Ays… y tengo hasta el capítulo 12…
Todo esto no es mío, es propiedad de Nintendo y de Shigeru Miyamoto.
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Capítulo VII.
El Camino hacia el Dorado.
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Eso decía el cartel:
Villa Kakariko
A Faldas de la Montaña de la Muerte
Tan simple y explicativo que ni la estatua de la de la diosa Atenea con su descripción se explicaría mejor. Paf, paf, paf, el niño hylian y su hada mascota subieron, entre zancada y zancada, la larga hilera de escalones, tan rápidos y cansados como el joven que va a prender con el fuego del Fénix el gran Platón.
Una nube espesa y sofocante se elevaba unos centímetros del suelo, entre el pasto reseco y rocas crispadas contra las heladas corrientes proveniente de las colinas elevadas de la gran cordillera que estaba justo a su frente.
Tras el trayecto, que había durado horas, con escasas distracciones y diversiones, el dúo estaba en estricto y completo silencio a no ser absoluta y vitalmente necesario. En efecto, hasta evitaban mirarse. Pero no eran exagerados, sino comprensivo tal vez, hasta cierto punto. Una, que por la simple diversión y excitación que le causaba ver sufrir al otro como el Cid, que expulsado, seguía peleando tierras y tesoros por su rey sin ninguna palabra o promesa de ser justamente pagado más tarde. Era la especie de guardián que dirige a su Judas o Milo al abismo, tras un capricho para reírse algunos instantes.
Era repugnante aquella insensibilidad de su parte; pero era aun más estúpido pensar que el muchacho se quedase con la mente en la Edad Media, sin justificación propia a la que tenía Rodrigo Díaz de Vivar.
Esa era la razón por la cual ella se quedaba.
Por otro lado, aunque no lo crean ustedes, el pequeño rubio era todo, menos estúpido. Tal vez pensaran eso por todo lo que hace y se hace pasar. Es obvio para todos que el mismo se desprecia. No lo dirá, pero bien puede leerse en sus acciones. Era todo, todo, menos estúpido.
Suponiendo que su amor propio no fuese correspondido para si mismo, lo reflejaba en todos los demás; su combinación de reflejo, inteligencia y astucia lo habían logrado a sobrevivir por un periodo de 10 años en casi la más completa soledad e independencia. No se quejaba, y no tenía ganas para hacerlo. Apenas iniciar el viaje del Mercado hasta ahí, con una mirada le exclamó y propuso contrato de que nadie de los dos se hablaría, si no había razón razonable de por medio.
Ella firmó.
Fueron esas las condiciones de nuestro dúo al subir y detenerse al final de las escales que daban dirección al cielo. Literalmente, la villa estaba en el seno de la cordillera que era la Montaña de la Muerte.
Detuviéronse ante un gran portón de madera, sobre guardado por dos guardias dentro de trajes y logotipos reales. Con señal de respeto, se inclinaron antes los hombres recelosos e imponentes, notando con profunda sorpresa a que eran más feroces e inteligente que los Castillo. Pidieron identificación.
Link les mostró la carta Impa le entregó.
Se miraron mutuamente, y sin replicar ante aquella forma tan importante como si el mismísimo rey fuese el que la notificase, se hicieron a un lado, abriéndole uno directamente la puerta, que estaba bajo llave.
A ninguno se le escapó el detalle que sendos guardias poseían un único y sólido arete de oro colgado en el lóbulo de la oreja izquierda.
Apenas pasaron, la puerta se volvió a cerrar, preguntándose por qué tanta precaución ahí. Les dio igual, pero cuando voltearon, ninguno pudo suprimir el grito de sorpresa que se les escapó.
La Villa Kakariko era por excelencia el lugar más bello e impresionante que jamás habían visto. Era francamente hermoso. Rodeados colinas, hacían honor a esta y las cordilleras donde estaban construida; elegantes edificios de comercios, casas y demás yacían incrustadas, montadas una sobre otras, en lo alto las paredes gigantes de fina piedra dirección al cielo, con aire majestuoso y moderno, donde la comunicación entre ellos era, como también para el suelo, escaleras, alguna de madera y otras de hierro, con detalles finísimos, nada que envidiar a las paredes barrocas del Castillo. Era una especie de ciudad flotante, casi surrealista, donde nadie que jamás la haya visto daría crédito si un tercero se las contara.
Eso era a los costados; en medio otro tanto. Una extensa arboleda hacía total sombra, y era cien veces más fresco que el campo Hyrule. Podría ser bien tan grande, pero mucho más larga, que el mismísimo Mercado, y lleno de vitalidad y frescura que la Tribu Kokiri. Cientos de hylian estaban caminando alegres de la vida de aquí y allá. Señoronas con sus amigas con cestas llenas de frutas y verduras (que revelaba que esa era su mayor aportación comercial) con sus jóvenes y viejos esposos platicaban caminando o comiendo en los restaurantillos locales mientras decenas de niños jugaban a las tentadas o a la cuerda.
Link sonrió melancólicamente, recordando cuando él, Saría, Apolo, los trillizos, Shina y Marín hacían lo mismo.
Pero eso estaba en el pasado.
Caminaron entre la gente, pasando casi desapercibidos, llenándose de alegría y tranquilidad por el entorno. Ni Navi, que era más trágica y negativa que Link pudo suprimir un gemido de placer, observando la montaña de manzanas en unos de los escaparates.
Este, que no hacía mucho oído a las súplicas del hada a que derrochase todas sus rupias en comida, caminaba apacible por toda la arboleda, que a varios cientos de metros de ahí, cruzando por infinidades de casas y personas curiosas, llegaron lo que sería la plaza, es decir, un claro que seguía de una brusca precipitación y daba a tres direcciones diferentes. Alrededor eran puras casas, probablemente las más viejas y ancestrales del lugar, y escaleras. Como la de enfrente, que muy corta y angosta entre un edificio francamente grande en construcción, y una hilera de casas; la de la derecha, que era un poco más angosta y larga, entre el famoso edificio en construcción y probablemente la casa más espectral y grande de todas, y la de la izquierda, que subía una pequeña colina, y no dejaba de apreciarse bien lo que había.
Justo ahí, era apreciable a todo lo que daba el ser más omnipotente de la Villa. No debía nada de existir en toda aquella región, después, claro, del Volcán de la Muerte, que fuese igual de impactante como aquello. El Molino de Viento que movía imperiosamente sus astas arriba, izquierda, abajo, derecha... sin pararse, una y otra vez, tan viejas y algo rasgadas, que fácil era vacilar la mirada, como si aquello fuese un verdadero Gigante, como diría Don Quijote, en vez de ser una maquinaría simple como a la vez compleja e importante.
Se acercaron a ella, y, un poco después de las escaleras angostas, divisaron un antiguo pozo, que estaba olvidado en ese momento. Aprovecharon para sentarse y descansar un rato. Contemplaron con alegría el agua cristalina, donde reflejaba la sábana rojiza que cubría el cielo. Navi aprovechó para darse un chapuzón y Link para recoger y tomar agua desde su botecito de cristal colgada de su cinturón. Se relajaron, pensando que nada rompería aquel momento, cuando de pronto escucharon un grito muy cerca de ahí.
Link se levantó como un resorte.
Unos instantes después, la silueta de una mujer salida de una de las paredes del edificio en construcción, blandiendo una red gigante, pelirroja con falda larga y chaleco blanco con toques de café, volvió emitir aquellos espantosos gritos de furia, persiguiendo lo que era una sarta gigantesca de cuccos, felices y nerviosos, cacareando tan fuerte que si tuvieran labios en vez de picos escucharían carcajadas.
Dichos cuccos, que volaban y esquivaban con gracias los ataques que hacía la pelirroja para atraparlos con su red, se esparcían como la plaga por todas partes, pasando rápido sobre el dúo en rumbo dirección a la plaza.
Los gritos desesperados de la joven pelirroja se volvieron más bruscos y fuertes a cada paso que hacía. Lanzó un ataque vertical-frontal contra el cucco más cercano, que de un saltó la esquivo, riendo de lo lindo.
Aquella gallina se elevó un metro del suelo, evitando otro ataque derecho-horizontal de la mujer. Se paró sobre el bastón de la red, y ante la mirada impactada de ella, dio otro saltó sobre su cabeza de 360 grados, aterrizando al otro lado, mirándola como si la retara a continuar.
La adolescente no se hizo el rogar. Saltó con agilidad sobre la maldita gallina, pero con moverse un paso a la derecha la evitó. Le picó la cabeza, como quien da un maestro a su alumno cuando fracasa una prueba.
Soltó un grito que prácticamente toda la Villa debió escucharlo. Le lanzó la patada, pero la cosa se posó en el zapato con una gigantesca sonrisa de cucco malévolo. Con el bastón de la red intentó aturdirla, logrando, sólo, lastimarse el dedo gordo.
Dio saltitos sobre un pie intentando sobarse el miembro magullado, cayendo de sentón. Miró con sus ojos gigantescos y expresivos al animal; se quitó el zapato y le golpeó.
El cucco, mudo por la impresión, le lanzó un fuerte picotazo en la maceta, y luego feliz por su venganza, levantó alas al cielo, corriendo en dirección de la plaza.
Ella gemía y lloraba de dolor y de vergüenza.
Con la boca abierta, Link se le acercó titubeante. Navi estaba que se moría en el agua. Alguien conocido deseaba inconscientemente de que se ahogara. Ella le dirigió la mirada de soslayo ¡perfecto! Ahora ya era posible morir de vergüenza. Le miró desafiante como si aquel desconocido soltase la carcajada en cualquier momento. Para su sorpresa, hizo todo, menos burlarse. Le tendió una mano. Desconcentrada, la tomó tímida, y en poco tiempo se encontrada reincorporada, medio coja por el dolor del pie. Ladeó un poco la cabeza, pues la sonrisa del rubio le parecía... ehm... rara.
— ¿Te duele? —preguntó él.
— Uhm... sí, algo... —contestó, sin cambiar de mirada.
— Se nota que no eres muy diestra —exclamó, con una expresiva mirada.
Ella se le quedó viendo atónita, como diciendo "No... ¿me lo juras?"
— No soy de esas personas que hacen mucho deporte —susurró, mientras que Link probaba la aeromobilidad de la red como un verdadero experto.
Él lanzó una risilla.
— ¿Sabe, señorita? Yo hace tiempo tenía el mismo problema de usted con el manejo de este tipo de armas; pero con la práctica me e vuelto muy bueno. También sé atrapar cuccos sin que estos te atrapen a ti, pues lo aprendí en el Rancho Lon Lon, y ni se diga de ser rápido para cazar cosas ¡en mi aldea cada rato me ocultaban lo mío...!
— ¡Oh! no puedo creerlo ¿estás hablando en serio? —exclamó la pelirroja, que empezaba a comprender lo que el rubio le decía.
Navi, que también se había acercado, quedó muda, había comprendido también.
— Estoy dispuesto a ayudarla, señorita. Pero antes dígame ¿qué pasó?
Ella, anonadada a que esa inusual propuesta, suspiró derrotada, reconociendo que en aquel ocupaba más ayuda de alguien que en ningún otro momento. Condujo, luego de hacerle una indicación al niño y al hada, unos metros más allá, apuntando a un corral.
— Estaba cuidando —empezó a explicar— a los cuccos de mi hermano mayor, el cual es amigo del jefe de la aldea, pero me los encargó pues fue a visitar al señor Dampé un rato. No es la primera vez que cuidado a esas cosas; pero cuando entré para darles de comer, de pronto me caí por distraída y aprovecharon para abrir la puerta y ¡Diosas! Escaparon frente a mis narices. Llevo como una hora intentando atraparlas, pero ni una mendiga se deja, y francamente, estaría así días como si fuese yo el gato soso y gordo y ellos los inteligentes y astutos ratones en grupo... ¡ay, ay, ay! No estoy hecho para esto... estoy exhausta y apunto de llorar de coraje por esas cosas —añadió apenada, tocándose una mejilla ruborizada.
— Puedo ayudarla —volvió a decir el rubio.
Ella le miró como si tuviese dos cabezas.
— Pero... si apenas me conoces ¡no tengo con qué pagarte por eso, niño!
— Aun así. Ya le dije que para mi no representará ningún problema. Puedo ayudarla, si me lo permite.
Maravillada, la pelirroja le abrazó, lanzando un gritillo de alegría.
— ¿Enserio me ayudarías¿así como así? —cuestionó luego de separarle. Él asintió.
Simplemente no daba crédito a sus oídos. Pero le exclamó cuantos gracias fue posible replicar en lo que el se perdía en dirección a la plaza por las escaleras.
Navi, que no se había molestado en acompañar a Link, miró todo con ojos que ya esperaban ver aquella escena. Se giró hacia la pelirroja, que secretamente le miraba con curiosidad.
— Al contrario de él —replicó el hada—, yo sí estoy muy gustosa de un vaso con leche.
Fiel a su palabra, en media hora arrojaba con brusquedad y gusto a la últimas dos gallinas, luego de cinco vueltas, trayendo dos en la red y otra en la mano, respectivamente.
Los cuccos le miraron con odio, pero como eran cuccos, nadie les tomó atención.
La pelirroja gritó radiante como un niño con zapatos nuevos, bendiciendo a las Diosas por aquel angelito salvador. Se dirigió a Link, y agachándose un poco, pues aunque tenía 17 no era muy alta, le abrazó otra vez.
— ¡Gracias, gracias, gracias! —atinó a decir llena de gozo— ¡Oh, muchas gracias, niño, gracias, gracias...!
— No hay de qué —dijo luego de safarse.
— ¡De eso nada! —rezongó ella—. Me acabas de una buena que seguramente nadie en este pueblo haría ¡es imposible que no te dé una recompensa...! ... por aquí debo de tener algo...
— Pero, señorita ¿qué...? —exclamó Link mientras que la adolescente se metía con súbito recuerdo al corral, evitando a las enojadas gallinas, metiendo su mano en uno de los contenedores de alpiste.
— Esto es todo lo que tengo a la mano ¡cómo quisiera meterme a la casa y buscar algo mejor, pero esas cosas del demonio ya tienen grilla y sería una injuria pedirte que tomaras mi lugar! Quédate con esto¿sí?
Le entregó una botella de cristal, hermana gemela a la que tenía en el cinturón. Cogiéndola como un tesoro, pues bien conocía el potencial de esas botellitas, se la colgó.
La pelirroja dio un salto, que espantó al dúo.
— ¡Ay, ay, ay! A todo esto se me olvido haberme presentado. Mi nombre es Anju, Anju Sainz, y vivo enseguida de la casa del jefe de la villa —apuntó la colina sobre ellos— ¿cómo te llamas tú? Ya conozco a Navi, pero como no le pude dar su leche no me dijo ni J de ti.
— ¿Por qué no me sorprende? —pensó irónico—. Me llamo Link.
— Je je, curioso nombre —rió—. Oye, eres un kokiri ¿no es cierto? Si así es pues tu eres el primero que he visto por aquí, he escuchado que no es común que salgan de su bosque. Recuerdo que, cuando eran niña de siete, fui a visitar a mi abuelo que vivía allá donde antes existía una preciosa villa en el valle Gerudo, cerca de las Cataratas Hylia. A la mitad del camino hicimos escala y dormimos en unas chocitas cerca del bosque con otras gentes de muchos aspectos, y creo que vi alguno por ahí cuando me interne a curiosear, pero nunca lo vi completo. En fin, si supongo que saliste es que debe ser por algo importante ¿acaso ya piensan vivir en otro lugares, eh?
Link negó aquello, diciendo simplemente de que tenía curiosidad de ver el mundo, cosa que no era mentira, y que tampoco era verdad.
— Vaya ¡qué bueno eso! —exclamó encantada. Miró a sus lados con expectativa, como si encontrase ahí algún otro ser chiquito vestido de verde y con hada— y eso que... ¿no estás acompañado? —el rubio ya iba a puntar a Navi, cuando de repente Anju corrigió— no, aparte de ella ¿quién más te acompañada?
— Ehm... pues nadie más.
— ¡Cómo¿es decir que no te acompañó un amigo...¿y tus padres¿dónde están?
— ¿Padres? —repitió en eco el niño de 10.
— Por supuesto ¡ya sabes...! padres ¿dónde están? ... aunque, bueno, puede que me equivoque... me parece que los kokiris pueden parecer niños y puede que tengan 25 o 28... pero como te asemejo a uno de 10 u 11 es común que me confunda y crea que estas acompañado de tus padres.
— Si se refiere al Gran Árbol Deku... —empezó dudoso.
— ¿Árbol¡No¡Ya sabes...¡Padres! Progenitor, progenitora... tú, su hijo... esas personas que te cuidaran y educaran en tus primeras décadas de vida... ¡padres...! me entiendes o... uh-huh... ¿o es que usan otro término allá? —preguntó ceñuda, mirando confusa al niño.
Puede que ella preguntase en buena fe, pero no hacía más que empeorarlo.
— Ya capté tu idea —contestó algo frío—, es eso que tienen todos los demás, menos yo. No, no tengo padres.
Hasta Navi miró raro a Link por su contestación.
Anju, que había pensado lo peor, se sintió apenada por su conducta infantil.
— Lo siento...
— ¿Por qué?
— Si dices que no tienes... es porque debieron de pasarles algo.
Él formó una mueca cargada de ironía.
— Lo curioso es que ni siquiera yo sé qué les pasó a ellos.
Y lo extraño es que esa era la primera ocasión donde se preguntaba, al menos seriamente, cuál había sido la suerte de ellos, o mejor decir, quiénes eran. Tal vez era porque, en fin, aunque monótona y difícil hubiese sido su infancia, tomaba como figura paternal suplente al Árbol Deku, y maternal la bonita Saría; puede que esa haya sido la razón por la cual jamás se dio un Alto, y si se preguntó, fue sólo seguramente para agregar otro artículo más al "Fenómeno-Que-Le-Falta-Algo".
A ver, antes de todo, seguramente pensarán "¡Bien! Es huérfano ¿por qué tanto revuelo?" pues qué, adivinen. Ya comenté, y estoy totalmente segura de esto, de que la Tribu Kokiri era un lugar pacífico de las mil maravillas, que jamás se alejaba de sus bosques, vidas independientes a todo mundo o mirada indiscreta y que, para sumarle, estaba protegido mágicamente por el Árbol Deku: no monstruos ni nada de eso, o al menos no tan peligrosos ni mágicos como seres como el antiguo y bonito Gohma, que de por sí, es extremadamente raro que entrara.
Si un kokiri llegase a morir en aquel lugar, hay dos opciones: por la edad, o un desagradable accidente, que son escasos, muy, muy escasos.
... Para hacerlo más fácil: a ninguno le faltaba ni un padre; y el único que no tenía era el Deforme Retraso Sin-Hada.
"... su combinación de reflejo, inteligencia y astucia lo habían logrado a sobrevivir por un periodo de 10 años en casi la más completa soledad e independencia..."
¿Ya entendieron bien aquella parte?
Pero ya dejemos ver el lado por los kokiris, ahora veámonos por el lado que lo haría la raza hylian. Aquello, que si uno fuese huérfano o no, era como lo más normal del mundo, era lo que pensaba Navi. Pero... ¿y Link?
Pues bien: realmente no sabía quién jodidos era.
¡Ya ni daba credibilidad a su nombre! Todos los kokiris al menos sí tenían apellido: su nombre de pila, y luego, se les agregaba "Kokiri"; hasta Zelda, que era Hyrule según la regla del apellido dominante masculino, o Anju, que era Sainz ¡El señor Nicolás Fouquet! O bien, aquel susodicho Colbert; hasta los señores del Rancho Lon Lon, que por si no he comentado, también tenía, pero se los dejo a la imaginación (N/A: más de uno me matará por el "William Merchant Talón" y "Malón Merchant"...)
Era entonces Link sin apellidos, no sabía los nombres de sus padres contando que todos los demás afuera del bosque tenían su historia, descendencia y cosas propias.
Por el ánimo y la frente de Link cruzó una nube; queriendo mostrarse dueño de si mismo para no preocuparlas en sus crisis de identidad, dijo, sacudiendo la cabeza:
— Hablemos de este interesante pueblo.
Ellas parecieron comprender el súbito cambio de conversación; Anju, luego de dar algunas explicaciones de que ese pueblo era conocido como la Cuidad Flotante y el lugar del Molino entre otros, condecoró los lugares más importante y viejos de ahí; el Cementerio, que es todo un capítulo por si mismo, hasta la misteriosa y macabra casa de los Skulltula, donde se decía que sus habitantes eran convertidos por brujas y caballeros con trajes negros en arañas doradas, por el dicho de que el pescado como las visitan apestan a los tres días.
Más nada de eso llamó la atención como la peculiar historia del Molino del Viento.
— ... Será que ese monumento aun esté en uso, y sea primordial para la villa, pues ahí molemos nuestras cosechas y semillas, pero no te dejes engañar, ya que con facilidad supera los 400 años; es tan vieja como el lugar mismo. Pueden que sus astas estén algo viejas y rasgadas, pero como vez, nunca se a parado, o al menos no en lo que llevo viviendo aquí. Pero por todo lo que hagan, por todo, se los advierto, nunca entren ahí. Al menos no en lo que es la sala de la maquinaría.
— ¿Por qué? —preguntó Navi.
— Ahí vive un psicópata, un loco, un demente, ceniciento, zambo y jorodabo, con ojos diminutos que brillan en cuencas abismales, y su cabeza pelona, donde le falta un labio, como si alguien se lo hubiese desprendido, dejando ver su calaverica dentadura a todo curioso que tiene la osadía de molestarle. Dicen algunos, que es capaz de enloquecer con sus melodías chillantes y enfermas al más cuerdo de los cuerdos, y también de matar, si es que tiene las ganas de hacerlo. Es hostil y antisocial con todo mundo, vive sólo, y todo lo que es el molino, pues el salón de la maquinaría es enorme y ni se cuente el laberinto que está detrás, conectando cámaras funestas y pasillos que desembocan en acantilados, donde habitan los fantasmas de todos aquellos que alguna vez fueron pobres almas desamparadas del Cementerio de la Villa Kakariko, deambulando ahí, sin la posibilidad de ir al cielo por un trabajo faltante o la sensación de no sentir nunca paz. Hay veces, y lo creo por que lo e visto, que la vieja madame de tienda de pociones se la pasa de ahí y allá con su minino, y es la única persona que se atreve a visitarlo como si nada. Si la vieras, te da un frío de los mil demonios ¡y ya quisieras que la tierra te tragara para que esos glaciales ojos azules te quitara la mirada encima! Es horrible, toda una bruja de occidente.
— ¿No bromeas?
— ¡Oh, claro que no! Te garantizo todo a que es verdad.
Link dirigió una mirada admirable al monumento del pueblo, que paso totalmente desapercibida para las dos mujeres.
Minutos después, se vio cómo Link y la hada se alejaban del corral agitando y despidiéndose sonrientes de la pelirroja, que se les quedó viendo, perdiéndolos de vista cuando cruzaron y doblaron una pared del edificio en construcción.
— ¡Bueno! —exclamó su compañera— está tardecino. Si mis cálculos son correctos, aun es tiempo para ir y llegar a la Montaña de la Muerte. No creo que deba de estar a cuatro o tres horas de aquí si escalamos, aunque me parece que el Árbol Deku me dijo en una ocasión que existía un sendero algo perdido y peligroso, por monstruos, rocas y Gorons por ahí...
— ¿Y por qué le Árbol Deku te diría cosa semejante? —miró de soslayo Link, pues parecía más entretenido en buscar un camino o escaleras cerca de una pared, al fondo.
— Ya te dije que me educaron sobre cultura, historia y geografía desde que tengo edad para aprender, y el Gran Árbol Deku, que aunque es un objeto incapaz de moverse, se las ingenió para conocer TODO Hyrule.
— ¿Cómo le haría? —preguntó distraído, en las mismas.
— Pues dijo que un amigo búho suyo se lo platicaba... oye... ¿qué estás buscando?
— Escaleras.
— ... ¿Y para qué?
— Para... ¡Ah, mirá, ahí hay! Como son negras no las noté.
Corrió hacía una pequeña construcción de escalones de madera seca y apolillada por la edad, conectada a un esqueleto de hierro con barandal también de madera, tan pútrida que si uno la tocara, daría la sensación de que de desasía como esponja pasada. Link empezó a subirlas ya que estaban en un ángulo de 120°, y con algo de precaución. Navi estaba con signos de interrogación, y dio un grito lastimero cuando conoció el destino de esas escaleras, nada más ni nada menos que a un pequeño descansillo, conectada a la puerta que se servía de entrada a la maquinaría del Molino.
Apenas llevaba el rubio unos 20 metros sobre el duelo, pues, efectivamente, el Molino estaba construido sobre una colina que era quizá la más grandes de todas, tan alejado de todo. Era un silencio espectral, como el que se forma cuando el Juez entra en su corte, o el padre violento luego de un mal día de trabajo a la sala con su mujer.
Aquella perspectiva daba escalofríos a la hada, con aire macabro ante el oscuro gigante, ante un cielo rojo como la sangre, y ante un niño que tenía ya por si solo crisis emocionales.
— Link, dime una razón decente por la cual cometes tal estupidez.
Él paró ya casi al final del tramo, mirándola penetrantemente.
— Ocupamos un lugar donde dormir. Anju no puede, pues vive en una casa que tiene ocupadas todas las habitaciones. Si el dichoso hombre este, que dicen que está loco vive solo en un lugar tan grande, puede que nos ignore y nos dé esquina cualquiera.
— ¡Cielo Santo! Es lo más insensato que he oído ¡no lo hagas¿no ves que está loco?
— Hey, a mi me dicen loco y mira lo cuerdo que soy.
— Sólo haces que me tranquilice —chilló sarcástica.
— Dime sólo curioso.
— ¿Ya sabes que la curiosidad mató al gato? —preguntó inquisidora.
— Si quieres llámame Linkat —contestó, poniendo su mejor cara de gato.
— Qué gracioso.
— Link ¡no jodas! No estamos en el cuento del Quijote para que tú, imitación de hidalgo, lo intentes. ¿Qué no prestaste atención a la charlatanería de esa chiquilla? Escucha lo que te diré¡NO-VAYAS-AHí! —gritó.
Harto, este puso la mano sobre la manija.
— ¿Qué es lo peor que puede ocurrirme?
— ¿Qué te mate con esa canción que Anju dijo? —contestó, fingiendo ser indiferente.
— ¡Tonterías! —murmuró, abriendo la puerta en par en par.
Sin prestar mayor atención al chirrido que este formó, chirrido que, seguramente, tuvo que llegar hasta los oídos de la princesa Zelda, a pesar de estar a kilómetros de ahí. Con pesadumbre entraron a la abismal sala de maquinaría del Molino, casi a ciegas, aun de ser ensordecedor por las múltiples varillas, tuercas y engranajes que aun en el máximo estado de oxidación cumplían fielmente su trabajo. Algo cohibido, Link cerró la puerta, mientras que Navi, que estaba en total repugnancia a la aventura, veía como obligación acompañarlo, aunque sólo fuese para iluminar el 1/4 de la sala. Era terriblemente simple, pero eficaz y muy laborioso.
Un eje principal atravesaba el suelo al techo, atravesando un agujero en el piso de madera, el cual sería la única entrada para el Área de Procesamiento, que efectivamente, estaba debajo de la planta, con una puerta que estaba casi enfrente del pozo.
Arriba allá en el techo, varios troncos de madera con refuerzos de hierro quedaban perpendicular a una especie de plancha que estaba al ras del suelo, frente a los pies del hylian, que por culpa al tronco de madera que estaba sujetado, era movido en su propio eje en forma circular, gracias al movimiento de las astas, que imparable, como el viento, hacía mover los engranajes justo debajo de la plancha, que debía de continuarle, pero desgraciadamente no se veía.
Con la sala completamente vacía, su silencio sepulcral y molesto del engranaje, no es de sorprenderse que, con suma cautela, dieran un rodeo a la plancha, para acabar justo al lado de la habitación, que gracias a la luz que despedía Navi, divisaron la silueta de unas viejas escaleras de caracol que se elevaba hasta un descansillo que comunicaba a una segunda puerta. Esta, ligeramente entrecerrada, estaba justo en un hueco aun más oscura que la boca del lobo, parecidas a la entrada que alguna vez debió de haber visto Dante, rumbo al infierno.
Abrieron la puerta. Vacilaron. No era posible, ni con la luz de la amiga azulada, ver más allá de 5 metros. Parecían unas escaleras espantosas e interminable, reflexionando si el rumor aquel de la cueva debajo del cementerio era cierto, y si bajaban efectivamente iban ahí.
"Tonterías" aquella palabra penetró en la mente del hylian. Cerró los ojos soltando un profundo suspiro, a la vez que iniciaba el descenso.
Más espantada que un conejo al divisar al zorro, Navi soltó una exclamación, si acaso aquello podría empeorar. Y recordó el viejo dicho "Nunca es suficiente". Maldijo a viva voz al bastardo desgraciado que inventó aquella frase, pero decidida, aunque no tanto, se puso adelante del rubio para evitar que se resbalase y se rompiera la crisma en dos trozos, pero, irónica, se dijo que aquella piedra que tenía en lugar de cabeza era tan dura que ni aun tirándose del cráter de la Montaña de la Muerte hasta el fondo del acantilado conseguiría rasguño alguno.
En cuestión de cinco minutos, el suelo repentinamente desapareció, y Link cayó rodando un par de metros más adelante, en lo que sería una gran puerta de piedra abierta.
— Uhm... ¿estás bien? —preguntó curiosa ella.
— Sí... creo... —gimió.
Observando de soslayo la puerta, que como dije se encontraba abierta, al fondo se divisaba la nada, armonizando con el ambiente oscuro y tétrico del lugar. Miraron ambos lados, derecha e izquierda, sin encontrar nada interesante en particular, a excepción de dos siluetas de puertas, sin manojos ni nada, sólo un gran hoyo que daba a otra parte, pero tan largos que dudaban si tuviesen fin alguno.
Decidiendo al tin marín, Link cruzó la del extremo izquierdo, preguntando con voz queda:
— ¿Hay alguien?
Sin contestación alguna, llegaron a una segunda habitación, si bien mismo número y similares puertas, con la única diferencia de que un foco colgado del techo, algo viejo y parpadeadle se mecía de aquí y allá, apacible a todo lo ajeno del mundo. Parpadearon un par de veces. Link, ya resuelto a seguir adelante tomó la puerta del extremo derecho, siguiendo preguntando con su vocecita de tenor si alguien estaba ahí, haciéndole eco la voz soprana del hada, que lo hacía para distraer sus nervios a otra parte.
Cruzaron el largo sendero, finalizando en un grito agudo por parte de la delia.
— ¡Santo Cielo¡Un acantilado¡En medio de la nada¡Qué sorpresa!
Este iniciaba a tres pares de pasos de donde estaba Link justo en el sendero de la puerta. Qué fortuna que una linterna movible estaba de su lado. Seguro era que otro más desafortunado terminaría fuertemente lastimado en su caída, o muerte, si contaba ese día con una estrella de mala suerte.
Era prácticamente la habitación más amplia y claustrofóbica de toda la zona de la Villa Kakariko. Era inmensa, quizá seis veces más grande que el cuarto de la maquinaría del Molino o la plaza del pueblo. Obscura, húmeda, con cientos de familiares vampíricos despertando de su sueño allá de cabeza en el techo, que por cierto, no se llegaba a ver claramente, pues una intensa sábana azabache la ocultaba de mirada indiscretas. Un acantilado, como el vivo reflejo de su cielo, producía un sonido seco de viento atrapado, haciéndole tres veces más frío en condiciones normales. Aunque no eran confiable, pero si destacantes, una estrecha hilera de escaleras ascendían en forma de caracol por toda la circunferencia de la habitación cilíndrica, en un grado de 60 grados. Estaba toda incompleta y suelta. Se veía inestable, a pesar de estar hecha de piedra, con una inusual combinación de ladrillo.
Con cuidado, el niño subió aquellos escalones pegado lo más posible a la pared, mirando de soslayo a veces el fondo del abismo, mientras que Navi, para no darle un infarto, había volado hasta el extremo final de las escaleras, que era la entrada a otra habitación no mejor iluminada que sus hermanas.
Sin atraimientos Link llegó con ella. Se introdujeron en la habitación.
Luego de pasar un pasillo con forma laberíntica desembocaron al final del camino. Para los que deben de haber jugado el tema de este dichoso fic, lo identificaran e imaginaran al instante, como el lugar que en algún futuro, Link conocería al señor Dampé para ser retado en una carrera, recompensado si salía, atrapado para siempre si perdía.
Más la diferencia que careciendo aquella luz blancuzca proveniente del techo, gracias al hoyo de la lápida que comunicaba al exterior, estaba vulgarmente sustituida con una lámpara de aceite sobre una opacada y astillada mesa con comida encima, qque por su estado de descomposición estaría dos días sin ser tocada, más una silla a cada extremo, una con un sombrero colgando desde el respaldo, y la otra volcada, con un gran chal púrpura cubriéndole.
Como disco rayado, un extraño aparato musical postrado aun lado de la sala tocaba una y otra vez una pequeña pieza sin sentido, llegando a ser harto y molesto, tanto, que Link, que a diferencia de Navi la cual sobrevolaba y metía dedo a la comida, se agachó junto al tocadiscos conectado a un gran megáfono. Apenas tocaba la aguja para acomodarla, cuando un estridente grito, proveniente de la puerta, lo paralizó en seco haciéndole levantarse de un golpe.
No podría decirse hombre, pues aquel sujeto que corría hacia él para lanzarlo de un golpe a un extremo, y cogiera su preciado instrumento, era desagradablemente deforme, con joroba y cara desfigurada, como a alguien que se le arranca los labios, dejando ver su incompleta y larga dentadura.
Navi se giró hacia su compañero y al ver al extraño tuvo el impulso de ponerse junto a él, pero una garra quizá del tamaño de su cabeza casi la atrapa en seco, y evitando aun cuerpo chiquito y nervudo con la agilidad de un gato, que le correteó por toda la mesa, y dos metros encima de ella, dio un grito, mirando exasperada a los pares de ojos ambarinos del felino que se relamía los bigotes, sin perderse el menor de sus movimientos.
El sujeto miró con odio y desdén a Link, que luego de reincorporarse, estaba trémulo a cada uno de sus movimientos, llevando inconscientemente sus manos al escudo y la espada.
— ¡Ya lo decía yo¡Detesto a los niños, los detesto¡No saben apreciar la música, por eso los odio¡Lárgate antes de que te desoye vivo, lárgate, ya! —chilló como un loco el músico.
Obedeciendo en redondo, Link se dio la media vuelta pero se detuvo en el acto, cuando la sombra de una anciana con una gran nariz y ojos como el hielo se posaron sobre él, abarcando todo el umbral.
Parpadeó perplejo, con una peculiar sensación de estar entre la espada y la pared. La anciana miró músico con cara de circunstancia.
— Zahos, estos señores han tenido la amabilidad de visitarnos, no es justos que, aunque hayan probado nuestra comida sin permiso, o intentar cojer nuestras cosas, nos comportemos incivilizados ¡corriéndolos, si me atrevo a decir! —es probable que en labios de otra persona, con voz más amena y melódica fuese para justo para Link y Navi, pero el tono socarrón e irritable que les mandó la vieja, sólo les hicieron poner toda la sangre fría que les quedaba.
Para repararlo, Link al menos intentó darles una explicación, con el único pensamiento de salir rápido de ahí.
— ¿Hospedaje... dices? —masculló incrédulo Zahos, rompiendo en una carcajada.
— ¡Sí, el lugar está para cinco estrellas! —manojeó ella— ¡de una vez te damos la cena y ahí está tu cama! Dime ¿Quieres mi chal para taparte, mi'jo o te conformas con la capa de moho que crece a metros?
— Bueno, fue un error venir... Navi, vámonos.
Antes de que Link lograse avanzar seis pasos, o que la hada bajase evitando al felino animal, la anciana, con sorprendente rapidez para su edad, selló de golpe la puerta. Le miró, igual como la vez que Fouquet paralizó a Impa aquella mañana.
— ¡Oh, creo que no! Ya es muy tarde para irte, ladrón ¡delincuente! Ir y entrar en la casa de otro sin permiso, recorrerla a su antojo, comer su comida o intentar tocar cosas ajenas e importante para el dueño es algo que no tolero. Te irás, si puedes, luego de que te demos un pequeño presente, maldito curioso ¡A ver si así aprendes a respetar a tus mayores!
— Por cierto —continuó la bruja de occidente— me encanta tu hada, a pesar de que percibo que no sois kokiri. Dime ¿me la prestarías para matarla, y así hacer con sus cenizas mi poderosa y mística poción azul?
— ¿Qué?
— ¡Zahos, la música!
— ¡Cómo amo esta parte¡Cena nueva esta noche! —chilló él poniendo el disco y mirando como un completo sicótico al crío— ¡Jajajajaja!
Un sonido chirriante, como sobrenatural, inundó la sala que por su forma hacía un eco natural, simplificándola cientos de veces, y que, si es posible decir, empezó a carcomer y destruir los tímpanos del dúo que hacían lo posible para taparse los oídos.
Zahos y la anciana parecían tener inmunidad, porque el gato se había hecho ovillo, escondiéndose en las faldas de ésta. Respetando el vals de la demoníaca canción, la bruja empezó a bailar en círculos al tú por tú sobre el niño que estaba casi encogido sobre sí, gimiendo a viva voz.
— ¡Escuchen! —gritó ella— ¡Bailen, y bailen, disfruten la bella canción de la locura¡La canción de las Tormentas¿no es hermosa? —agarró con fiereza el brazo del chico, como si fueran un dueto— ¡Oh, música que guarda en su interior el magnífico y letal poder del clima en tempestad! Sólo los osados con atreverse a perderá, mueren en el intento, y si uno logra sobrevivir, tiene que tener un interior tan tempestuoso, lo que definirá el poder de la lluvia que dudará minutos, días, hasta meses con invocar bien a su demonio!
De repente paró el baile, mirándole con penetración. Para ese momento, sus orejas elfinas ya deberían de estar en tal estado degradante que lo volvería sordo, más seguía encogido, arrastrado más que bailando con su capturadora. Con una mano larga y filosa uñas como las de un gato, prensó su cara obligándole mirarle de frente.
— Tú no eres normal.
A tal descubrimiento, Zahos, desconcentrado por el cuadro, trastillo la mano de la agarradera de la caja, cortando la melodía de las Tormentas una diminuta fracción de segundo, pero tan suficiente que el primer movimiento mecánico del pequeño hylian fue golpear la mano que le aprensaba. Se alejó de un impulso casi cayendo por su peso, y de un sordo movimiento abrió la puerta en par, precipitándose también la hada, que por ser mágica había demostrado tener más resistencia que él.
Zahos ya iba a correr tras él para que con la misma melodía, se resbalase de seguro y cayera por el abismo, más su amiga le detuvo con un movimiento.
— ¿Está vez qué, Thei? —gruñó.
— Sólo déjalos.
Él le miró mal, mas no le desobedeció.
No era necesario que el hombre tocase la canción con el fin de hacer tambalearlo, pues casi el pánico estaba apoderado de él, más consiente, o todo lo que podría estarlo una persona en aquel estado, resbaló cuando algunas tablas se desprendían del suelo, haciendo que la bajara fuera más rápido. De un trancazo, abrió la puerta de hierro deteniéndose en seco justo en el barandal que se cayó por el impacto, y en tres en tres, bajó la larga rampa de 120°.
¿Quién fue acaso aquella sombra que pronto se internó con la obscuridad, perdiendo el rastro al ponerse entre las callejuelas de las casas? Se debieron de preguntar las pocas gentes que veían el cielo nocturno de la madrugada por sus ventanas, antes de ponerse el pijama y echarse a dormir.
Aquello no era posible... no podría ser cierto...
Se decía que la Trifuerza se dividía en tres partes ¿no es cierto? Fuerza, Coraje y Sabiduría, y que una representa a nuestro querido Héroe del Tiempo ¿Pero quién dijo que el Coraje trata sólo de valentía?
Tembloroso, se acurrucó sobre una pared, mientras que Navi intentaba recuperar la respiración. Aun sentían en sus oídos cada nota de la sinfonía, dudando seriamente si algún día la podrían obligar. Algo fría, pero sí en casi igual estado, se puso aun lado de él, no sabiendo qué decir.
Miraron alrededor a la primer corriente de aire glacial de la noche, y si se puede decir, el tembló dos veces más fuerte no pudiendo imaginar su aspecto mal trecho para entonces. Link se quitó el sombrero y se lo puso en sus manos, comenzando a frotarse el pecho, con Navi justo debajo de este, cuando en un rincón cualquiera en ese callejón vieron una caja, que se pusieron encima.
No podían ir casa de la señorita Sainz, pues esta les dijo que sólo con orden e identificación del jefe de la villa o del rey se lograba pasar un camino tan custodiado de noche que, cuando se le perdió un día, a pesar de conocer a uno de los guardias, tuvo que guardar cama en casa de una amiga. Comentando entonces Link del pase especial de Impa, Anju ladeó la cabeza, pues sólo el rey podría aparte de un jefe de su reino, y ni con esa firma podrían pasar... y no conociendo a nadie más...
No lograron dormir sino mínimo media hora antes, sin siquiera reparar en el demencial cielo que por causas misteriosas, de la nada se habría cubierto de nubes negras, sin derramar ni una sola gota.
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El rey había estado tan impaciente y nervioso para la hora de la cita, que cuando el reloj de su habitación tocaron el toque de la cena, tuvo media hora de retraso cuando al fin bajaba y le habrían la puerta al elegante y ostentoso comedor. Como había planeado, hizo pedir que sólo asistieran él y el señor mayor de los Gerudos, en una amplia mesa cubierta de todo tipo de manjares, sentándose en la cabecera cada uno. Aparte de ellos, dos sirvientas a los lados postradas, una en la puerta principal, y otra la puerta que daba a la sala de cubiertos conectada a la cocina, muy jóvenes y bonitas, rubias, con vestidos azules y bonito delantal, para moverse en el menor capricho de los grandes señores del todo el reino y más allá.
Cuando llegó, Ganondorf, que informando que no se sentaría a menos antes de que llegase el rey, se le inclinó con aire solemne, cosa que ser posible, puso a Daphnes aun más nervioso de lo que estaba.
Y es que tenía razones. Hasta las sirvientas con miradas intercambiadas, notaban el rarismo de tener a bandos tan distantes y opuestos marcados por guerras y enemistades mutuas de hace siglos, que el nerviosismo era palpable, casi tanto para cortarlo con un cuchillo.
Aunque el rey intentaba por todos los medios calmarse, respirando profundo y limpiándose cualquier gotita indiscretas con su pañuelo de seda. Más el otro, aquel hombre moreno y de constitura gruesa y elegante, estaba más sereno que el niño cuando duerme sobre el regazo de su madre, con éxito magistral.
Y era eso por el cual Daphnes estaba en ese estado.
Y aparte, no podría tomarle con un inferior, como si fuera un simple representador o un senador, o alguien de alta clase. No. Estaba con alguien que metafóricamente también era rey. Era un igual. Ni más, ni menos. Tendría que adoptar con él una representación real de al tú por tú, por extraño que fuese para él. No era así con nadie, ni con su difunta esposa, o si lo era apenas con Colbert (Fouquet con más frecuencia... en otro tiempo) mas nunca en público.
Suspiró nervioso, e inventando cualquier excusa para romper aquel silencio.
— Siento haberme tardado... —las sirvientas se atragantaron ¿El Rey Daphnes disculpándose? Y fue ahí cuando entendieron el rango exacto del otro— pero estaba buscando un traje apropiado para la ocasión. No suelo tardarme —una sirvienta miró mal a su compañera cuando el primer retraso de saliva se atoró con el segundo ataque—, pero quise hacerlo especial.
— Majestad —habló por primera vez Ganondorf— puede tardarse cuanto guste. Es la persona que me brindó hospitalidad en tan lindo lugar, que si su señor quiere hacer cualquier cosa, estoy yo acomodado perfectamente en el.
— Oh, qué gentil sois, monseñor —alegó, jugando inconscientemente con su pañuelo.
— Para servirle, Majestad —dijo con caballerosidad.
El rey se le quedó mirando otro tanto, y luego pensando de que él, anfitrión, debería sacar cualquier tema, y rápido para no aburrirlo, dijo la primer desfachatez que se le vino en mente.
— ¿Está lindo el clima?
La sirvienta que se había ahogado con su saliva tosió abruptamente y tan fuerte que el rey dio un salto en su asiento. Cuando se recuperó, vanamente miró de soslayo la sala, encogiéndose como lo haría un niño en el rincón al primer regaño de su padre.
— Lo siento, Majestad... no volverá a pasar...
— No¿verdad? —dijo en doble sentido este. La pobre muchacha se estremeció— dile a Lucy que venga, tú ocúpate en la cocina por mientras.
Ella asintió toda abochornada, y más corriendo que caminando, desapareció por la puerta detrás suya.
Llegó otra joven casi exactamente igual de cara, sólo que con cabello más corto y castaño.
El rey sonrió como su costumbre, y luego dirigió la mirada al frente, como encontrarse una idéntica a la suya, pero los ojos escultores del Rey de los Ladrones le regresó todo, menos eso, con semblante de observar todo, hasta el más insignificante detalle, desde la mujer, la forma de actuar de su contra maestre y el resultado. Daphnes carraspeó y agarró lo primero que estaba frente a él: un gran pedazo de pierna de cerdo.
— No es vegetariano¿verdad? —preguntó divertido, al ver como el moreno se servía sopa.
— Muy lejos de eso —contestó, mientras la probaba.
— Esta es la mejor comida que podrá encontrar en el mundo... ¡o al menos aquí! —corrigió cuando Ganondorf frunció el ceño.
— No se engaña de eso, aunque ¿me haría el favor de pasarme la sal? —preguntó aun ceñudo.
— Claro, hijo. Lucy —la aludida se la tendió en la mano. De repente Daphnes sonrió divertido— ¿le falta sazón, o qué?
— Sí. Le encuentro... raro... —a pesar de echarle un buen de sal, seguía ceñudo. Así que comparó la cantidad que le hecho, con lo que estaba antes. Tuvo como siguiente acción en quitar la tapa al salero y volcar el bote boca abajo hasta el último gramo, para el escepticismo de las sirvientas y del mismísimo rey.
El gerudo soltó una sonrisa cuando el rey se llevó maquinariamente un vaso de agua a la boca, mientras tomaba su sopa como si fuera lo más delicioso del mundo, sin mueca alguna.
— Tome en cuenta, Majestad, que vivo en una región extremamente árida y utilizamos la sal como primer recurso primario para nuestros alimentos y conservación de agua en el cuerpo. ¿Acaso usted no a escuchado que nuestro comercio principal es la herrería, construcción y extracción de sal en túneles?
— Oh, claro que sí. Es más, una vez fui allá —informó nervioso.
— ¿En serio? —Ganondorf por alguna razón se hizo el ingenuo.
— Sí. Hace años, años que fui... me tocó la época de ver aun la magnífica ciudadela en medio del Valle Gerudo. Era hermosa, ciertamente.
— Lástima que no quede nada desde hace 10 años... —dijo simplista, encogiéndose de hombros. El rey se estremeció.
— Bueno, pero para eso estamos acá reunidos ¿no es así? Para que cosas como esas nunca jamás vuelvan a ocurrir de nuevo.
— Yo no estaría tan seguro —pensó Ganondorf escuchando toda la propuesta del rey mientras tenía pose reflexiva.
Así discutieron de cosas políticas por lo menos media hora, que con suerte de uno y estratega de otro, se encontraron con algo medio ameno, mas no aburrido. Pero el rey, por capricho y otra cosa, cuando Ganondorf mencionó otra vez aquella guerra y su visita en la ostentosa ciudadela, se puso increíblemente incómodo, así que tomó otro cambio de conversión, que su compañero predijo consideradamente.
— Y bueno... ¿te ha tratado bien la vida, eh? Seré cuarentón y algo viejo, pero sé de todo sobre todo sobre mi rango y mundo. Tengo entendido que es joven. ¿Qué edad tiene?
— 28 —sentenció.
— Ah... ¿y siempre has vivido allá en tu... fortaleza?
— No. He viajado a muchas partes cuando tuve la edad mínima para ser el jefe definitivo, así que no se preocupe. Conozco y he visitado las famosas regiones de Hyrule aun antes de venir acá, aunque admito que es la primera vez que veo el castillo.
— ¿Es muy mencionada la familia real en tu región?
— Por lo menos para mi sí.
— Oh... ¿y... jeje... aparte de esta junta política... vino aquí por algo en especial?
Touché.
— La verdad, sí, Majestad —Ganondorf clavó su mirada sobre el hombre que lo miraba como un fantasma, y decidió divertirse un poco, aunque sea por una noche— soy muy interesado en historia ¿sabe? Leyendas... cuentos, mitos, crónicas, líneas familiares... es un hobby mío. Ya que estoy en la capital, quisiera comprobar y redirigir algunas de mis teorías, como el famoso Templo del Tiempo.
— Está sellado desde hace siglos.
— Pero alguien tendrá que abrirlo algún día, tal y como alguien tuvo que cerrarlo alguna vez.
— Tal vez... monseñor.
— Diosas, Majestad ¿está bien? Lo veo pálido —notó Ganondorf cuando el rey se tambaleó, por una sensación de vértigo.
— ¡Estoy perfecto, hijo! No se preocupe en absoluto. Entonces, monseñor ¿le gustó la comida¡qué bien¿le acompaño a sus habitaciones.
— Si usted lo desea, por supuesto, Majestad.
— ¡Oh, qué bien! A propósito, espero sea gustoso al críquet. Mañana por la mañana preparé un juego, como es mi costumbre estos días de la semana. Mi hija estará presente también. Me gustaría que la conociese, aunque tiene una cuidadora algo celosa, pero es también buena gente. Le gusta el juego¿verdad?
— ... Algo.
Críquet... ¡Perfecto! Aplaza los días con tus juegos, mi rey.
— Bien. Marchemos.
Y el rey Daphnes se levantó. Esto es decir, la cena terminó.
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Con papel en mano, el guardián (que carecía del arete de oro) del último tramo de la villa les miró como si fueran una especie nueva de alienígenas invitándole una taza de té en su parada de turismo. Con toque afeminado, se rió de ellos, preguntando incrédulo que decían la verdad y no jugaban al decir que iban de parte de la princesa (juzgando por el pase) hasta la cima de la Montaña de la Muerte, voto a bríos por qué razón. Link le miró mal, y con un sermón bien planteado de su deber, que no era jugar con una ridícula máscara de zorro amarillo, era estar ahí para vigilar a que nadie pasase, si es que iba alguien, con el punto de alguien iba a pasar, por un caso de extrema importancia.
Él se encogió de hombros, diciéndoles que en realidad no le importaban, y si querían ir, con el pase, ya iba. Pero eso no significó de que dejase de burlarle llamándole "Héroe" al límite de que Navi explotó y le discutió, lanzando tales injurias que el afeminado, algo dolido, juró que si regresaban no le iba abrir las puertas, o al menos no él.
Se encogió ella de hombros, con cara arrogante cuando Link literalmente le grita que se acerque, pues no estaba dispuesto a regresar por sus caprichos. Algo entendida, ella cabeceó y se acercó al rubio, empezando al fin la subida a la Montaña de la Muerte.
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