Disclaimer: No soy Rowling y nunca lo seré, no me importa no poseer a los personajes que aparecen en mis fics pues si fuera nuestra rubia escritora, tendría sobre mí el peso de las tres peores muertes de la historia, después de Mozart, Bécquer y John Lennon. Creo que por las empalagosidades que escribo, nunca se podría pensar que yo matara a James, Lily o Sirius¿no?

Género: Romance¿Drama/Sugar

Rating: Apto para Todos los Públicos, siempre y cuando estos no padezcan de enfermedades graves como homofobia, diabetes o problemas cardiovasculares.

Eclipse

Nuevo mes, nueva luna, nueva transformación. Nuevamente, tres chicos se preguntaban en silencio cuán injusto puede llegar a ser el mundo. Hay gente que disfruta sin merecer y otros que sufren sin haber tenido una mala acción, un mal pensamiento. Ángeles malditos, expulsados del paraíso sin previo juicio. Destinados a sufrir una tortura sin cura, la macabra transformación de aquel ángel blanco como la luna que lo maldijo.

Ver cómo esos dorados ojos se tornaban afilados, opacos y sedientos de sangre era algo a los que los muchachos, luna tras luna desde que supieron de su condición, se obligaban. "Porque somos lo único que tiene", expresan sin palabras. "Porque si le abandonamos nosotros, le abandona la vida".

Y de nuevo, como todos los meses desde cuatro años atrás, cierto chico deseaba que esas nubes, presagio de una tormenta íntimamente relacionada con el color de sus ojos, taparan la luna. Taparla, ahogarla, maldecirla como había maldito a aquel ser puro e inocente. O, al menos, que aquellas nubes se materializaran ante sus ojos para impedirle la vista, pues cada vez era más duro, más insoportable, más doloroso.

Apretaba su propio cuerpo como si fuera él mismo quien sufriera. Y claro que sufría, pero el corazón es una parte tremendamente pequeña en comparación con aquel pálido cuerpo que se rompía en pedazos para recomponerse como bestia. Quería sentir ese dolor en sus propias carnes, pactar por una vida de eterna maldición, si con eso pudiera evitar ver cómo el esa frágil criatura se contorsionaba, gemía, aullaba y aguantaba las lágrimas y las ganas de suplicar a los altos dioses su muerte. La destrucción de aquella alma bendita, mancillada eternamente como consecuencia de la envidia de otros ante tanta perfección. En los ojos grises que reflejaban el proceso se podía apreciar también la impotencia y desamparo ante el espectáculo.

Siguiendo la tradición plenilunial, se juró a si mismo nunca dejar que esa pequeña luna manchada de sangre y horror por su propia madre estuviera sola. Y también se repitió, de forma innecesaria, que lo amaba. Más que a nada. Más que a nadie. Más que a sí mismo, que a su vida. Tan solo a él.

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El domingo, día después de aquella horripilante, como de costumbre, transformación, Prongs se encontraba tirado en su cama de dosel. A pesar de tener una revista de quiddich en sus manos y de pasar las páginas como si fuera lo más emocionante del universo, cualquiera que conociera mínimamente a James Potter y sus afamadas expresiones faciales podría asegurar que sus pensamientos estaban muy alejados del campo de juego. Tal vez centrados en una pelirroja y en la forma número ciento cincuenta y siete de declararse a ella. Quizá, planeando una nueva diversión cuyo protagonista fuera su grasiento Slytherin favorito. O tal vez, ambas cosas a la vez, quién sabe.

Tras esbozar un plan digno de un Merodeador en los márgenes de la revista, decidió interesarse aunque fuera un poco en el motivo del reportaje que tenía frente a sí, pues todas imágenes de Lily que su mente y las letras del plan formaban hacían que cierta parte de su anatomía se sintiera demasiado desatendida.

-Piensa en algo desagradable, James. Un gusamoco, por ejemplo. Eso es. Un gusamoco y un elfo doméstico. Un gusamoco, un elfo doméstico y la profesora de adivinación. En una orgía. Y entonces aparece Dumbledore y se une –se narró a sí mismo, hasta que su masculinidad redujo de tamaño-. Muy bien, y ahora ve al baño antes de que vomites sobre tu propia revista.

Cuando se recuperó de las repentinas náuseas, sin razón aparente, recordó la reciente y extraña actitud de su mejor amigo desde que volvieron esa noche de la Casa de los Gritos. Se encontraba ausente, de una pasividad totalmente impropia, con la misma expresión que uno pondría si descubriera qué hay detrás de la muerte: algo hermoso y a la vez horrible. Cuando despertó esa mañana tuvo la sensación de que Sirius no había pegado ojo. Para aumentar su extrañeza e incertidumbre, descubrió también una sonrisa en su cara durante el desayuno. En su archivo mental estaba registrada como "estoy emocionado porque hay una nueva regla que romper, pero me arrepiento de antemano".

Tras eso, lo más desconcertante de todo, desapareció. "A pensar", le había dicho que se iba. Ah¿pero sabe? Nueva noticia.

El buscador presagiaba un gran cambio, aún sin la certeza de si bueno o malo, pues ocho horas "pensando" no es que fuera costumbre. Sintió un escalofrío; algo le daba mala espina en todo el asunto. Esa intuición suya fue el preludio de la inminente aparición de Sirius, con una expresión indescifrable adornando sus aristocráticas facciones, que cerraba la puerta tras de sí para pararse frente a su compañero.

-Prongs, suelta la revista y olvida todo. Prepárate para aguantar el rollo filosófico más impactante de toda tu vida –anunció, aún con ese extraño gesto en la cara. Tiritó otra vez. ¿Qué demonios pasaba¿Habría dejado preñada a alguna chica¿Habría comenzado una guerra en el mundo mágico, y el sin enterarse¿La señora Black había muerto e iban a prepararle una fiesta?

Pero ninguna de sus cuestiones le ayudó a prevenir, ni tan siquiera sospechar, qué era lo que se le venía encima. Aunque, probablemente, si lo hubiera sabido de antemano, nunca se lo hubiera tomado en serio.

Y, tan dado como era él a improvisadas e inútiles preguntas, decidió seguir con su propia tradición.

-¿Qué ha pasado? –cuestionó de forma absurda. Y volvió a sentir que se arrepentiría de la respuesta, si es que llegaba a recuperarse de la bomba que se le venía encima.

-Estoy enamorado –la firmeza de sus palabras y cierto brillo en sus pupilas aseguraban que, si hacía algo, desde luego no era mentir. Incluso si hubiera dicho "le he pedido salir a Lucius Malfoy, y va a dejar a Narcissa por mí", hubiera resultado convincente. El otro animago se quedó de piedra, articulando y gesticulando sin emitir sonido alguno, hasta que se quitó las gafas para apretarse el puente de la nariz. Respirando hondo e intentando relajarse.

-¿Q-q-q-qué has dicho¿T-t-tú… enamorado? –Primer intento de frase completa, fallido. En sus propios labios esas palabras sonaban de forma aún más irracional, si cabía. Seguía moviendo las manos, la boca y pestañeaba de incomprensión. Cualquiera diría que era un pez al que acabaran de sacar de un río. No se le ocurría otra cosa que poder decir.

Tosió de abruptamente, tras atragantarse con su propia saliva. Esto hizo que ambos ignoraran el sonido de unos pasos lentos y elegantes, junto con la mano que se posaba en el pomo de la puerta.

-Te lo digo en serio, hermano. Me he enamorado. Bueno, más bien llevo un tiempo, pero ya sabes que soy algo lento en algunas cosas. Acabo de descubrirlo y creo que deberías saberlo –dijo seriamente. James se limpió los oídos con el dedo, pero nada. Mismo resultado.

-¿Pero tú sabes siquiera lo que es enamorarse¿El tiempo que hace falta darse cuenta de ello, no solo unas horas por ahí perdido¿Y el sentimiento que te invade en ese momento¿Sabes lo que es afirmar ante el cielo la fidelidad que requiere el amor? Sinceramente, Sirius, dudo que sepas esas cosas –Estaba comenzando a mosquearse. Desde segundo curso llevaba metiéndose con él, llamándole "moñas" y "penco enamorado"¿y ahora le decía eso tan campante?

Pero, más que Sirius, lo que le picaba era la situación. No muchas cosas cambian tan radicalmente la personalidad de un Black, y enamorarse desde luego que no estaba entre ellas para Sirius. ¿Quién habría sido capaz de domar el corazón blindado a prueba de mujeres de su amigo?

Un cambio en la posición del mencionado, junto con una expresión de concentración y tozudez en su cara, le indicó que en ese momento era cuando venía la parte filosófica, algo novedoso teniendo en cuenta que ignoraba que Padfoot conociera esa palabra. En ese instante, recordó cuándo había visto esos extraños gestos en su amigo. También recordó que, la única vez hasta ese momento que vio esa cara, acabó cruzándole la cara a alguien.

Se adentraban en terreno peligroso.

-¿Sabes tú por qué visto ropa muggle y escucho su música¿Por qué me dejo el pelo largo¿Por qué como tanto¿Por qué solo pongo mi nombre en los exámenes¿Por qué decidí ser vuestro amigo, a pesar de que ahora me arrepienta la razón¿Por qué me río de los defectos del mundo y de sus problemas¿Por qué rompo las normas¿Por qué decidí convertirme en un perro, James¿Y por qué tonteo con las tías¿Sabes por qué odio a mi madre¿Lo sabes?

-Sinceramente no, Sirius –dijo el otro. Si bien la respuesta de algunas las sospechaba, otras ni se las había planteado. Su amigo no mostraba muestra alguna de alteración, es más, recitaba con la facilidad que si de una obra de teatro se tratase. Debía estar muy seguro de sus palabras como para no dudar ni una sola.

Pero, a pesar de todo, estaba dando demasiados rodeos. Normalmente, el moreno dice las cosas a la cara y sin pelos en la lengua. ¿Qué tenía esa ocasión de diferente?

Tal vez, que fuera serio. Que no fuera una broma. Que con las explicaciones que se sucedían, la firmeza de sus actos y esas evasivas al tema principal fueran la única manera que poseía de expresar lo inexpresable.

-Visto como un muggle porque puedo no hacerlo. Mi pelo es largo porque puedo cortármelo. Escucho Rock'n'Roll porque todos lo ven mal, a pesar de no tener nada de malo. Como tanto porque hay gente que no tiene qué comer. De hecho, todo lo que he numerado no puede hacerlo todo el mundo. Por un maldito apellido me permiten todo, a la vez que todo me prohíben. Tal vez no tenga del todo sentido pero, en estos momentos, para mí lo tiene.

No pongo "Black" en los exámenes porque no quiero que me juzguen por mi apellido, por pertenecer a una clase social, cuando hay gente que debería tener cien veces lo que yo tengo y ni llegan a la mitad. Quise ser vuestro amigo, antes de conoceros y añadir mil razones mayores, porque no estaría bien visto. Los apellidos del Gryffindor por excelencia, el sangre sucia y ese propósito de Hufflepuff nunca podrían haber ido en la misma frase que el mío, y en cambio es lo mejor que nadie podría desear. Rompo las normas porque todos son unos hipócritas: se prohíbe romperlas pero a mí me lo permiten. Qué curioso que no me hayan echado del colegio en estos años¿no? Y todo por unos litros de sangre infestada de maldad, de magia impura, que corren por mis venas. Y odio a mi madre porque todo el día me recuerda qué debo hacer por quién soy, porque es una maldita sanguijuela manipuladora que se cree mejor que el mundo cuando no es más que pura mierda.

James sabía que aún quedaba discurso para rato, aunque no tenía idea de adónde quería llegar a parar. Tras esas palabras no se escondía un odio hacia la pureza de sangre, sino una desconocida llama incandescente. ¿Pasión, sería? Pero no es del mismo tipo que cuando volvía tras echar un gran polvo, o cuando maquinaba planes y bromas que pasarán a su biografía. Tal vez estaba enamorado de una mestiza, o una sangre sucia. Aceptó como precavida la opción de mantener su silencio, hasta que Sirius le otorgara la palabra. Porque le conocía, tan bien como a sus prontos agresivos.

-Porque habla de limpieza –prosigue, mirando un punto indefinido del espacio-, de sangres puras, cuando no hay nada más impuro en este mundo (ni en los que existan) que ella.

Río los defectos del mundo porque hay demasiados. No soy capaz de abarcarlos, comprenderlos o solucionarlos. Este mundo es una puta mierda, Prongs, y odio tener que ser de aquellos que lo tienen mejor solo porque mi cuna tuviera pespuntes de oro. Porque hay gente que lo merece más que yo, James, infinitamente más.

Decidí ser un perro, aunque entonces no lo sabía, por la fidelidad que representan. Fidelidad a aquellos que deberían llevar caras túnicas en mi lugar –respiró, recuperando su propio hilo del discurso, intentando que quedara clara su visión del asunto. Cosa bastante difícil, de hecho.

-¿Y sabes por qué tonteo con las chicas? –repitió la pregunta, mientras Potter aguardaba en un sepulcral y respetuoso silencio- Porque puedo. Puedo tener lo que quiera por llamarme Sirius Orión Black, pero a la vez no puedo conseguir lo que quiero. Quiero no poder tener lo que quiera. De nuevo mis incoherencias, siento que tengas que aguantar esto pero para algo eres mi mejor amigo, Jimmy. El caso es que, por una vez que quiero algo, o más bien a alguien, de corazón, no puedo tenerlo. Soy capaz de tener a quien quiera pero no a quien quiero. Esa es la razón, James.

El silencio duró unos instantes, mientras el mencionado digería lo que acababa de oír. En resumen, Sirius enamorado platónicamente. Una vez asumida la mayor parte, o más bien la de mayor importancia, fue capaz de hablar.

-Bien, Sirius. Te he entendido y, como siempre, te creo. Pero dime¿a santo de qué todo esto? –inspiró, sin llegar a ver el final de aquella conversación.

-A santo de que me he enamorado de la persona más opuesta a mí. Intocable, inacercable. La pequeña luna que orbita en torno a mi estrella. Tan cerca y tan lejos, tan físico y tan incorpóreo, tan sólido y tan difuso. Tan mío y tan… -exhaló un suspiro, no podía andarse tanto por las ramas- El cenit sobre mi horizonte, que cuando corro a alcanzarlo se aleja y me mata, pero que me hace ver que mi muerte es lo justo si con ello puedo intentar obtenerlo.

Se preocupa por su aspecto a pesar de que lo martiricen por él; no pretende ocultar sus gustos muggles porque sabe que es su naturaleza. Escribe su nombre completo en los exámenes porque cree justo que la gente le juzgue de antemano. Come poco porque hay gente que no come nada, y da todo sin pedir nada a cambio. Se preocupa y hace lo que le piden u ordenan, no cuestiona lo que le es mandado porque no se cree lo suficiente importante como para hacerlo. Y créeme, James, no conozco a nadie con tal pureza, inocencia, tan idolatrable. Merece todo lo que mi familia, los verdaderos impuros, tenemos. Todas las riquezas de Inglaterra. Quien verdaderamente merece el paraíso que le robaron.

Impureza, mestizaje, anormal. Todos los que le tachan de esas cosas le envidian, saben que es todo lo que ellos no podrían ser, y más. Por eso le maldijeron, por eso odio al mundo. Porque la verdadera pureza solo sirve para ser castigada, arrebatada sin razón, y el título se lo otorgan a aquellos realmente indignos. Lleva una carga con la que finge poder mientras se mata, y me mata consigo.

Soy feliz si es feliz. Me salvo si se salva. Me muero si se muere. Y soy un jodido masoquista, hermano, porque permito todo eso y sigo contento. Lo veo razonable. Creo que la vida es injusta con quien no debe y que sigue haciéndolo mal. Porque no merezco ser feliz, salvarme y morir con alguien tan diferente a mí.

Soy un masoquista porque, mientras más me recuerdo cuánto le quiero, más me recuerdo que está fuera de mis posibilidades. Y me dejo y conformo. Aguanto y me contento con observarle en su podio, su altar, su vitrina de oro que nadie debe manchar nunca. Y mientras le veo, sufro cuando sufre su maldición y desearía poder intercambiarme y estar en su lugar. Porque soy sucio, y por mucho que lo pida y repita, el mundo y el destino también lo son, y no hacen nada por ayudarme. Contestando a tus preguntas, Prongs, creo que lo que siento es estar enamorado. He tardado seis años en darme cuenta, seis estúpidos y desperdiciados años, pero ahora lo sé. Y lo juraré ante el cielo o lo que haga falta, pero no me hagas jurarlo ante el mundo o la luna porque los odio a ambos.

Entonces, los recuerdos sobre aquella expresión tomaron consistencia en la mente de James, así como el rostro de aquel a quien había cruzado la cara en su momento. Fue cuando, en tercero, Remus se designó a sí mismo como "monstruo", tras confesar su secreto, ganándose un buen bofetón. "Juro matarte si vuelves a repetir eso", fueron las palabras de Sirius tras dejar la roja marca en la mejilla. Y nunca tuvo que cumplir su amenaza.

En ese momento, la frase "¿quién será ella?" fue despejada y sustituida por el conocimiento de la verdad. La comprensión y la razón de aquel rollo y evasiva por decir un nombre. Porque no importan las veces que antes se hubiera dicho, siempre sería difícil en una declaración como aquella.

-Es imposible –dijo más para sí mismo que para una segunda persona, como si todo ese tiempo hubiera estado haciendo razonar a su propia conciencia-. Irreal. Un ángel y un demonio; el santo con el pecador; la noche con el día. El Sol con la Luna –siguió, anunciando un próximo final-. Pero, a pesar de todo eso, sigo amándole¿comprendes, James? Estoy enamorado de Remus. Lo único que quiero y que no puedo querer.

Una sonrisa tierna se apoderó del chico de gafas, que no pudo evitar decir lo inevitable.

-¿Sabes, Padfoot? No creo que él opine lo mismo.

Como preso de una descarga eléctrica, giró con brusquedad para mirar hacia la puerta. El pomo había sido soltado hacía rato y, en silencio y por inercia, la puerta había terminado de abrirse, dejando ver a un ya recuperado de su mencionada maldición Remus Lupin. Sus ojos a rebosar de lágrimas que provocaban escozor. Los dedos temblando bajo los pliegues de la túnica. Una sonrisa como la de ningún mortal o superior.

Remus sonríe mucho: cuando le halagan, cuando le reprenden, cuando le preguntan, cuando le insultan, cuando se equivoca, cuando le agradecen, cuando amanece, cuando se acuesta, cuando se pelea, cuando se separan y, sobre todo, cuando se encuentran. Pero podrías haber hecho un seguimiento exhaustivo de todas sus sonrisas durante sus diecisiete años de vida, y nunca, NUNCA, hubieras visto nada como la de ese momento.

Fue acercándose lentamente, evitando con todas sus fuerzas llorar, hasta que pudo tocar las perplejas facciones del moreno, acabando al enterrar los dedos entre los largos mechones. Y no pudo retener por más tiempo, mientras su sonrisa se hacía más sólida, las lágrimas que comenzaron a rodar por sus pálidas, cicatrizadas y aún insanas mejillas, cuando habló.

-Te amo, Sirius –y antes de pensar en el tiempo que llevaba queriendo decirle eso, o desde cuando era capaz, sus labios se unieron por mutuo acuerdo, convirtiéndose en una misma acción, una misma cosa, una sola esencia. Un beso cálido, íntimo, suave y apasionado, que a ambos les sabía agridulce. Ninguno intentó decir nada, pues no había nada que decir. No intentaron separarse, pues eran una misma cosa. No contaron los minutos, pues sabían que aquello no entraba en el tiempo, espacio o dimensión conocidos por el hombre.

Sus brazos se entrelazaron, los cabellos negros cubrieron parcialmente la pálida piel. Era paradójico pero en su mundo podían coexistir el día y la noche, la luz y la oscuridad, el cielo con el infierno y los ángeles con los demonios. El momento en el que la Luna y el Sol se unían en un eterno eclipse, siendo acogidos ambos con todo el calor que el otro era capaz de proporcionar.

James tuvo la suficiente rapidez como para coger a Peter y girarlo con rapidez, cuando éste se acercaba a la puerta. La cerró tras ellos, mientras hablaba sobre un nuevo plan anti-Filch. Sus amigos nunca le agradecieron la veloz acción, su íntimo y nuevo mundo era demasiado perfecto como para salir voluntariamente de él.

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Unas horas después, tanto el ya no tan maldito hijo de la luna como su eterno y luminoso protector se encontraban en la cama de nunca-sabremos-quién. Remus estaba recostado en el pecho de Sirius, bocarriba entre sus piernas, mientras éste le acariciaba de forma ausente su castaño cabello con reflejos plateados.

-No deberías pasar tanto tiempo solo –comentó el prefecto-. Hace que te vuelvas cursi –se burló, con una sonrisa.

-Tranquilo, desde ahora seré una lapa –le contestó, mientras lo pegaba más a su cuerpo-. Espero que la cursilería esta sea reversible… La culpa es tuya y de Evans, y de vuestra mierda de poesía muggle. Me habéis convertido en un puto cursi de mierda. Y podría asegurar que tienes más culpa tú que la pelirroja, blandito sensiblón –dijo a la par que le revolvía el pelo con malicia.

-¡Lo soy tanto porque alguien tiene que serlo por ti también! –Intentó defenderse- Creo que un helecho y tú tenéis la misma sensibilidad.

-Eh, no uses discriminadamente a los helechos, que se sienten insultados¿vale¡Ellos también tienen sus derechos! –lo miró con cara de reproche- Y que sepas que yo soy muy sensible –replicó.

-Ah¿en serio? Dime lo más sensible que hayas dicho en tu vida, sin contar con el numerito de hace un rato.

-Eh… -la cara de Sirius pasó a ser la viva imagen de un cachorro suplicante-

¿Me gustas cuando callas

Porque tu tanga puede estar ausente?

-Pido perdón a todos los helechos del mundo por haberlos usado de comparación –dijo con un teatral gesto y fingiendo aflicción-. Después no vengas a pedirme ayuda cuando Neruda salga de la tumba para matarte, Pad.

-Ja, ja, ja. Muy gracioso, Lupin. Me parece que te confundiste en el desayuno y que aquello que te tragaste era un payaso.

-Qué va, fue con toda la intención. Pero no me comí al payaso entero, simplemente su lengua –cualquiera podría haber confundido su comentario con algo rutinario o aburrido, pero cierto brillo en los ojos (que no muchos eran capaces de reconocer) indicaba que estaba disfrutando de la conversación, así como la insinuación tras esas últimas palabras.

El animago hizo una maniobra para acabar de rodillas sobre Remus, quien continuaba tumbado en la cama. Una sonrisa que solo podría definirse como "canina" hacía que su larga hilera de dientes brillara cuan anuncio de pasta dental.

-Está bien, tal vez no tengas al más romántico, pero intenta tú encontrar a alguien tan guapo, inteligente, atractivo –"egocéntrico, narcisista, pelmazo" iba murmurando el castaño a su vez-, que te cuide tanto como yo, Y –recalcó, antes de recibir algún sarcástico comentario y para atraer la atención-, que pueda meter su lengua hasta tu tráquea.

-Muy sutil –rió, antes de llevar de nuevo a la práctica las cualidades del moreno. Y de nuevo, se eclipsó la Tierra.

Notas de la autora

Buenas noches/tardes/días, queridos lectores. Por favor, las amenazas de bomba y los tomatazos, déjenlos como recado en dirección.

Sé que este fic tiene una "trama" totalmente trillada, personajes OOC, mala calidad, pésima narración y nulo argumento. Pero lo escribí en uno de esos momentos de iluminación en los que te da igual hablar sobre homosexuales, el Conde Lequio o los extraterrestres. Tenía que escribir. Simplemente díganme lo que opinan, así maduraré como escritora y persona.

Gracias a los reviews, aunque Patty, el tuyo no creo que contara demasiado ¬¬U Pero bueno, ya saben, escríbanme aunque sea un "hola", por lo que más quieran, almas de cántaro ToT Me harían muy, muy feliz. Pero bueno, no soy quien para exigir nada con semejantes bazofias. Pero ustedes dirán. Solo tengan piedad con una servidora.

Ah, y siente haber tardado tanto en actualizar :cara angelical:

Pd. Cada vez odio más a estos puñeteros del f-a-n-f-i-c-t-i-o-n (para que no borren, ya saben). Si a alguien más le molesta que antes de las interrogaciones se coman mis preciosos espacios o (viva la redundancia) comas, que avisen. Una única persona que me apoye en cuanto al método de publicación de esta web y me plantearé el pasarme a otro servidor o un journal. Gracias.