Todos los personajes no me pertenecen. Son de Nintendo y del excéntrico Shigeru Miyamoto.
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Los pliegues del sedoso vestido blanco resbalaban por el balcón, con sus pequeños encajados de oro y plata del más fino detalle, mientras el viento movía lancólicamente de aquí y allá la sedosa cascada dorada que coronada a la joven princesa, la cual observaba impasible el atardecer sobre su futuro reinado, con aire inquietante, tranquilo y mágico, reflejándose en su persa piel los pequeños destellos dorados y cobrizos, desde su tapizado de mármol.
Las cortinas nacaradas bailaban en ritmo hipnótico, como lo harían las caderas de la más codiciadas mujeres gitanas, que con sus garras, muy parecidas a telarañas, atrapaban toda atención posible sobre la tierra hacia ellas. Ciertamente, la joven princesa, como hemos dicho, que al estar toda su atención sobre el cielo, no las veía, sino, al contrario, estaba acompañada, y esta era el aludido en cuestión donde fijaba su atención a las cortinas, desde un sillón de terciopelo rojo y almohadones, al otro lado de la habitación.
Los grandes ventanales de las puertas del balcón eran tan lustrados que bien servían también como espejos gigantes. Estos reflejaban lo que era una mujer mayor de edad, que lindaba de los 30 a 35 años, cabello corto y recogido en chongo casi plateado, con una impresionante tez morena, que se veía a voces, considerando su carencia de traje; una simple pollera con tirantes, con sobre puestos de armadura de plata y pantalones cortos, ceñidos al cuerpo, con extraños dibujos en cima—en forma de triángulos u ojos— más botines con suela de hierro, casi tan blancas como el color sábana de la cama.
El curioso cuadro en si llamaba tanto la atención, que mas adelante captará el lector que, lo que observaba esta mujer no eran las cortinas en sí, sino lo que se veía a través de ellas.
Esto era decir, que miraba a la princesa.
Cruzada de brazos, la mujer mayor pensó en tantas cosas que resultaría inverosímil—y largo— decirlas ahora. Pero cuando el reloj de oro sobre la chimenea tocó las once, mas por costumbre que otra cosa, se levantó, diciendo un "Buenas noches" tan cariñoso que ni la misma madre mas tierna y cariñosa podría alcanzar.
La princesa no se inmutó y siguió mirando el vacío. Sólo cuando estuvo segura de estar completamente sola, miró donde su cuidadora se había ido, y murmuró:
— Seguiré el plan...
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Capítulo V.
El Templo del Tiempo.
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Tras sellarse el puente, los guardias ni los interrogaron, más por costumbre que por otra cosa ya que en varios años no había necesidad en ello. Así que, bajo el bello sol del mediodía, el vehículo trastabilló por el corto sendero que había hasta el corazón del mercado de la caseta de guardias, llegando pronto a lo que era un gentío apeante de enormes proporciones. El hylian sintió un escalofrío. No solo por que eso era el fenómeno más extraño que había visto en toda la vida; pues era tan grande inclusive de la misma tribu de donde se había criado. Sino también era por estar rodeado de seres de su talla y semejanza. Corrían y se arrastraban por las calles niños gigantes para Mido y hombres ancianos, casi deformes para Saría. Era tanto el ruido de voces, chilladero y rugidos de animales mezclados con un extraño y repugnante olor, propio de un mercado, que Link con bocanazos evitaba tambalearse. Navi perdía las fuerzas, con el milagro de no quejarse, sobre el regazo del rubio. En otra circunstancias, todo eso —ruido, aventura de misiones y lugares extravagantes— habrían excitado, prendiendo hasta el límite la imaginación del hylian, más nada de eso ocurría en ese momento. Le daba cierta gravedad de asco ver que toda la gente se apretujaba hasta el linde lo de posible, vociferando como locos a los vendedores que a la carrera cogían con sus sudosas manos los alimentos manoseados por todos, pisando, incluso, el mugrero ramaje de piso adoquinado con residuos de heces de animales, propios de gallinas, burros, caballos y algún que otro cerdo.
Para resumirlo todo: se le habían quitado las ganas de comer.
Tenía la cara de un cierto toque verde, cuando Talón, gracias al talento innato que tenía por evitar atropellar a las demás gentes, se le metió un niño, muriendo de la risa, espantando a propósito a los caballos. Jaló las riendas, y ganas no le faltaron para soltarlas para que los animales esos rompieran a pisotones el cráneo de tan irrespetuoso y salvaje muchacho, más se resistió, mirando mal al plebe que se reunía con sus demás amigos, para señalarlo y reírse dado la fuga.
Link, como Navi, lo miraron con sorpresa, impactados de tal cosa.Pero Talón, un hombre de inteligencia destrozado por la vida, los miró con una sonrisa, comentando que siempre era así. Y así lo era. Pero como Link era sólo un niño que por muchos años no había tenido mucha interacción social, era tímido y sorpresivo por naturaleza, se le quedó mirando otro tanto, asustado de que otro niño como ese pelirrojo que se les metió hiciera lo mismo. Talón balbuceó unas palabras, y dio una exclamación apuntando al fondo del mercado, parte donde había poca gente, con la esperanza de que el asustado chamaco se distrajera y dejase de mirarle de reojo.
— Si caminas por ese sendero casi abandonado, te encontraras con el Templo del Tiempo. Está totalmente abandonado, y a estado en pie desde hace tanto tiempo que nadie sabe exactamente cuándo fue construido. Algunos dicen que es mentira de los viejos y que lo pintaron con pintura vieja, para tener material de cuantos a sus nietos o niños pequeños...
— Y otros —intervino Navi— que afirman a estado en pie desde que se fundó esta villa, en honra del guardián de la Luz, que data de miles de años.
— Por supuesto —dijo de nuevo Talón, viendo con una sonrisa a la culta de Navi, sobre su ayuda en el dichoso relato— que ha estado de pie un tanto tiempo, que todo es posible.
Link asintió, mirando con admiración la torrecilla de la capilla, que se divisaba, por muy alto, sobre los árboles y casas del mercado. Preguntó, inmediatamente, si era posible ir allí. Talón, que con esa carga un tanto batallosa al fin lograba pasar y dejar atrás el corazón del pueblo (aun se escuchaban a los vendedores ambulantes gritar: "¡Artículos de los Ed's!" o "¡¡Sortilegios Weasley!" hasta algún hombre alto y pelirrojo, que gritaba "¡Iré más allá de la cordillera de la Montaña de la Muerte! ¡Trayendo toda case de criaturas extrañas!"), negó tristemente, pero prometiéndole que si habría otra oportunidad lo harían.
Los desvaríes y tropezones, los atropellos y baches, o el niño travieso que tiraba piedras fueron alguna que otra distracción en todo el pequeño y estrecho recorrido, entre las cortas y apretadas callejuelas y calles característica de una extensa población pobremente organizada, desde lo que era el centro, a los hogares, terminando en bares y tiendas en las zonas de hoteles, hasta el final definitivo del pueblo (con una pequeña barricada donde estaba custodiando alguno que otro guardia, jugando cartas) fueron a parar en un lugar totalmente y, si es posible, según Link, mejor que lo anterior. Tras del ruidazo que dejaban a sus espaldas, se abría un ancho e interminable sendero, perdido entre montes y caminos, malgastados y blanquizcos, donde revelaba mucha actividad de movimiento de carrozas. El sol estaba en su punto. Navi se imaginó como salchichita asada sobre un pollo rubio rostizado, mientras buscaba con agonía algún lugar con sombra o agua donde refugiarse. Se arrastraba, literalmente, sobre los cajones calientes, intentando traspasarlos para llegar a la riquísima y FRESCA leche de entrega. Pero estaba muy agónica para traspasarlos, pues es necesario mucha energía mágica, y se conformaba en levantar la cabeza una y otra vez y estrellarla contra la madera, como si creyese que fuese un martillo.
Talón reía por lo bajo.
Link murmuraba "Exagerada..."
Hyrule es un lugar bastante singular por su clima. Los días de verano son extremadamente calurosos. Los de otoño, por lo general algo frescos. Los de invierno oscuros e invernales. Los de primavera, también oscuros, pero con actividad y friolentos. Sólo en lugares especiales se mantenía nivelado. Como el bosque kokiri, que gracias a su protección mágica era un verano-otoño en su mayoría, todos los días del año, sin excepción. O La Montaña de la Muerte, que con su actividad y centro volcánico, era un verano perpetuo, todo el día, y toda la noche, impasibles al Dr. Frío y Perséfone.
Como he dicho ya, este era un calor que ni el mismo Hades sería capaz de aguantar. Las aperladas gotas saladas resbalaban a como cascada de las frentes del conductor y su acompañante, que mantenía la boca abierta, utilizando su sombrero como abanico, para encontrar una vana corriente de aire, que moría aun antes de tocar la cara ardiente del rubio.
Duraron así en un lapso tan largo, que Navi explotó como sólo ella sabía hacerlo, en efecto dominó hacia el joven hylian, que contraatacó, no sin menos pasión, con la sangre hirviendo hasta las mejillas, respiración dificultosa y un tanto atrofiada. Con un grito de alegría, Talón anunció a viva voz las siguientes palabras:
— Dejad de pelear, sobacos, que ya les presentó al famoso Castillo de Hyrule, lugar donde habita la casta azul de la Familia Real —no podía estar más satisfecho del impacto de sus palabras.
Un gigantesco monumento se elevaba 10 metros por cada paso que se aproximaban. Una torre omnipotente estocaba el vacío del cielo, escoltada por sus hermanas gemelas, ilustradas de impresionantes relojes, escaleras y ventanales anclados entre el granito de piedra blanca y gris, descansando sobre paredes de barroco, donde cientos de gárgolas y ángeles como macabros centinelas, hacían inmóviles, entre los balcones de cristal y vidriales gigantes de oro, con sus antorchas impregnas de aceites, que soltaban un delicioso olor a incienso, tras descansar al fin de las largas de vigilia nocturna. Ese lugar era, tal vez, una de las mayores fortalezas alguna vez construidas por el hombre, mientras decenas de guardias uniformados con el logotipo de la Familia Real volaban como abejas en un panal, y la entrada de esta era un puente, aun más grande y mejor cuidado que la misma boca de lobo proveniente de los sueños premuliciosos de Link.
— Permiso a descargar esta orden, caballero —fue lo que dijo Talón a los guardias que custodiaban una gigantesca reja, con su torre de vigilia.
En pocos minutos, el vehículo se trasladó con calma a las caballerizas, que estaban afuera, en la extrema derecha del castillo. Algunos guardias que estaban ahí ayudaron a bajar los pesados cajones. Cuando terminaron, uno de ellos entró por una puerta, y salió a los minutos un hombre más grueso y grave que el guardia. Se comunicó como general. Cruzó algunas palabras con Talón, que hábilmente contestó y luego, de un tanto de evaluación, le entregó una bolsa llena de rupias, que gozaron y crujieron felizmente en la mano del granjero. Como este no era muy avaricioso, soltó una extraña mueca que ni una servidora, aunque según debería de saber todo, no supo qué significaba. Estaba apunto de partir, cuando miró de soslayo a Link, que se había apeado para correr antes de que el general se metiera por la puerta, para preguntarle si era posible ver a la Familia Real.
La repuesta fue más que obvia.
— No.
— Ehm... creo que mi compañero no se explicó bien —dijo Navi, sutil—. Nosotros somos enviado de muy, muy lejos, para entregar un humilde presente, que por razones especiales me es imposible decir qué es, y son sólo para dignas manos reales que pueden tocarlo, y sólo ojos reales, que deben mirarlo. Le pedimos, por favor, que avise que acá estamos los ciervos, y nos dé una pequeña, aunque sea corta, audiencia con el rey. Se lo agradeceríamos de todo corazón, humilde señor, de que avisara a sus superiores, al menos, de una diminuta entrevista, con éxitos de resultar para nada incómoda, y mucho menos aburrida.
El general, a ver tal ropaje tan extraño y sus modos humildes de presentación, los tomó como cualquiera e inferiores pueblerinos y los hizo de menos, azotándoles la puerta en su cara.
Lo guardias lo habían seguido.
Fue un minuto de silencio, donde Link, Talón, y especialmente Navi, quedaron callados, en la más aplastante confusión.
La joven hada no lo toleró.
— ¿¡Pero cuál demonios es el problema con ese cabrón! —gritó rabiosa— ¿¡Qué jodidos fue eso! ¿¡Acaso ya no hay servicio? ¡¿Cómo pudo hacernos eso! ¡¿fue mi tono! ¡¡Claro que no! ¡¡Ese hombre está mal, entendieron, muy mal!
— ¡¡Navi —chilló Link—, cálmate!
— ¿¡Y cómo jodidos quieres que me calme después de un acto tan animal, de una persona tan estúpida e ingerida como él? ¿¡no te fijaste! ¡Te miró de forma hostil, al primer chequeo de tú ropa! ¡Y eso que se ve como nueva! O acaso tienes que venir vestido de diamantes ¿eh? ¡Seguro! ¡Así primero te los roba, y en su forcejeo tal vez caigas ahí adentro!
— No te exaltes. Son burócratas —dijo Talón en un tono, que al decir palabra "burócrata" era como si con eso se explicase todo—, toman de menos a los ciervos del pueblo, y no valemos nada, al menos, claro, como mártires o producción en masa para ganar dinero o pagar con nuestro sudor el trabajo de sus construcciones —mencionó, mirando de soslayo al castillo.
— Pero... nosotros tenemos que entrar y entregar la Piedra del Coraje a alguien donde creamos sea digna de tenerla.
— Link...
— ¿No lo ven? —prosiguió, ante la mirada incrédula de aquellos dos— ¡esto es una fortaleza! ¡es casi impenetrable! ¡Nadie osaría entrar para robarse algo! ¡Con más razón, este es donde debería de estar la piedra! Recuerdo que cuando el Gran Árbol Deku, que en paz descanse, me dijo antes de morir, este lugar en especial ¡y ya veo por qué! ¡Tengo que entrar de una forma u otra, y dársela a alguien, pues antes no sería capaz de regresar a mi bosque y mirar a todos a la cara, ni son antes cumplir esta promesa!
Ante semejante monólogo, Navi y Talón quedaron callados, mirándolo sorprendido. Navi afirmó, pues no tenía otra opción que escoger, ya que era del mismo parecer, tal vez no tan extremo, de Link. Talón asintió con la cabeza, con una mirada perdida y llena de perdón, ya que no le era tan posible semejante libertad, y mucho menos, semejante tiempo como empeño.
— Quiero que entiendas, mi querido chamaco, que te apoyaré en todo lo que hagas ¿entiendes? Yo y Malón siempre te estaremos apoyando, en cualquier resolución para cumplir semejante encargo tan importante para ti y tu peculiar amiga. Sin embargo, yo no puedo quedarme. Como te dije, yo soy el que administra el Rancho y es imposible quedarme para ayudarte. Tengo que regresar.
— Tanto yo y Navi lo comprendemos perfectamente, señor Talón. Y le agradecemos todo lo que hizo con nosotros, no se preocupe, aunque...
Calló. Talón se había puesto en una rodilla y le puso su gruesa y gran mano en el hombro, con una mirada llena de ternura, como lo haría un abuelo a su sobrino favorito. La maravillosa sonrisa que le entregó se vio detrás del mostacho.
— Tal vez no ayude mucho, pero como dije, ayudaré en todo lo que pueda. No se me ocurren muchas ideas, pero conozco a un guardia que antes era general, pero que fue suplantado. Es un gran amigo mío, y antes jugábamos mucho ajedrez, era aun mucho antes de conocer a mi esposa, y también después. El verá la manera de cómo meterte, supongo. Para que sea planificado, usaré este dinero que e ganado y pagaré un día en algún hotel para que te quedes ¿eso te parece bien, mi chamaco?
Link y Navi casi le abrasaron, y digo casi, pues a uno le temblaban las piernas y la otra, porque carecía de brazos, dándole tantos gracias eran posibles en un tiempo alrededor de un minuto. Talón sonrió, y como dijo, así fue.
Primero, buscó un hotel donde según él, era muy económico, simple, cómodo y con comida incluida, entre una callejuela alejada del centro, tranquila y algo desolada, frente a un bar (donde estaban prohibido a los niños) y un lugar donde según esto era de un concurso de bombas en forma de ratón o algo parecido.
Parecía que dejaban el pueblo con el sol algo tardecino, el señor Talón parecía campante y algo risueño, tarareando una alegre canción que identificaremos como rock clásico, aunque para ese entonces estaba muy adelantado para su tiempo.
— ¡Oiga, señor Talón! ¿Pero a donde vamos? ¿usted ya se va al rancho? ¿por qué pasamos por aquí, en dirección al puente? ¿acaso vive aquí el ex-general...?
— ... Yes it's a hard life... two lovers together... To love and live forever in each others hearts... It's a long hard fight...
— ¡Señor Talón!
— To learn to care for each other... ¿Huh? ...To trust in one another...
Todo comentario o distracción era inútil. Ya estaban en el lindel para pasar el puente, cuando Link y Navi, por primera vez en toda la historia, pensaron que Talón en realidad les había tomado el pelo (un poco caro, considerando que ya había pagado el hospedaje) cuando aminoró este repentinamente el paso, justo antes de la cabina de guardias del puente. Uno de los dos jóvenes que al mero principio de este capítulo, jugaba cartas, estaba medio dormitado, medio aburrido, y miró entre ceñudo al gordito que se apeaba y caminaba hacia él. Se levantó inmediatamente, golpeando a su amigo del brazo, el cual roncaba como las Diosas mandaban. Se pusieron firmes, y galantes los dos jóvenes, que en realidad no debían de ser mayores de 25, con paso atolondrado. Uno se tallaba los ojos, y el otro seguía más dormido que despierto. Con los brazos tras su espalda, Talón les sonrió, diciendo:
— ¿Se encuentra su mayor?
— ¿Para qué lo desea, señor? —preguntaron.
— ¡Vaya! Es decir que sí está ¿eh? Sólo comuníquele que el viejo y acabado señor Talón se encuentra de pasada, caballeros.
Uno se metió por la puerta de la susodicha caseta. En lo que la puerta se movía de aquí y allá, Link, por el soslayo, logró ver un centenar de cántaros y vasijas azuladas en toda la estrecha habitación, con alguna que otra caja grande de madera y antorchas. El joven oficial salió dentro de un rato, e indicó a los visitantes que pasaran. Adentro, había otro oficial con armadura en modo de descanso, y justo a su lado una pequeña mesa, donde sentado tras de ella, un hombre de venerable edad, postura militar y aire superior, leía unos papeles, empinándose una taza de café.
Como buenos compadres, el ex general y el granjero se abrazaron, con saludos alegres y risueños.
— ¡Viejo amigo, parece que tú no has cambiado en nada! —exclamó Talón, viéndole de arriba abajo.
— ¡Yo no puedo decir lo mismo de ti! —contestó el abate— como siempre, tú cabello anda en retirada.
— Se compensa con el mostacho —rió tímidamente.
— Si te refieres a la maraña esa, dudo que sea un buen trueque —respondió.
El señor Fouquet era un hombre alto y digno de respeto. A pesar de la edad —que era aproximadamente la misma de Talón— estaba bien conservado, delgado, y una fina cabeza un tanto pálida, pero con finos trazos, con alguna que otra cicatriz, de cabello corto y negro, como sus ojos, mientras que sobre sus delgados labios, había un finillo bigote, con barba un tanto crecida, que le sumaba, si es posible, algunos años de edad.
Su traje era como el de cualquier guardia que hubiese visto Link en ese día, con la diferencia destácate de su porte grueso y carismático, más una diminuta medallita en la ropa, que revelaba que antes hubiese tenido algún mayor puesto, y un pequeño brazalete de oro en su muñeca izquierda, que tenía grabada las letras N.F.
La historia, de este personaje tan peculiar como importante, se remonta 10 años al pasado; ya se es sabido, pues dije en el primer capítulo, que hubo una guerra entre cierta tribu guerrera y la casta de la Familia Real de Hyrule, donde cada una de estas utilizó a sus más fuertes ejércitos, y sus mayores estrategas militares, donde destacaba por excelencia el general Nicolás Fouquet, mano derecha del Rey Daphnes, y que final, este se rehusó, tunante, a participar, por ciertas causas que él consideraba injustas, conociendo al derecho y al revez los detalles de la susodicha guerra. Enfadado el rey por semejante capricho, lo reveló, por el capitán de aquella época, llamado Jean Baptiste Colbert. Aunque como dije, era tal la cabeza apreciable que tenía, que el mismo rey reconoció una pérdida enorme si se deshacía de él, así que sólo lo degradó, a ser simple guardia en el peor lugar posible, y más aburrido, propio de los principiantes. Los soldados, que al menos quienes lo conocían, y los soldados jóvenes, que sólo escuchaban esta historia de él, lo respetaban, así que podría decirse que tenía su propia organización en la pequeña caseta aquella, y lo tomaban como una especie de sub-capitán, en vez como igual, y en caso de ser necesario, los pequeños soldaditos rezagados, que no se atrevían a ir asesoría con el actual general Colbert—el mismo que cerró la puerta en las narices a Link y Navi— iban en su ayuda, recibiendo apremiantes consejos y hasta encargos, ganándose un par rupias rojas extras de estos, por su servicio. Haciendo el detalle de ponerse en firmes con la simple sombra de su presencia, o de obedecerle en su menor y más insignificante mandato, con cuidado de no ser vistos con los hombres del capitán Colbert, y con más cuidado aun, de los súbditos del rey.
Navi carraspeó. Al fin, aquellos dos adultos que platicaban de cosas que para cualquiera serían inverosímiles y hasta locas, los notaron. Talón dijo un "Lo siento, muchachos" y Fouquet un silbido largo y exclamativo, con los ojos abiertos de la sorpresa.
— Kokiri ¿verdad?
— No soy un kokiri exactamente, señor, pero vengo de ahí —corrigió el rubio, ganándose una mirada muy lánguida del hada.
— Ya veo —continuó el abate, mientras lo observaba con una sonrisa, inclinándose con las manos sobre las rodillas, para estar a su altura—, ¿y cómo te llamas tú y tu amiguita?
— ¡Amiga, sí, claro! ¡y contando cómo lo quiero...! —exclamó sarcástica la hada, con los brazos al cielo.
— Link. Y esta es Navi.
— Curiosa pareja —murmuró Fouquet, riendo quedamente a las miradas mutuas del dúo. Pensó luego que, esa visita, era todo menos que sólo un "andar de pasada" con el hecho de tener frente a él un kokiri, y a su amigo, que apenas lo hacía notar al muchacho. Con una mirada al soldado que tenía la armadura, le dijo todo lo que tenía que decirle, y este, inclinándose y disculpándose por lo bajo, salió de la habitación, dejando al solos al cuarteto.
— Jeje, tú como siempre, Nicolás... qué oportuno sois.
— ¿En serio lo soy? Nada más dudaba que vinieran conmigo para pasar el resto de la tarde hablando de quehaceres con una taza de café y galletas.
— ¿Ya le puedo decir lo que queremos, Navi? —le murmuró Link.
— ¡Claro que no! ¡No seas inoportuno! —masculló.
— ¿Inoportuno quién, jóvenes? —preguntó el ex general desde su asiento.
— ¡Éste idiota!
— ¡Navi! ¿por qué te auto delatas?
— ¡Hijo de...!
— ¡Silencio! —la voz tan potente que lanzó Fouquet los cortó al instante.
— Mucho mejor —siguió el abate, juntándose las manos y lanzando una mirada al trío, o más específicamente al dúo del bosque, poniéndose junto a Talón, el cual estaba distraído viendo los papeles de la mesa de cedro.
Fouquet, que notó aquella mirada perspicaz sobre su trabajo de estudio, los volteó y los tapó con otros papeles que no decían nada de importancia, en un movimiento tan casual que era imperceptible hasta la mirada más observadora su acción.
Aunque por una pequeña cantidad de fallo, esto fue notado inmediatamente por el granjero, soltando después una mirada y encogimiento de hombros desinteresados, que en realidad querían decir "¿Por qué demonios alguien se interesaría analizar semejantes cosas, si no se es investigador, espía o una cosa parecida?"
Fouquet, que en autodefensa no lo miró, se dirigió al hylian.
Este comentó todo lo sucedido y lo que planeaba hacer, censurando, por supuesto, el qué cosa era el susodicho "regalo".
Fouquet inclinó la cabeza hacia atrás, con aspecto lánguido y flojo, cerrando los ojos, juntando la yemas de los dedos, analizando y pensando bien en las cosas.
Entonces, para sorpresa de todos—o tal vez no de todos— Talón se inclinó, avisando que debía marcharse, pretextando que ya debían de estar más que hartos, preocupándose su hija, los trabajadores, los animales de la granja, y el viejo tacaño de Ingo del dinero por su inevitable retraso. Se despidió calurosamente del trío, los cuales, esperaron callados, escuchando cómo su coche se apeaba por la madera del puente que crujía a su paso, perdiéndose en la lejanía, en un sonido hueco y ahogado, apagados por completo por la corriente de agua de un canal cercano.
El ex general (que escuchaba lo que decía Link sobre un posible y loco plan que había trazado en su mente desde entonces, que era el de esconderse en una caja, como si fuera leche, a que lo metieran y adentro ya salirse para escabullirse por ahí) levantaba los papeles de su objeto de estudio, dando una exclamación al papel que buscaba, estirándolo por toda la mesa, y sonriendo orgulloso de aquello. Ese era el papel, o mejor decir, plano más grande que traía. Link y Navi se acercaron.
Este era un plano a puro detalle de la vista desde el cielo del Castillo de Hyrule. Con nombre a cada pasillo, puertas y cuartos principales, tales como recámaras, cocinas, salones, comedores, recibidores, galerías, alguna que otra librería y todo lo que correspondía al castillo, con un fino y firme trazado, y en la parte derecha-inferior, derecha-centro y derecha-superior del plano, estaba el dibujo del castillo de frente, de perfil, y trasero, respectivamente.
Navi y Link exclamaron, un tanto sorprendidos.
— Fue por aquí por donde entramos.. sí, está es la entrada... y justo en frente el puente... y por acá pasamos y llegamos a este punto... —siguieron la mirada aun más allá de la puerta, que era una especie de jardín de descanso, que era de pasada y paralela a otro pasillo el tripe de veces más grande, con dos puertas. Una, la puerta que se desviaba a la izquierda, decía que daba a una especie de jardincito privado, pues era la única puerta entrada; la otra, que quedaba hacia el frente, terminaba en unas escaleritas para una galería (El retrato de Mario, Luigi, Bowster...) y desembocaba, al final, en otro pasillo largo, que al final había unas largas escaleras, que ramificaba con otros ocho lugares gigantescos y diferentes...
— Mmm... está es la única puerta, aparte del puente, para entrar al castillo, por la parte de enfrente. Por atrás hay otras 4 —avisó Fouquet, apuntando a los puntos. Las entradas, aparecían como diagonales, y si esta era grande, venía en forma de flecha— pero al menos que hagas un rodeo por las montañas que rodean al castillo, terminaras en ese lago y en ese jardín, pero no es recomendable.
— ¿Y qué es esta cosa que tiene forma de rectángulos sobre las líneas?
— Ventanas. Y los triángulos son rejas. Eso que parece corona, es la habitación del rey, y lo que parece trono, salón principal... la manzana: el comedor sobre lo que parece una mesa, y el sartén la cocina. ¿Ves? Es sencilla esta cosa, pero muy completo. No existe pasillo extra que no venga aquí muchacho.
— Valla. Sí, muy completo ¿pero cómo fue que lo consiguió? —objetó Navi.
— Algunos trabajillos y favores de aquí y allá... —ladeó el ex general, con una sonrisa traviesa. Y regresaron al tema.
Se la pasaron así un minuto, en lo que Fouquet miraba una parte del plano, cerca del puente.
— Acá hay punto ciego, fíjate, muchacho. Justo donde está mi dedo, es la entrada a una alcantarilla pero está enrejada. Tú podrías caminar sobre aquella alcantarilla, pues está debajo de una colina, y brincarías a esta parte del castillo. Más adelante no tiene techo, pues es una jardinera cualquiera. Podrías saltar y escabullirte por aquí... da a un salón anterior al lugar donde está el trono, donde rey está en corte casi todo el tiempo con sus cortesanos y podrías anunciar tú encargo.
Pero por alguna razón, a ninguno de los tres le agradaba la idea...
— ¿Y no es posible con decirle al guardia que está al frente que quiero pasar, para ver si tendría permiso a presentarme otra vez?
— No. Los pondrías en sobre aviso y se cuidarían de cualquier intrusión en los próximos cuatro días. Sería imposible hacerlo otra vez.
— ¡Pero usted tiene mucha influencia! —recordó el hada, con un dejo de esperanza— ¡si les dice, a la buena lo dejan pasar!
Pero Fouquet soltó una carcajada.
— ¿Acaso ustedes —preguntó— no han notado que los guardias de aquí, a diferencia a los rígidos que vigilan frente al palacio, se la pasan durmiendo, bebiendo o jugando todo el día? Es que ahí, están los más adeptos a ese impertinente de Colbert y son fanáticos del rey, y si alguno osa a estar mal posicionado o descansando un poco, lo corren ¡y como ellos jamás salen de esa prisión, los de acá ni cuidado tienen de estar en firmes! (si aun fuese general, por las Diosas, nada de esto estaría así) yo ya no tengo voz de la salida del puedo hasta el castillo, con decirte que tengo prohibido acercarme, con orden de arresto si me atrevo.
— ¿Por qué?
— Colbert me ve a mí como vería un cervatillo aun tigre sin sus garras. Fui su maestro, y traiciona todas las leyes según mi enseñanza. Cuando recién me echaron, me quitaron el fuero y privilegio, pero el rey, con miedo a dejarle y armar venganza entonces, me detuvo como soldado, pero aun así, no deja que ponga ningún pie a 600 metros cerca del castillo.
— ¡Qué injusto! —exclamó enojado Link.
— ¿Qué quieres que haga? ¿un golpe de estado? ¡en fin! ¡qué más da! Aunque te aseguro, y esto pregúntaselo a cualquiera, antes, aparte de que yo me encargaba de la seguridad, en alguna parte del pueblo atribuía, y no estaba tan cuchitril como ahora, que entras y te atropellan o te caes por tropezar con un cerdo.
— Eso me quedo muy en claro...
— Yup...
— ¡Oigan! —dijo Navi de repente, que se había acercado bastante al mapa e iluminaba como la luz más potente— ¿y esta parte? No parece puerta, pero tiene diagonal. Está aquí, al ladito de donde nos corrieron!
— No lo había notado... —murmuró Link y el ex general.
— Yo recuerdo ver que por ahí caía agua...
— ¿Desagüe? —preguntaron.
— No lo vi mucho, pues me puse fúrica luego del que el bato aquel nos insultara... pero que parecía desagüe sí, pues había un hoyito pequeño, que sería imposible para un adulto pasarlo.
— ¿Y para un niño? —interrogaron.
— No estoy segura...
— ¡Genial...!
— ¬¬
— Bueno, bonita hada —intervino Fouquet, mirándola— ¿estás segura de que había un hueco ahí?
— Muy segura.
— ¿Y cabría mas o menos alguien del tamaño de Link?
— Eso no lo sé, apenas lo vi, no observé, pero estoy segura de que ahí está.
— Bueno... creo que esa es la única entrada que le veo —dijo Link, examinado aquella parte del mapa, con sus dudas.
Fouquet sólo asintió.
— Hay que arriesgarnos —dijo el rubio con resolución.
— ¿Tienes en cuenta de que sólo tienes una oportunidad y que aun así no es segura en lo absoluto?
— Sí, señor.
El abate evaluó las miradas del ambos, confirmando si esa era la respuesta de los dos por igual. No contestó nada, pero se quedó mirando otro rato el mapa. Entonces, lo puso arriba, y cogió otro papel del montón volteado, y lo extendió justo debajo del plano del castillo. Era la reproducción, si es posible, aun más exacta, del pasillo de guardias, desde la caseta, hasta la entrada misma del puente. Link y Navi pensaron que el resto debían ser los planos del pueblo o algo por el estilo, pero no comentaron nada.
— Bien, esta parte es sencilla, pues lo e visto antes. Fíjense y acérquense los dos. Los triángulos aquí son los guardias, y este rectángulo la reja, y el cuadrado a su lado la caseta de vigías, por donde se abre por dentro la dichosa reja. Ustedes, empiezan aquí, justo al inicio del mapa, con el mayor y absoluto cuidado de que nadie, repito, nadie los vea. Sucede que los triángulos son bases, donde los guardias se quedan rígidos, sin moverse en ningún momento, pero tan mal proporcionados que existe un nudo ciego, que alguien pequeño y ágil fácil los burlaría. Justo donde empieza el mapa, esta cosa que parece serpentina, es una gran y vieja enredadera que por tres años se ha ido creciendo y que por flojera nadie a cortado. Con tres años, es fresca y madura, así que no se romperá y lo podrías escalar ¿verdad? —Link afirmó, más que confiado— perfecto, no me esperaba menos de un niño proveniente de un bosque. Caminarás por este pequeño sendero, y aun antes de llegar a este especie de puente, es decir, el techo de la gran reja, hay una roca con un ojo raro. Escóndete tras ella, pues cerca hay un guardia. Cuando este se volteé, corre a esta caseta, que tiene hueco y consta por escaleras. Baja por ahí, y abre la puerta, con cuidado del que esté cerca no te vea ni te escuche, o estas perdido. Camina hasta este lado, y cuando los guardias estos, que están pegados a la pared, se volteen, corre hasta este sendero que está totalmente desprotegido. Ahí hay ramaje y con esa ropa serás invisible. Dirígete hasta está roja que está erosionada y te apoyas en eso para escalarla. Ahí, ya eres invisible para esos guardias. Justo aquí —dijo, cambiando de plano— brincas de esta roca al canal y nadas hasta el otro extremo. Te apoyas en algo y sales, y llegas al punto donde tú y tu amiga fueron corridos. Ahí, si es que la entrada de desagüe es lo bastante grande para a ti, entras y llegas a lo que es el jardín privado de la princesa. Puedes tomar dos caminos, uno es cruzar una puerta a la derecha, que da una galería, y hablar con el rey, y otra, en frente, y llegar con la princesa, o bien, la guardiana de esta, que jamás se separa de ella. Tengo entendido que es la persona más protegida del reino, aun incluso más que el rey.
¿La persona MÁS protegida del reino? Si esta cuida la Piedra, nada del mundo la dañará, pensó Link.
— ¡Es excelente!
— Pero sólo tienen una oportunidad. Mañana en la mañana es el mejor tiempo para hacerlo.
— Me temo que tendré que ir oculta en tú sombrero, kokiri... bien podría esperar en la salida del desagüe pero tengo miedo a que grites o te tropieces como niña y lo eches a perder.
— ¡Otra vez la mula al trigo!
— Mmmm... ¿te encantó el rancho, verdad?
— ¡Navi!
— Repito, curiosa pareja...
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El general Colbert no era hombre de propios principios, a primera vista, más si era inteligente y el punto necesario de ser respetuoso y cortes con los demás, dependiendo del rango de las personas de quienes se trataba. Vestía y traía consigo una extraña y llamativa porte militar-elegante, tan raro, que apenas viéndolo caminar uno se daría cuenta de lo gracioso y dominante puede ser alguien con aquel paso. Su frente, siempre repelada, alejada de cualquier pelo indiscreto, estaban sentados sobre un par de ojos grandes, negros como el carbón, que le daba una extraña de un halcón siempre a la vigilia.
Tenía la nariz larga y picuda, como un fino mentón, totalmente afeitada. Su tez, aunque pálida, era saludable en el mejor grado posible, más o fino ni cerca, pero sí blanca. No tenía nada distintivo, salvo el traje, medallas y la posición de altanería que le eran característicos por ser el mayor dirigente militar de la Familia Real del reino.
A todo eso, era alto y delgado, afeitado y cabello sumamente corto. Como su anterior maestro, su arma maestra era el espadín y la vizcaína, aunque últimamente había hecho poco uso de ella. Y el único artículo personal que llevaba, era un anillo de oro, puesto en el dedo anular de la mano izquierda, que simplemente tenía grabada una C.
Este singular y totalmente diferente personaje al de Fouquet, pero sumamente relacionado, caminaba por los pasillos del castillo, con mil cosas en mente, pues estaba más que enterado que representantes de la tribu Gerudo habían anunciado hace un par de semanas que vendrían, en Corte con el rey, sobre tratados de reconciliaciones y acuerdos, por parte de su líder.
¡Patrañas! Es lo que pensaba. Aquello no era más que un disfraz para apoderarse y expandir aquella, la famosa y reconocida Tribu de Bandidos, sus tierras y si es posible, sus riquezas.
Pero aun así, no piensen, por favor, que es desagradable. Es sólo un sujeto muy astuto y un tanto retorcido que tiene mala fama por ser déspota, un tantito racial y algo estricto.
Sonrió con burla, mientras pasaba de largo por el salón principal, a los guardias, que presurosos, guardaron las cartas que hace un rato se barajeaban, apostando rupias verdes y alguna que otra azul. Estiró la mano, haciendo apropósito una sonrisa desproporcional que causaba escalofríos a todo aquel que la viese, recibiendo, inmediatamente aquel deck, que se guardó en el bolsillo, marchándose con una leve inclinación, deseando unas buenas noches.
Colbert caminó sin rumbo por los pasillos, algo que era sumamente impropio en él, aunque lo estaba disfrutando. Por alguna razón, se sentía extrañamente sereno y en calma aquella vez, cuando eso estaban en contra de su forma de ser. Subió las escaleras y pasó de largo el gran comedor, internándose en un pasillo que tenía varias ventanas y daban vista al lejano pueblo. Quedó plantando viendo como este hacia contraste con sus luces en la creciente obscuridad del cielo con sus luces.
Miró a sus lados.
Estaba solo.
Absolutamente solo...
... ni un alma a la vista.
Se estiró cómodamente y sacó la baraja.
La movió de aquí allá, haciendo sorprendente trucos de ilusión —que algunos aun crédulos les llamaban "magia"— inconscientemente con sus largas y finas manos, mirando absorto el reseco paisaje ante sí.
Llegó un momento, donde, después de "desaparecer" —ocultar bajo la manga— unas 20 cartas a la vez, y volverlas a poner en una velocidad imperceptible para el ojo humano las dos decenas, la última carta que dejó fue la del Rey de Espadas. Su mente divagó hasta tener la ilusión que la cara de aquel rey con espadas hasta sus rodillas era Daphnes Nohansen Hyrule, y que el y su ejército eran las espadas y que éste hylian... sólo un rey, una palabra vacía, que tenía el puto privilegio de nacer con colchón y biberón de oro, por una puta sangre, la cual bien se podría tirar y desperdiciar al caerte y abrirse una cortada, o un pequeño cuchillito clavado en un estómago. Por momentos tuvo envidia, y Colbert sabrá muy bien por su historia, que lamentablemente no es posible tocar ahora, pero que sin duda alguna se hará más tarde. Miró, sin emoción, la pequeña tarjeta, pensando que sólo era una imagen, el frío exterior con el que todos están caracterizados.
También hizo trisas, sin emoción, la tarjeta en dos pedazos, luego en cuatro para terminar en 8 y 16...
Mientras lo hacía, iba canturreando en voz apagada y de tenor:
— Éste es nuestro rey...
— ¿Nuestro rey? Qué raro... Yo sólo veo una tarjeta.
Si Colbert o no, recibió un sobresalto, lo disimuló magistralmente.
Sin siquiera mirar a la persona que estaba atrás, preguntó:
— ¿Qué quieres, Impa?
Esta ni se inmutó.
— Venía de paso.
— Ah.
Ciertamente, Colbert podría ser amigo o no de las palabras, si se le daba la gana platicar y sacarle conversación a una cierta persona. El lector ya debió de adivinar que la guardiana Impa no era ni por lejos muy a su querer. Había salido de las sombras, sin ruido alguno, por unas de las puertas laterales del pasillo de piedra, acercándosele, sin ninguna razón en particular.
— ¿Sabes? ¡me sorprende que estés aquí sin hacer nada! Digo, quiero decir ¿por qué simplemente, un hombre de tan importancia para el reino, esta, por así decirlo, de ocioso deambulando por los pasillos, canturreando melodías sin chiste y destrozando simbolismos? ¿no es tú lugar tu habitación checando planes, revisando preparativos para los señores de la tribu Gerudo, o explotando y asustando a tus trabajadores?
— ¿Me dices a mi? No puedo decir mucho sobre eso, mi querida, pero.. ¡qué veo! ¿no estás sobre la princesa? ¿por qué no estás en sus habitaciones, como la gran mamá búho que eres? ¿es que acaso ella se hartó de que le digas cómo ponerse un vestido y te sacó del cuarto? —contraatacó con sorda.
Impa, que estaba distraída en ese momento, le llegó el ataque repentinamente, sin preparar una defensa ni buena ni convincente. Se había puesto lívida. Indignada, siguió con su camino y bajó la escaleras. El general escupió amargamente y se encaminó a sus habitaciones, unos minutos después, cuando el cielo se había puesto del mismo color que el azabache.
Mientras, la sheikah terminó el último tramo de las escaleras, con intención de ir hasta el jardincito de la princesa. Con una mueca, observó al rey de Hyrule en su trono, hablando con varios de sus señores y camaristas. Últimamente, él tenía los nervios tensos como el acero, por la próxima visita de los señores Gerudos, cosa que ese día era mañana. Tomando en cuenta que la familia Real y aquella tribu eran más enemigos que amigos, su razón era obvia, y con lo susceptible que estaba, esos días eran un par de espesos y "perfectos" sin contar las inquietudes de la pequeña diva de su princesa. Tanto ella y como su padre estaban enterados de esos sucesos, que le causaba insomnio a la querida chiquilla, pero Padre estaba muy ocupado para eso, así que Impa se sentía más agotada que de costumbre. ¡Ya agradecía a las diosas que hasta ahora el viento estuviera a su favor!
Sin embargo, ella estaba, si es aun posible, más preocupada por la llegada de los señores Gerudos que el mismo rey, sus camaristas y que Colbert juntos.
En el sueño de la princesa, describía muy concretamente a un hombre que tendría todas las posibilidades de ser de aquella raza bohemia.
Pero ya tenía en sus manos las riendas del caballo, preparada para el ataque o huía para los peores de los casos. Consentía un plan, y apenas lo formulaba en su cabeza a escasos días atrás, más se vio inevitablemente interrumpida, perdiendo todo el hilo de sus pensamientos.
Había llegado a la entrecruzada que daba al jardincillo real, y una sarta de risas y carcajadas retumbaban en eco por la galería.
Eran risas de soldados.
— ... ¡Y luego dijo...! "Le pedimos por favor que avise que acá estamos los ciervos, y nos dé una pequeña audiencia con el rey. Se lo agradeceríamos de todo corazón, humilde señor" ¡Hombre! ¡Es lo más patético que he escuchado en mi vida! ¡Jajajaja!
— ¡Qué imbéciles! —estalló el otro, frente a un pequeño grupo de congéneres— ¡Una audiencia con el rey...! ¡Esos incrédulos...!
— ¡Oh! ¡En mi vida he oído tanto 'caballerismo' en pocas palabras!
— Es de suponer que sus mentes quedaron en la época donde se creía que los caballeros salían por las noches a matar dragones.
Una oleada de carcajadas rodó por el salón e Impa, en vez de interrumpirles, quedó oscura en las sombras tras una pared.
— Y luego, hinchó el pecho, continuando "humilde señor, de que avisara a sus superiores de una diminuta entrevista, con éxitos de resultar para nada incómoda, y mucho menos aburrida" ¿Escucharon? ¡¡HUMILDE SEÑOR! ¡La muy pendeja!
— ¡Cuando alguien de todo corazón llame humilde a ese cretino de Colbert, yo le cercenaré la cabeza!
— Más si te descubre, él te la cercenará a ti ¡ja!
Impa suprimió una risa.
— ¡Qué imbéciles! ¿y luego qué?
— ¡Pues que Colbert les dio la espalda y azotó la puertas en sus caras!
— ¡Ja!
— ¡Típico de él!
— Es una suerte de que al menos no los arrojara al pueblo.
— ¡La verdad que ese kokiri y su hada no tienen la menor idea de qué cosas pedían!
— ¿¡QUÉ!
Todo el grupo dio un bote hasta el techo, mirando con espanto y horror a la protectora de la hija del rey.
Lo que pasa es que la sheikah tenía el privilegio del mismísimo gran señor, haciéndola casi igual de poderosa que el jefe y comandante supremo del ejército real del reino; y que esta gritase con una mezcla de furia y de terror, saliendo como el mismo demonio del infierno, tras una pared, no era lo que alguien con suficiente sentido llamaría común ni buen augurio.
Se pusieron en firmes, lívidos por la sorpresa y temblorosos por su presencia. La sheikah había perdido todo el color, y poseía los ojos desorbitados. Puede que en otras circunstancias podría haber sido hasta gracioso, pero nadie se atrevía ni a decir pío, por miedo a que les arrancara la cabeza de un mordisco.
O con la guillotina, que es lo mismo.
— ¿¡QUÉ JODIDOS DIJISTE! —chilló como una loca, dejando de piedra a los soldados.
— Se...se...señora... yo... pu-pues no-nomás narraba lo que... lo que... pues... lo que...
— ¡¡HABLA!
— ¡Lo-lo que pasó esta ma-mañana, señora! —gimió, retrocediendo inconscientemente varios pasos.
— ¡Repite lo que pasó! —demandó con una voz tan aterradora que el pobre soldadito tembló alarmantemente.
Con una especie de vacilación, pero con amor a estar ferio a su vida, narró con el mayor detalle todo lo que pasó (o lo que pudo recordar, en realidad) de la casual llegada con la leche pedida, hasta cuando Colbert azotó la puerta, frente a ellos.
En todo el espectáculo, los demás soldados no se movieron, contentos de no ser ellos los entrevistados.
Impa terminó de escuchar el relato, con una mueca tan desfigurada, que el mismo soldadito, tembloroso en su sitió, se llevó una mano al pescuezo, gimiendo por lo bajo.
— ¿Un kokiri y un hada, eh? ¿Echados por Colbert...? ¡Madrísima puta suerte! —musitó rabiosa, regresando por donde había venido, hacia las habitaciones del susodicho general con el plan de reventarle la crisma con el primer objeto duro y puntiagudo que estuviera a su alcance— ¡Sí esos dos son los que esperaba! —explicó irónica para sí— ¡Y resulta que el bastardo aquel los corre!
Agarró un pequeño florero que seguramente nadie iba a extrañar. Ni al florero ni al ser que estaba destinarlo a romperlo cuando volase y se estrellase en su cabeza a unos 120 km/h. Pero lo dejo (no, no por compasión por el florero...) si no que no era tan práctico, por delicioso que fuese aquello.
Decidió doblar a sus habitaciones, chocando con una multitud de soldados y servidumbres, que gracias a su bonita cara y estado de humor volaban por todas direcciones.
Azotó la puerta, lanzando un rugido.
— ¡¡Si de esto se entera Keopora, juro por las diosas que mataré a Colbert!
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Algunos delicados compases de violines se oían quedos bajo los grandes faroles de la gigantesca plaza, con un delicioso son, capaces de hacer bailar hasta el último aliento a las parejas más románticas y juveniles aun en los más cálidos y solitarios días del año.
La noche, impenetrablemente fría y elegante sucumbía los bajos placeres en bares y hoteles, donde algunos, algo rebosantes con señores y alguno que otro guardia indiscreto, joven o aventurero, se apeaban por sus pórticos, o sus hoteleros, que dormían en las solitarias barras de su despacho, estando más por rutina, para irse a dormir al cuarto de junto conectado con un timbrecito, luz prendida, para cualquier capricho de sus clientes.
Se escuchaban de acá pa'ya varios pares de aullidos y ladridos de perros miniatura, parecidos a las cruzas indecisas de cocker spaniels con alguna especie de terrier logrando colores, extrañamente blancos, café, marrones y azules marinos.
Eran una criaturas muy bonitas, pero algo molestas, pues no dejaban de hacer ruiditos mientras saltaban como hiperactivos entre la basura y sobre algún pobrecito gato negro descuidado, intentando cazar alguna que otra rata.
Era curioso, pero la calle de noche era limpia (en el sentido de que nadie estaba tirado durmiendo como pordiosero), pero si lo suficientemente solitarias que daba pavor pensar en que algún niñito osado se atreviese a pasar solito, como perdido, con miedo a que cualquier cosa se le subiese por la espalda y fuese a atacarle.
Bueno, la cosa no estaba tan loca... ni a tal extremo. En sí, todo el pueblo era seguro por el lado a que no había ladrones por ahí, secuestrado o matando a sus habitantes, pues Colbert, aunque le haya puesto tan mala reputación (no es que fuese mala, si no... un poco retorcida), era "justo" con los capaces de hacer tal delito, que era buscado a hito a hito, si era necesario por casi todos los pueblos del reino, traído a corte, donde por lo general la sentencia era la pena de muerte mientras que en el mejor el calabozo.
¡Pero atención! no interpreten por su cuenta que el dichoso calabozo era la fortaleza Gerudo, pues esta es prisión.
¡Ni se atrevan a pensarlo de nuevo!
¡Hay sus razones!
¡Siempre las habrá!
Y para empezar, si dicho asesino es lo bastante loco para cometer suicidio, es decir, meterse y tratar de ocultarse en dicha tribu, pues ESE era el único lugar donde la Familia Real no se metía para nada, era semi decapitado, por crimen, que aunque no fuese contra ninguno de sus gentes, era pecado por ser horrible.
Pero no tiene caso que lo diga, pues me estoy retornando a una historia que data desde hace cinco años.
Esa era una explicación razonable por la cual los guardias estaban de sobra, y se divertían emborrachándose más en el pud que estando rígidos como piedra, si bien podrían estar rodeados de amigos en un estado de ser incapaz de retener sus nombres por más de una o tres horas, junto a una bonita mujerzuela embutida en un estrechoso vestido rojo.
La vida en la noche era tan tranquila y diferente a la del día, que casi se podría decir que la mayoría del pueblo dormía bajo su ala.
Sin embargo, la luz de la lámpara de gas frente a una larga y angosta ventana, carente de cristal, rompía la monotonía en uno de los hoteles.
Los huéspedes y los trabajadores del mismo dormían y roncaban ruidosamente sobre sus camas, felices y tranquilos, después de un fatigoso día de trabajo.
Pero un chico rubio, pequeño, con tez pálida y ojos celeste miraba tras dicha, con la vista clavada en la obscuridad, divisando la nada.
Con las orejas gañas revelaba aburrimiento, o sin bien cansancio, no sabría decir, imperturbable en su estado, tan calmado y rígido que con dificultad si alguien lo viese creería ver un ángel de piedra.
(N/A: ¿Han jugado el Majora's Mask? ¡Esa es la descripción del hotel donde están ellos! Para darse una idea más clara: es un hotel en el pueblo del Reloj donde si tienes suerte te puedes hospedar y entrar de día o noche ilimitadamente, con dos pisos y cuartos compartidos con decena de gentes raras y extrañas)
Por su contraparte, el hada que bailaba al son con la escasa melodía de los violines, se revolvía de lo más lindo, por el simple hecho de matar el tiempo, sufriendo la terrible hambre, pensando que si bailaba pronto el dolor de sus alas agotadas opacarían el horror intenso del órgano más notable y quisquilloso del cuerpo.
Gimió, esperando a que Link la notase y se apiadase a conseguir de donde fuera alguna hogaza de pan. Sabía que podría ir ÉL a la cocina, pedirla y ya.
Pero el muy codo no torcía el brazo.
¡Es más! Ni siquiera él comió. Y por eso ella tampoco. No desde la mañana, cuando se acabaron entre los dos la leche que con cariño les dio Malón, y las frutas que les obsequió Fouquet cuando se despidieron.
Voló crispada, cuando con horror no sólo notó el estómago le seguía doliendo, si no que también alas.
Le preguntó a viva voz si era posible beber agua con un plato de engrudo.
Y un hombre particularmente gigante, con cara dura y prieta, gruño sonoramente desde su cama, como cuando un ogro es molestado al ser molestado en su locha de huesos.
El hylian no se inmutó, ni siquiera la miró, siguiendo en su posición.
¿Qué estaría pensando?
No lo sé; pero si acaso usted que lee esto es alguien con suficiente sentido común y piensa en un niño con sólo 10 años apenas empieza esta jornada con un trapo bañado en sangre tapándole los ojos, es posible que lo conteste.
Tal vez.
Sea como sea, la molesta y quisquillosa hada soltó un gemido desesperado, arrancándose los pelos, cayendo de rodillas empezando a golpear con sus manitas la mesa de junto una y otra vez, hasta el punto de hundirlo un par de milímetros. Los ojos del hylian se iluminaron débilmente, enderezándose un poco.
— Oye, Navi. Mientras estemos aquí... ¿podemos ir a cualquier parte que queramos?
Ella, que seguía en sus berrinches, le miró sorprendida.
— En teoría, sí.
Link se levantó, y aprovechando que su cama era una litera doble (es decir, para subir a la dicha cama se ocupaba una escalera) dejó y tapó sus armas y el dinero, y bajo la almohada la Piedra del Coraje, encaminándose a la puerta, sin decir ni pío a la sorprendida hada, que seguía inclinada sobre la mesa.
Ella voló a la ventana, mirando de soslayo como la sombra de su protegido se unificaba con la de la calle, mostrándose como el espectro azabache, deslizándose libremente por los recónditos como si se tratase de su propia casa en vez de otra cosa. Y aquello era el espectáculo más parecido a un sheikah que Navi vería por esa noche.
(N/A: Los Sheikah, o también conocidos como "La Sombras de los Ciudadanos", fueron elegidos, según la leyenda, por las Diosas para proteger a la Familia Real de Hyrule y principalmente a la Trifuerza. Ellos lucen igual a los hylians... pero mas grandes. Son provenientes la mayorías de estos guerreros de la villa Kakariko, un lugar de Hyrule que conserva una densa población, hacia dirección de la Montaña de la muerte, por el Noreste del reino)
Seguida de la hada, llegó a la plaza mientras que con paso firme y decidido (esa era la primera vez que Navi veía aquello en el hylian, así que estaba algo sorprendida de todo) subiendo, peldaño a peldaño, las escaleras más recónditas y sombrías de todo el pueblo, sin ninguna luz para ver el camino, o algún sonido, para guiarse.
Tal vez era lo más lógico utilizar a la pequeña Navi como una linterna, pero cuando estaba asustada, pálida o débil, era sorprendente que aquel brillo se le apagase hasta el límite de ser casi imperceptible, mas no invisible, como quien compararía una lámpara brillante con otra a punto de fundirse o rota en su totalidad.
Semi a ciegas, para horror de la guardiana, Link se aventuró por aquel pasaje imperturbable, entre varios lechos y árboles tanto viejos como horripilantes, que podrían albergar y esconder decenas de especies de animalejos y hasta ladrones.
Con un chillido, se le pegó a la espalda, con miedo de mirar alrededor.
Cesaron la caminata y con timidez, el hada asomó la cabeza sobre su hombro. Vaciló. Estaban frente a un espectro casi fantasmagórico; era una sombra que se elevaba hasta el cielo, vieja y mohosa, aun más majestuosa que el mismo castillo de donde fuesen sido corridos horas antes, y un extraño zumbido llenaba el ambiente, poniéndola como carne de gallina frente a un cuchillo clavado en la tabla para cortar.
Él estaba fascinado.
Ella no.
Subió un par de escaleras chocando con unas puertas hechas de madera con aceros reforzados. Con el tacto, este percibió marcas profundas grabadas en la madera, y la jaló con toda la fuerza que fue capaz de conseguir, hicieron un "clic" consintiendo de que las puertas del edificio no estaban echadas con seguros, un tanto agradecido por eso. Abrió lo suficiente para que su cuerpo lograse pasar, y una vez adentro, casi resbala por un piso tan lustrado y brillante que por un momento pensó que se trataba cristal fundido con diamante.
Quedó plantado sobre sí, sin atreverse a pisar aquel suelo santo, que por si mismo, era mil veces más impactante que el castillo. Atinó a vacilar mientras miraba alrededor.
No se había engañado el hada. Literalmente, el techo era tan alto, que debía de tocar las nubes, porque no se alcanzaba a distinguir por una gruesa sombra que se extendía de cajo a cajo. El lugar, si es posible decirlo, no envidiaría el gran tamaño de la plaza, pareciendo aquel templo, o especie de iglesia sin uno era tan grande como la misma; construida de mármol y piedra, aquello era una maravilla.
Mas lo sorprendente es que... a pesar de no existir foco alguno, pues estaba absolutamente sin amueblar, los grandes ventanales dejaban entrar la luz a raudales. Simplemente era... era hermoso... pero... ¿cómo es posible que desde las ventanas, entrase luz, si era media noche...?
Fue por eso que el dúo vio por algunos segundos afuera, sin entender ese fenómeno.
Era como si en aquel templo el tiempo se hubiese cristalizado.
Tuvieron que caminar unos pasos, para notar que estaban parados en un fino y preciosa alfombra color roja sangre, con varios detalles en oro, y signos antiguos simulando letras, donde, según Navi, ahí decía "Aquí yacerá el tercero".
Sin estar muy seguros de querer saber qué diantre significaba aquello, se dirigieron al altar, al último extremo de la habitación. Tres orificios, perpendiculares con cada, se expandían en la gruesa lápida negra, sin tener mucho que decir.
— Mira —Link talló con sus dedos una especie de escrito, marcada a fuego en la lápida, con trazos y letras increíblemente finas, largas y elegantes. Aquello era el trabajo de un maestro, que debió de utilizar cuchillas tan delgadas y calientes, que dejaron una marca semi amarillezca, como si fuese rellenado de oro o algún mineral precioso parecido.
— "Los tres espíritus retornaran a donde pertenecen, mártires del Destino, del Coraje y del Poder; divinas tríadas esparcida por el mundo, entre los amores azules del agua, la lágrima verde de los bosques y las pasiones llameantes de los volcanes. El recolector, Héroe del Tiempo, cumplirá las leyes de la Princesa del Destino, con el fin de unificar al tercero, el Rey de Ladrones reflejado por espejos"
El instante de silencio sobrecegó por un momento, sin atreverse a hablar. Link, que por alguna extraña razón le impresionó, hundiéndole profundamente el corazón, miró distraído al suelo, donde venía otra cosa inscrita, casi invisible al ojo. Se inclinó por un momento, en lo que Navi seguía releyendo la extraña leyenda. Notó un tanto con sorpresa que el hylian sacase la ocarina y tocase algo nuevo, mientras se detenía en compases, siguiendo con un dedo la melodía inscrita.
— ¿Qué haces?
— Aquí dice "La entrada se abrirá para coger el arma del recolector, hermana y compañera del arco de las espadas gemelas entrecruzadas"
— Cielos, todo esto suena muy...
— ¿Raro?
— Mítico.
Tardó así Link varios minutos en aprenderse y ensamblar la melodía grabada LA RE FA LA RE FA. Cuando la sacó, intentó sacarle ritmo, y en un momento sonó un chasquido, que se apagó tan rápido como llegó, mirando la pared detrás del altar. Más en esta no sucedía nada. Decidieron salir, con la piel y los nervios en flor de punta, no estando tan seguros si quisieran entender un algo de todo aquello.
Navi suspiró, volando en dirección al cielo, estirando las alas.
— Ya comprendo por qué está abandonado. Ese lugar es capaz de dejarte congelado ¡no vuelvo ahí!
— Nadie te está obligando —respondió calmado Link, mientras cerraba la puerta.
— ¿Podemos regresar? Detesto este lugar, no me trae buena espina.
— ¿Hay algo que sí? —murmuró, bajando los escalones.
— La comida, por ejemplo —invitó con una sonrisa.
— No seas ridícula ¡ya comiste aquellas sandías que nos dio el señor Fouquet! ¡hasta te di mi melón!
— ¡Eran muy chicos! —excusó.
— Eran más grandes que tú —gimió exasperado.
A paso de trote, para no tener que escuchar otra queja más del hada, tropezó con algo accidentalmente. Se levantó un poco dolido, quedando sorprendido con el objeto que tropezó, porque que emitía gemidos de miedo, hecho ovillo en el suelo. La hada, ya más calmada, sirvió de lámpara, apreciándose un perrito blancuzco. Dicho perrito se tapaba sus ojitos con sus lindas patitas y su naricita mojadita olfateaba como loca, con orejitas gachas y colita inmóvil.
— Guauu... —logró articular muerto de miedo.
— Tranquilo —exclamó Link, apartándose y mirándolo con una angelical sonrisa— perdón, no me fijaba ¿estás herido?
— ¡Link, es un perro! ¡Por el amor de Dios!
— ¡Aun así! ¡mira! ¡está aterrado! —le acercó una manita al perrito, para que la oliese— sssh... sssh.. cosita, sssh... no soy malo... veme ¿sí? Mira... no ataco ¿está bien? ¡sí! Mírame... no seas tímido... vale, vale... ssshh... así está mejor... ¡ha! ¡mira qué ojitos, Navi! ¿no son preciosos? Sí, perrito, huele mi mano ¿te puedo acariciar? ... hay, sí eres mansito tú ¡Navi, ven y tócalo, para que ves cómo se siente!
— ...
El perrito se dejó apapachar , soltando ladriditos y aullidos que hicieron reír a Link, mientras lo levantaba del suelo. Parecía una bolita de nieve, y poseía los ojos más grandes y verdes que había visto en su vida. Chilló emocionado como un niño mientras lo abrazaba, mientras la bolita de nieve le lamía la cara gustoso, moviendo frenéticamente la colita. Navi estaba de piedra a tal cuadro.
— ¡Link, te comportas como un niño! —fue lo primero que razonó articular.
— Soy un niño —contestó mientras levantaba a Copito— ¡hay! ¡es que es precioso! ¡me encanta! y a ti también ¿no es así, Copito?
— ¿Co-copito...?
— ¡Guau!
Para horror de Navi, Link se llevó cargando a Copito hasta la entrada del hotel donde estaban. Aquello fue tan rápido, que con dificultad seguía la pista.
— ¡Link! ¡Ya te dije que dejaras a ese pulgoso!
— ¡Se llama Copito, Navi!
— ¡Pero no es tuyo!
— ¡Lo sé! Por eso, como es noche, este cachorrito podría morirse o pasarla mal si está solo. Hoy duerme conmigo y mañana buscamos a su dueño ¡es tan mansito que es imposible que sea callejero! ¿verdad, cosita?
— ¿Dijiste "buscamos"? ¡ni madres busco nada! ¡aparte, tenemos cosas más importantes que buscar al dueño de un perro! ¡déjalo por... por ahí y mañana los recoges!
— ¿¿¡¡Y si se lo comen! —gritó.
— ¡Comer! ¿quién se puede comer a un perro, por las Diosas?
— Algún gato, por ejemplo.
— ¡Pero si es un perro!
— ¡Pero muy chiquito!
— ¡Déjalo, con una fregada! ¡te está llenando de pulgas!
— ¡No tiene pulgas, se le verían con lo blanco que es!
— ¡Entonces te ensucia la ropa!
— ¬¬ es blanco como la nieve...
— ¡Tú jamás has visto la nieve!
— ¡Dicen que es blanca!
— ¡Déjalo! —gritó, no permitiendo que perro y "amo" pasaran por la puerta.
— No puedes pararme, soy más fuerte y grande que tú —señaló.
— ¡Pues los gerentes del hotel no te dejará meter animales!
— ¡Están dormidos!
— ¡Con este escándalo quién podría estarlo!
— ¡¡¡CÁLLENSE! —gritaron algunas personas asomándose soñolientas por las ventanas.
Link no pudo negarlo, y miró con tristeza a Copito, el cual le regresó un puchero encantador de perrito regañado.
— ¡Hay! Pero me encanta...
— Link... déjalo ir —dijo Navi con una cara indescifrable.
Suspiró desamparado, mirando sin varias salidas aquel lío, sabiendo en lo más profundo que tenían razón y el perrito aquel era una distracción, y que su verdadero dueño, si es que en realidad tenía uno, debería de estrañar a tal hermosa criaturita.
Tocó a la puerta de enfrente. Un señor soñoliento le miró de hito a hito, mientras levantaba al perro frente a su cara.
— ¿Es suyo, señor?
Recibió un portazo.
— Al menos pudo decir "no" —gruñó caminando a la puerta contigua.
Navi estaba que no se lo creía.
— ¡Estás bromeando! —gritó, negando la persistencia y humillación que pasaba el muchacho por un perro...
Cuando le respondieron con otro portazo, este lee dijo:
— No, no lo estoy. Y pasaré así toda la noche si es necesario para regresar este perrito a su dueño. Es muy lindo y pequeño a que pase tal tortura. Así, hola ¿es este su perro?
— Niño, vete a dormir —contestó la señora cerrando la puerta.
— Son como las dos de la mañana, Link, esa mujer tiene razón...
— ¡No por nada me dicen terco! —exclamó, tocando otra puerta.
— Por supuesto que no... pero lo que me preocupa es que si al menos recibirás algo tan bueno como lo que estás haciendo... —murmuró, mientras se mantenía a distancia como la juez que mira el espectáculo.
Y parece que el dramaturgo tenía deseos de crear la obra larga de varios capítulos, porque dieron las tres y media de la madrugada, visitando recién la casa trigésima segunda, con los mismos y familiares resultados. A lo mucho, dos de tres estaban irritados y chispados hasta la coronilla, uno de dos más que el otro, con el perrito rechazado en cuestión dormido en el regazo del hylian. En las últimas 8 casas, cada vez que alguien era especialmente rudo con ellos, el hada descargaba toda su ira contra el pobre infeliz, como en el caso que dentro en una de las casas atacando a golpes, aprovechando una ventana abierta.
Con resignación, parecía que Link empezaba a perder la batalla. Pero ya Navi se le había perdido hace mucho, mucho antes. Pararon en la contra esquina, y lo peor que les había pasado era que uno de los guardias los persiguiera, perdiéndolo al ocultarse en un barril con almejas.
Si sirve de consuelo, al menos Navi ya no tenía hambre...
El rubio lanzó un grito al cielo, desesperado.
— ¡Es inútil, Navi! ¡Inútil!
— ¿Me lo juras?
— ¡Parece que a nadie de aquí le interesa Copito!
Si tenía algún comentario, lo guardó.
— No puedo creer que nadie le interese este perrito...
— ¿Harías lo que te e estado sugiriendo desde hace una hora...?
— ¡No lo soltaré si a eso te refieres!
— ... No sé quién en realidad era el más loco. Don Quijote por imaginar hombres gigantes en lugar de molinos, o Sancho Panza, que lo seguía a pesar de ser consiente del estado de su compañero.
— Todos sabemos que es el Quijote, mi querida.
— Últimamente he pensado que puede ser el otro...
— ¿Y no has pensado, tal vez, que ninguno estuviese verdaderamente loco?
— También lo he pensado... ¡yoho! ¡Rocinante a despertado! Ved, mi Quijote, como vuestro animal se despabila ¿acaso no era ese el regalo para vuestra amada Dulcinea?
— Por supuesto que no, señor gobernador.
— Sí, sería un insulto de lo más redondo.
Link soltó un suspiro.
— Navi... ¿qué vamos hacer?
— No me mires a mi, en primera no me agrada el perro.
— ¡Pero no lo podemos llevar al hotel! Tú dijiste que lo correrían si lo ven.
— Pero... Link, antes de que diga algo de que seguro me voy a arrepentir... ¿eres capaz de no dormir por seguir en casa en casa para buscar su dueño, si es que tiene uno?
El silencio le contestó.
— ... bueno, podemos hacer otra cosa... metes CLANDESTINAMENTE a esa bola de pelo, duermes un poco, yo también y eso, te levantas muy temprano y lo dejas en la calle, dejamos nuestro "presente" regresamos y listo, te puedes... llevar a la cosa esa a casa y ser tu mascota en la aldea ¿qué tal?
— Pues...
— ¡Link, por favor! ¡Me muero de sueño, y tú también! ¡Ves, Rocinante también se durmió!
Copito se restregaba cómodamente en sus brazos, y no prestaba atención a la conversación.
— Está bien... —ella ya iba a pronunciar un bravo, cuando agregó—: pero otra casa más.
— ¡Bien! ¡Si así eres feliz! ¡Hazlo de una vez, que quiero ir a dormir!
Toc, toc, toc.
Una mujer obesa y con ojos irritados abrió la puerta, con su delineador de cejas escurriéndose por las gruesas lágrimas. Era un estado sumamente deplorable.
— Por casualidad —comenzó— ¿no conoce al dueño de este perro...?
— ¡¡¡RICHARD!
Con sus enormes brazos como salmones aprensó al perro con cariño contra su pecho, llevándose al chico de paso.
Navi, lejos de preocuparse, tuvo deseos de dar media vuelta e irse, con un pensamiento irónico en la cabeza.
Mientras, el hylian trataba de todos los medios posibles de salirse de las garras de su opresora.
Cayó al suelo como un gato, mirando a la gorda señora besando y llorando de felicidad sobre su cachorro perdido. Puede que estuviese cansado y hambriento, pero lo ocultaba con su cara y sonrisa angelical, observando radiante aquella curiosa escena. Se inclinó y dio unos pasos para atrás, intentado pasar desapercibido, pero Copito le miró a los metros y ladró incesantemente, como si preguntara "¿No piensas quedarte?"
— ¡Oye! ¡Ven acá! —gritó la señora— ¡No puedo creer que alguien me haya traído a mi niño! ¡Yo que lloraba por él, suplicando a que estuviese bien y de repente que un ángel me lo regrese a mi!
Link no contestó.
— ¿Cómo diste conmigo? ¿por qué me devolviste a Richard? —cuestionó.
Navi quedó pasmada cuando el rubio se limitó a decir "No se moleste, señora, está bien. Buenas noches" haciendo el camino de regreso al hotel. Casi tuvo la tentación de golpearlo, cuando aquella mujer grito algo sospechosamente parecido a que tenía un pay o una tacita de café, a lo que el rubio inclinó galante, sin articular palabra. Ella aun se encontraba afuera, mirando por la calle por donde se habían ido, hasta el cierto grado de mirarles aunque ya no estuviesen a la vista.
A unas cuantas calles después, el hada recuperó la capacidad de hablar, y miró al rubio como un sobrio miraría a un perro hablar.
— ¿Acaso eso fue un hola y adiós de la persona que en mi vida jamás deja de hablar?
— Sólo iba a regresar al perro, no empezar una plática o una sarta de contestaciones.
Ella le detuvo.
— ¿Quién eres tú y qué le hiciste al inútil de Link?
— Navi... no empieces, tengo sueño —dijo, haciéndola a un lado.
Ella le volvió a detener.
— ¡Quiero que me digas por qué tú prácticamente le aventaste a la cara al perro y saliste huyendo!
— Eso son imaginaciones tuyas.
— ¡Fui testigo! En serio, Link, estás un poco más raro que de costumbre.
Él parpadeó.
— No es verdad —dijo.
— ¡Claro que sí!
— ¡Claro que no!
— ¡Claro que sí!
— ¡Claro que no!
— ¡Claro que sí!
— ¿Según a qué? —bufó exasperado, divisando a lo lejos el hotel.
— Platicaste muy poco —fue lo único que dijo.
Él, entreceñudo, puso ojos en blanco, cruzándose de brazos.
— ¿Acaso es un crimen?
— ¡De ti, sí!
— ¿Por qué?
— ¡Ya te he dicho que eres la persona más terca y platicadora que he conocido!
— ¡Para tú información, siempre he sido así! ¡Si no te has dado cuenta, es tú problema! —exclamó.
— ¿Qué dices? ¡Claro que no! ¡Con todos a los que hemos conocido siempre les has sacado cada rollo, y siempre que platicamos, hacemos discusiones ridículas que duran media hora!
No contestó, pero miró penetrante al hada antes de rodearla y llegar a la puerta de su hospedaje.
— ¡Eres tan infantil! —chilló ella al cielo.
— ¡No lo soy! ¡Ya quisiera yo que lo fuera! —gritó, sin verle la cara— si tanto te molesta aquella INCÓNGNITA, te diré que jamás en mi vida he interactuado con personas. Si con Talón, Malón, Saría o Fouquet me has visto así, ni yo sé por qué, pero me siento al decirles cosas, a pesar que en los anteriores años de mi vida, sólo cruzaba palabra con escasas cuatro personas. Es instintivo. Me siento incómodo con otros, y con la mayoría de la gente siempre e sido así de frío, o cuando menos silencioso, igual que como aquella señora... no lo sé. Simplemente no hablo, y así es la cosa.
— ¡¿Y por qué me hablas tanto a mi, si a leguas se nota que somos como el agua y el aceite!
— ¡Porque eres tan insoportable que tener la boca callada sería una tortura!
— ¡Eres incoherente! —masculló.
— ¡Ah, pero tú no! —dijo sarcástico.
— ¿Sabes? Después de tú elemental declaración, me siento más molida y cansada como jamás en mi vida ¿ya podemos ir a dormir?
— Qué oportuna. Bien, mañana temprano entramos al castillo, cumplimos la misión y regresamos al bosque, donde no me quejaré en absoluto si te vas por tu parte.
A pesar de la cara y todo de voz de cada uno al mirarse en aquel instante, tan agudo y pesado que podría haber sido cortado con un cuchillo, había matices indescifrables en sus palabras, donde el dolor era la más primordial y destacante de todas.
Pero a lo mejor tan indescifrables y sutiles, que lo más probable es que ninguno de los dos las alcanzó a captar, mientras se recostaban rendidos en la cama.
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