11
Lily colgó el teléfono con una expresión de perplejidad en el rostro. Aquélla era la sexta vez que llamaba al señor Moody y no obtenía respuesta. El detective no tenía secretaria, esa función la desempeñaba su esposa, y cuando ésta murió no había tenido valor para reemplazarla. El señor Moody había dejado el hotel, o, mejor dicho, la llave había quedado encima de la mesita de noche y sus cosas habían desaparecido. La habitación había sido pagada por adelantado, así que aquello no tenía nada de insólito. Ella misma lo había hecho más de una vez.
Lo que no era normal era que no la hubiera llamado, habiendo dicho que lo haría. No podía creer que se le hubiera olvidado. Si no ocurriera algo malo, la habría llamado. Dado su estado de salud, Lily temió que estuviera ingresado en un hospital y se encontrara demasiado enfermo para llamar. Incluso podía estar muriéndose, y ella no enterarse. La idea de una muerte solitaria le oprimió el pecho. Por lo menos debería haber allí alguien que le cogiera la mano, como había hecho ella con Mark. Aparte de estar tan preocupada por él, no sabía qué había encontrado ni a quién había interrogado. Tendría que continuar sola, sin la ventaja de saber qué respuestas había obtenido el detective.
No tenía una idea clara de cómo abordar el asunto, qué pistas buscar ni qué preguntas hacer, suponiendo que alguien quisiera hablarle. Las únicas personas que tal vez respondieran a sus preguntas serían los recién llegados, y éstos no estarían en situación de saber nada. Los antiguos residentes sí sabrían, pero obedecerían el edicto de James de no tener relación con ella en absoluto.
Se le ocurrió una idea, y sonrió al imaginarlo. Por lo menos había una persona que sí hablaría con ella... de mala gana, pero hablaría.
Se pasó un cepillo por el pelo, se recogió la gruesa mata en un moño alto y la sujetó con unas cuantas horquillas dejando varios mechones sueltos alrededor de la cara y en la nuca. Hasta ahí llegaba su acicalamiento. Pocos minutos después de tomar la decisión, estaba ya de camino a Tutshill, a la tienda de Katlleburn.
Tal como esperaba, la señora Katlleburn la descubrió nada más entrar por la puerta. Lily la ignoró y se dirigió hacia la sección de lácteos, que se encontraba al fondo del establecimiento, a salvo del agudo oído de la mujer. No pasó mucho tiempo antes de que Ed se le acercase por los pasillos con paso presuroso y la cara de buey congestionada tanto por la indignación como por el esfuerzo físico.
- Creo que no lo ha entendido bien -dijo ofendido, deteniéndose enfrente de Lily- Salga de mi tienda. Aquí no puede comprar nada.
Lily no se movió del sitio y le obsequió una sonrisa serena.
- No he venido aquí a comprar. Quiero hacerle unas preguntas.
- Si no se va, llamo a la oficina de…usted sabe- replicó el tendero, pero su semblante mostraba una expresión de nerviosismo.
El hecho de mencionar a la policía hizo que a Lily se le encogiera el estómago, probablemente la reacción que el otro esperaba. Se le puso rígida la espina dorsal, y se obligó a sí misma a no hacer caso de la amenaza.
-Si responde a mis preguntas -dijo en voz baja-, me marcharé en cuestión de minutos. Si no, su esposa se va a enterar de más de lo que usted quiere que sepa. -Ya puestos a proferir amenazas, ella también sabía plantear las suyas.
El hombre palideció y lanzó una mirada de inquietud a la parte delantera de la tienda.
- No sé de qué me está hablando.
-Bien. Mis preguntas no tienen que ver con mi madre. Quiero interrogarlo acerca de Charlus Potter.
Él parpadeó, sorprendido por aquel giro.
-¿De Charlus? -repitió.
-¿A quién más estaba viendo aquel verano? -quiso saber Lily- Sé que mi madre no era la única. ¿Recuerda algún chismorreo?
-¿Por qué quiere saber eso? No importa a quién estuviera viendo, porque con quien se fugó fue con Elladora, y con ninguna otra.
Lily consultó su reloj.
-Calculo que tiene unos dos minutos antes de que venga aquí su esposa a ver qué está pasando.
Él la miró furioso, pero dijo a regañadientes:
- Creo que se veía con Nola, la secretaria de Bartemius Crouch. Él era el mejor amigo de Charlus. Pero no sé si eso será verdad, porque ella no pareció muy dolida cuando se fue Charlus. Había una camarera de la taberna, no recuerdo cómo se llamaba, pero Charlus la veía de vez en cuando. Ya no está allí. También oí contar que tenía un lío con Rowena Spellman. Charlus se movía mucho. No me acuerdo exactamente de todas las mujeres con quienes andaba liado.
Rowena Spellman debía de tratarse de la mujer del ex alcalde. El hijo de ambos, Avery, formaba parte del grupo de chicos que rondaban a Petunia cuando querían pasárselo bien, pero no le hablaban si se la encontraban en público.
- ¿Era de conocimiento general? -Preguntó Lily-. ¿Había por ahí algún marido celoso?
Morgan se encogió de hombros y volvió a mirar hacia la parte delantera del establecimiento.
- Quizá lo supiera el alcalde, pero Charlus donaba mucho dinero para sus campañas, de modo que dudo que a LoweIl Spellman le hubiera fastidiado mucho enterarse de que Rowena estaba... bueno, recaudando donaciones. -Esbozó una sonrisita, y Lily pensó lo mucho que le desagradaba aquel hombre.
- Gracias por la información- dijo, y dio media vuelta para marcharse.
-¿Va a volver por aquí? -quiso saber el tendero, nervioso.
Ella se detuvo y le dirigió una mirada reflexiva.
-Puede que no –contestó-. Llámeme si se le ocurren más nombres. -Y a continuación salió de la tienda con paso rápido sin siquiera mirar a la señora Katlleburn.
Dos nombres, más la posibilidad de la camarera desconocida. Ya era algo por donde empezar.
Sin embargo, lo que la intrigaba era que se hubiera mencionado al mejor amigo de Charlus, Bartemius Crouch. Ése era quien probablemente tendría las respuestas a muchas de sus preguntas.
Los Crouch eran una de las familias más antiguas y adineradas de la zona, no en el mismo grado que los Potter, pero es que tampoco había nadie más que estuviera a su nivel. Conocía el apellido, pero no conseguía sacar a la luz ningún recuerdo de ellos. Ella sólo tenía catorce años cuando se marchó, y era más introvertida que la mayoría, pues se guardaba para sí lo más posible.
Solamente había prestado atención a las personas que tuvieron contacto directo con su familia, y por lo que recordaba, jamás había conocido a ninguno de los Crouch. Sin embargo, era probable que Barty aún viviera allí; aparte del caso de Charlus Potter, las viejas fortunas tendían a permanecer en un solo sitio.
Fue hasta la cabina telefónica que había al final del aparcamiento y buscó a los Crouch. El domicilio figuraba como «Bartemius Crouch, abogado». Debajo aparecía el número de «Crouch y Wilson, abogados en asuntos mágicos y financieros».
Se imaginó que aquélla era una ocasión tan buena como cualquier otra, de modo que introdujo una moneda en la ranura y marcó el número del bufete de abogados. Una voz musical contestó al segundo timbre.
Lily dijo:
-Me llamo Lilianne Black. ¿Podría el señor Crouch recibirme hoy?
Se produjo una minúscula pausa que le indicó que habían reconocido su nombre, y seguidamente dijo la voz musical:
- Estará toda la mañana en los juzgados, pero puede recibirla esta tarde a la una y media, si le viene bien a usted.
- Perfecto. Gracias.
Cuando colgó, se preguntó si aquella voz musical pertenecería a Nola, que era la secretaria del señor Crouch en la época en que ocurrió todo, o si se trataría de otra persona.
Disponía de casi tres horas por llenar, a no ser que quisiera irse a casa y regresar de nuevo. El estómago le hacía ruidos para recordarle que la tostada que se había comido a las seis y media hacía mucho que se había esfumado. No sabía si la atenderían en alguno de los restaurantes de la ciudad o si la influencia de James alcanzaba también a aquellos. Se alzó de hombros. Ningún momento era mejor que aquél para averiguarlo.
En la plaza había un pequeño café. Nunca había estado en él, pensó mientras estacionaba el coche casi justo enfrente de la puerta. Jamás había salido a comer hasta que fue a vivir con su familia adoptiva y éstos le mostraron las maravillas de los restaurantes. El hecho de pensar en ellos la hizo sonreír mientras entraba en el café, fresco y en penumbra, y tomaba nota mentalmente de llamarlos esa noche. Procuraba mantener el contacto llamándolos por lo menos una vez al mes, y casi había pasado ese tiempo desde la última ocasión.
Los clientes escogían mesa, así que Lily eligió un hueco situado en la parte posterior del establecimiento. Se le acercó con diligencia una mujer joven, baja y rechoncha, de rostro agradable.
-¿Qué quiere para beber?
-Té dulce. -Se daba por hecho que el té era helado, a no ser que uno especificara que lo quería caliente. Normalmente sólo había que elegir entre dulce y no dulce.
La camarera salió disparada por el té, y Lily echó un vistazo al menú de plástico. Acababa de decidirse por la ensalada de pollo cuando alguien se detuvo frente a su mesa.
-¿Es usted Lily Evans?
Se puso tensa, preguntándose si le iban a decir que se fuera. Levantó la vista hacia la mujer que estaba de pie.
—Sí, así es.
La mujer le resultó vagamente familiar, ojos castaños, pelo castaño y una cara de mandíbula cuadrada y hoyuelos en las mejillas. Era bajita, de un metro sesenta más o menos, y poseía el humor fresco de una animadora del algún equipo de quiddich.
-Ya me parecía. Ha pasado mucho tiempo, pero resulta difícil olvidar ese color de pelo. -La mujer sonrió-. Yo soy Annet Gasper... Bueno, ahora es Smith. Yo estaba en tu clase en el colegio.
-¡Naturalmente! -Nada más oír el nombre, le vino a la memoria aquel rostro-. Me acuerdo de ti.
-¿Qué tal estás?
Annet nunca había sido amiga suya en la primaria, antes de entrara a Hogwarts, no tenía amigas, pero tampoco había tomado parte en ninguna de las crueles burlas que soportó Lily. Ella, por lo menos, había sido atenta.
Sin embargo, ahora la expresión de sus ojos era abiertamente amistosa.
-¿Te apetece sentarte conmigo? —la invitó Lily.
-Sólo un minuto -contestó Annet deslizándose en el asiento de enfrente. La camarera regresó trayendo el té de Lily tomó el pedido de la ensalada de pollo. Cuando estuvieron solas otra vez, Annet dijo con una sonrisa irónica- Este lugar es propiedad de la familia de mi marido, y yo lo dirijo. Espero una entrega de un momento a otro, y tendré que supervisarla.
Como James ya sabía lo de la agencia, no había motivo para no hablar de ella, así que Lily dijo:
-Yo estoy haciendo novillos. Tengo una agencia de viajes en Londres, y en realidad debería haberle dicho a mi gerente que iba a estar aquí, pero olvidé llamarla antes de salir de casa.
Una vez quedaron establecidas sus respectivas posiciones sociales y económicas, se sonrieron la una a la otra como iguales. Lily experimentó una cálida oleada de placer. Incluso después de haberse ido a vivir con los con su familia adoptiva y asistir al instituto, no había tenido ninguna amiga; seguía siendo demasiado introvertida y estaba demasiado traumatizada para formar amistades. No fue hasta que entró en la universidad cuando comenzó a tener amigos, y la aceptación natural de sus compañeras de cuarto supuso una revelación. Tímida al principio, se abrió rápidamente y empezó a disfrutar de tomar parte en los rituales femeninos que habían estado cerrados para ella de niña: las noches enteras de charla, las risas y bromas, el intercambiarse ropas y maquillajes, el frenesí de arreglarse por las mañanas, el compartir el espejo del baño con la compañera de habitación.
Participó por primera vez en el interminable análisis del turbio misterio que eran los hombres, o más bien escuchaba sonriendo ligeramente por la ingenuidad de sus amigas. Aunque en aquel punto muchas de sus compañeras ya habían tenido relaciones sexuales y Lily aún era virgen, se sentía infinitamente mayor, más experimentada. Ellas todavía veían a los hombres a través del cristal rosa del romance, mientras que ella no tenía aquellas fantasías.
Pero la amistad femenina le había supuesto una dicha especial, y miró a Annet Smith con la esperanza de encontrar la misma vibración en ella.
-¿Adónde te trasladaste, cuando te fuiste? -preguntó Annet en un tono de naturalidad que resplandeció por encima de las circunstancias en las cuales se había marchado deTutshill.
- A Londres. Después me mudé a Liverpool, donde empecé la universidad, y más tarde nuevamente a Londres.
Annet suspiró.
- Yo nunca he vivido en otro sitio más que éste, ni creo que lo haga. Antes pensaba en viajar, pero entonces fue cuando me casé con Walt y llegaron los hijos. Tenemos dos -dijo, con una sonrisa luminosa-. Un niño y una niña. Teniendo ya uno de cada, parecía un buen momento para parar. ¿Y tú?
- Soy viuda -respondió Lily. Sus ojos se ensombrecieron con el velo de tristeza que siempre sentía al hablar de Sirius, muerto tan joven y tan innecesariamente-. Me casé nada más terminar la universidad, y antes de que pasara un año él murió en un accidente de coche. No teníamos hijos.
- Eso es muy duro. - En la voz de Annet había una sinceridad genuina-. Lo siento mucho. Me imagino lo que sería perder a Walt. A veces me pone furiosa, pero es mi roca, siempre está cuando lo necesito. -Calló durante unos instantes, y después la sonrisa volvió a su cara-. ¿Qué te trae otra vez por Tutshill? Me parece lógico irse de Tutshill para vivir en Londres, pero no al contrario.
-Es mi hogar. Quería regresar.
- Bueno, no quiero ser entrometida ni maleducada, pero en tu lugar Tutshill sería el último sitio donde querría vivir. Después de lo que sucedió, me refiero.
Lily le dirigió una mirada rápida, pero no vio malicia alguna en la expresión de Annet, tan sólo una cierta atención observadora, como si todavía no hubiera tomado una decisión acerca de Lily.
- No ha sido un mar de rosas -repuso, y decidió que podía ser tan franca como ella-. No sé si lo habrás oído o no, pero a James Potter no va a gustarle nada enterarse de que me has atendido.
Imagino que está diciendo a todos los comerciantes que no quiere que hagan negocio conmigo.
- Oh, ya lo he oído - dijo Annet, y sonrió abiertamente al tiempo que desaparecía parte de la actitud anterior-. Pero a mí me gusta decidir por mí misma acerca de las personas.
- No quiero causarte problemas.
- No me los causarás. James no es vengativo. -Hizo una pausa-. Ya veo que puedes no estar de acuerdo conmigo. Desde luego que no querría tenerlo por enemigo, pero no va a volverse mezquino sólo porque te hayas tomado aquí una ensalada de pollo.
- Aquí todo el mundo parece tomarlo en serio.
- Posee gran influencia - admitió Annet.
- ¿Pero no contigo?
- Yo no he dicho eso. Es que me acuerdo de ti del colegio. Tú no eras como las demás. Si se tratara de Petunia, bueno... no estaría aquí sentada, esperando su ensalada de pollo. Pero tú puedes venir cuando quieras.
- Gracias, pero si tienes algún problema, házmelo saber.
- Eso no me preocupa. - Annet sonrió cuando la camarera depositó el plato de pollo sobre la mesa-. Si James tuviera la intención de ponerse en plan duro al respecto, lo habría dicho. Una cosa que tiene James es que uno no tiene que interpretarlo entre líneas; dice siempre lo que piensa, y piensa lo que dice.
La secretaria de Bartemius Crouch seguía siendo Nola, según rezaba la placa que había encima de su mesa. La mujer que se sentaba detrás de la misma podría ser holgadamente cincuentona, llevaba cada uno de esos años marcado en el rostro, y el cabello gris y con un fino corte a lo chico. Al mirarla, intentando restarle una docena de años, Lily no se la imaginó como el tipo de mujer que perseguiría Charlus Potter. Éste tenía un gusto que se inclinaba más por las mujeres llamativas, no por aquélla tan discreta y de mirada abiertamente curiosa.
-Se parece usted a su madre - dijo por fin Nola ladeando la cabeza ligeramente al estudiar la cara de Lily-. Con alguna que otra diferencia, pero en conjunto podría ser ella, sobre todo en el color del pelo.
-¿Usted la conoció? -quiso saber Lily.
-Sólo de vista. -Señaló el sofá con un gesto—. Siéntese Barty todavía no ha vuelto de comer.
Justo cuando Lily tomaba asiento, se abrió la puerta y entró por ella un hombre esbelto y apuesto. Vestía de traje, una rareza en Tutshill, a no ser que uno fuera precisamente un abogado que se había pasado la mañana en los tribunales. Miró a Lily y se sobresaltó visiblemente, luego se relajó y una sonrisa apareció en su boca.
- Usted debe de ser Lilianne. Dios sabe que no podría ser nadie más, a no ser que Elladora hubiera descubierto la fuente de la eterna juventud.
- Eso es lo que pensé yo -dijo Nola, volviéndose hacia él, y por un instante la expresión de sus ojos se hizo patente. Lily se apresuró a bajar la vista. Por lo que acababa de ver, dudaba mucho de que Nola hubiera tenido relación alguna con Charlus, porque estaba muy enamorada de su jefe. Se preguntó si lo sabría el señor Crouch, y con la misma rapidez decidió que no. No había ni rastro de ello por su parte.
- Entre - invitó Barty, acompañando a Lily a su despacho por delante de él y cerrando después la puerta-. Sé que debemos de parecerle maleducados al hablar así de usted. Perdone. Es que el parecido es tan pronunciado, y sin embargo, fijándose bien, las diferencias son obvias.
- Por lo visto, todo el mundo tiene la misma reacción cuando me ve por primera vez -admitió Lily sonriente. Resultaba fácil sonreír a Barty Crouch. Era de la clase de hombres a los que iba refinando la edad; siempre esbelto, iba adelgazando incluso más con el paso de los años. Su cabello oscuro se había vuelto gris en las sienes, y sus ojos grises mostraban arrugas de patas de gallo, pero fácilmente parecía estar a mitad de la cuarentena en vez de ser ya cincuentón. Su aroma era verde claro, fresco como la hierba recién cortada.
- Por favor, siéntese -dijo, y a continuación se acomodó en su silla- ¿En qué puedo ayudarla?
Lily tomó asiento en el sofá de cuero.
- De hecho, vengo por razones personales, y ahora me doy cuenta de que no debería ocupar su horario de trabajo...
Él sacudió la cabeza en un gesto negativo, sonriendo.
- Es un placer para mí. Dígame qué es lo que la preocupa. ¿Se trata de James? He intentado convencerlo de que la deje en paz, pero él se siente muy protector con su madre y su hermana y no quiere que nada las altere.
- Entiendo muy bien la postura de James-dijo Lily secamente . No he venido por eso.
- Ah.
- Quería hacerle unas preguntas acerca de Charlus Potter, Usted era su mejor amigo, ¿no es así?
Él le dirigió una débil sonrisa.
- Supongo que sí. Crecimos juntos.
¿Debería decirle que, después de todo, Charlus no se había fugado con Elladora? Jugó con la idea, pero al final la desechó. Por muy amable que pareciera, no podía olvidar que era un viejo amigo de la familia Potter. Tenía que contar con la posibilidad de que todo lo que le contase iría a parar directamente a James.
- Siento curiosidad por él —dijo finalmente—. Aquella noche mi familia quedó destrozada, igual que la de James ¿Cómo era? Ya sé que no era fiel a mi madre más que a su esposa; entonces, ¿por qué, de repente, se le ocurrió abandonarlo todo, su familia, sus negocios, para estar con ella?
- No creo que realmente quiera que le responda a eso - replicó Barty, irónico-. Para decirlo de manera educada, Elladora era una mujer fascinante, al menos para los hombres. Físicamente era...Bueno, Charlus era muy sensible a la sensualidad de Elladora.
- Pero ya tenía una aventura con ella. No tenían motivos para fugarse.
Bartemius se encogió de hombros, un gesto muy galo.
-Yo tampoco lo he entendido nunca.
- ¿Por qué no se limitó a divorciarse?
- Una vez más, no tengo respuesta para eso. Quizás a causa de su religión. Charlus no iba habitualmente a misa, pero tenía sentimientos religiosos más fuertes de lo que cabría esperar. A lo mejor pensó que sería más fácil para Dorea no divorciarse de ella, dejarlo todo en manos de James y marcharse. Sencillamente no lo sé.
- ¿Dejarlo todo en manos de James? -repitió Lily-. ¿Qué quiere decir?
- Lo siento -dijo él con suavidad- No puedo divulgar detalles de los tratos financieros de mis clientes.
- No, claro que no. -Lily retrocedió-. ¿Recuerda algo más de aquel verano? ¿Con quién más estaba viéndose Charlus?
El abogado pareció sorprenderse.
- ¿Por qué quiere saberlo?
- Como le he dicho, siento interés por él. Por su culpa, no he visto a mi madre desde aquel día. ¿Era simpático? ¿Tenía honor, o era sólo un mujeriego?
Él la miró fijamente durante unos instantes, y el dolor asomó a sus ojos.
- Charlus era el hombre más simpático del mundo - dijo al fin- Yo lo quería como a un hermano. Siempre estaba riendo, gastando bromas, pero si yo lo necesitaba para algo, acudía como una bala. Su matrimonio con Dorea supuso una decepción para él, pero aun así me sorprendió cuando se fue, porque estaba muy unido a James y Belvina. Era un marido terrible, pero un padre maravilloso.- Bajó los ojos y se miró las manos- Han pasado doce años -dijo suavemente- y todavía lo echo de menos.
-¿Llamó alguna vez? -Preguntó Lily- ¿O se puso en contacto con su familia de alguna forma?
El abogado negó con la cabeza.
- No, que yo sepa.
- ¿Con quién más se estaba viendo aquel verano, además de Rowena Spellman?
Una vez más, la pregunta lo sobresaltó. Alzó las cejas y cuando habló lo hizo en tono de reprimenda.
- Nada de eso importa. Como no dejo de decirle a James, eso es ya el pasado, hay que olvidarlo. Aquel verano fue muy doloroso, y mantenerlo vivo no le hace bien a nadie.
- Yo no puedo olvidarlo cuando no lo olvida nadie de este lugar. Por muy triunfadora o respetable que sea ahora, algunas personas de aquí me siguen considerando basura. -Le tembló ligeramente la voz al pronunciar la última palabra. No era su intención dejar que su control se tambalease, y se sintió a la vez irritada y violenta por ello. Sin embargo, a veces el dolor conseguía aflorar.
Barty debió denotarlo, porque su expresión cambió y rápidamente fue a sentarse junto a ella, cogiéndole una mano ente las suyas.
- Sé que para usted ha sido difícil - dijo con dulzura- Ya cambiarán de opinión, cuando la conozcan mejor. Y James se suavizará con el tiempo. Como digo, reaccionó así porque es muy protector con su familia, pero básicamente es un hombre justo.
- Y despiadado - añadió Lily.
Una sonrisa triste tocó el rostro del abogado.
- Eso también. Pero no carece de amabilidad, créame. Si hay algo que yo pueda hacer para que cambie de opinión, le prometo que lo haré.
- Gracias - dijo Lily. Aquello no era por lo que había venido a verlo, pero él era demasiado consciente para divulgar detalles personales de sus clientes y amigos. Con todo, la visita no resultó una pérdida de tiempo; tuvo la impresión de que podía tachar de la lista a Nola sin problemas.
Se fue, y regresó a casa meditando sobre la magra información que había obtenido aquel día. Si Charlus había sido asesinado, LoweIl o Rowena parecían ser los sospechosos más probables. Se preguntó cómo podría concertar una cita con alguno de los dos. Y también se preguntó dónde estaría el señor Moody, y si se encontraría bien.
-Hoy he visto a Lilianne - dijo Barty aquella noche, cuando estudiaba unos documentos en compañía de James. Tomó su copa de coñac y observó con atención al otro por encima del borde del cristal-. A primera vista, el parecido resulta inquietante, pero si uno se fija, no hay forma de confundirla con Elladora. ¿No es curioso que Elladora fuera más hermosa pero que Lily resulte más atractiva?
James levantó la vista. Sus ojos mostraban una expresión irónica cuando se cruzaron con los grises de Barty.
- Sí, ya me he dado cuenta de lo atractiva que es, si es eso lo que me preguntas. ¿Dónde la has visto? - Cogió su copa, la llenó de su whisky escocés favorito y saboreó su gusto penetrante en la lengua.
- En mi despacho. Vino a interrogarme acerca de Charlus.
James estuvo a punto de ahogarse. Dejó la copa en la mesa con tal ímpetu que hizo que el whisky oscilara peligrosamente cerca del borde.
- ¿Cómo? ¿Qué diablos quería saber de papá? - La idea de que Lily preguntase nada acerca de su padre lo puso furioso. Fue una reacción automática; por un momento no se trataba de Lily, la persona, sino de una Evans, con todas las connotaciones que suscitaba aquel apellido. Él la deseaba con una necesidad tan imperiosa que lo alarmaba y asqueaba a la vez, aunque sabía que iba a satisfacer dicha necesidad si le era posible, pero no quería que nada suyo tocase a su familia. No quería que Belvina ni Dorea quedaran expuestas a ella, y desde luego no quería que anduviera preguntando por su padre. Charlus ya no estaba. Su ausencia, su traición, era una herida que seguía estando muy próxima a la superficie y que sangraba al menor rasguño.
- Quería saber cómo era, si alguna vez se había puesto en contacto con vosotros, si estaba viéndose con alguien más aquel verano.
Furibundo, James se levantó a medias del sillón, con la intención de ir a su casa en aquel mismo momento y poner las cosas en claro con ella, pero Barty lo detuvo poniéndole una mano en el brazo.
-Tiene derecho a saberlo - dijo blandamente- O por lo menos a sentir curiosidad.
- ¡Y una mierda! - exclamó James.
- Ella tampoco ha visto a su madre desde entonces.
James se quedó petrificado un instante, y luego volvió a dejarse caer en el sillón. Maldita sea, Barty tenía razón. Dolía, pero tenía que admitir la verdad. Él, por lo menos, era un hombre adulto, si bien inexperto en los negocios, cuando desapareció Charlus; Lily sólo tenía catorce años y estaba desamparada y vulnerable como una niña. No sabía qué había sido de su vida entre entonces y ahora, excepto que era viuda y que era la propietaria de una agencia de viajes de éxito, pero apostaría hasta el último centavo que le quedase a que no le había resultado placentera. Vivir con Thomas Evans y aquellos dos matones de hermanos, además de la puta de su hermana, no pudo resultarle fácil. Tampoco debió de serle fácil antes, pero al menos estaba Elladora.
- Déjala tranquila, James—dijo Barty suavemente—. Se merece algo mejor que el recibimiento que está teniendo de algunas personas, y parte de ello es culpa tuya.
James cogió su copa y dio vueltas al whisky, contemplando el color ámbar del líquido.
- No puedo - respondió en tono hosco. Se levantó y fue con la copa hasta la ventana, donde se detuvo observando su reflejo en el cristal y la oscuridad que se abría enfrente. Bebió otro sorbo para tomar fuerzas- Tiene que marcharse antes de que yo haga algo que de verdad perjudique a Belvina y a mi madre.
- ¿Como qué? – preguntó Barty, confuso.
- Digamos solamente que, en lo que concierne a Lily, estoy entre la espada y la pared. La pared es mi familia, y la espada... -miró a su alrededor con una expresión irónica en los ojos-... la tengo dentro de los pantalones.
Barty lo miró fijamente con gesto abatido.
- ¡Merlín!
- Debe de ser algo genético. - Aquélla era la única explicación posible, pensó con gravedad.
Había heredado la polla de su padre. Si le plantaban delante una Evans, se le ponía dura. No, no cualquiera de las Evans; dos de ellas lo dejaron frío. Pero Lily... Su cuerpo no tenía nada de frío cuando Lily estaba en cualquier sitio dentro de un kilómetro a la redonda.
- No puedes hacerle eso a tu madre - dijo Barty en un susurro-. La humillación la mataría.
- ¡Diablos, ya lo sé! Por eso quiero que Lily se vaya antes de que yo cometa una estupidez. - Se volvió para mirar a Barty, todavía con aquella expresión mezcla de diversión y furia en los ojos- Pero yo no soy el único que se siente atraído por ella, maldita sea. Si lo fuera, la cosa resultaría más fácil. La otra noche fui a su casa para plantearle una propuesta: Si no quería marcharse de esta zona, yo le compraría una casa en cualquier ciudad cercana, mientras no fuera dentro de esta pueblo.De ese modo podríamos vernos sin hacer daño a nadie. Había allí un hombre, cenando con ella, y me puse tan celoso que la acusé de tener un viejo protector. - Sacudió la cabeza -. ¿Qué te parece? El viejo parecía más frágil que un palillo de dientes, pero iba vestido como si hubiera salido de los años cincuenta, y lo único que se me ocurrió pensar fue que estaba intentando llevársela a la cama.
- ¿Qué viejo? - preguntó Barty con evidente curiosidad- ¿Alguien que yo conozca?
- Era de Chepstow se apellidaba Moody. Estaba tan fuera de mí que no recuerdo si Lily mencionó el nombre de pila. Dijo que era socio suyo.
- ¿Ah, sí?
James se encogió de hombros.
- Probablemente. Lily es dueña de una agencia de viajes y tiene una sucursal en Chepstow.
- ¿Es la dueña?
- Se las ha arreglado bastante bien sola, ¿verdad? - Otra vez aquella leve punzada de orgullo- Comenzó en Londres. No sé cuántas sucursales posee, pero tengo una persona recopilando información sobre ella. Tiene que mandarme un informe cualquier día de éstos.
- Si no se va, ¿vas a intentar arruinarle el negocio? – preguntó Barty, pero con menos brusquedad de lo que había esperado James.
- No. Por una parte, no soy tan hijo de puta. Por otra, si lo hiciera, adiós a mis posibilidades con ella. - Torció la boca en una sonrisa irónica- Decide tú cuál de los dos motivos es el más importante.
Barty no le devolvió la sonrisa.
- Es una situación embrollada. Si estás completamente decidido a acostarte con ella...
- Lo estoy - dijo James, bebiéndose el resto del whisky.
-En ese caso, no puede vivir aquí, Dorea quedaría destrozada.
- Me preocupa más Belvina que mamá.
Barty parpadeó, como si no hubiera tenido en cuenta a Belvina. Y probablemente no; toda su atención estaba centrada en Dorea. Por supuesto, estaba al corriente del intento de suicidio de Belvina; no fue posible mantenerlo en secreto, y menos con la conmoción que produjo. Y de todos modos Belvina no hacía nada por ocultar las cicatrices. Era demasiado orgullosa para permitirse tomar el camino cobarde de llevar manga larga o pulseras anchas.
- Belvina es ahora mucho más fuerte que antes - dijo Barty por fin-. Pero Dorea no tiene dónde apoyarse. Al principio pensé, y todavía lo pienso, que debería enfrentarse a los hechos y seguir con su vida, pero si descubriera que tú tienes una aventura con Lilianne... No, no podría soportarlo. Puede que intentase suicidarse.
James sacudió la cabeza en un gesto negativo, asombrado de que Barty conociera a Dorea desde hacía tantos años y no comprendiera que era demasiado egocéntrica para hacerse daño. La miopía del amor sólo le dejaba ver su belleza serena, perfecta, inalcanzable. Era su vena romántica, extraña característica en un abogado.
- Tiene que irse - dijo Barty con pesar.
12
La lechuza estaba ululando como loca, por eso Lily no oyó el motor del coche que se acercaba a la entrada.
Cuando la puerta vibró con la llamada, se asomó por la ventana a mirar. No vio quién estaba de pie en el porche, pero sí vio el Jaguar gris aparcado detrás de su coche y dejó escapar un suspiro mientras, café en mano, pasaba al cuarto de estar para abrir la puerta. Apenas eran las ocho y media, demasiado temprano para tener que lidiar con James Potter.
Lo primero que advirtió al abrir la puerta fue que estaba furibundo.
La única vez que lo había visto en aquel estado fue el día en que fue a su casa a decirles que Elladora se había fugado, y de nuevo aquella noche cuando los echó a todos del pueblo. Al mirar la expresión fría y despiadada de aquellos ojos oscuros, relampagueó en su mente el recuerdo de aquella noche, y las duras imágenes la redujeron en un instante a la niña aterrorizada que era entonces. Se le heló la sangre y retrocedió un paso al tiempo que James penetraba en la casa dejando que la puerta se cerrara de un golpe.
Lily se sobresaltó al oír el ruido. Sus ojos, verdes y muy abiertos, estaban fijos en el rostro de James, como si no se atreviese a desviar la mirada.
- ¿Qué diablos crees que estás haciendo? - le preguntó él muy suavemente, con una voz aterciopelada que resultaba tan cortante como el filo de una espada contra otra. Avanzó un paso más, amenazante, y Lily retrocedió otra vez. La taza de café le tembló en la mano.
A cada paso que él daba hacia delante, ella daba otro hacia atrás, una lenta danza que terminó cuando Lily chocó contra la pared y quedó presionando con las paletillas de la espalda contra la madera como si pudiera atravesarla por la fuerza. James sacó rápidamente los brazos antes de que ella pudiera deslizarse a un lado y plantó las palmas de las manos contra la pared, a ambos lados de los hombros de Lily, aprisionándola con la jaula que formaban su cuerpo y sus brazos. Se inclinó ligeramente; llevaba abiertos los dos botones superiores de la camisa y se le veía una cuña de piel cálida y olivácea. El pulso le latía visiblemente en la base de la fuerte garganta, justo delante de los ojos de Lily. Ésta clavó la mirada en aquel movimiento rítmico, desesperada por tranquilizarse. No tenía catorce años. James no podía echarla de su propia casa.
-¿Y bien? - preguntó él, todavía en aquel peligroso tono ronroneante.
Sus gruesas muñecas le estaban estrujando los hombros desnudos bajo la blusa sin mangas; sentía su piel caliente contra la de ella. Sus hombros anchos y su poderoso pecho eran como un muro que tuviera delante, y su olor masculino, penetrante y almizclado hizo que sus fosas nasales aletearan automáticamente de placer. Aún sostenía la taza de café, a modo de escudo entre ellos, y entonces tragó saliva y consiguió decir:
- ¿De qué estás hablando?
Él se inclinó todavía más, tanto que su estómago rozó los dedos de Lily.
- Estoy hablando de todas esas preguntas que has estado haciendo. Anoche me dijo Barty que estuviste en su oficina. Una cosa es hablar con Barty, que mantiene la boca cerrada, pero adivina a quién he visto esta mañana: a Ed Katlleburn. - A pesar de su tono calmado, Lily veía arder una fría cólera en sus ojos. Si él tuviera un ataque de ira, no estaría ni la mitad de nerviosa. Pero en aquel estado de ánimo era capaz de cualquier cosa, aunque, por extraño que pareciese, no le tenía miedo físico. No; si James le hiciera daño, sería un daño emocional.- Sólo voy a decírtelo una vez. - Pronunció aquella frase con toda precisión, acercándose aún más, hasta casi tocarle la nariz con la suya-. Deja de hacer preguntas sobre mi padre. Si te entrometes no harás más que provocar chismorreos y hacer daño otra vez a mi familia. Y si eso ocurre, Lily, sí que volveré a echarte de aquí, por el medio que sea necesario. Puedes estar segura de ello. Así que tenlo en cuenta, no quiero que por esa bonita boca salga ni siquiera en susurro el nombre de mi padre.
Los ojos verdes y muy abiertos de Lily miraron fijamente los de él, oscuros y gélidos, tan sólo separados por unos pocos centímetros. Ella alzó la barbilla y abrió la boca, que él consideraba bonita, para tirar al león de la cola deliberadamente, y pronunció dos palabras:
- Charlus Potter.
Vio cómo las pupilas de James se dilataban de incredulidad, y luego cómo el hielo de sus ojos era engullido por el puro fuego. Tal vez no había sido prudente provocarlo, pero contemplar el resultado fue fascinante. Pareció ensancharse por la furia, su rostro se tiñó de un color oscuro, y si no hubiese llevado el pelo un poco mas peinado que lo habitual, Lily pensó que incluso quizá se le habría puesto de punta.
Dispuso de una fracción de segundo para disfrutar del espectáculo. Luego, James se movió con la misma velocidad de vértigo que la vez anterior y levantó las manos de la pared para cerrarlas con fuerza sobre los brazos de Lily, y le propinó una fuerte sacudida. A ella se le aflojó la mano que sostenía la olvidada taza de café, y notó cómo se le escapaba de entre los dedos. Lanzó una leve exclamación en el intento de retenerla, pero James estaba demasiado cerca y lo único que consiguió fue vertérsela encima, antes que dejar que el líquido humeante lo quemara a él. El café le empapó la falda y se la pegó al muslo antes de caer por fin a sus pies. Lanzó otra exclamación, esta vez de dolor.
La taza se estrelló contra el suelo y perdió el asa, pero el resto quedó intacto. James dio un salto hacia atrás y soltó automáticamente a Lily, que trataba frenéticamente de separar la tela mojada del muslo escocido.
Él la recorrió con la mirada y dijo:
- Mierda - en tono áspero. La agarró, la atrajo hacia sí y sus manos trabajaron durante unos instantes en la parte posterior de su cintura. La falda se aflojó y cayó a los pies de Lily. Él la levantó del suelo tomándola en sus brazos y ella, aturdida, se aferró de sus hombros mientras la habitación giraba a su alrededor.
- ¿Qué estás haciendo? - exclamó alarmada mientras él la llevaba a toda prisa a la cocina. Estaba confusa por la impresión causada por el dolor, y él se movía demasiado rápido para poder entender nada. Y por debajo de todo ello, era muy consciente de que tenía las piernas desnudas por encima del brazo de James y de que sólo iba vestida con la blusa y unas bragas.
James enganchó un pie en la pata de una silla, separó ésta de la mesa y acto seguido depositó a Lily con cuidado en ella. Se volvió hacia el fregadero, sacó varias toallas de papel, hizo un envoltorio con ellas y lo puso debajo del chorro de agua fría. Todavía goteaba cuando lo aplicó sobre el muslo enrojecido y escocido. Lily se estremeció al notar el frío. El agua corrió en reguerillos por la pierna hasta el asiento de la silla y le mojó la braga.
- Se me olvidó el café - musitó James. A decir verdad, ni siquiera se había fijado en él hasta que lo vio corriendo por la pierna de Lily-. Lo siento, Lily ¿Tienes té? - Antes de que ella pudiera responder, ya estaba abriendo la puerta del frigorífico y sacando la jarra de té que era casi de rigor en todas las cocinas sureñas.
Abrió y cerró cajones de los armarios hasta dar con toallas limpias. Extrajo una, la introdujo en la jarra de té y después la sacó y la escurrió con cuidado para retirar el líquido sobrante. Lily observó divertida cómo él retiraba la bola de papel y la tiraba al fregadero para sustituirla por la toalla empapada en té. Si el agua le pareció fría, el té estaba helado. Lily respiró hondo y siseó mientras el líquido le corría por la pierna y formaba un charco debajo de su trasero.
- ¿Te duele? - preguntó James, doblando una rodilla para pasarle la toalla por el muslo. Su voz sonaba tensa por la ansiedad.
- No - contestó ella con brusquedad—. Está frío, y me estás empapando el trasero.
Tenía el rostro de James a la altura del suyo. Al decir aquello, vio que la preocupación se borraba de su mirada y se relajaba la tensión de sus hombros. James agarró el respaldo de la silla con la mano izquierda y preguntó con humor irónico:
- ¿Me he pasado?
Ella frunció los labios.
- Un pelín.
- Tienes la pierna colorada. Sé que te has quemado.
- Sólo un poco. Escuece un poquito, eso es todo. Dudo que se me formen ampollas. - Entrecerró los ojos para mirarlo, intentando ocultar la risa que le borboteaba en el pecho- . Agradezco tu preocupación, pero desde luego no estaba justificado que me quitaras la mitad de la ropa.
James le miró las piernas desnudas y el algodón blanco de la ropa interior apenas visible por debajo del borde de la blusa. Sintió un temblor que le recorría todo el cuerpo. Puso la mano derecha sobre el muslo apenas herido y acarició con la palma la elasticidad tranquila de aquella carne, fascinado por su textura de seda.
- Llevo mucho tiempo deseando mojarte las bragas –murmuró- pero no con té.
La risa desapareció como si no hubiera existido nunca. La tensión nació entre ellos, tan densa que era casi palpable. Lily sintió que se le contraían las entrañas al oír aquello, notó un calor que le inundaba las ingles, un endurecimiento en los pechos. Experimentó el humedecimiento del deseo, y en sus labios tembló la tentación de pronunciar alguna locura… pero reprimió el impulso, pues sabía que declarar en voz alta aquella delatora reacción supondría traspasar una frontera que no se atrevía a cruzar. De James emanaba una tensión sexual semejante a un campo de fuerza, caliente y urgente. Sólo con que hiciera aquella confesión, lo tendría encima inmediatamente.
Sufría por la necesidad de tocarlo, de apretarse contra aquel cuerpo grande y duro como el acero, de abrir su propio cuerpo a él. Sólo el instinto de conservación la mantuvo silenciosa e inmóvil.
James se acercó de forma imperceptible, inhalando su aroma dulce y picante. La sangre le latía en las venas pulsante, potente. Se miraron en silencio el uno al otro, como dos adversarios enfrentados en una calle polvorienta. Deseaba bajarle las bragas y hundir la cara en su regazo, un impulso tan fuerte que se estremeció por el esfuerzo de resistirse a él, y se preguntó qué haría Lily si él se dejase llevar. ¿Se asustaría, lo empujaría para apartarlo... o abriría las piernas y le asiría el cabello con las manos?
Su mano se flexionó sobre el muslo de Lily, sus dedos presionaron la carne sedosa que se había calentado bajo su contacto. Vio cómo se dilataban sus pupilas y a continuación bajaba los párpados para inhalar aire, profunda y lentamente, un movimiento que le hizo fijarse en sus pechos.
Movió un poco la mano y agitó el pulgar adelante y atrás, cada vez un poco más arriba, más en dirección a la hendidura que se abría entre los muslos apretados. Quería tocarla. Se olvidó de Belvina, de Charlus y de todo excepto el movimiento lento y ardiente de su dedo pulgar, cada vez más cerca de aquella carne de exquisita suavidad que aguardaba entre las piernas, tan débilmente protegida por la delgada capa de algodón. Deslizaría el dedo bajo el elástico y encontraría el surco de aquellos pliegues estrechamente cerrados. Luego lo arrastraría hacia arriba, abriéndola poco a poco, hasta encontrar el diminuto capullo que coronaba su sexo.
Si ella le permitiera tocarla, sería suya. La tomaría allí mismo.
Su dedo pulgar rozó la goma elástica. Lily se movió, le agarró la mano con la suya y la apartó del muslo.
- No - susurró.
La frustración lo invadió como una llamarada. Un sonido muy parecido a un rugido retumbó en su garganta mientras sus instintos físicos luchaban por imponerse a la razón. Ganó el cerebro, pero a duras penas. Estaba sudando, temblando por la necesidad de tomarla. Su erección pugnaba dolorosamente contra la limitación de los pantalones.
- No - volvió a decir Lily, como si el primer rechazo necesitara refuerzos, y quizá fuera así.
Lily giró la mano de modo que sus dedos se entrelazaron con los de ella.
- Entonces sostén mi mano un minuto.
Lily así lo hizo y se agarró de él, sintiendo cómo sus dedos se crispaban y flexionaban como si buscaran algo. La otra mano aferraba el respaldo de la silla, y los nudillos se veían blancos por la presión.
Al cabo de unos instantes de duración indefinida, el tiempo se congeló mientras las miradas de ambos se clavaban la una en la otra y el deseo flotaba en el ambiente. La terrible tensión de él empezó a desvanecerse. Hizo una mueca de dolor y cambió de postura, estirando la pierna. Liberó la mano para bajarla y hacer un ajuste, y el frunce de sus cejas se fue difuminando al ponerse más cómodo.
Lily carraspeó, insegura de qué decir, si había que decir algo.
James se puso en pie con rigidez. La gruesa protuberancia de sus pantalones era inconfundible, pero ya había recuperado el control. Tomó la toalla y la extendió sobre los muslos de Lily para no ver la tentación, aunque siguiera teniéndola cerca.
Al cabo de un minuto dijo en voz baja:
- ¿Estás segura de estar bien?
- Sí. - Lily también habló en voz baja, como si un ruido excesivo fuera a hacer añicos el control de ambos y a lanzarlos por el precipicio que a duras penas ella había logrado evitar. Aquella sed no había sido de uno solo-. Es una quemadura sin importancia. Probablemente, mañana ni siquiera la notaré ya. - El escozor había desaparecido totalmente, mitigado por el té frío.
- Está bien. - James la miró y levantó una mano como si fuera a acariciarle el pelo, pero la dejó caer a un costado. No era seguro permitirse tocarla todavía-. Bien, pues dime por qué has estado haciendo preguntas acerca de mi padre.
Lily lo miró, el fuego oscuro de su cabello cayéndole por la espalda. Quería decirle lo que sospechaba, que su padre estaba muerto, pero descubrió que la voz se le atascó en la garganta. No podía hacerlo. Tenía que creer que él no sabía nada de ello, que no había tenido nada que ver con la muerte de su padre, porque lo amaba y, si no fuera así, le rompería el corazón. Y porque lo amaba, no podía hacerle daño. Se había tirado encima a propósito la taza de café, para que él no se escaldase; ¿cómo iba a decirle ahora que el padre al que tanto amaba probablemente había muerto asesinado?
De modo que en lugar de eso le dijo algo que era verdad en el contenido pero una mentira en la intención, y murmuró:
- Él también forma parte de mi pasado. Casi no recuerdo cuando él no estaba presente, sin embargo, en realidad nunca lo conocí. Siempre era amable conmigo cuando nos veíamos, lo cual no sucedía muy a menudo, pero perdí a mi madre por culpa de él. ¿Crees que no tengo curiosidad por saber cómo era como persona? ¿Que no debería intentar atar los cabos sueltos, encontrar alguna lógica a lo que sucedió?
- Buena suerte - masculló James.- Yo creía que lo conocía mejor que nadie en el mundo, y todavía no le encuentro ninguna lógica. -Calló durante unos instantes-. Si tienes más preguntas que hacer sobre mi padre, házmelas a mí, porque lo he dicho en serio. No quiero ponerme a mal contigo, Lily, pero haré lo que sea necesario para proteger a mi familia. No lo olvides.
Ya que se había ofrecido... Pero no, no era el momento de prolongar aquel encuentro disparándole preguntas, estando ella medio desnuda y él como un cartucho de dinamita sexual, cebado y listo para explotar. Así que se limitó a mirarlo en silencio, y al cabo de unos instantes la boca de él se torció en una sonrisa.
- Así que no me prometes nada, ¿eh? Piénsalo, nena. No te pongas las cosas más difíciles de lo necesario. Tú sólo guarda silencio y compórtate.
- ¿Cómo una niña buena?
- Como una mujer inteligente - corrigió James. Su mano se movió de nuevo hacia ella, y él de nuevo interrumpió el gesto. Lily tenía la sensación de que quería quedarse, continuar con lo que había empezado, pero ella lo había rechazado y él se estaba obligando a sí mismo a aceptar aquella decisión... por el momento. Cada vez que se vieran volverían a enzarzarse en otra batalla, y la tentación de rendirse sería mucho más fuerte precisamente por haberlo rechazado.
- Voy a marcharme - dijo James.
- Muy bien.
No se movió. Entonces dijo:
- No quiero marcharme.
- Vete de todos modos.
Él rió levemente.
- Eres una mujer dura, Lilianne Evans.
- Black.
- A él no lo he conocido. Para mí no es real. ¿Lo amabas?
- Sí. – respondio con frialdad.
Brillaron los ojos oscuros de James, y esta vez sí la tocó, tomándole la mejilla en la mano.
- Para mí siempre serás una Evans, con ese pelo rojo y esos ojos de bruja. - Se inclinó y posó suavemente su boca sobre la de ella en un breve beso. Acto seguido se marchó, y cuando la puerta se cerró tras él, Lily se hundió en la silla con una expresión de alivio.
Se sentía igual que si una tormenta hubiera penetrado en aquella habitación y la hubiera arrojado por el suelo. Aún le retumbaba el corazón, y tenía los músculos como si fueran espaguetis cocidos. Aquellos precisos momentos habían sido de los más eróticos de toda su vida, y lo único que había hecho él era tocarla en la pierna. Si le hubiera hecho el amor de verdad, habría perdido completamente el control de sí misma. La asustaba la intensidad que él era capaz de provocar con una mirada, un breve contacto, incluso con el delicioso aroma almizclado de su masculinidad.
"…Para mí, tú siempre serás una Evans…"
No era precisamente la mejor de las recomendaciones. Sólo podía suponer que lo que había querido decir era que nunca podría olvidar su pasado, su herencia, que nada que ella hiciera haría cambiar la opinión que tenía.
Sólo un toque en la pierna, y estuvo a punto de correrse, pensó James con ironía. ¡Merlín! si hubiera hecho lo que tenía en mente, probablemente el corazón le habría explotado de tensión.
Le temblaban las manos sobre el volante, una reacción común si pasaba más de un minuto en compañía de Lily. Sería más fácil si ella no reaccionara como lo hacía; podía quedarse quieta, podía decir que no, pero seguía teniendo aquella mirada ardiente y lánguida en los ojos. Conocía todas las señales. La respiración que se volvía más profunda, los pechos que se redondeaban y se llenaban, sus…Aunque no la besó hasta aquel ligero contacto en los labios al marcharse, porque no pudo resistirse más al impulso, la boca de Lily estuvo roja e hinchada. Un delicado rubor brillaba por debajo de su piel traslúcida.
La deseaba. Tenía que obligarla a marcharse. La deseaba. Aquellas necesidades contrarias lo estaban volviendo loco.
No había aceptado dejar de hacer preguntas. No había discutido con él, pero estaba empezando a darse cuenta de que aquel silencio suyo enmascaraba una vena de terquedad tan grande como el Gran Cañón. Era posible que no peleara, pero estaba claro que se le resistía. De niña ya había sido demasiado a menudo vapuleada por la vida, cuando se encontraba desamparada para tomar decisiones propias. Ahora que podía decidir por sí misma, permitía que muy pocas cosas le impidieran hacerlo. Aquella tenacidad era probablemente la razón principal por la que, a la temprana edad de veintiséis años, ya tenía un negocio propio.
En aquellas circunstancias, no era probable que él lograra convencerla de que se marchase. Y como estaba claro que no podía confiar en su propio raciocinio para no acercarse a ella, previó que se le avecinaban días difíciles.
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A Belvina le temblaban las manos cuando abrió la puerta de la oficina de Barty y sonrió a Andrea, pero se las arregló para mantener el tono de voz firme y alegre cuando dijo:
- Espero que esté Barty. He estado en la ciudad y me he acordado de que tenía que preguntarle una cosa.
- Es tu día de suerte – repuso Nola, sonriente. Conocía a Belvina desde que era un bebé-. Ha llegado hará unos cinco minutos. Está lavándose las manos, pero saldrá en un minuto. Pasa y siéntate.
Lo de lavarse las manos era, por supuesto, una forma educada de decir que estaba en el cuarto de baño. Aquello era lo que diría su madre, pensó Belvina, si es que alguna vez aludía al cuarto de baño. A lo largo de treinta y dos años, no recordaba que su madre hubiera reconocido jamás la verdadera función del retrete. Las realidades físicas debían esconderse en la medida de lo posible, o ignorarse. Por mucho que lo intentara, Belvina no se imaginaba a su madre teniendo relaciones sexuales, aunque James y ella constituían una prueba de que las había tenido por lo menos dos veces.
Y en cuanto a ir a ver a un obstetra y a la indignidad de tener un niño... lo increíble era que su madre no se hubiera encerrado en el dormitorio para no dejar entrar a su padre después de que nació James, en vez de pasar otra vez por ello.
Belvina evitó el sofá de cuero y fue hasta la ventana para contemplar la plaza del palacio de justicia. Las flores de la primavera estaban dando paso rápidamente al denso y abundante follaje del verano. El tiempo avanzaba implacable, la tierra y las plantas repetían sus ciclos ajenas a los insignificantes seres humanos, tan atrapados en su propia grandeza que creían ejercer su efecto sobre todas las cosas.
Barty entró en la estancia sonriendo al verla.
-¿Qué te trae hoy por aquí? - Había cenado con ellos la noche anterior, de modo que cualquier asunto habría sido tratado entonces.
Belvina miró aquel rostro delgado y apuesto, los ojos grises y amables, y se le secó la garganta.
Llevaba una semana intentando reunir el valor suficiente para hablar con él. De hecho había conseguido llegar hasta su despacho, pero ahora le falló la voz.
Barty frunció el entrecejo al ver el sufrimiento en sus ojos oscuros.
- ¿Qué ocurre, querida? - le preguntó con suavidad al tiempo que cerraba la puerta y se acercaba para cogerle la mano.
Ella respiró hondo. A veces tenía la impresión de estar loca, de que aquellos momentos que pasaba con Barty existían sólo en su imaginación. En los ojos de él no había nunca indicio alguno de ello, ni tampoco en su forma de actuar, cuando estaban juntos en situaciones normales.
Simplemente era Barty, el de siempre, un hombro robusto sobre el que llorar, que acudía en silencio para cargar con todo el peso que pudiera, hasta que ella y James fueron capaces de arreglárselas. En realidad era como si aquellos momentos furtivos los vivieran otras dos personas, papá y mamá, que se juntaban por medio de la carne de otros.
Aquél era Barty, se recordó a sí misma. No iba a marcharse. Su amor y su apoyo no dependían de si ella se acostaba con él o no. Para él había sido algo cómodo, eso era todo, una válvula de escape para sus sentimientos reprimidos. Aquello era lo que le decía la lógica. Sin embargo, emocionalmente estaba aterrada. Ya la había abandonado un padre, su amor por ella no era lo bastante fuerte para retenerlo en contraposición con el atractivo de follarse a Elladora Evans. No podría soportar perder también a Barty.
Pero estaba Walter. El dulce, el sexy Walter. Si no aprovechaba la oportunidad ya, tal vez lo perdiera para siempre, y de tener que escoger entre los dos hombres, no había opción posible.
Walter era su corazón, la sangre misma que recorría su cuerpo.
- ¿Belvina? - la instó Barty con sus ojos grises oscurecidos por la preocupación.
Ella tragó saliva. Tenía que decírselo. Cerró los ojos y lo soltó sin más.
- Voy a casarme con Walter.
Se produjo un momento de silencio, durante el cual Belvina cerró los ojos con más fuerza, aguardando presa del pánico. Pero transcurrieron los segundos y Barty siguió sin decir nada, hasta que por fin la tensión se volvió tan aguda que no pudo soportarla durante más tiempo y abrió los ojos.
Él sonreía, con una expresión de afectuosa exasperación en el semblante.
- Felicidades - le dijo, y se echó a reír- ¿Qué esperabas que dijera?
Belvina, estupefacta, se lo quedó mirando.
- Pues... no lo sé.
- Me alegro por ti, querida. Ni tú ni James habéis mostrado inclinación alguna por casaros, y eso me preocupaba. Walter es un hombre bueno y estable.
Ella se humedeció los labios.
- A mamá no le va a gustar.
Barty calló durante un momento, reflexivo.
- Es probable que no, pero no permitas que eso sea un obstáculo. Te mereces ser feliz, Belvina.
- No quiero molestarla.
- Hay algunas cosas a las que debe enfrentarse, y algunas cosas a las que no tiene por qué. En este caso, cásate con Walter y sé lo más feliz posible. Créeme, esto no va a molestarla ni la mitad que enterarse de lo de Lilianne Evans.
- ¿Lilianne Evans? – Belvina parpadeó.
- ¿Qué pasa con ella? - Dado que su madre ya sabía que Lily se había mudado a Tutshill, la frase de Alex no tenía sentido.
- ¿No te lo ha dicho James? - El abogado parecía sorprendido.
- Es evidente que no. ¿Qué tenía que decirme?
Barty suspiró.
- Ha estado haciendo preguntas por ahí... sobre Charlus. Preguntas personales. Si nadie lo impide, empezará a revolverlo todo de nuevo, y eso hará daño a Dorea, mucho más que tu boda.
Belvina se sintió como si le hubieran propinado una bofetada. ¿Que Lily Evans estaba haciendo preguntas sobre su padre? La sola idea le parecía un ultraje. ¿Es que no era suficiente que la puta de su madre se lo hubiera llevado y ella no hubiera vuelto a verlo? Se puso roja de ira.
- ¿Qué clase de preguntas ha estado haciendo? Dios santo, ¿qué se trae entre manos?
- Preguntas personales, qué tipo de persona era, cosas así. Ayer vino aquí porque había oído decir que yo era su mejor amigo. Una cosa es que hable conmigo, pero James ha descubierto esta mañana que ha estado molestando a Ed Katlleburn también.
- ¿Ha preguntado por papá nada menos que a Ed Katlleburn? – Exclamó Belvina- ¡Ese hombre es el chismoso más grande de la ciudad!
- Ya se ha encargado James - dijo Barty en tono tranquilizador, y le acarició la mano-. Ya conoces a tu hermano. En diez segundos hizo que Ed se pusiera a tartamudear y recular.
Cuando James estaba furibundo realmente daba miedo, con aquella mirada fría y letal que ponía.
No se imaginaba a Ed Katlleburn soportándolo ni siquiera durante diez segundos. Aquella noticia la divirtió un momento, pero quedó desbancada por la indignación por la caradura de Lily Evans.
- Comprendo que tenga curiosidad - dijo Barty-, pero, como le he dicho a James, podría ser desastroso que se enterara tu madre.
- ¡Pues yo no comprendo esa curiosidad! - exclamó Belvina. Merlín, qué poco había hecho falta para resucitarlo todo, la sensación de pérdida y de angustia, el dolor asfixiante. Sintió cómo la inundaba el odio. Se soltó la mano y se volvió de espaldas- James ha cerrado la boca a Ed Katlleburn, pero, ¿qué va a hacer con Lily?
- No lo sé. – Barty sacudió la cabeza negativamente- . Ya sé que no estás de acuerdo, pero cuando se vino a vivir aquí yo opinaba que había que dejarla en paz. Lo que sucedió no fue culpa suya, y se merece el derecho de vivir donde quiera. Eso es algo a lo que debería haberse enfrentado Dorea y haberlo asimilado lo mejor posible. Esto es distinto. Esto es deliberado, y es algo de lo que sí es culpable.
- James se encargará de ello – dijo Belvina- . Tiene que hacerlo.
- No sé si podrá.
- ¡Naturalmente que sí! Hay muchas cosas que puede hacer.
- Deja que lo explique de otra forma. No creo que pueda ser tan drástico con- Lilianne, teniendo en cuenta lo que siente por ella. ¡Despierta, Belvina! - la reconvino-. Presta atención a tu hermano. Se siente atraído por ella. Esto no resulta nada fácil para él.
Belvina sintió que la sangre huía de su rostro y lo dejaba acorchado. ¿Que James se sentía atraído por aquella mujer? No, Dios no podía ser tan cruel. No podía hacerla pasar de nuevo por aquella pesadilla.
Incapaz de decir nada más, se despidió de Barty con un gesto de la mano, sin poder hacer frente a la mirada de compasión que vio en sus ojos. Se apresuró a salir de su oficina, y hasta que alcanzó la calle no cayó en la cuenta de que no le había dicho que ya no iba a poder estar más con él.
Su madre se moriría si James se liara con la hija de Elladora Evans. Los chismorreos serían tan crueles que jamás podría volver a levantar la cabeza. Dejó escapar una ligera risa. ¡Y pensar que a ella le preocupaba lo que su madre opinase de Walter!
13
La oficina del señor Moody estaba situada en la última planta de un edificio de dos pisos. Lily subió las escaleras esperando, contra toda esperanza, encontrarlo allí, que tuviera el teléfono estropeado, que se encontrara bien. Lo del teléfono averiado no era muy probable, porque si no hubiera podido llamar, lo sabría y simplemente habría ido a otro teléfono. Además, se habría dado cuenta de que no recibía llamadas. A lo mejor se había puesto a trabajar en otro caso y se había olvidado de ella.
Pero dudaba de que Alastor Moody se olvidase de algo.
Su oficina era la primera puerta de la izquierda. La mitad superior de la puerta era de cristal, pero las persianas interiores estaban cerradas y no dejaban ver nada. El día en que lo conoció, tenía las persianas abiertas. Intentó empujar la puerta, pero vio que estaba cerrada con llave. Aunque en realidad no esperaba recibir respuesta, llamó con los nudillos y acercó el oído al cristal. La estancia al otro lado estaba en silencio.
En la puerta había una ranura para el correo. Lily abrió la pequeña pestaña y ladeó la cabeza para espiar el interior. Su campo de visión era sumamente limitado, pero distinguió el correo, bastante abundante, desparramado en el suelo.
El detective no se encontraba allí, y aquella cantidad de correo indicaba que llevaba varios días fuera.
Cada vez más preocupada según pasaban los minutos, Lily fue hasta la oficina de al lado. Sacó su Varita dispuesta a forzar la puerta con un hechizo, pero recapacitó de inmediato. Aún no estaba tan desesperada como para exponerse a que la apresaran por invadir la propiedad privada, menos que las autoridades mágicas la amonestaran por realizar magia en lugares muggles.
Según rezaba el letrero de la puerta, aquél era el bufete de algunos abogados. Oyó el ruido de una máquina de escribir y de gente hablando, así que abrió la puerta y entró.
La oficina de era pequeña y estaba abarrotada, con los archivos encajados en cualquier espacio disponible. Ella estaba en la zona de recepción, poblada por una mujer diminuta y de pelo blanco y tres ficus, uno de los cuales había alcanzado un tamaño gigantesco. La habitación siguiente, que se veía a través de una puerta abierta, era más o menos del mismo tamaño y estaba forrada de libros desde el suelo hasta el techo. Había un hombre corpulento repantigado detrás de una gastada mesa, hablando con un cliente sentado en uno de los dos desvencijados sillones de imitación de cuero que había frente a la mesa. Lo único que se veía del cliente era la parte de atrás de su cabeza.
La mujer diminuta levantó la vista y sonrió interrogativa, pero no hizo ningún movimiento para cerrar la puerta y así proporcionar un poco de intimidad a su jefe y al cliente. Lily se encogió de hombros mentalmente y se acercó.
- Soy una clienta del señor Moody, de la oficina de al lado – dijo-. Llevo varios días tratando de localizarlo, pero no lo he conseguido. Por casualidad, ¿no sabrá usted dónde se encuentra?
- Pues no - respondió la mujer- Hace como una semana se fue a ese pueblo que está en el Valle de Godric, no recuerdo cómo se llama, Tutshill o algo así. Suponía que aún estaba allí.
- No, se marchó al día siguiente. Está mal del corazón, y me tiene preocupada.
- Oh, cielos. - Su pequeño rostro adoptó una expresión de angustia- . No me acordaba de su corazón. Estoy al corriente, por supuesto. Su mujer, Virginia, y yo solíamos comer juntas; fue muy triste cuando murió; ella me habló de su problema. Decía que era grave de verdad. Pero nunca se me ha ocurrido ver si se encontraba bien. - Cogió inmediatamente la agenda de teléfonos y pasó las páginas hasta llegar a la M- Probaré con el número de su casa. No figura en la guía, ¿sabe usted? No le gustaba que el trabajo se inmiscuyera en su vida privada.
Lily ya lo sabía. Había llamado a información tratando de conseguir el número. Precisamente, al no tener éxito, sintió el impulso de coger el coche e intentar dar con él.
Al cabo de un minuto la mujer colgó el teléfono.
- No contesta nadie. Dios mío, ahora soy yo la que está preocupada. No es propio de Alastor no decir a nadie dónde está.
- Voy a llamar a todos los hospitales - dijo Lily con decisión-. ¿Puedo usar su teléfono?
- Naturalmente, querida. Tenemos dos líneas para que la gente pueda llamar. Pero si recibo una llamada, necesitaré que usted cuelgue para poder atenderla.
Dando gracias a Dios por la hospitalidad sureña, Lily aceptó la guía de Chepstow y buscó los hospitales. Había más de los que imaginaba. Empezó por el principio y se puso a marcar.
Al cabo de treinta minutos y tres interrupciones debido a llamadas que se recibían, colgó dándose por vencida. El señor Moody no era paciente de ninguno de los hospitales locales. Si se había puesto enfermo mientras regresaba conduciendo de Tutshill, podría encontrarse en un hospital de otro sitio, pero, ¿en dónde?
O también podría haberle ocurrido algo peor. Era una posibilidad que no quería tomar en cuenta, pero debía aceptarla. Si Charlus Potter había sido asesinado y el señor Moody había estado haciendo preguntas que incomodaban a algunas personas... Se sintió enfermar al pensarlo. Si le había sucedido algo a aquel encantador viejecito, sería culpa de ella por haberlo involucrado. Al parecer, no tenía nada, aparte de la declaración de Elladora de que Charlus no había estado con ella en absoluto, que no lo había visto desde aquella noche doce años atrás.
La mayoría de la gente no habría sospechado un asesinato; la mayoría de la gente no temería ahora que el pobre señor Moody se hubiera visto con la misma persona que mató a Charlus. Pero la mayoría de la gente tampoco había sido sacada a rastras de su casa en medio de la noche y arrojada al suelo. Hasta que Elladora y Charlus desaparecieron, la vida de Lily había sido predecible, aunque un tanto penosa; pero aquella noche quedó destrozada su confianza en aquella consoladora mediocridad y nunca había recuperado la sensación de seguridad, de permanecer ajena a las cosas que simplemente no les ocurrían a las personas normales. Era como si se hubiera descorrido una cortina y después de aquella noche hubiera tomado clara conciencia de todos los peligros e incertidumbres. Lo malo no sólo era posible; según su experiencia, tenía muchas posibilidades de suceder. Había sostenido la mano de Mark al morir, había identificado el cadáver de Sirius en un depósito... Sí, lo malo sucedía.
- ¿Qué va a hacer? - preguntó la diminuta secretaria, suponiendo automáticamente que Lily iba a hacer algo.
- Denunciar la desaparición de una persona - contestó Lily, porque era lo único que se le ocurría hacer. El señor Moody había desaparecido de forma tan repentina y total como Charlus Potter.
Había estado haciendo preguntas sobre Charlus; ¿coincidencia? Probablemente, no, pero tampoco tenía pruebas que justificasen una investigación criminal. Lo mejor que podía hacer era denunciar su desaparición. Por lo menos, eso pondría en marcha algún tipo de investigación.
Preguntó cómo se iba a la comisaría de policía y logró dar con ella equivocándose sólo dos veces. Un agente de recepción le indicó el despacho apropiado, y pronto estuvo sentada en una silla de respaldo recto recitando la información que poseía ante un detective cansado vestido con un traje cansado, que de todos modos conseguía mostrar interés.
- ¿Llamó usted al motel en el que él se alojaba y le dijeron que se había marchado? - quiso saber el detective Ambrose. Sus ojos mundanos se ablandaron un poco al mirar a Lily.
- El empleado no llegó a ver al señor Moody. Dijo que la llave estaba en la mesita de noche y que sus cosas habían desaparecido.
- ¿La habitación fue pagada por adelantado?
Lily afirmó con la cabeza.
- Entonces no hay nada fuera de lo habitual. Veamos. No lo ha visto nadie desde que se fue de Tutshill, en su despacho se está acumulando el correo, en el teléfono de su casa no contesta nadie y tiene el corazón hecho polvo. - El detective sacudió la cabeza negativamente. Me daré una vuelta por su casa a ver qué me encuentro, pero... - titubeó, con expresión compasiva.
Pero probablemente al pobre hombre le había fallado el corazón, eso era lo que estaba pensando. Lily hundió los hombros en un gesto de desolación. Odiaría que el señor Moody hubiera muerto sin que ella estuviera allí para cogerle la mano o ni siquiera asistir a su funeral.
Había comprobado sólo los ingresos actuales en los hospitales, no que hubiera sido un paciente ingresado durante la semana anterior. Pero él sabía que estaba mal del corazón, estaba preparado, incluso estaba esperando a reunirse con su esposa. Lily lo lamentaría, pero si había muerto de aquella forma, parecía justo. La verdadera pesadilla sería que el detective no consiguiera localizarlo; entonces se temería lo peor y no tendría modo de saberlo con seguridad.
Extrajo una tarjeta de visita del bolso y la puso sobre la mesa.
- Por favor, llámeme si se entera de algo - dijo- . Yo no lo conocía muy bien, pero lo apreciaba mucho. Era un viejecito encantador. - Para horror suyo, cayó en la cuenta de que se estaba refiriendo a él en tiempo pasado, y se encogió.
El detective cogió la tarjeta y acarició el delgado borde con los dedos.
- Hay una cosa que me gustaría saber, señora Black. ¿Qué estaba investigando para usted el señor Moody?
Sabía que se lo preguntaría, y le dijo la verdad.
- Hace doce años, mi madre se fugó con su amante. Quería que el señor Moody los encontrara, si le era posible.
- ¿Y los había encontrado?
Lily negó con la cabeza.
- La última vez que hablé con él, no.
- ¿Y cuándo fue eso?
- Cené con él la noche antes de que abandonara el motel.
- ¿Lo vio alguien después de esa ocasión?
- No lo sé. - Resultaba fácil adivinar hacia dónde se encaminaba el interrogatorio. Por lo menos, el detective la estaba tomando en serio.
- ¿Parecía encontrarse bien cuando se marchó?
—Sí. Yo tuve una visita inesperada, y el señor Moody se fue nada más cenar.
- ¿De modo que usted fue la única persona que lo vio?
Lily sonrió levemente.
- No.
- ¿Quién era esa visita?
- Un vecino, James Potter. Vino a hablar de comprarme la casa. - Era asombroso el modo en que los hechos desnudos podían ser tan diferentes de lo que había sucedido en realidad. Se estaba convirtiendo en una experta en exponer la punta del iceberg y mantener sumergido el resto.
-James Potter - repitió el detective Ambrose, cuyos ojos cansados se iluminaron al reconocer el nombre-. ¿No será el mismo Potter que… jugaba al Quiddich para los Holyhead Harpies hará... unos diez años o así?
- Casi trece años - repuso Lily -. Sí, es el mismo.
- En esta parte del estado los Potter son peces gordos. Bien, bien. ¿Así que va a venderle a él su casa?
- No. Él me propuso comprarla, pero yo no deseo vender.
- ¿Se lleva bien con él?
- No exactamente.
- Ah. - Parecía decepcionado. Lily lo miró fijamente durante unos instantes y luego curvó la boca en una ligera sonrisa. Después de todo, aquello era el sur. El Quidditch profesional hacía alguna que otra incursión, pero era el quidditch universitario el que seguía reinando.
- No, no tengo influencia en él para conseguir entradas para los partidos - dijo.
El otro se encogió de hombros y frunció los labios en una sonrisa.
- Merecía la pena intentarlo. - Cerró el bolígrafo y se puso de pie, indicando así que no tenía más preguntas que hacer-. Veré lo que puedo averiguar sobre el señor Moody. ¿Va a estar en la ciudad mucho tiempo, o se marcha ya a su casa?
- Me voy a casa. La única razón de haber venido hasta aquí era ver si podía encontrarlo.
- Agradecida, se levantó de su silla de respaldo recto y se abstuvo de estirarse.
El detective le puso una mano en el hombro, un ligero contacto.
- Ya sabe que lo primero que revisaré serán las esquelas - dijo con suavidad.
Lily se mordió el labio y asintió.
La mano de él la acarició dos veces.
- La tendré informada.
Fue llorando durante la mayor parte del camino de vuelta a Tutshill. En los doce últimos años había llorado muy poco; algunas lágrimas fueron para Sirius, y algunas más para Mark, pero la idea de perder al señor Moody le resultaba muy dolorosa. No disponía de mucho espacio para el optimismo en su vida, y se esperaba lo peor.
El detective Ambrose demostró estar muy atento. Cuando escuchó el contestador, nada más llegar a casa, se encontró un mensaje de él: «He ido al domicilio del señor Moody y no hay ni rastro de él. Allí también se ha acumulado el correo y los vecinos no lo han visto». Una pausa.
«Tampoco figura en las esquelas. Seguiré investigando y volveré a llamarla.» No estaba. Aquella idea no dejó de repetirse en su cabeza. Nadie lo había visto desde que se fue de Tutshill.
Suponiendo que se hubiera ido.
Comenzó a sentir que la invadía la rabia y apartó la pena hacia un lado. Su madre y Charlus habían creado una maraña, doce años atrás, que aún seguía causando destrucción. Tenía que absolver a Elladora de toda participación en la desaparición del señor Moody, ya que ni siquiera sabía de su existencia, pero continuaba formando parte de la causa inicial.
Para Lily, los hechos seguían muy de cerca a los pensamientos. Furiosa, cogió el teléfono y marcó el número de su abuela. Sin embargo, se vio frustrada al oír el timbre una y otra vez al otro extremo de la línea. No había nadie en casa.
Llamó cuatro veces más antes de obtener respuesta, y por fin oyó la voz rota de su abuela, que llamó a Elladora para que se pusiera al teléfono.
- ¿Quién es? - oyó que preguntaba Elladora al fondo.
- Esa hija tuya, la pequeña.
- No quiero hablar con ella. Dile que no estoy.
Lily apretó con más fuerza el auricular y entrecerró los ojos. Oyó que su abuela volvía a debatirse con el aparato. No aguardó a oír la excusa repetida como un loro.
- Dila a mi madre que si no habla conmigo acudiré a la policía. - Era un farol, al menos de momento, pero muy calculado. La reacción de Elladora seria muy significativa; si su madre no tenía nada que ocultar, el farol no serviría de nada, pero en caso contrario...
Se produjo una pausa mientras el mensaje era transmitido, y después más manoteos con el auricular.
- ¿De qué demonios estás hablando, Lily, querida? ¿Qué tiene que ver la policía? - El tono era demasiado animado, demasiado alegre.
- Estoy hablando de Charlus Potter. Mamá...
- ¿Quieres dejar de una vez de hablar de Charlus Potter? Ya te dije que no lo he visto.
Lily suprimió la náusea que le rondaba el estómago y continuó en un tono más suave.
- Ya lo sé, mamá. Te creo. Pero me parece que aquella noche le ocurrió algo, después de que te fueras tú. - No quería que pensara que era sospechosa de algo, pues en ese caso se cerraría como una ostra.
- Yo no sé nada de eso, y si eres tan lista como te crees, dejarás de meter las narices en los asuntos de los demás.
- ¿Dónde te encontraste con él aquella noche, mamá? - le preguntó Lily, haciendo caso omiso del consejo materno.
- No sé por qué te preocupas tanto por él - dijo Elladora en un tono hosco-. Si hubiera hecho lo que tenía que hacer, yo habría estado mejor atendida. Y también mis hijos -agregó, pensándolo mejor-.Pero se empeñaba en aplazarlo, esperó a que James terminase el colegio... Bueno, ahora ya da lo mismo.
- ¿Fuiste al motel? ¿O te encontraste con él en otra parte?
Elladora respiró hondo.
- Cuando se te mete una cosa en la cabeza, eres como un bulldog, ¿sabías eso? Siempre has sido la más terca de todos mis hijos, siempre decidida a salirte con la tuya aunque supieras que tu padre te iba a dar un bofetón por hacerlo. ¡Por si quieres saberlo, nos encontramos en la casa de verano, donde siempre! ¡Ve fisgoneando por ahí, y ya verás enseguida que James no tiene tan buen carácter como su padre!
Lily hizo una mueca de dolor cuando Elladora colgó el teléfono de golpe y a continuación dejó escapar un suspiro tembloroso y colgó a su vez. Fuera lo que fuera lo que sucedió aquella noche, Elladora lo sabía. Tan sólo su propio interés egoísta podía impulsarla a hacer algo que no quería hacer, por eso tenía un motivo para no querer que Lily acudiera al policía. No obstante, lograr que lo reconociera requeriría cierto esfuerzo.
Tenía que ser la casa de verano, por supuesto, pensó Lily con resignación. ¿Por qué no podían Charlus y Ellladora citarse en un motel, siguiendo la tradición de los amantes? Los recuerdos que tenía de aquella casa de verano eran agridulces, igual que todo lo demás relacionado con James Potter. No quería verla de nuevo, pues el hecho de hacerlo le recordaría demasiado vívidamente la niña que fue, las largas horas que pasó escondida en la linde del bosque, con la esperanza de tener un breve atisbo de James. Se tumbaba boca abajo entre las agujas de los pinos y se contentaba con observarlo a él y a sus amigos bañarse en el lago, escuchaba sus gritos y carcajadas y tejía fantasías de que un día se uniría a ellos. Un tonto sueño. Una niña tonta.
Allí también había visto a James haciendo el amor con Violetta Partain. Sintió un retortijón en el estómago al pensar en ello y cerró las manos con una mezcla impotente de rabia y celos. En aquella época se había limitado a pensar lo guapo que era; pero ahora era una mujer con las necesidades y deseos propios de las mujeres, y no quería ni siquiera imaginarlo haciendo el amor con otra mujer, y mucho menos verlo.
Aquello había sucedido quince largos años antes, pero aún conservaba la imagen fresca en su mente como si fuera del día anterior. Aún oía la voz profunda y aterciopelada de James murmurando palabras de amor en francés y frases tranquilizadoras, aún veía su cuerpo joven y poderoso moviéndose entre las piernas abiertas de Violetta.
Maldito fuera. ¿Por qué la habría besado aquel día en Chepstow? Una cosa era soñar con sus besos, y otra saber exactamente a qué sabían, cuán suaves eran sus labios, cómo era estar en sus brazos y sentir su erección presionar con insistencia contra su estómago. No era justo por parte de él alimentar su deseo y luego usarlo contra ella. Pero es que con James todo era injusto. ¿Por qué no podía haber perdido algo de pelo con los años, en lugar de conservar aquella melena gruesa y vibrante? ¿Por qué no podía haber engordado y desarrollado una barriga de bebedor de cerveza y llevar los pantalones colgando debajo, en lugar de estilizarse hasta tener aquel cuerpo delgado y musculoso, incluso mejor torneado que en la época en que jugaba al fútbol? Y aunque él no hubiera cambiado, ¿por qué no podía haber cambiado ella? ¿Por qué no podía haberse modificado lo suficiente para que él ya no la afectara de forma tan violenta, o el corazón le latiera con normalidad cuando él estaba presente?
En cambio, todavía era la niña embelesada que había pasado horas, semanas, incluso meses de su infancia tumbada boca abajo entre la arboleda, con la vista atenta para captar cualquier vislumbre de su héroe. Ni siquiera el hecho de descubrir que su héroe podía ser un despiadado hijo de puta cuando quería había conseguido eliminar aquella dolorosa fijación.
No quería volver a la casa de verano, a la escena de su necia juventud. ¿Qué podía encontrar allí, después de doce años? Nada. Pero nadie había visto aquel lugar con sus ojos; nadie había sospechado que Charlus Potter pudiera haber pasado allí las últimas horas de su vida.
Lily masculló para sí. Estaba cansada y hambrienta tras el largo viaje en coche a Chepstow y vuelta, y además la preocupación por el señor Moody la había dejado exhausta. No quería ir a la casa de verano, pero acababa de darse a sí misma un argumento convincente de por qué era necesario que fuera. Y si iba, debería hacerlo ya, mientras aún brillaba con fuerza el sol vespertino.
Cogió las llaves y salió de la casa.
Supuso que el mejor camino para llegar sería el que usaba cuando tenía once años. Había una carretera desde la residencia de los Potter hasta el lago, pero no podía tomar aquella ruta. Sin embargo, por su época de merodeadora y espía conocía la finca de los Potter tan bien como su propia cara. Fue en coche hasta un lugar apartado cerca de la vieja cabaña en la que se había criado, pero cuando alcanzó la última curva antes de que la vivienda apareciera ante sus ojos, detuvo el automóvil y permaneció un momento sentada, con las manos aferradas al volante. No se atrevía a doblar aquella curva. Era probable que a aquellas alturas la chabola estuviera derruida, pero eso no mitigaría sus recuerdos. No quería verla, no quería revivir el recuerdo de aquella noche.
Sintió el dolor como un nudo en el centro del pecho que le impedía respirar y le provocaba un escozor en los ojos. No lloró. Había llorado por el señor Moody, por Mark, por Sirius; No había llorado por sí misma desde la noche en que Elladora se marchó.
Bueno, retrasarlo no serviría de nada excepto aplazar la cena, y ya estaba muerta de hambre. Se apeó del coche, cerró las puertas y se guardó la llave en el bolsillo de la falda. Se veía la maleza muy crecida a ambos lados del camino, que ahora era poco más que una pista forestal, pues la vegetación poco a poco iba reclamando su terreno. Tuvo que abrirse paso entre varios arbustos de zarzas, pero una vez que estuvo en el bosque le resultó bastante fácil caminar. Cogió un palo por si se encontraba con una serpiente, pero no estaba en absoluto asustada. En aquellos bosques había crecido y jugado, y se había escondido cuando Thomas estaba borracho y se liaba a puñetazos con cualquiera que se tropezara en el camino.
La inundaron olores familiares, aromas frescos y potentes de la primavera, y se detuvo un momento para absorberlos, con los ojos cerrados para concentrarse mejor. Estaba el penetrante olor marrón de la tierra, el fresco verdor de las hojas, el perfume dorado y picante de la savia de los pinos. Inhaló este último con un leve estremecimiento. El aroma de James contenía una pizca de aquel picor dorado. Le encantaría tenerlo desnudo y a su disposición para poder explorar todos los matices de aquel olor. Se revolcaría en él, bebería con placer...
De pronto abrió los ojos. El delator aumento de temperatura de su cuerpo le indicó hacía dónde se encaminaba aquella fantasía. El hecho de haber vuelto a aquel lugar tenía la culpa; en su mente, los olores del bosque iban inextricablemente unidos a James: la esperanza de verlo, la efervescente alegría de verlo.
Reanudó la marcha con gesto resuelto. Si no se sacaba a James de la cabeza, acabaría tumbada boca abajo sobre las agujas de pino en la linde del bosque, completamente transportada otra vez a la niñez.
El camino hasta el lago no fue muy largo, unos veinte minutos. El bosque había cambiado, por supuesto; para los árboles el tiempo no se detenía más que para las personas. Tuvo que avanzar sorteando obstáculos que antes no existían, y los viejos puntos de referencia habían desaparecido, pero aún conocía el camino con la exactitud de una paloma mensajera.
Se aproximó a la casa de verano desde el ángulo de siempre, desde el costado posterior derecho. Desde allí veía el embarcadero y una esquina del cobertizo para botes. En otro tiempo rezó por ver un Corvette aparcado enfrente, pero ahora se sintió sumamente contenta de no ver el jaguar.
Resultaría demasiado irónico que apareciera James. Gracias a Dios, ahora tenía preocupaciones financieras y no se podía permitir el lujo de pasarse días enteros holgazaneando, nadando y pescando.
El tiempo también había dejado su huella en la casa de verano. No estaba ruinosa, James se había ocupado de su mantenimiento, pero la rodeaba un aire de abandono. Las cosas que eran utilizadas por los seres humanos de forma habitual poseían un cierto brillo de realización, una pátina que la casa de verano ya no tenía. Se apreciaba una sutil inversión en el orden. Antes, el césped estaba siempre perfectamente cuidado, y aunque ahora el jardín no estaba invadido por los hierbajos, mostraba un cierto descuido que indicaba que el césped llevaba más de una semana sin ser cortado. Por otra parte, la casa de verano siempre tuvo restos de presencia humana esparcidos por ahí, y ahora estaba demasiado limpia, sin la actividad que antes la mantenía desordenada y viva.
Subió los escalones de la parte de atrás, los mismos en los que se había agachado en cuclillas para escuchar cómo James le hacía el amor a Violetta Partain. La puerta de rejilla del porche no estaba cerrada, y crujió ligeramente al abrirse. El ruido la hizo sonreír, tan estrechamente relacionado estaba con la época de su infancia.
A pesar de todas las dificultades, no había tenido una infancia tan desgraciada. Una buena parte de ella había sido claramente divertida, llena de fantasía, sobre todo las largas horas que pasó explorando el bosque. Había chapoteado en los arroyos, había pescado cangrejos de río a mano, se había maravillado con el delicado dibujo de una hoja al trasluz del sol. Nunca había tenido una bicicleta, pero había tenido aire puro y el cielo azul, la emoción de levantar un tronco podrido para ver cuántos insectos y gusanos ocultaba. Había comido bayas silvestres directamente de las ramas, había encontrado alguna que otra punta de flecha y se había construido laboriosamente su propio arco y sus propias flechas con una rama verde, hilo de pescar gastado y palitos afilados. La dicha que le proporcionaron todas aquellas cosas había creado una reserva de fuerza de la que nutrirse cuando llegaban los malos momentos.
Los tablones del porche crujieron bajo sus pies cuando cruzó en dirección a la puerta de atrás.
En los viejos tiempos había unas cuantas mecedoras repartidas por el porche para disfrutar de las noches de verano en las que hacía bueno. Toda la parafernalia para nadar y pescar se suponía que estaba guardada en el cobertizo para botes, pero por alguna razón siempre había parte de ella esparcida por el porche: una llanta que había que parchear, una caña de pescar, un surtido de cebos, anzuelos y corchos. En cambio, ahora el porche estaba vació, ya no era un lugar al que acudían adolescentes ruidosos ni donde se citaban los adultos.
Fue hasta la ventana desde la que había observado a James y Violetta haciendo el amor; ahora la habitación estaba vacía, y los suelos de madera desnudos y cubiertos de una ligera capa de polvo.
Permaneció allí de pie por espacio de unos instantes, recordando aquel día de verano, hacía tanto tiempo, idealizado por la magia de la niñez.
Se volvió y probó la puerta trasera, y se sorprendió al ver que la manilla giraba dócilmente en su mano. Nunca había estado en el interior de aquella casa, lo más cerca que había estado fue en el porche, aquella vez. Entró en la cocina y miró a su alrededor con interés. En otro tiempo había habido allí un frigorífico y un horno, porque sen veían los espacios vacíos y las tomas de electricidad que señalaban el sitio que ocuparon. Abrió armarlos y cajones, pero todo estaba vacío.
Cada ruido que hacía levantaba eco en las habitaciones.
Todo estaba bastante limpio y no olía a ratones, aunque era obvio que llevaba un par de semanas sin repasar. Al pasear por las otras estancias de la casa vio que ninguno de los apliques de luz tenía una sola bombilla. En cada uno de los dos dormitorios había un pequeño armario ropero, y fisgó el interior de ambos. Nada, ni siquiera una percha para la ropa. La casa de verano estaba completamente vacía.
¿Cuál de aquellos dormitorios habrían utilizado Charlus y Elladora? No importaba; allí no había nada que encontrar, ningún escondrijo en el que se hubiera podido ocultar un cadáver. En la casa no había absolutamente nada sospechoso. Cualquier prueba hacía tiempo que había sido borrada, limpiada o eliminada pintando encima. Se maravilló de que no hubiera rastro alguno de vagabundos, teniendo en cuenta que la casa no estaba cerrada con llave, pero como estaba en medio de la finca de los Potter, supuso que por allí no pasaría mucha gente.
Todavía quedaba por explorar el cobertizo para botes, aunque en realidad no esperaba encontrar nada. Había ido allí sólo para poder decirse a sí misma que había hecho todo lo posible para averiguar lo que le había sucedido a Charlus y también al señor Moody. Salió por la puerta principal y se encaminó hacia el embarcadero. Tanto éste como el cobertizo para botes se encontraban a un costado de la casa, ligeramente a la izquierda, en la curva de un pequeño cenagal. Desde la última vez que estuvo allí, doce años atrás, se había dejado que creciera la vegetación por encima de las orillas. Los jóvenes sauces que crecían en grupos a lo largo de la ribera habían madurado y ahora proporcionaban mucha más sombra de la que ella recordaba. En otro tiempo, desde allí se disfrutaba de un panorama del lago prácticamente sin obstáculos, excepto el cobertizo para botes, pero ahora arbolitos y arbustos se habían aprovechado del sutil abandono para hundir sus raíces en el rico suelo.
Sin embargo, el embarcadero seguía estando bien cuidado, y lo recorrió hasta el final. Hacía un día apacible, con una imperceptible brisa que formaba débiles rizos en la superficie del agua, la cual a su vez acariciaba los pilotes del embarcadero con una cadencia rítmica. Era uno de aquellos días calurosos y perezosos que la instaban a tenderse de espaldas y contemplar las gruesas nubes blancas que flotaban en un cielo de intenso color azul. Se oía cantar a los pájaros y en algún lugar saltaba un pez, con un leve chapoteo que no alteraba la paz. A la izquierda, un corcho rojo y blanco se mecía feliz sobre los rizos del agua...
De pronto se puso rígida y sus ojos se agrandaron por el miedo al tiempo que se volvía lentamente. Un corcho de pesca significaba que había alguien pescando, alguien que estaba oculto a su vista debido a la esquina del cobertizo para botes. Igual que un delincuente acercándose al patíbulo, siguió con la mirada el sedal que se arqueaba elegantemente desde el corcho, a través del agua, hasta donde estaba enhebrado a la caña de pescar. Una caña sostenida por las manos de James Potter, que estaba de pie y desnudo de cintura para arriba en la orilla, al otro lado del cobertizo, mirándola a ella con los ojos entrecerrados.
Se miraron el uno al otro por espacio de un minuto a través del pequeño trecho de agua. La mente de Lily, presa del pánico, trabajaba a toda velocidad, buscando una buena razón para justificar su presencia, pero su habitual agilidad mental ahora estaba paralizada causa de la impresión. Creía que estaba completamente sola, y de pronto se topó con James, precisamente...
James semidesnudo, además. No era justo. Cuando trataba con él necesitaba estar plenamente cabal, no podía permitirse que la distrajera la visión de aquel pecho ancho y desnudo y aquel cabello sensualmente revuelto.
Él empezó a recoger el corcho con movimientos rápidos y precisos. Prefiriendo la precaución al valor, Lily echó a correr por el embarcadero haciendo crujir los tablones. James tiró la caña de pescar y rodeó a toda velocidad el cobertizo para botes. Lily, jadeando, apretó la zancada; si lograra llegar al inicio del bosque antes que él, ya no podría atraparla. Ella era más pequeña, más esbelta, y podría avanzar regateando entre árboles que él tendría que rodear. Pero por muy rápida que fuera, James seguía teniendo la velocidad de un deportista experimentado. Lo vio por el rabillo del ojo, demasiado cerca, ganando terreno a cada zancada. La venció por una fracción de segundo bloqueándole el paso con su gran cuerpo justo al final del embarcadero. Lily intentó parar, pero ya lo tenía encima, y los zapatos que llevaba no estaban diseñados para la tracción. Chocó de frente contra su pecho, y el impacto hizo que se le escapara el aire de los pulmones con una exclamación. James soltó un gruñido y retrocedió unos pasos, pero sus brazos llegaron justo a tiempo de aferrar a Lily contra él e impedir que cayera de bruces. Recuperó el equilibrio y dejó escapar una risa amortiguada al tiempo que rodeaba a Lily con sus brazos, sin dejar que hiciera contacto con el suelo.
- No ha estado mal el golpe, para un peso ligero. Y también ha sido buena la velocidad.-¿Adónde ibas con tanta prisa, pelirroja? Y antes que nada, ¿qué diablos estás haciendo aquí?
Lily forcejeó intentando respirar, aspirando aire a bocanadas para llenar sus doloridos pulmones. ¡Merlín, era más duro que una roca! Probablemente se habría causado alguna magulladura al estamparse contra él de aquel modo. Al cabo de unos instantes logró decir:
- Recordar viejas historias - y empujó contra los hombros desnudos de James para darle a entender que la dejara en el suelo.
Él soltó un bufido y no hizo caso.
- Estás violando una propiedad privada. Tendrás que buscar una razón mejor que ésa.
- Curiosidad - propuso sin aliento, pues todavía el oxígeno que le llegaba era más bien poco. La fuerza de los brazos de James estorbaba sus esfuerzos por inhalar aire. Se debatió contra él, pero se rindió de inmediato. La fricción de su piel desnuda resultaba una distracción demasiado peligrosa.
- Eso sí me lo creo – musitó James-. ¿Qué te traes ahora entre manos? - Decidió depositarla en el suelo y aflojó el abrazo para que ella pudiera zafarse.
Lily tenía las mejillas arreboladas al apartarse de él, y el color no se debía sólo a las profundas aspiraciones que estaba haciendo. James llevaba sólo unos vaqueros desteñidos y unas botas desgastadas, y contempló fascinada su torso desnudo. Aquellos hombros tenían sus buenos sesenta centímetros de anchura y eran todo músculo en poderosas capas que se extendían por el pecho. Allí se extensa su piel tersa y lampiña, excepto por un pequeño camino de vellos que bajaba por el centro del abdomen en forma de flecha hasta hacerse más liso y abundante alrededor del ombligo, que quedaba al descubierto debido a aquellos vaqueros de cadera perversamente baja. Una ligera capa de sudor daba brillo a su piel dándole el aspecto resplandeciente de una estatua esculpida en puro músculo y nervio.
- ¿Cómo has llegado aquí? - le espetó ella, sin responder a su pregunta- . No he visto ningún coche.
- A caballo. -Señaló con la cabeza el prado que había al otro lado del cenaga-. Está allí, comiendo sin parar.
-¿Es Buckbeak? - preguntó Lily, recordando el nombre del bello semental que poseía Charlus.
- Uno de sus hijos. – James frunció el entrecejo-. ¿Cómo es que conoces a Buckbeak? ¿Y cómo has llegado tú aquí?
- Imagino que la mayoría de la gente de la zona sabe que tienes caballos. - Mientras hablaba se fue desviando hacia un costado.
James le aferró un brazo.
- Espera. Sí, mucha gente sabe que tengo caballos, pero no hay muchas personas que conozcan el nombre de nuestro semental. Has vuelto a hacer preguntas por ahí, ¿verdad? - Apretó con más fuerza- . ¿Con quién has estado hablando ahora? ¡Dímelo, maldita sea! - Subrayó su exigencia con una ligera sacudida.
- Con nadie - respondió Lily furiosa- Me acordaba del nombre de antes.
- ¿Y cómo ibas a saberlo antes? Elladora no se reprimía precisamente, pero no creo que al llegar a casa se pusiera a regalar a su familia con detalles de la vida de su amante.
Lily apretó los labios. Conocía el nombre del semental porque ella era como una esponja que absorbía el más nimio detalle de toda conversación que oía, si tenía que ver con James. Pero no estaba dispuesta a admitir aquello delante de él.
- Lo recordaba de antes - repitió finalmente.
James no le creyó, y se le oscureció el semblante.
- ¡No he hablado con nadie! – exclamó Lily, intentando zafarse de él- Me acordaba del nombre del caballo, eso es todo. -¿Por qué cada encuentro con él tenía que implicar un tira y afloja con sus brazos?
James escrutó el rostro vuelto de Lily con los ojos entornados.
- Está bien, te concederé eso. Ahora dime por qué estás husmeando por mi casa de verano y cómo has llegado aquí. Sé perfectamente que tú no tienes caballo.
Por lo menos aquello no parecía peligroso de revelar.
- Estaba paseando – contestó-. Por el bosque.
Él bajó la vista y le miró los pies.
- No vienes vestida para pasear por el bosque.
Aquello era muy cierto. No se había tomado la molestia de cambiarse de ropa, así que aún llevaba la falda a media pierna, medias y los zapatos planos que se había puesto para ir a Chepstow. Había sido criada andando descalza por aquellos bosques, por eso no le había preocupado el hecho de llevar aquellos zapatos. Se encogió de hombros para mostrar su indiferencia y dijo:
- No he pensado en ello. - Y rápidamente añadió- Siento haber invadido tu propiedad; me voy...
-¡Eh! – James la obligó de nuevo a pararse-. Te irás cuando yo lo diga, no antes. Todavía estoy esperando a que contestes a la otra pregunta.
Gracias a Dios el cerebro volvía a funcionarle.
- Simplemente tenía curiosidad – dijo- . Ellos se veían aquí, por eso... me entraron ganas de verlo. - No había necesidad de explicar quiénes eran «ellos».
Para consternación suya, los ojos de James adoptaron una expresión fría.
- No me digas. Ya has estado aquí antes, porque yo te he visto.
Lily lo miró fijamente, estupefacta.
- ¿Cuándo?
- Cuando eras pequeña. Te deslizaste entre los árboles como un fantasma, pero te olvidaste de cubrirte la cabeza. -Tomó un mechón de pelo suelto y se lo peinó detrás de la oreja-. Fue como contemplar el movimiento de una llama a través del bosque.
De modo que supo que ella estaba allí. Durante un instante de abatimiento en el que se le paró el corazón, se preguntó si habría adivinado que era él lo que la había atraído como una polilla a la luz. Recordó amargamente todas sus fantasías infantiles en las que un día él levantaría la mirada y la vería, y le pediría que fuera a divertirse con ellos. Y la había visto, de acuerdo, pero no hubo invitación alguna; lo sorprendente habría sido que le hubiera pedido de verdad que se uniera a ellos.
Los ocho años de diferencia que había entre los veintiséis y los treinta y cuatro era casi inexistente, pero entre los once y los diecinueve había todo un mundo. Aunque en aquella época no hubiera sido tan joven, era una Evans, y como tal quedaría para siempre fuera de su círculo.
- Voy a preguntártelo una vez más -dijo James suavemente cuando ella guardó silencio. Un escalofrío le recorrió la espalda al notar el tono mordaz de su voz- ¿Qué estás haciendo aquí?
- Ya te lo he dicho. - Alzó la barbilla y le sostuvo la mirada-. Curiosear.
- La siguiente pregunta es: ¿Por qué? Desde que has vuelto has estado curioseando mucho por ahí. ¿Qué te traes entre manos, Lilianne? Te advertí que no reavivaras viejos chismorreos que pueden perjudicar a mi familia, y lo dije muy en serio.
Lily ya le había dado la única respuesta que podía darle, y él no la había creído. Podía contarle toda la verdad, o podía mentir. Al final escogió no hacer ninguna de las dos cosas, sino guardar silencio.
James apretó la mandíbula con rabia y su mano hizo más fuerza sobre el brazo de Lily. Ésta hizo un gesto de dolor, y James bajó la mirada a las marcas moradas que estaban dejando sus dedos en la suave piel de ella. Maldijo y aflojó la mano, y en aquel momento Lily se zafó de un tirón y salió disparada hacia la seguridad que le ofrecía el bosque. Al cabo de un par de pasos supo que era un error, pero en aquellos momentos la dominaba la emoción, no la lógica. James reaccionó como el depredador que era, echando a correr en pos de ella. Lily se encontraba apenas a medio camino cuando el impacto del corpachón de James la lanzó al suelo igual que un tigre que se abalanzara sobre una gacela. Cayó con ella, la inmovilizó contra su pecho y giró el cuerpo para recibir él toda la fuerza de la caída, con James encima. A ella se le nubló la vista en un revoltijo de hierba, árboles y cielo al rodar por el suelo con James, el cual la situó hábilmente debajo de su cuerpo.
¡Merlín!. La impresión que sufrió al darse cuenta de la situación la hizo quedarse inmóvil de pronto, como si no se atreviera a moverse en aquel primer momento desconcertante de placer. Una cosa era estar en sus brazos, y otra muy distinta estar tirada en el suelo debajo de él. Su considerable peso la aplastaba contra la hierba desprendiendo la dulce fragancia verde de las hojas, que se mezclaba con el embriagador aroma masculino de su piel cubierta de sudor. La caída le había subido la falda hasta la mitad del muslo, y una de las piernas de James había quedado entre las suyas de modo que sus muslos abrazaban aquella columna de músculos. Se había aferrado a él instintivamente al caer, y ahora tenía los dedos hundidos con fuerza en su espalda desnuda, palpando el calor de su carne. La postura era la de hacer el amor, y el cuerpo de Lily reaccionó con inconsciente intensidad. Se le nublaron los sentidos, sobrecargados por aquella primera explosión de señales sexuales.
- ¿Estás bien? – murmuró James, levantando la cabeza.
Lily tragó saliva. Las palabras se le agolpaban en la garganta. Sintió que se le contraían las entrañas, instándola a pegarse a él en un impulso ciego, ardiente. Se resistió y volvió el rostro a un lado para no verlo reflejado en los ojos oscuros de James.
- ¿Lilianne? - El tono fue más insistente, exigía una respuesta.
- Sí - susurró.
- Mírame. - Se izó sobre los codos, retirando la mayor parte de su peso para que ella pudiera respirar mejor, pero seguía estando demasiado cerca, con la cara a escasos centímetros de la suya.
La tentación flotó entre ambos, todavía más poderosa debido a las veces que ella se había resistido. Hacía falta muy poco para convertir el deseo en una llamarada, un beso, un leve contacto, como una chispa en la paja seca. Cada vez era más difícil resistirse a él, y sólo la fuerza de su aversión por el sexo ocasional, por ser una réplica moral de su madre, le había permitido a Lily mantenerlo a raya. Pero cada nuevo contacto erosionaba su fuerza de voluntad y la iba desgastando poco a poco, de forma que cada rechazo le requería un mayor esfuerzo.
El aliento de James se proyectaba sobre sus labios, aquel sutil contacto los hacía abrirse como si Lily quisiera inhalar su esencia. James bajó la cabeza y llevó su boca hacia la de ella.
En un gesto desesperado, Lily introdujo los brazos entre ambos y empujó contra el pecho de James. El pecho desnudo le hizo cosquillas en las palmas y notó la dureza de sus pectorales contra la base de las manos.
James permaneció quieto un instante, observando a Lily. Un reguero de sudor descendió por su sien y se curvó siguiendo la línea de la mandíbula. Su pecho era como una roca caldeada que le quemaban las manos. Deseó acariciarlo, sentir su piel contra su palma…
La rondó la tentación, aguda e insistente. James tomó aire, su pecho se expandió bajo las manos de Lily, y el castillo de arena de su resistencia se desmoronó bajo la oleada de placer. Dejando salir el aire en un suave suspiro, dio vuelta a las manos y las movió de forma que los pulgares rozando aquella zona, una vez, dos. El placer le produjo un ligero vértigo.
Las pupilas de James se dilataron hasta casi eclipsar del todo el color oscuro del iris. Bajó la cabeza entre los brazos, y su aliento susurró entre los dientes. Habiendo capitulado, Lily ya no pudo dejar de tocarlo. Exploró los duros planos de su pecho regresando una y otra vez a las puntas endurecidas que la habían atraído a un territorio tan peligroso. No se cansaba de tocarlo, no podía saciar su sed de sentirlo.
Entonces él le apartó las manos del cuerpo y clavó en ella una mirada intensa.
- Lo justo es cambiar el turno - le dijo, y le puso una mano en el pecho.
Lily se arqueó debajo de él, dejando escapar una exclamación al sentir la fuerte llamarada de placer. Los pechos se le tensaron bajo aquel contacto, tan sensibles que el calor de las manos de James se hizo casi insoportable y, sin embargo, si dejara de tocarla sería como una tortura. Incluso a través de la ropa el roce de sus dedos le producía una sensación de quemazón y palpitación.
James inclinó la cabeza y la besó, una presión dura y devastadora, al tiempo que tiraba de la blusa para sacarla de la cintura de la falda. Una vez libre, introdujo una mano por debajo de la tela y la deslizó bajo el sujetador para cerrar los dedos alrededor de la piel de satén del pecho desnudo.
- Ya sabes lo que quiero - dijo con voz ronca, situándose más encima de ella y empujando con las piernas entre las suyas para hacerse un sitio.
Lily lo sabía. Ella también quería lo mismo, con tal vehemencia que aquella necesidad casi ofuscaba cualquier otra consideración. Los dedos ásperos de James se apoderaron de su pecho y empezaron a acariciarlo. Lily quería sentir allí su boca succionando con fuerza; quería que él la tomase, allí mismo, sobre la hierba, con el calor del sol quemando sus cuerpos desnudos. Lo deseaba a él, para siempre.
- Dímelo – dijo James-. Dime por qué. -Aquellas palabras sonaron amortiguadas contra la garganta de Lily, mientras iba recorriéndole el cuello a besos.
Ella parpadeó y se quedó mirando las nubes con desconcierto. Entonces comprendió de pronto el significado de aquellas palabras y fue como un jarro de agua fría. James la deseaba, así lo atestiguaba la gruesa protuberancia que presionaba contra sus ingles, pero mientras ella estaba perdida en la niebla del deseo, el cerebro de él permanecía despejado, funcionando, aún tratando de obtener respuestas.
Explotó con un siseo rabioso y se lo quitó de encima a puñetazos y patadas. James se apartó de ella y se incorporó. Parecía un salvaje semidesnudo con el pelo enredado alrededor del rostro y sus ojos oscuros entrecerrados por una peligrosa lujuria.
- ¡Hijo de puta! - escupió Lily, temblando de furia.
Se puso de rodillas de un salto con las manos cerradas en dos puños mientras luchaba contra el impulso de arremeter contra él. No era aquél el momento de desafiarle físicamente, cuando todo aquel enorme cuerpo estaba tenso por la necesidad de follar. El control, tanto el de ella como el de James, pendía de un hilo; a la menor presión se vendría abajo. James aguardó con aplomo, preparado para su ataque, y Lily vio el deseo sexual ardiendo en sus ojos. Durante largos instantes se miraron el uno al otro, hasta que gradualmente ella se obligó a relajarse. No había nada que ganar en aquella confrontación.
Tampoco había nada que decir. Tal vez no hubiera sido ella exactamente la que había prendido la llama, pero desde luego había sido quien avivó el fuego acariciando su torso de aquel modo. Si aquello había llegado más lejos de lo que ella quería, la culpa era solamente suya.
Por fin se levantó del suelo con movimientos rígidos. Tenía la falda desgarrada y una carrera en una media. Se volvió de espaldas, sólo para verse atrapada de nuevo, esa vez por un puñado de tela de la falda.
-Te llevaré a casa –dijo James-. Deja que vaya a buscar el caballo.
- Gracias, pero prefiero caminar -replicó Lily con la misma rigidez en la voz que en el resto del cuerpo.
- No te he preguntado qué prefieres. He dicho que voy a llevarte a casa. No deberías andar sola por el bosque. - Como no se fiaba de que ella se quedase allí si la soltaba, empezó a arrastrarla tras de sí.
- Me he pasado más de la mitad de mi vida andando sola por ahí – masculló Lily.
- Puede ser, pero ahora no vas a hacerlo. - Le dirigió de soslayo una mirada breve, dura-. Esta finca es mía, y las normas las dicto yo.
Continuaba agarrándole la falda, de modo que Lily se vio obligada a seguirle el paso o destrozar la prenda. Dejaron atrás el cobertizo para botes y rodearon la ciénaga, una distancia de unos cien metros, hasta llegar a donde James había dejado al semental para que pudiera pastar. A un silbido suyo, el enorme animal de color marrón oscuro empezó a moverse hacia él. Para consternación de Lily, no había ninguna silla de montar a la vista.
-¿Montas a pelo? -preguntó nerviosa.
Los Ojos de James chispearon.
- No dejaré que te caigas.
Lily no sabía mucho de caballos, ya que nunca se había subido a ninguno, pero sí sabía que los sementales eran animales díscolos, difíciles de controlar. Hizo ademán de retroceder cuando el caballo se les acercó, pero la mano de James en su falda la obligó a permanecer a su costado.
- No tengas miedo. Es el semental de mejor carácter que he visto nunca, de lo contrario no lo montaría sin silla. - El caballo llegó hasta su alcance y lo agarró del ronzal al tiempo que le susurraba un elogio junto a las enhiestas orejas.
-Nunca he montado a caballo -reconoció Lily contemplando la gran cabeza que se inclinaba hacia ella. Unos labios aterciopelados le rozaron el brazo al tiempo que unas enormes fosas nasales la olfateaban para aprehender su olor. Titubeante, levantó la mano y acarició al caballo por encima del morro.
- Entonces tu estreno va a ser con un pura sangre – dijo James, y la izó hasta el ancho lomo. Ella se aferró de las gruesas crines, alarmada por la altura a la que se encontraba, mientras que la plataforma viviente que tenía debajo no dejaba de moverse.
Llegaron a la carretera demasiado pronto, pero en cierto sentido el paseo duró una pequeña eternidad.
James tiró de las riendas al llegar junto al coche de Lily y saltó al suelo, luego extendió los brazos para tomarla por las axilas y bajarla del caballo. Alarmada de pronto por la posibilidad de que hubiera perdido las llaves en la refriega, se palpó el bolsillo, y oyó el tranquilizador tintineo.
No quería mirar a James, así que sacó las llaves y se volvió de espaldas para abrir el coche.
- Lily.
Ella vaciló un instante, luego hizo girar la llave en la cerradura y abrió la portezuela. James dio un paso adelante y la expresión que vio en sus ojos hizo que diera las gracias por tener la puerta del coche como separación entre los dos.
- No vuelvas a pisar mi propiedad - dijo él en tono calmado-. Si vuelvo a pillarte en tierras de los Potter, te voy hacer – con sus fríos ojos recorrió el cuerpo de Lily – lo que te mereces.
Aquí le doy fin a esta nueva actualización…
Avanzando poco a poco para llegar al fin de la historia.
Como es debido, les doy las gracias a todas ustedes por los reviews…
Disculpas a todas por no responderos personalmente, pero han sido días agitados: exámenes, exámenes y estudio, por lo que me he negado a enviarles algo sin sentido que no responda sus preguntas…Pero prometo que esta vez me esforzaré.
Cambiando de tema, un poco drástica, me he dedicado a ver algunas de las excelentes conclusiones que han llegado algunas. Debo admitir que se han adelantado, más de lo que me esperaba, sin embargo…NO OLVIDEN LOS DETALLES en ellos están las respuestas, por lo que una idea apresurada las puede cegar a la verdad tan inmensamente evidente.
Otra cosa, antes de que mi cabezota lo olvide: ¿Alguien preguntó si Lupin aparecería nuevamente?
Lamentablemente, la respuesta es no. Lo siento, pues es esta una historia distinta y una trama bizarra y algunos personajes han sido solo un vehiculo para la trama…Pero prometo, apenas terminé "DARK SECRET", o tal vez un poco antes hacer un compilado de pequeños fics (en universos paralelos obviamente) que tengan un poco más de variedad y profundicen en el mundo de otros personajes.
Atentamente
CEDRELLA S.
