Bueh, acá para ustedes el tercer capítulo. Todo esto es propiedad de Nintendo y del excéntrico Shigeru Miyamoto.

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Capítulo IV.

Boca de lobo

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Exquisito. Hermoso. Una angelical voz mil veces mejor al canto del ruiseñor penetró por la ventana. Era dulce, tranquilo, demasiado melodioso para ser verdad. Con suma delicadeza, Link bajó de la cama, sin hacer el menor ruido, acercándose a la ventana.

Sus ojos se acostumbraron al abismo negro con fondo de luz de plata y papilla estelar. Justo delante de él, la puerta del corral estaba ligeramente entreabierta, donde en el centro, Malon ejecutaba una soberbia presentación. Mas que voz, parecía violín, por los RE agudos de soprana, SI o LA, tan fluidos, como si con sólo un respiro le bastasen para darlos una y otra vez sin detenerse, con toda la concentración y alma impregnados, hasta el límite de trasmitir su tranquilidad a cualquier ser que la escuche, mas excitación, como ese frío en las palmas de las manos o en la de los pies, que sólo esperan a que termine para gastarse en ovaciones y aplausos.

Cerró los ojos, tan embriagado estaba que olvidó lo que era el sueño, entregó sus oídos, que por si solos no escuchaban alguna otra cosa. Inconscientemente, sus pies lo trasladaron hasta la puerta del corral, contemplando las espaldas de la musa. Había terminado el recital con uno de los SI más interminables que los pulmones y corazones mortales podrían alguna vez alcanzar, que irremediablemente, el hyliano terminó en una serie de aplausos tan efusivos que sorprendió hasta la mismísima Malon.

— ¡Link...!

Este no dejaba de aplaudir. Malon, con una mano cerrada sobre el pecho, lo miró estupefacta. Muy lentamente, imitando a la elegante rosa, que con suavidad y belleza abre sus pétalos, una sonrisa fue a parar sobre sus labios, sonrojándose levemente.

— Veo que te desperté —le dijo.

— Despiértame mil veces más si esa sería la forma. Eso fue una de las cosas más bellas que e presenciado.

— Hace mucho que no vengo a cantar, y extrañamente hoy creía que iba a explotar si no lo hacía.

Él sonrió, dando a entender que no había entendido el mensaje.

Con suma delicadeza, apartó su ardiente cabello rojo de la cara.

— Esa era la canción que mi madre me cantaba, cuando todo las noches me acurrucaba y tapaba antes de dormir, junto a papá, que más que cantante, era espectador. Pero eso fue hace tanto, tanto tiempo... cuando murió al cumplir yo seis, mi papá se entristeció tanto como yo, pero si algo me había enseñado, es no darse por vencido, y desde entonces venía casi a diario aquí a cantarle, mirando a los cielos como lo hacía ahora, para agradecerle y hacerle saber que esos momentos aun siguen en mi memoria, ya que me mira a mi y a papá desde allá.

— ¿Y cómo se llama aquella melodía?

— Ella jamás le puso título. Pero siempre la e nombrado, como papá, la canción de Epona. Pues Epona era su nombre.

Mientras decía eso, su voz se había roto un tanto, brotándole pequeñas lágrimas de recuerdos.

— ¿Sabes... sabes que es lo gracioso? —dijo ella, limpiándose las mejillas con una sonrisa— que justamente hoy tenía tantas ganas como nunca para cantársela.

— ¿Y eso por qué? —preguntó, intentando no ser imprudente.

— Hasta yo lo ignoro. Pero supongo que es por ti.

Esa respuesta fue tan directa, que el tímido chico se atragantó.

— No sé —dijo la chiquilla inocente, poniendo sus manos en su espalda y una gigantesca sonrisa— pero pasé un día como ningún otro, estupendo, mientras estaba contigo. Acá no hay chicos de mi edad, y si lo hay, por lo general son de pasada de carretas con familias que se mudan, compran provisiones, y se van. Sólo tengo acá a mi papá, con quien más platico, y a los señores de limpieza... ¡y que no se me olvide! Mi mejor amiga: Epona.

— ¿Tú mamá?

— No. Epona. Es un yegua bebé apenas. Es mi mejor amiga. Le puse el nombre de mi madre, ya que ese caballo, a pesar de que nació y fue criado aquí, es mío. Tiene una gran fijación por la música, en especial con la canción de Epona, ya que si la canto desde cualquier parte de este rancho, viene enseguida, si no está durmiendo como ahorita dentro de los establos.

— ¡Quiero verla! —exclamó entusiasmado el rubio, sin importarle que su cabello dorado chocara contra su cara.

— Mejor mañana, pues se pone de mal humor.

— Seh, no me sorprende, como todo se parece a su dueño... hey ¡no me mires así!

— Ya veo porque Navi es así como es... —dijo en broma, mientras llegaban a la habitación.

— Me ofendiste.

— No es para tanto —musitó, mientras se acostada en la cama con su papá.

— Buenas noches, Malon —murmuró, viendo de soslayo a cierta hada mencionada. Durmió esa noche, como desde hace mucho tiempo, profundamente, sin ninguna pesadilla.

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Como se había cumplido, Link tuvo permiso para salir afuera y conocer bien todo lo que respectada a la hacienda a la mañana siguiente, sorprendiéndose un sin fin de veces, pues aunque salió esa noche, no pudo ver bien porque estaba oscuro. Malon era la guía, mientras que Link murmuraba cosas como "¡oohhh!" a ver cosas nuevas, y cuando le explicaban para qué eran las dichas cosas decía "¡aahhh!". Navi no parecía estar tan sorprendida como él, aunque lo estaba. La habitación donde dormían, era la primera planta de una casa con dos pisos, color entre canela y blanco, de rojizo techo de tejas, con una única ventana, que estaba sobre el pequeño corral con rejas y casitas de cuccos, que eran como gallinas blancas y ruidosas, pero más grandes. La ante sala de esa casa era el comedor con cocina, sillas y mesas, donde todos a diario desayunaban. El jefe Ingo dormía en la segunda planta. Los otros dos trabajadores de limpieza, en habitaciones al lado de los establos, con baño propio, que compensaba el olor a vaca u oveja, y dos suaves camas, con espejo y armario.

Un corral era el corazón del rancho, donde los caballos, luego de pasar y dormir la noche en los establos con primo oveja y hermana vaca, iban a corretear y a divertirse el resto del santo día, con una circunferencia bien marcada por fuera del corral, a causa de los animales que corrían en círculos como distractor.

Todavía más allá, a la distancia, postróse una gran casa color canela, un molino y teja roja, destinada para almacenar heno, moler trigo y semillas, fabricar quesos, cremas, con varias desviaciones de lácteos, y almacenaje de cuanta chuchería ocuparía un rancho, como herramientas, cajones, carretas, carbón y paja.

Como todas las mañanas sacaban a los caballos de los establos ya dichos y los dejaban libres para donde quisieran ir, el dúo se divertía persiguiéndolos, y uno de los trabajadores de limpieza, llamado Shigeru, para lucirse con la bonita niña y ese nuevo muchacho, intento montar uno a pleno galope, cayendo de bruces. Shinji, el otro, que lindaba como Shigeru los 20 años, le pidió a Link que agarrara un cucco y lo aventara contra otro, con malicia, el cual Malon terminó gritándole, diciéndole que sería un suicidio. Shinji rompió a carcajadas.

— Sí, como él ya lo experimentó... —murmuró la niña buscando algo entre tanto animerío.

— ¿Por qué dijiste que sería un suicidio? —preguntó Navi.

— Porque esas cosas son muy violentas... ten miedo a un cucco... ¡Miren! ¡ahí está! ¡Epona! —la llamó.

Esta Epona era un caballo muy, pues su piel era de un extraño color tinto brillante, ojos vivaces del azul más celeste que el cielo y grandes fosas nasales negras, con crin blanca, por todo el lomo hasta la cola. Al reconocer la voz de su amada niña, levantó la cabeza, relinchó de gusto, empezando a trotar en su dirección, pero apenas vislumbró que no venía sola, más aparte por personas y cosas que jamás había visto antes, se detuvo en seco.

Ya había pasado eso antes, con Shigeru y Shinji, pero sólo bastó con acercarse ella primero, tranquilizarla, y que los otros se acercaran lentamente y la tocaran un poco.

Y así lo hicieron.

Pero cuando Link, no Navi, pues sobrevolaba a Malon y al caballo (este la miraba como una zanahoria voladora), se le acercó con cautela, Epona dio un brinco y relinchó amenazadoramente, corriendo para atrás.

Todos parpadearon (hasta los de limpieza, que admiraban el espectáculo sentados arriba de la cerca). Malon lo repitió cuando Epona se calmó por completo mirando contenta a su cuidadora. Esta le pidió al rubio que con cuidado se acercara. Él lo hizo como un experto. Tan bien que el caballo lo mordió.

— ¡Epona! —regañó Malon, haciendo que el animal bajara las orejas, apenada. Desde cierta parte de la cerca, unas carcajadas inundaban todo el lugar.

Link agarró una zanahoria que le había pasado Malon, ya que era su comida favorita, y se la ofreció, con una sonrisa franca en su rostro, olvidando su dolor de la mano. Los ojos del caballo reflejaron tanta indignación como si en vez de zanahoria, fuese mierda lo que le ofrecía.

— ¿Qué pasa? —preguntó perplejo, oliendo la zanahoria, sin notar nada malo en ella ¿por qué ese animal le era brusco con él?

— ¡Jamás en mi vida había visto algo así en ella! ¿me oíste, caballa? —exclamó eufórica la niña al animal, que estaba detrás suyo, jalándola del vestido, como si quisiera alejarla de hylian.

— Ni a los caballos les agradas —dijo filosóficamente Navi.

— Es como si me confundieran con una presa.

— O como un depredador —corrigió el hada.

Tras eso hubo un pesado silencio, donde Link miraba confundido a la cría, y esta como si él fuese un augurio de mala muerte.

Malon, que se sentía la del medio, y los dos de limpieza, que miraban, ya no divertidos, si no extrañados la escena, decidieron mejor alejarlos del uno y del otro, receptivamente.

Pero Link, a pesar que se había sentado en su cama momentos después, seguía un poco traumatizado con ese encuentro. Era como si el animal le odiara por alguna razón, como el amaestrador que golpea a su animal sin razón, o el perrero que encierra perros para llevarlos al matadero. Le odiaba, se lo había demostrado la cría, y aunque Malon lo intentaba consolar, diciendo incoherencias sobre el comportamiento de su caballo, hacían poco efecto. Navi estaba en el umbral de la puerta, incapaz de saber qué decir, cuando oyó un ruido al otro lado, vinientes de la antesala, y las pisadas de dos hombres se escucharon: uno que entraba y otro que bajaba unas escaleras, saludando, pero seco.

Los tres se acercaron con cuidado.

— ¡Pero si es el cartero Quill! Qué sorpresa que llegue volando, hace meses que no ha venido —dijo una voz irónica.

— Ese es el señor Ingo —murmuró la ranchera, y abrieron un poco la puerta.

El cartero, que era un hombre joven, delgado, algo encorvado, tenía una nariz aguileña realmente provinente y finas cejas marcadas, mostrando su aguda inteligencia, dándole aire de halcón. Tenía traje morado de una sola pieza, entrecruzada por un cinto de cuero, medias grises y botas amarillas. Era de pelo blanco con un gorro puntiagudo e iba cargado con una mochila de cuero de respetable tamaño, lleno de sobres y papeles. Saludó con una inclinación.

— Esta carta es para usted.

El sobre era del pergamino más fino y caro que había en toda la región de Hyrule. Los tres espías ahogaron un grito al reconocer encima el escudo de la Familia Real, pero Ingo dio un silbido, pensando que si pedían algo, y era mucho, conseguiría mucho dinero. Antes de abrirlo miró con recelo al cartero.

— ¿Es todo lo que trae?

— Sí —Quill, con una sonrisa, había descubierto a los tres espías, antes de que el psicópata ese lo interrumpiera.

— Oh, bien. Bueno, puede retirarse.

Pero Quill no se movió.

Ingo lanzó un juramento. Metió la mano en su bolsillo y le aventó un rupple rojo.

— ¿Verdad que ahora no fue difícil darle al servicial cartero algunos rupples extra por su molestias? —dijo irónico guardando el dinero en su bolsillo.

— Sí, sí —renegó Ingo— lárgate, a menos que me traigas algo.

— Buenas tardes —se despidió, cerrando de un portazo.

Ya afuera, Quill parpadeó, perplejo. ¿Eso que había visto ahí era a un kokiri? Bien notó a la hada y su cara de niño, que por sus fracciones, parecía más de alguien algo maduro para su edad. Se fue al siguiente pueblo, pensando en ese detalle, ya seguro que había visto aun kokiri afuera de su bosque, aun sorprendido por ese descubrimiento.

Ya en la privacidad de su sala vacía, Ingo rasgó el sobre y se sentó sobre la mesa, dispuesto a leer. Frunció el ceño y se atizó el puntiagudo bigote. Se acercó a la puerta, la abrió, y gritó con toda su alma al señor Talon para que viniera. Este se acercó al instante. Ingo le entregó la carta, que leyó aun más rápido que patrón.

— Para mañana, pues —contestó simplista, regresándosela— dice en la carta que no hay prisa. Mañana salgo para allá.

—Si sales hoy, te pagan el doble.

Pero Talon soltó un bufido.

— ¿Desde cuándo los burócratas te pagan el doble por ser cumplidos y cordiales con ellos?

— ¡Para mañana, pues! —gritó irritado el patrón, reconociendo la verdad de esas palabras.

Y cada uno regresó a sus labores. Es decir, uno a hacer cuentas en su habitación y otro en terminar de ordeñar a las vacas.

— ¿Qué fue todo eso, Malon? —le pregunto Navi, al cerrar la puerta.

— Supongo que un encargo del castillo —se encogió de hombros— Interpreten sus palabras, suponiendo que piden una entrega. Es obvio. Mañana marcha con las cosas.

— ¡¿Al castillo! —exclamaron Link y el hada.

— Sí, ¿por qué se sorprenden? —dijo extrañada por la reacción.

— ¡Al castillo! ¿Y mañana dijiste que parte tu papá? —preguntaron.

— Sí... mañana en la mañana, creo...

— ¡Bravo!

— ¡Alto! —gritó Malon— ¿por qué es tan especial ese castillo?

— ¿Te acuerdas lo que te conté sobre el viaje mío?

— ¿Lo de una especie de misión...? sí. Y pues tenían que ir al castillo para... ooohhh... ya entendí, ya entendí...

— ¡Sí! ¡Y tú papá nos podría llevar mañana! ¿no es maravilloso?

— Sí, maravilloso...

— ¡Al fin se va acabar esta pesadilla! —rezó el hada.

Por alguna razón que aun Link desconocía, Malon era la única que no se veía feliz.

— Qué bien que ya todo termina ¿verdad? —preguntó, con un extraño acento.

— Sí, pero Malon —intervino el hyliano— ¿qué pasa?

— ¡A mi nada! ¡Estoy de maravilla! ¿Qué no me vez? —dijo airosa, levantándose como un resorte caminando hasta la puerta— es más, iré con papá para avisarle con tiempo para que los llevé también.

Cerró la puerta tan bruscamente como su ánimo.

Hubieron algunos minutos de silencio.

— ¿Y a esta qué le picó? —preguntó el rubio.

— Si serás imbécil... —le contestó Navi— Malon está resentida.

— ¿Resentida? ¡¿Por qué!

— Porque le gustaste mucho.

— Ya sé que le agrado —explicó, intentando ser racional— pero sólo me voy. Tal vez regrese. No sé. ¿Pero por qué estaría resentida?

— No lo digo en ese sentido. Es que le gustaste.

— ¡Y a mi también!

— No así. Si no que le gustaste.

— Y a mi también...

— ¡No en ese sentido! ¡Le gustaste! ¿Entiendes?

— Sí... y somos muy buenos amigos...

— ...

— ¿Pasa algo?

— No. Nada.

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Había anochecido tan rápido el último día que estaría Link en el Rancho Lon Lon, que no le habían dado el tiempo suficiente para que el joven hyliano buscara a Malon y platicara con ella. Si bien, la última vez que la vio, fue cuando dijo que iría avisar a su padre que Link lo acompañaría al siguiente día. Y efectivamente le avisó.

Pero ella no regresó.

Simplemente la buscó por todo el rancho, y por más intentos que hacía, sin aun conocer el lugar muy bien, como escondites y eso, no la encontró.

Ya triste, observó como todo el mundo de iba a la cama. No sintió ganas de dormir. Pensó, seguramente, que la casualidad se repitiera y ella cansase otra vez su recital en medio del corral de los caballos. Pues es la única explicación posible ya que el joven rubio y su hada se sentaron sobre la cerca, mirando con ojos perdido su centro.

Pasaron las horas. Por laguna razón, todas las posibilidades de que aparecieran eran nulas.

Y así fue.

Si hubiera buscado un poco mejor, cerca de los establos, habría encontrado a cierta niña pelirroja que, soltando lagrimas, postrose acurrucada en el umbral de la puerta, junto a un pequeño y tierna potrilla tinta de crin blanca.

Le daba caricias inconscientemente, mirando las estrellas, con cara de melancolía.

Y algo sonó a lo lejos.

Algo así como una flauta. Más concretamente una ocarina.

El caballo y la dueña levantaron la cabeza, desconcentradas, pues eran notas sueltas y sin sentido... como algo muy agudo, parecido a una RE... luego algo, pero no tan agudo como la SI... y grave como LA... sin ritmo, como se entrenaría una orquesta, que primero son por partes, enseñando y entrenando dedos, para el final unirlos como el rompecabezas, en dos o tres movimientos.

A momentos, una preciosa melodía surgió de eso. Epona se levantó en el acto y Malon miró el vacío, sin saber qué decir. Lo que escuchaba era la canción de Epona, en un instrumento de viento, tal y como ella lo había recitado hace un día.

El caballo salió a galope y se dirigió por acto reflejo a la fuente de tal melodía. Donde se sorprendió como sólo un caballo podría estarlo, al notar que dicha fuente era del niño que había mordido aquella tarde. Pero... si tocaba la canción... no era malo ¿verdad? No podría ¡tocaba la canción...! ¿seguirá enojado por aquello? Nadie lo sabe, y golpeó su bota con el hocico, para que la viera.

El chico sonrió tiernamente, y le acarició con cuidado la cabeza, sumamente contento de que no le mordiera la mano.

Malon, semi oculta detrás de una pared, conservó con deleite aquella escena. Mientras tanto, Link bajó de un brinco, pues para diversión del pequeño caballito, empezó a tocar la canción de Epona caminando de reserva, con Navi siguiéndole los talones y un caballo, dando la impresión de ser el Flautista de Hamelín mientras lo seguían los ratones.

La ranchera y el hyliano intercambiaron las miradas, impregnadas de mil y un cosas, que serían imposibles de explicar.

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— Admito que te quedó excelente mi traje, Malon. Parece que apenas voy saliendo del bosque kokiri ¡está como nuevo!

— Se coser muy bien. Yo me cosía la ropa de pequeña, como también la de papá.

— Está excelente —repitió el rubio, saltanto alegremente en ese día tan azul y bonito— No sabes lo bien que me lo e pasado acá estos tres días. Me duele mucho dejar el Rancho Lon Lon ¡te lo aseguro! pero le hice una promesa al Árbol Deku: el entregar la Esmeralda del Coraje a la persona que crea yo sea digna para quedársela y cuidarla.

— Y esa persona está en el castillo.

— Seguramente.

— Link, vámonos —dijo Navi, muy impaciente.

Estaban todos reunidos afuera, mientras que Talon hacía apearse con la carreta, agarrando velocidad.

— ¡Suerte en tu viaje! —gritó Malon, agitando la mano desde el umbral, aun lado del resto de los habitantes de Lon Lon. Hasta Epona estaba ahí, relinchando alegremente.

— ¡Muchísimas gracias! —exclamó el rubio, corriendo hasta la carreta— ¡Y también te agradezco por llenar mi botella de leche gratis!

A la palabra gratis, una nube pasó por la frente de Ingo, un tic nervioso en la cara a Talon y una gota por la cabeza de Malon.

— ¡Súbete muchacho! —se apresuró a decir el señor Talon, viendo de soslayo a su patrón. Se subió junto a él en la carreta jalada por caballos, que contenía cuatro cajas grandes de leche. El viaje fue muy tranquilo, y largo, pero tranquilo. Con el calor que hacía, Link terminó de beberse toda la leche que le habían dado. Unas horas después, en lo que este trío platicaba sobre cualquier cosa, Talon viró y se apresuró sobre una colina. Con una exclamación, avisó entusiasmado, que habían llegado.

Navi soltó un chillido de satisfacción. Link, pálido, se había convertido en piedra.

Ese era el aterrador escenario de su pesadilla. Aquella fortaleza, que bajada con sus pesados goznes el puente para que entrara la carreta, era la boca del lobo, que marcarían el inicio de todo para Link.

— ¿Qué sucede, chamaco? ¿Estás tan impactado al verlo que no dices nada? —bromeó el granjero, sin reconocer que en su comentario había un doble sentido que sólo Link reconoció.

— Exactamente, señor Talon.

La boca de lobo se cerró tras ellos.

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Cristiandalf el gris. Jeje, debería disculparme por tardar tanto, pero hasta ahora tengo oportunidad de publicar cosas, mi PC anda a toda madre tanto que temo que explote y, en fin, qué bueno que la sigues leyendo y me llames así xD aunque no sea sólo por alagar... es que me encantan los libros!

Alisse. XD es decir que ya lo conocías! Por eso la vuelvo a publicar. Qué bueno que te guste y la sigas ya, que tardo a propósito un rato para que se lea mejor, aunque espero que no sea MUCHO rato... en fin, que bueno que dejaste review, espero verte más tarde!