Como bien sabéis los personajes no me pertenecen, son propiedad de JK Rowling y bla, bla, bla... que tods os conocéis el disclaimer. Aquí subo el tercer capi, espero que os gusto y a ver si la retomo más en serio.

Un abrazo,

Sybelle

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Many Meetings

Era el primer día de clase. 1 de septiembre. Los alumnos estaban visiblemente emocionados mientras esperaban en el andén 9 y ¾ al Expreso que les llevaría a Hogwarts. La mayoría se despedía de sus familias mientras iban cargando sus pesados baúles en el tren. Sin embargo, junto a uno de los vagones, apoyado en la puerta, un joven alto y de cabello oscuro, de no más de 17 años, estaba solo observando el ambiente. Un mechón rebelde caía sobre su cara ocultando sus hermosos ojos verdes. Vestía ropa muggle, aunque no parecía demasiado cómodo en ella. Continuamente miraba su reloj de pulsera y giraba su cabeza buscando a alguien que no llegaba. Media hora después, el Expreso comenzó a pitar avisando que en breve partiría hacia su destino, por lo que el joven, soltando un gruñido malhumorado, comenzó a subir sus baúles al tren mientras maldecía en voz baja ante la espera que había tenido que soportar.

Una vez consiguió subir todos sus bártulos se dispuso a buscar un compartimiento en el que acomodarse y pasar el viaje lo más cómodo y tranquilo posible, lejos de indeseables alumnos de los primeros cursos. No en vano él era un veterano y de algo debía servirle ese privilegio. Tras unos minutos pasando delante de un compartimiento y otro, en el que algunas chicas le habían ofrecido amablemente (y no tanto) acomodarse, al fin encontró uno que parecía a su disposición. Entró en él y dejó sus cosas tiradas de mala manera para evitar que cualquiera que tuviera intención de entrar, lo intentase. Se sentó frente a la ventana y estiró sus largas piernas ocupando la totalidad del espacio.

Poco a poco el tren comenzó a moverse y la gente del andén pronto se volvió una mancha borrosa. Su destino lo esperaba y un nuevo curso, el último, se abría ante él. Se recostó un poco más, puso las manos bajo su nuca y cerró los ojos tratando de imaginar que estaba cómodamente tendido en su cama cuando, de repente, una voz le sobresaltó:

- ¡Ahhh¡Neville Longbottom, parece que nunca cambiarás! –era la voz de una chica algo estridente- has derramado tu zumo de calabaza sobre mi túnica.

- Lo… lo… siento –Longbottom, azorado, intentaba disculparse ante el enfado de la muchacha.

El chico, que se había incorporado, volvió a recostarse y a cerrar los ojos. Le quedaba un largo trayecto por delante y estaba pensado en una más que merecida venganza para su amigo. Nadie le hacía esperar en el andén un buen rato para, finalmente, no llegar. Quizá hubiera subido a otro vagón… así pues, si quería verle ¡qué le buscara! Un Slytherin nunca jamás se perturbaba por una tontería de ese calibre. Si Malfoy le necesitaba, ya le encontraría. Aquel año iba a ser el mejor y nada ni nadie podría arruinarlo.

- ¿¡Pero qué demonios es este desorden!? –de nuevo aquella voz- ¿¡se puede saber qué estás haciendo!?

- ¿Perdona? –el chico volteó su cabeza para ver mejor- no creo haberte invitado a entrar.

- No necesito que me invites, el tren es libre y yo soy prefecta de Gryfindor, por lo que debo velar que…

- ¿Prefecta? –su voz se volvió arrogante- ¿Gryffindor? Creo que estás perdiendo el tiempo, preciosa. Soy de Slytherin, por lo tanto fuera de tu jurisdicción.

Sorteando las maletas y baúles que había diseminados por todo el compartimiento, la muchacha se situó ante la ventana de modo que podía ver perfectamente el rostro del chico. Enarcó una ceja y, levantando un dedo, se dispuso a soltar una de sus reprimendas, casi, casi, aprendidas de memoria. Sin embargo, al mirarle, no pudo sino soltar un ruidito de sorpresa.

- Hum¿qué te ocurre ahora? La carne de burro no se transparenta y no me permites ver el paisaje, nena.

- ¿Cómo puedes ser tan grosero? –aunque sus palabras sonaron carentes de todo sentido.

- Bueno, eres una Gryffindor –le dijo mirándola descaradamente de arriba abajo. Era una chica de estatura media, de cabello castaño y rizado, con grandes y expresivos ojos pardos a la vez que un cierto aire culto, sin embargo, llevaba escrito en la cara su pertenencia a aquella casa… ¡lástima!.

Justo en aquel momento, la puerta del compartimiento se volvió a abrir y un chico apareció en el marco. Era alto, muy apuesto, con una larga cabellera rubia que llevaba suelta y fríos ojos grises que inspeccionaban la sala desdeñosos.

- ¿Acaso está prohibido dormir en este maldito tren? –gritó el chico moreno visiblemente contrariado.

- Vamos tío, deja de hacerte la víctima –comentó el recién llegado- esto es una pocilga… no sé donde dejar mis cosas. Lamentaría que se confundieran con las tuyas, porque tengo un par de pociones que…

- Te quieres callar, Lucius.

Malfoy iba a contestar cuando, por primera vez en toda la conversación, se percató de la presencia de la joven. Levantó el mentón y sonrió de lado, como tantas veces había ensayado, sabiendo cual sería el resultado. Examinó a la chica y, por último, reparó en la insignia de prefecto que lucía en sus ropas.

- ¿Una prefecta? –preguntó- avanzas muy rápido, Tom.

- ¡Cállate de una maldita vez, me estás levantando dolor de cabeza! –le contestó su interlocutor de mal tino- y tú, haz el favor de marcharte de una vez.

La chica abrió la boca para contestar, pero Lucius Malfoy se adelantó.

- ¡Ey! Espera… tú eres Granger, la-prefecta-perfecta –soltó con sorna- ¿qué demonios haces a solas con un Slytherin?

- Malfoy, deja de inventar –contestó Tom.

- ¿Inventar? Espera a que esto se sepa en Hogwarts… creo que a tu novio, ese pasmado de Weasley, le hará mucha gracia, Granger. No te preocupes, tu popularidad aumentará –y, mientras se carcajeaba, con uno de sus largos y dedicados dedos acarició la barbilla de la chica.

Hermione apartó de un manotazo la caricia que le prodigaba y con odio en los ojos les gritó a ambos:

- Soy una prefecta, con mucha más credibilidad que vosotros dos –les señaló alternativamente-. No queráis saber lo que puedo inventar. Dos Slytherin aquí, Lucius Malfoy y Tom Riddle. Tan solitos, haciéndose arrumacos¡qué par de tórtolas! Eso sí que sería noticia en Hogwarts… ya veo los titulares.

- No te atreverás…- por primera vez, Riddle se incorporó en toda su estatura

- ¿Quién me lo impedirá¿Acaso tú? –Tom había sacado su varita y se disponía a puntar a la joven.

- ¿Qué demonios estás haciendo, Tom? –Malfoy le había agarrado por detrás intentando arrebatarle la varita antes de que ocurriera una desgracia.

- Esta te la guardo, Riddle, -dijo Hermione saliendo por la puerta- lamentarás este día todo el curso.

Riddle y Malfoy volvieron a quedar a solas en el compartimiento. Lucius tomó asiento donde pudo y, varita en mano, comenzó a colocar las maletas de ambos en su lugar, haciendo de aquello un lugar habitable. Acto seguido imitó a su compañero y, recostándose, comenzó a observar el paisaje por la ventana.

- ¿Se puede saber qué te ocurre, Tom? –preguntó observando la torva mirada de su compañero.

- Nada.

- Tío, te conozco desde primero, sé cuando te pasa algo.

- Solo… es esa maldita sangre sucia. –hizo un gesto con la cabeza indicando el lugar donde la prefecta había estado momentos antes-. Me la encuentro en todos sitios. Parece que me persiguiera. Siempre al acecho de que haga algo mal…

- Vamos, tío, olvídate de eso. Este es nuestro último año. Vamos a triunfar, te lo garantizo… por cierto ¿has visto algún cambio notable en alguna Slytherin? –este comentario provocó las carcajadas de los dos amigos, que volvieron a la normalidad.

- Lucius, nunca cambiarás…


Todos se encontraban en el Salón. De un momento a otro la ceremonia de Selección terminaría. Las mesas de las casas estaban llenas y todos aplaudían a los nuevos miembros que se iban uniendo a las mismas.

En la mesa de la izquierda, decorada en verde y plata, Tom y Lucius reían a carcajadas mientras miraban hacia las demás mesas. Junto a ellos, estaban los hermanos Rabastan y Rodolphus Lestrange, Barty Crouch Jr. e Igor Karkarov que conversaban animadamente de cómo habían pasado sus vacaciones. Muy cerca también se encontraba Bellatrix Black que no dejaba de mirar a Riddle mientras comentaba con Pansy Parkinson el gran parecido entre Draco Malfoy y Lucius, que realmente parecían hermanos más que primos lejanos.

- Vamos, Lucius, no me digas que te has traído tu gran reserva de whisky de Fuego –comentó a sabiendas de la respuesta Igor Karkarov.

- ¿Acaso lo dudabas, Karkarov? Este año nos divertiremos a gusto.

- Sí, aunque creo que Bellatrix tiene pensado divertirse con alguien en especial… -dejó caer intencionadamente Barty Crouch Jr. Que observaba desde hacia un rato con envidia las miradas que la chica echaba a Riddle- es una pena que el mundo esté tan desaprovechado.

- Venga tíos, dejaos de tontería, Bella es como mi hermana, nunca intentaría nada con ella… aunque Pansy, no sé, quizá para un rato –

- No te hagas el duro, Tom, que todos sabemos el "incidente" con la Prefecta-perfecta –estalló en carcajadas.

- ¡Oh, sí, la tengo loca, pero que muy loca! –rió en voz alta provocando que la mesa de Ravenclaw se girara para ver de donde provenía semejante escandalera - ¿y vosotros qué miráis?

En la mesa opuesta, donde estaban situados los alumnos de Gryffindor. Hermione Granger echaba miradas furtivas a su alrededor. Desde que había bajado del Expreso de Hogwarts no parecía la misma. Apenas había cruzado un par de palabras con sus compañeros y con Ron Weasley, su novio.

- ¿Se puede saber qué demonios te ocurre, Hermione? –Preguntó Ron cansado de hablarle sin obtener el más mínimo indicio de atención por su parte.

- Nada.

- ¿Nada? –movió su cabeza haciendo que sus cabellos pelirrojos cayeras suavemente sobre su rostro ocultando sus emociones- mira, cuando quieras hablar, búscame.

Hermione apenas se percató de lo que el pelirrojo le había dicho. Su mente estaba en otro lugar, concretamente en otra mesa. Ese maldito Riddle… ¡cómo se había atrevido! Y su compañero, Lucius Malfoy, aunque tenía que reconocer que tenían algo que… ¡no! Eran unos imbéciles. Ningún Slytherin se reía de ella y menos aquellos dos…. (Palabras para mayores de 17 años mágicos). Tenían todo un curso por delante y ya se encargaría ella de que pagaran cara su osadía, fuere como fuere.