Ed Kettleburn salió deliberadamente al encuentro de Lily cuando ésta entraba en su tienda.
-Lo siento -le dijo sin aspecto de lamentarlo en absoluto-. No tengo nada que usted necesite.
Lily se detuvo y lo miró sin alterarse.
-Aún no sabe qué necesito -señaló.
-Es igual. -El tendero se cruzó de brazos y sonrió burlonamente-. Me temo que tendrá que ir a comprar a otra parte.
Lily hizo un esfuerzo por reprimir su cólera. Detectó en aquello la fina mano de James Potter, y no iba a conseguir nada poniéndose a discutir con el señor Kettleburn, excepto posiblemente que la detuviesen por alterar el orden público, lo cual le vendría estupendamente a James.
Había cumplido su palabra de ponerle las cosas difíciles. Ni diez minutos antes, el dependiente de la gasolinera en la que se había parado le había dicho sin cortarse que se les había acabado el carburante y que tendría que acudir a otro sitio. En aquel momento había un hombre en el surtidor de al lado llenando el depósito. Deseo sacar su varita, pasar por alto los estatutos mágicos, y lanzarle un maleficio a aquel idiota.
Si James creía que aquello iba a amilanarla, había subestimado gravemente a su rival. Podía demandar a aquellas personas por negarse a prestarle servicio, o bien empacharlas a todas con alguna poción de amabilidad, pero eso no la haría muy popular en el Pueblo. Su intención era vivir allí, de manera que descartó aquellas opciones. Además, la verdadera batalla era la que se libraba entre ella y James; los demás eran algo secundario.
Se alzó de hombros y dio media vuelta para marcharse.
-Muy bien. Si usted puede prescindir de mi dinero, yo puedo prescindir de sus artículos.
-Todas las demás tiendas de la ciudad se encuentran en la misma situación -dijo el señor Kettleburn a su espalda, riendo-. Acaban de quedarse sin existencias de lo que usted necesite.
Lily pensó en hacerle el gesto con el dedo, pero contuvo el impulso; a lo mejor él se lo tomaba como una invitación. Se dirigió con paso tranquilo hacia su coche. Estaba claro que tendría que hacer la compra y poner gasolina en otra parte, pero aquello no era más que una incomodidad, no un problema insalvable. Ojala fuera lo suficientemente buena en aparecerse, pero no en todos los lugares siempre había magos. Maldición.
Incomodidad a corto plazo, claro; a largo plazo tendría que hacer algo al respecto. Y a muy corto plazo, estaba hecha una furia.
En la esquina había una cabina telefónica; Lily pasó de largo su coche y fue hasta ella. Dentro había un listín telefónico colgando de un rígido cordón de metal. Era muy probable que los Potter tuvieran un número de teléfono que no figurara en la guía, masculló en silencio al tiempo que abría el delgado listín y pasaba las páginas hasta llegar a la P. Pero no, allí estaba. Extrajo de su cartera un knut y lo introdujo en la ranura, y seguidamente marcó el número.
Al segundo tono contestó una voz de mujer.
-Residencia de los Potter.
-Con James Potter, por favor —dijo Lily en su tono más formal.
-¿Puede decirme quién lo llama?
-La señora Black —contestó.
-Un momento.
No habían transcurrido más de diez segundos cuando se oyó un chasquido en la línea y a continuación la voz grave y aterciopelada de James que ronroneó:
-¿Es usted la autentica señora Black?
Lily captó el deje burlón en aquella voz, y aferró el auricular con tal fuerza que se maravilló que no se resquebrajara el plástico.
-Lo soy.
-Bueno, bueno. Supongo que no estarás pensando en pedir favores tan pronto, ¿verdad, cariño? ¿Qué puedo hacer por ti? -Ni siquiera intentó disimular la satisfacción en el tono de voz.
-Nada en absoluto -replicó Lily con frialdad—. Sólo quería que supieras que tus trucos infantiles no van a servirte de nada. ¡Haré que me envíen las provisiones desde Londres, antes de darte la satisfacción de ver cómo me voy!
Colgó el teléfono antes de que él pudiera responder y se encaminó hacia el coche. En realidad no había conseguido nada, excepto desahogarse un poco y hacer saber a James que se había dado cuenta de quién estaba detrás de lo último que había sucedido y que no iba a funcionar. De todos modos fue satisfactorio.
En la residencia de los Potter, James se recostó en su sillón con una risita. Estaba en lo cierto acerca del fuerte temperamento de Lily. Le habría gustado verla en aquel preciso instante, con aquellos ojos verdes escupiendo fuego. A lo mejor su maniobra la había hecho seguir más en sus trece en vez de instarla a acudir a un lugar más amistoso, pero una cosa era segura: ¡Había provocado una reacción en ella! Entonces su mirada se volvió más penetrante. Con que Londres, ¿eh?
Tal vez debiera indagar un poco por allí.
Lily se permitió continuar furibunda durante un minuto y después dejó a un lado su cólera por considerarla una pérdida de energía. Se negaba a abandonar aquella ciudad y a permitir que James Potter la apabullara. ¡Conseguiría que cambiasen la opinión que tenían de ella aunque le costara veinte años! Comprendió que la clave para hacerlos cambiar de opinión consistía en demostrar que Charlus Potter no se había fugado con su madre. Fuera cual fuese la razón por la que se fue, a su familia no podían echarle la culpa. Si se tomaba eso en cuenta, tenía muchas más razones para estar resentida que los Potter con cualquier otra persona de aquel lugar.
Sin embargo, saber que Charlus no se había ido con Elladora y demostrarlo eran dos cosas muy distintas. Quizá, si pudiera lograr que Elladora hablase con James, por lo menos éste sentiría suficiente curiosidad para ponerse a buscar a su padre. Tal vez ya lo hubiera hecho, y la señora Rouge de la biblioteca simplemente no conocía el resultado de dicha búsqueda. Pero si Charlus estaba vivo, en alguna parte tenía que haber un documento que así lo atestiguara y que pudiera encontrarse. Se dirigió al pueblo mas cercano a Tutshill, donde llenó el depósito del coche y compró los pocos productos que necesitaba. Vaya con los esfuerzos de James por matarla de hambre, pensó con satisfacción al regresar a casa con la bolsa repleta. Ni siquiera había tenido que irse muy lejos.
Una vez hubo colocado las cosas, entró en el despacho y llamó a su abuela.
Igual que la vez anterior, contestó Elladora.
-Mamá, soy Lily.
-¡Lily! Hola, cariño —dijo Elladora con su voz perezosa y sensual—. ¿Qué tal te va, querida? No esperaba volver a hablar contigo tan pronto.
-Estoy bien, mamá. Me he mudado a Tutshill.
Se produjo un instante de silencio en la línea.
-¿Y por qué has hecho eso? Por lo que me contó Petunia, allí la gente no te trató bien.
-Era mi hogar -repuso Lily con sencillez, sabiendo que Elladora no lo comprendería-. Pero no te he llamado por eso. Mamá, aquí todo el mundo sigue creyendo que tú te fugaste con Charlus Potter.
- Bueno, ya te dije que no era verdad, ¿no? Me importa un comino lo que crean.
-Pero es que a mí me está causando algunos problemas, mamá. Si consigo que James Potter te llame, ¿podrías hablar con él y decirle que no te fugaste con su padre?
Elladora lanzó una risa nerviosa.
- James no se creería ni una palabra de lo que yo le dijera. Charlus era fácil de convencer, pero James... No, no quiero hablar con él.
-Mamá, por favor. Si no te cree, allá él, pero...
-He dicho que no -la interrumpió bruscamente Elladora-. No pienso hablar con él, y tú estás desperdiciando saliva. Me importa una mierda lo que piensen esos cabrones de Tutshill -Y colgó el teléfono de un golpe. Lily hizo un gesto de dolor al sentir el porrazo en el oído.
Dejó el auricular en su sitio con el ceño fruncido. Por la razón que fuera, a Elladora la ponía nerviosa la posibilidad de hablar con James, y eso significaba que no tenía muchas posibilidades de hacerla cambiar de opinión. Elladora no había sido nunca de las que se esforzaban mucho por nadie, ni siquiera en algo tan sencillo como una llamada telefónica.
Bien, si no quería hablar con James, entonces habría que buscar alguna otra forma de convencer a éste, y la mejor era averiguar qué le había pasado a Charlus en realidad. Y ya se le estaba ocurriendo algo
¿Dónde podría encontrar un detective? En Tutshill no existía ningún animal parecido, pero supuso que sí lo habría en una ciudad de tamaño mediano. Chepstow era una población que contaba casi con doscientos cincuenta mil habitantes, pero también se encontraba demasiado cerca de la esfera de influencia de James. Más segura sería Bristol, probablemente. A lo mejor estaba actuando como una paranoica con lo del poder de James, pero prefería ser paranoica antes que verse pillada desprevenida. ¡Un hombre que intentaba impedir a una mujer comprar comida era diabólico! Curvó la boca en una leve sonrisa ante aquella idea. Ya un poco más en serio, sentía un sano respeto por las molestias que James tendría que tomarse para cumplir sus promesas y sus advertencias.
Buscaría un buen detective y lo contrataría para que investigase datos de bancos y registros, cosas así. Si Charlus estaba vivo, seguramente habría usado sus amplios activos financieros para mantenerse; no se lo imaginaba fregando platos a cambio de un sueldo ridículo. Quizá fuera posible averiguar si había hecho la declaración de la renta. Seguro que cualquier detective como Dios manda seria capaz de hacerlo en poco tiempo, tal vez una semana, de modo que el coste debía de ser aceptable.
¿Y si el detective no encontraba una pista documental? Si Charlus hubiera utilizado su dinero en los bancos muggles, James lo habría sabido, habría visto el cargo en el extracto mensual de movimientos. ¿Habría sabido James durante todos aquellos años dónde estaba su padre y no habría dicho nada? Aquella posibilidad era interesante... e indignante. Si James había encontrado de verdad a Charlus, ¿no se habría puesto en contacto con él? Y si lo había hecho, sabría que Charlus no se había fugado con Elladora. Así pues, de ello se deducía que, por el motivo que fuera, James nunca había intentado buscar a su padre, pues de lo contrario sabría que no había razón alguna para aquella venganza contra ella.
No podía olvidar lo que consideraba que era la situación más probable: que Charlus estaba muerto.
Definitivamente tendría que recurrir a un detective privado para buscar a Charlus, pero no creía que fuera a tener éxito.
Después de aquello, empezaría a hacer preguntas por la ciudad; no sabía lo que podría descubrir, pero la respuesta al rompecabezas se encontraba allí, si ella lograse siguiera imaginar cómo encajar las piezas. Alguien tenía que saber qué había sucedido aquella noche. La verdad estaba allí mismo, aguardando a que alguien la descubriera.
Sacó una hoja de papel, se detuvo unos instantes y escribió una lista de posibles sospechosos: Elladora, James...
Impresionada, contempló el papel amargamente. El conocerse a uno mismo rara vez resultaba agradable. Debía de ser la idiota más grande del mundo, porque a pesar de la destrucción que James había provocado en su persona, a pesar de que había intentado hacerle la vida imposible, a pesar de la posibilidad de que hubiera tenido algo que ver en la muerte de su padre, no podía huir de él, destruirlo, ni siquiera ignorar aquella profunda, irresistible atracción que sentía hacia él, igual que las virutas de metal se sienten atraídas hacia un imán. El solo hecho de verlo la dejaba sin fuerzas por dentro, y cuando él la tocaba sentía la electricidad de aquel contacto en todas las células de su cuerpo. Nunca la había tocado excepto estando furioso; ¿cómo sería si fuese a ella como amante, con la intención de provocarle placer? No era capaz de imaginárselo. Le herviría la sangre, se le pararía el corazón.
¿Qué iba a hacer si descubría que James en efecto había matado a su padre o había ordenado que lo mataran? Aquella idea le provocó un súbito dolor en el pecho, y a duras penas logró contener un gemido. Tendría que hacer lo mismo que haría si se tratase de cualquier otra persona. De lo contrario no se soportaría a sí misma, y viviría el resto de su vida afligida.
Dejó el bolígrafo con un gesto irónico. Tal como iba aquella lista, bien podía coger una guía de teléfonos y empezar por la A.
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—No parece usted un detective privado.
Alastor Moody parecía un hombre de negocios próspero y de aspecto un tanto conservador, simulaba muy bien ser muggle, en su apariencia no había nada estrafalario como en otros magos de su edad que ella conocía.
En su despacho no se divisaba nada sospechoso. Más bien lo contrario, se veía limpio y pulcro, y el traje claro de su dueño hacía juego con él. Tenía unos ojos azules y tristes, pero la expresión que brillaba en ellos se iluminó y sé hizo más cálida al sonreírle a Lily.
-¿Me imaginaba con una botella de bourbon en la mesa y un cigarro con dos centímetros de ceniza colgando de la boca?
-Algo así. -Lily le devolvió la sonrisa- Pero debido a nuestra situación me lo figuraba con una capa y varita negra, amenazante sobre su mesa, dispuesto a atacar a cualquiera con apariencia sospechosa.
Él rió en voz alta al oír aquello.
- No es mi estilo. La ropa me la escoge siempre mi mujer... -Se interrumpió, y la tristeza volvió a sus ojos al mirar una fotografía que descansaba sobre el escritorio.
Lily siguió aquella mirada. El marco estaba de lado respecto a ella, pero aun así logró distinguir que era la foto de una mujer de mediana edad y con una expresión tan alegre que invitaba a sonreír. Debía de haber muerto para que hubiera aquella tristeza en los ojos del detective.
-¿Es su mujer? -le preguntó con suavidad.
Él consiguió sonreír de nuevo, pero esta vez de manera forzada.
-Sí, así es. La perdí hace unos meses.
-Lo siento mucho. -Acababa de conocerlo, pero su sentimiento era sincero.
-Fue una enfermedad repentina -explicó el detective con voz un tanto temblorosa- Yo estoy mal del corazón; los dos pensábamos que yo iba a ser el primero en marcharse, y estábamos preparados para ello. Estábamos ahorrando todo lo posible para cuando yo ya no pudiera trabajar.
Entonces enfermó, un catarro, creíamos, pero cuarenta y ocho horas después murió de una neumonía vírica. Para cuando comprendió que estaba enferma de verdad, que no era un simple resfriado, ya era demasiado tarde.
Se le llenaron los ojos de lágrimas, y Lily extendió un brazo sobre la mesa para apoyar una mano en la suya. Él volvió la mano y le apretó los dedos, y después parpadeó desconcertado.
-Perdone -se disculpó, sonrojándose. Sacó su pañuelo y se secó los ojos-. No sé qué me ha pasado. Usted es una clienta, acabamos de conocernos, y aquí me tiene, llorando sobre su hombro.
-Yo también he perdido a seres queridos- dijo Lily, pensando en Mark y en Sirius-. A veces ayuda hablar de ello.
-Sí, pero esto ha sido totalmente inapropiado por mi parte. Mi única excusa es que tiene usted una calidez especial, querida. -Advirtió que había añadido un apelativo cariñoso, y volvió a sonrojarse-. ¡Bueno! Tal vez sea mejor que le pregunte qué la ha traído aquí.
- Hace doce años desapareció un hombre-dijo Lily-. Me gustaría que averiguara si sigue vivo.
El detective tomó un bolígrafo y rápidamente garabateó algo en un cuaderno.
-¿Era su padre? ¿Un antiguo novio?
-Nada de eso. Era el amante de mi madre.
Consultó su reloj. Había salido de Tutshill aquella mañana temprano y había ido hasta Chepstow para su cita con el señor Moody, la cual no le había llevado tanto tiempo como había esperado. Margot estaba en la ciudad, y Lily había quedado a comer con ella en "La terrasse des sorcières". Disponía de tiempo de sobra para llegar allí, de modo que regresó a su hotel para dejar el coche y acto seguido se fue a pie para ir viendo los escaparates por el camino.
Hacía un calor sofocante mientras caminaba por las estrechas calles del Barrio Mágico, Francés, de Chepstow y cruzó para seguir por la acera en sombra. Visitaba la ciudad con frecuencia, debido a la sucursal de la agencia que tenía allí, pero nunca se había tomado realmente el tiempo necesario para explorar aquel viejo distrito. Por las calles transitaban despacio carruajes tirados por caballos, cuyo conductor y guía iba señalando los puntos de interés a los turistas que transportaba. Sin embargo, la mayoría de la gente dependía de sus propios pies para recorrer el barrio. Más tarde, la principal atracción serían los bares y clubes; a aquella temprana hora del día el objetivo consistía en ir de compras, y la miríada de boutiques, tiendas de antigüedades y comercios de especialidades ofrecía un amplio abanico de opciones a quien quisiera gastarse el dinero.
Entró en una tienda de lencería y adquirió un camisón de seda de color melocotón que se parecía a uno de ésos que llevaban las estrellas de cine en los años cuarenta y cincuenta. Después de no vestir casi más que prendas usadas durante los primeros catorce años de su vida, ahora sentía una pecaminosa tendencia a ser indulgente consigo misma en lo referente a la ropa. En ningún momento podría dejarse llevar a comprar a lo loco ahora que disponía de un poco de dinero, pero de vez en cuando se permitía algún que otro lujo: una prenda interior de encaje, un camisón suntuoso, unos zapatos realmente de los buenos. Aquellos pequeños caprichos le proporcionaban el convencimiento de que los malos tiempos habían pasado de verdad.
Cuando llegó al restaurante, Margot la estaba esperando dentro. La alta rubia se puso en pie de un salto y le dio un efusivo abrazo, aunque sólo hacía poco más de una semana que Lily se había ido de Londres.
-¡Cuánto me alegro de verte! Bueno, ¿te has instalado bien en tu pequeña ciudad? ¡Creo que yo jamás sería capaz de establecerme en un sitio otra vez! Mi primer viaje de trabajo, y es a Chepstow. ¿No es un lugar estupendo? Espero que no te importe estar aquí, en la terraza, en vez de ir dentro. Ya sé que hace calor, pero, ¿cuándo tiene una la oportunidad de comer en una terraza al aire libre?
Lily sonrió ante aquel torrente de palabras. Sí, Margot estaba decididamente emocionada con su trabajo nuevo.
-Bueno, veamos. Tengo veintiséis años y ésta es la primera vez que vengo a almorzar o a cualquier otra cosa en una terraza al aire libre, así que yo diría que eso no sucede muy a menudo.
-Querida, yo te llevo diez años, así que es todavía más infrecuente de lo que crees, y tengo la intención de disfrutar cada minuto. -Se sentaron a una de las mesas que había en la terraza. De hecho no hacía demasiado calor; había sombrillas y árboles que daban sombra. Margot se fijó en la bolsa que llevaba Lily en la mano-. Veo que has ido de compras. ¿Qué has comprado?
-Un camisón. Te lo enseñaría, pero no quiero sacarlo aquí, en medio del restaurante.
Los ojos de Margot chispearon.
-Conque es un camisón de ésos, ¿eh?
-Digamos que no es propio de Mamá Osa -repuso Lily delicadamente, y ambas rompieron a reír. Un camarero sonriente les sirvió agua, y el alegre tintineo de los cubitos de hielo le recordó de repente la sed que tenía y el calor que le había entrado con la caminata desde el hotel. Mientras bebía el agua recorrió con la vista las otras personas que había sentadas en la terraza, y de pronto sus ojos tropezaron con James Potter.
Inmediatamente el corazón le dio aquel vuelco familiar y delator. James estaba sentado, en compañía de otro hombre que estaba de espaldas a ella, dos mesas más allá. Sus ojos oscuros llamearon cuando levantó su copa de vino en dirección a Lily a modo de silencioso brindis. Ella levantó su vaso de agua para devolverle el saludo e Inclinó la cabeza parodiando un gesto de elegancia.
-¿Conoces a alguien? -preguntó Margot, girándose en su asiento. James le envió una sonrisa.
Margot sonrió a su vez, un esfuerzo más bien débil, y luego se volvió hacia Lily con una expresión alucinada en el rostro
- Madre mía - dijo deslumbrada.
Lily entendió perfectamente. Lo extravagante de Chepstow le iba bien a James. Vestía un traje ligero de corte italiano con una camisa azul pálido que resaltaba el tono oliváceo de su piel.
Llevaba el pelo negro despeinado, como siempre y en el lóbulo de la oreja izquierda le brillaba el minúsculo pendiente de diamante. Con la anchura de sus hombros de jugador de rugby y la elegancia felina con que se sentaba a la pequeña mesa, atraía las miradas de todas las mujeres que había allí. No era guapo a lo chico fino; sus ancestros franceses le habían legado una nariz gala delgada y de puente alto, ligeramente larga, y una barba casual, pero elegante. No, no tenía nada de bonito. Era más bien llamativo, y peligrosamente excitante, con aquellos ojos oscuros y audaces y aquella curva sensual en la boca. Parecía un hombre aventurero y seguro de sí mismo, dentro y fuera de la cama.
-¿Quién es? -susurró Margot-. ¿Lo conoces, o es que estás coqueteando con un desconocido?
-No estoy coqueteando –respondió Lily, sorprendida, y desvió la mirada a propósito hacia el otro lado de la terraza.
Margot rió.
-Querida, ese pequeño brindis que le has hecho decía: "Ven y tómame, grandullón, si eres lo bastante hombre". ¿Tú crees que un pirata como ése va a dejar pasar semejante desafío?
Los ojos de Lily se agrandaron.
-¡Yo no he hecho nada de eso! Él ha levantado la copa de vino hacia mí, así que yo he hecho lo mismo con mi vaso de agua. ¿Por qué iba a estar pensando él en nada parecido?
-¿Te has mirado al espejo últimamente? —preguntó Margot, al tiempo que se volvía para deslizar otra mirada fugaz a James, y una sonrisa se extendió por su cara.
Lily hizo un gesto para quitarle importancia al asunto.
-Eso no tiene nada que ver con ello. Él no haría...
-Lo está haciendo -dijo Margot con satisfacción, y Lily no pudo controlar un leve sobresalto cuando miró a su alrededor y vio que James estaba casi encima de ellas.
-Señoras -dijo, tomando la mano de Lily e inclinándose sobre ella con un gesto a la antigua que en él parecía completamente natural. La mirada atónita de Lily se clavó en la suya, y en la profundidad de aquellos ojos vio picardía, además de algo peligroso y ardiente, antes de que él se llevase a los labios los dedos de ella. Sus labios eran suaves y cálidos, muy cálidos. El corazón le golpeaba dolorosamente contra las costillas, e intentó retirar la mano, pero James se la apretó y ella notó cómo la punta de su lengua tocaba con delicadeza el sensible hueco que separaba los dos últimos dedos. Desconcertada, sufrió otro sobresalto, y advirtió en los ojos de James que éste se había dado cuenta de aquel pequeño movimiento que la delató.
James se irguió y soltó por fin su mano, y después se volvió hacia Margot para inclinarse sobre la mano que ella le había tendido con expresión deslumbrada, pero Lily se fijó en que no le besó los dedos. No importó. Margot no podría estar más alucinada si él le hubiera regalado diamantes. Se preguntó si ella no tendría en la cara aquella misma expresión débil y entregada, y se apresuró a bajar la vista para ocultarla, aunque por supuesto era demasiado tarde. James tenía demasiada experiencia para dejar pasar cualquier detalle. Sintió un hormigueo en los dedos y en la piel que él le había tocado con la lengua. Notaba aquel diminuto punto de humedad caliente y frío al mismo tiempo, y cerró la mano con fuerza para disipar la sensación. Le ardía el rostro. La acción de James había sido una sutil parodia sexual, una penetración de pega que su cuerpo reconoció y a la que reaccionó con una oleada de calor que le invadió la parte baja del cuerpo y una creciente humedad.
Sintió que los pezones se le endurecían y pugnaban contra el encaje del sujetador. ¡Maldito fuera!
-James Potter- murmuró él en dirección a Margot- Lily y yo somos viejos conocidos.
Por lo menos no mintió diciendo que eran amigos, pensó Lily con la mirada fija mientras Margot se presentaba a su vez, y, para su horror, pedía a James que se uniera a ellas. Demasiado tarde, propinó a Margot una ligera patada de advertencia.
-Gracias -dijo James sonriendo a Margot con un encanto tal, que ella no reaccionó en absoluto a la patada de Lily-. Estoy aquí por negocios y tengo que regresar a mi mesa. Sólo quería acercarme a hablar un momento con Lily. ¿Hace mucho que os conocéis?
-Cuatro años -contestó Margot, y añadió con orgullo- Soy su directora de distrito.
Lily le propinó otra patada en el tobillo, esta vez más fuerte, y cuando Margot la miró con sorpresa le dirigió una furiosa mirada de advertencia.
-No me digas - dijo James, al parecer interesado. Su mirada se agudizó-. ¿En qué sector estás?
Tras haber captado por fin el mensaje, Margot lanzó a Lily una rápida mirada interrogante.
-Nada de tu ámbito- dijo Lily con una sonrisa tan fría que él se encogió de hombros y comprendió que no iba a obtener más información.
Lily exhaló un suspiro de alivio, pero se puso en tensión otra vez cuando James se agachó en cuclillas junto a la mesa, un acto garboso y masculino que situó su rostro más a la altura del de ella.
Ahora le era más difícil ocultar su expresión que cuando él estaba de pie. Al tenerlo tan cerca, veía las insondables pupilas negras de sus ojos y cómo relampagueaban al mirarla a ella.
- Ojala hubiera sabido que ibas a venir a Chepstow, cariño. Podríamos haber hecho el viaje juntos.
Si James pensaba que se iba a desmoronar delante de Margot, estaba tristemente equivocado. Si pensaba que su encanto le había convertido el cerebro en papilla, también estaba equivocado.
Cuánto le hubiera gustado pasarle por las narices el hecho de que ella era una mujer de negocios de éxito, pero aquella semana la había hecho ser cautelosa con la información que daba de sí misma.
La respetabilidad no significaría nada para él ni para la ciudad de Tutshill; hasta que, siempre que, pudiera probar que su madre no se había fugado con el padre de él, nada cambiaría su actitud. Alzó la barbilla, un signo seguro de mal genio, y dijo:
-Antes habría venido todo el camino sobre una escoba en mal estado y con un dragón hambriento tras de mi.
Margot hizo un ruido de ahogamiento, pero Lily no perdió tiempo en mirarla, sino que mantuvo su mirada clavada en la de James, ambos enzarzados en una batalla visual. Él sonrió como un bucanero que disfruta temerariamente de una gresca.
-Pero podríamos habernos divertido mucho y haber compartido... los gastos.
-Siento que tengas problemas de dinero -replicó ella, encantadora-. A lo mejor tu acompañante te puede prestar algo si tú no tienes para pagar la habitación del hotel.
-No tengo que preocuparme por los gastos de alojamiento. -Su sonrisa se ensanchó-. El hotel es mío.
Maldito, pensó Lily. Tendría que averiguar cuál le pertenecía y cerciorarse de no llevar allí a ningún grupo de turistas.
-¿Por qué no cenamos juntos esta noche? -sugirió James-. Tenemos mucho de que hablar.
-No se me ocurre de qué. Gracias, pero no. -Tenía previsto regresar a Tutshill aquella tarde, pero prefería que él creyera que rechazaba la invitación simplemente porque no deseaba su compañía.
-Iba a ser para bien tuyo -le dijo él, y a sus ojos regresó aquella mirada peligrosa.
-Dudo que sea para bien mío nada que sugiera un Potter.
- Aún no sabes cuáles son mis... sugerencias.
- Ni tengo intención de saberlo. Vuelve a tu mesa y déjame en paz.
- Tenía pensado hacer lo primero. -Se incorporó y pasó un largo dedo por la mejilla de Lily- Pero por nada del mundo voy a hacer lo segundo. -Inclinó la cabeza en dirección a Margot y regresó despacio a su mesa.
Margot parpadeó con ojos solemnes.
-¿Quieres que lo examine a ver si tiene alguna herida? Desde luego, lo has atacado de lo lindo. ¿Qué demonios tiene este pedazo de tío de ojos negros para ponerte tan furiosa?
Lily buscó otra vez refugio en su vaso de agua y bebió lentamente hasta que logró controlar la expresión de su cara. Tras depositarlo en la mesa, dijo:
-Es una historia muy vieja. Él es un Capuleto y yo soy una Montesco.
- ¿Una disputa entre familias? Vamos...- río
-Está intentando echarme de Tutshill — dijo Lily escuetamente-. Si se enterara de lo de la agencia de viajes, es posible que pudiera causarnos problemas desbaratando algunos de los viajes que organizamos. Eso perjudicaría nuestra reputación, y perderíamos dinero. Ya lo has oído: Es dueño de un hotel de aquí. No sólo es inmensamente rico, con lo cual tiene dinero para sobornar a la gente para que haga lo que él quiere, sino que además posee contactos en el negocio. Yo no lo consideraría un enemigo pequeño en nada.
-Vaya. Esto parece serio. ¿Qué empezó esta disputa? ¿Alguna vez ha llegado a haber sangre de por medio?
-No lo sé. -Lily jugueteó con la cubertería, pues no quería mencionar su sospecha de que Charlus había sido asesinado-. Mi madre era la amante de su padre. No hace falta decir que su familia odia a cualquiera que lleve el apellido Evans. - Aquello serviría como explicación; no podía ponerse a contar la historia completa, no podía sacar a la luz sus recuerdos de aquella noche ni siquiera para un público comprensivo.
-¿Cómo has dicho que se llama ese pueblo? —Quiso saber Margot—. ¿Tutshill? ¿Estás segura de que no es Verona?
Las dos rompieron a reír, y en aquel momento se acercó el camarero para preguntarles qué les gustaría comer. Ambas eligieron el buffet libre, y pasaron al interior para escogerlo. Lily era plenamente consciente de una mirada oscura que seguía todos sus movimientos, y deseó que Margot no se hubiera empeñado en comer en la terraza. Ella habría preferido estar a salvo de aquella mirada. Pero, claro, ¿quién habría pensado que James iba a estar aquel día en Tutshill, ni que en una ciudad del tamaño de aquélla iban a tropezar inmediatamente el uno con el otro? Cierto que La terrasse des sorcières era un restaurante muy conocido, pero Chepstow estaba abarrotada de restaurantes conocidos.
James y su acompañante de negocios se fueron del restaurante no mucho después de que Lily y Margot regresaran a la mesa con los platos llenos. Al pasar se detuvo junto a Lily.
-Quiero hablar contigo de verdad -le dijo-. Ven a mi suite esta tarde a las seis. Estoy en el Beauville Courtyard.
Lily disimuló su consternación. El Beauville era un hotel mediano, encantador, de ambiente muy agradable, construido alrededor de un patio al aire libre. Había alojado en él a grupos y turistas sueltos muchas veces. Si el propietario era James, tendría que buscar otro hotel mediano y encantador que tuviera un ambiente agradable, porque no se atrevía a usar aquél otra vez.
Respondiendo a la orden que él le había dado, porque de eso se trataba, sacudió la cabeza en un gesto negativo.
- No, no pienso ir.
Los ojos de James relampaguearon.
-Entonces, tú sabrás lo que haces -repuso, y se fue.
-¿Que tú sabrás lo que haces? -se hizo eco Margot estaba indignada, contemplando las anchas espaldas de James.- ¿Qué demonios ha querido decir con eso? ¡No habrá sido una amenaza!
-Probablemente – dijo Lily al tiempo que se llevaba un bocado de pasta a la boca. Cerró los ojos con deleite—. Mmmm, prueba esto. Está delicioso.
-¿Te has vuelto loca? ¿Cómo puedes comer cuando ese machista acaba de amenazarte con... con hacer algo, supongo? -Frustrada, Margot pinchó con el tenedor y probó la ensalada de pasta.- Cierto, está muy bueno. Tienes razón, preocuparse por ése puede esperar hasta que terminemos de comer.
Lily rió con suavidad.
-Ya estoy acostumbrada a sus amenazas.
-¿Alguna vez las lleva a cabo?
-Siempre. Una cosa que tiene James es que siempre habla en serio, y no le da ningún miedo hablar en tono autoritario.
Margot dejó caer el tenedor en la mesa.
-¿Entonces qué vas a hacer?
-Nada. Al fin y al cabo, en realidad no me ha amenazado con nada concreto.
-Eso quiere decir que vas a tener que estar todo el tiempo en guardia.
-Ya lo estoy siempre, en lo que a él respecta.
Sintió una punzada de dolor al pronunciar aquellas palabras, y bajó la vista al plato para ocultarlo. Qué maravilloso sería sentirse segura y relajada con James, saber que podía confiar en que toda aquella implacable determinación, aquella intensidad vital, iba a ser utilizada en defensa de ella en vez de en contra. ¿Sabrían Dorea y Belvina Potter lo afortunadas que eran de tener a alguien como él dispuesto a pelearse por ellas? Ella lo amaba, pero era su enemigo. En ningún momento podía permitirse el lujo de olvidarlo, de dejar que sus esperanzas nublaran su sentido común.
Deliberadamente, desvió la conversación hacia temas menos comprometidos, por ejemplo los pocos problemas que habían surgido del hecho de que ella se encontrara en Tutshill en vez de Londres. Sintió alivio de que dichos problemas fueran pocos y relativamente sin importancia. Ya había contado con tener alguna que otra dificultad, pero Margot era una buena gerente y se llevaba bien con los agentes de viajes de las demás sucursales. La única diferencia real era que ahora Margot era la que viajaba, en lugar de Lily, aunque hubiera ocasiones en las que se requería la presencia de esta última. En general, todo había salido bien. Decidieron que, ya que Lily estaba tan cerca de Chepstow y otras ciudades turisticas importantes, seguiría supervisando aquellas dos sucursales, porque sería absurdo que Margot tuviera que hacer un viaje largo en coche o en avión para desplazarse hasta allí. Margot se sentía un tanto desilusionada porque le encantaba Chepstow, pero también era sumamente práctica, y el cambio fue sugerencia suya. Habría ocasiones en las que a Lily no le resultaría cómodo ir a ninguna de las dos ciudades, así que se contentaría con alguna visita esporádica.
Terminado el almuerzo, se separaron la una de la otra en el mismo restaurante, pues el hotel de Margot estaba en la dirección contraria de donde Lily había dejado el coche. Hacía incluso más calor que antes, con un bochorno que volvía denso el aire, difícil de respirar. El olor del río era más penetrante, y unas nubes negras pendían sobre el horizonte, promesa de una tormenta primaveral que aliviaría el calor durante un rato y después convertiría las calles en un baño de vapor. Lily apretó el paso, pues quería estar de camino a casa antes de que estallara la tormenta.
Al llegar a la altura de una entrada que conducía a una tienda desierta y a oscuras, sintió una mano fuerte que la agarraba del brazo por detrás y la arrastraba a la tienda. ¡Un atraco, pensó, y de inmediato la invadió la furia, vehemente e irreflexiva. Le había costado mucho conseguir lo que tenía para renunciar a ello sin protestar, tal como aconsejaba la policía. De modo que en vez de eso lanzó el codo hacia atrás y sintió que se hundía en un vientre duro y provocaba un satisfactorio gruñido en su asaltante. Se dio la vuelta, echó hacia atrás el puño y tardó un instante en abrir la boca para chillar pidiendo socorro. Tuvo una impresión borrosa de la estatura y los hombros anchos del atracador, y acto seguido se vio empujada contra él imposibilitada de usar su varita y su grito quedó amortiguado contra un costoso traje italiano de color crema.
-Por Dios santo -dijo James con un deje de diversión en su voz grave-. Vaya con el gatito salvaje, si eres igual de salvaje en la cama, tiene que ser tremendo.
El desconcierto ante aquel comentario se mezcló con el alivio al comprender de quién se trataba, pero ninguna de las dos cosas diluyó su furia. Con la respiración agitada, le propinó un empujón en el pecho para zafarse de él.
-¡Maldito seas! ¡Creí que me estaban atracando!
Él arrugó la frente.
-¿Y empiezas por ponerte a dar golpes con ese codito puntiagudo? -Preguntó él con incredulidad, frotándose el estómago-. ¿Y si yo fuera efectivamente un atracador y tuviera una navaja o una pistola? ¿No sabes que debes entregar el bolso antes de correr el riesgo de que te hagan daño?
-Y una mierda -barbotó Lily, retirándose el pelo de la cara.- También soy una bruja
El semblante de James se distendió, y rompió a reír. Había olvidado que la pequeña de los Evans no era una simple muggle como el resto de su familia.
-No, me parece que no harías algo así. -Alzó una mano y apartó la varita hacia un lado tocando su brazo sensualmente-. Lo tuyo es atacar primero y pensar después, ¿verdad?
Lily desvió su brazo de su mano.
-¿Por qué me has agarrado así?
-Te he seguido desde que saliste del restaurante, y se me ocurrió que éste era tan buen sitio como cualquier otro para nuestra pequeña charla. En realidad, deberías prestar más atención a quien tienes detrás.
-Ahórrate el sermón, si no te importa. -Miró el cielo-. Quiero llegar a mi coche antes de que estalle la tormenta.
-Si no quieres hablar aquí, podemos ir a mi hotel, o al tuyo.
-No. No pienso ir contigo a ninguna parte. -Sobre todo a una habitación de hotel. Él seguía haciendo aquellas insinuaciones con connotaciones sexuales que la alarmaban. No confiaba en sus motivos, y tampoco confiaba en sí misma a la hora de resistirse. Teniéndolo todo en cuenta, lo mejor era permanecer lo más lejos posible de él.
—Entonces, aquí.
James la miró, tan próximo a ella en aquel estrecho espacio del portal que los pechos de Lily casi le rozaban el traje. Cuando la atrajo hacia sí para amortiguar sus gritos, los notó, firmes, redondos y atrayentes. Deseó verlos, tocarlos, saborearlos. Tenía tal conciencia física de ella que era como si estuviera en medio de un campo eléctrico, con el aire crepitando y siseando alrededor de los dos, haciendo saltar chispas. Luchar con ella resultaba más emocionante que hacer el amor con otras mujeres. Quizá de niña fuera tímida como un cervatillo, pero había crecido y se había convertido en una mujer que no tenía miedo de su cólera, ni del suyo ni del de nadie.
-Voy a comprarte la casa -dijo bruscamente, recordándose a si mismo por qué quería hablar con ella-. Te daré el doble de lo que te ha costado.
Los ojos verdes de Lily se entrecerraron, lo cual los hizo parecer más gatunos.
- No es una buena decisión de negocios -le dijo en tono ligero, pero con furia latente y cercana a aflorar a la superficie.
Él se encogió de hombros.
-Puedo permitírmelo. ¿Puedes permitirte tú rechazar la oferta?
-Sí -contestó Lily, y sonrió.
La satisfacción que mostraba aquella sonrisa estuvo a punto de hacerlo reír de nuevo. Así que había logrado llegar a ser algo en la vida, ¿eh? Más de lo que parecía al principio; si contaba con una directora de distrito, era evidente que tenía más empleados, en varios lugares. Involuntariamente, sintió el pecho hincharse de orgullo por lo que ella había conseguido. Él sabía muy bien lo poco que poseía cuando echó de la ciudad a los Evans, porque había presenciado cómo recogía frenéticamente sus cosas de entre la suciedad. La mayoría de la gente contaba con un sistema de respaldo formado por la familia y los amigos, y por algunos ahorros; Lily no tenía nada, lo cual daba más mérito a sus logros. Si hubiera contado con los activos que poseía él, pensó James, ahora sería la propietaria del estado entero. No sería fácil librarse de una mujer con aquel coraje.
Sintió la lujuria retorcerle y contraerle las entrañas. Jamás se había sentido atraído por mujeres frágiles y desvalidas que necesitaban protección; ya tenía bastante con las de su familia. Pero en Lily no había nada de frágil.
Estudió su rostro, y vio en él tanto los parecidos con Elladora como las diferencias. Lily tenía la boca más grande, más móvil, los labios rojos y lozanos, aterciopelados como pétalos de rosa. Su cutis era perfecto, con una textura de porcelana que dejaba ver la huella de una caricia, de un beso. Se le pasó por la cabeza dejar en él la marca de su boca, de besarle todo el cuerpo hasta llegar a los suaves pliegues de entre las piernas, pliegues que protegían lugares aún más tiernos. Aquella imagen le provocó una erección plena y dolorosa. Allí de pie, tan cerca de ella, percibió el aroma dulce y delicioso de su piel, y se preguntó si aquel dulzor sería más intenso entre sus piernas. Siempre le había encantado cómo olían las mujeres, pero el aroma de Lily era tan incitante que todos los músculos de su cuerpo se contrajeron de deseo y le hacían difícil pensar en otra cosa.
Sabía que no debía hacerlo, incluso cuando fue a tocarla. Lo último que quería era seguir el ejemplo de su padre; aún no lograba pensar en la huida de su padre sin sentir el dolor y la rabia, la traición, tan reciente como si acabara de suceder. No quería hacer daño a Dorea ni a Belvina, no quería revivir aquel viejo escándalo.
Había un centenar de razones, todas buenas, por las que no debía desear tener en sus brazos a Lily Evans, pero en aquel instante no le importaba lo más mínimo ninguna de ellas. Sus manos se cerraron alrededor de la cintura de Lily, y la sensación de su cuerpo, suave y cálido, tan vibrante que sentía un hormigueo en las palmas allí donde la tocaba, se le subió a la cabeza igual que un potente vino. Vio que los ojos de ella se agrandaban y que se le dilataban las pupilas hasta dejar ver tan sólo un delgado aro de verde. Lily alzó las manos y las apoyó en su pecho, cubriéndole las tetillas, y un estremecimiento le recorrió toda la piel. Inexorablemente, su mirada se clavó en la boca de ella, y empezó a acercarse hasta que el esbelto cuerpo de Lily estuvo apoyado contra el suyo. Notó cómo enroscaba las piernas a las suyas, cómo sus pechos firmes se le pegaban al estómago, cómo aquellos labios llenos y suaves se abrían al tiempo que, perpleja, inhalaba una bocanada de aire. Entonces la alzó de puntillas e inclinó la cabeza para saciar aquella hambre.
Sus labios también tenían el tacto de pétalos de rosa, suaves y aterciopelados. Giró la cabeza e incrementó la presión de su boca, obligándolos a abrirse igual que una flor a una orden suya. La sangre rugía en sus venas. La atrajo hacia sí con más fuerza, la rodeó con sus brazos y la sostuvo soldada a su cuerpo, dejando que notase la hinchada protuberancia de su erección contra la blandura de su vientre. Percibió su temblor, el movimiento convulsivo de sus caderas, que se arqueaban hacia él, y se sintió inundado de una sensación de masculino triunfo. Los brazos de Lily se deslizaron hasta sus hombros para entrelazarse alrededor de su cuello, y sus dientes se abrieron para permitirle un acceso más profundo. Un grave gruñido salió de su garganta al tiempo que se zambullía en la boca de Lily con su lengua. Notó un sabor dulce y picante, sazonado con el fuerte gusto del café que había tomado con el postre. La lengua de ella se enroscó alrededor de la suya en ardiente bienvenida, y succionó con delicadeza para retenerlo dentro de su boca.
James la empujó hacia atrás, contra la puerta cerrada y apuntalada con tablones. Oía las voces apagadas de la gente que pasaba por la acera detrás de ellos y el siniestro rugir de la tormenta, pero no significaban nada. Lily era fuego vivo en sus brazos, no luchaba contra el beso, sino que respondía con ardor a su contacto. Sus labios temblaban, lo asían, lo acariciaban. James quería más, lo quería todo. Lentamente tomó sus nalgas. La lluvia empezó a repiquetear contra la calle, señal de la llegada de la tormenta, y se produjo una explosión de movimiento entre la gente que corría para ponerse a cubierto. El retumbar de un trueno lo hizo levantar la cabeza y mirar alrededor, un poco irritado por aquella intrusión en la bruma sensual que nublaba su mente.
Ya fuera el trueno o su propia reacción al mismo lo que rompió el hechizo en Lily, ésta se puso rígida de pronto en sus brazos y empezó a empujar para desasirse. James captó una imagen fugaz de su rostro enfurecido y la dejó enseguida en el suelo, la soltó y dio un paso atrás antes de que ella se pusiera a chillar como una descosida.
Lily se zafó y salió a la acera, donde la lluvia la empapó de inmediato, y se volvió para mirarlo. Tenía los ojos amarillentos y turbios.
-No vuelvas a tocarme -le dijo en tono áspero y grave.
Y acto seguido dio media vuelta y echó a andar lo más rápido que pudo, con la cabeza baja contra la lluvia que barría las calles igual que una cortina gris. James salió en pos de ella con la intención de arrastrarla hasta un lugar cubierto, pero se obligó a sí mismo a parar y regresar al portal. Si la seguía en aquel momento, Lily lucharía contra él como un gato salvaje. La observó hasta que dobló la esquina dos manzanas más abajo y desapareció de la vista. Para entonces ya casi iba corriendo... escapando. De él.
Por el momento.
9
Cuando llegó al coche, Lily chorreaba temblando de arriba abajo, tanto a causa del frío como de la reacción. Le temblaron las manos cuando trató de introducir la llave en la cerradura, y tuvo que hacer varios intentos antes de conseguirlo. Se metió en el coche medio a gatas y se derrumbó contra el volante, con la cabeza apoyada con fuerza contra el frío vinilo.
¡Idiota, pensó violentamente.¡Tonta!
Tenía que estar loca para haber cedido al ansia de besarlo. Ahora él ya lo sabía, ya no podría ocultárselo durante más tiempo. A cambio de unos pocos instantes de placer, había permitido que viera su debilidad, y ahora James sabía que ella lo deseaba. Le ardía la cara por la humillación, sentía como un ácido que le corroía las entrañas. Conocía muy bien a James, pues poseía experiencia de primera mano de su carácter despiadado. Era un depredador, y al primer indicio de debilidad se lanzaría directo sobre su presa.
No descansaría hasta hacerla suya; La observación sugerente ocasional se convertiría en verdaderos intentos de seducirla, y lo que acababa de ocurrir demostraba que no podía confiar en su sentido común para resistirse a él. En lo que se refería a James, carecía de todo sentido común. Se sintió horrorizada ante la idea de que él pudiera usarla y tirarla, como si se tratara de un objeto sexual. James la consideraba un clon de su madre, una ramera dispuesta a abrirse de piernas ante cualquiera que estuviera equipado como Dios manda y a juzgar por lo que había notado, él tenía más que de sobra, mientras que ella suspiraba por él con aquel enamoramiento infantil que se había transformado en un anhelo muy adulto. No deseaba otra cosa que ser amada por James, ser libre de abrir las compuertas de su embalse afectivo; pero él convertiría aquel sueño en una amarga pesadilla, se valdría de su debilidad por él como un medio para herirla, para reducirla a ser, después de todo, otra puta Evans para ser usada por un Potter.
Pese a lo mucho que deseaba quedarse en Tutshill, prefería marcharse antes que vivir con aquella humillación, antes que ver el desprecio en sus ojos al mirarla, como ya lo había visto en cierta ocasión. Aún resonaban las palabras de James en su mente, una letanía que había oído muchas veces a lo largo de los años: Eres basura. Aquella frase estaba grabada en su subconsciente y con frecuencia afloraba a la superficie para atormentarla.
No. No podría volver a vivir aquello.
Pero por unos instantes había estado en el séptimo cielo. Los brazos de James la rodearon y ella fue libre para tocarlo, para acariciarle los hombros y hundir los dedos en la gruesa mata de pelo que llevaba siempre desordenada. ¿Cómo estaría con el pelo más largo y suelto, colgando hasta los hombros? ¿O humedecido de sudor y cayendo hacia adelante al inclinarse sobre ella, con el rostro tenso por la pasión...?
Dejó escapar un gemido, herida por un dulce dolor que sólo él podía aplacar. Lily nunca había sido promiscua; era virgen cuando se casó con Sirius, y éste era el único hombre con el que había hecho el amor. Sin embargo, su castidad era reflejo del horror de ser como Elladora, con aquella desagradable asociación de ser la puta del pueblo, más que una falta de interés por el acto en sí. Le gustaba mucho hacer el amor, le gustaba sentir a un hombre dentro de ella, le gustaban los olores y los sonidos, la mezcla de sudor. Cuando disminuyó su pena por la muerte de Sirius, aumentó su deseo de contacto sexual, intensificado por su propia continencia. Simplemente no podía tener relaciones sexuales sólo por la satisfacción física, y tras la muerte de Sirius tampoco deseaba una relación emocional. Llevaba cuatro años sin ser abrazada, ni besada, hasta que James la tomó en sus brazos y abrió por un instante la puerta del paraíso.
Había en él una fuerte esencia terrenal que avivaba los rescoldos de su fuego sexual. Estaba duro como una piedra, y lo exhibió con descaro; quería que ella lo sintiera, deliberadamente la atrajo hacia sí y la levantó del suelo para hacer presión con su miembro erecto contra el pubis de ella. Estaban en una vía pública, a la luz del día, pero eso no lo había detenido. Aunque aquello fuera Chepstow, en donde aquellas cosas tal vez no fueran tan insólitas, ella jamás había hecho nada parecido. Siempre se había esforzado por evitar incluso lo que pudiera parecer impropio. Para ella, la respetabilidad y la responsabilidad eran cosas demasiado importantes para permitirse ser acariciada en público, y sin embargo aquello era exactamente lo que había hecho.
Cuando James la tocó, se olvidó de todo excepto de la ardiente dicha de estar en sus brazos. Se preguntó con desesperación si, de haber continuado él, lo habría parado o se habría dejado tomar allí mismo, en la calle, como la más vil de las putas, ajena a toda decencia, modestia o legalidad siquiera. Le ardía la cara ante la idea de ser detenida por escándalo público o como se dijese.
Estupidez aguda sería un término más apropiado.
Aquello no habría sucedido con nadie que no fuera James. Con ningún otro hombre se habría perdido de forma tan total.
Permaneció inmóvil en el asiento del coche, viendo cómo golpeaba la lluvia contra las calles más allá de los pilares de hormigón del aparcamiento, y dejó que el abatimiento le inundara la mente. Quizá siempre había percibido cuál era la verdad, pero la había arrinconado para no verla.
Ya no podía seguir ocultándose del pleno alcance de la realidad.
Había amado a Sirius, había disfrutado de dormir con él, pero era como si sólo se hubiera implicado una mitad de ella misma. Siempre había existido aquella otra mitad, apartada a un lado, que pertenecía, de manera irrevocable, a James. A Sirius lo había engañado; tal vez él no lo supo nunca, y sin duda hubo problemas en su matrimonio por culpa de que él bebía, pero desde luego no debería haberse casado con él sin amarlo de verdad. En lo más recóndito de su mente siempre había estado convencida de que algún día volvería a casarse, pero ahora sabia que no podría ser; no podía engañar a otro hombre. Tan sólo existía un hombre al que podría amar plenamente, en cuerpo y alma, sin reservas, y ése era James Potter. Y precisamente era el hombre al cual no se atrevía a entregarse, porque la destruiría.
Cuando dejó de llover, James regresó andando a su hotel y subió a la suite, donde hizo una llamada telefónica a Londres.
-Remus, búscame una cosa. Tienes ahí una guía de la ciudad, ¿no? Mira a ver si en ella figura una tal Lilianne Black.
Cruzó las piernas a la altura del tobillo y apoyó los pies en la mesita de centro, aguardando mientras su amigo y socio hojeaba el grueso volumen.
- He encontrado dos Lilianne Black - ¿Alguna de ellos es E . Black?
- Er... No. Hay un F. C. y un F. G., pero no un E D.
- ¿Qué ocupaciones tienen?
- Vamos a ver. Una es maestra de escuela, otra está jubilada... – Remus recorrió la lista de ocupaciones. Ninguna encajaba con los escasos datos que James poseía de Lily. Quizá Londres no fuera la ciudad adecuada, después de todo, pero era más probable que Lily se hubiera negado a figurar en la guía de la ciudad.
- Está bien, me parece que por ahí llegamos a una vía muerta. Busca Margot Stanley; se deletrea M—a—r—g—o—t.
Remus soltó un resoplido.
- ¿Estás seguro de que no es M—a—r—g—a—u—x? ¿No es así como lo escribe la gente de moda últimamente?
- Búscalo de las dos formas.
Se oyó el ruido de más páginas al pasar y a Remus tarareando por lo bajo. Luego hubo una pausa.
- Aquí hay un montón de Stanleys.
-¿Ves alguna Margot, en la versión americana o en la «de moda»?
- Sí, aquí hay una Margot en versión americana.
- ¿Dónde trabaja?
- En Magic Travel.
- Compruébalo y entérate de si es la propietaria.
Más tarareo.
- Bingo —dijo Remus—. La propietaria es E. Black
- Gracias - dijo James, divertido al ver lo fácil que había sido, después de todo.
- A tu disposición.
James colgó el teléfono y reflexionó sobre lo que acababa de descubrir. Lily era la dueña de una agencia de viajes. Bien por ella, pensó, inexplicablemente complacido. Siguiendo una corazonada, cogió del escritorio la guía de Chepstow y consultó las páginas amarillas. Allí estaba el anuncio, discreto y elegante: Magic Travel. Usted disfrute de sus vacaciones y déjenos a nosotros las preocupaciones».
Así que tenía por lo menos dos sucursales, y probablemente más, lo cual explicaba que hubiera podido pagar la casa al contado. Sonrió al recordar la sonrisita de satisfacción con que rechazó su oferta de recomprarle la casa. Pero si le iban tan bien las cosas, ¿por qué quería mantenerlo tan en secreto? ¿Por qué no lo publicaba por todo Tutshill para demostrar a todo el mundo que una Evans era capaz de salir de aquel montón de mierda? ¿Por qué había interrumpido a Margot de aquella manera tan obvia y le había impedido que diese más información de la que ella ya había dejado que se filtrara?
No hacía falta ser un científico espacial para imaginárselo. Lily tenía miedo de que él hiciera algo para sabotear su negocio. No sólo poseía gran influencia en todo Gales y el resto de Inglaterra, sino que además acababa de decirle que era dueño de un hotel en una ciudad que vivía del turismo. Le resultaría fácil causar problemas a su agencia, y era evidente que Lily esperaba que hiciera precisamente eso. No tenía muy buena opinión de él, pensó con ironía.
Diablos, ¿cómo no iba a tenerla? Doce años atrás, en una calurosa noche de verano, él la había hundido en la mierda. Después de aquella noche, probablemente se lo imaginaba como el demonio en persona.
Tan sólo una hora antes la había asustado agarrándola del brazo sin ninguna ceremonia, desde atrás, aunque Caperucita Roja resultó estar más furiosa que asustada; se había puesto a golpearlo, con aquellos ojos verdes entrecerrados y brillantes por la determinación. Y luego a él no se le había ocurrido otra cosa que toquetearla en una vía pública, agarrarle el trasero, levantarla del suelo y frotarle su polla contra su cuerpo. No era de extrañar que huyera de él cuando por fin se vio libre.
Excepto... que no había protestado. En lugar de eso se mostró tan ardiente y cariñosa que ahora se sintió embriagado al recordarla en sus brazos, amoldada a la forma de su cuerpo. Estaba tensa y temblando de deseo, vibrante. Su reacción lo noqueó, lo impresionó de tal modo que aún no se había recuperado. Por un momento se vio cegado por la lujuria, insensible a todo excepto la acuciante necesidad de estar dentro de ella. Si no lo hubiera sobresaltado aquel trueno, quizás hubiera intentado tomarla allí mismo, de pie en el portal, con la gente pasando a menos de un metro de ellos. No recordaba haberse sentido nunca tan irracional por una mujer de forma que nada más le importase, pero Lily lo había reducido a aquel nivel con sólo un beso.
Sólo un beso, dulce y picante al mismo tiempo, tan ardiente que lo abrasó. Su lengua, enroscada en la suya en el juego del amor. La sensualidad sin reservas en el modo en que ella lo succionó. La presión de su cuerpo, ávida e instintiva. Lily lo deseaba, con tanta violencia como él la deseaba a ella.
Su memoria recreó la robusta plenitud de las nalgas de Lily en sus manos, y cerró los puños con fuerza para reprimir el hormigueo que sentía en las palmas. Era peor de lo que había pensado, aquel insistente deseo de poseerla. No estaba acostumbrado a reprimir sus apetitos sexuales, pero las barreras que se alzaban entre ellos eran a la vez sólidas y exasperantes. Estaba su madre, que se había retraído totalmente cuando se enfrentó a la humillación de que su marido la dejara por la puta de la ciudad. Belvina, con las muñecas cercenadas y la sangre encharcándose a sus pies; la palidez de su rostro era otra imagen que no olvidaría jamás. Luego estaban sus propios sentimientos, la rabia y el dolor de verse abandonado por su padre. Pero las barreras no estaban todas en su lado; entre Lily y él flotaba el recuerdo de aquella noche, un Muro de Berlín mental, demoledor y sin paliativos. Demasiado dolor, demasiadas razones.
Pero a sus cuerpos eso les importaba un comino.
Así era, en resumidas cuentas. Él no era un deportista mujeriego, pero estaba claro que siempre le había resultado fácil tener relaciones sexuales. Sin embargo, en su dilatada experiencia nada lo había preparado para aquella... fiebre. No podían mirarse el uno al otro sin sentir aquel calor. Y cuando se tocaban, era como una hoguera.
Paseó nervioso por la habitación, tratando de encontrar un modo de salvar aquellas barreras.
Lily no podía quedarse en Tutshill, eso era pedirle demasiado a su familia. No, no podía cejar en su empeño de hacerle la vida imposible a Lily, aunque de todos modos no había mucho que él pudiera, o quisiera, hacer. La había incomodado, y punto. No podía ponerse a acosarla de verdad.
Lily no se lo merecía; ella también era una víctima. Había trabajado con ahínco para ser algo en la vida, y lo había logrado. Si no fuera por la familia, él la recibiría con los brazos abiertos. Y también con la bragueta abierta, pensó con ironía, sintiendo el hormigueo de la excitación en la ingle.
Pero no iba a poder convencer a su familia, no podía cambiar sus sentimientos, de modo que Lily tendría que marcharse. Quizá no muy lejos. Tal vez pudiera persuadirla de que se mudase aquí mismo a Chepstow o incluso a alguno de los pueblos que rodeaban Tutshill. Un sitio lejos de su familia, pero que estuviera lo bastante cerca para poder verse. Lily había cometido un error estratégico al permitirle ver lo mucho que lo deseaba, porque ahora él podría servirse de eso para convencerla de que se mudara. Aquí no podemos estar juntos. Vete a otra parte, y nos veremos tan a menudo como sea posible. Aquello no iba a gustarle a Lily; lo más probable era que lo mandase a la mierda, de momento. Pero la fiebre no desaparecería, seguiría bullendo en ella igual que bullía en él. Si aprovechaba cualquier oportunidad para avivar las llamas, ella terminaría viendo las cosas como las veía él, suponiendo que los dos no acabaran quemándose entre tanto.
Lily podría quedarse con la casa de Tutshill, si el hecho de venderla le parecía renunciar a demasiado. Él le compraría otra nueva, donde se le antojara.
Se enfrentaba a dos hechos: Lily tenía que marcharse de Tutshill, y él tenía que hacerla suya.
Hiciera falta lo que hiciera falta, tenía que poseerla.
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- Estoy de acuerdo con usted -dijo el señor Moody, bebiendo un sorbo del té helado que le había ofrecido Lily-. Yo creo que Charlus Potter está muerto, y que lleva así doce años.
Aquel día venía vestido con un traje de crespón de algodón de color azul claro; habría resultado vulgar si no fuera porque le sentaba estupendamente, si la camisa blanca no estuviera inmaculada y la corbata, impecable. En el señor Moody, un traje de crespón de algodón parecía elegante. Sus ojos habían perdido parte de aquella tristeza, sustituida por una chispa de interés.
Estaban sentados en el cuarto de estar, refrescado por el aire acondicionado. Lily se sorprendió cuando recibió su llamada; sólo habían transcurrido dos días desde que contrató sus servicios. Pero allí estaba, con un cuaderno apoyado en la rodilla.
- No hay rastro de él desde la noche en que desapareció – informó- . No existen compras con tarjeta de crédito, ni reintegros bancarios, ni pagos de impuestos de la Seguridad Social ni declaraciones de renta. El señor Potter no era un delincuente, así que no necesitaba cambiar de nombre ni desaparecer de forma tan fulminante. Así pues, lo más lógico es que esté muerto.
Lily lanzó un profundo suspiro.
- Eso es lo que había pensado yo. Pero quería asegurarme antes de empezar a hacer preguntas.
- Supongo que será consciente de que, si lo asesinaron, las preguntas que haga pondrán muy nervioso a alguien. - Tomó otro sorbo de té- La situación podría volverse peligrosa para usted, querida. Tal vez sería mejor no levantar la liebre.
- Ya he pensado en la posibilidad de que haya peligro – admitió Lily- Pero teniendo en cuenta la relación que tenía mi madre con él y el hecho de que todo el mundo cree que se fugaron juntos, a nadie sorprenderá mi interés. Mi descaro, puede, pero no mi interés.
Él rió levemente.
- Supongo que dependerá de cómo sean las preguntas. Si usted se presentara y dijera que en su opinión el señor Potter fue asesinado, eso atraería gran atención- Se puso serio y suavizó el tono- Mi consejo es que lo olvide. El asesinato, si es que lo hubo, tuvo lugar hace doce años. El tiempo borra muchas huellas, y usted no tiene pruebas que le indiquen por dónde empezar. Es probable que no encuentre nada, pero en cambio puede ponerse en peligro.
- ¿Ni siquiera intentar averiguar lo que sucedió? -Preguntó Lily con suavidad- ¿Y dejar impune un asesinato?
- Ah. Está usted pensando en la justicia. Es un concepto maravilloso, si uno dispone de medios para llevarlo a la práctica. Pero en ocasiones hay que sopesar la justicia con otras consideraciones, y por medio está la realidad. Probablemente al señor Potter lo asesinaron. Probablemente su madre esté implicada, por el hecho de saberlo, si no de haber tomado parte. ¿Podría asimilar eso? ¿Y si murió de forma accidental pero ella fuera acusada de homicidio? El nombre de James Potter es muy poderoso; ¿cree usted que él dejaría sin castigar la muerte de su padre? Lo peor que podría pasar, naturalmente, es que su muerte no haya sido accidental. En ese caso, querida, estaría usted claramente en peligro.
Lily suspiró.
- Mis motivos para querer averiguar lo que le ocurrió no son enteramente altruistas. De hecho, son más bien egoístas. Quiero vivir aquí, éste es mi hogar, aquí es donde crecí. Pero no seré aceptada mientras todo el mundo piense que Charlus se fugó con mi madre. Los Potter no quieren verme aquí, James está poniéndome las cosas difíciles. No puedo hacer la compra en Tutshill, no puedo ponerle gasolina al coche. A no ser que demuestre que mi madre no tuvo nada que ver con la desaparición de Charlus, jamás tendré un amigo en este lugar.
- ¿Y si demuestra que ella lo mató? -preguntó suavemente el señor Moody.
Lily se mordió el labio e hizo girar el vaso frío y húmedo entre las manos.
- Ése es un riesgo que tendré que correr. -Lo dijo en voz baja, casi inaudible- Sé que si ella es culpable no podré vivir aquí. Pero saber lo que ocurrió de verdad, por muy malo que sea, no lo será tanto como no saberlo. Es posible que no descubra nada, pero voy a intentarlo.
El detective suspiró.
- Ya imaginaba que diría eso. Si no le importa, me gustaría hacer unas cuantas preguntas por la ciudad, sólo por curiosidad. A lo mejor la gente me dice algo que no le diría a usted.
Aquello era cierto. Ahora que se sabía quién era, la mayoría de la gente se cerraría alrededor de ella antes que desafiar a James. Aun así, el señor Moody ya había terminado el trabajo para el que Lily lo había contratado.
- No puedo permitirme que investigue más -dijo sinceramente.
Él agitó la mano para desechar la idea.
- Esto es por curiosidad mía. Siempre me han gustado los buenos misterios.
Lily lo miró dudosa.
-¿Alguna vez eso le ha impedido cobrar los honorarios normales?
- Pues no -admitió él, riendo-. Pero no necesito el dinero, y me gustaría saber qué le sucedió al señor Potter. No sé cuánto tiempo podré seguir trabajando, tal como está mi corazón. Probablemente no será mucho, de modo que voy a emplear el tiempo sólo en casos que me interesen. En cuanto al dinero... Bueno, digamos que en este momento no me hace mucha falta.
Ahora que su mujer había fallecido, quiso decir. De pronto se enfrascó en repasar sus notas, y Lily supo que estaba luchando una vez más por contener las lágrimas. Le concedió la dignidad del fingimiento y le preguntó si quería un poco más de té helado.
- No, gracias. Estaba delicioso, perfecto para este calor. -Se puso de pie y se estiró el traje de crespón de algodón-. Le informaré si obtengo alguna respuesta interesante. ¿Hay algún motel en la ciudad?
Lily le indicó cómo llegar al motel mientras salía con él al porche.
- Cene conmigo esta noche - lo invitó en un impulso, pues no le gustaba la idea de que cenase solo apañándose con un bocadillo.
Él se sonrojó hasta la raíz del pelo.
- Será un placer.
- ¿Le importaría que cenemos a las seis? Prefiero que sea temprano.
- Yo también, señora Black. A las seis, entonces.
Sonreía cuando se encaminó alegre y satisfecho en dirección a su coche. Lily lo contempló arrancar y marcharse y después regresó al trabajo que había dejado abandonado al llegar él. Estaba deseando que llegara la hora de cenar; decididamente había desarrollado un sentimiento de ternura por el señor Moody.
El detective llegó puntual a las seis, tal como ella había previsto, y se sentaron a dar cuenta de una cena ligera a base de chuletas de cerdo a la brasa, arroz al azafrán y judías verdes. Él no dejaba de mirar a su alrededor, absorbiendo los pequeños detalles: las servilletas de lino almidonado, el fragante centro de diminutas rosas silvestres, los aromas de la comida casera, y Lily supo que echaba de menos todo aquello desde la muerte de su esposa. Se recrearon en el postre, un sorbete de limón con el grado exacto de acidez. Hablar con él resultaba fácil; era muy anticuado, y a Lily eso le pareció reconfortante. Había sido tan escasa la consideración de cualquier tipo que tuvo durante niñez que ahora la apreciaba doblemente.
Eran casi las ocho cuando alguien llamó a la puerta con un único golpe. Lily se puso rígida; no necesitaba abrir para saber quién esperaba al otro lado.
-¿Ocurre algo malo? -preguntó el señor Moody, demasiado perspicaz para no darse cuenta del cambio de su semblante.
-Creo que está usted a punto de conocer a James Potter—dijo ella al tiempo que se levantaba y se dirigía a la puerta. Como de costumbre, el corazón le latía demasiado deprisa y con demasiada violencia ante la perspectiva de ver a James, de hablar con él. Aquello no había cambiado en más de quince años; bien podía seguir teniendo once años, obnubilada por su héroe.
Estaba anocheciendo, los largos días de primavera se resistían a ceder su luminosidad. La silueta de James se recortaba contra el pálido color ópalo del cielo, una figura alta y de hombros anchos, sin rostro.
- Espero no haberte interrumpido - dijo, pero había en su tono una connotación dura que indicó a Lily que le importaba un bledo si la interrumpía o no.
- Si así fuera, no habría abierto la puerta- repuso ella al tiempo que le franqueaba el paso. No pudo borrar el desafío que se advertía en su propia voz, aunque intentó suavizarlo por respeto al señor Moody.
La sonrisa de James no fue más que un acto de enseñar los dientes cuando se volvió hacia el señor Moody, el cual se había levantado cortésmente de su asiento al entrar él. De pronto la habitación pareció demasiado pequeña, llena y dominada por la presencia masculina y vital de James, repartida en su más de metro ochenta de estatura. Llevaba una camisa blanca, vaqueros negros, y tenía más que nunca el aspecto de un pirata. Sus dientes lanzaban destellos blancos, igual que el minúsculo diamante que llevaba en la oreja.
- Ya hemos terminado de cenar -dijo Lily en tono neutro, recuperando el control- Señor Moody, éste es James Potter, un vecino. James, Francis Moody, de Nueva Chepstow.
James le tendió la mano, que engulló la del detective, más pequeña.
- ¿Amigo o socio? - preguntó, como si tuviera derecho a aquella información.
Al señor Moody le chispearon los ojos, y arrugó la boca con gesto pensativo al tiempo que recuperaba su mano.
- Bueno, yo diría que ambas cosas. ¿Y usted? ¿Es amigo, además de vecino?
- No - dijo Lily.
James le lanzó una mirada rápida y dura.
- No exactamente - dijo.
Los ojos del señor Tutshill chispearon aún más.
- Comprendo. -Cogió la mano de Lily y se la llevó a los labios para un beso de cortesía y después le depositó otro en la mejilla-.Tengo que irme, querida, mis viejos huesos quieren descansar. Últimamente mi horario parece el de un bebé. Ha sido una cena encantadora. Gracias por invitarme.
- El placer ha sido mío - dijo ella, palmeándole la mano y besándolo en la mejilla a su vez.
- Llamaré -prometió cuando se dirigía a la puerta. Igual que había hecho por la mañana, Lily aguardó en el umbral hasta que él estuvo en el coche y se despidió con la mano cuando dio marcha atrás para salir del camino de entrada.
Luchando por controlar el pánico, cerró la puerta y se volvió para mirar de frente a James, el cual se había ido acercando despacio hasta quedar apenas a medio metro detrás de ella. Tenía los ojos oscurecidos por la cólera.
- ¿Quién demonios es? –Rugió- ¿Tu viejo protector? ¿Mezclaste negocios y placer en Chepstow, o es que para ti todo es negocio?
- No es asunto tuyo -repuso Lily en tono terminante. Lo miró con expresión de furia, luchando por reprimir aquel pequeño ataque de ira sin lograrlo del todo. El señor Moody era cuarenta años mayor que ella, pero, naturalmente, el primer pensamiento de James había sido que se acostaba con él.
Se acercó un paso más, anulando la escasa distancia que los separaba.
- Por supuesto que es asunto mío, lleva dos días siéndolo.
Las mejillas de Lily se tiñeron de un intenso rubor ante aquella referencia a lo que había pasado entre ellos en Chepstow.
- Eso no significó nada - comenzó con voz áspera por el azoramiento, pero él la tomó de los hombros y le propinó una ligera sacudida.
-Y una mierda. A lo mejor necesitas que te refresque la memoria.
Inclinó la cabeza y, demasiado tarde, ella levantó las manos para impedirle acercarse. Las palmas chocaron contra su pecho al tiempo que su boca cubría la de ella, e inmediatamente se sintió engullida por un intenso calor. El calor de James. El suyo propio. Le zumbaron los oídos y se meció contra él, abriendo los labios para acoplarse con mayor precisión a la exigente presión de los de James, para dejar pasar su lengua caliente. La rodearon todos los azules, dorados y granates de su aroma, se introdujeron en ella, la poseyeron. Notó bajo la palma derecha el retumbar de su corazón que latía con fuerza, y su inmediata erección contra el vientre, y sus caderas reaccionaron de modo automático, buscando.
James levantó la cabeza y retrocedió, dejando un espacio de algunos centímetros entre ambos.
Respiraba con fuerza, su mirada se había intensificado por la excitación, sus labios estaban húmedos y enrojecidos, y ligeramente hinchados por la fuerza del beso. Movió los dedos sobre los hombros de Lily, masajeando, acariciando.
- No niegues lo que pasó.
- No pasó nada -mintió Lily en un tono desafiante que ocultaba su desesperación. James sabía que era mentira, ella vio la furia en su rostro, pero lo dijo de todas formas. Sabía lo que hacía. En Chepstow había cometido el error de cederle un centímetro, y ahora él intentaba aprovecharse de ello para avanzar un kilómetro. Quizás había ido allí pensando que ella iba a ser fácil, que podía llevársela a la cama y luego convencerla con mimos para que se fuera de la ciudad. Por él, diría. Así podrían estar juntos sin molestar a su madre. Su descarada mentira sirvió para hacerle ver que no tenía intención de dejar que se saliera con la suya. Se zafó de su abrazo deslizándose a un costado para que no pudiera acorralarla contra la puerta- No fue más que un beso...
- Sí, y Merlín no era más que un muggle. Maldita sea, quédate quieta - dijo irritado, alzando una mano para agarrarla, y esta vez le sujetó los brazos-. Me estás mareando con este bailoteo. No voy a tirarte al suelo y subirme encima de ti... Por lo menos, por ahora.
Los ojos de Lily relampaguearon de pánico.
- ¡Puedes apostar lo que quieras a que no lo harás! -gritó, intentando de nuevo soltarse- ¡Ni esta noche, ni nunca!
-¿Quieres parar de una vez? -le espetó él-. Vas a hacerte daño.
Con un rápido movimiento, la hizo girar sobre sí misma y la aprisionó con los brazos cruzados bajo sus pechos, sujetándole las muñecas. Así de rápido, así de fácil, se vio sometida y rodeada, con aquel cuerpo musculoso apretado contra su espalda. Surgió la tentación, intensa e inmediata, instándola a relajar el cuello y dejar caer la cabeza sobre el pecho de él, dejar que su cuerpo se ablandase y adaptase al suyo, permitirse inhalar el perfume fuerte y almizclado de su piel e intoxicarse poco a poco. Se estremeció al sentir cómo aumentaba su deseo, y supo que si le ofrecía una mínima reacción en aquel momento, estaría perdida. No le costaría ni cinco minutos tenerla en la cama en posición horizontal.
-¿Lo ves? -dijo James suavizando el tono de voz hasta transformarlo en un ronroneo aterciopelado al sentir cómo temblaba. Su aliento cálido le rozó el cabello- Lo único que tengo que hacer es tocarte. A mí me ocurre lo mismo, Lily. No creo que esto sirva de nada, pero por Dios, te deseo, y vamos a tener que hacer algo al respecto.
Lily cerró los ojos, aún temblando por el esfuerzo de resistirse a él, y negó levemente con la cabeza.
- No.
- ¿No, qué? -Frotó la mejilla contra el pelo de Lily-. ¿No me deseas, o no vamos a hacer nada al respecto? ¿En qué estás mintiendo ahora?
- No te lo permitiré - dijo ella, sin dejar que la distrajera. Abrió los ojos y fijó la vista al frente, en una de las lámparas, en un esfuerzo por hacer caso omiso de los brazos que la rodeaban- No te permitiré que vuelvas a tratarme como si fuera basura.
Él se quedó quieto, hasta su respiración se detuvo por un instante. Después expulsó el aire en silencio.
- Siempre nos ha separado eso, ¿verdad? - No había necesidad de concretar más; el recuerdo de aquella noche era casi tangible. Calló durante unos instantes-. Lily, estoy enterado de lo de Magic Travel, sé que has conseguido todo lo que tienes a base de trabajar. Sé que no eres como tu madre.
¡Oh, Merlín! Sabía lo de la agencia. Luchó por reprimir una oleada de pánico y concentrarse en la última frase.
-Seguramente -dijo con amargura- Tienes tan alta opinión de mi forma de ser que acabas de acusarme de tener un viejo protector. Dios mío, he invitado a un hombre solitario a cenar conmigo, ¡así que, por supuesto, me estoy acostando con él! - Furibunda, intentó una vez más liberarse.
James apretó con más fuerza hasta que Lily apenas pudo respirar.
-Te he dicho que te quedes quieta -la amonestó-. Te van a salir moratones.
- ¡Si me salen, será culpa tuya, no mía! ¡Eres tú el que está usando la fuerza!
Lanzó una patada hacia atrás, y le acertó en la espinilla con el tacón, pero llevaba zapatillas de suela blanda y él calzaba botas. Soltó un gruñido, pero Lily sabía que no le había dolido. Se retorció, intentando darse la vuelta para poder hacerle más daño.
- Eres una... gatita... salvaje -dijo él, jadeando por el esfuerzo de controlarla- ¡Maldita sea, quieres estarte quieta! Estaba celoso -reconoció escuetamente.
Durante unos momentos Lily estuvo demasiado aturdida para reaccionar. Permaneció inmóvil en el círculo que formaban los brazos de James, sin bajar la guardia pero con una embriagadora sensación de euforia. ¡Celoso! No podía estar celoso, a menos que sintiera por ella... No. No podía permitirse caer en aquella trampa. No se atrevía a creerlo. Ya había presenciado su técnica de seducción, recordaba cómo tranquilizó a Violeta haciéndole cumplidos, diciéndole lo mucho que la deseaba, que la necesitaba. Se le daba muy bien conseguir lo que quería. Aunque no dudaba que la deseara físicamente, teniendo las pruebas tan prominentes, sabía que lo demás no había cambiado; aún quería que se fuera de allí, y se valdría de su debilidad por él para convencerla de que lo hiciera.
-¿Sinceramente esperas que te crea? -preguntó por fin, con una gota de recelo en cada palabra.
Él movió hacia delante las caderas.
-¿Acaso niegas esto?
Lily se obligó a sí misma a encoger los hombros.
-¿Qué tengo que negar? ¿Que estás empalmado? Pues qué bien. Eso no significa nada.
Una risita vibró en el pecho de James.
- Menos mal que tengo la autoestima muy sana, de lo contrario me provocarlas un complejo de inferioridad.
Lily deseó que no se hubiera reído. No quería que tuviera sentido del humor, quería que fuera un hombre de espíritu mezquino y mente estrecha, para poder despreciarlo. Pero en cambio era atrevido y audaz, y tenía una risa que desarmaba a cualquiera. Era despiadado, pero no mezquino.
James inclinó la cabeza para acariciarle la oreja con la nariz, y el calor de su aliento le hizo cosquillas en la sensible piel de aquella zona.
- Esto no tiene por qué ser un problema –murmuró- Podemos estar juntos... no aquí, pero hay una solución.
Lily se puso rígida de nuevo.
- Seguro que sí. Y tiene que ver con que yo me vaya, ¿verdad?
James sacó la lengua y empezó a juguetear con el lóbulo de la oreja de Lily antes de atraparlo entre los dientes y mordisquearlo sensualmente.
-No tendrías que irte muy lejos -la engatusó-. Ni siquiera tienes que vender esta casa. Yo te compraré otra, más grande si quieres...
Lily sintió que la devoraba la furia, candente y efervescente. Se zafó aprovechando que James había aflojado su abrazo y giró para encararse con él, con el rostro blanco y los ojos echando llamas.
-¡Cállate! No dejas de pensar que estoy en venta, ¿verdad? ¡Lo único que ha cambiado es que me has trasladado a un nivel de precios más alto! ¡No quiero tu maldita casa, pero quiero que tú salgas de la mía! ¡Ahora mismo!
James entornó los ojos y no se movió un solo centímetro.
- No estaba pensando en comprarte. Intento hacerte las cosas lo más fáciles posible.
- Un buen intento, pero te conozco demasiado bien. Te he visto en acción, ¿no te acuerdas? -El recuerdo de aquella noche se notó en la amargura de su tono y brilló como un relámpago entre ambos. También tenía otro recuerdo, que James no conocía: aquella ocasión en que lo vio en compañía de Violetta Partain. Efectivamente, lo había visto en acción.
James guardó silencio por espacio de unos instantes, mientras la recorría con su mirada oscura.
- Eso no volverá a ocurrir - dijo suavemente.
- No, no ocurrirá – convino Lily, alzando la barbilla- No permitiré que vuelvas a tratarme así.
- No tendrías muchas alternativas, si yo decidiera hacerlo James recuperando aquel brillo peligroso en los ojos. Le dio un golpecito bajo la barbilla- Recuérdalo, cariño. Puedo jugar mucho más fuerte de lo que he jugado hasta ahora.
Ella apartó la cabeza bruscamente.
-Yo también.
Él deslizó la mirada por su cuerpo, y la expresión de sus ojos fue transformándose en algo lento y ardiente.
- Seguro que sí. Casi me estás tentando a que averigüe qué tal se te da jugar duro, sólo por divertirme. Pero esta conversación se ha salido del tema. No estamos en guerra, Lily. Podemos llegar a un interesante arreglo y pasárnoslo bien sin hacer daño a mi familia, sólo con que tú aceptes.
- No - contestó Lily.
- Ésa debe de ser tu palabra favorita. Estoy empezando a cansarme de oírla.
- Entonces no te acerques- Lily suspiró, cansada de pelear, y sacudió la cabeza en un gesto negativo-. Yo no quiero hacer daño a tu familia, no he venido por eso. Éste es mi hogar; no quiero causar problemas, sólo deseo vivir aquí. Si tengo que luchar contigo para conseguirlo, lucharé.
- Entonces ya está trazada la línea de batalla. – James se encogió de hombros-. Es cosa tuya cuántos problemas estás dispuesta a soportar para vivir aquí. Yo no pienso retroceder; sigues sin ser bienvenida en este lugar. Pero si cambias de opinión, lo único que tienes que hacer es llamarme. Yo me ocuparé de ti, sin hacer preguntas, sin burlarme.
- No pienso llamarte.
-Tal vez no, pero tal vez sí. Piensa en lo que podríamos tener juntos.
- ¿Qué? ¿Un par de polvos a la semana? ¿Mentir acerca de dónde estás, porque tú no quieres que se entere tu familia? Gracias, pero no.
James levantó una mano y le tomó la mejilla, y esta vez ella no se apartó. Le pasó suavemente el dedo pulgar por el labio inferior, palpando su blandura.
- Es más que simplemente follar -dijo con suavidad-. Aunque Dios sabe que eso lo deseo tanto que casi me hace daño.
Lily deseaba desesperadamente creerlo, pero por eso precisamente no se atrevía. Tuvo que reprimir las lágrimas mientras sacudía la cabeza y le decía:
- Por favor, márchate.
- Está bien, me voy. Pero piensa en ello. - Se volvió hacia la puerta, pero se detuvo-. En cuanto a tu empresa...
Lily se alarmó instantáneamente y se preparó para otro enfrentamiento.
- Si te atreves a hacer algo que perjudique mi negocio...
Él la miró con impaciencia.
- Calla. No voy a hacer nada. Sólo quería que supieras que estoy muy orgulloso de ti. Me alegro de que hayas conseguido tanto. De hecho, le he dicho al director de mi hotel que preste una consideración especial a los grupos que hayan hecho reservas por medio de tu agencia.
¿Orgulloso de ella? Lily permaneció en silencio hasta que James se marchó, y entonces las lágrimas que había reprimido empezaron a rodarle por las mejillas. ¿Se atrevería a creer aquello?
Pero se dio cuenta de que no podía. Permanecería fiel a su decisión original de no enviar más grupos a aquel hotel.
Pero las lágrimas siguieron rodando. James le había dicho que estaba orgulloso de ella.
10
Belvina no se dio prisa en el cuarto de baño, pues necesitaba aquella intimidad para recuperarse.
Siempre resultaba ligeramente alarmante aquella pérdida del yo, de la personalidad. Walter no parecía sufrirla; él siempre estaba contento, y un poco soñoliento, cuando se separaba de ella. Oyó crujir la cama al moverse él, probablemente para apagar el cigarrillo. No fumaba mucho, estaba intentando dejarlo, pero los momentos que seguían al sexo eran una de las ocasiones en las que más le costaba resistirse al tabaco. Hoy le había temblado un poco la mano al accionar el encendedor y había hecho bailar la débil llama.
Aquella delatora reacción hizo que Belvina se ablandara por dentro, y permaneció más tiempo de lo normal en el baño para que él no lo notara. Ya era bastante malo que supiera cómo se desmandaba ella cuando lo tenía dentro, cómo gemía y se aferraba a él con las manos húmedas y agitando las caderas. Por mucho que lo intentara, no podía permanecer quieta. Y además estaba muy húmeda allí abajo; oía los embarazosos sonidos acuosos que producía él al entrar y salir. En aquellos momentos no se sentía violenta, pues lo único en que podía pensar era la fiebre que la consumía por dentro, pero la vergüenza venía después.
No sucedía lo mismo con Bartemius. Con Barty podía contenerse; al parecer, él lo prefería así, y Belvina sabía por qué: Barty fingía que ella era Dorea.
No quería hacerlo con Barty, pero al mismo tiempo sí lo deseaba. No podía decir que él la forzara, ni siquiera para hacerla sentirse mejor por lo que estaba haciendo. Amaba a Barty, sin embargo... era casi como un padre. No podía ocupar el puesto de su padre, nadie podría, pero Barty había sido su mejor amigo y había sufrido mucho cuando papá se marchó de aquella forma. Barty, en silencio, le había proporcionado un hombro sobre el que apoyarse, sobre el que llorar, si se daba el caso. A veces, en los primeros días de horror, Belvina consiguió fingir un poco que él era en efecto su padre, que nada había cambiado.
Pero el fingimiento no duró mucho. La horrible impresión sufrida aquel día había alterado para siempre algo dentro de ella, y había aceptado que las cosas jamás serían perfectas. Papá no iba a volver; prefería vivir con aquella fulana en vez de estar con su familia. No quería a mamá y nunca la había querido.
Sin embargo, Barty sí quería a mamá. Pobre. No se acordaba de cuál fue la primera vez que comprendió cómo se sentía él, cuando vio la devoción y la tristeza en sus ojos; pero fue varios años después de que se fuera papá. Fue más o menos cuando convenció por primera vez a mamá de que cenase con ellos. Él conseguía de su madre más de lo que habían conseguido ella y James. Quizá fuera la gentil, devota cortesía con que la trataba. Dios sabía que papá nunca había sido así; era educado y amable, pero se veía que se limitaba a actuar por pura fórmula y que en realidad no se preocupaba por ella como se preocupaba Bartemius.
Recordaba la noche en que ocurrió por primera vez. James se encontraba en Londres en un viaje de trabajo. Mamá había bajado a cenar, pero a pesar de los mimos de Barty, estaba más deprimida de lo habitual y en realidad le costó un esfuerzo el mero hecho de cenar con ellos, y regresó a su habitación casi de inmediato, a pesar de sus ruegos. Cuando Barty se volvió hacia Belvina, ella vio desolación en sus ojos, e impulsivamente le puso una mano en el brazo con la intención de consolarlo.
Era una gélida noche de invierno. En el salón estaba encendido el fuego, de modo que entraron allí y Belvina se dedicó a aliviar la expresión de aquellos ojos. Se sentaron en el sofá delante de la chimenea y hablaron reposadamente de muchas cosas mientras Barty se tomaba una copa de coñac, su bebida favorita. La casa estaba en silencio, la habitación en penumbra, sólo había una lámpara encendida. El fuego crepitaba suavemente. Y a la luz de las llamas Belvina debía de parecerse a su madre. Aquella noche llevaba el pelo recogido en un moño, y siempre se vestía con aquel estilo clásico y conservador que prefería mamá. Por todas aquellas razones, el coñac, la soledad, la habitación medio a oscuras, su propia desilusión, su parecido con mamá... sucedió.
Un beso se convirtió en dos, y luego en más. Sintió las manos de Barty en el pelo, entre gemidos. Belvina se acordaba de cómo le latía entonces el corazón, inundada por una sensación de miedo y de una compasión casi dolorosa. Barty le tocó los pechos, casi con reverencia, pero sólo a través de la ropa. Y le subió la falda sólo lo suficiente para dejar al descubierto la parte esencial, como si no quisiera violar su pudor más de lo necesario. Belvina tenía un recuerdo borroso de carne desnuda, oculta pero sensible al tacto, cuando él se apretó contra ella, y después una aguda punzada de dolor y aquellos movimientos rápidos en su interior. Sin embargo, el tiempo no había difuminado el recuerdo de la voz rota de Barty al murmurar «Dorea » en su oído.
Por lo visto, Barty no se dio cuenta de que él era el primero. En su mente, ella era mamá.
Y en la mente de Belvina, que Dios la ayudase, él era papá.
Aquello fue tan enfermizo que todavía sentía asco de sí misma. Jamás había experimentado ningún deseo sexual hacia su padre; no había experimentado ningún otro, hasta que apareció Walter. Pero en el tumulto de emociones de aquella noche, pensó: a lo mejor no se va, si yo le doy lo que no le quiere dar mamá. Así que tomó el sitio de su madre y se ofreció sexualmente a modo de soborno para retener a papá en casa. Pobre de Barty... y pobre de ella. Ambos eran sucedáneos de algo que ninguno de los dos podría tener nunca. Freud habría tenido mucho trabajo con ella.
Pero aquella noche fue la primera de muchas, a lo largo de los siete últimos años. Aunque no fueron tantas, pensándolo bien. Probablemente se había acostado con Walter más veces en un solo año que con Barty en siete. Bartemius estaba avergonzado, le pedía disculpas, pero volvía a ella pues necesitaba hacerse la ilusión de tener a Dorea en sus brazos, y Belvina le permitía tomar el alivio que necesitaba. Jamás se aproximó a ella cuando estaba James en casa, sólo cuando estaba de viaje.
La última vez había sido sólo dos días antes, cuando James estuvo en Chepstow. Aquella noche fue a la oficina de Barty, como de costumbre, y él se lo hizo en el sofá. Nunca tardaba mucho; jamás la desnudaba, ni se desnudaba él. Después de siete años haciéndolo, Belvina nunca lo había visto desnudo, y de hecho le había visto la cosa sólo unas pocas veces. Todavía seguía excusándose por su necesidad, como si ella fuese realmente Dorea, y pensaba que el acto en sí era desagradable, de manera que terminaba lo más rápido posible y Belvina se limpiaba y se iba a casa.
No era así con Walter. Aún no sabía qué lo atraía de ella ni cómo había dejado que las cosas hubieran llegado tan lejos. Él había crecido en Tutshill, de modo que lo conocía, sabía cómo se llamaba, había hablado con él toda la vida. Tenía cinco años más que James, y cuando ella terminó la secundaria, él ya era auror. Se había casado con su novia del instituto y habían tenido dos niños. Eran el matrimonio perfecto, y un día su mujer lo abandonó, así, de repente. Ella se mudó a Francia y volvió a casarse un par de años más tarde. Sus hijos tenían ya diecisiete y dieciocho años, y mantenía buenas relaciones con ellos.
Walter tenía buenas relaciones con todo el mundo, se dijo Belvina curvando la boca en una sonrisa. Por eso lo eligieron capitán de su escuadrón cuando el anterior se jubiló por fin tres años atrás. Era de verdad un buen tipo, desdeñaba los trajes en favor del uniforme y prefería las botas a los zapatos con lengüeta. Era un larguirucho de un metro ochenta de estatura, con pelo rubio oscuro y amistosos ojos azules, y un salpicado de pecas que le cruzaba la nariz. Un niño grande.
Un día, hacía un año, Belvina fue a la ciudad y decidió almorzar en el restaurante del pueblo, que tenía las mejores hamburguesas de todas. Mamá se habría horrorizado al ver que tenía un gusto tan plebeyo, pero a ella le encantaban las hamburguesas y de vez en cuando se daba el capricho. Estaba sentada a la pequeña mesa cuando entró Walter, pidió también una hamburguesa y se disponía a regresar a su puesto cuando de pronto se detuvo junto a su mesa y le dijo si podía sentarse con ella. Belvina, sorprendida, le dijo que sí.
Al principio estuvo un poco rígida, pero Walter era capaz de ablandar las piedras. Enseguida estaban riendo y hablando con tanta naturalidad como si fueran amigos. Otro momento de extrañeza fue cuando él le pidió que cenaran juntos; sabía muy bien que su madre no lo aprobaría. Walter no tenía nada de buen tono social, era mago si, pero pobre. Aceptó y, para sorpresa suya, él mismo preparó la cena, filetes a la parrilla, en el patio trasero de su casa. Ahora vivía en la pequeña granja en la que se había criado, cuyo vecino más próximo se encontraba a dos kilómetros carretera abajo, y Belvina se relajó con la tranquila soledad de aquel hogar rural.
Se relajó lo bastante, después de cenar y bailar, para moverse despacio alrededor del pequeño cuarto de estar hasta dejarse llevar al dormitorio. No tenía pensado permitírselo, ni siquiera se le había ocurrido que él pudiera intentarlo, pero Barty empezó a besarla, y sus besos fueron cálidos y lentos, y por primera vez en su vida experimentó la punzada del deseo en lo más profundo de su cuerpo. Alarmada por lo que estaba sucediendo, y por lo deprisa que iba todo, de todos modos se quedó dentro del dormitorio y le dejó que le bajara la cremallera del vestido y después le quitara el sujetador. Nadie le había visto nunca los pechos desnudos, pero de pronto Walter no sólo los vio… La presión de aquella boca hizo enloquecer a Belvina, y ambos cayeron sobre la cama.
Una dama no actuaba de aquella manera, pero es que ella siempre había sabido que no era una dama. Su madre lo era, y Belvina se había pasado la vida intentando ser como ella, para que la quisiera, pero siempre se había quedado corta. Su madre estaría horrorizada y asqueada si supiera que su hija pasaba varias horas a la semana en la cama con Walter follando como una coneja.
¡Precisamente había ido a escoger al é!
A veces Belvina sentía rencor por las restricciones que le habían inculcado desde la cuna. James no estaba sujeto ni confinado por todas las cosas que no debían hacer las señoritas. Era como si su madre hubiera descartado a James como una causa perdida desde el instante de su nacimiento; él era varón, por lo tanto esperaba que actuase como un animal. Como ella era una señora, no había hecho caso de las escapadas sexuales del padre y del hijo, aquellas cosas carecían de interés para ella, y esperaba que tampoco interesaran a su hija.
No funcionó así, aunque Belvina lo intentó. Lo intentó de verdad, durante los primeros veinticinco años de su vida. Incluso después del aislamiento de su madre tras la fuga de papá, siguió intentándolo con la esperanza de que, si era buena, su madre no sufriría tanto el abandono de papá.
Pero siempre había ansiado más. Su madre era tan reservada y fría, perfecta, intocable. Su padre era cálido y cariñoso, la abrazaba, jugaba a pelearse con ella a pesar de que Dorea desaprobaba semejante alboroto con su hija. James era aún más físico que su padre; siempre ardió con un fuego interior que Belvina reconoció desde muy temprana edad.
Se acordaba de una ocasión, cuando James estaba de vacaciones en casa en su época universitaria, en la que se quedaron un rato de sobremesa tras la cena, charlando. James estaba reclinado en su silla con aquella gracia gatuna que poseía, riendo mientras describía una broma que le habían gastado algunos de los jugadores de quidditch al entrenador, y en aquel momento percibió...
No sabría explicarlo bien... una especie de sensualidad en estado silvestre en su forma de inclinar la cabeza, en el movimiento de la mano para levantar el vaso. Miró a su madre y descubrió que ésta estaba observando fijamente a James con una expresión de repulsión en la cara, como si se tratase de un animal asqueroso. Es que, en efecto, era un animal, naturalmente, un muchacho adolescente sano e indómito, destilando testosterona. Pero no tenía nada de repulsivo, y Belvina lo lamentó por él, por aquella desaprobación.
James era un hermano maravilloso. No sabía lo que habría hecho sin él, en los días horribles que siguieron a la fuga de papá. Estaba tan avergonzada de su intento de suicidio que juró que nunca volvería a ser tan débil y suponer una carga para James. Tuvo que hacer un gran esfuerzo, pero cumplió su promesa. No tenía más que mirarse las finas cicatrices de color pálido de sus muñecas para recordarse a sí misma cuál era el precio de la debilidad.
Al ver a Lily Evans en el aparcamiento de la tienda de comestibles se quedó tan impresionada que, por primera vez en mucho tiempo, cayó en la antigua costumbre de recurrir enseguida a James, esperando que él solucionase sus problemas. Se sentía asqueada consigo misma por haberse desmoronado de aquella forma, pero cuando vio aquel cabello rojo oscuro, un color tan intenso que casi parecía el del vino, estuvo a punto de parársele el corazón. Durante un instante de perplejidad pensó: ¡papá ha vuelto, porque si Elladora estaba allí, seguro que su padre también.
Pero a papá no se lo veía por ninguna parte. Solamente estaba Elladora, con un aspecto más joven que cuando se marchó, lo cual era una verdadera injusticia. Alguien tan malvado y depravado como Elladora Evans debería llevar sus pecados escritos en la cara para que todo el mundo los conociera.
Pero el rostro que la miró a ella a su vez poseía un cutis exquisito, como siempre, sin una sola arruga a la vista. Los mismos ojos verdes y soñolientos, la misma boca grande, suave y sensual. No había cambiado nada. Y por un instante, Belvina fue de nuevo la muchacha herida y desvalida que había sido antes, y fue corriendo a James.
Sólo que no era Elladora; la mujer del aparcamiento era Lily Evans, y James se mostraba extrañamente reacio a utilizar su influencia en contra de ella. Belvina no recordaba gran cosa de Lily, sólo tenía un vago recuerdo de una niña escuálida que tenía el mismo pelo que su madre, pero aquello no importaba. Lo que no fue vago en absoluto fue la punzada de dolor que sintió al verla, la acumulación de recuerdos, aquella vieja sensación de abandono y traición. Desde entonces le daba miedo ir a la ciudad, miedo de volver a tropezarse con Lily y experimentar el escozor de la sal en aquella herida reabierta.
Notas:
1. ¿Qué más se puede hacer que agradecer?
Gracias por los Reviews.
2. He tratado de responder a todas personalmente, pero el tiempo y algunos exámenes han disminuido mi tiempo, por lo que me he limitado a escribir, actualizar y reparar en algunos detalles. Como muchas ya deben de tener experiencia…
3. Con respecto a "Dark Secret" : más allá de la extraña desaparición de Charlus Potter, el titulo se refiere a los secretos y pensamientos que esconden los personajes, sus anhelos, sus odios, todo…Todo lo que justifica sus actos.
4. ¿La desaparición de Charlus? han tenido excelentes ideas al respecto, pero la historia aun no termina, por lo que muchas cosas que ignoramos pueden pasar, no ignoren los detalles.
5. Por ahí vi que alguien se había dado el trabajo de constatar datos con respecto a la familia Potter y Black, y que otra persona se ha dado el tiempo de responderle. La segunda a mi parecer y por lo que las fuentes confirman es la que tiene la razón. Pero puedo equivocarme así que me comunicare con ambas a la brevedad.
Sin nada más que decir, excepto que disfruteis el nuevo capítulo.
Se despide Atte.
Cedrella
