado, y apuntó al capitán con su fusil.

Éste, de pronto, no supo que hacer y permaneció paralizado. De pronto, tuvo una inspiración y para evitar que le matasen, levantó los dos brazos hacia arriba.

Los rusos sonrieron.

Habían atrapado a Herr Hauptmann.

Mientras, el soldado de las SS se arrastraba intentando huir de los soldados. Dando gracias a todo el polvo que tenía por encima, su uniforme negro era muy difícil de ver sobre los escombros.

Arrastrándose como una serpiente cada vez que no oía a alguien cerca, pronto logró abrirse camino hasta un pequeño refugio desde el cual no podía ser visto…pero no contó con que hubiera un soldado ruso meando justo encima de él.

El chorro de orina le empapó el abrigo, y permitió al soldado verle sin problemas. En décimas de segundo, colocó la rodilla encima de la espalda del alemán y le encañonó con su Mossin Nagant.

Jurgen, antes de darse cuenta, tenía encima a un soldado soviético con el miembro fuera apuntándole con su arma y dando la voz de alarma.

No tuvo más remedio que rendirse; y que desear que jamás descubrieran que era un soldado de las SS.

En los bajos de una iglesia completamente destrozada, dos hombres dialogaban, intentando buscar una salida.

Herr Obersturmführer, ya parece que ha parado la artillería, y esta vez es en serio…

El teniente de las SS frunció el ceño.

– ¿Y qué pretende ud., sargento¿Salir fuera, y arriesgarnos a convertirnos en comida para zombies?

– No creo que quede nada vivo, señor… la artillería de los bolcheviques habrá despejado la zona.

– No me fío… –El teniente pareció meditar.– Esas cosas poseen resistencia inhumana, ya debería saberlo, sargento.

El sargento miró alrededor. Justo donde se encontraban ahora, antaño había sido la parte principal de la iglesia, pero dos bombas incendiarias habían echo su estrago allí, dejando sólo paredes manchadas de fósforo, y restos de madera. El techo y algunas habitaciones anexas habían desaparecido, y el campanario se había desplomado. Además, estaba lleno de cuerpos de soldados de las SS que yacían, todos ellos tiroteados.

– Lo sé, Herr Officer, pero no creo que este lugar resista otro bombardeo. Hay que ir a otro lugar más seguro.

Mientras hablaban, la puerta doble de madera tembló. Los dos SS apuntaron con sus subfusiles, y la puerta no tardó en ceder, y cuatro zombies con uniformes de las SS, como todos, se precipitaron dentro de la iglesia.

El teniente y su sargento se vieron obligados a retroceder, porque aunque tumbaron a dos de ellos, otros dos hicieron su aparición.

El teniente corrió hacia una habitación de un velatorio lleno de velas, una de las pocas habitaciones aun intactas. Antes que ellos, algún SS de los que resistían en el pueblo había cometido el sacrilegio de defecar en esa zona. Sin que eso le importara, el SS, desesperado, se encaramó al velatorio, pisando las velas encendidas con las botas, con el objetivo de llegar a la ventana.

El sargento llegó detrás de él, recargando su MPI.

– Estoy seco, señor.

– A mi solo me quedan dos cargadores. Venga, vámonos de aquí.

Mientras se encaramaban a la ventana destrozada por las bombas, los zombies se acercaban, arrastrando las botas y gimiendo. Sus voces lastimeras sonaban en el vacío de la iglesia.

Renqueantes, el teniente fue el primero en alcanzar la ventana, atravesarla, y saltar al otro lado del muro. Se cubrió detrás de una viga caída, esperando por su compañero.

El sargento SS cayó mal, y emiquió un quejido.

– ¡Joder! Mi tobillo.

– Deja de quejarte, mariquita. –le incriminó su superior.

Juntos, avanzaron unos metros, pero se detuvieron. Por las cercanías sonaron voces rusas, y disparos.

El teniente se quedó paralizado, pero el sargento se tumbó encima de él para que se agachase, y luego rodó hacia una mejor posición de tiro.

Primero apareció el cañón de un tanque soviético, seguido de una avanzada de soldados. Sin embargo, seguidamente hubo una explosión, y del carro de combate comenzó a salir humo.

La tripulación se apresuró a abandonarlo, mientras la infantería se alejaba, intentando buscar la causa de la agresor.

Y se fueron acercando hacia los dos SS emboscados.

El teniente, que no tenía mucha experiencia de combate, disparó con el subfusil a lo loco, aunque logró tumbar a dos soldados, los otros se agacharon y devolvieron el fuego, mientras preparaban granadas de mano para desalojarles.

El sargento agarró al teniente del brazo, y mientras éste disparaba al cielo, gritando con todas sus fuerzas, se lo llevó de allí.

Le dolía el pie, una bala perdida le había dado en el abdomen, aunque no parecía nada grave, y encima le habían mordido en la iglesia.

– Señor, vámonos de aquí cagando leches. ¡Nos retiramos!

En ese momento, mientras se retiraban a toda velocidad, el teniente vió que el sargento se sujetaba un brazo. Y que tenía un sangriento agujero en el abdomen, aunque eso era secundario.

– ¿Qué te ha pasado en el brazo¿Una mordida?

– Negativo, ha sido una bala perdida

El teniente no se lo creyó, pues una bala no desgarraba la ropa de esa forma, pero se abstuvo de decir nada.

Ambos siguieron corriendo, mientras huían de los rusos, que sorprendentemente no les perseguían porque estaban distraídos. Sonaban disparos a sus espaldas, y más explosiones. Al parecer, u otros supervivientes estaban plantando cara a las tropas de Iván el Terrible, o las tropas de Iván se habían topado con zombies.

Los soldados rusos cachearon a los dos alemanes capturaron. No tardaron nada en descubrir que se trataba de un oficial de la Wehrmacht…y de un soldado de las SS.

Aparte de robarle el reloj de oro de su camarada Müller, los rusos patearon a Jurgen hasta tirarle al suelo, gritando todo el rato en un alemán cutre: "Du SS, du SS!"

Al capitán simplemente le despojaron de sus prismáticos, su daga de oficial, sus escasos cigarrillos y su magnífico reloj, pero le dejaron tranquilo. Observó como los rusos daban patadas al soldado SS que le había salvado la vida, sin atreverse a hacer nada. Un soldado le apuntaba con su subfusil para que no se moviera, y no dejaba de mirarle.

De pronto, los soldados dejaron de pegarle. Jurgen se intentó incorporar sobre sus brazos, pero el ruido de varios cerrojos de armas le convenció para que desistiera.

Un soldado le clavó la puntiaguda bayoneta del Nagant en la nuca.

– Si tu moverte yo matar…. ponyatno? –le habló en un alemán con palabras del ruso. Jurgen asintió, pero de todas formas el soldado le pegó un culatazo en la nuca, bajo el casco, y los brazos le cedieron.

Al caer de nuevo al suelo, otro soldado le quitó el casco y le empezó a golpear con una piedra.

A cada golpe, Jurgen pensaba que se le iban a caer todos los dientes y le temblaban todos los huesos del cráneo, pero de nuevo cesaron los golpes y los gritos.

Oyó el sonido de botas al cuadrarse, y algo así como:

Ura nashemu comandiru Stalinu! (¡Viva el Gran Camarada Stalin!)

Ura!!

Ante Jurgen, tendido sangrante en el suelo, y ante el capitán apareció un oficial soviético de alta graduación. Aunque se paró delante de Jurgen, miró al capitán.

– Perdone a mis hombres –dijo en un alemán muy bueno, a modo de presentación.– No les han sido inculcados buenos modales como a vosotros, los fascistas. Nosotros, los rusos, tenemos otro sentido del trato a los prisioneros alemanes. Pero conmigo estaréis bien. Si colaboráis y respondéis a las preguntas, contad con una cama mullida y comida caliente en el próximo tren que salga hacia Moscú, donde permaneceréis hasta el fin de la Guerra, y a partir de entonces seréis libres.

Con las manos detrás de la espalda, y su cartuchera con una pistola Tokarev TT-33 dentro bien a la vista, dio unas zancadas alrededor del SS caído. Le miró

– Vaya…un soldado de las famosas SS, de los que ametrallan a mi pueblo y fusilan a mis soldados.

– Yo..no soy de esos…soy conductor de tanque…. – intentó decir Jurgen, pero su mal estado hacía imposible que hablara correctamente. Le sangraban todas y cada una de las muelas a causa de los continuos golpes, y su cara estaba llena de magullazos.

El oficial ruso hizo oídos sordos y continuó caminando, hasta situarse delante del hauptmann.

Uvedite ij v moy lager' , jivo! (¡Llevadlos a la base inmediatamente!) –gritó.

Tovarich kapitan, vosvrashatysa na bazu v etoi situacii nevozmojno, mogut bit soprotivlenia… mi poluchili prikaz ostatsya sdes do prixoda vozduwnij podkrepleniy. (Camarada capitán, regresar a la base en estas condiciones es imposible, puede haber bolsas de resistencia…hemos recibido órdenes de permanecer aquí hasta la llegada de refuerzos por aire) –respondió un sargento.

Blyat, tak sdelayte kanclagerya v etom tupom gorode. (Joder, pues montad un campo de refugiados en esta maldita ciudad)

Varios soldados fueron a cumplir la orden, llevando con ellos a los dos prisioneros.

I vi,dvigaytes, mi doljni polnostyu prochistit eto mesto! Sdes mogut bit sotni Fritzov, ruchnie orujiya, kotorie jdut nas mejdu etix razvalin. (¡Y vosotros, moveos, tenemos que despejar completamente este lugar! Puede haber cientos de Fritz, armas en mano, esperándonos, entre esas ruinas.)

Dentro de la enfermería, los tres médicos supervivientes se habían vuelto locos. Debían eliminar a todos los posibles infectados antes de que se extendiera, pero no había manera de convencer a los soldados, que se resistían a tales asesinatos.

– ¡Debemos hacerlo! –insistía el médico en jefe.

– ¿Se ha vuelto ud. loco¡Maldito majadero, no dejaré que mate a estos hombres! –un soldado histérico señalaba de un lado a otro con su STG 44, sin el seguro puesto.– ¡Pueden salvarse todos¡Usted, que es un matasanos, debería curarlos, y no matarles¡No lo permitiré!

– ¿Es que no lo entienden¡Podemos morir todo si los dejamos aquí! – Sven iba de un lado para otro intentando poner orden, pero nadie le hacía caso.

Mientras, el cabo intentaba también imponer orden, llegando al extremo de levantar una pistola y disparar al techo. La bala se incrustó en el techo, y causó el efecto deseado: Todos se callaron.

– A ver, un poquito de calma. Para los nuevos, si uno de esos tíos enloquecido te muerde te vuelves como ellos, lo he comprobado. Los de las SS se levantaban y mordían a los nuestros…y también habéis observado antes lo que le pasó a uno que estaba aquí. Debemos…

El teniente iba a abrir la boca para interrumpirle, pero un grito de Krabbel les interrumpió a todos.

– ¡Vienen los rusos! Han aparecido por todos lados…joder…solo veo infantería, pero se mueven rápido, son soldados normales. ¿Disparo?

No hizo falta que nadie dijera nada, y la MG-42 empezó a rugir con su característico sonido de desgarrar tela. Sus potentes balas pronto destrozaron a las tropas de vanguardia rusas, que corrieron a refugiarse del fuego demoledor, e inesperado. Daban por sentado que el pueblo estaba abandonado, y que los alemanes se habían retirado.

Los soldados supervivientes se amontonaron en la puerta. En su mano tenían el único Panzerfaust y algunas granadas. Bajo el estrépito de la ametralladora, explicaron rápidamente algunas tácticas infalibles para destruir un carro de combate enemigo.

– El truco aquí es que nadie del tanque nos vea. Haceos pasar por un cadáver, meteos bajo los escombros o entre el barro, o lo que sea, pero completamente quietos hasta que el tanque esté lo bastante cerca. Cuando esté al alcance de la mano, le metéis una granadas por el cañón y algunas minas Tellermine en la junta entre la torreta y el chasis. Eso debería hacer volar el carro por los aires. Lo ideal sería atacar por los flancos, correr de uno a otro colocando minas y granadas. No os detengáis por nada del mundo, u os freirán. –mientras hablaba, miraba fijamente a todos y cada uno de sus "alumnos".

Algunos asintieron y el resto permaneció callado.

– Bien¡allá vamos! –gritó el cabo, y abrió la puerta lateral.

Lo primero que encontraron fue a un zombi devorando a un compañero de su misma compañía.

Le ametrallaron, ráfagas que fueron amortiguados por el continuo crepitar de la MG.

– Pronto empezarán a llover zambombazos aquí, démonos prisa.

Los soldados se desplegaron por la calle central, agujereada de cráteres, y plagada de cuerpos de zombies abatidos, la mayor parte de ellos agujereados.

Krabbel se quedó atrás un momento.

Pensaba indicarle a los del 42 que se movieran, porque ese lugar ya habría sido localizado por los rusos, y si no lo volaban directamente a cañonazos, lo harían mediante artillería de tiro indirecto, después de que la infantería les diese las coordenadas.

El veterano soldado no se equivocó, y tres cañonazos hicieron impacto directamente el garaje, con su médico en jefe y los heridos dentro; la MG-42 cayó para siempre.

Sven, empuñando su P-38 y con algunas granadas con forma de de huevo en su cinturón y una granada de palo en cada bota, se echó en un sitio que le pareció ideal. El tanque no le vería hasta que le tuviera encima, y tendría tiempo de colar su granada y echarse cuerpo a tierra antes de que el sirviente de la ametralladora tuviera siquiera tiempo de verle.

Vio que cerca de él, otro soldado (Kart) escogía una posición elevada, a la cual los cañones no llegarían.

De pronto, Sven oyó como un pequeño crujido, y miró a su derecha. Observó, horrorizado, que en un cráter de obús dos zombis estaban devorando con calma a un cuerpo inerte de un soldado. Lo curioso es que los dos zombis eran de la Wehrmacht, o habían sido, y el soldado al que devoraban era un miembro de las SS.

" Para que luego digan que la enfermedad no se contagia… "

En el momento en que uno de los seres infectos plagados de virus alzó la cabeza, Sven le disparó con su Walter.

Dos de cuatro disparos le dieron en la cabeza, y logró tumbar al segundo tumbo con cuatro disparos en el pecho, de los cuales uno dio, por casualidad, en plena columna vertebral y le cercenó la cabeza del cuello.

Por fin, pudo atender a la otra amenaza aún mayor…los tanques soviéticos que venían hacia él.

Karl pudo ascender por la escalera hasta lo alto de un edificio, desde el cual veía más o menos toda la zona que no estaba aún cubierta por el polvo.

Por las escaleras, había encontrado un extraño panorama con algunos cuerpos de soldados de la Wehrmacht asesinados a mordiscos y de las SS asesinados a disparos, pero ninguno vivo.

Una vez en lo alto, Karl preparó su Panzerfaust 60 para el combate, con el tubo por encima del hombro y con la mira pegada a su ojo, tal y como había que hacerlo, preparado para tirar contra el primer tanque que pasara.

Y esperó a que ese tanque se acercara lo suficiente.

A bordo del primer T-34, el teniente Kovashenko, jefe del carro en vanguardia, sobresalía de la torreta. Tras haber acallado los disparos de la ametralladora emplazada, su tanque iba en vanguardia para peinar la zona. Veterano del Kursk, tenía en su haber el conseguir destruir casi todos los tanques que los alemanes le habían lanzado, desde vehículos ligeros como el tanque modelo III o el tanque modelo IV (se refiere al Panzer ausf. III y al Panzer ausf. IV) hasta bestialidades como el Tiger I o Tiger II.

Kovashenko se conocía de memoria los puntos débiles de todos los carros de combate alemán, y enfrentarse a un tanque pesado era todo un desafío para él.

Sostenido sobre sus anchas cadenas, el T-34/85 avanzaba sobre el asfalto carcomido por los continuos proyectiles. A su lado, todos los edificios eran ruinas y la acera estaba impracticable.

En el chasis del tanque, agarrados a la torreta, viajaban seis soldados de infantería de asalto rusa, una de las mejores del ejército Rojo. Siempre marchaban en tanques, se desplegaban para los asaltos y subían de nuevo.

De pronto Kovashenko vio, por el rabillo del ojo, a una figura moviéndose.

Giró la cabeza y vio de nuevo a dos soldados alemanes.

Ningún T-34 llevaba una ametralladora antiaérea, de modo que ordenó al tirador dispararle un proyectil a las figuras que se movían, aunque fuera para intimidarlas.

Podía hacerlo él mismo, pero no se quiso molestar.

Mikhail obedeció y las figuras tambaleantes desaparecieron en una nube de polvo y tierra.

En ese instante, todo el vehículo sufrió una brutal sacudida y la cabina se llenó de polvo.

Cuando el tanque intentó avanzar, la cadena se zafó de sus dientes y engranajes, y la rueda motriz dejó de funcionar. Acababa de pisar una mina.

Los ingenieros, junto a los soldados, que iban en dicho tanque, descendieron para ir a reparar la oruga y cubrir la labor, mientras el segundo tanque sorteaba al primero rodeándole.

En ese momento, Kovashenko vio más figuras, pero no caminaban balanceándose como las otras, sino que portaban armas y corrían.

Por el rabillo del ojo, vio que debajo de su tanque salía corriendo una figura llevando algo en una mano, que corría hasta ponerse a cubierto. Por lo tanto, le acababan de endosar una carga magnética, que por pura suerte sólo le había inutilizado una cadena.

Mientras, demasiado lento, de un salto descendía adentro del tanque para evitar las balas, pero una de las siluetas le apuntó, y solo notó dolor cuando una bala le dio en la yugular.

Su cuerpo cayó para delante, y notó que se asfixiaba, pero que no moría.

El tanque que estaba a su lado voló por los aires cuando un proyectil antitanque de corto alcance le dio justamente en la junta de unión de la torreta y el chasis, calcinando a toda su tripulación.

Los zapadores que rodeaban el tanque de Kovashenko fueron tiroteados, y la infantería alemana, o lo que quedaba de ella pues solo eran cuatro hombres los que corrían, colocaron una carga en la torreta del tanque de Kovashenko.

Éste, mientras agonizaba, miró a los ojos al alemán que colocaba la carga. Su mirada refulgaba odio, pero el alemán rápidamente hizo su trabajo y colocó la mina T en un lateral.

Miró a los ojos al jefe de carro agonizante y se largó de allí, notando un exceso de calor cuando la mina explotó y el tanque quedó completamente destrozado.

Otros dos tanques más fueron destruidos de la misma manera, antes de que la infantería rusa pudiera organizarse y rodear a los pocos soldados alemanes que había, que entre explosiones por todos lados, no sabían qué hacer.

Sven tiró dos granadas contra algunos soldados rusos que pasaban cerca de un tanque en llamas, y los mandó a volar por los aires. El compañero que estaba a su lado cayó víctima de los disparos rusos, y Sven aprovechó para recoger su Kar98k.

Apuntando con precisión, logró separar el casco de la cabeza a un par de soldados soviéticos medio escondidos entre las ruinas, antes de notar el frío cañón de un arma en su nuca.

Al parecer los soviéticos habían recibido la orden de hacer la mayor cantidad de prisioneros que pudieran, y gracias a Dios no iban a desobedecerla, bajo riesgo de ejecución sumaria.

Los soldados soviéticos avanzaban con ferocidad, al grito de:

Davay, davay

Oskar también fue capturado del mismo modo, pillado por sorpresa cuando se disponía a lanzar su última Eihandgranate 39.

Obligado por los rusos, volvió a colocar la anilla de seguridad y dejó la Stielhangranate en el suelo, para después levantar las manos.

Pietter, con dos balas en el pecho, siguió disparando, y tras agotar toda la munición se echó a un lado, rodando, para intentar coger una pistola de un cuerpo tendido.

Lo hizo, y al comprobar que estaba cargada, fue a dispararle a un soldado ruso solitario que había saltado un pequeño terraplén, y una bota se le había introducido entre dos piedras grandes.

Cuando Pietter fue a dispararle, el cuerpo del que había cogido la pistola se empezó a incorporar, con los ojos blancos. El soldado le disparó en la frente dos veces. Pero cuando fue a girar la cabeza para tirar contra el ruso, notó la larga bayoneta del Mossin Nagant 1944 atravesando su cuello, y cayó muerto.

El soldado ruso retiró la bayoneta, y en ese momento recordó la orden de los prisioneros vivos. Ya no podía hacer nada por ese al que acababa de despachar, así que se concentró en encontrar otros.

Kriestler no tenía ninguna munición, y sacó su bayoneta.

Aún cuando cuatro rusos le rodeaban, haciendo uso de su corpulencia, intentó hincar la daga en la yugular a uno de ellos.

Los otros le redujeron a culatazos, y una vez inconsciente, se lo llevaron.

El teniente Krüger Pfefferberg luchó hasta agotar las balas, y cuando sólo le quedaba una en la recámara, se metió la pistola en la boca y se voló la tapa de los sesos.

Un soldado ruso le vio morir, y nada más llegar registró su cadáver, en busca de algo interesante.

Los restantes soldados alemanes fueron hallados muertos, o en el caso del cabo, mortalmente heridos. De todas formas, el cabo fue recogido del suelo, y aunque un obús del 85 le había cercenado las piernas y parte del abdomen, sus intestinos fueron introducidos con esmero dentro de su barriga, y se le colocó en una camilla, pues querían interrogar a la mayor cantidad de gente posible.

En lo alto del edificio, Kart disparó su Pzfaust, pero vio como varios metros detrás del carro surgía una nube de polvo. Había fallado, no había tenido en cuenta la altura. Y no disponía de ningún otro lanzacohetes.

Se asomó por encima del muro, y vio como la infantería desmontaba del carro y corría hacia el edificio donde se encontraba él. Apuntó con el Kar98 y disparó a un soldado, pero volvió a fallar. Mientras recargaba el rifle para volver a disparar, hubo un fogonazo proveniente del cañón del tanque, un estampido, y la estructura del edificio tembló. Cuando volvió a mirar, una nube de polvo había ocultado al tanque, y a la infantería. Kart preparó cinco granadas y las tiró por encima del muro, en dos intervalos. Y luego empuñó su Kar98 y apuntó hacia la puerta de la azotea, con otra granada al alcance de la mano.

La infantería rusa corrió hasta la puerta del edificio, que despejaron con granadas, por si acaso. Mientras tanto, el tanque disparó contra la pared, abriendo un enorme agujero, por el que entraron también algunos soldados.

En la primera sala, un lujoso salón, no había nadie, salvo algunos cuerpos tendidos. Recorrieron rápidamente el piso, y ascendieron al segundo. En él, encontraron a algunos alemanes, que se estaban levantando. Los soviéticos les acribillaron… pero los soldados continuaron intentando incorporarse.

– ¿Qué demonios…?

Los soviéticos bajaron las armas, al ver que los alemanes, acribillados, se seguían intentando levantar. Y descuidaron su retaguardia.

Un médico se acercó a los alemanes, pero uno de ellos se le abalanzó encima.

El ruso cayó al suelo, peleando contra su agresor, que literalmente le comía la garganta.

Los soldados alemanes se terminaron de incorporar, y se lanzaron contra los rusos.

Éstos dispararon con sus PPSh a ciegas, acribillándose incluso entre ellos. Tres soviéticos cayeron por balas rusas.

Finalmente, tras unos intensos minutos, los soldados supervivientes respiraron tranquilos. Había costado, pero todos los alemanes estaban completamente muertos, a pesar de que algunos camaradas habían sido heridos.

Mientras los soldados comprobaban los cuerpos de los alemanes, preguntándose cómo demonios se habían convertido en SuperHombres, sonaron varios disparos en el edificio, y los soldados recordaron que arriba seguía habiendo un tirador boche.

Subieron las escaleras a toda velocidad, pero no había más alemanes, ni de los normales, ni de los caníbales. No obstante, al llegar al último piso, vieron dos cuerpos tendidos en la puerta, con los ojos blancuzcos, y a un soldado devorando a mordisco limpio a otro soldado alemán. Al lado había un rifle alemán sin munición, con varios casquillos, y un tubo lanzacohetes utilizado.

Los rusos dispararon al "zombie" hasta tener la certeza de que estaba bien muerto. Comprobar los cuatro cuerpos, incluído el del tirador alemán, muerto a dentelladas, y descendieron a informar.

Cuando llegaron a la calle, vieron varios tanques rodando por la calle, y varios prisioneros alemanes capturados. Alemanes normales, no como los otros.

Otros dos soldados alemanes fueron encontrados completamente enloquecidos, ajenos al combate que se desarrollaba. Intentaron cogerlos vivos, pero se resistían. En el transcurso del forcejeo, mordieron a un soldado soviético en el cuello.

Los otros soldados, enfurecidos por la venganza, golpearon con las culatas de sus fusiles a los dos soldados hasta dejarlos inertes.

Cuando se iban a ir, de pronto los dos soldados se incorporaron de nuevo y volvieron a la batalla; al parecer la locura les había dado fuerzas sobrenaturales y hubo que ametrallarles a los dos con una DPM cal. 7,62 mm.

El comisario político por la defensa del pueblo observó como todos los soldados alemanes capturados eran encerrados juntos en mitad de una plaza, junto a una alambrada más alta que un hombre; todos fueron juntados, sin importar los rangos o su estado de salud.

Todos en silencio, pero el comisario Oleg observó un detalle curioso: los soldados alemanes, entre ellos el médico superviviente y el joven capitán, situaron a dos de los tres heridos lo más lejos posible de ellos, y continuamente pedían que le matasen a ellos dos, pero sin dar explicaciones.

Un rato después, otro soldado con un vendaje se empezó a sentir mal, y fue trasladado al rincón, aparte de pedir él mismo y sus compañeros que le matasen.

Era algo digno de ver…y muy extraño.

Mientras tanto, proseguía la exploración del pueblo, y los cañonazos y disparos de armas variadas. Y poco a poco, llegaban confusos informes de extraños enfrentamientos con infantería alemana de fuerza sobrehumana.