Todo esto no me pertenece. Es propiedad de Nintendo y Shigeru Miyamoto.

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Capítulo VI.

La Final del Concurso de Disfraces.

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Fouquet ya los esperaba en el punto de reunión que habían acordado un poco antes de despedirse el día anterior. Era muy temprano, como había exigido, ya que apenas el sol se acababa de levantar, siendo alrededor de las 10. Se había sentado en una pequeña caja de madera que por casualidad había estado rezagada, cruzado de piernas, envuelto en un traje común y cualquiera, como si fuese algún aldeano más de la aldea. Sus centellantes ojos azules los saludaron calurosamente, a lo cual el dúo le agradeció de toda la ayuda que les prestaba el hombre.

— Es sólo para estar seguro de que nada salga mal, si ocurriese alguna desgracia —dijo.

Como Navi aun tenía sus dudas al respecto, él le dio algunos tips estratégicos, como alguna roca oportuna que los tapase, o un árbol que estaba en cierta posición que por cualquier ángulo en que se mirase serían invisibles.

Él les guió e indicó de la famosa e indiscreta enredadera en el camino, dándoles algunas palabritas de apoyo.

— Querida hada, como eres tan brillante, supongo que te podrás esconder en la gorra de Link ¿no es verdad?

— Sí, pero es el día muy brillante para que me noten —contestó respetuosa.

— No lo creo. Aun de que Link estuviese a la vista mientras veían, ya había divisado un brillo destacante, que me informó que en 15 min llegarían.

El dúo intercambió miradas, así que ella hizo lo pedido.

Fouquet, con las manos en su espalda, observó como el rubio se aferraba y comprobaba la rigidez de la enredadera, antes de subir. Se embozó bien el traje y se puso un sombrero, caminando a la gran reja, donde había dos centinelas, a cada extremo de esta. Ellos se le acercaron, para estar un par de metros separados de la entrada sellada.

Para sorpresa del lector, había cambiado de posición. En vez de estar recto y bien formado, como era natural en él, se había inclinado un poco, la cabeza gacha, con los hombros ligeramente para adelante, poniendo las piernas flacas con las rodillas flexibles y zambas, como un humilde y viejo hombre de campo, de haber vivido una vida de trabajo en alguna aldea la mayor parte de su vida.

(zambo: mal formación en los pies o piernas por estar chuecas y/o curveadas, debido a problemas de nacimiento, o mutación, por estar cargando objetos pesados por mucho tiempo)

— Disculpen, mis señores, pero ocupo de su ayuda —dijo con voz suave y melodiosa, llamándoles la atención— soy muy desdichado y hasta acá e venido para hacerles algunas preguntas, si es que se me permite tanta consideración porque...

— ¿Qué quiere, anciano? —dijo uno de ellos en tono un tanto rudo.

— ¡Soy sólo un viejo desamparado, que no sabe cómo consolar sus desgracias! —exclamó dolido hasta el alma.

— ¡Qué quiere, anciano!

Fouquet por un momento tomó expresión de sorpresa y miedo, como si estuviese en shock por aquella llamada de atención.

Y luego, con un tono de voz y mirada indescifrable, contestó:

— Busco a mi nieto de 10 años. Es rubio y pequeño, más o menos de esta altura.

Link, que con alguna dificultad escalaba por que la pared estaba muy salida en varios tajos, llegó y pronto se encontró encima de la colina, mientras se escabullía como sombra a la piedra más cercana, justo por un pelo de escapar de la mirada de un centinela, que estaba peligrosamente de la susodicha entrada de la caseta, y si es posible decir, rodeándola como buena avispa guardiana hacia su colmena.

Pensó que aunque corriese cuando este estuviese mirando al otro lado, sería descubierto, porque dicho centinela tenía una mirada un tanto intranquila e hiperactiva por naturaleza, moviéndola de un lado a otro, sin mucha fijación.

— ¿Y qué le hace pensar que este aquí? —preguntó uno de los centinelas, que le parecía muy sospechoso que alguien viniese hacía allí a pie. Definitivamente, a ese hombre no le faltaban las luces, pues era astuto.

Pero Fouquet podría hacer mierda a aquel sujeto si se tratase de astucia.

— ¡La desesperación, señor, la desesperación! —lloriqueó el viejo— ¡hace tres días que no vuelve mi nieto, no lo he visto desde que se fue a comprar el desayuno para mi y su hermana! ¡Hemos preguntado a sus amigos, hasta recorrer alguna parte de la ciudad y no vuelve el niño, señor!

— Aun así, ¿qué le hace pensar que este aquí? —prosiguió el mismo oficial, pero dudoso, mientras miraba de soslayo a su compañero, el cual no hacia mucho para ayudarlo.

— ¡Señor, él es un poco lurias! Está tontín como una cabra pero es buen muchacho y no haría nada malo como jugar una broma para preocuparnos así. A veces juega a ser aventurero o caballero o algo así en la calle con su amigos ¡no vaya el pobrecito, porque sí tiene orientación! ¿le habrá pasado algo? ¿por qué nos tiene así preocupados? ¡por favor, señores, tienen que ayudarme!

— Aquí no ha venido nadie —dijo el otro guardia, que parecía ser un poco más duro que el otro.

— ¡Señores, por favor, no me despachen de esa manera!

Los guardias se miraron. Entonces, uno de ellos, el primero, miró al cielo, para ser más concretamente, al techo de la reja, donde el guardia hiperactivo visto por Link estaba vigilando. Este se detuvo en seco, al escuchar el grito de su compañero.

— ¡Rohu! ¿has visto por ahí a un niño rubio deambulando?

— ¿Qué? —preguntaron tres voces. Una gritando desconcentrado, y dos con la espina vertebral helada.

— ¡Un niño perdido! ¡¿Has visto uno! —repitió.

— ¡No!

— ¡¡SEÑOR, HAGA MEMORIA AHORA! —chilló Fouquet, caminando a una despectiva que obligaban a los oficiales dirigir la mirada hacia la pared.

Como si aquello fuese una señal, Link salió de su escondite con todo el potencial que sus tenía, que no era poca, dando un pequeño trasbillo cuando se acercó al hoyo que servía de azotea de la pequeña cabina, brincó a la escalera y se deslizó por ella, tan rápido que al aterrizar dio un golpe seco tan fuerte, que el mismo Fouquet lo oyó.

— Bueno, ya escuchó, anciano —dijo el segundo centinela— aquí no hay nada, ya puede irse.

— ¡No, todavía no! ¡Le pueden preguntar a otros! ¡A lo mejor lo vieron! ¡Es inconfundible! ¡Tiene ojos azules y tenía puesto ropa verde! ¡Hasta cabello partido a la mitad con copete y una graciosa gorra!

— ¿Qué está haciendo el señor Fouquet? —murmuró pasmada Navi al oído de Link desde su gorro. Este, lejos de preocuparse por ella, había abierto la puerta, que estaba justo atrás de uno de los guardias que estaban siendo distraídos. Cerró la puerta con cuidado, e intentando hacer memoria con referencia del mapa, se dirigió a un pequeño arbusto rodeado de matas y flores. Se paró en secó miró por inercia a donde estaba el ex general vestido de mendigo cuando este soltó un grito que perforó el cielo.

Uno de los centinelas le apuntaba directo al pecho con su arma.

Otros oficiales, los cuales estaban esparcidos en otras partes, se interesaron por el atrocadero en la entrada, así que levantaron sus cabezas hacia aquella dirección, y alguno que otro más cerca se acercaba a pasos. Link y Navi sólo tuvieron tiempo para atinarse a esconderse en el arbusto.

Sonará ridículo, pero aquello no estaba planeado para Link y mucho menos para Navi, que se preguntaban qué ondas era aquello, por que Fouquet, tal vez en sentido no directo, más sí indirecto, los estaba delatando.

El plan simplemente era que sólo distrajera al centinela que estaba cerca de la entrada de la caseta. Y ya había pasado, pero Fouquet seguía con aquella vaga tragedia a tal grado que algunos guardias se estaban acercando y moviéndose de lugares. Está bien, si se quiere distraer a esos también. Pero lo único malo es que ellos se movían de tal forma, que si Link se atrevía a moverse o articular sonido estaría perdido.

— Mira, cretino —masculló el guardia— no tenemos porque escuchar más lo lloriqueos de un simple civil ¡lárgate de aquí! ¿te parece?

— Pero sólo le pido que pregunte a sus compañeros...

— ¡¡Ya me hartó!

Fouquet, calculador, miraba la punta de la lanza de su oponente sin dejarle de examinarle el rostro.

— Veo que fue un error en venir a preguntaros.

— ¡¡Claro que sí, joder! ¡¡Y le digo de una puta vez que acá ese maldito niño no está aquí, ¿entiende? Por acá no ha pasado, sobre mi cadáver si acaso miento ¿me escuchó!

Una sombra de sonrisa triunfante apareció en la cara del viejo, desapareciendo tan rápido como llegó. Se encogió, retrocediendo unos cuantos pasos, hasta perderse tras la colina contigua.

El guardia bajó su arma, con algunas gotas de sudor, ante la mirada sorprendida de sus compañeros.

— ¿Qué miran? —bramó cohibido.

— Ehhh... ¿señor...? —empezó tímido uno de ellos.

— ¡A sus puestos!

Para entonces, Link y Navi habían aprovechado para correr colina arriba hasta una pared musgosa, tal y como les habían dicho, escalándola y desparramándose cuando lograron la alta cima, pero invisible de cualquier otro centinela potencialmente peligroso.

Navi respiró hondo, mirando de soslayo el lejano sendero por donde su guía seguramente ya se había ido.

— ¿Pero qué le pasó? ¿por qué hizo eso? Ya sabes... el describirte e insistir de estar acá ¿¡y por qué demonios hizo tal escena! ¡casi nos descubren!

— Me hizo coartada —respondió el rubio con una sonrisa.

— ¿¡Delatándote? —él asintió— ¡¡no tiene sentido!

— ¡Oh! ¡Vaya que sí lo tiene, suponiendo de que me hubiesen descubierto!

Ella pareció no comprender.

— Mira, mejor no hablemos de eso. Ya estamos por llegar.

Caminaron junto un par de metros, con un murmullo de agua rozando el aire. Justo debajo del imponente castillo, un canal artificial se revolvía constante, bastante ancho y tenebroso, donde la única entrada era un puente. Justo en ese momento, en una torre muy elevada a ellos, sonó una melodía en trompeta, mientras los goznes se estremecían y crujían bajo el peso del pesado bloque de madera, el cual, con lentitud, bajaba hasta quedar tendido elegantemente sobre el suelo.

Decenas de personas salían del dichoso castillo con elegantes trajes, sobre caballos y a pie, enfundados en armas y otros en ristre, haciendo una curiosa pero bonita fila a lo largo del puente. Al mismo tiempo que la trompeta hacía repetir la misma melodía, la gran reja se abrió en par en par, para una increíble sorpresa del muchacho, pero fue perturbado por Navi, la cual soltó una exclamación, apuntando a las últimas gentes que salían del edificio.

Eran un grupo de tres; el que lo encabezaba era el general Colbert, que miraba de ti a tu a cada uno de sus oficiales elite, abriendo un saludo. Colbert, el cual platicaba con la diminuta escolta de dos, lanzaba miradas al frente, con muecas irónicas y un tanto desdeñosas. Se puso al frente, en posición de firme, añadiendo escasos comentarios a las urracas que parloteaban como locos.

El señor Fouquet, que embozado en su traje con sombrero puesto y las manos guardadas en los bolsillos, caminaba en dirección al pueblo, no se detuvo cuando un grupo de cinco jinetes diestros sobre caballos negros pasaron a su lado a trote. Miró al cielo a los segundos de saber que se habían perdido tras las colinas, con los ojos extrañamente fruncidos, como hombre que sabe un gran secreto, sabiendo todos los peligros que implica con el simple hecho de conocerlo.

Pero centrándonos en los jinetes, que como he dicho, eran cinco, se encaminaban a la ruta que daba al castillo.

Ellos eran los famosos señores gerudos, de las tierras áridas del oriente. Los cinco eran gruesos, grandes y robustos, con marcas graves e imperiosas en sus caras, morenas por naturaleza.

Levantaron la cabeza, aminorando el paso cronológicamente, observando el viejo castillo. Fue un instante de escasos segundos, para que golpeasen al animal por los cuartos traseros para seguir por el sendero, donde Colbert y los demás les esperaban esperaban.

El que abría la marcha era un hombre pelirrojo de aspecto impactante con traje elegante negro con rojo, y larga capa de familiar color. El resto, eran mujeres, pelirrojas también con ojos grandes color de miel, llevando encima gruesas capas de viajes café, que danzaban por el aire con un espíritu casi enigmático como seductor a la vez.

En medio de inclinaciones, los jinetes bajaron de sus cabellos. Hubo un instante donde todos guardaron la respiración, cuando el respectivo jefe de los Gerudos correspondía a Colbert un apretón de manos. Este no era un imbécil para hacer un ataque así que con más firmeza que con fuerza, se presentó a si mismo como sólo un noble podría hacerlo.

Ganondorf no respondió por idiosincrasia.

Como una especie de escolta, las cuatro mujeres se mantenían atentas a todo el movimiento, como lo hacían Link y Navi desde su lugar. Entonces Colbert algunas últimas palabras a aquel hombre silencioso, haciéndole pasar inmediatamente por el umbral, donde toda aquella gente, hasta el último, cruzó.

La puerta se volvió a sellar herméticamente.

El dúo se miró.

Aprovechando la pequeña confusión que se había formado entre los soldados, que se miraban también mutuamente, Link, a cuclillas, se acercó más a la orilla, mirando altivamente el largo sendero de agua que se abría a sus pies. Se irguió, no sin dirigirle otra mirada a los centinelas, y brincó, entrando en el canal con un golpe rápido y mudo, que pasó por inadvertido.

Gracias al brillo de Navi, lo guiaba mientras luchaba contra corriente, pues no había calculado su fuerza. Se cogía como podía de las piedras salientes de la pared, acurrucado y callado como lo haría el mejor mimo del mundo; tocó algo que sospechosamente parecía una raíz, cuando llegó a la bifurcación del canal, que daba al lugar donde ayer habían estado.

Tentó tímidamente el camino, al son de que su guardiana le decía que no había moros a la costa. Se sujetó aun más si es posible de la raíz del árbol, y apenas logró subir, lo escaló como gato por las ramas, escondido tras el follaje ya preparado para saltar sobre su pájaro.

Desde ahí, observó que la dichosa y famosa puerta de entrada se encontraba desierta ¡sin guardia! Que era sorprendente.

Tal vez era por revuelo, porque ese día llegaba gente importante, y estaban muy ocupados haciendo otras cosas para vigilar entradas auxiliares.

— Navi, dime donde es.

Ella señaló a una pequeña abertura en la pared del castillo, donde brotaba una pequeña fuente de agua cristalina. La estudiaron un poco, mientras Navi entraba por ella.

— Oye ¡parece que sí quepo! —dijo Link desde su posición.

— Pues no puedes pasar —musitó sombría.

— ¿Por qué?

— Tiene una reja.

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— ¿Qué quieres decir con eso?

— Sólo será un par de días... tal vez una semana...

— Aun así ¡es imposible que esté encerrada en mi propio cuarto!

— Tenemos que evitar todo el contacto con aquella gente, mi princesa, usted misma lo predijo.

— No pueden ser tan malos...

— Sea razonable.

— ¡Ni siquiera los he visto!

— ¡Pues hace veinte minutos hora que llegaron, mi princesa!

— ¿Están aquí...? ¿por qué no me avisaste?

— Porque conozco muy bien a Nuestra Alteza Real, previniendo que se preocupara, como ahora, que está lívida, y tuviera al menos deseo de ver al hombre que tuvo en sus sueños.

— Impa...

— Sólo evito que ellos lleguen a usted.

— ¿Encerrándome? —preguntó confundida la princesa de Hyrule.

— Su Alteza no debe jamás de pensar eso de mi, que soy su cuidadora y persona más fiel; pero aquella gente debe de tener otras intenciones, y como usted a tenido aquellas premuliciones tan raras, debe de estar relacionadas con usted.

— Mi padre dijo que esas cosas no tienen importancia.

— Pero usted no piensa como su padre el rey, ¿verdad?

— ...

La sheikah se puso a la altura de la hermosa joven niña rubia, la cual, mirando al suelo, estaba asustada y un poco nerviosa.

— No es prisionera en su propia casa, Mi Grandeza, puede recorrerla como la recorrería cualquier día de la semana, pero le suplico con todo mi corazón que evite cualquier acercamiento con los Gerudos si es posible hacerlo. Pienso de que tienen dobles intenciones.

— ¿Por qué crees eso? —preguntó la querubín con los ojos abiertos, grandes, claros y sinceros como el agua.

— Nadie con suficiente sentido común pensarían que su jefe, conocido mejor como Rey de Ladrones, viniese a la corte con su padre por primera vez, en un tratado de paz, cuando han sido enemigos con arma en ristres uno contra otro desde hace veinte años. Primero, por un golpe de estado, luego seis después (y que por suerte nunca vio) la guerra de hace 10 años, secuela de esto. Deben de tener dobles intenciones. Y como su cuidadora personal siento que es mi deber alejarla de ellos.

— Estaré bien —sonrió ella para calmarla, a lo cual Impa suspiró algo más serena, clavando sus ojos con amor maternal sobre la futura reina.

— Le suplico que no se acerque mucho con ellos a solas, si es posible por supuesto, Mi Majestad.

Ella asintió.

— Pero me gustaría verlos, si es posible.

A Impa no le tomó mucho pensar, para decir:

— En su jardín privado, la ventana da una amplia vista de la Corte de su padre. Para ahora deberían de estar por pasar ellos. Si va ahora, le tocará el principio. Yo la acompaño, si es su deseo.

— ¡Gracias! —dijo ella, mientras se encaminaba a la puerta, seguida de su cuidadora.

— No hay de que, mi princesa.

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Link con un golpe seco, desde el alfeizar estrecho de la pequeña entrada, tumbó la rejilla y la arrojó al canal, luego se agachó, mientras que a gatas, se metía clandestinamente al castillo.

Habían solucionado su problema gracias a Navi, que roció su polvo mágico y paralizador para oxidar la reja, que ya estaba muy malgastada por el constante rozamiento del agua, más los cientos de años de estar descuidada sin mantenimiento útil ni constante.

Dudativo, asomó la cabeza, sorprendido de que la pared tuviera dos metros de grosor, haciéndola en todos los sentidos impenetrable.

Recordaba muy que, alguien le había dicho una vez que a las grandes fortalezas no se les destruyen por las fuerzas externas, su no por sus debilidades internas.

Pero no recordaba quién o cuándo ni dónde se lo habían dicho.

Lo primero que observó fue la fuente donde él estaba a medias escondido, y frente a él, un hermoso jardín con setos, algo oculto por unas cajas que servía de barricada, justo a un lado de una puerta, que recordando gracias a los planos del señor Fouquet, era la que daba directo a la galería y a la puerta donde Colbert se las azotó.

Es más, mirando con más detalle las cajas, estas eran las mismas traídas del rancho Lon Lon el día anterior.

Con una sonrisa irónica, su plan, que era esconderse en una de las cajas y salirse cuando estuviera dentro ya no parecía tan inverosímil, y que era aun más práctico del que estaban ejecutando en ese momento.

Navi, muy ajena a los pensamientos del hylian, observaba furtivamente el camino frente a ellos, que debían de desembocar a su meta.

Apenas habían avanzado unos metros, cuando un ruido repentino los obligó brincar a las cajas, escondiéndose tras ellas.

Cuatro guardias que estaban en la otra sala, caminaban a la puerta, hablando abiertamente entre ellos.

— ... jamás he visto una mujer Gerudo, pero deben de estar bieeeeeen buenas!

— ¬¬ Degenerado!

— ¬¬ Gay!

— ¡Cállense, yo sólo quiero ir a verlas y luego regresamos!

— Si siguen gritando así van a ver que Impa se va a fijar que no estamos y nos irá en feria.

— ¿Tanto como lo haría Colbert? ¡no lo creo! —se mofó uno.

Los otros tres quedaron callados, mirándole como si fuera un ovni invitándolos una taza de café.

— Eso lo dices porque eres nuevo y no la conoces...

— ¿Huh?

— En fin ¡ha ver mujeres morenas! —gritó el guardia, cerrando de un portazo.

Los dos favoritos se miraron mutuamente, deseando no saber qué fue aquello. Se asomaron y con delicia comprobaron que esos guardias eran los que escoltaban aquel área. Corrieron de largo así como también el área que seguía de aquella.

En la tercera apenas lograron pararse y tirarse tras un arbusto, porque había dos guardias que custodiando la última área, la cual daba al fondo a una puerta paralela.

— ¿Y ahora qué? —preguntó Navi.

— No sé...

— ¡Fantástico! —murmuró.

Y como si fuera por milagro, o que ese día fuera que las Diosas quisieran hacerles la vida más fácil, los dos guardias en cuestión se acercaron mutuamente, empezando una conversación cualquiera, probablemente de los Gerudos, y que por estar tan cerca de la princesa, no podrían tener tanta libertad que los otros 4.

Link corrió agazapado, pasándolos de largo sin ser visto, y dio un trastabillo al final del camino, ocultándose en la puerta.

Soltó un suspiro, y junto con Navi miraron la última sala que había adelante. Era practicante más hermoso y más cuidado que habían visto en su vida.

No era pequeño, aunque daba una sensación de claustrofobia por su forma cilíndrica tapizadas de mármol y alguna que otra ventana.

Mariposas y ruiseñores gorgojeaban y se deslizaban de flor en flor y de árbol en árbol en todo el plantío de aquí y allá ante olor exquisito del perfume de Perséfone.

Con ligero estado de shock, murmuraron algunos Wauw imperceptibles, con miedo a que se desvaneciera si se atrevían a pisarlo, como a la mariposa que una vez tocadas sus alas jamás se despeja del suelo.

Cruzando un puentencito, Navi señaló una de las ventanas a los lados, donde varios cuadros del salón que debía ser la Galería se observaban. Eran chistosos, o debían de serlo, porque Link ahogó una risilla al ver un hombre enano, gordo y con mostacho que se parecía al señor Talón.

Navi pensaba que con el de traje verde se parecía a su amigo el kokiri pero...

— ¿¡Quienes son ustedes! ¿¡Cómo pasaron a los guardias!

(N/A: ¡Buena pregunta!)

Aterrados por verse descubiertos, dieron un brinco, mirando a todos lados.

Atinaron que una niña al fondo del jardín, que no habían visto antes, era la que les había preguntando, aun más exaltada que ellos.

Era preciosa y todo, hasta tenía alrededor un cierto aire de dulzura y melancolía, pero sumada a sus asustado grandes ojos zafiros, tan claros que a diferencia del hylian eran más propios del agua que el cielo, la hacia aun cabe más hermosa y bellísima, siendo la inocencia en persona.

Sus melena, aunque no era tan destacante por culpa de una especie de gorro que le cubría toda la nuca, debía ser tan impresionante con su suave contraste, que ni el oro más puro sería rival, apenas los claros rayos del sol en el alba, encandilando a cualquier indiscreto que le mirase de lleno. Un extraño vestido la cubría de hombros a pies, con algunos detalles de color morado.

Debía de verse Link deplorable, a comparación con ella, porque apenas había tenido tiempo de bañarse en el hotel, que sólo contaba con un baños para sepa cuántas gentes, se había desvelado y con todo lo que se habría arrastrado y ocultado tenía las ropas arrugadas, y alguna manchona de polvo, con el pelo y la piel opaca, como su sombrero mal acomodado por el brinco... (en realidad se le había caído)

Balbuceó algo, no sé, al tiempo que se apuntaba a si mismo como a Navi, que estaba en aquellos estados pasmáticos que le son característicos, y luego, gruñendo a sí mismo cuando terminó el segundo enunciado con preposiciones y monosílabos, se llevó su mano a la espada y con la otra al escudo, para empezar a explicar —o aparentar— que era una especie de viajero, logrando que ella se pusiese más lívida de lo que estaba, como una bomba de tiempo que va a explotar en cualquier instante a gritos.

Navi creyó que era el tiempo oportuno para intervenir.

— ¡Qué hermoso jardín, no es cierto? Pero debe ser un infierno en tiempo de lluvia.

Aquel comentario tan ajeno la sacó de onda.

— ¿Eh?

— Disculpe la intromisión —replicó Link, recuperando su habla, previniendo que era su oportunidad— disculpe muchísimo, señorita.

— ¿Quiénes son ustedes y cómo fue que pasaron a los guardias? —volvió a preguntar ella, no menos calmada, pero sí más controlada, mirándolos detenidamente.

— Somos.. ehh... viajeros de muy, muy lejos y...

— ¿Los conozco? —preguntó otra vez, con el ceño fruncido.

— No, no lo creo —contestó Link, mirando de soslayo a Navi.

Ella dejó caer su mano, la cual estaba en su pecho, se acercó unos pasos, sin quitarle la vista de encima.

— Te he visto antes, estoy segura... —murmuró— ¿dónde?... ¿dónde fue? Te he visto, yo... —de repente, abrió los ojos desmesuradamente— ... traje verde... un hada... ¿acaso tú...? ¿Tú vienes del bosque?

Ellos no contestaron.

— ¡Sí! ¿verdad que vienen del bosque? Un niño, con traje verde y un hada y... qué falta... una piedra brillante.. ¿verdad que es así? ¿verdad que estoy bien? —interrogó.

Es posible que al escuchar aquello dieron un brinco aun más alto que el anterior.

— ¿Cómo sabes? —fue Navi la que rompió el silencio.

— ¿Eso es decir que estoy en lo correcto? —insistió.

— Tal vez —la hada dejó en duda, sin saber muy bien por qué.

— ¡Por las Diosas! ¡No es posible! —gimió, más sorprendida que antes— ¡Es decir que no es sólo un sueño cualquiera! ¡En realidad están aquí, no puedo creerlo!

— ¿Sueño? —preguntó para si Link, pero tan bajo que nadie escuchó.

— Espera ¿sabes quiénes somos? —preguntó Navi, no creyéndoselo.

Ella asintió.

— Sabía que alguien venía de los bosques, portando un traje verde, su hada y una piedra verde brillante caminando en un campo cubierto de nubes negras. Este alguien en cuestión caminaba rumbo al castillo, con la piedra sobre sus manos, escoltado por un caballo negro con jinete, de aspecto poderoso y casi omnipotente. De las nubes, salían rayos, profetizando una tormenta, tan brillantes y seguidos, que al mirarlos os juro que son los mismos. Son... idénticos, que debe de ser más de una coincidencia...

Los otros no caían de la duda. De que dichos personajes proveniente de los bosques tuvieran en literalmente en las manos dicha piedra verde brillante, tenía que ser algo más que alguna coincidencia.

No entendían lo del jinete. Pero no estaban muy de ánimo para querer preguntar quién era en ese momento. Y había surgido otro inconveniente:

Ella se sobresaltó, cuando Navi preguntó:

— ¿Cómo te llamas?

— Perdón, se me había olvidado... —dijo tímidamente. Recuperó la compostura; con la voz firme y postura humilde, que sólo alguien con buena educación y sangre azul podría requerir, anunció— Yo soy Zelda, Princesa de Hyrule.

Ni atinaron a parpadear ¡¡estaban enfrente de la princesa!

Dudaron un rato, en lo que se miraban mutuamente. El hada dio una profunda inclinación que copió el niño, vacilante, sin apartar la mirada en los ojos acuosos de ella.

Por su cara paso una sombra de tristeza cuando de inclinaron, desapareciendo tan rápido como llegó.

— ¿Cómo se llaman ustedes? —dijo con una sonrisa.

— Yo soy Link, y ella es Navi, Majestad...

Ella cerró los ojos.

— ¡No me llames así!

— ¿Disculpe?

— Nunca me ha gustado de que la gente venga a mi y se presente con cortesía, y mucho menos que me llamen "Majestad" cuando este no es mi nombre. Por más que lo digo, nunca me hacen caso. ¿No puedes llamarme "Zelda" solamente?

Navi negó sutilmente con la cabeza.

— Con gusto, Zelda —contradijo radiante.

Ella se le quedó mirando otro tanto.

— ¿Pueden decirme por qué están aquí? —preguntó.

Entre los dos, narraron todos los inconvenientes y desdichas de sus aventuras, comenzando por la tragedia del Árbol, hasta la llegada del pueblo, haciendo algunos detalles del segundo capítulo y muy escasos de este tercero, que fue lo del hotel, nada más.

Ella, nuevamente, prosiguió con preguntarles el cómo pasaron a los guardias, y entraron en al fortaleza.

Sin balbuceos, miradas de ojos, sudor nervioso o tartamudeo, ingeniaron con inventar una ventura creíble y simple, como los puntos ciegos y la enredadera.

No abrieron el pico sobre lo referente al señor Fouquet; nada.

Ya iban a comentar aquello de que se quedara con la piedra, dar algún semblante, cuando se escuchó, lejanamente, un extraño ruido de música y aplausos. La princesa miró a su espalda, que era una amplia ventana color azul pálido trasparentosa. Con un movimiento, invitó a Link y Navi a que se acercasen.

— ¿Qué es todo eso, Zelda?

— Es la Corte de mi padre. Resulta, Link, que hoy es la llegada de unos señores de tierras muy lejanas.

— ¿Y por qué vienen, Majestad?

— Eso es por que esos señores, y el reino de mi padre son contradictorios desde hace décadas, pero quieren ellos la reconciliación, y él aceptó, pero antes, quiere conocerlos, para tener una respuesta sólida.

— ¡Qué habitación tan grande y hermosa! —exclamó Link asomando la cabeza.

— Sí... ¡mira! ¡al fin abren las puertas! Llegaron hace media hora ¿no te tocó verlos?

— Entonces eran ellos... sí, los vimos.

— Eran cuatro mujeres y un hombre, morenos y pelirrojos, sobre caballos negros.

Ella asintió.

— No sé mucho sobre los Gerudos de su historia, pero sí lo bastante para saber que ahí, sólo habitan mujeres, y cuando llega a nacer un varón este se pone a la cabeza del grupo, y es criado como tal. Me dijeron que estaba mal, por ser supremacía masculina, cuando deben de ser iguales. Tendría que ver un Rey y una Reina, como aquí.

— No los veo.

— Eso es, Navi —dijo Zelda— porque la ventana da de la mitad para adelante. Desde acá se notan los cortesanos y el rey. Cuando se acerquen los verán.

— Bueno, ¿decías, Zelda? Yo no recuerdo ver a la reina en todo el rato que estoy aquí ¿qué pasa con ella?

— Murió hace cinco años...

— Lo siento...

— Está bien. No es tu culpa para empezar —les calmó.

Se escucharon grandes pasos al frente, como si una especie de titán estuviese atravesando por la tierra.

— ¡Miren! ¡Ese debe ser el líder Gerudo! —exclamó Zelda apuntando al titán— ¡cielos! ¡da miedo verle! —agregó fascinada.

Link dejó de respirar por algunos segundos.

Aquel era el hombre sobre el caballo en sus sueños. Como estaba cerca, lo apreciaba mejor.

Zelda, por algunos instantes, se quedó plantada viendo como aquella figura ilustre se ponía sobre una rodilla, haciendo una gran reverencia al rey. Soltó, a la fracción de segundos, un grito de sorpresa y de terror tan fuerte que la cabeza del líder Gerudo ladeó un poco, observando a su derecha.

La mirada amarillenta de león causó un efecto tan penetrante, que tanto princesa, hada y kokiri sintieron que esos ojos los miraban directamente, con miles de sentimientos a su vez.

Más no duró mucho, porque Ganondorf volvió su mirada al gran señor frente a él, moviendo un poco la boca, como señal en que se presentaba. Avanzó un par de pasos, y salió del foco del cuadro.

Navi quedó confundida del abatimiento de sus compañeros, que más que personas parecían gárgolas. Dudaba sinceramente que respiraban, pero el movimiento del pecho agitado de la princesa contradecía su teoría.

Esta terminó por decir, a los segundos de alejarse lentamente del cuadro:

— Ese... ese es tu escolta, Link...

— ¿Tú también lo habías visto antes? —gimió.

— ¿Cómo?

— En tu sueño... porque yo también lo... lo soñé, y salías tú.

— ¿Qué dices? —chilló exaltada.

Navi se sintió apartada, al empezar una conversación tan ajena y fumada pero no le importó.

Al terminar, quedaron callados, sumidos en profundas meditaciones. Todo aquello era raro, extremadamente raro...

Y como toque final, al igual que la cereza del helado o el betún del panqué, recitó la leyenda inscrita de la lápida que estaba dentro del Templo del Tiempo.

Zelda por primera vez le miró como si no le creyese.

— ¿Entraste?

La razón de su pregunta era el que por décadas, gente de todas partes del reino —no del mundo—, tribus importantes, pueblos completos, herreros, comerciantes, nobles y hasta guerreros habían intentado todo, TODO, por intentan abrir, tumbar, aflojar, destornillar, tirar, machacar, patear, empujar, jalar o destruir la puerta sin éxito. Jamás nadie ha podido entrar en gigantesco edificio.

Esa era la razón por la cual siempre estaba abandonado. Se habían dado por vencidos...

¡Y ahora salía con que un niño de 10 años la abría a la primera!

Pero aquellas extrañas coincidencias, sucesos y experiencias la hicieron por creer que era pura verdad, y sombría escuchó las palabras, sin saber qué decir.

El ambiente era tan frío que podría cortarse con un cuchillo. Un desagradable escalofríos recorrió la espina de todos.

— Link ¿sabes la leyenda? —este la miró, como diciendo "por supuesto"— quiero decir, sobre las piedras...

Él, atinando su error, metió la mano en su ropa, cerca del pecho, y sacó con cuidado la hermosa gema del Coraje, Lágrima Verde de los Bosques. Era esquisita por si misma; ni la princesa pudo evitar una exclamación... seguida de un suspiro.

— Mi majestad Zelda —dijo, extendiendo la rareza a sus manos— este presente se lo entrego a usted, como encargo del guardián de los bosque Kokiri, para que lo proteja.

Ella lo abrazó (a la gema).

— Claro que lo haré.

Felices, Link y Navi intercambiaron una mirada. Ya había terminado su trabajo.

— Sin embargo, me temo que no son todas...

... O tal vez no.

— ¿Qué quieres decir? —vacilaron.

— To... todo esto es muy...

Ella no se atrevía a verlo; un rubor intenso carmesí le había cubierto toda la cara. Intensas lágrimas amenazaban con salirse de los ojos. Era la imagen de una persona agitada teniendo una lucha interna, y de la vergüenza no era capaz de ver a su interlocutor, cuando se había identificado magistralmente con él, como si fuese amigo de toda una vida, que alguien cualquiera, que se le conoce en no más de una hora.

— ¿Zelda? ¿qué pasa?

Ella clavó su mirada en la celeste de él. Tragó saliva con mucha dificultad.

— No... n-no son todas las piedras...

Suspiró.

Con sumisión, bajó la piedra, y miró vacilante las ventanas, como si así ella fuese absorbidas para ser libre y correr a cualquier lado.

— Zelda... —él se le acercó, y puso cariñosamente una mano en su hombro, mientras que la otra levantaba con delicadeza su hermoso y suave mentón— puedes decirme cualquier cosa que quieras, tranquila. Por ti, como mi amiga, haría cualquier cosa que quisieras. No lo dudes.

— ¿E-estás seguro?

— Sí.

El recolector, Héroe del Tiempo...

— Bien... aparte de esta piedra del Coraje, existen dos rocas más; la del Poder y Sabiduría. Como veras, esta tiene en forma de lágrima. La de la sabiduría es azul, y tiene forma de corazón. La última, llamas rojas, como la que se describen en la leyenda ¿vas comprendiendo?

Asintió.

— Verás... el detalle es que, como sabrás, la Trifuerza está formada por tres partes, y estas están esparcidas por el mundo, en los lugares más incógnitos del reino. Pero cosas muy extrañas ocurren últimamente y siento en mi ser de que se está corrompiendo dicho poder. Es por eso, Link, que ocupo de tu ayuda más que a ninguna otra persona ¡eres la única que me cree! La única que a ciencia cierta ha tenido los mismos sueños y sucesos que te hace capaz de enfrentar esta tarea ¡tienes que ayudar! Tú sólo puedes.

... cumplirá las leyes de la Princesa del Destino...

— ¿Pero ayudar en qué?

— Ayudar a que la Trifuerza no se destroce en pedazos. Uno de ellos está contaminado, y terminará con contagiar a los otros dos... por eso, Link, ocupo tu ayuda para que recojas a las deidades, para así protegerlas y usar su poder para unificar y purificar al tercero. Yo me encargaré de eso, pero no puedo salir de este palacio... no, yo sola no puedo... peto tú sí... por favor, Link, di que me ayudarás... por favor...

... con el fin de unificar al tercero, el Rey de Ladrones reflejado por espejos.

De repente aquello cobró sentido...

Sin embargo ¿qué quería decir "El Rey de Ladrones reflejados por espejos"?

Bueno... todavía es muy pronto de mostrarlo a la luz.

— ¿Verdad que me ayudarás? —suplicó, mientras ponía las manos en su pecho, con la cara recorriéndole varías lágrimas de sus ojos zafiro.

Ciertamente, Link dudó un poco, pero recordó con quién trataba, su amiga, aquella que tenía las mismas preocupaciones y sueños que él. Todo aquello era raro. No podía ser sólo coincidencia. No podía.

— Lo haré —respondió, y ella lo abrazó con un sentimiento tan raro que no fue posible de descifrar.

Lo único malo es que Navi no tenía la misma respuesta. No se había conmovido... ¡es más! Ni le importaba aquella cosa. Sólo había ido ahí por la promesa que le había dicho a su protector, el estimadísimo Árbol Deku, y ya cumplido salvada su cuenta. Ella iba a regresar a su casa, y ahí se la iba a pasar, importándole un bledo que demonios iría a parar al kokiri, no se quería ni meter, y no se metería. Bufó exasperada, y ya iba a retirarse de ahí volando, cuando volteó, observando una figura que, casi por acto de magia, se acercaba con paso lento y curioso a la entrada del jardín.

— Bien. Déjame de decirte dónde están y cómo llegar a ti. Sé que no serviré de mucha ayuda aquí, pero haré todo lo posible para que se haga más fácil ¿está bien? —ella sonrió, cuando Link asintió— sé que la Piedra del Coraje se encuentra en los bosques, protegido por el guardián, ya que esta era su misión. La de la Fuerza, está en el lugar en el punto más caliente sobre el reino, esto es decir, que debe ser por el Volcán de la Muerte, más allá de la villa Kakariko, al noreste del reino. Y la de la Sabiduría en la zona más profunda, húmeda y fría de los mares y lagos. Eso deja, claro, la parte del lago Hylia, o el círculo de hermandad de los Zoras, al este.

— ¿Cuál está más cerca de aquí, para empezar?

— El del Coraje. La villa Kakariko está a unas cuantas horas en caballo, y no te tomará más de cinco. Es relativamente poco, comparada con la familia de los Zoras. Ya desde ahí, hay un camino de cuatro horas de escalada por una montaña, donde hay un sendero, el cual conduce directo a la cima del volcán.

— Entendido.

Ella asintió. Él hylian le besó la mano, y se despidió de manera demasiado galante para él, viéndose bien. Se dio vuelta, y se encaminó al final del jardín, donde una mujer con aspecto extravagante le esperaba, con una mano en la cintura. En la otra traía consigo una carta, con un curioso y bonito listón.

Él balbuceó algo. Miró a Zelda de reojo, la cual tenía una mirada nerviosa en su cara.

Aquello era inesperado. Los habían descubierto.

Más, para su sorpresa, ella se inclinó tan pronunciadamente, que era como si en vez de ser un simple plebeyo fuera un príncipe.

Con la voz más dulce y profunda, la alta mujer se presentó:

— Yo soy Impa, la encargada de cuidar a la princesa Zelda Hyrule.

— ¿Cuidar?

— Sí. Soy su nana, si me entiendes. Bien, joven Link, sabía que vendrías.

— ¿Así...?

— Es gracias a Zelda, la verdad —contestó traviesa, mientras le dirigía una mirada a él y a su hada.

Ella se inclinó y le puso una mano en su hombro, como lo había hecho Fouquet, y el señor Talón hace no mucho tiempo.

Más la sensación no era la misma.

Tal vez se derivaba a que apenas la conocía y todo venía demasiado rápido para procesarlo su orden.

Ella le entregó con, después, la curiosa carta en sus manos. Tenía sello de la Familia Real, y era del pergamino más limpio y caro que se podría conseguir en su mejor calidad.

— Esto podría servirte en cualquier parte de tu aventura. Es un pase ilimitado a cualquier parte del reino donde esté protegido o escoltado por un guardia de la Familia Real (no funciona con Gerudos...). Lo mandé hacer como mi firma y letra cuando Zelda me lo encomendó, preocupada por su sueño, preguntándose si aquel susodicho chico con hada, iría a buscarlo, y si así aceptara, hacerle más fácil el trabajo. Veo que tuvo mucha razón y visión al destino, así que no debes de sorprenderte. Yo estoy enterada de todo, y confío plenamente en ti.

Muy agradecido, sólo alcanzó a inclinarse.

Navi fue la única que notó que el rubio había tomado la ley o la postura de igual con esa señora obesa del perro perdido.

— Bueno, mejor vamonos de aquí. Yo misma te escoltaré y te acompañaré a la entrada, ¿bien?

Él asintió, no sin antes dirigirle una última mirada a Zelda, la cual observaba, con esperanza en sus ojos, al chico, aun cuando este ya no fuese posible verle al doblar la esquina del jardín.

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Era mediodía, y el sol estaba en su punto más alto, semi ocultado en las alas nubes de verano.

Justo afuera del pueblo, para ser más exactos, unos metros más allá del puente, Link, Navi e Impa caminaban con dirección al este. En algún punto, la nana real se detuvo, y le dijo al muchacho:

— Si sigues directo y sin detenerte, llegarás mucho antes de que se oculte el sol a la Villa Kakariko. No te preocupes. Pero si quieres, puedo llevarte en una carroza para que no canses.

— Está muy bien, señora, pero prefiero caminar, me aclararía más la mente de lo que tengo ahora.

— La verdad, muchacho, veo que eres una lindura, la amabilidad y coraje personificada. Está bien, vallan, aquí los estaremos esperando, y si ocupan alguna otra ayuda, no duden en pedírsela a la princesa o a mi.

Link se quitó el sombrero y saludó al aire. Le dio la espalda y acompañada del hada a lo poco se perdieron entre la colinas.

Impa se había metido las manos en una chaqueta azul que llevaba puesta, y entró con paso calmado y algo tuteante al pueblo.

Pero se quedó en el suelo, al sentir la frívola mirada del ex general Nicolás Fouquet desde la puerta de su despacho.

Ella lo conocía bastante, y era un personaje tan cabrón que por algunos instante no se atrevió a respirar, siendo imposible doblegar la mirada.

¡Y estamos hablando de Impa! ¿se imaginan de que calaña es esta mujer? Hasta el mismo rey la respetaba.

¿Y por qué no decirlo? El mismo rey admiraba al desdichado hombre amigo del granjero Talón.

Pasaron así unos instantes, y los demás guardias, algo asustados de ellos, empezaron a murmurar. Aquellos murmullos la regresaron en sí. Parpadeó. Y le regresó una mirada llega de furia al ex general, pero sin tener lejanamente los mismos resultados. Digna, levantó la cabeza y se fue firme, para desaparecer como la Sombra de los Ciudadanos que era por el pueblo, que estaba en la misma grilla conocida.

Fouquet por algunos instantes salió, con la poste reservada y firme que le caracterizaba. Observó las lejanas y recónditas colinas por donde el chico rubio, con el cual se había encariñado, y su amiga el hada se habían marchado.

Se quitó el sombrero y se inclinó.

— Espero no caiga como juez al concurso de disfraces.

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