El cabo primero Sergei dio un pequeño salto cuando oyó un disparo muy cercano, el inconfundible sonido del disparo de un fusil ruso.

A sus espaldas, un soldado soviético empezó a tirar con su fusil Mossin Nagant 1938 de precisión; su puntería, sin ser buena, era aceptable.

Fue hasta él, y cuando recargaba para disparar de nuevo a la botella de Vodka colocada encima de unas piedras contra una pared, le cogió el fusil con la mano y lo elevó.

– Venga, camarada¿quién te has creído que eres¿El Gran Vassili Zaitzev acaso?

El soldado le miró.

– Pues mira, no me importaría ingresar en dichas escuadras de francotiradores…son la élite.

El cabo arqueó el ojo.

– Venga, hombre, tú no estás a la altura. No basta con tener buena puntería, tu puntería debe de ser perfecta. Debes aprender a pasar horas, días e incluso una semana sin moverte, sin dormirte…pendiente solo de la mira de tu fusil.

El soldado se dio media vuelta, apuntando de nuevo con el fusil al objetivo.

– ¿Y te crees que no soy capaz de hacerlo? – dijo, pendiente de calibrar la mirilla de su fusil y de darle al blanco. La botella ya había soportado dos disparos, y aunque los dos habían dado en el blanco, todavía quedaba un cacho de ella que se sostenía en pié, al haberla puesto apoyada en algo.

Después de recargar el arma, y apuntando a la botella, dijo una última cosa antes de disparar:

– Y para que lo sepas…mi nombre es Vassili, aunque de apellido Chernenko.

La botella saltó de las piedras y cayó al suelo al recibir el último disparo. El cabo ni se molestó en devolverle la mirada.

Los soldados soviéticos que custodiaban a los prisioneros se aburrían, mientras todos los demás "disfrutaban" de la guerra matando fascistas. Por lo menos, eso es lo que pensaba Vassili. A su alrededor, los soldados se entrenan como bien podían, apostando o fumando con tranquilidad. Los soldados alemanes estaban en silencio, generalmente ni hablaban unos con otros, paseaban, daban vueltas sobre sí mismos, y se volvían a sentar. Resultaban patéticos.

El comisario Oleg los miró, daban ganas de dispararles a todos. Pero les necesitaban vivos.

Tres soldados y un cabo se acercaron a él.

– Camarada comisario, hemos localizado los cuerpos de la patrulla enviada antes del ataque. El comando de reconocimiento.

– ¿Y bien?

– …Debería venir a verlos, señor.

El comisario suspiró.

– No tengo ganas de ir a ver cadáveres, dígame qué sucede y no me haga perder el tiempo.

El cabo pareció tomarse su tiempo. Miró a los dos soldados, y estos desviaron la mirada, ligeramente incómodos.

– Verá, señor… están todos juntos, y presentan síntomas de haber sido atacados y asesinados a mordiscos. Sus uniformes están desgarrados. Alrededor hay montones de cuerpos de alemanes muertos y…

– Continue, cabo. Creo que he oído de todo en esta guerra, pero jamás nada parecido.

– Y los cuerpos de los alemanes están irreconocibles. La artillería no ha dejado gran cosa, pero algunos de ellos están medio podridos.

Oleg se cruzó de brazos.

– Maldita sea, cabo. Es normal que la metralla de nuestros proyectiles destroce la ropa y los cuerpos de esos camaradas nuestros que yacían muertos. Encárguese de que son enterrados debidamente. Y deje de importunarme con sus teorías estúpidas, tenemos una guerra que ganar. Retírese.

– ¡A la orden, camarada comisario!

El cabo, rígido como un poste, entrechocó los tacones, hizo el saludo con el puño izquierdo, bajó el brazo, dio media vuelta, y se fue, caminando rápido pero sin marcar el paso, seguido por los otros dos soldados.

Oleg sacó una pitillera de plata de su bolsillo, y mientras manipulaba el rudo encendedor ruso, se le acercaron otros soldados, ésta vez con un teniente entre ellos.

– Camarada comisario…

– Dígame, teniente. –dijo Oleg, con el cigarrillo ya en la boca.

– Señor, estos soldados me han informado de algo inédito, y pensé que usted debería saberlo.

– Hoy es mi día de cosas inéditas, sargento, adelante.

Un soldado se adelantó. Tenía la cara con graves ampollas de quemaduras, y manchada de ceniza. Era uno de los que había tomado al asalto el edificio donde se ocultaba un alemán.

– Señor, algo raro ha ocurrido. Los alemanes que encontramos en ese edificio estaban muertos, pero aun así se levantaron contra nosotros, y nos atacaron a mordiscos. Les disparamos, pero resistían las balas… tenían una resistencia inusual.

Oleg tenía en ese momento una expresión incrédula, y martilleaba con las botas el suelo en un tic de impaciencia. Mientras tanto, el soldado continuaba relatando su increíble historia, pero Oleg le cortó con un enérgico gesto del brazo.

– ¡Basta de charla derrotista¡Deja de contar mentiras! Mucho cine americano de muertos vivientes has visto tú…

– Pero… camarada comisario….

– ¡No me llames camarada! –el comisario Oleg miró al teniente. Abría tanto la boca al gritar que el cigarro se le escurrió de entre los labios.– ¡Teniente, como vuelva a incordiarme con estas mentiras asquerosas será fusilado¡Tenemos una maldita guerra que ganar, y unos fascistas a los que exterminar¿Ha quedado claro?

Todos se cuadraron, firmes como postes, y con los brazos pegados al cuerpo, con sólo 10 cm (exactos) de separación.

– ¡A la orden, comisario!

Oleg pisó su cigarro encendido que estaba en el suelo.

– Bien, esperemos que esto no se repita…

Y se alejó de allí.

– Estúpida tropa… se lo creen todo… muertos vivientes dicen… ¡bah¡Chorradas! Ni que los alemanes supieran vudú… –murmuraba entre dientes, mientras avanzaba entre los atareados soldados soviéticos, que se cuadraban al verle pasar.

Dos T-34 de avanzadilla marchaban por una antigua carretera machacada por los obuses, bamboleándose cada vez que entraban en un cráter y volvían a salir. De lejos, se veían varias personas caminando torpemente hacia ellos, justo de frente, porque a ambos lados los escombros de edificios destruidos formaban muros que ni el T-34 podría subir.

El jefe del primer carro se asomó de la torreta, y sujetando en sus manos un altavoz de la época, gritó en alemán:

Jeder deutsche Soldat, geben Sie auf!. Wir werden Sie nicht verletzen wir wollen mit Ihnen gerade sprechen! Wir werden Ihnen warme Nahrung und ein Bett geben, um uns auszuruhen (¡A todos los soldados alemanes, ríndanse¡No les haremos nada, simplemente queremos hablar con ustedes! Les proporcionaremos comida caliente y una cama donde descansar…)

Pero los soldados alemanes, ignorando al hombre, caminaban hacia los tanques, que no detenían su avance. El conductor habló por la radio.

Tovarich…les vamos a atropellar si no se quitan de en medio.

El jefe le hizo parar, pues querían tomar prisioneros vivos, y ambos blindados se detuvieron. Los alemanes estaban a tiro de pistola y seguían avanzando, pero no caminaban normalmente, sino que parecían tambalearse.

Los rusos se empezaron a poner muy nerviosos, nadie sabía lo que tramaban los boches. De pronto, el primer alemán se intentó encaramar en el frontal del tanque, cosa que su ángulo curvo de 45º no ayudaba. Cuando el segundo, y el tercero, intentaron lo mismo, el sirviente no aguantó más y abrió fuego con la ametralladora.

El tanque de al lado hizo lo mismo, y el jefe de carro asomado a la escotilla hizo su parte con su subfusil, matando a los que intentaban escalar el vehículo.

Los ojos de los alemanes eran completamente blancos, inyectados en sangre, y sus capotes de camuflaje estaban manchados de rojo sangre.

Cuando casi todos fueron eliminados, otros dos quedaban indemnes, pero se seguían acercando a las ametralladoras humeantes de los dos carros, pisando los cuerpos de sus camaradas.

Uno de ellos caminaba tan torpe que cayó al suelo, y se empezó a arrastrar, fuera del alcance de la ametralladora.

El jefe de carro seguía instándoles a la rendición, pero era inútil.

Finalmente, el que quedaba fue ametrallado justo cuando sus dedos podridos tocaron el metal del blindaje frontal, y el tanque aceleró para aplastar al otro que se arrastraba.

Tras pasar por encima de él, y de los cuerpos de los otros con un crujido, siguieron adelante, completamente en silencio.

El silencio de radio era un mandato de los oficiales, pero los hombres en combate muy pocas veces lo respetaban. Sin embargo, en esa ocasión se cumplía a rajatabla porque nadie sabía que decir.

Los dos tanques, uno detrás del otro y manteniendo las distancias para poder frenar sin chocar, y para reducir los riesgos en caso de un campo de minas, llegaron a una llanura abierta. Antiguamente había sido una plaza, pero ahora estaba tan castigado que no se reconocía nada.

En el lugar bien emplazado encontraron lo que había sido un Flak 88, sorprendentemente intacto. A su alrededor, todo eran cráteres y cuerpos destrozados por la metralla o carbonizadas.

El bombardeo había echo de las suyas, pero los cañonazos rusos posteriores habían levantado enormes toneladas de tierra.

Había un semioruga alemán del revés, con las ruedas girando en el aire por la acción del viento y los engranajes de la cadena colgando como carne de cerdo en un matadero. Pero lo más curioso, eran los camiones en el centro de la plaza, de los cuales sólo uno estaba intacto.

Los dos tanques rodearon al vehículo intacto, y a una especie de bombonas que había ahí.

Cuando los dos jefes de carro descendieron del vehículo para inspeccionar las botellas, se percataron de que los cuerpos se estaban incorporando.

– Mierda…. ¡Yuri, Danilov, a sus puesto de ametralladora¡Barred a esos cabrones!

Las dos ametralladoras abrieron fuego contra los "soldados" que parecían muertos vivientes. Uno de ellos, después de que el tanque le pasara por encima y le destrozara las piernas, aún tuvo fuerzas para intentar incorporarse y caminar arrastrándose hacia el vehículo.

Los otros, con las potentes balas arrancándoles cachos de cuerpo y piel, seguían caminando hasta que se derrumbaban como un saco de papas, pero siempre otros dos ocupaban el lugar del caído; todo era un hervidero.

De pronto, un objeto apareció volando e hizo saltar por los aires a unos zombis.

Los tanquistas vieron, de pronto, a dos soldados que corrían de la marea que se les echaba encima, eran personas normales y se movían normalmente, así que debían salvarlos como fuera.

Bistree, kakoy to zashitnik vokrug etij dvoij! ("¡Rápido, un perímetro defensivo alrededor de esos dos!")

Los dos alemanes oyeron la orden, pero no la supieron entender, y los motores de los tanques rugieron y rápidamente se colocaron justo alrededor de los dos soldados, que sin comerlo ni beberlo se vieron rodeados de dos tanques rusos, cortando toda su retirada. Sin embargo, los rusos les ayudaron a eliminar a los zombis, con pesado fuego de cañones y ametralladora pesada.

El teniente de las SS se asustó al ver aparecer los tanques rusos, intentaron evitarlos, pero esa zona estaba infestada de zombies. Su segundo, el sargento, tampoco subo qué hacer, y menos cuando los tanques avanzando hasta ellos, pensando que les iban a aplastar, pero no fue así. Al acercarse, se abrieron en abanico, colocándose alrededor de ellos. Los dos alemanes, atónitos, observaron la escena.

Ya ni siquiera llevaban armas, y se llevaron las manos a la cabeza para intentar protegerse ante las detonaciones de los cañones y de las ametralladoras pesadas tan cerca de sus oídos.

Tuvo lugar un intenso cañoneo por parte de los carros de combate y de las ametralladoras, pero fue tan breve como intenso.

No tardó en reinar el silencio, y el jefe de uno de los carros asomó por la escotilla superior. Les habló a los dos soldados en alemán.

Grüße, Fritz, denke ich, dass wir gerade Ihre Leben sparten! Sein kämpft nicht Wert, weil mit uns zum Hauptquartier Comen. ("Saludos, "Fritz", creo que os hemos salvado la vida. Ya no sirve de nada luchar, venid con nosotros al puesto de mando.")

Los dos alemanes se miraron. El teniente frunció el ceño, le pitaban los oídos.

El suboficial ruso les miró las insignias, y se dio cuenta de que ambos eran de la División Calavera de las SS y que, como mínimo, uno de ellos era SS-Obersturmführer.

El teniente ruso de idéntico grado les interrogó.

– Usted, el teniente¿Cuál es su nombre?

– Oswell E. Spencer¿y el suyo, teniente? –al SS no parecía disgustarle hablar con un comunista al que Adolf Hitler debía considerar inferior, pero de todas formas al tanquista no le gustó su forma de dirigirse a él, había que demostrarle quien mandaba.

– El mió no tiene porqué importarle, teniente…pero se lo diré igualmente, pues soy simpático: Vladimir Iosef Andropov.

Ninguno de los dos SS pestañeó.

– Magnífico, pues llévanos ante tus superiores, Vladimir…antes de que aparezcan más engendros come cerebros de esos.

El teniente ruso, enfurecido, le miró.

– Yo no obedezco órdenes de un soldado que se ha rendido…–con un gesto, ordenó al otro tanque que abriera la escotilla trasera.

Los dos alemanes fueron "invitados" a entrar, a pesar de que el espacio dentro de un T-34 era muy reducido.

Los tripulantes soviéticos hablaron unas palabra entre ellos, que los alemanes no comprendieron.

– Camarada…¿y si los Fritz van arriba? No creo que los del NKVD se alegren de saber que han visto nuestro T-34-85 modelo F por dentro"

– Tranquilo, este tanque no es nuevo, y ellos ya han capturado muchos. Si no cabes, puedes ir tú arriba, pero no me arriesgaré a que esos dos salten del vehículo cuando nos hayamos alejado de la zona peligrosa. No pienso correr ese riesgo, pero si quieres puedes ir tú arriba.

Danilov no respondió nada, y se echó un poco para la izquierda. Con los dos nuevos, si el cañón disparaba le daría en la cara a uno de los dos alemanes, y a Danilov le sería imposible recargarlo.

Sin que eso importara, el tanque emprendió la marcha, seguido por el otro.

Los dos tanques avanzaban despacio, vigilando que no aparecieran más "super alemanes" de esos, indemnes al dolor.

De camino, el segundo tanque (puesto que el primero estaba abarrotado y no podía) disparó un cañonazo contra el Flak88, para evitar que algún superviviente pudiera cogerlo, apuntar bajo y utilizarlo como cañón antitanque contra ellos.

El tubo saltó por los aires y volvió a caer al suelo con un enorme estruendo metálico, ensordecido en parte por el cañonazo y la explosión del proyectil rompedor.