6

Doce años después, Lily Evans Black regresó a Tutshill. La curiosidad había sido su compañera de viaje desde Chepstow, y no había pensado en mucho más que no fuera su motivo para regresar. No había nada en la carretera que le resultase familiar, porque cuando vivía en el valle rara vez se aventuraba más allá de la pequeña ciudad, de manera que carecía de recuerdos que pudieran surgir para unir el pasado con el presente, la niña con la mujer.

Pero cuando rebasó el cartel que señalaba los límites de Tutshill, cuando las casas empezaron a verse más juntas entre sí formando verdaderas calles y vecindarios, cuando los bosques de altos pinos y árboles de hoja caduca dieron paso a las gasolineras y las tiendas, sintió una dolorosa tensión que empezaba a crecer en su interior. Y se intensificó cuando llegó a la plaza de la ciudad, con aquel palacio de justicia de ladrillos rojos que conservaba exactamente el mismo aspecto que ella guardaba en su memoria. Los coches seguían aparcando en batería alrededor de la plaza, y los bancos del parque seguían estando situados uno a cada lado para que los ancianos se reunieran allí en los calurosos días del verano, buscando cobijo bajo la densa sombra de los inmensos robles que crecían en la plaza.

Naturalmente, ciertas cosas habían cambiado. Algunos de los edificios eran nuevos, mientras que habían desaparecido varios de los más viejos. Se habían colocado parterres de flores en cada rincón de la plaza, sin duda gracias a la iniciativa del Club de Señoras, en los cuales crecían pensamientos que inclinaban sus graciosas caras de color morado hacia los viandantes.

Sin embargo, en su mayor parte, todo estaba igual y las pequeñas diferencias no hacían sino resaltar lo familiar. El dolor que le oprimía el pecho aumentó hasta que apenas pudo respirar, y le temblaron las manos sobre el volante. La invadió una penetrante sensación de dulzura. El hogar.

Fue una sensación tan fuerte que tuvo que parar el automóvil y desviarse a un espacio de aparcamiento que vio delante del palacio de justicia. El corazón le latía con violencia en el pecho, y respiró hondo varias veces para tranquilizarse. No se esperaba aquello, no se esperaba sentir el efecto de unas raíces que creía cortadas hacía doce años. Aquel sentimiento la conmocionó, la estimuló vivamente. Había ido allí llevada tan sólo por la confusión, pues deseaba saber con seguridad qué había sucedido después de que los Evans fueran expulsados a la fuerza de aquel lugar, pero aquella nueva sensación de pertenencia se superpuso a la curiosidad.

Sin embargo, ella no pertenecía a aquel lugar, se dijo. Aunque hubiera vivido allí, en realidad nunca había pertenecido a él; sólo habían tolerado su presencia. Aquellos aromas intensos y coloridos que no se parecían a los de ningún otro lugar del mundo, las imágenes que habían quedado impresas en su cerebro desde que nació, las sutiles influencias de la latitud y la longitud que reconocía cada una de las células de su cuerpo; todo ello le decía que aquél era su hogar. Allí había nacido y crecido. Sus recuerdos del Valle y de Tutshill eran amargos, pero aun así tiraban de ella con cuerdas invisibles que ni siquiera sabía que existieran. No había deseado aquello; sólo había querido satisfacer su curiosidad, percibir una sensación de haber puesto fin a todo ello, para poder abandonar totalmente el pasado y construir su futuro.

No había sido fácil volver. Las palabras de James Potter todavía ardían en su memoria como si las hubiera pronunciado el día anterior, y no doce años atrás. A veces pasaba días sin pensar en él, pero el dolor seguía estando en el mismo sitio; controlado, pero perenne, como un compañero constante. El hecho de haber regresado transformaba los recuerdos en algo más inmediato, y oyó en su mente la voz de James que le decía: «Eres basura».

Aspiró profundamente, temblorosa, e inhaló el dulce aroma de color verde tan entrelazado en los recuerdos de su infancia. Ya más calmada, examinó la plaza tranquilamente, familiarizándose de nuevo con lo que en otro tiempo había conocido tan bien como la palma de su mano.

Algunas de las antiguas tiendas que se alineaban a lo largo de las aceras se habían puesto más elegantes; la ferretería tenía ahora una fachada de piedra y madera de cedro y—una doble puerta de estilo rústico. Un McDonald's ocupaba el espacio del antiguo Dairy Dip. Habían construido una oficina bancaria nueva, y ella hubiera apostado algo a que pertenecía a los Potter. La gente pasaba por su lado y le dirigía miradas de curiosidad igual que se hacía en toda ciudad pequeña con los forasteros, pero nadie la reconoció. No esperaba que lo hicieran; los doce años transcurridos la habían transformado de niña en mujer, y ella misma había dejado de ser una persona desvalida para convertirse en otra capaz, y había pasado de pobre a próspera. Enfundada en su traje de chaqueta de color crema, con la cabellera pelirroja recogida en un elegante, moño y los ojos protegidos por gafas de Sol, no había nada en ella que recordase a Elladora Evans.

Qué ironía, se dijo Lily; Elladora era culpable sin ningún género de dudas de la mayoría de las acusaciones que le hacían, pero era inocente de la única que finalmente hizo que echasen de la ciudad a los Evans. No se había fugado con Charlus Potter.

Fue la curiosidad por saber exactamente qué había hecho Charlus lo que hizo que Lily volviera a Tutshill al cabo de tantos años. ¿Se había encaprichado de una nueva novia y se había presentado un día más tarde o así, sorprendido por el revuelo que había causado? ¿Había estado de juerga, bebiendo, o quizás en una maratón de póker? Lily quería saberlo; quería vérselas cara a cara con él ,mirarlo a los ojos y decirle lo que le había costado a ella su irresponsabilidad.

Contempló con mirada fija la plaza, sin verla, sumida en sus recuerdos. Su familia se había deshecho tras aquella fatídica noche. Habían llegado hasta Bristol antes de detenerse a pernoctar, y habían dormido en sus vehículos: Thomas solo en la camioneta, Ralph y Michael en la suya, y Petunia en su destartalado coche. Lily y Mark pasaron la noche con Petunia, el niño dormido en el regazo de Lily.

Al mirar atrás, la mayor parte de lo que recordaba era terror y vergüenza. Algunos de sus recuerdos permanecían congelados, claros como el cristal: las luces cegadoras de los faros de los coches patrulla, aquel momento de profundo terror en el que la sacaron de la cama a rastras, la empujaron por la puerta y la arrojaron al suelo, los gritos de Mark. A veces incluso le parecía sentir las manitas del niño aferrándola, la presión terrible de su cuerpecito contra las piernas. Sin embargo, el recuerdo más nítido de todos, el que persistía en su mente con dolorosa claridad, era el de James mirándola con aquel desprecio paralizante.

Recordaba la desesperación con que intentó reunir sus míseras pertenencias. Recordaba el largo camino en coche a través de la oscuridad; no había sido tan largo, pero a ella le pareció que no tenía fin, cada segundo se estiraba de tal manera que un minuto tardaba horas en pasar. No recordaba haber dormido aquella noche, ni siquiera después de llegar a Chepstow. Había permanecido sentada despierta, con los ojos escocidos y la mirada perdida, acunando a Mark sobre las rodillas.

Poco después de amanecer, un policía los echó del parque donde se habían detenido, y la triste comitiva se había puesto de nuevo en marcha. Consiguieron llegar a Londres, antes de detenerse otra vez. Thomas alquiló una habitación en un motel de la peor zona de la ciudad, y los seis se apiñaron en ella. Al menos tenían un techo bajo el que cobijarse.

Una semana después, despertaron una mañana y descubrieron que Thomas se había ido, igual que se había ido Elladora, aunque él por lo menos se llevó su ropa. Ralph y Michael superaron la crisis gastándose en cerveza el escaso dinero que les quedaba y emborrachándose a lo bestia. No mucho después, Ralph también se marchó.

Michael lo intentó. Para mérito suyo, lo intentó. Sólo tenía dieciocho años, pero cuando se enfrentó de repente con la responsabilidad de cuidar de sus tres hermanos pequeños, aceptó todos los trabajos que pudo, por extraños que fueran. Petunia colaboró trabajando en restaurantes de comida rápida, pero incluso con esa ayuda no fue suficiente. No transcurrió mucho tiempo antes de que apareciesen los asistentes sociales, y Petunia, Lily y Mark fueron puestos bajo la custodia del estado. Michael hizo algún que otro ruido de protesta, pero Lily vio que mayormente se sentía aliviado. No volvió a verlo.

La adopción quedaba fuera de lugar; Petunia y Lily eran demasiado mayores, y a Mark no lo quería nadie. Lo mejor que cabía esperar era que estuvieran los tres en el mismo hogar de acogida, donde Lily pudiera cuidar del pequeño. Lo que consiguieron no fue lo mejor, pero la alternativa resultó aceptable, al menos para Lily. Petunia fue a vivir a un hogar de acogida, y Lily y Mark a otro. Toda la responsabilidad sobre el cuidado de Mark recayó sobre sus hombros, pero como de todos modos había cuidado de él desde que nació, aquello no le supuso una carga. Ésa era la condición bajo la cual había conseguido que permanecieran juntos, de modo que trabajó con ahínco para cumplir su promesa.

Petunia no se quedó mucho tiempo en un hogar de acogida, sino que se mudó dos veces. Lily se consideró afortunada en su caso; los Pensrose, para su suerte una pobre familia de magos, no tenían mucho, pero se mostraban dispuestos a compartir lo que tenían con sus hijos adoptivos y la dejaban asistir a Hogwarts mientras cuidaban de Mark. Por primera vez en su vida, Lily vio cómo vivía la gente respetable, y absorbió aquella situación como una esponja. Invariablemente, para ella constituía un placer volver del colegio en las vacaciones y encontrarse una casa limpia en la que flotaban los aromas de la cena que estaba preparándose. Su ropa, aunque no era cara, era todo lo bonita y moderna que podían permitirse los Pensrose con el dinero que recibían para mantenerla. En el colegio nadie la llamaba «gentuza». Aprendió lo que era vivir en una casa en la que los adultos se amaban y respetaban entre sí, y su hambriento corazón se henchía de placer con aquella maravilla.

Mark era mimado, en su ausencia, por todos, y le compraron juguetes nuevos, aunque no tardó mucho en empezar a decaer de forma drástica. Para Faith, la dulzura que rodeó al pequeño durante el poco tiempo que le quedaba de vida hizo que lo diera todo por bien empleado. Hubo una temporada en la que el niño fue feliz. La primera Navidad tras la fuga de Elladora lo volvió loco de alegría.

Permanecía horas sentado, demasiado cansado para jugar pero contento con quedarse mirando las luces parpadeantes del árbol de Navidad. Murió en enero, dulcemente mientras dormía. Sabía que se acercaba el momento y Lily abandono Hogwarts para pasar las noches sentada en un sillón, junto a su cama.

Algo, tal vez un cambio en la respiración del niño, la despertó. De modo que tomó la manita regordeta del pequeño en la suya propia y la sostuvo mientras sus inhalaciones iban espaciándose cada vez más hasta que por fin, dulcemente, cesaron del todo. Siguió sosteniendo su mano hasta que empezó a notar que la piel iba volviéndose más fría, y sólo entonces fue a despertar a los Pensrose.

Había pasado casi cuatro años enteros viviendo con los amables Pensrose. Petunia terminó la secundaria, se casó inmediatamente y se marchó atraída por las brillantes luces de un marido emprendedor. Lily estaba completamente sola, pues toda su familia verdadera se había ido. Se concentró en los estudios y no hizo caso alguno de todos los chicos que constantemente la molestaban pidiéndole salir. Había quedado demasiado insensible, demasiado traumatizada por las convulsiones que había sufrido en la vida para lanzarse a aquel mareante torbellino social de la adolescencia. Los Pensrose le habían mostrado lo buenas y agradables que podían ser la estabilidad y la respetabilidad, y eso era lo que deseaba para sí misma. Y para conseguirlo, concentró todas sus energías en construir algo de las cenizas a las que había quedado reducida su vida. Tras interminables horas de estudio, obtuvo las mejores notas de la clase y después de terminar Hogwarts, en vez de seguir la vida de una bruja, estudió y ganó una beca para entrar en un pequeño centro universitario muggle. Dejar a los Pensrose no resultó nada fácil, pero como el estado ya no pagaba su manutención, tenía que irse a otra parte. Aceptó dos empleos de media jornada para mantenerse mientras estudiaba, pero a Lily no le importaba el trabajo duro, pues durante buena parte de su existencia apenas había conocido otra cosa.

En su último año universitario se enamoró de un estudiante de postgrado, Sirius Black. Salieron durante seis meses y se casaron la semana después de graduarse Lily. Durante un corto período de tiempo estuvo casi abrumada de felicidad, segura de que sus sueños se habían hecho realidad, después de todo. Pero el sueño no duró mucho, ni siquiera tanto como su breve matrimonio. Lily se había hecho la ilusión de establecerse, amueblar un apartamento encantador y ahorrar para el futuro, en el que se incluían los hijos, una casa bonita y dos coches. Pero no funcionó así. A pesar de las responsabilidades de su nuevo empleo, a Sirius le siguió gustando beber mucho y llevar la misma vida despreocupada que llevaba de estudiante. Una noche, aquello se llevó lo mejor de él cuando, tras salir de un bar para dirigirse a casa, su coche se salió de un puente. No hubo más coches implicados en el accidente, lo cual fue una bendición. Cuando se realizó la autopsia, se descubrió que el grado de alcohol de su sangre era el doble de lo permitido por la ley.

A los veintidós años, Lily se encontraba de nuevo sola. Lo pasó mal, pero se empeñó obstinadamente en reconstruir su vida. Contaba con un título universitario en administración de empresas y dinero seguro de vida que tenía Sirius, quien era de una familia pudiente, además de lo que ganaba con su trabajo. Se trasladó definitivamente a Londres y consiguió un empleo en una agencia de viajes para magos pequeña. Dos años después, la agencia era propiedad suya; ya había abierto una sucursal en Salisbury, relativamente cerca de Bristol. Lily dio un salto de fe y gastó su capital en abrir otra sucursal, esta vez en Chepstow. Para alegría suya, el negocio crecía poco a poco.

Había alcanzado la estabilidad económica, y era tan maravillosa como siempre había imaginado que sería, pero era consciente del doloroso vacío que había en su vida. Necesitaba también una sólida base emocional. No quería tener un romance con nadie; los dos hombres a los que se había atrevido a amar, James Potter y Sirius Black, le habían enseñado lo peligroso que era. Pero todavía le quedaba familia en alguna parte, y quería encontrarla.

Recordó vagamente que su abuela por parte de madre vivía en los alrededores de Cardiff.

La había visto una sola vez en su vida, y cuando los servicios sociales de Londres intentaron ponerse en contacto con esa abuela, no lograron dar con ella. Pero los servicios sociales estaban saturados de trabajo y escasos de personal, y habían abandonado una búsqueda que era poco metódica. Lily contaba con más tiempo y más determinación. Empezó a hacer llamadas, y gracias a Dios no había tantos en la zona de Gales. Por fin contactó con una persona, un primo por parte de su abuelo, que sabía que su abuela se había ido a vivir a Cardiff haría unos diez o doce años, justo después de que su hija mayor se presentara de nuevo.

Lily se quedó atónita. Su madre, Elladora, era la tal hija mayor. Pero Elladora se había fugado con Charlus Potter. ¿Qué había sucedido para que volviese con su madre? ¿Seguía Charlus estando con ella, o había regresado al nido, con su familia? Un gran número de años se interponían entre el momento presente y aquella horrible noche en Tutshill. Que ella supiera, Charlus podía haberlos pasado felizmente en compañía de su familia, mientras la de Lily se había desmembrado, destruido.

Llamó a Información, consiguió el número de teléfono de su abuela y llamó. Para sorpresa suya, fue Lily quien contestó al teléfono. Incluso después de todos aquellos años, aún recordaba la voz de su madre. Sorprendida y emocionada, se identificó. La conversación entre ambas fue extraña al principio, pero por fin Lily cogió fuerzas para preguntar a Elladora lo que había ocurrido con Charlus Potter.

—¿Qué le pasó? —dijo Elladora en tono aburrido—. Petunia me contó esa absurda historia de que los dos nos habíamos fugado juntos, pero para mí era nueva. Me harté de ser el saco de boxeo de Thomas y de vivir en la miseria, y Dios sabe que Charlus Potter no iba a hacer nada al respecto, así que me marché, fui a Cadiff y me trasladé aquí a vivir con mi madre. Tu tía vive aquí, de modo que, como un mes después de aquello, nos vinimos aquí también. No he visto a Charlus Potter.

A Lily le costó asimilarlo todo de golpe, eran muchos los pensamientos que revoloteaban en su cabeza. Era evidente que Petunia había encontrado a su madre, pero ninguna de las dos había hecho el menor esfuerzo por ponerse en contacto con ella. Elladora podía haber sacado a sus dos hijos más pequeños del hogar de acogida, pero no tuvo problema alguno en dejarlos allí. Lily se percató de que ni siquiera había preguntado por Mark.

Y luego estaba el misterio de Charlus. A lo mejor no se había ido con Elladora, pero en efecto se había marchado, por lo menos temporalmente, y con su huida había puesto en marcha los acontecimientos que habían conformado la vida de Lily.

Intrigada y perpleja, Lily decidió averiguar con seguridad lo que había sucedido. A la edad de catorce años había sido literalmente arrojada en medio de la noche igual que un trozo de basura, y desde entonces vivía con aquel dolor.

Necesitaba conocer el final de la historia; quería cerrar la puerta a su pasado para poder continuar con el futuro.

De manera que allí estaba, sentada en el coche en la plaza del palacio de justicia de Tutshill, sumida en los recuerdos y perdiendo el tiempo. No debería ser muy difícil averiguar dónde había estado Charlus Potter durante lo que probablemente fue un solo día, aquel día crucial que había alterado su vida de forma total.

Lo primero, supuso, era encontrar un sitio donde pernoctar. Había llegado a Chepstow en Translador aquella mañana, atendió el negocio que tenía, y después alquiló un coche y vino hasta Tutshill. Ya casi había anochecido, y estaba cansada. No le llevaría mucho tiempo averiguar lo que quería saber, pero no deseaba regresar conduciendo hasta Chepstow si podía tomar una habitación en un motel de Tutshill.

Había un motel doce años atrás, pero ya entonces era ligeramente sórdido y era posible que hubiera desaparecido.

Bajó la ventanilla del coche y llamó a una mujer que pasaba por la acera.

—Disculpe. ¿Hay algún motel en el Pueblo?

La mujer se detuvo y se acercó al costado del coche. Tendría unos cuarenta y tantos años y le resultó vagamente familiar, pero no consiguió situarla.

—Sí —contestó, y se volvió para señalar—. Vaya hasta la esquina de la plaza y gire a la derecha.

Esta más o menos a unos tres kilómetros, en esa dirección.

Parecía tratarse del mismo motel. Lily sonrió.

—Gracias.

—De nada. —La mujer sonrió y se despidió con un movimiento de cabeza antes de regresar a la acera.

Lily salió marcha atrás y maniobró el pequeño automóvil alquilado para entrar en el pausado tráfico. Tutshill no estaba más animado ahora que doce años antes. Llegó al motel en dos minutos.

Estaba en el mismo sitio, pero no era el mismo motel. Éste parecía nuevo, no debía de tener más de un par de años, y era mucho más sustancial. Seguía teniendo una sola planta, pero construida en forma de U alrededor de un patio central en el que borboteaba una fuente y crecían flores. Le faltaba una piscina, pero no le importó; la fuente era mucho más encantadora.

El empleado de recepción era un hombre cincuentón cuya placa llevaba escrito «Argus». Se agitaron sus recuerdos, y surgió un apellido que acompañaba al nombre. Argus Filtch. Una de sus hijas estaba en la misma clase que Lily. Conversó un poco con ella mientras tomaba el número de su tarjeta de crédito y miró con curiosidad el nombre impreso en la misma, pero «Lilianne E. Black» no le sonó de nada. Lily no era un nombre común, pero probablemente ni siquiera sabía cómo se llamaba ella en aquel entonces, así que, naturalmente, no lo reconoció ahora.

-Le daré la número doce -dijo, sacando la llave de su compartimiento-. Está en la parte de atrás del patio, alejada de la carretera, así no la molestará el tráfico.

-Gracias. -Lily sonrió y se quitó las gafas de sol para firmar el recibo de la tarjeta de crédito.

El empleado parpadeó al ver su sonrisa, y su expresión se hizo ligerísimamente más cálida.

Aparcó el coche en la parte posterior del patio, enfrente de la habitación número doce. Al abrir la puerta se vio agradablemente sorprendida. La habitación era más grande que la mayoría de las habitaciones de motel, con un diván y una mesita de centro junto a la puerta y una cama enorme al fondo. El tocador era alargado, con el televisor en un extremo y una zona escritorio en el lado más cercano al cuarto de baño. El ropero era suficiente, el lavabo empotrado de la zona del tocador lucía dos cubetas y era lo bastante grande para que lo ocupasen dos personas sin chocar continuamente la una con la otra. Miró el interior del cuarto de baño esperando ver la bañera típica, pero en lugar de ella había una generosa ducha de mampara corredera. Como ella nunca usaba la bañera, se alegró de tener una habitación adicional para el baño. Teniéndolo todo en cuenta, aquel pequeño motel estaba por encima de la media.

Sacó del equipaje las cosas del neceser y la única muda de ropa que había traído, y averiguar lo que quería saber, mientras nadie la reconociera como una Evans. Las ciudades pequeñas podían tener una memoria prodigiosa, y la ciudad de Tutshill había pertenecido a los Potter en cuerpo y alma, así como la mayor parte de sus edificios.

Probablemente, la manera más fácil y más rápida sería ir a la biblioteca y examinar los periódicos antiguos. Los Potter aparecían constantemente en las noticias, de modo que si Charlus Potter había regresado de su pequeña correría y reanudado sus negocios como de costumbre, no haría falta repasar muchas ediciones para que saltara su nombre a la vista.

Consultó su reloj y vio que probablemente no tendría más de una hora para hacer lo que había venido a hacer; por lo que recordaba de la pequeña biblioteca, cerraba a eso de las seis en verano, y en una ciudad del tamaño de Tutshill no era fácil que aquello hubiera cambiado. Tenía hambre, pero lo primero era lo primero. El estómago podía esperar; la biblioteca, no.

Resultaba curioso ver cuán selectiva podía ser la memoria; nunca había estado en el motel cuando vivía allí, y con frecuencia había acudido a la biblioteca, siempre que tenía una oportunidad, pero se había acordado de la situación del motel y en cambio no tenía ni idea de dónde se encontraba la biblioteca. Extrajo la pequeña guía telefónica del tocador y buscó la dirección, y al cabo de un momento recordó la localización de la biblioteca. Cogió el bolso y las llaves, se subió al coche y regresó al centro de Tutshill.

Antes la biblioteca estaba situada detrás de la oficina de correos, pero cuando llegó allí descubrió con desencanto que el edificio había desaparecido. Miró a su alrededor y exhaló un suspiro de alivio. Un cartel prominente enfrente del edificio nuevo contiguo a la oficina de correos proclamaba que era la Biblioteca de Tutshill. Los constructores habían desdeñado las líneas lisas de la arquitectura moderna y habían preferido un estilo de antes de la guerra, un edificio de ladrillo rojo de dos plantas con cuatro columnas en la fachada y grandes cristales con contraventanas. Había abundante espacio para aparcar, probablemente más del que se necesitaba, ya que tan sólo había tres vehículos estacionados. Lily aumentó el total a cuatro al situar el suyo enfrente. Corrió hacia las dobles puertas del edificio. El cartel colocado en la de la izquierda le indicó que estaba en lo cierto respecto del horario: de nueve a seis.

La bibliotecaria era una mujer pequeña y regordeta, muy locuaz, que no le resultaba familiar en absoluto. Se acercó al mostrador y preguntó dónde estaban los archivos de los periódicos antiguos.

—Aquí mismo —contestó la mujer, saliendo de detrás del mostrador—. Ya está todo microfilmado, por supuesto. ¿Busca usted alguna fecha en particular? Voy a enseñarle dónde están las microfichas y cómo funciona el escáner.

—Se lo agradezco —dijo Lily—. Quiero empezar con los de hace unos diez años, pero puede que tenga que remontarme un poco más incluso.

-No hay ningún problema. Lo hubiera habido hasta hace un par de años, pero el señor Potter insistió en que se microfilmara todo cuando nos trasladamos a este edificio. Puede creerme, el sistema estaba de lo más anticuado; ahora es mucho más fácil.

-¿El señor Potter? -preguntó Lily. Manteniendo un tono natural a pesar del vuelco que le había dado el corazón. Así que, en efecto, Charlus había vuelto.

-James Potter -repuso la bibliotecaria-. La familia prácticamente es la dueña de esta ciudad, de la parroquia entera, ya puestos. Pero es un hombre de lo más agradable. —Hizo una pausa—. ¿Es usted de por aquí?

—Lo era, hace mucho tiempo —respondió Lily—. Mi familia se mudó a otra ciudad cuando yo era muy pequeña. Se me ha ocurrido examinar las esquelas viejas, por si veo las de algunos primos de mis padres. Con los años les perdimos la pista, pero he empezado a trabajar en un árbol genealógico de la familia y siento curiosidad por saber qué fue de ellos y el porque de mi origen.

Para ser una explicación improvisada, no estaba mal. Los hijos magos de muggles que intentaba buscar la pista de su árbol genealógico siempre echaban mano de las hemerotecas de las ciudades completamente mágicas, por lo menos según lo que había visto ella.

Había dado en el clavo, porque la bibliotecaria le obsequió una ancha sonrisa.

—Buena suerte, querida, espero que los encuentre. Me llamo Rolanda Rouge. Llámeme si necesita ayuda. Aunque cerramos a las seis, y eso es dentro de menos de una hora.

—No tardaré mucho —dijo Lily mientras buscaba en su memoria una familia Rouge. No le vino ninguna a la mente, así que tal vez habían venido a vivir a aquella zona después de que la familia Evans se marchara de modo tan infame.

Una vez que se quedó a solas, se puso a buscar rápidamente en los archivos, recorriendo una página tras otra del Profeta de Tutshill, comenzando por la fecha en la que fueron expulsados del Pueblo. Halló varias menciones de James, y aunque trató de ignorarlas se dio cuenta de que no podía. A pesar de que aquella noche, tanto tiempo atrás, la había curado de su tonto enamoramiento, jamás había logrado olvidarlo; su imagen permanecía en su memoria como una herida sin cerrar que la importunaba de vez en cuando.

Se rindió impotente a la presión de aquella cuña mental y repasó las páginas en las que había visto el nombre de James. El semanario jamás publicaba nada despectivo ni escandaloso acerca de los Potter, eso quedaba para los periódicos de Bristol y de Londres, pero las normales idas y venidas de la familia siempre aparecían puntualmente señaladas para las mentes inquisitivas que desearan conocerlas, que eran la mayoría de los magos lugareños. Los dos primeros artículos eran simples menciones de que James había asistido a tal y cual acto. El tercer artículo se encontraba en la sección de negocios, y Lily, atónita, tuvo que leerlo dos veces para poder asimilar su contenido.

Nadie más habría visto nada alarmante, ni siquiera insólito, en la frase: «...James Potter, que ha asumido el control financiero de las empresas de la familia, votó en contra de la medida de... »

Asumido el control de las empresas de la familia. ¿Por qué habría hecho tal cosa? Charlus estaría aún al frente de sus negocios ya que, al fin y al cabo, todo le pertenecía a él. Lily se fijó en la fecha del semanario; 5 de agosto, ni tres semanas después de la fuga de Elladora. ¿Qué habría sucedido?

Desconectó la máquina de visualizar los microfilmes y se reclinó en la silla contemplando fijamente la pantalla en blanco. Había regresado a Tutshill sólo para atar y cerrar algunos cabos sueltos de su vida, y ahora descubría que las cosas habían continuado igual que antes. Nadie habría echado en falta a los Evans; su ausencia habría sido advertida con alivio y después olvidada, pero Lily no había podido olvidar. Había imaginado que cuando viera otra vez Tutshill y el Valle de Godric, cuando viera que nadie los había echado de menos, que ni siquiera los recordaban, ella podría a su vez olvidarse de aquella ciudad. Si se tropezaba con James Potter, mucho mejor. Jamás había culpado a James de lo que le había hecho; había visto el dolor pintado en su rostro, había oído su voz. Pero Charlus... Sí, a él sí lo culpaba, y también a Elladora. Aunque no hubieran huido juntos, Elladora había abandonado a sus hijos y la irresponsabilidad de Charlus había causado un gran sufrimiento.

Pero James se había hecho cargo de los negocios de la familia. En lugar de atar todos los cabos sueltos, Lily había descubierto uno más: ¿Por qué había asumido James el mando?

Se levantó y fue en busca de Rolanda Rouge. El mostrador principal estaba desierto, y el resto de la biblioteca también parecía estarlo.

-¿Señora Rouge? -llamó, y el sonido fue absorbido y amortiguado por las hileras de libros. Sin embargo, Rolanda la había oído, porque se oyó el crujido de sus zapatos de suelas de goma sobre las baldosas.

-Voy -dijo Rolanda en tono alegre, emergiendo de detrás de la sección de libros de consulta-.¿Ha encontrado lo que necesitaba?

-Sí, gracias. Sin embargo, he visto otra cosa que me ha desconcertado. Se trata de un artículo muy pequeño, pero decía que James Potter había asumido el control de los negocios de la familia.

Esto sucedió hace doce años, y me resulta extraño, ya que por aquel entonces James no debía de tener más de veinte y pocos años...

-Pues sí. Debió usted de marcharse antes del gran escándalo, o tal vez fuese demasiado joven para prestar demasiada atención a esa clase de cosas. Nosotros nos trasladamos aquí, oh, hace once años, y todavía era un tema de conversación, créame.

-¿Qué escándalo? Lily se puso tensa y su perplejidad se transformó en alarma. Allí pasaba algo malo.

-Verá, cuando Charlus Potter se fugó con su amante. Yo no sé quién era, pero todo el mundo dice que no era más que una fulana. Debió de perder totalmente la cabeza, eso es lo único que se me ocurre, para abandonar así a su familia y la fortuna que poseía.

-¿No regresó nunca? -Lily no podía ocultar su sorpresa, pero Rolanda no vio nada anormal en aquella reacción.

- Desde entonces nadie le vio ni un pelo de la cabeza. Cuando se fue, se fue. Hay quien dice que su esposa bastaba para espantar a cualquier hombre, pero yo no puedo decirlo con seguridad, porque jamás la conocí. La gente dice que desde el día en que su marido la abandonó no ha salido de casa. Ni siquiera se molestó en ponerse en contacto con ella ni con sus hijos.

Lily estaba alucinada. Charlus Potter adoraba a sus hijos; con independencia de sus sentimientos hacia su esposa, jamás había existido la menor duda acerca de lo mucho que quería a James y Belvina.

—Supongo que la señora Potter se divorciaría de él —quiso saber, pero Rolanda negó con la cabeza.

—No lo ha hecho. Me imagino que no quería que él se casara de nuevo, si es que tenía la intención de hacerlo. Sea como sea, con lo joven que era el señor James, se puso en el lugar de su padre y se encargó de todo como si el señor Potter siguiera estando allí. Probablemente mejor, a juzgar por lo que dicen.

—Yo era demasiado pequeña para acordarme mucho de él —mintió Lily—. Sí recuerdo que era una especie de héroe local, que jugaba al quidditch, cosas así.

—Bueno, querida, deje que le diga que las cosas no han cambiado mucho -dijo Rolanda, y se abanicó con la mano-. Por Dios, ese hombre es un bombón, se lo puedo asegurar. Me pone el corazón a cien por hora, ¡y eso que le llevo diez años y estoy a punto de ser abuela! -Se sonrojó, pero lanzó una carcajada con sorprendente falta de pudor-. A lo mejor son esos ojos tan seductores, que están diciendo: «ven a la cama», o puede que sea el pelo. ¡O podrían ser sus nalgas! -Suspiró con ensoñación-. Es un sinvergüenza, pero ¿qué más da?

-¿Sabe que usted se muere por él? -bromeó Lily.

-Querida, todas las mujeres de esta ciudad se mueren por él, y sí, él lo sabe, el muy pícaro.-Rolanda soltó otra carcajada impúdica-. Mi marido se burla de mí diciendo que se va a hacer un agujero en la oreja para poder competir con él.

¿James llevaba un agujero en la oreja? Lily se sorprendió a sí misma cautiva de su imaginación, y se sacudió para liberarse. Lo que le estaban diciendo resultaba sorprendente, y necesitaba estar a solas para reflexionar sobre ello.

Consultó su reloj.

—Casi es hora de cerrar, así que más vale que me vaya. Gracias por su ayuda, señora Rouge. Ha sido un placer conocerla.

—Lo mismo digo. —Rolanda hizo una pausa—. Lo siento, no me he quedado con su nombre.

Porque no lo había dicho, pero Lily no vio motivo para ocultarlo.

- Soy Lilianne Black.

-Bien, encantada de conocerla, Lilianne. Es un nombre muy bonito…

Lily volvió a mirar el reloj-. Adiós. Y gracias otra vez por su ayuda.

-Cuando quiera estoy a su disposición.

Lily regresó al motel, pero antes se detuvo en una taberna para comprar un emparedado.

No le gustaba mucho la comida rápida, pero no quería ir a un restaurante donde pudieran reconocerla, de modo que se conformó. Se comió la mitad y tiró el resto a la basura, demasiado alterada para tener apetito.

Charlus Potter había desaparecido. Pero si no se había fugado con Elladora, ¿qué le había sucedido?

Lily se tumbó en la cama y contempló fijamente el techo, tratando de ordenar los hechos. Charlus no habría abandonado su casa, su familia y su fortuna sin tener una razón. Todo el mundo pensó que Elladora era una razón, pero Lily sabía que no. Y aunque simplemente se hubiera hartado de su matrimonio, ¿por qué no pidió el divorcio? Los Potter eran una familia de magos muy respetables, no obstante el divorcio no constituía un problema. Pero es que nunca dio la impresión de no ser feliz; ¿por qué no habría de serlo? Su mundo era tal como él lo quería. A Lily no se le ocurría ninguna razón por la cual irse de forma tan brusca, sin decir palabra, y no ponerse jamás en contacto con su familia.

A no ser que estuviera muerto.

Aquella posibilidad, no, más bien probabilidad, resultaba pasmosa. Lily experimentó una sensación casi de malestar mientras iba sopesando y descartando situaciones posibles.

¿Lo habría matado Elladora? Lily se incorporó en la cama y se pasó las manos por el pelo, aturdida. No podía descartar aquella idea, aun cuando no se imaginaba a su madre haciendo algo semejante, más por que Charlus era experto con su varita y sabría como defenderse de una simple mujer muggle. Elladora tenía la moral de un gato callejero, pero no era, no había sido nunca, una persona violenta.

¿Thomas, entonces? Eso le parecía más plausible. Si creía que podía salir bien parado, Thomas era capaz de cualquier cosa. Pero recordaba muy bien aquella noche; Thomas había llegado a casa tambaleándose alrededor de las nueve, y enseguida se había derrumbado y puesto a maldecir porque Elladora no estaba allí. Poco después llegaron Ralph y Michael, también borrachos. ¿Podría ser que alguno de los dos hubiera matado a Charlus, o tal vez los dos juntos? Pero nada parecía fuera de lo ordinario y Lily habría jurado que ellos se sorprendieron tanto como ella de que Elladora no hubiese vuelto a casa. Más que eso, simplemente no les importaba lo más mínimo que su madre se acostara con Charlus y ya puestos, tampoco le importaba a Thomas.

¿Quién más podía ser? Quizá la señora Potter. A lo mejor Dorea había matado a su marido porque estaba cansada de sus infidelidades, aunque según todas las noticias le era infiel desde el comienzo de su matrimonio y a ella no pareció importarle nunca, incluso se sentía agradecida. Su lío con Elladora duró años; ¿por qué iba a oponerse a él de repente? No, Lily dudaba que Dorea se preocupara siquiera de regañarlo, y mucho menos de complicarse la vida con un asesinato.

Sólo quedaba una persona: James.

Hizo un esfuerzo por rechazar aquella idea. No podía haber sido James. Se acordaba de la expresión de su cara al entrar en la cabaña aquella mañana y cuando regresó aquella aciaga noche.

Se acordaba de su furia, de su odio implacable. James creía que su padre se había fugado con Elladora, y estaba furibundo.

Pero James era quien más tenía que ganar con la muerte de su padre…

Los pensamientos corrían por su mente igual que una ardilla encerrada en una jaula que se golpeara contra los barrotes. En aquel momento la puerta de la habitación tableteó a causa de una serie de golpes fuertes que hicieron sobresaltarse a Lily, sorprendida pero no alarmada. ¿Por qué iba a llamar nadie a su habitación? Nadie sabía dónde estaba, de modo que no podía ser un mensaje de la oficina. Se levantó y fue hasta la puerta, pero no la abrió. Reparó en que tampoco había mirilla.

-¿Quién es?

-James Potter.

El corazón casi dejó de latirle. Habían transcurrido doce años desde que oyó por última vez aquella voz grave, profunda, pero sintió que le fallaban las fuerzas al oírla de nuevo, la emoción mezclada con el miedo. Él la había herido más gravemente que ninguna otra persona en su vida, pero todavía tenía el poder de electrizar cada célula de su cuerpo con nada más que su voz. El solo hecho de oírlo otra vez la hizo sentirse como la niña que era a los catorce años, temblorosa y agitada por su proximidad. Y siempre, siempre, estaba aquel desagradable contrapeso que tiraba de ella en la dirección contraria: el vivo recuerdo de James diciendo: «Eres basura». Jamás había conseguido encontrar el equilibrio en lo que a James se refería, jamás había conseguido olvidarlo, mezcla de sueño y pesadilla.

Lo oportuno de su llegada le puso la carne de gallina. ¿Lo habría convocado ella con sus pensamientos? Llevaba allí de pie tanto tiempo que la puerta tableteó de nuevo bajo el impacto del puño de James.

-Abre. -En su tono se percibía la férrea autoridad de alguien que esperaba ser obedecido de inmediato, y que tenía la intención de encargarse de que así fuera.

Con cautela, Lily soltó la cadena de la puerta y abrió. Alzó la vista hacia el hombre al que no había visto en una docena de años. No importó; no importaba cuánto tiempo hubiera pasado, ella lo habría reconocido de todas formas. Él permaneció en el pasillo, sin dignarse a entrar, y el impacto de su presencia física dejó a Lily sin aliento.

Era más grande de lo que recordaba, pero es que un metro ochenta siempre parecía ser más cuando uno tiene que levantar la vista. Seguía teniendo delgadas la cintura y las caderas, pero se había ensanchado de pecho y hombros, había adquirido la dura solidez de un hombre adulto. Y era sin ningún género de dudas un hombre, hacía mucho que había perdido todo rasgo juvenil. Su rostro era más magro, más fuerte, más duro, con surcos que enmarcaban su boca y arrugas de madurez en los ojos. Estaba contemplando la cara de un pirata, y comprendió por qué Rolanda Rouge temblaba ante la sola mención de su nombre. Su cabello negro, que él llevaba sumamente despeinado, era ahora más largo de lo que jamás lo había visto antes. En el lóbulo de su oreja izquierda brillaba un minúsculo diamante. Cuando tenía veintidós años era impresionante; a los treinta y cuatro era peligroso, un pirata de carácter y de aspecto. El hecho de mirarlo le provocó calor y temblor a un tiempo, el corazón de repente empezó a latirle con tal fuerza que se preguntó si él llegaría a oírlo. Reconocía los síntomas, y odió encontrarse en aquel estado. Merlín, ¿es que estaba condenada a pasarse la vida entera desfalleciendo al ver u oír a James Potter? ¿Por qué no podía superar aquel residuo de reacción infantil?

Por encima de la fina línea de la nariz, los pecaminosos ojos oscuros de James seguían siendo fríos e implacables.

El sensual contorno de su boca se curvó al bajar la vista para mirarla a ella.

—Lily Evans—dijo—.Argus tenía razón; eres exacta a tu madre.

Pero si él había cambiado, ella también. Lily había adquirido seguridad en sí misma a base de esfuerzo. Le obsequió una sonrisa fría y ligera y respondió:

—Gracias.

—No es un cumplido. No sé por qué estás aquí, y no importa. Este motel es propiedad mía, y tú no eres bienvenida, de modo que tienes media hora para recoger tus cosas y marcharte. —Esbozó una sonrisa lobuna que en realidad no era una sonrisa—. ¿O tengo que llamar a los policías de nuevo para librarme de ti?

El recuerdo de aquella noche flotó entre ambos, con tal fuerza que casi era tangible. Por un instante Lily vio otra vez los faros, experimentó la confusión y el terror de entonces, pero se negó a permitir que él le provocara el pánico. En vez de eso, se encogió de hombros con gesto elegante, le dio la espalda y fue hasta la zona del cuarto de baño, donde recogió eficientemente sus artículos de tocador, los metió en su bolso de viaje y descolgó la única muda de ropa de la percha. Plenamente consciente de aquellos ojos que le taladraban la espalda, dobló la ropa sobre el brazo, se deslizó en sus zapatos, cogió su bolso y pasó presurosa al lado de James sin alterar en ningún momento la expresión serena de su rostro.

Cuando arrancó el coche y se alejó del motel, rumbo a Chepstow, James aún seguía de pie junto a la puerta de la habitación, mirándola fijamente.

¡Lily Evans!

James se quedó mirando las luces traseras del coche hasta que se perdieron de vista. Cuando Argus lo llamó para decirle que acababa de llegar al motel una mujer que era la viva imagen de Elladora Evans y que se había registrado con el nombre de Lilianne E. Black, no le cupo ninguna duda acerca de su identidad. ¡Así que un miembro de la progenie de los Evans por fin había tenido el valor de regresar a Tutshill! No le sorprendió que fuera Lily; Ella siempre había tenido más agallas que el resto de su familia juntos.

Lo cual no significaba que él fuera a dejarla quedarse.

Se volvió hacia la habitación iluminada que ella había abandonado con tan pocas demostraciones.

Sin ninguna alharaca, maldita fuera. Si quería una pelea, ella desde luego no le dio el capricho. Ni siquiera había pedido que le devolvieran el dinero a su tarjeta de crédito. Sin pestañear siquiera, había recogido sus cosas y se había ido. No había tardado ni un minuto; diablos, ni treinta segundos.

Se había ido, y a excepción de la colcha arrugada de la cama, la habitación estaba tan inmaculada como si jamás hubiera estado allí, pero su presencia aún persistía en el ambiente. Era un aroma dulce, ligeramente almizclado, que flotaba en el aire y que anulaba el olor a rancio que era endémico de todas las habitaciones de motel. James sintió cómo se le aceleraba la sangre en una reacción instintiva. Era el olor a mujer, universal en ciertos aspectos, exclusivo de ella en otros. Se adentró un poco más en la habitación, atraído por aquel esquivo aroma, agitando las aletas de la nariz igual que un semental.

Lily Evans. El solo hecho de oír aquel nombre le había traído de nuevo a la memoria aquella noche, y había vuelto a verla, grácil y silenciosa, con aquella cabellera de color rojo oscuro que le caía sobre los hombros y aquel cuerpo esbelto cuya silueta se recortaba tras la fina tela del camisón, arrojando un sensual hechizo sobre los agentes y sobre él mismo. En aquella época no era más que una niña, por el amor de Dios, pero ya entonces poseía el aura de sensualidad de su madre.

Cuando ella abrió la puerta de la habitación y él la vio de nuevo, se quedó estupefacto. Se parecía tanto a Elladora que sintió deseos de estrangularla, pero al mismo tiempo resultaba imposible confundirla con su madre. Lily era un poco más alta, más delgada que voluptuosa, aunque se había rellenado muy bien en los doce años que habían transcurrido desde la última vez que la vio. Su color era el mismo que el de Elladora: la melena pelirroja oscura, los ojos semicerrados, verdes esmeralda y con motas doradas, la piel traslúcida. Pero lo que lo había puesto furioso era aquella sensualidad carente de todo esfuerzo y la reacción involuntaria que había sufrido él. No era nada que ella hubiera dicho o hecho, ni siquiera lo que llevaba puesto, que era un elegante traje de chaqueta. ¡Una Evans vistiendo de traje, Merlín! No, se trataba de algo intrínseco de su ser, algo que también poseía Elladora. La hija mayor, de la que no recordaba su nombre, no tenía aquel potente atractivo; era fácil y barata, no sexy. Lily era sexy. No tan descaradamente como Elladora, pero con la misma intensidad. Al clavar la mirada en aquellos ojos de gato pensó en la cama que había detrás, pensó en sábanas revueltas y piel ardiente, en tenerla desnuda debajo de él y sentir cómo sus muslos le envolvían las caderas mientras él se encontraba entre sus piernas y empujaba al interior...

James rompió a sudar y soltó un juramento en voz alta en medio de la habitación vacía.

¡Maldición, no era mejor que su padre! Sólo un fugaz olor y estaba dispuesto a olvidarse de todo en su afán por follarse a una mujer de los Evans. No, no a todas las mujeres de los Evans, corrigió mentalmente. Por lo menos de eso tenía que dar gracias. Había visto el poderoso atractivo de Elladora, pero le pareció resistible, y la idea de compartir una mujer con su padre le resultaba repugnante. La hija mayor no tenía nada que resultase atrayente a sus ojos. Sin embargo, Lily... Si fuera cualquier otra cosa excepto una Evans, no descansaría hasta tenerla en la cama y cómodamente instalada para una larga"Sesión".

Pero era una Evans, y la sola mención de aquel apellido lo ponía furioso. Su familia había quedado destrozada por culpa de Elladora, y jamás podría olvidarlo. Olvidarlo era imposible, teniendo que vivir todos los días con las consecuencias de la deserción de Charlus. Su madre se había retraído hasta convertirse en una sombra de lo que había sido. Se había pasado más de dos años sin salir de su habitación, e incluso ahora se negaba a aventurarse fuera de la casa excepto para acudir al médico en Londres en las raras ocasiones en las que se ponía enferma. James había perdido a su padre, y a todos los efectos también a su madre.

A veces James se preguntaba si Dorea seguiría aferrada a la esperanza de que Charlus regresara. Él mismo había aceptado hacía tiempo que jamás volvería a ver a su padre. Si Charlus hubiera tenido intención de volver, no habría enviado el poder escrito que recibió James dos días después de su desaparición.

Había sido sellado en la oficina de correos de Bristol el día en que se fue; la carta estaba redactada de forma lacónica y precisa, sin ninguna indicación personal. Ni siquiera la había firmado con un «Te quiere, papá», sino que se había limitado a un formal «Atentamente, Charlus J. Potter».

Al leer aquello, James supo que su padre se había ido para siempre, y se le llenaron los ojos de lágrimas por primera y única vez.

No sabía qué habría hecho sin Bartemius en aquellos primeros meses de desesperación en los que luchó denodadamente por dar solidez a su posición con los accionistas y diversas juntas directivas.

Barty lo había guiado por entre los escollos, peleó a su lado por ganar cualquier ventaja, hizo todo lo que pudo para ayudarlo con Dorea y Belvina. Barty también había sufrido por la pérdida de su mejor amigo.

En algunos aspectos, Belvina era ahora más fuerte que antes. No estaba tan necesitada emocionalmente, no dependía tanto de los demás. Había pedido perdón a James por su intento de suicidio y le había asegurado que jamás volvería a hacer nada tan estúpido. Pero aunque estaba más fuerte, también estaba más distanciada, como si aquel paroxismo de dolor y aflicción hubiera consumido su exceso de emotividad y la hubiera dejado tranquila pero también distante. Había cobrado interés por el trabajo de su hermano y gradualmente se fue convirtiendo en una excelente ayudante, en quien uno se podía apoyar con plena confianza en su criterio y su capacidad, pero era casi tan solitaria como Dorea. Belvina sí que salía; era muy preocupada acerca de su aspecto físico, por lo que acudía regularmente a la peluquería y hacía un esfuerzo por vestir bien. Sin embargo, hacía años que no salía con ningún hombre. Al principio, James pensaba que se sentía avergonzada por su intento de suicidio y que iría relajándose a medida que desaparecieran las cicatrices. Pero no había sido así, y con el tiempo comprendió que no era la vergüenza lo que la recluía en casa. Simplemente no la interesaba relacionarse con nadie. Lo hacía si se lo exigía el trabajo, pero en un nivel personal declinaba todas las invitaciones y rechazaba de plano las sugerencias que le planteaba James para que regresara a la escena social. Lo único que él podía hacer para aumentar su seguridad era demostrarle lo mucho que confiaba en ella para el trabajo y pagarle un buen sueldo para que tuviera una prueba tangible de lo que valía, además de una sensación de independencia.

Sin embargo, el año anterior, el nuevo capitán de un pequeño cuerpo de aurores que James había instalado en Tutshill, Walter Parkin, había conseguido convencerla de que saliera con él. Desde entonces, Belvina lo veía con cierta regularidad. James se sintió tan aliviado que le entraron ganas de llorar. Quizá, sólo quizá, su hermana tuviera la oportunidad de llevar una vida normal, después de todo.

No, jamás olvidaría lo que los Evans le habían hecho a su familia. Y con suerte, jamás volvería a ver a Lily Evans.

Gracias. Aquélla había sido la única palabra que había pronunciado Lily, aparte de preguntar quién llamaba a la puerta. Se había mostrado tranquila y enigmática, lo observó con ligera diversión, con un aplomo que no disminuyó ante la amenaza de él. Aunque no había sido una amenaza, sino una promesa. Si no se hubiera ido sola, la habría acompañado por segunda vez fuera de la ciudad, y habría tenido que llamar a los policias, porque si la tocaba él mismo perdería el control, y lo sabía.

Ahora era una mujer, no la niña que él recordaba. Siempre había sido distinta del resto de los Evans, una criatura vidente del bosque que había crecido hasta convertirse en una tentación tan grande como su madre. Era obvio que algún pobre idiota lo había creído así, porque el hecho de que su apellido fuera ahora Black significaba que se había casado, pese a que no llevaba alianza. Se había fijado en sus manos, esbeltas, elegantes, bien cuidadas, y le hizo cierta gracia que no llevase un anillo de boda. Elladora tampoco lo llevaba; le cortaba los vuelos. Estaba claro que su hija se sentía igual, por lo menos cuando viajaba sin el desconocido señor Black.

Parecía disfrutar de prosperidad; o sea que, como los gatos, había caído de pie. No se sorprendió. Las mujeres de los Evans siempre habían tenido un talento especial para encontrar a alguien que las mantuviese. Su marido debía de ser uno de los buenos, pobre tonto. Le habría gustado saber con qué frecuencia dejaba a su marido en casa mientras ella se iba de correrías.

Y también le habría gustado saber por qué había regresado a Tutshill. Allí no tenía nada, ni familia ni amigos. Los Evans no habían tenido amigos, sólo víctimas. Tenía que saber que no iba a ser recibida con los brazos abiertos. Probablemente había creído que iba a poder dejarse caer por allí sin que nadie se diera cuenta, pero las gentes del lugar tenían muy buena memoria, y su parecido con su madre era demasiado acentuado. Argus la había reconocido en cuanto se quitó las gafas de sol.

Bueno, qué más daba. Por segunda vez había librado a la ciudad de aquella plaga de los Evans, y con mucho menos trabajo que doce años antes. Sólo deseó que la muchacha no hubiera venido, que no hubiera reavivado el potente recuerdo de su involuntaria reacción a ella, que no hubiera sustituido la imagen de niña que guardaba de ella por la imagen que tenía ahora de mujer. Deseó no haber oído su voz suave y tranquila decir aquel «gracias».

Lily condujo a velocidad constante por la carretera oscura sin permitirse parar aunque por dentro iba temblando como si fuera de gelatina. Se negaba a dejar que su reacción la dominase. Años atrás había descubierto de forma muy dura lo que James Potter pensaba de ella, y había aprendido a enfrentarse al dolor. No estaba dispuesta a permitir que volviera a hacerle daño ni a apabullarla. No le había quedado más remedio que marcharse del motel, porque había visto la implacable determinación que mostraban sus ojos y sabía que no estaba tirándose un farol cuando habló de echarla por la fuerza. ¿Por qué habría de reprimirse de hacerlo, cuando no había dudado un momento en echar a toda su familia? No obstante, su serena obediencia no significaba que él hubiera ganado.

La amenaza de la policía no la asustó. Lo que la asustó y enfadó a la vez fue la intensidad de su propia reacción hacia James. Incluso después de todos aquellos años, después de lo que él le había hecho a su familia, era tan impotente como para producir aquella reacción. Era como para volverse loca. No había reconstruido su vida para dejar ahora que James la redujera a la categoría de basura, de la que uno quiere verse libre lo antes posible.

Hacía mucho que había pasado la época en la que podían intimidarla. La niña silenciosa y vulnerable de antes había muerto en un verano caluroso, doce años atrás. Lily seguía siendo una persona bastante callada, pero había aprendido a sobrevivir, a utilizar su férrea voluntad y su determinación para obtener lo que quería de la vida. Incluso había adquirido suficiente seguridad en sí misma para dar rienda suelta a su temperamento de vez en cuando. Si James quería librarse de ella, había cometido un error al forzar la situación. Pronto descubriría que lo que parecía una retirada significaba sólo que estaba recolocando su posición para atacar desde otro ángulo.

No podía permitirle que la pisoteara de nuevo. No era sólo una cuestión de honor; todavía no había averiguado lo que le había sucedido a Charlus. No podía olvidarse de ello, no podía dejarlo pasar.

Un plan comenzó a tomar forma en su ágil mente, y una sonrisa curvó sus labios mientras conducía el coche. Antes de que se diera cuenta, James se encontraría superado en táctica. Iba a trasladarse a Tutshill, y no había nada en absoluto que él pudiera hacer para impedírselo, porque para cuando se enterase, ella ya estaría cómodamente instalada. Ya había pasado la hora de hacer frente a todos los viejos fantasmas, de cimentar el respeto por sí misma. Iba a dar prueba de su valía al pueblo que la había despreciado, y entonces podría olvidarse del pasado.

Y también quería demostrarle a James que estaba equivocado acerca de ella desde el principio.

Lo deseaba con tanta intensidad que casi podía ya paladear el sabor dulce de la victoria. Debido a que ella lo había amado tan profundamente desde niña, a que él había sido el juez duro e implacable, el ejecutor, por así decirlo, la noche en que los expulsó a todos de la ciudad, había adquirido demasiada importancia en su mente. Pero no debía ser así, debería haber podido olvidarlo, pero aquéllos eran los hechos; no se consideraría otra cosa que basura hasta que James se viera obligado a admitir que ella era una persona decente, moral y triunfadora.

No sólo quería averiguar lo que le había ocurrido a Charlus; a lo mejor la cosa había comenzado así, o tal vez se había ocultado la verdad a sí misma, pero ahora tenía ya la certeza.

Quería ir a casa.

7

—Lo dices como si tuvieras multas para empapelar la pared.

—No te rías. Dos multas son algo bastante serio, y tres son una catástrofe. Voy a pasarme dos años renqueando a cincuenta y cinco millas por hora. ¿Sabes cómo destroza eso los planes de cualquiera? Tengo que levantarme antes y salir antes, vaya a donde vaya, ¡porque tardo muchísimo en llegar! —Parecía tan afectada que Lily dejó de contenerse y empezó a soltar una risita.

Margot era una encantadora squib expulsada de su familia a causa de su condición, tenía treinta y seis años, estaba divorciada y no tenía en absoluto la intención de seguir estándolo. Lily no sabía lo que habría hecho sin ella. Cuando por fin reunió dinero suficiente para comprar la agencia, sabía llevar la parte del negocio que tenía que ver con los clientes, pero a pesar de su título en administración de empresas, había una diferencia enorme entre los libros de texto y la vida real. Margot había trabajado para J. B.Sprout, el antiguo dueño de Magic Travel, y tuvo mucho gusto en realizar las mismas tareas para Lily. Su experiencia había sido de un valor incalculable; había evitado que Lily cometiera errores graves en cuestiones financieras.

Más que eso, Margot se había convertido en una amiga. Era una mujer alta y delgada, con cabello rubio teñido, y vestía de modo espectacular. No se andaba con rodeos al admitir que buscaba un marido nuevo «Los hombres son un problema, querida, pero tienen algún que otro punto bueno, uno grande en particular» y era tan afable al respecto que no tenía dificultades para conseguir citas. Su vida social habría dejado exhausta a la debutante más fuerte. Que ella dijera que Lily tenía mano con los hombres, cuando ésta rara vez salía con alguien y ella misma rara vez estaba en casa, era un tanto exagerado, en la opinión de Lily.

—No te rías —la amonestó Margot—. Uno de estos días te parará una mujer policía, y ahí se acabará tu suerte.

—Eso es precisamente, suerte.

—Claro. —Margot abandonó el tema y la miró con curiosidad—. Y bien, ¿qué es todo eso de una casa en un pueblucho olvidado en Gales?

—Tutshill—corrigió Lily con una sonrisa—. Es un pequeño pueblo que hay al sur de Gales,

Margot resopló de nuevo.

—Lo que yo he dicho, olvidado.

—Es mi hogar. Nací allí.

—No me digas. ¿Y lo reconoces así, en voz alta? —preguntó Margot con toda la incredulidad de una nativa de Londres.

—Me vuelvo a mi casa —dijo Lily con suavidad—. Quiero vivir allí.

No era un paso que fuese a dar a la ligera; iba a regresar siendo plenamente consciente de que los Potter harían todo lo que pudieran para causarle problemas. Estaba situándose deliberadamente una vez más en la proximidad de James, y el peligro que ello suponía no la dejaba dormir por las noches. Además de intentar descubrir lo que le había sucedido a su padre, tenía muchos fantasmas a los que enfrentarse, y James era el mayor de todos. Él la había atormentado, de una manera o de otra, durante la mayor parte de su vida, y aún estaba atrapada en un insuperable, infantil torbellino de emociones en lo que a él se refería. En su mente James era omnipotente, más grande que la vida misma, con poder para destruirla o exaltarla, y el último encuentro que había tenido con él no había hecho nada para diluir aquella impresión. Necesitaba verlo como un hombre normal, tratarlo en pie de igualdad como una adulta en vez de una niña vulnerable y aterrorizada.

No quería que tuviera aquel poder sobre ella; quería vencerlo de una vez por todas.

-Ha sido por ese viaje que has hecho a Bristol, ¿verdad? Te acercaste mucho y no pudiste soportarlo. -Margot no sabía lo que había ocurrido doce años antes, no sabía nada de la infancia de Lily, excepto que había vivido en un hogar de acogida y que quiso mucho a sus padres adoptivos. Lily jamás le había hablado del pasado de su familia.

-Supongo que es verdad lo que dicen de las raíces.

Margot se recostó en su silla.

-¿Vas a vender la agencia, o qué?

Lily, sorprendida, se la quedó mirando.

-¡Por supuesto que no!

El semblante de Margot se relajó súbitamente, y de pronto Lily comprendió lo alarmante que podía resultar aquella decisión para sus empleados.

—Todo va a seguir exactamente igual que antes, con dos pequeñas excepciones.

-¿Cómo de pequeñas? -preguntó Margot, suspicaz.

—Bueno, para empezar, yo me voy a vivir a Tutshill. Cuando el señor Bible me encuentre una casa, conectare mi chimenea a la red, un ordenador y una fotocopiadora para estar en contacto contigo, aunque sea electrónico o mágico, tal como estoy ahora.

-De acuerdo, ésa es una… ¿Cuál es la otra?

-Que tú serás la encargada de todas las sucursales. Una directora de distrito, podríamos llamarlo, excepto que hay un solo distrito y tú eres la única directora. No te importará viajar, ¿no?-preguntó Lily, preocupada de pronto. Se había olvidado de tomar aquel detalle en cuenta al hacer los planes.

Margot enarcó las cejas en un gesto de incredulidad.

-¿Importarme a mí? Querida, ¿estás mal de la cabeza? ¡Me encanta viajar! Se podría decir que amplía mi coto de caza, y Merlín sabe que a los tíos mejores de por aquí ya les he dado oportunidades suficientes para que tengan una vida llena de emociones. Además, nunca supone un trabajo ir a Gales.

—Y a Bristol, y a Chepstow.

—En Bristol hay caballeros flemáticos, en Cheostow hay más cavernícolas pueblerinos... Mmmm —dijo Margot, pasándose la lengua por los labios—. Tendré que volver a Londres a descansar.

Su plan fue encajando sin tropiezos, pero porque Lily se tomó muchas molestias para que así fuera. Obtuvo gran satisfacción de sus esfuerzos; a los catorce años se encontraba desvalida, pero ahora poseía recursos propios, y cuatro años en el mundo de los negocios le habían proporcionado un montón de contactos.

Con la ayuda del señor Bible, rápidamente encontró y se decidió por una casa pequeña que estaba en venta. No se hallaba en Tutshill, sino que estaba situada a unos tres kilómetros de la ciudad, al borde de la finca de los Potter. El hecho de comprarla supuso un buen mordisco para sus ahorros, pero la pagó al contado para que James no pudiera tirar de ningún hilo en el caso de una hipoteca y causarle problemas. Ahora sabía lo bastante para prever los pasos que él podría dar para dificultarle las cosas, y sabía cómo contrarrestarlos. Le proporcionaba gran placer saber que estaba superándolo en táctica y que él no se enteraría de nada hasta que fuera demasiado tarde para detenerla.

Muy silenciosamente, manejándolo todo por medio de la agencia para que su nombre no apareciera en ninguna parte y no pudiera provocar la alerta, mandó que conectasen los servicios, que limpiasen la casa, y seguidamente, con sumo placer, trasladó sus muebles a su nuevo hogar.

Sólo un mes después de que James la expulsara de la ciudad por segunda vez, Lily penetró con su coche en el camino de entrada de su nueva casa y la contempló con extrema satisfacción.

No había sido una compra a ciegas. El señor Bible le envió fotos de la casa, tanto del interior como del exterior. La vivienda era pequeña, sólo tenía cinco ambientes y había sido construida en los años cincuenta, pero había sido remodelada y modernizada con vistas a venderla. El dueño anterior había hecho un buen trabajo; el nuevo porche delantero recorría toda la fachada, y en un extremo había un columpio que invitaba a los nuevos inquilinos a disfrutar del buen tiempo. Unos ventiladores situados a cada extremo del techo garantizaban que el calor no sería demasiado insoportable. También había ventiladores en cada habitación de la casa.

Los dos dormitorios eran del mismo tamaño, de modo que escogió el posterior para ella y convirtió el otro en un despacho. Había solamente un baño, pero como ella era una sola persona, no esperaba tener problemas en ese sentido. El cuarto de estar y el comedor eran agradables, pero lo mejor de la casa era la cocina. Era evidente que había sido remodelada hacía unos años, porque no se imaginaba que nadie se gastase dinero en reformar una cocina a su gusto cuando con un estilo más estándar valdría para vender la casa y costaría mucho menos. A quienquiera que fuera le gustaba cocinar. Había una placa de seis fuegos, además de un de horno microondas y otro convencional. Los armarios cubrían una pared entera, desde el suelo hasta el techo, lo que proporcionaba espacio suficiente para almacenar comida para un año. En lugar de una isleta, el centro de la cocina lo ocupaba una mesa de dos metros con tabla para cortar que ofrecía abundante espacio para aventuras culinarias. A Lily no la entusiasmaba tanto cocinar, pero le gustó la estancia. En realidad estaba encantada con la casa entera. Era el primer lugar para vivir que realmente le pertenecía; los apartamentos no contaban porque eran alquilados. Aquella casa era suya. Era un verdadero hogar.

Bullía de felicidad por dentro cuando fue al centro de Tutshill para hacer la compra y solventar dos pequeños asuntos. La primera parada fue el palacio de justicia, donde compró una matrícula de Gales para el coche y solicitó el permiso de conducir. A continuación, la tienda de comestibles. Fue un sutil placer comprar sin fijarse en el precio en la misma tienda en la que en otro tiempo el propietario la seguía desde que entraba y controlaba todos sus movimientos para cerciorarse de que no se metía algo en el bolsillo y se iba sin pagarlo. Kettleburn se llamaba, Ed Kettleburn. Su hijo pequeño estaba en la clase de Petunia.

Se entretuvo en seleccionar la fruta y las verduras, metiéndolas por separado en bolsas de plástico y cerrando cada una con una cinta verde. Del almacén salió un hombre de pelo gris con un delantal lleno de manchas, cargando con una caja de plátanos que empezó a colocar en una balda casi vacía. Lanzó una mirada a Lily y volvió a mirarla, abriendo los ojos con incredulidad.

Aunque ahora tenía mucho menos pelo y el que le quedaba había cambiado de color, a Lily no le costó reconocerlo: era el hombre en el que estaba pensando.

-Hola, señor Kettleburn -le dijo amablemente mientras empujaba el carrito-. ¿Cómo está?

-Ella… ¿Elladora?-balbuceó él, y hubo algo en la forma de pronunciar aquel nombre que dejó helada a Lily y la hizo mirarlo con otros ojos. ¡Merlín, él también! Bueno, ¿por qué no? Charlus Potter no siempre estaba disponible, y Elladora no era una mujer que hiciera ascos a nada.

Su sonrisa se esfumó y dijo en tono gélido:

-No, no soy Elladora, Soy Lily, la hija pequeña. -Se sintió furiosa en nombre de la niña que fue constantemente humillada por verse tratada como una ladrona, cuando durante todo aquel tiempo el hombre que se preocupaba tanto de seguirla por la tienda formaba parte de la pandilla de perros hambrientos que babeaban por su madre.

Empujó el carrito por el pasillo. La tienda no era grande, de modo que oyó el murmullo de voces cuando el tendero corrió a contarle a su mujer quién era ella. No mucho después, se dio cuenta de que llevaba detrás una sombra. No reconoció al muchacho adolescente, que también llevaba un delantal largo y con lamparones y que se sonrojó con embarazo cuando ella lo miró, pero resultaba obvio que alguien le había dicho que se cerciorase de que todo iba a parar al carro y no al bolso.

Tuvo un acceso de ira, pero lo controló y se esforzó por no darse prisa. Cuando ya hubo cogido todo lo que llevaba apuntado en la lista, dirigió el carro hacia la caja y empezó a descargarlo.

La señora Kettleburn estaba en la caja registradora cuando Lily entró en el establecimiento, pero el señor Kettleburn se había hecho cargo de aquella tarea y ahora su esposa miraba con toda atención desde el pequeño cubículo que hacía las veces de oficina. Observó los artículos que Lily estaba descargando.

—Más vale que tenga dinero para pagar todo esto —dijo el hombre en tono desagradable. Miro mucho de quién acepto un cheque.

-Yo siempre pago en efectivo -replicó, Lily con frialdad- Miro mucho a quién dejo ver el número de mi cuenta.

Transcurrieron unos instantes hasta que el tendero se dio cuenta de que Lily lo había insultado pagándole con la misma moneda, y se sonrojó violentamente.

-Cuidado con lo que dice. No tengo por qué tolerar esa forma de hablar en mi establecimiento, sobre todo de gente como usted.

-Claro. -Lily le sonrió y habló en tono bajo—. No era usted tan escogido cuando se trataba de mi madre, ¿verdad?

El rubor desapareció de la cara del hombre tan bruscamente como había aparecido. Quedó pálido y sudoroso, y lanzó una mirada fugaz a su esposa.

-No sé de qué me está hablando.

-Bien. Pues entonces procure que no vuelva a surgir este tema. -Extrajo su cartera y aguardó. El señor Kettleburn empezó a pasar los artículos por el mostrador marcando los precios. Lily miraba cada precio conforme él lo iba sumando, y lo detuvo en una ocasión—. Esas manzanas están a un galeón el kilo, no a un galeon sesenta y nueve.

El hombre se ruborizó otra vez, furioso de que ella lo hubiera pillado en un error. Por lo menos Lily suponía que había sido un error y no un intento deliberado de engañarla. La joven iba a cerciorarse de repasar todos los artículos en el recibo antes de salir de la tienda, iba a darle a probar lo que era que a uno lo considerasen deshonesto automáticamente. En otro tiempo se habría retraído, profundamente humillada, pero aquella época había quedado atrás.

Cuando el señor Kettleburn sumó el total, Lily abrió la cartera y sacó lleno de galeones. Normalmente, su factura de la compra era menos de la mitad de aquella cantidad, pero es que había dejado que se agotasen muchas cosas en vez de tomarse la molestia de trasladarlas, de modo que tuvo que reponer las existencias. Vio que el tendero miraba el dinero que quedaba en la cartera y supo que rápidamente correría por toda la ciudad el rumor de que Lily Evans había vuelto, y exhibiendo un fajo de dinero como para parar un tren. Nadie creería que lo había ganado de forma honrada.

No podía decirse a sí misma que no le importaba lo que pensara la gente; siempre le había importado. Aquélla era una de las razones por las que había vuelto, para demostrarles a ellos que no todos los Evans eran gentuza, y para demostrarse a si misma que no era basura. Sabía racionalmente que ella era respetable, pero aún no lo sabía en su corazón, y no lo sabría hasta que los habitantes de su ciudad natal la aceptaran. No podía divorciarse de Tutshill; aquella ciudad había contribuido a dar forma a lo que era como persona, y tenía profundas raíces en ella. Pero el hecho de desear ser aceptada por aquella gente no significaba que fuera a dejar que cualquiera la insultara y saliera impune. De niña era discretamente obstinada en cuanto a salirse con la suya, pero en los doce años que habían transcurrido desde entonces, había crecido y había aprendido a defenderse.

El mismo chico que la había seguido en el interior de la tienda la ayudó a llevar las bolsas al coche. Calculó que tendría unos dieciséis años, sus articulaciones todavía conservaban la holgura propia de la infancia y las manos y los pies eran demasiado grandes para el resto.

-¿Eres familia de los Kettleburn? —le preguntó mientras se dirigían al aparcamiento, él empujando el carrito.

El chico se ruborizó ante aquella pregunta personal.

-Er... sí. Son mis abuelos.

-¿Cómo te llamas?

- Cygnus.

—Yo soy Lily Black. Antes vivía aquí, y acabo de volver para quedarme.

Se detuvo frente a su automóvil y abrió el maletero. Como la mayoría de los adolescentes, al chico le interesaba todo lo que tuviera cuatro ruedas, y le echó un buen vistazo. Lily se había comprado un sedán sólido y fiable en lugar de un deportivo; para los negocios era mejor un sedán, y de todas formas había que tener una actitud determinada para ir por ahí al volante de un deportivo, una actitud que Lily no había tenido nunca. Siempre había sido más madura de lo que indicaba su edad, y para ella la estabilidad y la seguridad eran mucho más importantes que la velocidad y una imagen impresionante. Pero el coche, de un verde oscuro y estilo sofisticado europeo, tenía menos de un año y una cierta elegancia, a pesar de toda su fiabilidad.

-Tiene un coche muy bonito -se sintió impulsado a comentar Cygnus mientras trasladaba la compra al maletero.

-Gracias.

Lily le dio una propina, y él contempló los sickles con sorpresa. De aquel detalle dedujo que o bien en Tutshill no se estilaba dar propinas, o bien la gente solía cargar ella misma con la compra y a él lo habían presionado para que la ayudase y así viera si tenía el coche limpio o algo parecido.

Sospechó esto último; el cotilleo de la gente de las poblaciones pequeñas no conocía límites.

Un Cadillac pequeño y blanco entró en el aparcamiento mientras Lily abría la portezuela del coche y frenó bruscamente al llegar a su altura. Lily levantó la vista y vio a una mujer que la miraba fijamente, estupefacta. Tardó unos instantes en reconocer a Belvina Potter o como se apellidase ahora. Las dos mujeres se miraron de frente la una a la otra, y Lily se acordó de que Belvina siempre se esforzaba especialmente en ser desagradable con los Evans, a diferencia de James, que los había tratado con bastante normalidad hasta que desapareció Charlus.

A pesar de sí misma, Lily sintió un ramalazo de lástima; si sus sospechas eran ciertas, el padre de ambos estaba muerto y ellos habían pasado todos aquellos años sin saber lo que le había sucedido.

Los Evans habían sufrido por causa de los actos de Charlus, pero también habían sufrido los Potter.

Incluso en el interior del coche, Lily advirtió lo pálida y tensa que parecía Belvina al mirarla.

Aquélla era una confrontación que mejor sería posponer; aunque su intención era mantenerse firme, no había necesidad de exhibir su presencia en las narices de los Potter. De modo que volvió el rostro, se subió al coche y encendió el motor. Belvina le bloqueaba el paso de tal forma que no podía dar marcha atrás, pero el sitio de aparcamiento que tenía delante estaba vacío, así que no necesitaba retroceder. Simplemente salió pasando por aquel espacio y dejó a Belvina aún sentada y con la vista fija en ella.

Cuando llegó a casa se encontró con dos Lechuzas que la esperaban impaciente en la entrada de su casa, todas de Margot. Colocó en su lugar las cosas que había comprado antes de sentarse en el despacho a atender los problemas que hubieran surgido. Le gustaba el mundo de las agencias de viajes; no carecía de su dosis de crisis y quebraderos de cabeza, pero la mayor parte del tiempo, por la propia naturaleza de aquel negocio, los clientes estaban animados y contentos. La labor de la agencia consistía en asegurarse de que sus vacaciones se reservasen correctamente, con alojamiento seguro y donde pudiesen interactuar a sus anchas con otros magos sin preocuparse de guardar apariencias frente a los muggles. Sus empleados sabían encargarse de cosas así. La mayoría de los problemas con que se tropezaba eran de índole muy distinta. Había una nómina que pagar, impresos de impuestos que rellenar, un interminable desfile de papeles. Lily había decidido seguir encargándose de la nómina, con la información pertinente que le enviarían todos los lunes por la mañana desde las cuatro sucursales. Haría el papeleo, prepararía los cheques y los mandaría vía lechuza urgente el miércoles por la mañana. Aquélla era una solución factible, y disfrutaría enormemente de la comodidad de trabajar en casa.

El mayor inconveniente era seguir trabajando con los bancos de Londres, tanto en el aspecto profesional como en el personal, pero había decidido no transferir sus fondos a Tutshill, ni siquiera a Chepstow; la influencia de los Potter tenía brazos muy largos. No había investigado si la familia era la propietaria del banco nuevo que había en la ciudad porque en realidad no importaba; fueran los dueños o no, James poseería una gran influencia. En la banca existían normas y leyes, pero en aquella parte del estado los Potter eran la ley para ellos mismos. A James le resultaría fácil obtener el saldo de sus cuentas, hasta las copias de los cheques anulados. No le cabía duda de que también podría causarle problemas retrasando hasta el último momento el crédito para los cheques depositados y haciendo que sus propios cheques fueran incobrables. No, lo mejor era seguir teniendo la cuenta en Londres.

Oyó crujir la grava del camino de entrada, y al asomarse por la ventana vio un brillante jaguar de color gris metalizado que se detenía frente a la casa. Resignada, dejó caer de nuevo la cortina y separó su silla de la mesa del despacho. No le hacía falta ver quién salía del coche para saber quién venía a verla, de igual modo que sabía que no se trataba precisamente del comité de bienvenida.

Fue al cuarto de estar y abrió la puerta al oír las pisadas en el porche.

-Hola, James. Pasa, por favor. Veo que ya no tienes tu Corvette.

La sorpresa brilló en los ojos del aludido al cruzar el umbral y abrumarla inmediatamente con su tamaño. No se esperaba que ella lo invitase tranquilamente a entrar, el conejo ofreciendo hospitalidad al lobo en su madriguera. Insólito.

-Ahora voy más despacio que antes en muchas cosas- dijo lentamente.

Lily tenía en la punta de la lengua decir: "Mejor, supongo", pero se contuvo. Dudaba de que James Potter le hiciera observaciones sugerentes a ella precisamente, y si se las tomaba como tales, él pensaría que era justo lo que cabía esperar de una Evans. Entre ellos no había espacio para el coqueteo normal.

Aquel día de finales de la primavera hacía calor, y James llevaba una camisa blanca de algodón floja y abierta en el cuello, y pantalones de lino de color caqui. Por el cuello de la camisa le asomaba una porción de su exquisito pecho lampiño. Lily se obligó a sí misma a mirar a otra parte, consciente de una súbita dificultad para respirar. Él traía consigo el aroma fresco y terrenal a sudor limpio y el clásico olor almizclado del hombre. Ella nunca había logrado decidir qué color tenía, pensó azorada, inhalando aquel aroma complejo y sutil. El impacto físico que le produjo hizo que se bloqueasen todos sus sentidos, igual que siempre. No había cambiado nada. Lo que la impresionó no fue lo imprevisto de verlo; Las viejas reacciones de antaño seguían allí, igual de potentes, sin haber sido atenuadas por la madurez ni por el paso del tiempo. Lo miró con rabia oculta, impotente. Merlín, aquel hombre no había hecho otra cosa que hundirla en el polvo, y no dudaría en hacerlo de nuevo; ¿qué demonios le pasaba para no ser capaz de verlo sin experimentar automáticamente aquel hormigueo de excitación?

James estaba demasiado cerca de ella, junto a la puerta, mirándola fijamente con sus ojos oscuros y entrecerrados. Se apartó para darse a sí misma un poco de espacio para respirar. Le resultaba demasiado imponente físicamente, veinticinco centímetros más alto que ella y con aquel cuerpo de atleta, duro y esbelto. Tendría que ponerse de puntillas siquiera para darle un beso en el hueco de aquella garganta musculosa y bronceada. Aquel pensamiento aberrante la sobresaltó, la conmocionó, y ocultó su expresión de manera instintiva. De ningún modo podía permitir que James supiera que ella se sentía siquiera remotamente atraída por él; eso le daría un arma de enorme poder destructivo contra ella.

-Esto es una sorpresa -dijo en tono ligero, aunque no lo era—. Siéntate. ¿Te apetece un café, o tal vez té helado?

—Déjate de cortesías —contestó él avanzando hacia Lily, y ésta percibió el filo de fría cólera en su voz grave—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Vivo aquí —repuso Lily, arqueando las cejas en un gesto de falsa sorpresa. No esperaba tener la confrontación tan pronto; James era más eficiente de lo que ella imaginaba. De nuevo se apartó, desesperada por mantener una distancia de seguridad entre ambos. La mirada de él se agudizó y acto seguido brilló de satisfacción y con una frialdad tal, que Lily comprendió que él se había dado cuenta de que su proximidad la ponía nerviosa. De manera que se detuvo, decidida a no hacerle ver que podía intimidarla de aquel modo, y se volvió para mirarlo de frente. Alzó la barbilla con una expresión serena y tranquila en sus ojos verdes. Le costó un poco de esfuerzo, pero lo consiguió.

-No será por mucho tiempo. Has perdido tiempo y esfuerzo en volver.

Con un suave gesto de diversiónLily dijo:

-Incluso tú podrías tener problemas para echarme de mi nueva casa.

La mirada de James se agudizó nuevamente al recorrer con la vista el cuarto de estar, pulcro y acogedor.

-La he comprado -amplió la información-. No está financiada, es mía limpia de polvo y paja.

James dejó escapar una risa áspera que la sobresaltó.

-Seguro que te has divorciado del señor Black y lo has dejado en pelotas. ¿Te quedaste con todo lo que tenía?

Lily se puso rígida.

-De hecho, así fue. Pero no me divorcié de él.

-Entonces, ¿qué hiciste, buscarte un viejo apolillado al que diste la patada después de uno o dos años? ¿Tenía herederos a los que tú estafaste y dejaste sin nada?

El color desapareció de las mejillas de Lily dejándola pálida como una estatua.

-No, me busqué un hombre joven y sano de veintitrés años, que murió en un accidente de coche antes de cumplir un año de casados.

James apretó los labios.

-Lo siento -dijo en tono hosco-. No debería haber dicho eso.

-No, no deberías haberlo dicho, pero jamás he visto que un Potter se haya preocupado alguna vez por los sentimientos de otra persona.

Él resopló con sorna.

-Una Evans debería tener cuidado con tirar piedras a ese tejado de cristal en particular.

-Yo jamás he hecho daño a nadie -replicó Lily sonriendo amargamente-. Simplemente quedé atrapada entre ambos fuegos cuando empezó la batalla.

-Toda inocencia, ¿eh? Eras muy joven cuando sucedió todo, pero yo tengo muy buena memoria, y recuerdo que te paseabas de un lado para otro delante de mí y de todos aquellos agentes vestida sólo con tu camisoncito transparente que lo dejaba ver todo. De tal madre, tal hija, diría yo.

Los ojos de Lily se agrandaron por el ultraje y la vergüenza, y el color inundó de nuevo sus mejillas. Dio dos rápidos pasos hacia James y le clavó un dedo en el pecho.

-¡No te atrevas a echarme eso en cara! -dijo, asfixiada por la cólera-. Me sacaron de la cama a rastras en plena noche y me tiraron en el patio como si fuera un trozo de basura. No te atrevas a decir eso -advirtió en tono duro cuando James abrió la boca para replicar que basura era precisamente lo que ella era, y volvió a golpearlo con el dedo-. Sacaron de la casa todo lo que teníamos, mi hermano pequeño estaba histérico y no se separaba de mí. ¿Qué se suponía que tenía que hacer yo, entretenerme en buscar alguna prenda mía y retirarme al bosque a cambiarme? ¿Por qué vosotros, que os llamáis decentes, no os volvisteis de espaldas, si estabais viendo demasiado?

James contempló el rostro iracundo de Lily con el semblante extrañamente quieto, y entonces sus ojos adoptaron una expresión más fría y concentrada. Agarró la mano de Lily y la apartó de su pecho. No la soltó, sino que mantuvo los dedos de ella cerrados contra su palma dura y cruel.

-Tienes el temperamento de una pelirroja, ¿verdad? -preguntó divertido.

Su contacto la conmocionó con una fuerte descarga de electricidad. Trató de soltarse de un tirón, pero James se limitó a apretar con más fuerza y la retuvo sin esfuerzo.

-Vamos, no te asustes -dijo con pereza.- A lo mejor te creías que yo iba a quedarme aquí dejándote que me agujerees con tu dedito, pero para disfrutar de eso tengo que estar de diferente humor.

Lily lo miró furiosa. Podía humillarse cediendo al impulso, o podía esperar hasta que él decidiese soltarla. Sus instintos de sobre vivencia la empujaban a librarse como fuera del calor perturbador de su contacto, de la sorprendente rugosidad de su palma, pero se obligó a permanecer inmóvil pues tenía la impresión de que él disfrutaría viendo cómo intentaba zafarse. Entonces entendió la connotación sensual del comentario que acababa de hacer y sus ojos se agrandaron al tiempo que la invadía una oleada de sorpresa. Aquella vez no cabía ningún malentendido.

-Eres una chica lista -dijo James, bajando la mirada hacia el busto de Lily. No se dio ninguna prisa, sino que examinó la forma de los pechos bajo la blusa de seda de color verde menta-. No creo que quieras empezar conmigo una pelea que no puedes ganar... ¿o sí? Es probable que tu madre te enseñara que un hombre se pone duro muy rápidamente cuando una mujer empieza a forcejear con él. ¿Has vuelto pensando que puedes ocuparel lugar de tu madre?¿Quieres ser mi puta, igual que ella fue la de mi padre?

Los ojos de Lily relampaguearon de ira, y le asestó un golpe con la mano libre con todas sus fuerzas. Rápido como una serpiente de cascabel, James levantó el otro brazo, paró el golpe y capturó la mano de Lily. Lanzó un silbido al ver la fuerza con que había atacado ella.

-Qué temperamento -se mofó él, con aspecto de estar disfrutando de la furia de Lily-. ¿Acaso tenías le intención de partirme los dientes?

-¡Sí! -explotó ella, haciendo rechinar los dientes y olvidando su decisión de no darle el placer de una pelea. Tiró de las manos en un intento de liberarse, y lo único que consiguió fue hacerse daño en las muñecas-. ¡Fuera de aquí! ¡Fuera de mi casa!

James se rió de ella y la obligó a quedarse quieta atrayéndola hacia su cuerpo.

-¿Qué vas a hacer, echarme?

Lily se quedó helada, alarmada al descubrir que la reacción de James al forcejeo era exactamente tal como él había dicho. Era imposible confundir la protuberancia que presionaba contra su vientre. Atacó con la única arma que le quedaba: la lengua.

-¡Si me sueltas, maldito neandertal, lo que haré será ponerme hielo en las muñecas para que no me salgan moratones! —replicó acaloradamente.

James bajó la vista hacia sus largos dedos cerrados alrededor de las finas muñecas de Lily, y los aflojó rápidamente, frunciendo el ceño al ver las marcas de color rojo oscuro que se habían formado rápidamente.

-No era mi intención hacerte daño -dijo, sorprendiéndola, y la soltó de inmediato-. Tienes la piel de un bebé.

Lily se apartó de él masajeándose las muñecas y negándose en redondo a mirarle la parte delantera de los pantalones. Aquello también podía ignorarse.

-Lo que yo creo es que no te importaba si me hacías daño o no. Márchate.

-Dentro de un minuto. Tengo unas cuantas cosas que decir.

Lily lo miró con frialdad.

-En ese caso, por el amor de Dios, dilas y vete.

El peligro destellaba en aquellos ojos oscuros, y antes de que Lily pudiera darse cuenta,James estaba de nuevo frente a ella, casi pellizcándole la barbilla, juguetón.

-Eres una brujita muy valiente, ¿verdad? Puede que demasiado para tu bien. No me provoques para que pelee, cariño, porque saldrás trasquilada. Lo mejor que puedes hacer es coger tus cosas y largarte de aquí, igual de rápido que has venido. Yo te compraré la casa por lo mismo que has pagado por ella, para que no pierdas nada. Aquí no eres bienvenida, y no quiero que mi madre y mi hermana sufran al verte pasear por ahí como si nada hubiera sucedido, resucitar aquel viejo escándalo y perturbar a todo el mundo. Si te quedas, si me desafías, puedo ponerte las cosas muy difíciles, y acabarás magullada. No podrás encontrar trabajo, y enseguida descubrirás que aquí no tienes amigos.

Lily se apartó bruscamente de él.

-¿Qué vas a hacer, pegarme fuego? -lo aguijoneó-. Ya no soy una niña desvalida de catorce años, y vas a descubrir que ahora no es tan fácil apabullarme. Estoy aquí, y voy a quedarme.

-Eso ya lo veremos, ¿no? -Sus ojos entrecerrados volvieron a deslizarse hasta el pecho de Lily, y de pronto sonrió-. Tienes razón en una cosa: ya no tienes catorce años.

Y acto seguido se marchó. Lily se lo quedó mirando con los puños cerrados y sintiendo una rabia impotente, el estómago encogido por el pánico. No quería que él se fijase en ella como mujer, no quería que posara en ella aquella mirada de párpados semicerrados, porque no estaba segura de ser capaz de resistirlo. La ponía enferma la idea de parecerse a su madre, de ser lo que él le había reprochado ser, la puta de un Potter.

-¿Era Elladora? -preguntó Belvina en voz baja, aunque estaba tan nerviosa que la tensión resultaba casi visible. Había llamado a James desde la tienda de comestibles de Kettleburn, más alterada de lo que su hermano la había visto en años, en realidad desde el día en que le dijo que su padre los había dejado por Elladora Evans. Belvina había recorrido un largo camino desde entonces, pero la mirada atormentada de sus ojos le dijo a James que el dolor afloraba a la superficie con demasiada facilidad para ser objetiva al respecto.

-No, pero estaba claro que era una Evans.

James se sirvió un dedo de whisky escocés y se lo echó encima, y a continuación se sirvió otro dedo más; tenía la impresión de necesitarlo tras su encuentro con Lily EvansEs decir, Lilianne Evans Black. Viuda. Una viuda joven, encantadora y pelirroja, dotada de tanto temperamento que hubiera querido mirarse las manos por para si le quedaba alguna marca chamuscada de haberla tocado. La había desconcertado un par de veces, pero durante la mayor parte del tiempo demostró una tranquila, exasperante seguridad en sí misma. No se alteró lo más mínimo ante las amenazas que él profirió, aunque tenía que saber que no se estaba tirando un farol.

Se encontraban en el estudio, disfrutando de una copa antes de la cena, por lo menos James.

Barty iba a cenar con ellos, y Dorea también bajaría pronto, así que James y Belvina habían entrado en el estudio para tener unos momentos de intimidad para hablar.

Belvina había palidecido.

- ¿Que no era Elladora? Se parecía mucho a ella, como sino hubiera envejecido en absoluto.

Incluso parecía más joven. Oh... Ya sé. -De pronto comprendió-. Era una de sus hijas, ¿verdad?

-La más pequeña, Lily. Siempre se pareció a Elladora más que sus hermanos.

-¿Qué está haciendo aquí?

-Dice que ha regresado para siempre.

Los ojos de Belvina se llenaron de horror.

-¡No puede! ¡Mamá no lo soportaría! Barty ha conseguido que salga un poco de su reclusión, pero si se entera de que uno de los Evans ha vuelto a Tutshill, quién sabe cómo la alterará. Tienes que librarte otra vez de ella, James.

James observó su whisky con expresión irónica y se lo terminó de un trago. El pueblo entero conocía la historia de cómo él había echado a patadas a la familia Evans. No era algo de lo que se sintiera especialmente orgulloso, pero tampoco se arrepentía, y el incidente lo había subido a los altares como una especie de leyenda local. Belvina no estuvo allí, no vio lo malo; sólo conocía el resultado, no el proceso, no tenía aquel recuerdo grabado a fuego en su mente. A él lo acompañaba en todo momento: el terror de Lily, los chillidos histéricos del niño pequeño y sus patéticos esfuerzos por aferrarse a su hermana, el desesperado frenesí de ella por recoger sus pertenencias... y aquella atracción sexual poderosa, incómoda, con que la miraban los hombres, las sombras de la noche que disimulaban su juventud y revelaban tan sólo el intenso parecido con su madre.

Con una leve punzada dedolorse dio cuenta de que aquella noche constituía un vínculo entre ellos, Lily y él, un lazo forjado por un recuerdo común que sólo podría romperse con la muerte.

Nunca había conocido a Lily en realidad, y había un espacio de doce años entre el antes y el ahora, y sin embargo... no la había considerado ni tratado como a una desconocida. Era como si ambos hubieran reanudado una antigua amistad. No eran desconocidos; entre ellos estaba aquella noche.

- Esta vez puede que sea más difícil librarse de ella- dijo bruscamente-. Ha comprado la casa de Cleburne, y tal como me ha recordado, yo no puedo echarla de una propiedad que es suya.

-Si la está comprando, ha de haber algún modo de interferir en la hipoteca...

-No he dicho que la esté comprando, sino que la ha comprado. Hay diferencia.

Belvina frunció el entrecejo.

-¿De dónde iba a sacar una Evans tanto dinero?

-Probablemente de un seguro de vida. Es viuda. Ahora se apellida Black.

-Muy cómodo para ella –comentó Belvina, sarcástica.

-No, por lo que he podido entender, no lo fue –replicó James, recordando mentalmente cómo había palidecido Lily cuando él le dijo algo similar.

En eso sonó el timbre de la puerta, y a continuación oyó la voz de Barty cuando la elfa le abrió.

Se acabó el rato de conversación. Palmeó a Belvina en el hombro al tiempo que ambos se encaminaban hacia la puerta.

-Haré lo que pueda para que se vaya, pero no es un resultado seguro. Ella no es una típica Evans.

No, no era típica en absoluto. Incluso cuando era una niña, el solo hecho de mirarla ya era suficiente para ponerse duro. Aquello no había cambiado. Pero también era un adversario más capaz que cualquier otro de su familia. Era serena e inteligente, y parecía haber salido por sí sola, por el medio que fuera, de la cloaca en la que su familia había vivido siempre. La respetaba por eso, pero no cambiaba las cosas; tenía que irse. A Belvina la preocupaba el efecto que pudiera tener su presencia en Dorea, pero a él lo preocupaba también el efecto que pudiera tener en Belvina.

Salieron al vestíbulo en el momento en que Dorea bajaba elegantemente las escaleras para salir al encuentro de Barty.Le ofreció la mejilla para que se la besara y le permitió que le guardara la mano en el hueco del brazo. Pequeños contactos que rara vez había consentido a su marido. La devoción de Barty había sido beneficiosa para Dorea, pues mitigó un poco el dolor que le había provocado su destrozada seguridad en sí misma, pero James no estaba tan seguro de que fuera beneficiosa para el propio Barty. Su esposa había muerto quince años atrás y debería haber vuelto a casarse; en aquella fecha no tenía más que cuarenta y un años. Tal vez lo hubiera hecho, a su debido tiempo, pero entonces Charlus se marchó y Barty, como buen amigo que era, se había consagrado a ayudar a los Potter a superar la crisis. Incluso después de recibir la carta de poderes, James tardó dos años enteros en consolidar su posición, y Barty estuvo a su lado todo el tiempo, presente en sesiones estratégicas que duraban noches enteras; también se había convertido en una especie de padre sustituto para Belvina y había convencido paulatinamente a Dorea de que saliera de su total depresión. Se había enamorado dolorosamente de Dorea, un hecho del que ella no parecía darse cuenta.

Debería haberlo visto venir, se dijo James al observar a su madre. Aún conservaba un increíble encanto, con un estilo sereno y clásico que suscitaba el romanticismo de Barty. Su cabello negro contenía muy pocas canas y la favorecía notoriamente. Seguía teniendo el cutis suave y sin arrugas, aunque por alguna razón se adivinaba claramente su edad. No había juventud en ella, ni ligereza de espíritu, y siempre ardía una llama de tristeza en el fondo de sus ojos azules. Al mirar a su madre, a Belvina y a Barty, James maldijo con vehemencia a su padre por lo que había hecho.

Barty, tras acomodar en su asiento a Dorea, le dijo a James:

-Hoy ha llegado a mis oídos un curioso rumor acerca de uno de los Evans. - Belvina se quedó congelada en el sitio y su mirada nerviosa giró rápidamente hacia Dorea, que se había quedado pálida e inmóvil. Barty no vio el brusco gesto de advertencia que le hizo James—. Me tropecé con Ed Kettleburn, y por lo visto una de las chicas ha vuelto para vivir aquí.

Barty se irguió, su mirada se cruzó con la de James, y éste comprendió que Bartemius había preferido no ver su gesto de advertencia. Había sacado a colación el tema a propósito, para obligar a Dorea a afrontarlo. Ya había hecho aquello mismo en otras ocasiones, hablar de Charlus cuando Dorea se encogía al oír cualquier mención de su marido. Tal vez fuera precisamente lo que había que hacer; quién sabe, Barty había logrado obtener mayor reacción de Dorea de la que nunca habían conseguido Belvina ni él.

Dorea se llevó una mano temblorosa a la garganta.

-¿A vivir... aquí?

-Se trata de la hija pequeña, Lilianne -dijo James manteniendo un tono calmado-. Ha comprado la vieja casa de Cleburne y se ha instalado en ella.

-No. -Dorea miró a su hijo con expresión agónica-. No puedo... No puedo soportarlo.

-Naturalmente que puedes -le dijo Barty para confortarla, al tiempo que tomaba asiento-. Tú no sales ni hablas con nadie de la ciudad, así que nunca la verás ni sabrás nada de ella. No hay motivo para que te alteres.

James se reclinó en su silla y reprimió una leve sonrisa. Él y Belvina tendían a tratar a Dorea con algodones; no podían evitarlo, aun cuando ella le causaba una intensa frustración. Barty no se andaba con tantos miramientos. Era implacable en sus esfuerzos por obligarla a salir de su cáscara y regresar a la sociedad. Probablemente tenía razón al hablar abiertamente del tema y las inclinaciones de James y Belvina eran demasiado protectoras.

Dorea negó con la cabeza sin dejar de mirar a James.

-No la quiero aquí -dijo, suplicando abiertamente-. La gente hablará... Todo se revolverá otra vez, y yo no puedo soportarlo.

-Tú no te enterarás de nada -dijo Barty.

Ella se estremeció.

-No necesito oírlo para saber que está pasando.

No, posiblemente no. Cualquiera que hubiera vivido en una ciudad pequeña sabía muy bien que los chismorreos se reciclaban y que nada caía en el olvido para siempre.

-Por favor -le dijo a James con expresión atormentada-. Haz que se vaya.

James tomó un pequeño sorbo de su copa de vino, cuidando de componer una expresión vacía.

Estaba hartándose de la manera en que la gente pensaba que él podía por arte de magia hacer desaparecer a las personas. Excepto secuestrarla o matarla, lo único que podía hacer con Lily era procurar que las cosas le resultasen tan incómodas como fuera posible. Esta vez no tenía motivos legales, ninguna acusación de allanamiento, ninguna familia de borrachos y ladrones que los policías no tuviera inconveniente en expulsar de la ciudad. Lo que tenía era una mujer joven y totalmente empeñada en mantenerse.

-No va a ser fácil -dijo.

-Pero tú posees mucha influencia... con el jefe de los aurores, el banco...

-No ha abierto ninguna cuenta bancaria, y el jefe no puede hacer nada a no ser que Lily viole algún estatuto mágico o muggle. Hasta ahora, no ha violado ninguna. -James comprendió que tampoco abriría una cuenta en el banco de él. Era demasiado lista. Sabía exactamente a lo que iba a enfrentarse cuando se instalara de nuevo en Tutshill, de otro modo no habría comprado la propiedad de los Cleburne al contado. Había tomado medidas para limitar los movimientos que él pudiera hacer en contra de ella.

Tenía que respetarla como adversario, por su previsión. Estaba claro que Lily le había puesto las cosas más difíciles. Echaría un vistazo alrededor, utilizaría sus fuentes para tratar de verificar que realmente había pagado la casa al contado en lugar de financiarla, pero sospechaba que Lily le había dicho la verdad.

-Ha de haber algo -dijo Dorea con desesperación.

James enarcó las cejas.

-Propongo el asesinato -dijo con sorna.

-¡James! -Su madre lo miró atónita- ¡No estaba sugiriendo nada semejante!

-Entonces, puede que tengamos que acostumbrarnos a la idea de que viva aquí. Yo puedo ponerle las cosas dificultosas, pero eso es todo. Y no quiero que nadie me venga con ideas brillantes acerca de acoso físico -dijo, clavando la mirada en Belvina y Dorea, por si acaso se le había ocurrido aquella idea a alguna de las dos. No era probable, pero no tenía intención de arriesgarse-. Si podemos librarnos de ella a mi modo, bien, pero no pienso hacerle daño. -No cuestionó aquel curioso instinto protector hacia una Evans. Lily ya había sufrido bastante en su vida, se dijo recordando a aquella niña aterrorizada y atrapada en el semicírculo de faros de coches.

-Como si nosotras fuéramos a hacer algo así -dijo Belvina, sintiéndose insultada.

-No creo que fuerais a hacerlo, pero no quería dejar el asunto abierto a especulación.

En aquel momento llegó Delfina con el primer plato, una crema de pepino, y el tema fue abandonado por consentimiento mutuo, para diversión de James. En aquella casa no sucedía nada que Oriane y Delfina no supieran casi al instante de producirse, pero Dorea y Belvina seguían la antigua norma de no hablar de cosas personales delante de la servidumbre. Dudaba de que alguna persona de las que trabajaban para ellos se considerase a sí misma "servidumbre", sobre todo Delfina.

Después de la cena, Barty se reunió con James en el estudio y pasaron media hora hablando de negocios hasta que James dijo en tono irónico:

- Belvina y yo habíamos decidido no hablarle a mamá de Lily.

Barty hizo una mueca.

-Ya me imaginaba algo así. Sé que no me corresponde meter la cuchara en esto... - James soltó un bufido que provocó una rápida sonrisa en el rostro de Barty antes de proseguir- Pero tu madre no puede seguir ocultándose al mundo para siempre.

-¿No? Pues lleva doce años intentándolo de maravilla.

-Si ella no sale al mundo, he decidido traerle el mundo a ella. A lo mejor así ve que "si no los puedes vencer, únete a ellos".

-Buena suerte –dijo James, y era sincero.

Barty lo miró con curiosidad.

-¿De verdad vas a obligar a Lily a marcharse?

James se recostó en su asiento y apoyó los pies en la mesa estirándose como una pantera soñolienta, relajada pero aún peligrosa.

- Por supuesto que voy a intentarlo, pero lo que le he dicho a mi madre es verdad. Legalmente, no hay mucho que pueda hacer.

-¿Por qué no dejarla en paz? -preguntó Barty con un suspiro—. Yo diría que ya ha tenido una vida bastante dura tal como está, sin que la gente intente causarle problemas a propósito.

-¿La has visto?

-No. ¿Por qué?

-Parece la hermana gemela de Elladora-dijo James-. Ya es bastante malo ser una Evans, pero además parecerse así... -Sacudió la cabeza en un gesto negativo-. Va a remover muchos recuerdos, y no sólo en mi familia. Elladora Evans era muy conocida de todos.

-Incluso así, yo creo que se merece una oportunidad- dijo Barty-. Si está intentando llegar a ser algo, sería una lástima interponerse en su camino.

James sacudió otra vez la cabeza.

-Tengo que pensar en mamá y en Belvina. Para mí, ellas son más importantes que ese trozo de basura que intenta demostrar ser algo.

Barty lo contempló con decepción. James era un hombre duro y un enemigo peligroso, pero siempre había sido justo. La desaparición de Charlus lo había metido de cabeza en una situación en la que la responsabilidad del bienestar económico, y también el emocional, de su familia recayó sobre sus jóvenes hombros. Hasta aquel momento, James había sido un muchacho alegre, alborotador y despreocupado, pero de la noche a la mañana se había convertido en un hombre mucho más duro, más despiadado. Su sentido del humor, cuando se consentía a sí mismo tenerlo, todavía bordeaba lo descarado e irreverente, pero durante la mayor parte del tiempo era mucho más serio. James era un hombre que sabía hasta dónde llegaba su poder y no se arredraba a la hora de utilizarlo. Si Charlus había sido respetado en la comunidad mágica, James era considerado con el temor y la cautela con que uno contemplaría a un merodeador.

-Eres demasiado protector -dijo Barty por fin-. Dorea y Belvina no van a derrumbarse en pedazos por el hecho de que Lily Evans viva en Tutshill . No les gustará, pero aprenderán a vivir con ello.

James se encogió de hombros.

Quizá más bien, probablemente fuera demasiado protector, pero Barty no había visto a Belvina desangrarse casi hasta morir, ni había presenciado el completo hundimiento emocional de Dorea. Para cuando Barty empezó a convencer a Dorea de que saliera de su habitación, ésta por lo menos ya hablaba otra vez y había vuelto a comer.

-Me rindo -dijo Bartemius sacudiendo la cabeza-. De todos modos, vas a hacer lo que quieras. Pero medita sobre ello, y puede que le des un respiro a la chica.

Aquella misma noche, sentado a solas en el estudio con los pies aún apoyados en el escritorio, en su postura habitual, mientras leía un informe financiero sobre unas acciones que había comprado, James descubrió que le resultaba difícil concentrarse. No era el whisky; se había servido una copa cuando se puso a mirar papeles, más de dos horas antes, y la mayor parte del licor seguía en el vaso.

El hecho era que no conseguía quitarse de la cabeza el problema de Lily Evans. El silencioso llanto de Dorea lo había afectado más que ninguna cosa que hubiera podido decir. Si Lily no se merecía que la hicieran sufrir de nuevo, tampoco su madre ni su hermana. Ellas también eran víctimas inocentes, y Belvina estuvo a punto de morirse. No podía olvidar aquello, y tampoco podía verlas alteradas y no intentar hacer algo al respecto.

Además, era un hecho que si Lily Black se quedaba en Tutshill, Dorea y Belvina se sentirían todavía más heridas y perturbadas de lo que ya estaban ahora.

James contempló pensativo el nivel de whisky que quedaba en el vaso. A lo mejor, si se lo bebiera, podría olvidar el calor y la vitalidad de Lily bajo sus manos, aquel aroma dulce y picante que se le había metido directamente en la cabeza y lo había mareado de deseo. A lo mejor si se bebía la botella entera podría olvidar aquel intenso deseo de hundir las manos en el fuego de su cabello para ver si le quemaba, o la sed de paladear aquellos labios carnosos y plenos. Pensó en su piel, tan fina y traslúcida que quedaba marcada con el más ligero toque; sus senos, altos y redondos, y con pezones discernibles incluso debajo del sujetador. Lily lo tenía, tenía aquel algo indefinible que poseía Elladora, una sensualidad fácil, sin esfuerzo, que atraía a los hombres como si fuera un imán. Lily no lo exhibía de forma descarada como Elladora, sino que lo atenuaba vistiendo mejor, pero simplemente quedaba refinado, no diluido. Lo que parecía Lily Black era una mujer con clase que adoraba una larga e intensa cabalgada en la cama, y maldito fuese él si no deseara dársela.

Si no se marchaba, era probable que los residentes de Tutshill, con su mentalidad de pueblo, quedasen desconcertados y estupefactos y Dorea diez veces más alterada de lo que ya estaba, ante el espectáculo que supondría que otro de los Potter tuviera una ardiente aventura con una Evans.

Siempre se espera una pronta actualización, por eso me he apresurado en darles en el gusto.

Con mucha felicidad, claro esta por los reviews.

Cedrella

Antes que se acabe del todo el capitulo de hoy, me gustaría que tuvierais algunos conceptos claros, más que nada como datos curiosos, que muchas deben ya de saber, pero nunca está demás repetirlos.

Tutshill: " …Tutshill, un pueblecito cerca de Chepstow en Gales del Sur…" según he investigado y ustedes mismas lo pueden constatar, es el lugar que inspiró J.K Rowling (y ciertamente uno de sus hogares en la infancia) para crear el valle de Godric, que en el fic aparecerán, como dos cosas distintas (si sois lo bastante observadoras entenderán).

Bristol, también se menciona.

Charlus y Dorea Potter: Son los nombre originales de los padres de James Potter, ambos aparecen en el honorable árbol genealógico de los Black.

Belvina…También es producto del árbol y un nombre muy usado por los magos, al igual que Cedrella.

Saludos cordiales

Cedrella

GRACIAS A TODAS, Y POR LO PRONTO, ESPERO RESPONDERLES PERSONALEMNTE SUS PREGUNTAS VIA DIRECTA (MAIL).