Bueh, acá para ustedes el tercer capítulo. Todo esto es propiedad de Nintendo y del excéntrico Shigeru Miyamoto.

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Capítulo III.

Un amigo de verdad

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Palabras no existían en mil idiomas, para describir con exactitud cómo fue la sensación de libertad que sentía Link, al ver al tan famoso y bello campo de Hyrule por primera vez. Tendría muy presentes sus emociones en ese día para olvidarlos en su adultez. Sí, podría sentir vértigo con aquel sentimiento de miedo. Sí, podría sentir esa emoción complejamente entrelazada con la dicha de la melancolía. Pero esa irracionalidad palpable era lo que le excitaba, dejando atrás todo lo que conocía, con el cierto punto del límite de su saber.

El sol estaba a lo alto, irradiando como sólo él podría hacerlo, robando destellos fugaces, indecisos, entres tonos esmeralda a cobrizos de aquella pradera, aun más brillante e incandescente que las hojas de los árboles donde dormían, aunque sin duda más robusta y un tanto picuda para su tacto. En su revelación, la llanura parecía laguna transparente, deshecha con esos cándidos vapores. Y más allá, una línea de montañas. Y todavía más allá, la más remota lejanía.

Eran las cuatro de la tarde, según sus sombras apenas visibles debajo de las botas del cansado hyliano, que transitaba por un sendero sin fin, desconociendo por antemano que eran dos días de viaje, a pie, desde el bosque Kokiri hasta el mercado de Hyrule, y bien sólo uno, si se montaba en carroza ¡Pero que pena, estos jóvenes aventureros, tan faltos de experiencia, y de tal información! —hablábase, por supuesto, de cierta hada guía—, y de un chico. La primera desesperada, y el segundo un tanto harto.

Y afirmo que el camino parecía interminable.

Y es que lo era.

Objetando un poco, Link, dado a la poca conversación, si con suerte en el futuro tocaremos el tema más a fondo, arrastraba los pies, como si fuesen sacos en vez de piernas, sobre un casi invisible sendero que daba al norte, que hace unos momentos fue encontrado...

¡Pero ya estaban en camino! ¿No es lo importante? ¡Al norte! ¡Al norte! ¡Esa era la dirección...! ¡No era al sur! ¡Ni al oeste! ¡Si no al norte! Gritó un la hada algo histérica. ¡Ella sabía dónde estaba el castillo! ¡La habían criado para eso! ¡¿No! ¿Pero qué es el norte si sólo un sentido? ¿Para dónde ir, pues, apenas salir del jodido bosque? ¿¡Para dónde! Fue el primer problema que se les enfrentó. Ocasionado una brusca pelea, espantando a cuanto animales habían en 5 kilómetros a la redonda. Terminado en que Link se diese a la fuga, encontrando por casualidad ese sendero, con una muy frustrada compañera, que tensa, seguía mascullando infamias.

— "¡Sigan a la hada! ¡Sigan a la hada!" —bufaba sarcástica— ¿recuerdas lo que me dijiste? "¡Ningún mapa se compararía a ella! ¡Es la reina de los guías! ¡Por las Diosas! ¡Es tan sabihonda en geografía como que yo soy un kokiri! ¡Oye! ¿Por qué no probamos de nuevo? ¡Ubica dónde está mi trasero y métete por él!"

Link continuaba caminando con oídos sordos.

— "¡Hay que admitirlo! ¡Estamos perdidos! ¡Todo esto apesta! ¡Tengo a una imbécil como guía y yo ni sé que jodidos es el norte! ¡Iluminaos, oh, gran Asoleador, que asoleas a todo idiota que camina debajo de ti!"

El rubio se mordió los labios, ignorándola.

— Aunque la parte que dijiste que era una perdida y el acto de la fuga, en ese ataque neurótico, para tropezarte con este sendero, literalmente, fue muy instructivo ¡Dale! ¡Repite lo que hiciste esa vez! ¡Di: soy un idiota! ¡Dilo, como la ves que lo dijiste! ¡SOY UN IDIOTA!

— ¡¿Te puedes callar!

— ¡Ahora me callas! ¡Fantástico! ¡Tírame otra vez esa cochinada de bota en mi cara, hasta puede que con suerte casi me atines ahora!

— ¡CIERRA LA BOCA, IDIOTA!

— ¡MEJOR "CULO", INCHE SANTO!

— ¡Navi...! ¡En serio... ya cállate...! —masculló eufórico, temblando alarmantemente.

— ¡Me callaré hasta que quede sin voz! ¡Oh! ¡Ya tiemblas! ¿Por qué? —su quechillido resonó por todo el campo, apenas llegar a la cima del otero sobresalía a lo largo de todo el llano— ¡¿tienes miedo! ¡¿Por qué! ¿Temes que te digan tus verdades, niño sensible estúpido Sin-Hada...? ¡AH!

El brillo de la hoja de la espada perforó el vacío. Gracias a la agilidad agraciada de las hadas escapó airosa, estallando en una estrepitosa carcajada.

— ¡Fallaste otra vez!

Y era verdad. Apenas con los reflejos y rapidez de un verdadero de maestro de esgrima sería capaz de atravesar un hada.

Otero: Cerro aislado que denomina un llano.)(

Lívido de rabia, soltó un bufido con respiración dificultosa. Siguió caminando, a ciegas, hasta resbalar en la pendiente algo inclinada, estrellándose, lastimosamente con un árbol, que soltó muchas hojitas verdes sobre su cabeza. Navi sólo renovó sus carcajadas.

— ¡Púdrete!

— ¡Link —exclamó sorprendida—, la segunda infamia que dices en un año! Qué degradante.

Lo siguiente carece de importancia. Suponiendo que lo dijese: los matices no estarían tan lejos de lo narrado. Aunque, pasando de cosas curiosas, como de que Link le aventara de la madre al hada, que de por si sola se rompía entre risas, caminó hacia el frente, pero con un leve cojeo. Este cojeo en cuestión llegó a tal punto más tarde que el rubio aludido, reprimía magistralmente los gemidos perdiéndose en su garganta, cuando sentía que le quemaba y le producía un agudo dolor. Dio unos traspiés, se arrastró hasta la sombra más próxima de algún árbol, a un par de metros de ahí y, para evitar vergüenza y explicaciones, tomó la comida que las madres kokiris del bosque le había regalado, en so pretexto de que tener hambre. E hizo todo, como quitarse disimuladamente la bota hasta doblarla para que le quedara algo rígido, o el decir que era un precioso clima para descansar, después de tan larga jornada. Ni el hada pudo quejarse. Estaba agotada, pero sin duda ninguno tenía hambre o sueño. Terminó en que Link se sobre encogió, en esa misma postura, sondándose inconscientemente la lección, al tal el punto que, entre el ingenio de la hada y el tiempo, notó esta algo raro en la escena. Ella levantó una ceja, sabrá Diosas el cómo podrá hacerlo, y se le acercó conspiradoramente.

— Aun cansado, ¿eh?

— Huy, sí ¡Creo que acá deberíamos dormir, es más! Digo, el castillo no se irá a ninguna parte ni nada...

— Ya han pasado dos horas ¡dos horas! Donde has descansado y ahora quieres quedarte a dormir... ahí —su voz era tersa, como la seducción de un gato, cuando le dice las reglas del juego mortal que expone a su ratón acorralado.

— ¡Sí! ¿Acaso te molesta, Navi?

— ¡Por supuesto que no, Link!

— ¿Y por qué no te duermes conmigo?

— ¿Me permitirías tal honor, —susurró elocuente, con sus ojos inteligentes—, ya que, digo, e notado por casualidad ese nerviosismo y sudor de tu frente, que va en el mismo compás con esa mano que mueves tan nerviosamente sobre ese tobillo, como si tratase en una danza de vals, que aumenta, por naturaleza, su ritmo a cada copla?

Él suspiró, viendo inútil aquella ridícula resistencia, en no decirle en algo que seguramente descubría más tarde. Así que le contó lo que tenía. Para su sorpresa, ella no se sorprendió ni grito, o algo parecido. Se conformó con asentir.

— En realidad aposté a que te matarías a las tres horas de salir ¡pero llevamos seis, y sólo te inflamaste el tobillo! No sé, en realidad, si debo llorar o reír. Acabo de perder 5 ruppes contra esa Talt ¡por las Diosas!

— ¡¿Qué dices!

— Lo que oíste.

Indignado, con fuerza casi sobrehumana, cogió con furia su espada, y apoyándose en ella como un bastón, continuó su camino, sonrojado, y absteniéndose a mirar para atrás.

— Oye, no te enojes —dijo ella, en forma de disculpa, aunque su tono la traicionase—, fue sólo un comentario.

Él no le contestó.

— ¡Link! Háblame. Ya te pedí disculpas.

No. No las pidió. Y aunque así fuera, no cedería.

— ¿Me harás otra vez la Ley del Hielo? ¡Por favor! ¿Otra vez? ¿No te cansas de ese juego?

No. Y era muy divertido la forma de cuál rápido ella se alteraba.

— ¡Contéstame! —chilló.

—¡Si quieres escuchar qué es lo que opino —gritó este, parándose en seco y dándole cara— es algo mucho más placentero que este dolor en mi pierna y todo eso que pasamos adentro del árbol Deku. Por favor, hasta puede que sea mucho mejor que estar acá, escuchando las niñerías de una vil infante inmadura que por todo tiene que quejarse, como la muy mimada que es! ¡Yo no soy tú niñera para estarte lisonjeando y dándote caricias a cada puchero que das! Regresa a tu casa, si es que en realidad quieres ser útil.

— ¿¡Es así como me pagas luego de ayudarte en la pelea con la araña! —renegó.

— ¡Ayuda más el que no estorba! ¡Pon ese ejemplo al último momento, cuando te ibas y me dejabas sólo! ¡Es ahora o nunca! ¡Lárgate o quédate! ¿Qué decides?

— ¡Cualquier cosa, si esta no tiene que ser compartida con un introvertido que sólo sabe ser gruñón con los demás! —chilló.

— Corriente. Con suerte puede que un wolwos te trague.

El camino subía o bajaba: Se sube o se baja según se va o se viene. Para el que va, sube; para el que viene, baja. Dice un sabio fragmento. Con esas altas y bajas, se separaron, sin mirar jamás atrás, mandando a la fregada todas sus posibles consecuencias.

En lo que se desarrollaban esos último encuentros, una espesa capa de nube grisácea impregnada de rocío nocturnal los había envuelto en su frío cobijo, haciendo invisible casi todo el camino, a no ser por los rayos del sol que empezaba a dormir para ser suplantado de su joven hermana Luna, que más que graciosa, era macabra, con la belleza comparada de mil musas postradas a los pies de un Zeus y una Hera, en los grandes farallones del Olimpo.

No habían dado ni seis pasos para que un peculiar ruido, parecido a un desgarre, los molestara, como quien mete a presión sin suficiente fuerza una pala en tierra dura. Dos, tres, cuatro manos salieron del suelo, huesudas, desgastadas y pulguientas, para que la manos se convirtieran en brazos y estas en torsos, piernas y cabezas, rodearon al niño, que dio el grito de su vida.

Como Navi era mujer y tenía el tono de voz aun más agudo, su chillido fue peor, aunque tomaba por menos, pues era invisible entre tanta niebla.

Un ejército de stalchild se abalanzó sobre Link, que dio un traspié, saliendo cojeando por un hueco en ese grupo. Puede que, aun con esa lesión, fuese más rápido, pero el dolor, la oscuridad y el miedo lo gobernaban, tornando nublosa la mente y sentidos. Más desgarres se escucharon y por acto de magia un grupo de stalchild, que eran unas calaveras del tamaño del hyliano y con cráneos en forma de reptiles, y diabólicos ojos rojos, le clavaron, literalmente, sus poderosas garras como navajas, en el brazo, soltando gritos de dolores. Cayó, pues, y una mano salida de la nada lo sujetó por el pescuezo, cortándole la respiración. Todo el ejército se le acercó, como si también tuvieran una cojera, con las dos manos enfrente, pose del ciego, y torpeza del zombi, más carencia de cerebro. Dos, tres sacudidas fueron suficientes para que la vaina se safara de la espada, con golpes a diestra y siniestra, mandándole a volar la cabeza de la calavera más cercana.

El decapitado en cuestión, o mejor dicho, la cabeza del decapitado, miró su cuerpo a los metros, soltando un mugido tan diabólico que Link y Navi se estremecieron, pálidos y congelados como la misma muerte, que se reía en coros, a través del ejército de la muerte.

Link había roto desesperado con el mango de la espada la mano que lo sofocaba, cayendo indefenso, por culpa de la falta del aire, observando por el rabillo del ojo los reflejos de la luna que rebotaban en las garras de sus asesinos, e inconscientemente cerró los ojos, esperando el golpe final. Navi voló en el crónico momento y justo antes de que el huesudo atacara, tecleó su cabeza, sorprendiendo a stalchild, que gimió y por susto golpeó al hada, que rebotó a un lado de Link.

— ¡Aaaahhhh! —Gritó ella— ¡me hirieron...!

— ¡No seas ridícula! —exclamó el rubio, sujetándola por un ala, huyendo como jamás en su vida. Tomó de paso la vaina, al son que caía por culpa de dos manos salidas del suelo que sujetaban sus piernas, hizo esfuerzos para quitárselos, pero cuando lo hizo, un exagerado número de criaturas lo rodeaban... y digo rodeaban, en singular, pues Navi había salido volando mirando con terror la escena de allá abajo.

Se defendió con su espada, pero un par de manos lo apresaron por la espalda, y otro de la cintura, hasta el cabello, inclinando su cabeza para atrás, saltándole y brincándole sobre su cuerpo. Visto desde el cielo, toda la masa se concentraba en un punto, apretujándose para estar más cerca como desesperados perros hambrientos que pelean por su rodaja de carne de diario. Navi no lo aguantó. Puede que sea una cobarde, con ciertas fobias a todo, pero su espíritu fuerte la obligaba hacer cosas estúpidas que alguien con raciosismo jamás haría. Se lanzó en picada hasta adentrarse en el guerrillero, el cual, a su alrededor, y para sorpresa de muchos, se alejaban tapando los ojos con sus huesudas manos para no ver aquella incandescente luz blanca, sin mucho éxito.

Más muerto que vivo, el hyliano abrió desmesuradamente los ojos.

— ¡Eres tú!

Y la aprensó con su mano.

La utilizó como una linterna que espantan murciélagos de la cueva más obscura. Pero los murciélagos, seres de la noche, no son seres a que, por su inteligencia, debe subestimarse jamás, y algunos le pusieron por atrás como otros el inclinar la cabeza para no ser encandilados, tirando manazos aun más peligrosos y violentos, gracias a la ira. Varios lograron atinarle, y hasta la misma Hada sentía como algo líquido le caía encima, proveniente del brazo de su capturador. Este cayó, otra vez, al suelo, y salió despavorido, levantándose apenas, con la espada, ya no como arma, si no como la pierna que le fallaba, por entre los stalchild que le salían de improvisto a sus lados y en frente.

Allá adelante, como un farol, una luz curiosa se asomaba arriba de una colina. Era de la linterna de un hombre gordo y algo chaparro, con escaso cabello en la mollera, y abundante en su barba, del color café más saludable de los hombres de su edad, que lindaba por los 35 a 40. Había salido de su cálida cama pues unos sonidos, como una serie de gritos, despertaron a su hija, y esta insistió que revisara. El hombre le había contestado a su pequeña que lo más probable era que fuese un animal salvaje, que cortejaba a su amaba o algo parecido, hasta que él también los escuchó. Eran gritos ¿pero de quién y de dónde? Quién sabe. Y por miedo a que su patrón se despertase y aun más, por miedo a que se asustara más su hija, salió, con su batín y jubón canela y gris, tomando prestada la linterna de aceite que estaba en su habitación. Pero ¡cuál fue su sorpresa y susto al ver que allá había una especie de revolución de criaturas, huesas, criaturas que él conocía a la perfección, y ver un niño, medio muerto, que corría en su dirección! ¿cuál fue? no lo sé.. Pero captó lo que sucedía, corrió hacia él y lo cogió de un brazo, por miedo a que se lo llevaran esos esqueletos, alejándolos con la luz de su linterna, haciéndolos retroceder un par de pasos, aprovechando para meterse él, el niño, y cerró la puerta lo más rápido que pudo. Sabía que de ahí no pasarían. No, no esos endiablados stalchild. Cuando miró al joven, se espantó, primero, porque estaba inconsciente. Segundo, por que un hada lo miraba a él, tímidamente asomando su cabecita, aun metida en el puño.

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Estaba lloviendo...

Y hacía frío...

Pero no estaba solo...

Una luz a un lado de él lo acompañaba... estaba... delante de un puente... y esa luz, al fin lo comprendía... era Navi, y esta le decía algo... pero... no podía escuchar lo que decía... balbuceó palabras, oraciones completas, complejas, pero ni él mismo se entendió... una luz en el horizonte, en la más remota lejanía, le llamó la atención sin razón... ahí había alguien... por primera vez lo notaba... pero...

Algo sonó.

Los goznes pesados de metal sonaron. Y con esta bajó el puente...

El caballo blanco, con una niña, y un jinete moreno ya se lo sabía. En esta, la niña, le decía algo, pero no lograba comprender nada... era... momento... había captado algo... le gritaba un "¡lo siento...!"... ¿Lo siento?

Y le aventaba algo.

Justo en ese momento, cuando el rayo y el trueno se juntaban, un hombre negro como su corcel, salía en ristre, importándole en realidad nada, si casi lo atropella. Pero se detiene justo delante de él y le dice algo... parece una pregunta y un ademán de desdén de cruza en su faz... choca las espuelas, el caballo relincha y continúa la carrera...

Pero hay algo diferente... ahí debería de acabar el sueño... ¡pero ahora él corría y agarraba el objeto que le tiró la niña! ... y esa luz... esa luz en el horizonte, llamó su atención... pasa algo... confusión... ¡sonidos! ¡Navi lo jala...! y sintió el jalón como si no fuera un sueño... y luego... y luego...!

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Abrió los ojos.

Otra vez ese sueño...

Ese sueño...

Había cambiado un poco...

Pero sólo un poco...

Ese sueño...

¿En realidad era uno?

No, no podría... ¿o sí? Pero estaba Navi... con él... ¿cómo antes, sin conocerla, podría haber soñado con ella? Y ¿cómo antes, sin empezar su aventura, imaginase el campo de Hyrule, ya que al fin en esta, sabía que ese era el lugar del acto?

Cerró los ojos. Estaba increíblemente agotado. Se levantaría, por supuesto, y le diría a Saria todas las cosas nuevas que se le habían aparecido. Sí, se levantaría y le contaría al Gran Árbol Deku que ya sabía por qué le aparecía un hada. Y le contaría a Apolo cuál es el lugar dónde ocurre todo. Se inclinó para adelante, y quedó tan anonadado que fue incapaz de pronunciar palabra. Aquella no era su casa... era... diferente... estaba acostado en un suave colchón y le cubría una manta...

Cayó en cuenta.

Apoyó su cabeza entre sus manos. Sí. Ya recordaba todo... la muerte del árbol... Saria... su aventura... las peleas con Navi... el ataque de esas calaveras... Por un instante, su mente le había jugado una mala broma. Y lanzó un lastimero suspiro, que fue capaz de mover a cierta hada que dormitaba a los pies de la cama.

Miró a su alrededor. Era el lugar más cálido que había visto desde hace días. Era una amplia habitación, de un precioso color trigo y canela, dos camas, y varios otros muebles rústicos, como un tocador y un gran espejo, sillas, una mesita, jarrones, libros, linternas y otras cosas. La ventana estaba abierta de par en par, y los cálidos rayos del sol se filtraban por todo el lugar. Dio una exclamación de sorpresa, pues varios vendajes cubrían su cuerpo, como su cabeza, brazos, la cintura, la pierna, y tenía ropa diferente, limpia y hecha del algodón más suave y refrescante como jamás antes había usado. Era una camisa azul marino, mangas largas, con una serie de detalles bordados en blancos cerca de las extremidades, y sencillos pantalones naranja. Movió con el pie a Navi, que se despertó como un gato.

— ¡Vaya...! —bostezó— al fin despiertas...

— Navi ¿dónde estamos?

— ¿Dónde más? En el Rancho Lon Lon.

— ¿Rancho Lon Lon? —interrogó— nunca había escuchado hablar de él...

— Ni yo. Jamás el Gran Árbol Deku me habló de este lugar, no sabía que se encontraba justo en medio del camino desde el bosque hasta el castillo... de haber sabido... en fin... ¿y cómo estás? ¿Te sientes mejor?

El hyliano la miró sorprendido.

— ¿Desde cuando tan cortés? —dijo, con una sonrisa. Ella se encogió de hombros, desinteresada.

— ¿Qué más quiere qué te diga? Sería una falta de mi educación si acaso osare preguntaros cómo fue aquella experiencia cuando un ejército de stalchild casi os come vivo, así que pregunté otra cosa, a pesar de mi febril curiosidad.

El rubio lanzó una furtiva sonrisa.

— Suponiendo que jamás me preguntéis eso, pues me abstendré a deciros que es una cosa sumamente horrible, pero si gustéis, tienes mi permiso en experimentarlos vos misma.

— No, gracias.

Había tanta determinación, curiosidad, como inocencia e imaginación, que, aunque Navi no tuviera la habilidad de leer mentes, supo inmediatamente lo que pedía el hyliano, con sólo una mirada, donde eran de sobra las palabras.

— Cuando llegaste —explicó—, casi moribundo, en aras a los brazos del señor Talon (el fue el que sostenía la linterna, no sé si lo recuerdes), fuiste rescatado y llevado acá, el rancho donde él trabaja, pues esas bestias que te atacaron jamás se han atrevido a poner pie este lugar. Notó que estabas malherido e inconsciente, entonces, e llevó a unos de los establos, dónde, primeramente, te limpiaron las heridas, y luego te pusieron algunas cosas, tipo medicina, pero casera, y encima los vendajes. Te cambiaron de ropa, ya que la que tenías estaba manchada de sangre y rota, y revisaron a fondo tu lesión del tobillo, pues yo le dije que te lo habías lastimado. Cuando vieron que ya no tenías nada malo, y para no despertar a su jefe y no causarle molestias, te trajeron a la habitación donde duermen su hija y el señor Talon, donde has dormido toooda la noche. Justo ahora estás en la cama de ella ¡No te levantes! Me pidieron que por nada del mundo lo hicieras, pues ocupan revisarte esa lesión. No es grave, pero puede empeorar, por supuesto.

— ¿Y van a volver? —preguntó muy embarazoso, con la simple idea de quitarle esa cama tan rica y suave a una niña.

— Ya los llamo —dijo, atravesando la ventana— pidieron que les avisara si despertabas para hoy.

En cuestión de unos 15 minutos, en los cuales Link había aprovechado para ver todos sus vendajes, alguien tocó tímidamente la puerta, y la cara de una preciosa niña de alrededor de 10 años, pelirroja y sonriente le miró, con una bandeja de comida. Atrás de ella estaba Navi, que a leguas se le veía se le antojaba todos esos manjares de queso, pan, huevo y un vaso con leche.

Lo primero que notó Link, para su sorpresa, fuese que ella tenía su mismo tamaño, su misma edad, y casi misma apariencia. Creo que ya e mencionado la diferencias y problemas que Link tuvo por su físico e intelectualismo en su tribu. Sonrió, enderezose para ayudarle a poner la bandeja en una mesita que estaba al lado de la cama, comiendo como alguien que no haya comido desde hace días, cosa que era verdad.

Pero antes de eso, la niña le dijo:

— Qué bueno que estés mejor. Mi papá y yo nos preocupamos mucho por ti en la noche.

— En serio espero no haber sido molestia —se disculpó, pero ella, para su sorpresa, soltó una risilla llena de ternura.

— Al contrario, fue un placer poder ayudarte. Venías muy mal herido, y comparado con ahora, parece inverosímil todo lo anterior. Mi papá no podrá poder venir hasta dentro de una hora, pues está hablando de ti con el señor Ingo.

— ¿Quién es el señor Ingo? —preguntó, pero ella bajo la cabeza.

— El nuevo dueño del rancho.

Y de pronto levantó la cabeza, como si hace un rato jamás hubiese estado sombría.

— Pero come, come. Qué debes estar hambriento.

Y así lo hizo.

— ¡¡Está delicioso! —exclamó a las primeras mordidas.

Ella sonrió con orgullo.

— Todo fue criado y cosechado aquí. Yo misma e alimentado a los pollos hasta su punto y fabricado el queso. El campo donde se hace trigo para ese pan, está a unos cuantos kilómetros, que también es parte de nuestra propiedad, cerca del río Hylia, donde un amigo nuestro los cuida y riega. La leche son de las mejores vaca de la región, y todo aun precio súper econóóóómico.

A la palabra precio, una nube pasó por la mente de Link.

— ¿Cuánto hay que pagar? —preguntó, viendo si con lo que tenía era suficiente para pagar todo eso que comía, y que Navi saboreaba, más el hotel, imprevisto, por supuesto.

Ella se mordió la lengua, tapándose la cara con la mano.

— Eres invitado —dijo, con un ligero sonrojo en su blanca tez tostada por el sol—, sí, eres invitado nuestro, y si el señor Ingo se atreve a decir todo lo contrario (lo cual es lo más probable...) yo riño... digo, platico con él.

Y rieron, aunque Link estaba algo anonadado y sorprendido del giro de las cosas.

Espero dejar claro que Navi no participó en esta conversación. Y estaba silenciosa, arriba de ellos. Los dos amigos la notaron.

— Navi —dijo el rubio— ¿qué te pasa? ¿Quieres algo de mi comida? Te ves hambrienta.

Malon, el nombre de la niña, reprimió un ademán ¡de haber pedido la hadita también le hubiera dado algo de queso...!

— Sí.

— ¿Y por qué no agarras? —dijo él, intercambiando miradas con Malon.

— Por ética —contestó esta dignamente—. Las hadas acompañantes jamás agarran la comida de sus amos sin permiso. Al menos, claro, que este se las ofrezca. Es una de las primeras leyes que nos enseñan.

— ¡Pero ni siquiera soy Kokiri! No tengo el derecho ni de tener o llamarte "Hada Acompañante" ¿por qué tanto problema?

Está confección sorprendió hasta la misma Malon.

— Se entiende... — masculló el hada, visiblemente irritada.

— Bueno... agarra, pues...

Y así lo hizo.

No pasaron ni seis segundos para que Malon soltara tal risa que Link, el cual miraba cómo comía el hada, y esta, que se encargaba de terminar con el queso, la miraron.

— Son la pareja más extraña que e visto —explicó.

— ¡¿Pareja!

— ¿No lo son? —preguntó inocente.

— ¡Indignante! —gimió el hada, sin dejar rastros del queso.

— Concuerdo con eso...

Ella estalló en una carcajada.

— ¿Está loca?

— Parece…

— Es por que se juntó contigo, Sin Hada.

— Ya cállate, Linterna.

La hora pasó muy rápido. Link había zambullido y explotado tal cantidad de historias de su tribu, que simplemente la chiquilla ranchera estaba anonadada, preguntando a veces y contando historias también, en una especie de intercambio cultural. Sin la intervención de Navi, que servía como la guardiana que era, seguramente esos dos niños ya estarían afuera dando saltos y correteando gallinas, aunque uno tuviera un tobillo lastimado y la otra trabajo que hacer. Era sorprende lo rápido que habían congeniado. Pero momentos antes de llegar al "punto G" (donde Malon y Link, en medio de risas, intentarían salir volando por la ventana) alguien golpeó la puerta, estremeciéndolos al punto de saltar por inercia sobre la cama.

— ¡Papá! —exclamó la angelical niña al ver quién era.

Aquellos celestes ojos bondadosos miraron con deleite al hyliano que poseía una sonrisa de oreja a oreja. Este se inclinó, diciendo un "Mucho gusto, señor" con el tono más elocuente y lleno de agradecimiento que fue capaz de dar.

— Tu nombre es Link, ¿no es verdad? —prosiguió el hombre, acentuándose el mostachón— si no mal lo recuerdo, ya que tu hada nos los dijo cuando te curamos.

—Sí, señor. Yo soy Link, y ahora no podría agradecerle por todo lo que hizo. Admito que me siento de maravilla, como no lo e estado en días.

— Oh, si no fue molestia.

El señor Talon era un servicial trabajador en el rancho, encargado en la producción del ganado vacuno y ovino, como el cuidado y mantenimiento de los caballos y establos, como también en hacer entregas a distancia a los pueblos, como en ir a cobrar de vez en cuando y revisar la correcta producción del trigo cerca del lago Hylia, a unas horas de ahí. Sin mencionar, aparte, en cerciorarse de la seguridad del rancho en general, aunque era esto tan rutinario que ya ni lo consideraba como obligación, si no de pasatiempo. Podría decirse que él era la cabeza del Rancho Lon Lon. Tanto administrativo como en productivo. Era casi el jefe (que años antes lo fue) pero por cosas del destino, el señor Ingo fue a parar como jefe, aunque lo único que le interesara fuese posar sus manos sobre el dinero. Varios años antes, casi harían cinco, murió a temprana edad la mujer más precisa y dulce del mundo, su esposa, por problemas de salud, dejando como legado a una única hija, idéntica en espíritu y cuerpo. Esta hermosa esposa en cuestión, era la hija del entonces jefe de la hacienda, donde Talon empezó a trabajar desde joven. Tal fue su conmoción, que decayó alarmante, y su apreciado amigo Ingo se hizo a cargo del lugar, con algunos pésimos resultados, aunque estable. En más de una ocasión, intentó este desdichado viudo recuperar su antiguo puesto, pero por sumiso y teniendo sólo la diferencia de dormir en un cuarto totalmente diferente, dejó el intento, siendo feliz y conformista.

Puede que Ingo fuese tacaño y astuto, pero Talon era perseverante e inteligente. Con algo de empeño, convenció a su patrón que el niño kokiri se quedase como invitado con todo pagado unos días, por extraordinario que parezca.

— Curaste muy rápido, chamaco —fue su diagnóstico sobre aquel quisquilloso tobillo—. Espérate para mañana y salta, corre o camina todo lo que quieras. Pero para mañana ¿eh? No quiero atraparte haciendo algo de esas cosas hoy, y lo mismo para ti, hija, que sé que eres incluso capaz de cargarlo, con la excusa de llevarlo a los establos, defendiéndole que ni se levantó o algo parecido. Navi, confió que evitaras cualquiera de estas dos cosas dichas.

— Hay, pa' ¡qué mala crítica tienes sobre mi! Yo jamás lo cargaría para eso...

— No vaya siendo, mi pequeña...

— ... lo pondría en una silla de ruedas.

— ¡Malon!

Todos, excepto Navi, soltaron una risa.

— Bueno. Tengo que alimentar a los caballos —se despidió el señor Talon—. Hoy anda demasiado susceptible ese Ingo y no quiero que me venga con uno de sus sermones, aunque yo soy el quien debería de darselos...

— ¿Y dónde decías que tenías esa silla de ruedas? —preguntó Link malicioso cuando se fue.

— ¡Oh, no! ¡Nada de eso! ¡No saldrás de aquí! —dijo el hada volando como loca.

— Cállate. Nadie te preguntó —renegó el rubio.

— Contéstame así otra vez —amenazó— y te paralizo con mi polvo.

Pero Malon le tiró una almohada.

— ¡Por acá estaba la silla! —canturreó husmeando por los cajones.

El declinante Sol cambió su cielo horas más tarde, tornando del precioso azul ala seda de oro y carmín, cuando estos dos nuevos inseparables amigos, admiraban todo el lugar desde la ventana. Habían platicado con detalle cada una de sus historias. Como el de Link, por ejemplo, como había empezado toda su aventura, desde el comienzo hasta el final, hace no más de cuatro días; y Malon, por el contrario, de cómo era la vida trabajosa en una hacienda tan grande como esa, con escaso personal, que apenas llegaba seis, y todo lo que sabía sobre los lugares de Hyrule, como la gran villa Kakariko, lejos de ahí, el precioso lago Hylia, el concurrido mercado, y el majestuoso castillo. Reinaba una inusual paz, como ninguna otra que Link había sentido en su vida, en un completo silencio, pero no incomodo, admirando a esos caballos que correteaban alegremente alrededor y dentro de la gran corral hecho de madera. Todos esos potros adolescentes y adultos, se saludaban unos y otros. Y aunque la cantidad de potrillos era muy escasa, se las ingeniaban para jugar entre si, viendo quien corría más rápido y quién no. Link estaba admirado, a pesar de sentir un glacial escalofríos cuando los contempló por primera vez, ya que eran animales que jamás había visto, y a pesar de haberlos soñado nítidamente antes.

Pero obscureció.

Y Link, como todo el mundo, estaba cansado, durmiendo junto con el resto del Rancho Lon Lon, notando que Malon compartía cama con su papá, y se acurrucaba junto a él, debajo de la cobija.

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