Todo esto pertenece a Nintendo y a Shigeru Miyamoto, a excepción de unos personajes que agregué.
Y continuando con la saga...
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Capítulo IX.
La Montaña de la Muerte
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Una espeluznante vista encontró sus ojos: ellos estaban de pie en el borde de un gran campo negro, tan intenso que Link no podía distinguir los bancos distantes, en una caverna tan alta que el techo también estaba fuera de su vista. Una brumosa luz rojiza brillaba lejos en lo que parecía ser el centro, reflejándose en las paredes totalmente inmóviles. La luz rojiza y la luz de Navi eran las únicas que rompieron por una parte la terciopelada oscuridad, aunque sus rayos penetraron en lo que Link había esperado. La oscuridad ahí era de algún modo más densa que la oscuridad normal.
Caminaron por un borde que derivaba cerca de las quejumbrosas paredes, entrando en distintas y superficiales cámaras que Darunia, hace unos minutos, les había explicado con más detalle. Según él, luego de encontrarse con dos hileras de puentes naturales de derecha a izquierda de la cámara principal, donde debía ser el principal punto de reunión.
Navi revoleaba cerca de él.
Ellos caminaron sin parar pero la vista no varió: aun lado de ellos, la áspera pared de la caverna, la extensión limitada de la luz vidriosa en la oscuridad. Navi encontró el lugar silencioso y opresivo, intimidante.
El frío que los aprisionaba desde el inicio cambió a desaparecer conforme se movían entre las vacías cámaras, ascendiendo en un puente que las cruzaba desde su techo conectada por pequeños túneles hábilmente cortados. Link tosió cuando un vapor caliente le golpeó la cara, sintiendo como le molestaba los ojos. Llorosos, siguieron la silueta del túnel, que daba a un lugar que era iluminado con intensidad de la fuente de la luz rojiza. Efectivamente, como dijo Darunia, el lugar era muy parecido a un horno; con el aire sofocante y el color carmín en las paredes rojas y quebradizas era muy difícil hacerse bien el paso, pero cuando llegaron aquella cámara, les tomó unos instantes en acatarla bien.
Estaban quizá varios metros del suelo, como si fuera el tercer nivel de un edificio de dimensiones amplias y bien sostenidas. Desde el punto donde ellos estaban un puente de cuerda iniciaba cruzando hasta el otro extremo, que era aproximadamente una plaza que comunicaba a otro túnel que desaparecía. El puente en sí estaba viejo y mal cuidado, ladeado en un curioso ángulo casi vertical, con una de tres partes de tablas quebradas por su estado de descomposición. El techo aun seguía invisible, pero eran perceptible varias clases de murciélagos que le clavaban la mirada.
Pero abajo, era el punto del problema.
El fondo de la cámara principal era amplio y pedregoso. Enorme, comunicado con varios túneles que debían de ser las minas de extracción de las rocas comestibles de los gorons. El silencio desapareció cuando un rugido sonoro perforó el aire caliente intensificándolo varias veces. Era muy parecido a las de los perros roncos cuando tiene hambre, como un ladrido grave y largo, sonando otros pares más, de unas sombras que caminaban con facilidad cerca de un arrollo de magma que circulaba por dos de tres cuartos del piso.
En medio del mar escarlata sobresalía una especie de isla de roca despejada por esas cruzas primitivas de lagartija y dragones; es el único punto realmente estable de la grilla que se golpeaba y gruñían entre ellos. Realmente, esa era la única entrada directa que Darunia debía de haberse referido para llegar al rey.
Dio un suspiro, viendo cómo bajar.
— Ese puente no me parece seguro.
— Ya lo sé¿pero qué quieres que haga? Volar?
Navi inspeccionó la zona. Link realmente no podría comprender cómo ser aquello. Si tuviera una especie de gancho... o al menos algo de sentido común, habría traído desde hace mucho una cuerda o picos para descender en aquella montaña. Si fuera goron ¿cómo lo haría...?
Por alguna razón le llegó la palabra "Saltar, que sois duro como una piedra...".
Sólo que en su caso, la piedra lo rompería a él.
Se dejó caer todo agotado contra una pared, con la cabeza inclinada para adelante y posando sus brazos en las rodillas. Parpadeó un par de veces cuando sentía que los ojos intentaban descósele sin que ni él mismo supiese por qué, pero se sentía muy adolorido, y no por el ambiente, de eso estaba seguro.
Era... era una sensación de aprehensión en el pecho, palpitante como la cien de su cabeza. Le dolía suavemente por ese lado, pero más que dolor era incómodo, como si nunca se fuese por culpa de un pesado costal sobre su cabeza, balanceando con cuidado a que no resbalara y se fracturase el cuello.
Muy al frente, casi invisible entre el vapor, la silueta de Navi revoloteaba incesante sin encontrar nada equitativo a la ayuda.
Unas bolitas negras encontraron su mano al instante, al moverse inconscientemente hacía un costado. Las levantó. Eran granadas azabache, que arrancó de una diminuta planta verde con rojo. Quedó en trance. Eran muy bonitas y titilaban los colores reflejados de las paredes, impregnándolas de un precioso rojo sangre, como la copa de vino tinto sobre el fondo de seda negra de la ropa del amante.
Jugó con ella entre los dedos, como canicas grandes que se movían de manera superficial sin siquiera molestarse un tajo. Sus manos eran demasiadas suaves y tersas para alterar cualquier químico de su interior.
Miró un par más a pocos centímetros de la recién flor cercenada. Crecían en hileras hasta perderse en una hendidura húmeda por los vapores de las rocas mineras. Se inclinó entre ellas, repitiendo en la mente palabra por palabra que Elder le dijo sobre esas preciosidades.
Fascinantes... bombas de extractos naturales.
Observó el precipicio sobre el mar escarlata por un momento, y luego, la gran escultura blanca donde estaba la entrada hacia el Rey Dodongo. Pegada a la pared, hacían una especie de cerco que con su agilidad y tamaño era capaz de bajar con facilidad. Se irguió para ver si abajo estaba un dodongo particularmente, y no advirtiendo ninguno, sonrió triunfal. Cogió con casual cuidado todos los retoños de las flores-bombas, cogiéndolas desde su cinturón. Sin avisar a Navi, ya que para ellos tendría que gritar a los cuatro vientos, brincó desde el desconfiadle puente a la roca albina.
Tocó tierra con un pequeño golpecito.
Observó furtivo alrededor, congelándose por una fracción de los dodongos. Eran muy diferentes de ser vista desde arriba que a escasos cinco metros de ti.
Equivaldrían quizá al tamaño del Gohma que Link se enfrentó con coraje dentro de las entrañas de su padre, o quizá más terrorífica sin ser exagerados. A diferencia con el arácnido, estos eran reptiles gigantes con cabeza pequeña y ancha, cerca del color gris y ébano seco. Una especie de coraza natural los blindaba en cada uno de sus centímetros menos en la cola larga y flexible que no dejaba de agitarse de lado a lado golpeando así las patas cortas de sus hermanos, dando la imitación se ser ciegos.
Porque casi lo eran. Sus ojos estaban sobre la cúspide de su gran cabezas de un enfermizo blanquizco opaco enfocando verdaderamente mal. Tampoco debían de ser muy sensibles al tacto o a los sonidos. Daban tales chillidos desgarradores cuando entre hermanos se mordían unos con otros para pasar que deberían de estar sordos a las pocas horas de nacer.
Link tembló de que quizá su mayor sentido sería el olfato, demasiado lógico para seres que viven entre terrenos obscuros y poco espaciosos; pero como abajo el aire se condensaba hasta hacerse asfixioso dudaba mucho que con cierta dificultad lo descubrieran.
— Hola.
Suprimió un grito cuando Navi habló por atrás.
Le reprimió con una mirada, sonrojado. Miraron al enfrente...
— Nunca podrás pasar por allí, son como 50.
— ¿Los contaste?
— Sí. Pero acá al lado está la entrada. Sólo vas al frente, ese lugar donde hay como 3 ahí empinados y tomas a una sumidera que se forma sobre la lava. Corre y llegas a la cámara.
Link se limitó a observar la superficie aplastada por los dodongos. Sin plan de ataque o algo de refuerzo imaginó la escena de él arrojando una semilla explosiva con su resortera al otro lado de la sala, aprovechando la distracción secundaria para internarse en su meta final; pero tanto aquellos lagartos como sus congéneres golpeaban con tal fuerza las paredes que más de tres cuartas partes se iban abajo con diez segundos contados, así que no era probable tampoco.
Rezó de que acertara. Con un tinte de miedo cogió la semilla ¿iba acaso explotar por la fricción con el cuero de la resortera? O acaso no iba a llegar tan lejos como convenía? Se alargó hundido, apuntó a un punto suelto y dejó a su suerte la preciosa bolita.
Explotó al impactarse en la oreja de un dodongo. Dio un potente salto agitándose violentamente contra otros que su cuerpo se convulsionaba en el piso propio a una lombriz atravesada en su orgullo por un alfiler. Dio un salto dirección a la cámara, sintiendo en la piel un erizamiento parecido al agua helada de un río cuando te zambullen con brusquedad en él. La sombra de esas criaturas se volteó a presentir los menores taconeos de sus botas lanzándose como una fiera como si para eso hecho. El güero le esquivó barriéndose hacia su derecha, se agachó cuando la cola similar al látigo se le acercó por el frente, y como si fuesen escalones, llegó a la pequeña isla chocando casi de frente con un dodongo. Le miró de lejos como si no le mirara doblando a su derecha perdiéndolo del área de ataque.
Curiosa teoría. Recordó por un instante el hecho de que aquellas recientes crías no cabían de los lugares que hace pocos días tuvieron que salir, como si apenas salir de su huevo cruzasen el umbral hacia la cámara principal, y una vez ahí como si cada roca que degulleran los multiplicase en tamaño.
Navi reflexionó su pensamiento helándole cada vez más imaginando el tamaño que tendría el Rey Dodongo si acaso el sólo se había tragado el valle que se abría en un ángulo de 90° para abajo; quizá, la "cámara principal" era más pequeña que el vértice aquél iluminada por una intimidatoria luz rojiza en su fondo, silenciosa y a simples rasgos muy, muy tranquila. La roca de ahí era demasiado blanda y Link casi se cae cuando al asomarse aquél pedazo donde estaba parado se quebró de repente desparramándose en una caída de no menos que 60 metros; las paredes del foso estaban rasgadas como si algo, en gran cantidad, hubiesen escalado con fieras garras y colmillos; los hijos incubados por su progenitor hermafrodita.
Dieron el descenso, o es más, Link fue el que lo dio, ya que Navi sólo le bastaba con volar. No pudo evitar un pequeño tiño de envidia, pero sin quejarse más de lo necesario, al estar los últimos metros cerca del suelo se soltó, aterrizando seguro en el fondo.
Circular, muy bien excavado, con una pequeña laguna de magma frente a ellos. Sofocante. Observó a todos lados.
No había nada cerca, a excepción de la cumbre de cascarones de huevo regados y hechos trizas a los pies del pequeño montículo de rocas donde estaba. La situación. La pequeña montaña resopló, haciéndole perder el equilibrio y estrellarse al suelo.
Link, mientras se erguía todo mosqueado por la clara y yema, observó por el rabino del ojo que la montaña se erguía incondicionalmente de su cómo letargo disgustada por el brusco despertar, estirando pesado y enorme cuerpo. Desentumió sus patas y quedó en ese lapso, enfocando al frente sin mucho interés, quieto... gracias a las Diosas que su aspecto les dejó sin aire. Navi no fue capaz de lanzar un alarido ni Link moverse en lo más mínimo, oculto tanto a la vista por los caparazones y olores, exactamente idénticos a sus crías y a ella misma.
El Rey (o reina, la verdad no tenían género) observó un curioso movimiento cerca de su pata izquierda y se volteó, acercando su descomunal cabeza a escasos metros del kokiri, que se pegó todo lo que podía al suelo, aguantando la respiración. Los ojos blanquecimos reflejaban la mirada de Link. Su corazón latía tan fuerte que pensó que se le iba a salir por la garganta.
Le ofalteó con fuerza, haciendo que el pegajoso pelo y ropas revoltearan hacia aquélla dirección. Tenía los ojos abiertos en par en par, ladeando la cabeza como indeciso del ser deforme que estaba tirando en el suelo. Era una suerte de que se guiase por el olor. Se irguió dándole la espalda, caminando con paso pesado hasta la pared, golpeando con su cabeza haciendo que varios fragmentos de rocas se desprendieran comenzando a comerlos.
A cada golpe que daba, era un temblor más para la ciudadela. Debían de estar demasiado cerca de su base entonces, relativamente debajo de ellos. Link se irguió con dificultad quitándose el exceso de yema con el filo de la espalda. La tomó en con las dos manos en dirección a la cola del Rey Dodongo, único punto no blindado de su cuerpo.
La blandió en el aire, corrió hacia él clavándola con profundidad en la punta de la cola.
Fue como si aquel monstruo le hubiesen clavado una estaca por la espalda. Se movió tan violentamente que Link cayó para atrás varios metros de él, mientras se convulsionaba de dolor tambaleándose por los lados. Se estabilizó apenas miró como depredador hambriento al chico que se sostenía pesadamente sobre sus pies.
El ataque había comenzado. El dinosaurio infernal parecía lento cuando caminó amenazante hacia el rubio, pero sin duda debía ser difícil esquivarlo. Lanzo un grito de guerra y corrió hacia él, Link siguió la línea y ya estaba literalmente debajo de él cuando se tiró a la esquina desigual mientras que la potente cabeza del Dodongo la azotaba destruyéndola. Se tapó con el escudo salvándose de los fragmentos que se clavaban como agujas en este. El Rey agitó con brusquedad la cabeza casi pegándole, pero rodó aun costado, pegado lo más posible a la pared, corriendo hasta ponerse detrás, donde blandió nuevamente la espada en dirección a la cola pero el dinosaurio al mismo tiempo se dio la vuelta estrellándolo hasta el final del pequeño pasillo, tardando varios segundos en recuperarse.
Pensó que, lo último que vería, sería la planta del pie del Rey Dodongo sobre él, acercándose inevitable, cuando Navi sobrevoló sobre sus ojos lanzando su polvo paralizante produciéndole una fuerte irritación. Se levantó en patas traseras y cayó de espaldas moviéndose como tortuga volcada. Link se dio vuelta, boca abajo en el piso, atinando sólo a irse en zancadas a la cola del Rey Dodongo, cercenándola con la guiada la punta.
Dio un salto sobre si, todo cabreado. Abrió la boca aspirando una gruesa bocanada de aire que fue capaz de arrastrarlo hacia delante. Link sólo atinó a correr en dirección opuesta cuando una llamara incineró todo a su paso. Trastabilló antes de doblar a la izquierda soltándose la mayoría de las semillas bombas que tenía enganchado en su cinturón. Explotaron de forma potente. Casi voló y por poco evitó caer en la laguna de lava, deteniendo momentáneamente al Rey Dodongo.
Se erizó y hundiendo sus garras en el suelo se impulsó hacia delante enrollándose teniendo el torpe aspecto de un feo erizo. Link gritó cuando casi aplasta al ahijado, que todo aconjonado se pegó lo que pudo a la pared. Era un juego ridículo, demasiado cansado. El Rey Dodongo golpeó la pared y corrió con la boca abierta mientras aspiraba aire hacia Link, en plena mitad del pasillo.
Sólo atinó su cerebro a moverse para atrás. Estaba sentado, bocarriba, sin siquiera notar de que su espada o el escudo habían salido volando metros lejos de él. Tanteó casi histérico para atrás, chocando su mano con la última granada que no alcanzó a perderse. La miró una fracción de segundo. Cuando sus ojos chocaron con la imagen de la gran boca del dino a escasos 5 metros la arrojó con toda la fuerza que fue capaz de reunir, hasta taparse voltearse, cubriéndose inconscientemente la cara con los brazos.
La bola negra salió en dirección al viento, entrando con brusquedad pero suave entre la carnosa garganta del dondongo. Apenas se topó con la lumbre que estaba a punto se salir, reaccionó en cadena, destrozándole prácticamente todo su estomago con otros órganos cercanos.
Se detuvo en seco, dando arcadas violentas mientras se balanceaba por su propio peso hacia los costados; chocó de manera desagradable con la pared a su izquierda, terminando inmóvil en la laguna de lava a la derecha, de costado, arrastrado por la corriente muy, muy lentamente al fondo, quemando rápidamente la grasa y piel. Navi y Link, aun en el suelo, miraron hasta que fue imposible divisarlo.
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Salir fue otro cuanto aunque no tan alegre. Más muerto que vivo, Link logró escalar con mucha dificultad hasta estar en la superficie del agujero que daba a la cámara principal. Los dodongos ahí chillaban al cielo totalmente locos, como si supieran la desafortunada suerte del progenitor, tan perturbados que no sabían cuándo una muchedumbre de gorons llovió sobre sus cabezas haciendo cosas que Link no quiso saber, y que ni Navi quiso decir.
Mientras daba un hondo respiro acostado en alguna parte de aquella cámara secundaria, sin disgustarse en lo más mínimo la gran mano que Darunia le planteaba, una muy gustosa invitación para salir de ese infierno.
— ¡VIVA! VIVA! VIVA, VIVA! VIVA, VIVA!
— ¡SON NUESTROS VALIENTES!
— ¡SALVADORES! GORO!
— ¡ESTO ES UNA FIESTA! AL FIN FESTÍN PARA TODOS!
El gritó eufórico de la multitud se elevó por todos los rincones de la Ciudad Goron. Todos ellos, todos los que participaron en la liberación de su preciada mina, estaban siendo abucheados por miles de voces que brincaban a su alrededor. Darunia levantó los brazos como otros treinta gorons que estaban particularmente radiantes con alguna que otra cortada superficial por ahí; sin embargo, cuando el Gran Hermano dio a Link un empujoncito al frente, tronó quizá la felicitación más ensordecedora de todas.
— ¡Mis Hermanos! —gritó a viva voz Darunia a todos ellos, mientras que con otra, indicaba a Elder que se acercara con un almohadón rojo sobre sus manos— ¡He aquí la victoria de nuestra lucha y es digno de celebración! —el publicó tronó de sobremanera y esperó a que se calmara— ¡Sin embargo, todo eso sería imposible si este kokiri llamado Link y su amiga el hada, Navi, no hubiesen intervenido a detener al Rey Dodongo, le debemos todo, un aplauso!
Link se inclinó torpe pero galante al publico enloquecido. Navi había adquirido un raro pero precioso color plateado, revoleteando sobre él. Realmente estaban eufóricos, sorprendidos, olvidando el cansancio con el cual habían entrado apenas salir de la caverna. Estaban en la zona que Link había visto se bifurcaba por la escalera. Era enorme y quizá cinco veces más grande iluminaba con unas lámparas desde lo alto. Estaban en un estrado que Guthy, uno de los treinta gorons, le había dicho que era el lugar donde practicaban su deporte favorito "Carrera de Gorons".
— ¡Y quiero aprovechar, ante todos ustedes, queridos Hermanos Gorons, que haremos una excepción en este caso quebrando quizá una antigua regla de nuestra hermandad! —varias caras cambiaron sus caras alegres a la de incredulidad, y luego a alegría entre ellos, como si sabían de qué se estaba refiriendo— ¡Y por supuesto, será hoy y aquí presente! Elder, el brazalete.
Con la gracia del más fino cortesano, Elder se inclinó contento ante el Gran Hermano, que tomó con suma delicadeza una pequeña pulsera de oro puro con incrustaciones de rubíes del más delicioso corte, por lo que cualquier rey haría lo que fuese para tocarlos. Darunia se inclinó ante Link, que no entendía qué pasaba, y un silencio se formó, sin quitar la vista de enfrente de la magnífica escena.
— Y esto es, Link, el simbolismo de que tú eres parte de nuestra comunidad. Estaríamos muy orgullosos de que lo aceptes.
Le tendió el brazalete. Notó con repentina sorpresa que las piedras preciosas formaban la imagen de la mismísima Ruby Goron. No sabía que hacer y miró de la cara del Gran Jefe al objeto. Tembloroso, la tomó, poniéndosela lentamente en la muñeca izquierda.
— ¡Ahora eres, Link, nuestro Hermano —gritó Darunia— esta es tu casa desde hoy y para siempre!
El bramido de los gorons se hizo más potente con cada segundo que pasaba, aplaudiendo como locos. Todos le miraron, hasta Elder había dejado el almohadón uniéndose al mar de sonidos; pero sin duda ninguno tuvo tan gran efecto que Darunia, más lento pero fuerte, le aplaudiese.
— Ahora, estoy completamente de tus capacidades, Hermano —anunció entre el coro— y estaré así por todo el tiempo que te conozca ¡Por eso, tal y como nosotros los gorons, teníamos una vez de amigo a la tribu kokiri, confiaré tal y como lo hizo el Árbol Deku sobre tu misión! Te hago merecedor de nuestra querida reliquia. Sea lo que sea que hagas con ella, confío de que será a tu juicio y no dudaré.
Todos dieron un gritó radiantes mientras observaban cómo Darunia se ponía sobre una rodilla por unos segundos, poniendo la Ruby Gorons en la manos de Link, que la levantó, para que todos fuesen admirados por su belleza.
— ¡AHORA EL FESTÍN!
Darunia le puso la mano a Link en la espalda de forma amistosa, aplastándolo. Le sonrió nerviosamente mientras caminaban a una mesa que había estado perpendicular a ellos todo el tiempo. Era enorme, lo suficientemente grande para que todos los gorons de la ciudad se sentaran a su alrededor, mientras lloraban entusiasmados al festín que estaba en los platos principales, tan grandes como el tamaño de un dodongo.
Link se sentó entre Elder y Dumby, que estaban por la parte derecha del asiento de Darunia. Los gorons adultos cogían los platos, los llenaban con una gigantesca dotación de roca suave, color rojiza y se lo pasaban hasta los últimos. Por un momento a Link no le importó si las cosas tenían pies ni cabeza, pero charlaba entusiasta con Dumby y Elder, escoltados por Darunia, que traía una sonrisa de oreja a oreja.
Cuando los platos llegaron a ellos, y ojo, los últimos en servirse a decir verdad, Link, tanto como Navi (la cual aun no estaba tan familiarizada con ellos) notaron de que el suyo lo traía una mujer goron de una de las casas, tapada con una cacerola.
— Yo se muy bien que no puedes comer rocas de esa especie como nosotros —alegó la doña feliz de ser ella la encargada de darle la comida al nuevo Hermano, alejándose campante a su lugar.
— Sí —Elder, con sus gigantes lentes, levantó un dedo con cara de sabelotodo, embozando una sonrisa divertida—, por supuesto tú no puedes comer rocas crudas, son demasiado duras para tus dientes. Me pregunto cómo habrá cocinado esta vez Milta.
— ¡Ella cocina delicioso! —canturreó Dumby, mientras otros a un lado de este hacían muecas de querer ver qué obra había preparado esta vez.
Levantó la tapa. Lo que vio le impactó.
Una-roca-al-horno.
— ¡DIOSAS! —gritó con ojos gigantes un gorons tirando baba sobre la mesa.
— ¡Qué envidia! —Elder se tapó la boca, obviamente para que no vieran su baba.
— ¿Es al horno...? Es un manjar, Hermano, qué manjar!
Link no sabía qué decir. Para empezar no sabía si se lo podía tragar. La roca rojiza, en realidad estaba tostada y era un color perdido entre el chocolate fuerte y marrón. Era quizá el triple de blando que las demás rocas que sus nuevos Hermanos comían, y tenían encima algo parecido a miel. O al menos a eso sabía.
— Será mejor que te lo comas —susurró de un lado Kal— o estas aves de rapiña te lo robarán.
— ¡No molestes, Kal!
— Huy¡Tú no eres mi niñera, Luo!
Link soltó una risita.
— ¡Mejor vamos a compartir! Agarren lo que quieran —anunció feliz, mientras, para no parecer descortés, rompía un pedazo y se lo echaba a la boca. La sensación más cercana a eso era parecido cuando se mastica y tragas tierra con una pizca de azúcar. Link había cogido una roquita en el piso y la usó como cuchara para agarrar un poco de miel, lamiéndola feliz. Link no tuvo de otra que imitarla, pero más discreto, es decir, como todos, con las manos.
De repente notó que algo faltaba...
— ¿Dónde está el señor Darunia?
— Dijo que ya volvía —murmuró Dumby saboreando cada pedazo de la roca-al-horno. No había agarrado mucho para dejarle al nuevo Hermano algo, viendo feliz que los otros invitados habían picado también poquitas cantidades.
— ¿Dónde estará...?
— Ehm... ¿Hermano?
— ¡Dale! Llámame Link —dijo con una sonrisa. Elder se la devolvió.
— Noté de que no has agarrado nada de tu roca. Realmente no puedes comer eso ¿verdad?
— No, al menos que quiera tener cáncer de estómago... ¡en serio! Puede pasar.
— Navi... no ayudes.
— Mmmm...
Elder pensó por un momento, poniéndose una mano en el mentón. Luego de unos instante se levantó presuroso murmurando un "¡Ya vengo!" corriendo todo lo que el daban sus patas a una parte particularmente lejana a ellos. Intercambió unas palabras con un goron mayor y se levantaron, torciendo unas calles desconocidas para él.
— Hay. Ese Elder... —murmuró con una sonrisa Dumby, que saboreaba en paz su gran roca.
— ¿A dónde fue? —cuestionó Navi.
— Pues... viniendo de él... nadie lo sabe —dimo misteriosamente Luo, una goron cerca de ellos.
— Es un chico muy raro¿sabe, Link? —agregó Nao, el goron de enseguida.
— Pero muy dulce y amistoso... siempre es así, intenta ayudar en lo que puede.
— Es un Nerd —graznó Kal cogiendo un gran pedazo de la roca-al-horno de Link. Todos los demás le miraron mal.
— ¡Deja de estar sobre él! Qué te ha hecho? Que sea el más inteligente de nuestra generación no hace de él alguien malo ¡Sera un gran Líder en algún futuro, cuando nuestro querido Darunia ya no pueda!
— Seh, seh... futuro líder —remedó de mal modo, con hastío hacia una goron llamada Wen.
— Envidioso. Eso es lo que eres —concluyó Dumby, ante la risa de todos. Link sonrió.
— Él será su futuro líder ¿verdad? —preguntó el rubio.
— Ajap.
— ¿Y por qué? Bueno, el señor Darunia me dijo algo sobre pelo pero no entendí bien cómo es eso.
— Verás —empezó Nao—.. Cuando un goron nace y este viene consigo un mechón de pelo, es que está elegido por las diosas a ser Saga, un guardián para nosotros. Elder fue el único después de Darunia con nacer con pelo. Cuando esté grande y bien maduro será todavía más melenudo que él.
— Si... chomp... ahora nosotros.. chomp —Luo miró a todos, menos a Dumby y a Wen— somos jóvenes, y en algunos años, como 7 u 8, tendremos la edad para ser adultos.
— Aun así —renegó Kal, cruzado de brazos— ÉSE tiene lentes ¿desde cuando alguien ve a un goron con lentes? No es normal ¬¬
— ¡Se ve tierno! ¬¬
— Seguro... sólo los usa porque se pudre los ojos de tanto libro que se hecha —bufó, recargándose en la silla.
— ¿Libros? Y de qué clase? —dijo la curiosa pero tranquila voz de Elder detrás de él. Link soltó una risita, parándose en seco al instante.
Detrás de ellos había sonado un "Muuuuuuu".
Se volteó perplejo, observando con magistral sorpresa que una gran vaca mugía tranquilamente.
— ¿Qué... qué...?
— ¿Qué si qué hace una vaca en un lugar como la Montaña de la Muerte? —terminó Elder de hacer la pregunta— Nadie lo sabe, pero siempre ha estado aquí cuando yo vine al mundo.
— Pero... ¿una vaca¿cómo? —Navi miró interrogativamente a Dumby, puesto que era mayor. Se encogió de hombros.
— Cuando yo llegué al mundo también había estado aquí... y eso que tengo 56 años.
— ¡Una vaca no vive tanto! —murmuró escéptica.
Miró al viejo que sostenía a la vaca con gentileza.
— Ehm... no me pregunten a mí... Ya estaba acá cuando vine...
— ¿Pero qué hace una vaca en la Montaña de la Muerte?
— Muuuuuuuu...
— Nadie lo sabe... es uno de los tantos misterios de la Montaña... ¡en fin! —Elder embozó una gigantesca sonrisa— como pensé que no te puedes comer la roca y no hay ninguna fruta de ningún tipo en este lugar, al menos espero que te sirva algo la leche. Es fresca y deliciosa, aunque la debes de consentir para que produzca.
— Es muy quisquillosa, jijiji... —replicó en anciano.
— ¿Ah? No... Esa tontería de cantarle no sirve —Kal recibió una mirada fulminante de Wen.
— ¿Cantarle?
— Sí. Está solita por ser la única vaca aquí... de noche, la mal acostumbré a cantarle canciones de cuna muy suaves, pero como soy viejo y mi voz es ronca, ya no quiere producir leche ¿raro, no? Pero yo no la culparía. Creo que haría lo mismo de ser ella! —se perdió en sus recuerdos.
— Cantarle...
Link sacó de su túnica la ocarina de madera de Saria. Se puso frente a la vaca y antes de tocar, practicó un poco con los dedos, viendo si recordaba la melodía.
— ¿Y eso qué es, tambores?
— ¡Cállate, Kal!
Una preciosa canción inundó la sala. De pronto toda la plática del otro lado de la mesa se calló, confundidos por lo que sus oídos captaron, como si fuese la primera vez escuchar algo distinto al tamborileo rítmico acostumbrado a algo suave y silbante como el viento, tan dulce cómo sólo la Canción de Epona podría ser. Elder abrió la boca, y los nuevos conocidos se levantaron para verlo mejor, como si no quisiesen perder detalle de la novedad. Dumby parpadeó, sonriendo tontamente y Kal se cayó con todo y silla. El anciano acarició a la vaca, la cual abrió sus lánguidos ojos, mirando con ánimo chispeante a Link. Dio un mugido mucho más confortable que el anterior, levantando la cabeza. El viejo dio un sobresalto, como si los años de compartir con ella sirvieran predecir cuando estaba lista para producir leche.
— ¡Clara está bien! Ya puede, ya puede!
Link silencio la melodía, sonriente, mirando con sobresalto que los gorons estaban hipnotizados, o algo así.
— ¡Toca una vez más...! —suplicó Luo.
— ¿Cómo?
— ¿Qué es esa cosa?
— ¡Ah! Esto... sí. Es una Ocarina.
Les explicó a rasgos simples lo que era y para que servía y cómo.
— ¡Fue tan hermoso...!
— ¡Otra vez!
— Está bien, pero primero dejen que tome leche ¿sí?
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Pasó un día francamente maravilloso. Link se quedó a dormir en casa de Elder, la cual era muy curiosa, por los libros amontonados por doquier, un verdadero desorden. Su cama estaba muy suave, así que, como no lo hacía en varias noches, durmió pasivo, teniendo el descanso que necesitaba.
La mañana siguiente, media ciudad estaba asomándose por la entrada este, tristes de que el precioso kokiri se fuera a ir. Realmente aquella fue una agradable visita, después de todo. Link no volvió ver a Darunia hasta cuando salió de la ciudadela, donde Elder, por supuesto, y Darunia los esperaban.
— ¡Te voy a extrañar, Link! —dijo Elder, mientras lo abrazaba— ¿vas a volver?
— Tenlo por seguro. Quizá cuando sea posible, volvamos abrir el túnel que comunica con la tribu kokiri. Así podrían ir y venir cuando quieras ¿qué les parece?
— Me parece bien —dijo Darunia.
Platicaron un rato. Le dieron el consejo a Link de que descendiera la Montaña por el lado cerca de la entrada de la caverna. Era el más seguro, rápido y despejado de todos, puesto que ellos lo habían construido. En pocas horas, entre dos y tres serían suficientes para llegar a la Villa Kakariko. Se despidieron y Link apenas se volteaba para irse cuando Darunia, que se le acercó, le detuvo.
— Sabrás de que anoche no estuve muy presente que digamos¿no te pareció?
— Sí... noté mucho su ausencia ¡fue de lo más hermosa la velada! Que aun siento mis mejillas adoloridas de tanto soplar.
— Sí, fue algo desconsiderado de tu parte estar tres horas... ¡pero llegué justo en la última canción! Me recordó al bosque Kokiri. ¿sabes que bailé, verdad? Tanto que me dio calor y me acosté en mi habitación.
— ¿Última? Jeje, pues será la melodía que compuso Saria, una amiga mía.
— ¿Qué cosas, no?
— Bueno, quería darte esto —le mostró una bolsa café que tenía colgada del cinturón, hecha de cuero—. Por eso me ausenté en casi toda la velada. La hice yo mismo, estoy seguro que te ayudará.
— ¡Gracias! Y para qué es?
— Es una especie de mochila. Está hecha del estómago del Rey Dodongo.
Link y Navi se le quedaron viendo.
— Esa bolsa es mágica. Puedes poner literalmente medio mundo adentro, y jamás se te llenaría. Los estómagos de dodongos son muy peculiares. Son capaces de tragar y tragar por semanas sin jamás llenarse, es por eso, que crecen tan rápido y de tal tamaño. Es posible meter adentro cosas que serían ocho veces mas grandes que ella, suponiendo, esa gran roca de allá, un martillo o bombas ¡lo que sea! Es indestructible y muy, muy delicada. Tanto que podrías tener adentro 50 cosas a la vez sin siquiera tocarse para el mas mínimo rayón. Te recomiendo que ahí metas la Ruby Goron, y esas cosas que tanta lata te dan en tu cinturón.
— ¡Gracias! —dijo sin aliento.
— No hay de qué, pero confío de que te será muy útil.
— ¡No sabe cuánto! —sonrió radiante.
— Si, sí, pero ya, vete. Tienes trabajo que hacer.
Link le abrazó y luego se despidió de ellos con la mano, teniendo agradables pensamientos esa mañana. Después de todo, no había sido tan malo.
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