En respuesta a las críticas y a las peticiones, acá va el final del fic,
"Secretos en la Noche de Linda Howard", las que deseen el libro original dejen su mail en rewievs y yo se los enviaré a la brevedad, como también, libros de esta autora: Linda Howard.

Para quienes se sintieron ofendidas por el plagio, disculpas.
Para quienes buscaban un final, aquí lo tienen. Espero lo disfruten.
Saludos
Cedrellas.

PD: Tal vez, en algún momento suba una nueva "adaptación" (jajaja).

"adaptación de una buena historia", cuyos nombres serán fruto de mi imaginación.

Adiós.

14

Al día siguiente, Lily encontró la nota dentro del coche, en el asiento del conductor. Vio el papel doblado y lo cogió, preguntándose qué se le habría caído. Cuando lo desdobló, vio el texto siguiente escrito en letras mayúsculas:

NO HAGAS MÁS PREGUNTAS ACERCA DE CHARLYUS POTTER CIERRA LA BOCA SI SABES LO QUE TE CONVIENE Se apoyó contra el coche mientras una brisa ligera agitaba el papel en su mano. No había cerrado el coche con llave al llegar a casa, de modo que no tenía que preguntarse cómo había llegado hasta allí la nota. Se quedó mirando el papel, volvió a leerlo y se preguntó si la estaban amenazando o si el que había escrito aquello simplemente había utilizado una frase familiar. Cierra la boca si sabes lo que te conviene. Había oído variaciones de aquello mismo cientos de veces, y sólo cambiaba la orden. La nota podía ser o no una amenaza; probablemente sería más bien una advertencia. Había alguien a quien no le gustaba que anduviera preguntando por Charlus.

No había sido James. No era propio de él, él profería sus amenazas en persona, y bien a las claras. La última de ellas todavía la hacía temblar. ¿Quién más podría haberse molestado por las preguntas que hacía? Había dos posibilidades: alguien que tuviera algo que ocultar o alguien que buscara el favor de James.

Precisamente se dirigía a la ciudad para llevar a cabo otra misión de investigación, esta vez para intentar hablar con Rowena Spellman, de modo que había una cierta ironía en lo oportuno de la aparición de la nota. Tras reflexionar un momento, decidió que iba a intentarlo de todas maneras. Si el que la había escrito quería que se tomase la amenaza en serio, tendría que ser más específico.

Con todo, lo primero que hizo fue guardar la nota en la guantera bajo llave, para cerciorarse de no manipular demasiado aquel papel. En sí mismo, no era algo que justificase notificarlo a nadie, pero si recibía otra nota quería poder exhibir las dos como prueba. En cualquier caso, no estaba precisamente ansiosa por ver a aurores ni policias; tenía un vivo recuerdo de él de pie junto a un coche patrulla, con sus gruesos brazos cruzados mientras observaba con mirada satisfecha cómo sus agentes sacaban de la chabola las pertenencias de los Evans.

James tenía a las autoridades mágicas y alas muggles completamente en el bolsillo; la cuestión era si haría algo o nada incluso aunque ella recibiera una amenaza de muerte.

Una vez que la nota estuvo debidamente guardada, se fue a la ciudad. Aquella noche, en la cama, sin poder dormir, había planeado su estrategia. No iba a llamar a la señora Spellman, pues eso le daría la oportunidad de rechazar la cita. Lo mejor sería pillarla por sorpresa, cara a cara, y dejar caer unas cuantas preguntas antes de que se le pasara la primera impresión. Pero no sabía dónde vivían los Spellman, y la dirección que figuraba en el listín telefónico no le resultó familiar.

La primera parada fue en la biblioteca. Para desilusión suya, la parlanchina señora Rouge no estaba detrás del mostrador; en su lugar se encontraba una rubia diminuta e insustancial que apenas parecía tener edad suficiente para haber terminado la escuela secundaria. Masticaba chicle mientras pasaba las páginas de una revista de música rock. ¿Qué le habría sucedido a aquella estereotipada bibliotecaria de cabello recogido en un moño y gafas de leer apoyadas en la nariz afilada? La rockera del chicle no representaba ninguna mejora.

Lily sabía, siendo realista, que ella misma probablemente sólo tenía cuatro o cinco años más que aquella pequeña bibliotecaria. Sin embargo, mental y emocionalmente, ni siquiera era de su misma generación. Ella nunca había sido joven en el sentido en que lo era aquella chica, y no pensaba que tuviera nada de malo. Ella había tenido responsabilidades desde muy temprana edad; recordaba que ya cocinaba cuando la sartén de hierro pesaba demasiado para ella y que tenía que subirse a una silla para remover las alubias. Barría con una escoba que era el doble de alta que ella.

Luego tuvo que ocuparse de Mark, la mayor responsabilidad de todas. Pero cuando terminó el Hogwarts y la universidad, ya estaba preparada para la vida, a diferencia de las niñas que jamás habían hecho nada y no tenían ni idea de cómo enfrentarse a ello. Con veinticinco años, aquellas «niñas» aún volvían corriendo a sus padres para que las socorriesen.

La muchacha levantó la vista de la revista para transformar sus labios rosados de chicle en lo que pasó por ser una sonrisa profesional. Llevaba los ojos tan pintados con perfilador negro que parecían dos almendras en un pozo de polvo de carbón.

- ¿En qué puedo ayudarla?

El tono era competente, pensó Lily con alivio. A lo mejor la muchacha simplemente estaba en el limbo del maquillaje.

- ¿Tienen mapas de la ciudad y de la parroquia?

- Claro. - Condujo a Lily hasta una mesa en la que había un gran globo terráqueo-. Aquí están todos los mapas y atlas. Se actualizan todos los años, así que si necesita uno más antiguo tendrá que acudir a los archivos.

- No, necesito uno actual.

- Entonces lo tiene aquí. - La chica sacó un libro enorme que fácilmente mediría un metro de largo por más de medio de ancho, pero lo manejó con facilidad al posarlo sobre la mesa-Tenemos que sellar los mapas con plástico y ponerlos en el libro – explicó- Si no, los roban.

Lily sonrió y la chica se fue. Aquella solución tenía su lógica. Una cosa era plegar un mapa y metérselo en el bolsillo, pero hacer desaparecer una enorme hoja plastificada requeriría cierto ingenio.

No sabía si los Spellman vivían en la ciudad o en la parroquia. Miró primero el mapa urbano pasando el dedo por la lista de calles impresa en el reverso. Bingo. Anotó las coordenadas, buscó la página y rápidamente localizó MeadowIark Drive, en una subdivisión que no existía cuando ella vivía allí. Con un nombre así, debería haberlo supuesto. Los urbanistas formaban un colectivo que carecía de imaginación. Después de memorizar cómo llegar, volvió a dejar en su sitio el libro de mapas y se fue. La bibliotecaria estaba de nuevo enfrascada en su revista y no levantó la mirada cuando Lily pasó junto al mostrador.

Con lo pequeño que era Tutshill, le llevó menos de cinco minutos dar con MeadowIark Drive.

Aquella subdivisión incluía fincas de terreno vacío, en vez de solares solamente, de modo que había menos casas y estaban más separadas entre sí de lo normal. Probablemente en Tutshill tampoco habría muchas personas que pudieran permitirse construir allí, pues las viviendas parecían ser de la franja de los doscientos mil dólares. En el noreste y a lo largo de la costa oeste, valdrían fácilmente un millón.

La casa de los Spellman había sido diseñada al estilo de una villa mediterránea, cómodamente instalada entre enormes robles cubiertos de musgo español. Lily aparcó en la entrada y subió a pie por el sendero de ladrillos de color pardo que conducía a las dobles puertas de la vivienda. El timbre estaba disimulado entre unas volutas pero discretamente iluminado para que la gente lo viera. Lo apretó, y oyó cómo un sonido de campanas hacía eco por toda la casa.

Al cabo de unos instantes se oyó un rápido taconeo sobre suelo de baldosas, y se abrió la mitad derecha de la puerta revelando a una mujer muy guapa de mediana edad, elegantemente ataviada con unos pantalones entallados de ante y una túnica blanca. Tenía el cabello corto, de color castaño ceniza, una mata de rizos peinada hacia un lado, y llevaba unos pendientes de oro. En sus ojos azul oscuro se reflejó la sorpresa de reconocerla.

- Hola, soy Lilianne Black - dijo Lily, apresurándose a corregir la horrible suposición de la otra mujer de que se trataba de Elladora-. ¿Es usted la señora Spellman?

Rowena Spellman asintió con la cabeza, evidentemente sin habla debido a la impresión. Seguía mirando fijamente a Lily.

- Quisiera hablar con usted, si no tiene inconveniente. - Para inclinar la respuesta a su favor, dio un paso adelante. Rowena retrocedió, en un gesto involuntario de admisión.

- En realidad, no tengo mucho tiempo - dijo Rowena en tono de disculpa más que de impaciencia- . Voy a comer con una amiga.

Aquello resultaba creíble, a no ser que Rowena siempre se vistiera para estar en casa como si fuera la versión de la Hechizada en los años noventa.

- Diez minutos – prometió Lily.

Con una expresión de desconcierto, Rowena la condujo hasta un espacioso salón y ambas tomaron asiento.

- No es mi intención mirarla tanto, pero es que usted es la hija de Elladora Evans, ¿no es así? Había oído decir que estaba aquí, y el parecido... Bueno, estoy segura de que ya le habrán dicho que es asombroso.

A diferencia de mucha gente, en el tono de Rowena no había censura, y Liy descubrió que aquella mujer le caía bien.

- Me lo han mencionado algunas personas - dijo secamente, con lo cual provocó en su anfitriona una leve risa que hizo que le cayera aún mejor. Sin embargo, el hecho de que le gustase no la desvió de su intención- . Quisiera hacerle algunas preguntas sobre Charlus Potter, si me lo permite.

Las mejillas sonrosadas de colorete palidecieron un poco.

- ¿Sobre Charlus? - Le temblaron ligeramente las manos, y las entrelazó sobre el regazo—. ¿Por qué quiere preguntarme a mí?

Lily hizo una pausa.

- ¿Está usted sola? - preguntó por fin, pues no deseaba que su interlocutora tuviera ningún problema si alguien podía estar escuchando la conversación.

- Pues sí. LoweIl está en Londres esta semana.

Aquello era una suerte en cierto sentido, y no lo era en otro, porque, dependiendo de la conversación con Rowena, tal vez quisiera hablar también con Lowell. Respiró hondo y fue directamente al meollo de la cuestión.

- ¿Tenía usted una aventura con Charlus aquel verano, antes de que se fuera?

Los ojos azules se oscurecieron de angustia, y las mejillas palidecieron aún más. Rowena la miró fijamente mientras iban transcurriendo en silencio los minutos. Lily esperó una negativa, pero en vez de eso Yolanda lanzó un suspiro extrañamente suave.

- ¿Cómo lo ha descubierto?

- Haciendo preguntas. - No dijo que obviamente era de conocimiento común, para que lo supiera Ed Katlleburn. Si Rowena quería pensar que había sido discreta, pues que tuviera aquel dudoso consuelo.

- Ésa fue la única vez que le he sido infiel a Lowell. - La mujer desvió la mirada y se tiró nerviosamente de los pantalones.

- Estoy segura de ello - dijo Lily, porque Rowena parecía necesitar que la creyeran-. Por lo que me han dicho de Charlus Potter, era un experto en seducción.

Una leve sonrisa triste, involuntaria, tocó los labios de Rowena.

- Y lo era, pero no puedo echarle la culpa. Yo estaba decidida a acostarme con él antes incluso de trabar contacto. - Seguía haciendo movimientos nerviosos con los dedos, ahora acariciando el brazo del sillón-. Descubrí que LoweIl se entendía con su secretaria y que llevaba años haciéndolo. Me puse furiosa, qué quiere que le diga. Lo amenacé con toda clase de cosas si no la dejaba inmediatamente, y el divorcio fue la única que no suponía un daño físico. Él me rogó que no lo dejara, me juró que aquella mujer no significaba nada para él, que sólo era sexo y que no volvería a hacerlo... Ya sabe, esa clase de paparruchas. Pero lo pillé, ni tres semanas habían pasado. Hay que ver por qué tonterías se descubre a la gente. Una noche, al desvestirse, vi que tenía los calzoncillos vueltos del revés, con la etiqueta por este lado. La única manera en que podía llevarlos así era habiéndoselos quitado.

Sacudió la cabeza en un gesto negativo, como si no entendiera por qué no había sido más cuidadoso. Ahora las palabras fluían como un torrente de ella, como si las hubiera contenido durante doce años.- No le dije nada. Pero al día siguiente llamé a Charlus y le pedí que se encontrara conmigo en la casa de verano que tenía él junto al lago. LoweIl y yo, y algunos amigos más, habíamos estado allí haciendo barbacoas y meriendas, así que conocía el sitio.

¡Otra vez la casa de verano!, pensó Lily irónicamente. Entre padre e hijo, las sábanas de aquellos dos dormitorios debieron de estar siempre calientes.

- ¿Por qué eligió a Charlus? - inquirió.

Rowena la miró con sorpresa.

- Bueno, no iba a elegir a alguien repulsivo, ¿no? – explicó-. Si iba a tener una aventura, por lo menos quería que fuera con alguien que supiera lo que hacía, y a juzgar por la reputación que tenía Charlus, me pareció que él cumplía los requisitos. Además, Charlus era seguro. Tenía la intención de decirle a LoweIl lo que había hecho, porque, ¿de qué sirve la venganza si nadie se entera de ella?, y Charlus era lo bastante poderoso para que LoweIl no pudiera hacerle nada, si es que descubría su identidad. Por lo menos, yo pretendía mantener eso en secreto. Así que me encontré con Charlus en la casa de verano y le dije lo que quería. Él fue muy amable, muy razonable. Trató de convencerme de que no lo hiciera, ¡imagínese! ¡Fue una herida a mi ego!- Rowena sonrió y los ojos se le enturbiaron con los recuerdos-. Un hombre que ejercía de donjuán por todo el estado, y me rechazaba. Yo siempre me he considerado atractiva, pero era evidente que él no pensaba lo mismo. Me entraron ganas de gritar. Efectivamente, lloré un poquito, y Charlus se puso frenético. Era muy amable, un auténtico encanto con las mujeres. Las lágrimas lo ablandaban hasta convertirlo en papilla. Empezó a palmearme el hombro y explicarme que en realidad le parecía muy guapa y que le encantaría llevarme a la cama, pero que yo se lo estaba pidiendo por razones equivocadas y LoweIl era amigo suyo. Siguió hablando y hablando.

- ¿Pero por fin logró convencerlo?

- Le dije: «Si no es contigo, será con otro». Él me miró con aquellos ojos oscuros que le dan a una la impresión de ahogarse en ellos, y me di cuenta de que estaba preguntándose a quién elegiría yo a continuación. Estaba preocupado por mí, pensaba que iría a algún motel a buscar candidatos.

Me cogió la mano, la puso en su entrepierna, y vi que estaba listo. Entonces dijo: «Ya estoy», y me llevó al dormitorio.

Se estremeció ligeramente, con la mirada perdida, retrocediendo en el tiempo. Guardó silencio, y Lily esperó pacientemente a que revolviera entre sus recuerdos.

- ¿Se imagina? - dijo Rowena por fin con voz suave- Lo que es llevar veinte años casada, querer a tu marido y sentirte satisfecha en la cama, y de pronto descubrir que no tenías ni idea de lo que podía ser la pasión? Charlus era... Merlín, no puedo decirle lo que era Charlus como amante. Me hizo gritar, me hizo sentir y hacer cosas que yo no hacía... Tenía la intención de que fuera sólo aquella única vez. Pero pasamos allí la tarde entera, haciendo el amor.No se lo dije a Lowell. Si se lo hubiera dicho, habría puesto fin a mi venganza, y no podía hacerlo, no podía dejar de ver a Charlus. Nos veíamos por lo menos una vez por semana, si yo podía arreglármelas. Entonces fue cuando se marchó. -Miró a Lily como calibrando el efecto de la próxima frase-. Con su madre. Cuando me enteré, me pasé una semana llorando. Y entonces se lo conté a Lowell. Se puso furioso, naturalmente. Rabió y despotricó, y me amenazó con el divorcio. Yo me quedé sentada, mirándolo, sin discutir ni nada, y eso lo puso todavía más furibundo. Entonces le dije: "Deberías cerciorarte siempre de llevar los calzoncillos del derecho antes de volver a ponértelos", y frenó en seco y se me quedó mirando con la boca abierta. Sabía que había vuelto a pillarlo. Me levanté y me fui, y él fue detrás de mí como media hora después, llorando. Por fin hicimos las paces - terminó Rowena, ya en tono más ligero- . Que yo sepa, no ha vuelto a serme infiel.

- ¿Alguna vez ha sabido algo de Charlus?

Rowena negó lentamente con la cabeza.

- Al principio tuve la esperanza, pero... no, nunca me ha escrito ni llamado. -Le temblaron los labios y miró a Lily con una expresión de angustia en el rostro-. ¡Merlín! – Susurró- Lo amaba mucho.

Otra vía muerta, pensó Lily mientras conducía de vuelta a casa. Según Rowena, su marido no supo que tenía una aventura con Charlus hasta después de que éste hubiera desaparecido, lo cual dejaba a LoweIl fuera de toda sospecha. Rowena había sido demasiado franca, demasiado inconsciente siquiera de la posibilidad de que Charlus hubiera sido asesinado o de que podía haber alguna mínima razón por la que no debía desahogarse con Lily. En cambio, terminó aferrada a las manos de ella mientras lloraba por un hombre al que no había visto en doce años pero con el que había compartido un verano de pasión.

Finalmente había recuperado su aplomo, avergonzada y confusa.

- Dios mío, fíjese en la hora que es... Voy a llegar tarde. No sé por qué... Quiero decir, usted es una desconocida... Y yo, llorándole de esta manera, sin parar de hablar... Oh, cielo santo. - Esto último lo dijo al darse cuenta de todo lo que le había contado a aquella desconocida. Miró a Lily con consternación y horror.

Lily, sintiendo el impulso de consolarla, le había tocado el hombro y le había dicho:

- Necesitaba hablar de ello. Lo entiendo, y le juro que lo guardaré en secreto.

Tras unos segundos de tensión, Rowena se relajó.

- La creo. No sé por qué, pero la creo.

De modo que ahora a Lily no le quedaban sospechosos ni pistas, y no porque antes tuviera algo concreto por donde empezar. Lo único que tenía eran preguntas, y sus preguntas estaban molestando a alguien. La prueba se encontraba en la nota que había encontrado aquella mañana. No sabía si aquel papel sería indicativo de una conciencia culpable. Tampoco sabía qué más hacer, excepto seguir formulando preguntas. Tarde o temprano alguien sentiría el aguijón de reaccionar.

Si lograse mantenerse lo bastante ocupada, a lo mejor no pensaría en James.

Aquella teoría estaba resultando difícil de llevar a la práctica. Había evitado pensar en James sacándolo de su mente a la fuerza después de separarse de él la tarde anterior. Había hecho caso omiso del ansia sin satisfacer que sentía en el cuerpo, y se negaba a pensar en lo que había estado a punto de suceder entre ellos. Pero a pesar de su voluntad, su subconsciente la había traicionado y había introducido a James en sus sueños, de forma que a la mañana siguiente se despertó buscándolo con las manos. El sueño había sido tan vívido que terminó llorando de anhelo y desilusión.

Se le había acabado la resistencia; mejor era reconocerlo. Si él no hubiera dicho lo que dijo, ella se le habría entregado sobre la hierba. Su moral y sus principios no servían de nada cuando James la tomaba en sus brazos, tigres de papel que se desvanecían al primer beso.

Conforme iba descartando personas de su lista de sospechosos, la torre del móvil se inclinaba cada vez más hacia James. Era lógico. Emocionalmente, aquella idea se topaba con un total rechazo.

No podía ser James. ¡No podía ser él! No podía creerlo; no quería creerlo. El hombre que ella conocía era capaz de tomarse extraordinarias molestias para proteger a sus seres queridos, pero el asesinato a sangre fría no era una de ellas.

Su madre sabía quién era el asesino. Lily estaba tan segura de ello como jamás lo había estado de ninguna otra cosa. Sin embargo, requeriría esfuerzo conseguir que lo admitiera, pues le iba a suponer problemas. Elladora no era dada a actuar en contra de su propio interés, y desde luego menos por algo tan abstracto como la justicia. Lily la conocía bien; si la presionaba demasiado, huiría, en parte por miedo, pero la razón principal sería evitar crearse problemas. Después de haberle sonsacado aquella información acerca de la casa de verano, Lily sabía que tendría que dejar pasar un tiempo antes de volver a llamarla.

La caja le fue entregada al día siguiente.

Regresaba a casa de hacer la compra en la ciudad vecina, y después de transportarlo todo y guardarlo, fue al buzón a recoger el correo del día. Cuando abrió la tapa del enorme buzón vio el habitual surtido de facturas, revistas y publicidad, además de una caja depositada encima. La cogió con curiosidad; no había hecho ningún pedido, pero el peso de la caja resultaba intrigante. Las solapas estaban selladas con cinta adhesiva y en la parte superior habían sido garabateados su nombre y su dirección.

Lo llevó todo al interior de la casa y lo dejó sobre la mesa de la cocina. Extrajo un cuchillo del cajón, cortó la cinta adhesiva de la solapa y abrió las dos mitades, y después apartó el montón de papel de relleno usado para el embalaje.

Después de mirar horrorizada el contenido, se volvió y vomitó en el fregadero.

El gato no sólo estaba muerto, sino que había sido mutilado. Estaba envuelto en plástico, probablemente para que el olor no alertase a alguien antes de abrir la caja.

Lily no pensó, reaccionó de manera instintiva. Cuando cesaron los violentos espasmos, buscó a ciegas el teléfono. Cerró los ojos al oír la voz profunda y grave en el auricular y se aferró a él como si fuera un salvavidas.

- Jam…James - tartamudeó, y luego guardó silencio, con la mente en blanco. ¿Qué podía decirle?

¿Socorro, estoy asustada y te necesito? No tenía derecho a pedirle nada, su relación era una mezcla volátil de enemistad y deseo, y cualquier debilidad por su parte no haría sino proporcionarle otra arma. Pero estaba afectada y aterrorizada a un tiempo, y él era la única persona que se le ocurría a quien pedir ayuda.

- ¿Lilianne? - Algo de aquel terror suyo debió de hacerse evidente en la única palabra que había pronunciado, porque la voz de James se había vuelto muy calmada- ¿Qué sucede?

De espaldas a lo ofensivo que había encima de la mesa, Lily luchó por recobrar el control de la voz, pero aun así le salió como un susurro.

- Hay... un gato aquí - consiguió decir.

- ¿Un gato? ¿Te dan miedo los gatos?

Ella negó con la cabeza, y entonces cayó en la cuenta de que James no podía verla por el teléfono. No obstante, su silencio debió de hacerle pensar que la respuesta era afirmativa, porque dijo en tono tranquilizador:

- Tírale algo, eso lo espantará.

Lily volvió a sacudir la cabeza, esta vez con más vehemencia.

- No. - Aspiró profundamente-. Ayúdame.

- Está bien. - Evidentemente, había decidido que a ella la aterrorizaban demasiado los gatos para hacerse cargo ella sola de la situación, de modo que adoptó un tono enérgico y tranquilizador-. Voy para allá. Siéntate en alguna parte donde no lo veas, y yo me encargaré de él cuando llegue.

Colgó, y Lily siguió su consejo. No soportaba estar en la casa con aquella cosa, así que salió al porche y se sentó inmóvil en el columpio, esperando insensible a que llegara.

James llegó en menos de quince minutos, pero a ella le parecieron una eternidad. Su alta figura se desplegó del interior del jaguar y se dirigió hacia el porche con aquella forma suya de andar, airosa y suelta, y una leve sonrisa de condescendencia masculina en los labios, el héroe que acude a salvar a la damisela en apuros de la bestia feroz. Lily no se ofendió; que pensara lo que quisiera, con tal de que la librase de aquella cosa que tenía en la cocina. Lo miró fijamente, con una palidez tal en la cara que la sonrisa de James se esfumó.

- No estarás de verdad asustada, ¿no? - le preguntó con suavidad al tiempo que se agachaba en cuclillas frente a ella y le tomaba una mano en las suyas. Lily tenía los dedos helados a pesar de lo caluroso del día- ¿Dónde está?

- En la cocina - respondió Lily con los labios tensos- . Encima de la mesa.

James le palmeó el hombro para consolarla, se incorporó y abrió la puerta de rejilla. Lily escuchó sus pasos al cruzar el cuarto de estar y entrar en la cocina.

- ¡Jodido cabrón hijo de puta! - lo oyó exclamar, y después otra sarta de tacos más. Luego, la puerta trasera que se cerraba de golpe. Se cubrió el rostro con las manos. ¡Oh Merlín!, debería habérselo advertido, no debería haber dejado que se llevase la misma impresión que se había llevado ella, pero sencillamente no había sido capaz de decir las palabras correctas.

Minutos más tarde James regresó a la parte frontal de la casa y volvió a subir los escalones del porche. Tenía la mandíbula apretada con fuerza y una expresión de frialdad en los ojos que Lily jamás había visto antes, pero esta vez su cólera no iba contra ella.

-Ya está -dijo, todavía en aquel tono amable-. Me he librado de él. Ven adentro, pequeña. - La rodeó con el brazo y la instó a levantarse del columpio y entrar en la casa. La guió hasta la cocina; ella se puso tensa y trató de soltarse, pero James no se lo permitió-. No pasa nada -la calmó, y la obligó a sentarse en una silla—. Pareces un poco impresionada. ¿Qué tienes de beber por aquí?

- En el frigorífico hay té y zumo de naranja - contestó Lily con voz débil.

- Me refería a algo que lleve alcohol. ¿Tienes vino? ella negó con la cabeza.

- No bebo alcohol.

A pesar de la furia que brillaba en sus ojos, James sonrió.

- Puritana - dijo en tono blando-. Está bien, zumo de naranja. - Cogió un vaso del armarlo y lo llenó, y a continuación se lo puso a Lily en la mano—. Bébetelo entero mientras yo hago una llamada.

Ella bebió obediente, más porque le proporcionaba algo en que concentrarse que porque le apeteciera. James abrió el listín telefónico, recorrió la primera página con el dedo y marcó el número.

- Con Walter, por favor.

Lily levantó la cabeza, más despejada de pronto. James la miró fijamente, con una expresión que la desafiaba a protestar.

-Walter, Soy James. ¿Podrías venir a casa de Lilianne Evans? Sí, es la antigua de los Cleburne. Acaba de recibir una sorpresa un tanto desagradable con el correo. Un gato muerto... Sí, también hay una de ésas.

Cuando colgó el teléfono, Lily se aclaró la garganta.

-¿A qué te refieres al decir una de ésas?

- Una carta de amenaza. ¿No la has visto?

Lily negó con la cabeza.

- No. Lo único que he visto ha sido el gato. - Un escalofrío la recorrió de arriba abajo haciendo que el vaso le temblara en la mano.

James empezó a abrir y cerrar puertas.

- ¿Qué estás buscando? - quiso saber.

- El café. Después del azúcar para contrarrestar la impresión, necesitas una fuerte dosis de cafeína.

- Lo guardo en el frigorífico. En la balda de arriba.

James cogió la lata y ella le indicó dónde estaban los filtros. Hizo el café con cierta competencia, para ser un hombre rico que probablemente nunca lo hacía en su casa, se dijo Lily sintiendo un ramalazo de diversión por dentro.

Una vez que el café estuvo en marcha, James acercó otra silla y se sentó frente a ella, tan cerca que las piernas de ambos se tocaron, las suyas por fuera de las de Lily, en un cálido abrazo. No le preguntó qué había sucedido, pues sabía que pronto se lo contaría todo a la policía a los aurores (a quien quiera que halla llamado), y ella se sintió agradecida. Se limitó a quedarse sentado, prestándole su calor y el consuelo de su cercanía.

Aquellos ojos oscuros clavados en su rostro como si estudiara la posibilidad de echarle el zumo por encima si no se lo bebía tan deprisa como él creía que debía hacerlo.

Para prevenir semejante acción, Lily tomó un buen trago del zumo y de hecho notó un ligero alivio de la tensión muscular.

- No te atrevas –musitó-. Estoy haciendo todo lo posible para no tirármelo encima otra vez.

La gravedad del semblante de James se aligeró un poco.

- ¿Cómo has sabido lo que estaba pensando?

- Por la forma de mirar el vaso y luego a mí. - Bebió otro sorbo- . Pensaba que llamarías a…-no alcanzó a terminar.

- Se ha jubilado. – James tuvo el pensamiento fugaz de que el recuerdo que tenía Lily de la policía, en especial a quien se refería, no era agradable, y se preguntó si sería por eso por lo que lo había mirado tan alarmada cuando él llamó- . Te va a gustar Walter. ¿Qué tal como nombre irlandés? Es joven para el trabajo, y todavía se interesa por seguir las técnicas modernas.

Walter también había estado presente aquella noche, recordó James, pero Lily no lo sabría, probablemente no lo reconocería. En el estado en que se encontraba, seguramente los agentes no eran más que figuras uniformadas sin rostro. Tan sólo él y los aurores, que estaban apartados a un lado, se la habrían grabado en la memoria.

Aquella desconcertante contradicción tomó forma en su mente. Resultaba obvio que Lily se sentía reacia a ver a la policía, pero en ningún momento había mostrado esa inquietud al tratar con él mismo. Había sido atrevida, provocativa, enloquecedora, y sobre todo frustrante, pero nunca había mostrado la menor vacilación en estar en su compañía.

La vacilación tampoco era algo que lo preocupase. ¿Por qué, si no, cuando recibió su llamada, supuestamente para sacar un fastidioso gato de su casa, había cancelado enseguida una reunión de trabajo y había ido hasta allí lo más rápido posible, todavía oyendo las airadas protestas de Belvina?

Lily lo había llamado pidiendo que la ayudase, y por mínimo que fuese el problema, la ayudaría si estaba en su mano. Resultó que el problema no era ínfimo, y todo su instinto de protección se sintió escandalizado. Tenía la intención de averiguar quién había hecho algo tan asqueroso, porque lo iba a pasar muy mal. Le dolían los puños por la necesidad de estrellarlos contra la cara del culpable.

- ¿Por qué no se te ocurrió que podía haber sido yo? - preguntó con suavidad, su atención fija en la cara de Lily para captar cualquier cambio de expresión- Yo he estado intentando obligarte a que te vayas de aquí, así que sería lógico que yo fuera la persona de quien primero sospechases.

Lily ya estaba negando con la cabeza antes de que él terminara de hablar, y el movimiento hizo que la resplandeciente cortina que formaba su cabello se meciera contra su rostro.

- Tú no harías algo así - dijo con absoluta convicción-. Como tampoco me habrías dejado la primera nota.

Él guardó silencio durante unos instantes, distraído por el placer que le provocaba la confianza que Lily tenía en él.

- ¿Qué nota? - Pronunció la última palabra con aspereza.

- Ayer, cuando salí, había una nota en el asiento delantero del coche.

- ¿Lo has denunciado?

Ella volvió a negar con la cabeza.

- No era una amenaza concreta.

- ¿Qué decía?

La mirada que le dirigió esta vez era ligeramente angustiada, y James se preguntó por qué.

- Cito textualmente: Cierra la boca si sabes lo que te conviene.

El café estaba listo. Él se levantó y sirvió una taza para cada uno.

- ¿Cómo lo tomas? - preguntó en tono ausente, pues aún seguía pensando en la nota y en el paquete, el cual sí había venido acompañado de una amenaza más concreta. Sintió aletear una furia fría, siniestra, en su interior, apenas controlada.

- Solo.

Le entregó la taza a Lily y volvió a sentarse en la postura original, lo bastante cerca para tocarla. Lily era más experta que nadie en leerle la expresión de la cara, y de hecho debió de ver algo que la alarmó, porque se lanzó a una de aquellas maniobras de desvío típicas de ella.

- Antes tomaba el café con mucho azúcar, pero el señor Pensrose es diabético. Decía que era más fácil renunciar a todo lo dulce que hacer el tonto con edulcorantes artificiales, de modo que en aquella casa no había nada que se pudiera usar. Lo habrían comprado para mí si se lo hubiera pedido, pero no quise imponerles...

Si su intención era distraerlo, pensó James irritado, lo había conseguido. Incluso reconociendo la maniobra, ésta no perdió efectividad, porque Lily empleó un cebo muy interesante.

- ¿Quién es el señor Pensrose? - le preguntó, interrumpiendo el torrente de palabras. Sintió el aguijón de los celos y se preguntó si Lily le estaría hablando de algún tipo con el que había vivido antes de mudarse a Tutshill.

Aquellos ojos verdes de expresión soñolienta parpadearon al mirarlo.

- Los Pensrose eran mis padres adoptivos.

Un hogar adoptivo. Dios santo. Sintió una fría garra que le retorcía las entrañas. Había imaginado que la vida de Lily había continuado de modo muy parecido a como era antes. Siendo realista, un buen hogar adoptivo habría sido preferible con mucho a la clase de vida que había tenido hasta entonces, pero nunca resultaba fácil para los niños perder a su familia, por muy podrida que estuviera, y marcharse a vivir con desconocidos. Encontrar un buen hogar era como echarlo a los dados, en el mejor de los casos. Eran muchos los niños que sufrían abusos en su hogar adoptivo, y para una niña con la apariencia de Lily...

El crujido de la grava indicó la llegada de Walter.

- Quédate aquí - masculló James, y salió por la puerta de atrás. Hizo una seña a Walter al tiempo que la forma larguirucha de éste se desdoblaba para apearse del coche patrulla, y fue hasta la parte trasera de la casa, donde había dejado la caja.

Walter fue a su encuentro y contrajo su pecosa cara por el asco al mirar el contenido.

- En este trabajo tengo que ver muchas cosas repugnantes - dijo en tono familiar, agachándose en cuclillas junto a la caja- pero algunas todavía me revuelven el estómago. ¿Cómo diablos se le puede hacer esto a un pobre animal indefenso? ¿Has manipulado mucho la caja?

- Sólo para sacarla aquí fuera. He tenido cuidado de tocar solamente la esquina delantera izquierda y la trasera derecha. No sé cuánto la habrá manipulado Lily antes de abrirla. Yo he utilizado un bolígrafo para abrir las solapas – añadió- En una de ellas hay un mensaje.

Walter sacó su varita y con un pequeño hechizo elevó la solapa. Frunció los labios al leer el mensaje, impreso en letras mayúsculas en el cartón con un rotulador:

LÁRGATE DE TUTSHILL O TERMINARÁS IGUAL QUE EL GATO - Voy a llevármela a ver si puedo conseguir alguna huella. El plástico será donde más pueda haberlas, ya que no está alterado. - Lanzó una mirada hacia la casa- . ¿Ella se encuentra bien?

- Estaba muy nerviosa cuando llegué yo, pero ahora ya se ha tranquilizado.

- De acuerdo. – nuevamente usando la varita, Walter cerró las solapas y se quedó mirando la caja durante unos segundos, y después soltó un gruñido.

James la miró también y vio lo que se le había pasado por alto la primera vez.

- Mierda. No lleva matasellos. Estaba encima del resto del correo, de modo que pensé que había llegado por correo también.

- No. La han entregado en mano. Vamos a ver si ha oído algo o ha visto algún coche.

Entraron en la cocina, y James vio que Lily seguía sentada donde él la había dejado, tomándose el café. Levantó la vista, ya aparentemente calmada, pero él sospechó que aquel control pendía de un hilo.

Lily se puso de pie inmediatamente, mirando a Walter.

- Señora. - Él se tocó el sombrero con los dedos- . Soy Walter. ¿Se encuentra bien para responder a unas preguntas?

- Por supuesto - repuso ella- . ¿Quiere un café?

- Por favor.

- ¿Azúcar o crema de leche?

- Azúcar.

Una vez cumplida la cortesía social, Lily regresó a su silla. James se quedó de pie a su lado, apoyado en la enorme mesa. Walter se acomodó junto al fregadero con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos.

- ¿Dónde encontró la caja? – preguntó.

- En el buzón.

- No lleva matasellos. No se la han enviado por correo, de modo que doy por sentado que se la dejaron en el buzón después de la entrega del correo. Se supone que nadie usa el buzón excepto el servicio postal, así que el cartero probablemente la habría sacado. ¿Oyó la furgoneta del correo o vio pasar algún otro coche?

Lily negó con la cabeza.

- No estaba aquí. Estaba haciendo la compra. Vine a casa, guardé las provisiones y salí a recoger el correo.

- ¿Hay alguien que esté enfadado con usted? ¿Alguien que pudiera enviarle un gato muerto para ajustar cuentas?

Otra negativa.

- Ayer se encontró una nota en el coche - intervino James.

- ¿Qué clase de nota? ¿Qué decía?

- Que cerrase la boca si sabía lo que me convenía - informó Lily.

- ¿La conserva?

Lanzó un suspiro, dirigió a James una mirada de cautela y fue a buscar la nota. Volvió sosteniendo el papel por una esquina.

- Déjelo sobre la encimera - dijo Walter- No quiero tocarlo.

Ella obedeció, y James se puso al lado de Walter para leer el texto. Estaba escrito con las mismas letras mayúsculas que adornaban el cartón de la caja: «No hagas más preguntas acerca de Charlus Potter. Cierra la boca si sabes lo que te conviene». James le disparó una mirada irritada, comprendiendo por qué lo había mirado con cautela.

- Está bien – gruñó-. ¿Qué has estado tramando ahora?

- Yo sé tanto como tú - replicó Lily en un tono suave que James empezó a pensar que ocultaba tanto como revelaba.

- Bien. - Walter estiró el mentón-. ¿Qué tiene que ver con esto tu padre, James?

- Aquí, la señorita entrometida ha estado haciendo preguntas sobre él por toda la ciudad. - La miró con cara de pocos amigos.

- ¿Por qué iba eso a sacar a alguien de quicio hasta el punto de enviar una nota como ésta y dejar un gato muerto en el buzón?

- Me ha sacado de quicio a mí - dijo James con franqueza- No quiero que por ningún motivo Belvina ni mi madre se vean afectadas por revolver otra vez todo aquel viejo escándalo. No sé a quién puede fastidiarlo tanto.

Walter guardó silencio, con sus ojos azules semicerrados mientras reflexionaba.

- Aparentemente - dijo por fin, despacio- tú eres el más sospechoso, James. - Lily inició inmediatamente una protesta, pero él la mandó callar con un gesto-. Supongo que también lo sabía usted, por lo de la nota - le dijo a Lily- . A si que eso me hace preguntarme por qué lo llamó a él en vez de llamar a la oficina de aurores o a la policía.

- Sabía que él no había dejado la nota ni la caja.

- No es ningún secreto que a ti no te hizo ninguna gracia que ella volviera aquí - dijo Walter, mirando a James.

- Así es. Y sigue sin gustarme. - La dura boca de James se curvó en una sonrisa sin humor- . Pero las notas con amenazas y los gatos muertos no son mi estilo. Yo libro mis batallas a cielo abierto.

- Diablos, ya lo sé. Sólo trato de saber por qué la señora Black te llamó a ti.

James lanzó un bufido.

- Imagínatelo.

- Creo que ya me lo he imaginado.

- Entonces deja de hacer el gilipollas.

Walter no se dio por ofendido, sino que se limitó a sonreír. Un instante después adoptó de nuevo una actitud profesional.

- Necesito que los dos vengan al palacio de justicia para tomarles las huellas dactilares y examinar la caja y la nota por si hay otras que no coincidan. Además, señora Black, tendrá que hacer una declaración.

- De acuerdo. Voy por las llaves. - Lily se puso de pie y James la cogió del brazo.

- Ya te llevo yo.

- No es necesario que vuelvas hasta aquí...

- He dicho que te llevo yo. - Le dirigió una mirada implacable, imponiéndole su voluntad. Ella pareció irritada pero no protestó más, y el Walter sonrió de nuevo.

James la condujo afuera y la depositó en el lujoso asiento de cuero del jaguar.

- No tienes por qué llevarme - dijo malhumorada mientras se abrochaba el cinturón de seguridad.

- Por supuesto que sí, si quiero hablar contigo.

- ¿Qué hay que decir?

James arrancó el coche y salió marcha atrás de la entrada para seguir al coche de Walter.

- Es evidente que algún loco te la tiene jurada. Estarás mucho más segura lejos de Tutshill.

Lily desvió el rostro y fijó la vista en la ventanilla.

- No has tardado mucho en sacar el tema - replicó.

- Mira que eres terca. ¿Es que no te das cuenta de que esa cabecita pelirroja tuya puede correr peligro?

15

Lily iba hirviendo de furia para cuando salió de la oficina de auores, aunque mayormente había logrado controlar su genio. James la había presionado durante todo el camino para convencerla de que se marchara de Tutshill, y para más irritación suya, el capitán Walter se había mostrado de acuerdo en que tal vez no estuviera del todo a salvo, viviendo sola y sin vecinos cerca. Lily había señalado que si se fuera cesaría el acoso, jamás averiguarían quién había hecho aquello, y el culpable se iría tan contento al ver que su táctica había funcionado. Ella no estaba dispuesta a darle aquella satisfacción.

Walter coindicó que su lógica era aplastante y su valentía envidiable, pero que brillaba por su falta de sentido común. Podía resultar herida de verdad.

Lily convino con él en aquella valoración, y se negó tercamente a ceder un centímetro. Ahora que ya se le había pasado el tembleque, veía la causa y el efecto. El gato muerto significaba, de algún modo, que había estado muy cerca de descubrir qué le había sucedido realmente a Charlus, y si se marchara en aquel momento nunca lo sabría con seguridad. El agente y James pensaban que alguien la estaba acosando; ella sabía que la cosa era más grave. Tenía que luchar contra la tentación de decirles lo que creía que había detrás de lo del gato y las notas; si se extendía el rumor de que ella estaba sugiriendo que Charlus había sido asesinado, ello advertiría al culpable y lo haría aún más difícil de capturar. De modo que guardó silencio, y la frustración de hacerlo era lo que le producía aquella irritación.

Podía hacer caso omiso de los comentarios de cualquiera en el sentido de que debía marcharse, pero los de James le llegaban al corazón. Sus sugerencias en tono afectuoso hacía mucho que se habían deteriorado y transformado en duras exigencias para cuando salieron de la oficina de aurores para emprender el camino de vuelta a casa.

- ¡Por última vez, no! - gritó Lily, al menos por quinta vez, cuando entraba en el coche. Varias cabezas se giraron hacia ella.

- ¡Maldición! – ladró James. Para ser un hombre que quería evitar los chismorreos, aquel día se había lucido. Su Jaguar no era un automóvil que pasara inadvertido fácilmente, y Lily era una mujer que hacía volver cabezas. Muchas personas habrían notado que él la había llevado en coche al centro del pueblo, había entrado con ella en la administración y salido con ella del mismo, por no mencionar el hecho de que le estaba chillando. En fin, no había nada que pudiera hacer al respecto; dadas las mismas circunstancias por las que había pasado aquel día, haría lo mismo otra vez.

Lily abrochó los dos extremos del cinturón de seguridad.

- Ya sé que tú no has tenido nada que ver con el gato muerto ni con las notas - le dijo en tono iracundo- . Pero no puedes evitar aprovecharte de ello en tu propio beneficio, ¿verdad? Desde el primer día estás deseando que me vaya, y para ti resulta inaceptable que no puedas obligarme a hacer lo que tú quieres.

Él le dirigió una mirada torva, peligrosa, mientras sorteaba el tráfico de la plaza.

- Ni se te ocurra pensar algo así - dijo en voz baja- . Si quisiera, podría obligarte a salir de aquí en media hora. Pero he decidido no hacerlo.

- No me digas - replicó Lily en un tono teñido de incredulidad-. ¿Y para qué andarse con amenazas?

- Por dos razones. Una es que no te merecías lo que sucedió hace doce años, y yo no tenía intención de volver a tratarte así. -Desvió la vista de la calle el tiempo suficiente para recorrer de arriba abajo el cuerpo de Lily, haciendo hincapié en los senos y los muslos-. Ya sabes cuál es la segunda razón.

Aquella verdad vibró un instante entre ambos, justo por debajo del punto de ebullición. James la deseaba. Lily lo sabía... bueno, casi desde el principio, ciertamente desde aquel beso incendiario de Chepstow. Pero la deseaba con sus condiciones; quería instalarla en una casita en algún sitio que no fuese Tutshill, completamente fuera de la parroquia, para que su lío con ella no molestase a su familia. Aquellas circunstancias serían perfectas para él porque conseguiría sus dos objetivos de un solo plumazo.

- No pienso permitir que me escondas como si yo fuera algo vergonzoso - dijo, con mirada vehemente y dura, fija en el parabrisas-. Si no eres capaz de relacionarte conmigo abiertamente, pues déjame en paz de una vez.

James descargó el puño contra el volante.

- ¡Maldita sea, Lily! Ese gato muerto no te lo ha enviado el comité de bienvenida. ¡Estoy pensando en tu seguridad! Sí, me gustaría horrores que te mudases a otro sitio. Mi madre me pone de los nervios, sin embargo eso no significa que quiera hacerle daño. ¿Es que tengo que pedir disculpas por quererla a pesar de todo? Tú sabes enfrentarte a las situaciones difíciles, pero ella no. Yo soy un cabrón avaricioso, quiero lo mejor para ella y tenerte también a ti. Si te fueras a otra parte, podríamos mantener una relación satisfactoria, ¡Y yo no tendría que preocuparme de que te estuviera acechando un puto maníaco!

- Entonces no te preocupes. Ya me preocuparé yo.

James emitió un sonido de rabia y frustración contenidas.

- No piensas ceder ni un milímetro, ¿verdad?

Una vez más, Lily tuvo que luchar contra el impulso de decirle que tenía sus motivos para seguir en su obstinación, motivos que estaban al margen de la relación personal entre ambos. Pero estando de aquel humor, de todas formas no la creería.

Ya habían salido de la ciudad y por la carretera circulaba muy poco tráfico. Pronto se desviaron a una carretera secundaria que conducía a la casa de Lily. En realidad, nunca se había percatado de lo aislada que estaba su casa, por lo menos no desde el punto de vista de su propia vulnerabilidad.

Había disfrutado de la paz y la quietud, de la sensación de espacio. Maldito fuera aquel enemigo desconocido, invisible, por haber destruido el placer que le proporcionaba haber regresado por fin al hogar.

No volvió a decir nada hasta que James la dejó frente a la entrada. Eran las últimas horas de la tarde y el sol poniente bañaba el pequeño edificio con una luz dorada. En muy poco tiempo se había hecho a vivir allí, rodeada por sus cosas, sus paredes, bajo un tejado que era suyo. ¿Marcharse de allí? Le resultaba impensable.

- Dime una cosa - le dijo a James con una mano en el tirador de la portezuela - No quiero tener un romance contigo, viva donde viva. ¿Sirve eso para disminuir tu preocupación por mi seguridad?

James la detuvo cerrando los dedos sobre su muñeca y reteniéndola dentro del coche. Tenía los ojos oscurecidos por la ira, pero no respondió a aquella pregunta insultante, sino que se limitó a replicar:

- Puedo hacerte cambiar de idea. Los dos lo sabemos.

Lily abrió la puerta y él la dejó salir, contento de haber tenido la última palabra. Con frecuencia era así, pensó Lily. James tenía el empeño de llevar la conversación más lejos de lo que ella pretendía, para que su único recurso fuera el silencio.

Sintió que él la observaba desde el coche hasta que estuvo a salvo en el interior de la casa.

Tenía razón, maldito fuera. Sí que podía hacerla cambiar de idea, con poco o nulo esfuerzo. Lo de ella había sido una provocación, pero no una mentira. Era verdad que no quería tener un romance con él, pero eso no quería decir que fuera capaz de resistirse. Si él hubiera insistido en entrar en la casa con ella, después de un beso probablemente se habría dejado llevar directamente al dormitorio. Luego sería cuando vendría el arrepentimiento.

- James, ¿en qué demonios estabas pensando? - preguntó Barty irritado-. Eso de llevarla a la ciudad y discutir con ella delante del palacio de justicia. Merlín, te ha visto la mitad del pueblo, y la otra mitad se ha enterado de todo a la media hora.

Belvina alzó la vista y miró a James atónita. A éste le entraron ganas de estrangular a Barty por haber sacado el tema delante de su hermana.

- Intentaba convencerla de que se fuera -replicó brevemente y sin siquiera mirar directamente a Belvina, aunque vio cómo se aliviaba la tensión en ella-. Hay alguien que le está jugando malas pasadas. Hoy le han dejado un gato muerto en el buzón del correo.

- ¿Un gato muerto? - Barty compuso una mueca-. Eso es asqueroso. Pero, ¿qué hacía ella en tu coche?

- Cuando lo encontró, me llamó...

- ¿Por qué te llamó a ti? —exigió saber Belvina, resentida.

- Porque sí. – James sabía que su respuesta era brusca y reservada, pero no le importó- . Llamé a Walter, y fue a casa de Lily. Quiso que los dos fuéramos al palacio de justicia para que tomaran nuestras huellas... - Belvina lanzó una exclamación-... y Lilianne todavía estaba muy nerviosa, de modo que la llevé en mi coche.

- ¿Para qué necesitaban tomar vuestras huellas? – preguntó Belvina, indignada—. ¿Es que ella te acusó de ser el culpable? De todas formas- repuso- las huella no son necesarias, perfectamente podría haber sido un mago…Lo que me parece más obvio.

- No, pero toqué la caja. Si Walter no supiera qué huellas eran las nuestras, no podría averiguar si había alguna del hijo de puta que dejó el paquete.

Belvina se mordió el labio.

- ¿Y ha averiguado algo?

- No lo sé. Cuando Lily terminó de presentar declaración, la llevé a su casa.

- ¿Va a marcharse? - inquirió Barty.

- No, maldita sea. - James se pasó la mano por el pelo, nervioso-. Se ha vuelto de lo más terca.- De eso, nada; era terca de nacimiento. Separó la silla del escritorio y se puso de pie- . Voy a salir.

- ¿Ahora?- preguntó Belvina, desconcertada—. ¿Adónde?

- Sólo quiero salir. - Estaba inquieto y agitado como un semental que hubiera olfateado a una yegua en celo y no pudiera alcanzarla. La sangre le latía en las venas, lo instaba a la acción, a cualquier acción. Tenía la sensación de que se estaba fraguando una violenta tormenta, pero el tiempo estaba en calma, y la falta de truenos lo frustraba-. No sé a qué hora volveré. Mañana nos pondremos con esos documentos, Barty.

Perpleja y preocupada, Belvina lo contempló mientras salía con gesto airado de la habitación.

Se mordió un poco más el labio. Su hermano tenía pinta de estar enredándose cada vez más con aquella Evans. No comprendía cómo podía hacer semejante cosa, después de todas las desgracias que había les causado. ¡Y Walter había acudido a su casa! No quería verlo en ningún sitio en el que estuviera Lilianne; las mujeres de los Evans eran arañas que tejían telas para atrapar hombres bastante incautos como para merodear por las inmediaciones.

Bartemius sacudió la cabeza, también con una mirada de preocupación.

- Voy a despedirme de tu madre - dijo, y se dirigió al piso de arriba. Dorea se había retirado a su propio cuarto de estar no mucho después de la cena con la excusa de sentirse cansada, pero lo cierto era que sencillamente allí se encontraba más cómoda.

Barty permaneció allá arriba media hora. Belvina aún estaba sentada en el estudio cuando lo oyó bajar las escaleras, más despacio que cuando las subió. Él fue hasta la puerta de la sala y se detuvo, mirándola a ella. Belvina levantó la cabeza y lo miró fijamente, angustiada. La mano de Barty se acercó al interruptor de la luz. Belvina se quedó helada de miedo, conteniendo la respiración, cuando él apagó la luz.

- Amor mío- dijo Barty, y ella supo que se lo decía a la mujer que estaba en el piso de arriba.

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Lily vagaba por la casa, incapaz de leer ni ver la televisión. A pesar de haber insistido en quedarse, estaba más alterada de lo que quería admitir. Tuvo que obligarse a entrar en la cocina, pues el recuerdo de aquella caja sobre la mesa aún era muy fuerte. Supuso un alivio ver la superficie vacía, descubrir que aquella asociación se desvanecía al prepararse una frugal cena. Frugal o no, sólo pudo comerse la mitad.

Volvió a llamar a Elladora. Sabía que era pronto, pero fue algún débil instinto, enterrado hacía tiempo, lo que la hizo acudir a su madre, no tanto en busca de consuelo sino porque entre ambas existía un vínculo al margen del parentesco: los hombres de la familia Potter.

Para alivio suyo, contestó Elladora. Si hubiera contestado su abuela, sabía que Elladora no habría querido ponerse al teléfono.

- Mamá - dijo, y se sintió desconcertada al notar que le temblaba un poco la voz-. Necesito ayuda.

Se produjo un silencio al otro extremo de la línea, y después Elladora dijo con cautela:

- ¿Qué ocurre? -La preocupación maternal no era una reacción natural en ella.

- Me han dejado un gato muerto en el buzón del correo y también he recibido un par de notas de amenaza que me dicen que deje de hacer preguntas o terminaré igual que el gato. No sé quién me está haciendo esto...

- ¿Qué preguntas?

Lily titubeó, temerosa de que Elladora le colgara el teléfono.

- Acerca de Charlus- reconoció.

- ¡Maldita sea, Lily! - vociferó Elladora-. Te dije que no fueras fisgoneando por ahí, pero no me has hecho caso. No, tú te empeñas en revolver la mierda, y claro, ahora huele que apesta. ¡Si no cierras el pico vas a terminar muerta!

- A Charlus lo mataron, ¿verdad? Tú sabes quién fue, por eso te marchaste.

Por el hilo sonó la respiración de Elladora, áspera y agitada.

- No te metas en eso - le rogó- . No puedo decirlo, prometí no decir nada. Él tiene mi pulsera, dijo que me acusaría a mí del asesinato si me iba de la lengua, que dejaría la pulsera donde pareciera que Charlus y yo nos habíamos peleado y que yo lo maté.

Después de semanas sospechando, de someter a examen viejos rumores y acabar continuamente en callejones sin salida, resultaba sorprendente oír de pronto la verdad. Necesitó unos momentos para recuperarse de la impresión, para asimilarla.

- Tú querías a Charlus - dijo, dejando entrever su convicción en el tono de voz-. No podrías haberlo matado.

Elladora rompió a llorar. No fueron sollozos sonoros, destinados a suscitar compasión; se notaba que estaba llorando por un súbito enronquecimiento del tono.

- Es el único hombre al que he querido en mi vida - dijo, y Lily supo que tanto si lo había amado de verdad como si no, ella creía que sí, y aquello ya era suficiente.

- ¿Qué ocurrió, mamá?

- No puedo decirlo...

- Mamá, por favor. -Lily, desesperada, buscó en su mente una razón que significase algo para Elladora. Haría falta mucho para superar el básico egocentrismo de su madre, y en aquel caso en realidad no podía censurarla por haber ido en pos del número uno. Lo único que siempre había sido más grande que el egoísmo de Elladora era su avaricia - ... Mamá, para todo el mundo Charlus sigue estando vivo en alguna parte. No lo han declarado muerto, de modo que eso significa que no se ha leído su testamento.

Elladora sorbió, pero la palabra "testamento", atrajo su atención.

- ¿Y qué?

- Pues que si te dejó algo a ti, estará en su testamento. Podrías encontrarte con un montón de dinero que te he estado esperando todos estos años.

- Siempre decía que cuidaría de mí. - La voz de Elladora se tiñó de una nota de queja y autocompasión. Respiró hondo para tranquilizarse y Lily casi llegó a oír que había tomado una decisión-. Nos encontramos en la casa de verano, como siempre - relató Elladora—. Ya lo habíamos...ya sabes... hecho. Estábamos tumbados en la oscuridad cuando llegó un coche. No sabíamos quién era…, y Charlus se levantó y cogió los pantalones, temiendo que fuera uno de sus hijos. Nunca se preocupaba en absoluto por su mujer, porque sabía que no le importaba.Fueron a hablar al cobertizo para botes. Yo los oí gritar, así que me vestí y bajé allí. Justo cuando yo llegaba, Charlus abrió la puerta y salió. Entonces se paró, miró hacia atrás y, jamás se me olvidará, dijo: "Ya lo tengo decidido". Entonces fue cuando vi un rayo de luz verde que iluminó la habitación completa y luego un disparo. Se desplomó en la hierba, enfrente mismo del cobertizo. Yo me arrodillé a su lado, chillando y llorando, pero antes de tocar el suelo ya estaba muerto. Ni se movía.

- ¿Fue James? - preguntó Lily en tono angustiado. No podía ser. James, no. Pero tenía que preguntarlo- . ¿Mató James a su padre?

- ¿James? - Percibió una nota de perplejidad a través de las lágrimas- No, no fue James. No estaba allí.

No había sido James. Gracias, Dios mío. No había sido él. Por mucho que se hubiera repetido a sí misma que él no podía haberlo hecho, debía de quedar alguna duda recóndita, porque de pronto experimentó un súbito alivio, un aligeramiento del espíritu.

- Mamá... Mamá, nadie se creería que fuiste tú quien disparó a Charlus ¿Por qué no acudiste a alguien?

- ¿Estás de broma? – Elladora soltó una carcajada áspera que terminó en un sollozo-. La gente de ese pueblo se creería cualquier cosa de mí. La mayoría de ellos se alegrarían de verme detenida aunque supieran a ciencia cierta que era inocente. Además, él lo tenía todo pensado...

- ¡Pero si ni siquiera llevabas una pistola y no eres bruja como para haberlo asesinado con magia!

- ¡Él iba a matarme a mí también!, si no le prometía marcharme y no regresar nunca, y no decir nunca nada a nadie. Es muy fuerte, Lily, lo bastante para hacerlo, es como ustedes, el es…es…Mago. Yo intenté forcejear, pero me golpeó y no pude escapar...

- ¿Por qué no te mató, entonces? - quiso saber Lily, tratando de encontrarle alguna lógica al hecho de que un asesino dejase suelto a un testigo deliberadamente, lo único que en ese momento era lógico y parecía una pista era que el asesino era mago. Sin embargo, ese dato, en un pueblo como lo era Tutshill eso no servía de nada…

Elladora no pudo contestar durante unos instantes, lloraba demasiado. Por fin aspiró profundamente y recuperó el control de la voz.

- No... No tenía la intención de matar a Charlus, dijo que se había vuelto loco de rabia. Tampoco quería matarme a mí. Dijo que me fuera y se quedó con mi pulsera. Me advirtió que si volvía, podía hacer que pareciera que yo había matado a Charlus y me condenarían a la pena capital. ¡Es capaz de hacerlo, tú no lo conoces! - Después de gritar la última frase, y una vez más se deshizo en profundos sollozos.

A Lily también le escocían los ojos. Por primera vez sintió lástima de su madre. Pobre Elladora, sin estudios ni amigos, con aquella vida desordenada y aquella falta de responsabilidad, había sido el primer objetivo para cualquiera que quisiera hacerla pasar como culpable. Había visto cómo mataban al único hombre que había amado, el hombre del que dependía para que le hiciera la vida fácil, y después la habían amenazado a ella con culparla de su muerte. No, el asesino la había calibrado bien; no había peligro de que Elladora acudiera a la policía, ni menos a las autoridades mágicas (considerando que ella era muggle). Seguramente se creyó todo lo que él dijo, y con razón.

- No te preocupes, mamá - le dijo amable- No te preocupes.

- Tú... ¿no irás a decir nada? Esto tiene que ser un secreto entre nosotras, de lo contrario él hará que me detengan, estoy segura...

- Yo no permitiré que te detenga nadie, te lo prometo. ¿Sabes qué hizo con el cadáver?

Elladora hipó, pillada por sorpresa.

- ¿El cadáver? - preguntó en tono vago- Supongo que lo enterraría en alguna parte.

Aquello era posible, pero, ¿habría perdido el tiempo el asesino en cavar una fosa, una fosa que pudiera resultar visible, teniendo el lago allí mismo? No había más que poner un lastre al cadáver, y quedaba resuelto el problema de deshacerse de él.

-¿Tenía algo más que una varita?¿una pistola? ¿La viste, aparte de sentir el sonido?- si había una arma de por medio, parecía más lógico que quisiera inculpar a Elladora.

- Yo no sé nada de pistolas. Era una pistola, es lo único que sé, menos de esos palos de madera como las que tu tenías.

- ¿Era un revólver como los que usan en las películas, con esa cámara redonda donde se meten las balas, o era una pistola de las que llevan el cartucho dentro de la culata?- Ignoró el detalle de su varita. Estaba más que claro que habían asesinado a Charlus con magia, el arma, era solo un distractor más para toda la farsa.

- De las del cartucho en la culata - dijo tras una breve pausa.

Eso quería decir que el casquillo habría salido despedido y estaría dentro del cobertizo para botes. El asesino tenía un cadáver del que deshacerse y un testigo al que aterrorizar para que huyera.

¿Se habría acordado del casquillo y habría vuelto a recuperarlo?

¿Qué posibilidades había de que el casquillo estuviera allí después de doce años? Casi ninguna. Pero aquel lugar había caído en desuso tras la desaparición de Charlus, así que era probable que el cobertizo sólo hubiera tenido una limpieza mínima. El casquillo podría haber ido a caer dentro del bote, o incluso en el agua, y haberse perdido para siempre.

También podía haber aterrizado en un rincón o detrás de algún objeto. Cosas más raras habían sucedido.

- No digas nada - suplicó Elladora-. Por favor, no digas nada. No deberías haber ido a vivir ahí, Lily; ahora él te está persiguiendo a ti también. Márchate antes de que te pase algo, tú no lo conoces...

- Puede que sí. ¿Quién es, mamá? A lo mejor puedo hacer algo...

En aquel instante Elladora colgó el teléfono e interrumpió la conexión en medio de un sollozo.

Lily devolvió lentamente el auricular a su sitio. Aquella noche se había enterado de muchas cosas, pero no de las suficientes. La más importante de todas era que James era inocente. La más frustrante, que todavía no tenía ni idea de quién era el culpable.

El asesino era un hombre. Aquello eliminaba a Nola y a Rowena, aunque para entonces hubiera decidido ya que probablemente no eran culpables. En principio, LoweIl Spellman no se enteró de la aventura de su mujer con Charlus hasta después de que esta desapareciera, pero como en aquel pueblo los chismorreos se extendían como pólvora encendida, era muy posible que algún entrometido se hubiera encargado de ilustrar al marido engañado. No importaba que el engañado se hubiera estado tirando a su secretaria, eso era algo distinta. De modo que LoweIl tenía que seguir figurando en la lista.

¿Quién podría haber discutido con Charlus aquella noche, y por qué? ¿Alguien relacionado con su trabajo, que estuviera molesto por algún tejemaneje financiero? Por la forma en que se movía él, era más probable que se tratase de un marido enfurecido. ¿Con quién más se estaba acostando aquel verano?

No podía encontrar la respuesta a aquellas preguntas esa misma noche. Sin embargo, sí podría ver por sí misma si había o no un casquillo suelto aún abandonado en el interior del cobertizo para botes.

Consultó el reloj. Eran las nueve y media. Si iba a hacerlo, aquél era el mejor momento, pues había muchas menos posibilidades de toparse con James y, por lo tanto, muchas más de evitarlo.

Lily no era de las que se acobardan después de tomar una decisión, aunque aquella vez se tomó el tiempo suficiente para ponerse un calzado más recio. De camino a la puerta cogió una linterna, y salió.

Al principio condujo directamente hacia la casa de verano, pero en el último minuto cambió de idea. Podía verla alguien tomando aquella carretera y alertar a los Potter, lo cual no le convenía en absoluto. Y si el dios de la mala suerte le sonriera por segunda vez, y hubiera alguien en la casa de verano, no quería que los faros del coche la delataran demasiado pronto.

Así que se dirigió al mismo sitio donde había aparcado la vez anterior, incluso aunque ello implicase andar un kilómetro y medio por el bosque de noche. Para ella no suponía ningún problema; nunca le había dado miedo la oscuridad, ni tampoco las serpientes ni otros habitantes del bosque, aunque cogió su varita para estar segura, por si acaso se tropezaba con una serpiente antes de que la tímida criatura pudiera huir.

Por la noche el bosque estaba lleno de sonidos y murmullos que provocaban los animales nocturnos ocupados en sus actividades: Las zarigüeyas y los mapaches trepaban a los árboles, los búhos ululaban, las ranas croaban, los insectos zumbaban, las aves nocturnas gritaban y los grillos cantaban con frenesí. La brisa añadía su propio susurro a aquella cacofonía y los pinos se mecían suavemente. Lily no se dio prisa, pues quería cerciorarse de que no se salía de la pista; cuando llegó al pequeño arroyo, exactamente al mismo punto por el que siempre lo había cruzado, sonrió por la exactitud de sus antiguos instintos. Se detuvo un momento para alumbrar con la varita a su alrededor y asegurarse de que no hubiera culebras de agua venenosas bañándose en el riachuelo, y acto seguido pisó en la piedra plana que había en medio de la corriente y de ahí saltó a la otra orilla.

Desde allí sólo quedaban unos doscientos metros hasta la casa.

Cinco minutos más tarde se detuvo al borde del claro para hacer inventario antes de abandonar el refugio de los árboles. La casa estaba a oscuras y en silencio. Escuchó atentamente, pero no oyó más que los sonidos normales de la noche. El lago murmuraba lamiendo los pilotes del embarcadero y su superficie cristalina se rizaba ocasionalmente con un soplo de brisa que perturbaba el reflejo de la luna casi llena. Los peces que se alimentaban por la noche añadían más rizos al agua y alguna que otra salpicadura a aquella sutil conmoción.

Lily descendió sin hacer ruido por la ligera pendiente en dirección a la casa.

No sabía lo que haría si el cobertizo para botes estaba cerrado con llave, lo cual era muy probable, por supuesto, aunque en la ocasión anterior se había encontrado la casa abierta. Pero también estaba James; pudo haber abierto la casa con algún hechizo y entrado para cerciorarse de que no hubiera nada destrozado.

Si ella fuera una aventurera de verdad, pensó irónicamente, podría pasar nadando por debajo de la pared del cobertizo y aparecer junto al bote, si es que la puerta esta protegida por medio de sortilegios. Y al diablo con las puertas cerradas con llave.

Ni por asomo.

Bucear de noche no era precisamente su deporte favorito. La sola idea de quedarse en ropa interior y meterse debajo de aquellas aguas oscuras ya bastaba para provocarle escalofríos. Si el cobertizo había permanecido cerrado todos aquellos años, probablemente estaría habitado por ratones, serpientes, ardillas, tal vez un mapache o dos, y toda esa fauna se vería sorprendida por un visitante que surgiera de repente del agua. No, prefería con mucho dar tiempo de sobra a los ocupantes del cobertizo para que pusieran pies en polvorosa, y advertirlos de su llegada zarandeando las cerraduras o quizá rompiendo una ventana, si es que había alguna. Nunca se había fijado.

El cobertizo para botes se elevaba sobre el agua negra y resplandeciente, con sus paredes blancas de aspecto fantasmal a la luz de la luna. Cuando cruzó el camino de grava, dirigió el haz de la varita iluminada hacia la zona frontal de las anchas puertas y reprimió un gemido de decepción. Había un candado grueso y brillante de acero inoxidable que enganchaba ambos pasadores y aseguraba las puertas. Si se tratara de una puerta normal, podría haberla abierto, pero no podía hacer nada con aquel enorme candado. Ahora su único recurso era una ventana.

En la pared que daba al embarcadero no había ventanas, sólo una superficie lisa y vacía. Fue hasta el otro lado, y contempló con una mezcla de sentimientos un ventanuco que parecía un ojo negro en una cara blanca. La buena noticia era que se trataba en efecto de una ventana, con un cristal que se podía romper; la mala era que el terreno firme acababa como treinta centímetros antes, debajo de ella. Además, estaba lo bastante alta como para que le resultara difícil izarse a sí misma hasta allí; no imposible, si se empeñaba en hacerlo, pero sí decididamente difícil.

En eso una mano muy caliente y firme se cerró sobre su brazo desnudo y la obligó a darse la vuelta de un tirón, contra un cuerpo duro y musculoso.

- Ya te dije lo que te iba a hacer si volvía a pillarte aquí - dijo James con suavidad.

16

La llevó hasta el porche, donde la rejilla los protegería de los mosquitos y otros insectos que picaban. Aterrorizada casi hasta la histeria por la brusca aparición de James, un pánico que no cedió demasiado al reconocerlo, Lily no pudo hacer otra cosa que aferrarse de sus hombros al tiempo que él la levantaba en brazos y se apresuraba a llevarla al interior de la casa.

Casi de inmediato se vio sumergida en una densa marea de deseo que la arrastraba por debajo del nivel de la razón o de la voluntad. Protestar no era una alternativa; las necesidades de su cuerpo, durante tanto tiempo suprimidas, enseguida se impusieron y apartaron a un lado todo raciocinio. Temblaba para cuando James le soltó las piernas y dejó que su cuerpo resbalara hacia abajo, a lo largo del suyo, en una dulce fricción que provocó una excitación casi dolorosa. Ya era hora. Merlín, ya era más que hora. Lo deseaba con un ansia ciega, feroz, que no admitía más retraso, y se agarró a él con el cuerpo flexible, dispuesto.

James la apoyó de espaldas contra una de las columnas cuadradas que sostenían el porche y la sujetó allí. A pesar del resplandor de la luna, aquel lugar estaba oscuro, oscuro y acogedor, perfumado con los aromas del verano y el propio olor intenso y almizclado de James. Respiraba deprisa, con urgencia, al tiempo que se inclinaba pesadamente contra ella para abrirse paso hacia la suave blandura de su cuerpo.

Hundió los dedos en su mata de pelo y le sostuvo la cabeza con sus manos grandes y poderosas para mantenerla quieta para la profunda incursión de su lengua en la boca. Estaba plenamente excitado.

Lily gimió contra su boca, torciéndose deseosa contra él, intentando elevarse lo suficiente. Se sentía dolida y vacía, muy vacía.

James tenía la camisa abierta. La piel de los hombros en la que se hundían los dedos de Lily estaba cubierta por tela, pero el pecho se veía desnudo. Palpó su piel, brillante de sudor, y la suavidad de su torso. Los pechos se le tensaron.

James separó su boca de la de ella, buscando aire, mientras su pecho se movía igual que un fuelle a cada inspiración. Lily se pasó la lengua por los labios inflamados para percibir su sabor y le rodeó el cuello con los brazos para atraerlo. Él cedió en el acto, con boca dura y mordiente, con una fuerza primitiva que excitó a Lily más allá de lo que jamás había conocido.

James tomó los dos senos en las manos para masajearlos con fuerza, y el alivio fue tan intenso que Lily dejó escapar un leve gemido tanto de placer como de deseo, pero en cuestión de segundos aquello resultó insuficiente. James reconoció aquel deseo, o tal vez el suyo era igual, porque asió la pechera de la blusa de Lily y la abrió de un tirón que hizo saltar los botones con un ruido atronador dentro de la burbuja de silencio que los rodeaba. Con una mano, soltó el cierre frontal del sujetador y apartó las copas hacia los lados para exponer la firme curva de aquellos pechos a su boca hambrienta y exigente. Le pasó un brazo por debajo de las nalgas y la levantó al tiempo que su boca resbalaba hasta sus senos dejando un rastro de humedad allí por donde iba pasando los labios. Su boca se topó con un pezón erguido, y lo succionó con vehemencia, provocando en Lily una sensación parecida a un intenso aguijoneo que la hizo arquearse contra él, como si pretendiera apartarlo. Él respondió sujetándola con más fuerza, agarrándola de las nalgas y frotando su miembro erecto contra el suave pliegue de la entrepierna de ella. La descarada sexualidad de sus movimientos desató una llamarada en Lily, que se sintió irremediablemente arrastrada hacia el túnel oscuro y resbaladizo que conducía al clímax.

Luchó contra ello; no quería que aquella fiebre desatada terminase tan pronto. Se encogió contra el pilar de madera tratando de separar las caderas de aquella dura protuberancia, pero no pudo, el brazo que le sostenía las nalgas la mantenía amoldada a James y le permitía un movimiento tan escaso que ni siquiera podía cerrar las piernas. Sintió una tensión crecer en la parte inferior del cuerpo, una tensión que iba aumentando, aumentando...

James volvió a dejarla de pie en el suelo y tiró de la falda para subírsela hasta la cintura. Lily se inclinó débilmente contra la columna, con todos los sentidos aturdidos por la velocidad y la violencia con que estaba sucediendo aquello. Recordó vagamente aquella ocasión en la que lo vio haciendo el amor, despacio y con ternura, con voz tranquilizadora y cariñosa, musitando palabras de amor. Creía que iba a ser algo así, pero en cambio se veía atrapada en un torbellino como Dorothy de El mago de Oz, lanzada a un territorio inexplorado. Se habían arrojado el uno sobre el otro como animales, incapaces de frenar ni de inyectar un poco de ternura en aquel acto, y a ella eso no la preocupaba. La urgencia era demasiado fuerte, demasiado inmediata.

James agarró la mano izquierda con su falda y la levantó y apartó hacia un lado, mientras con la derecha le bajaba las bragas. Lily sintió el contacto del aire de la noche en las nalgas desnudas; aquello le provocó una sensación de dolorosa vulnerabilidad, y se estremeció entre las manos de James. Él le bajó las bragas hasta las rodillas, luego alzó un pie y lo apoyó en la entrepierna de la prenda para empujarla hasta el suelo. Lily oyó el ruido de la tela al romperse y emitió una débil protesta, pero sintió que le caía a los pies y que él la izaba para sacarla de lo que quedaba de la prenda.

La sujetó contra la columna y le abrió los muslos para introducirse entre ellos. La cabeza de Lily cayó hacia atrás. Oía su propia respiración jadeante mientras aguardaba con insoportable espera la violenta embestida que llenaría su vacío y aplacaría aquel doloroso deseo. La mano de James se movió con frenesí entre los cuerpos de ambos luchando con el cinturón, tirando del cierre de los vaqueros, y el roce de aquellos nudillos contra su carne húmeda y anhelante bastó para hacerla gritar de ganas. James consiguió abrir la cremallera, y su miembro tensó saltó afuera y empezó a buscar los pliegues de Lily entre las piernas.

- Quiero follarte - murmuró de forma ininteligible, en un tono áspero y grave, al tiempo que alzaba un poco a Lily para ajustar su posición.

Su mano seguía aún entre los dos cuerpos, sus manos se movían con seguridad sobre la carne de ella. Encontró la hendidura blanda y húmeda e introdujo un dedo en ella para sacar la humedad hacia afuera y así preparar el terreno para entrar él. Lily se estremeció, con los brazos fuertemente ceñidos alrededor de su cuello mientras aquel largo dedo frotaba tejidos de exquisita sensibilidad y provocaba explosiones subterráneas de placer. Sus músculos internos se cerraron sobre el dedo intruso apretándolo en una sutil caricia, y James juró con una excitación salvaje. Sin poder esperar más, retiró el dedo y guió la ancha cabeza de su pene hacia el lugar adecuado.

Lily se quedó inmóvil, congelada por la enorme presión que experimentó entre las piernas cuando él comenzó a empujar. La fiebre del deseo se esfumó, sustituida por la alarma. En un fogonazo de lucidez recordó el grito de sorpresa y pánico de Violetta Partain cuando James la penetró, y ahora supo a qué se debía. Entonces su mente quedó en blanco, centrada tan sólo en la polla gruesa y maciza que iba entrando en su cuerpo a cada embestida. James gruñía por la dificultad de la penetración, con el cuerpo entero en tensión.

Lily se retorció en sus brazos igual que un gusano en un anzuelo, emitiendo pequeños gemidos de angustia. James se detuvo con el rostro bañado en un sudor que goteaba sobre los pechos desnudos de Lily y trazaba diminutos regueros de humedad. Luchó desesperadamente por conservar el control, en un esfuerzo que le contraía las entrañas.

-Chist, chist -susurró apretando los labios contra la delicada curva del mentón de Lily. Aquel sonido fue un mero susurro tranquilizador que se disipó en la brisa de la noche-. No pasa nada, nena. Puedes con ello. Tú quédate quieta y déjame entrar. No te voy a hacer daño, voy a ser muy lento y suave.

Mientras hablaba empezó a mover las caderas adelante y atrás, unos movimientos ligeros que indujeron a los músculos de ella a relajarse para permitir que cada nueva embestida le permitiera deslizarse más profundamente en su carne caliente, húmeda e increíblemente prieta. Lily gimió temblorosa en sus brazos. Él sintió cómo arqueaba el cuerpo de forma convulsiva en un esfuerzo instintivo por aceptarlo y adaptarse a él; James trató de controlar el movimiento, pero ya era demasiado tarde. El brusco movimiento de torsión la empaló sobre la rígida polla de él, introducida hasta la empuñadura, y la vaina candente del cuerpo de Lily le causó la misma sensación que si todo el cuerpo le explotara.

Aquella impresión hizo eco en Lily. Se dejó caer pesadamente en los brazos de James con la cabeza inclinada hacia atrás como una margarita con el tallo roto. El férreo control de James se hizo añicos, y sus caderas iniciaron un movimiento similar al de una taladradora, entrando y saliendo de ella. Lily permaneció colgada, sostenida sólo por el movimiento del cuerpo de James y por el pilar de madera que tenía a la espalda. Durante un espacio de tiempo imposible de medir, sus sentidos quedaron reducidos al retumbar de su corazón y al intenso martilleo del cuerpo de James dentro del suyo, que la machacaba sin descanso. Se aferró de su camisa retorciendo la tela en un intento de soportar el trance, zarandeada irremediablemente en aquella violenta descarga de lujuria.

En aquel momento James se detuvo y de su garganta surgió un gruñido al percibir en la tensión de su cuerpo el repliegue físico y mental de Lily.

Lily intentó hablar, pero no pudo decir nada. No puedo hacerlo, pensaba, sin embargo no podía articular palabra alguna. El Clímax, que hacía poco lo veía acercarse inminente, ahora parecía fuera de su alcance del todo. Se sentía dolorosamente dilatada, empalada, al margen del placer.

Pero James ajustó su posición enganchando los brazos por debajo de los muslos de ella y manteniéndolos muy separados al tiempo que la sujetaba con su peso contra la columna. Lily se sintió completamente abierta, incapaz de controlar ni reaccionar a las embestidas de él. James liberó una mano durante breves instantes, buscó el pequeño capullo en la parte superior del sexo de Lily y utilizó el pulgar y el índice para abrir los labios que lo protegían y dejarlo al descubierto. Volvió a corregir la postura y se adentró más en Lily para poder presionar el pequeño capullo, y entonces comenzó a empujar de nuevo.

Lily sintió como un ramalazo que le recorría todo el cuerpo y se concentraba entre sus piernas.

No tenía defensa alguna contra aquella oleada de sensaciones, que se intensificaban despiadadamente a cada arremetida. James sabía exactamente lo que hacía, que era forzarla inexorablemente hacia el orgasmo. En cuestión de segundos estaba gimiendo nuevamente de deseo; en menos de un minuto sintió que la invadía la furia, y gritó con la fuerza de la liberación arqueando todo el cuerpo y estremeciéndose en los dominantes brazos de James. Aquella sensación continuó sin cesar, con tal intensidad que no fue consciente de nada más, reducida a un ser totalmente físico.

Sus espasmos apenas habían comenzado a ceder cuando comenzaron los de James, que se sacudió violentamente bajo ellos, con la cabeza echada hacia atrás y el cuello en tensión, vibrante.

Un gruñido ronco y profundo le nació del pecho y se repitió una y otra vez al ritmo del bombeo de sus caderas.

Los momentos siguientes transcurrieron en silencio, puntuados tan sólo por la aspereza de la respiración agitada de ambos y algún que otro gemido o gruñido ocasional, involuntario, cuando las terminaciones nerviosas rezagadas se agitaban con algún resto de placer. Lily estaba aturdida, la cabeza colgando hacia delante, contra el hombro de James. Éste se había dejado caer en los brazos de ella, y la columna los sostenía a ambos. Allí donde la piel desnuda se tocaba, el sudor los adhería el uno al otro. Los dos tenían la ropa empapada y retorcida. Lily se sentía tan entumecida como si acabara de librar una batalla.

La respiración de James fue aquietándose y recuperó el control de sí mismo, como si cada movimiento le supusiera un esfuerzo. Su corazón retumbaba contra el pecho de ella, latiendo pesada y lentamente

James estaba estupefacto, impresionado en lo más vivo por la intensidad de lo que acababa de suceder. Aquello no era sexo. Ya había tenido mucho sexo, más veces de las que podía contar. El sexo era un Placer, a veces suave, a veces lascivo; un apetito, persistente pero fácilmente satisfecho.

Sin embargo, lo que acababa de experimentar con Lily fue potente e imparable como una avalancha, un fuego que lo dejó chamuscado y ya necesitado de sentir la misma llama otra vez.

Sentía el cuerpo leve y tierno de ella temblar en sus brazos y deseó acostarse con ella, consolarla y luego comenzar de nuevo. Lo deseaba con una violencia tal que le contrajo las entrañas. Pero como no confiaba en ser capaz de contenerse, dejó caer los brazos.

Aturdido, un solo pensamiento le vino a la mente.

-Merlín - dijo con la voz aún ronca por el intenso orgasmo-. Si follar con Elladora era así, ahora entiendo por qué mi padre no podía apartarse de ella.

Lily se quedó petrificada y el delicioso calor del apareamiento se transformó en hielo al oír la mordacidad de aquellas palabras. No reaccionó a aquella insultante crudeza, aunque sí le causó efecto. Si James se había propuesto hacerla sentirse barata, lo había logrado de forma admirable. La humillación y la angustia se adueñaron de su estómago y la obligaron a apretar los dientes para reprimir una súbita náusea. Ella había experimentado la sensación que si el corazón abandonara su cuerpo, pero para él había sido... ¿qué? ¿Una especie de represalia? Como Elladora estaba fuera de su alcance, ¿se había vengado en su hija?

Volvió a ordenarse la ropa sin mirarlo siquiera. Tenía el sujetador retorcido, pero por fin consiguió abrochar el cierre. A la blusa no le quedaban botones, de modo que se anudó los faldones a la cintura. Se agachó para recoger las bragas con la intención de ponérselas, pero estaban destrozadas. El rubor le inundó el rostro, pero gracias a Dios la oscuridad ocultó aquel arrebato de vergüenza.

En silencio, se guardó la frágil prenda en el bolsillo de la falda y dio media vuelta para echar a andar con toda la dignidad posible, dadas las circunstancias. Pero no era mucha. ¿Cómo podía una mujer conservar su dignidad cuando acababa de ser tomada, de pie, con la elegancia y la ternura de un marinero que lleva seis meses sin ver una mujer y se folla a una ramera en un callejón? Las piernas le temblaban como un flan, tenía la pelvis dolorida por el esfuerzo y, lo que era aún peor, sentía la humedad del semen de James entre los muslos.

Abrió la puerta de rejilla y bajó los escalones con pie inseguro. La Varita estaba donde la había dejado, y el haz de luz iluminaba las hojas de hierba y los insectos que revoloteaban atraídos hacia ella. La recogió del suelo, y en el momento de incorporarse chocó contra James. Se le antojó que se movía igual que un fantasma; no lo había oído salir del porche. Lo dejó a un lado, pero él la agarró del brazo y la obligó a detenerse.

- ¿Adónde diablos crees que vas?

- A mi coche.

James soltó un bufido.

- Si no te dejo volver andando sola durante el día, puedes tener la seguridad de que tampoco lo vas a hacer por la noche.

Lily percibió la tensión y la rabia en él, pero estaba demasiado exhausta y asqueada para preocuparse de ello. Se zafó suavemente del brazo que la sujetaba, todavía sin mirarlo.

- Yo crecí andando por estos bosques, no necesito escolta.

- Entra en el coche - dijo James con aquel tono suave y acerado que indicaba que ya había tomado la decisión y no iba a cambiarla-. Te llevo yo.

¿Qué coche? Desconcertada, Lily miró a su alrededor. Hasta aquel momento no había tenido tiempo de preguntarse cómo había llegado él a la casa de verano. Entonces vio el jaguar, aparcado a un costado de la casa en vez de la entrada. Como siempre, se había aproximado desde el otro lado, por eso no lo había visto. ¿Qué malvado genio lo había inducido a aparcar allí, en lugar del camino de entrada? Si ella hubiera visto el coche, en ningún momento habría abandonado la seguridad de la arboleda.

James la estaba empujando en dirección al coche, y Lily no perdió el tiempo en discutir.

Simplemente quería librarse de él, y la manera más rápida de hacerlo era rindiéndose y terminando de una vez.

James abrió la portezuela del coche e instó a Lily a entrar apoyándole una mano en la espalda.

Ella se sentó exhalando un suspiro de alivio por no tener que sostenerse sobre sus piernas temblorosas. Él fue hasta el otro lado y se deslizó detrás del volante. Sus poderosas manos actuaron con competencia y seguridad al arrancar el motor y poner la palanca de transmisión en la posición adecuada.

- ¿Has aparcado en el mismo sitio que la otra vez? - preguntó a Lily en un tono que rezumaba rabia contenida.

- Sí - murmuró ella, y luego guardó silencio. Mantener aquel silencio parecía ser al mismo tiempo lo más seguro y lo más fácil de hacer, así que se concentró en contemplar fijamente los árboles oscuros que pasaban junto a la ventanilla.

El camino discurría alrededor del lago, luego entraron en la carretera, y después James tuvo que tomar otra salida hacia el camino de tierra que en otro tiempo había conducido al hogar de Lily.

Llegar hasta allí no llevó mucho menos tiempo que si hubiera ido a pie, pero a pesar de toda la tensión, dio las gracias de no haber tenido que poner a prueba sus piernas con aquel temblor. Lo más probable era que se hubiera tropezado con todas las raíces y rocas del camino.

El Jaguar dobló la curva ronroneando y entonces apareció el coche de Lily. Se palpó buscando las llaves, y sus dedos encontraron un bolsillo vacío. Una sensación de pánico le atenazó las entrañas.

- He perdido las llaves - dijo con un hilo de voz. Naturalmente. Había tenido la falda prácticamente subida hasta la cabeza. Habría sido un milagro que las llaves hubieran permanecido dentro del bolsillo.

- Toma. - Un pequeño anillo aterrizó en su regazo-. Yo las he recogido.

Su mano fría se cerró sobre las llaves al tiempo que James detenía el Jaguar junto a su coche, y ella abrió la portezuela antes de que a él le diera tiempo de soltar el embrague y apagar el motor.

Salió dando tumbos, sin hacer caso de James, que le decía que aguardase, y buscó frenéticamente entre las llaves que tenía en la mano la que servía para abrir el coche. La encontró, y la hizo girar dentro de la cerradura. James estaba ya fuera del jaguar, rodeándolo por delante en dirección a ella.

Lily abrió la puerta de su coche de un tirón y se deslizó al interior.

James dijo:

-Lilianne.

Pero ella introdujo la llave en el contacto y arrancó, luego accionó la palanca de cambios y empezó a moverse con la puerta todavía abierta. Se inclinó y la cerró, arrancándola de las manos de James, y lo dejó allí de pie mientras daba marcha atrás demasiado deprisa por el camino hasta que encontró un espacio lo bastante ancho para dar la vuelta al coche.

James se quedó en medio del camino, contemplando las luces de los faros virar alocadamente, seguidas por los puntos rojos de las luces de posición hasta que desaparecieron de la vista. Tenía las manos cerradas en dos puños, tensas por el esfuerzo que le suponía reprimirse para no meterse en su coche y lanzarse detrás de Lily. Estaba tan temblorosa, había soportado tanta tensión, que la más ligera presión adicional podría hacer que se viniera abajo. Si la perseguía, era muy probable que se fuera directamente contra un árbol.

Regresó al coche maldiciendo furioso por lo bajo. Si se pudiera alcanzar el trasero, se habría dado una patada en él. ¡Merlín, tenía que decir precisamente lo más idiota, imbécil, lo más cruel de todo! No le pasó inadvertida la ironía que encerraba aquello. Había hablado con palabras dulces a más mujeres de las que recordaba, y ninguna de ellas había significado ni un comino para él. Pero con Lily, que era capaz de contraerle las entrañas, se las había arreglado para decir exactamente lo peor posible. Ella se había replegado inmediatamente, toda aquella pasión maravillosa se había convertido en cenizas, la expresión de su cara se había vuelto lisa y vacía como la de una muñeca.

Ya había visto aquella misma expresión otra vez, en otra noche que no olvidaría jamás, y rezó a Dios para no volver a verla nunca.

Los tumultuosos acontecimientos de aquel día también lo habían dejado a él un tanto tembloroso. Primero fue lo de encontrarse aquel maldito gato muerto en la cocina de Lily, después la frustración de intentar persuadirla de que podía estar en peligro, maldita sea, y de que por su bien debería marcharse deTutshill. Pero decirle aquello fue como hablar con un poste, excepto que el poste por lo menos no discutía con uno. Tenía aquella mirada tenaz, aquel gesto de levantar la barbilla, y seguía en sus trece más terca que una mula. Luego vino el enfado de Barty por haberla llevado en su coche, como si estuviera contaminada, maldita sea, y Belvina se había comportado como si él le hubiera dado una bofetada con un pescado.

Había ido hasta el lago en busca de soledad completa, y se había sentado en el porche apoyado en la pared, contemplando el reflejo de la luna en el agua y reflexionando sobre los irritantes sucesos del día cuando apareció Lily, silenciosa como un fantasma. Se la quedó mirando, sin creer lo que veían sus ojos, luchando contra el acceso de furia que le produjo ver que evidentemente había venido caminando por el bosque de noche, porque estaba claro que no había llegado en coche.

La vio dirigirse recto hacia el cobertizo para botes y recorrerlo con el haz de la varita. ¿Qué diablos andaría buscando? Era la segunda vez que la pillaba merodeando por aquel lugar.

Y entonces fue cuando lo asaltó la lujuria, borrando todo lo demás. La había advertido, y el hecho de que ella estuviera allí significaba que estaba dispuesta a pagar el precio.

Deseaba creer que podría haberse detenido si Lily hubiera dicho que no, sin embargo, se alegraba de no haber hecho la prueba. Lily no había dicho que no, no había dicho nada, sino en que en vez de eso se había retorcido contra él como si intentara meterse debajo de su piel, y aquello le había hecho perder la cabeza por completo. Se mostró dulce y ardiente, arqueando el cuerpo bajo su contacto, ofreciendo su boca tierna y apasionada. En aquel momento nada ni nadie podría haberlo separado de ella, y aún le temblaba el cuerpo al recordarlo En cierta ocasión la había llamado puritana, y había dado justo en el blanco. Sacudió la cabeza en un gesto negativo, todavía intentando comprender lo que había conocido de ella aquella noche.

Lilianne Evans Black, la hija de un borracho y de una puta, no bebía, no fumaba y no follaba. Había conocido a vírgenes que no eran tan estrechas. Probablemente era virgen cuando se casó, y de pronto tuvo la certeza de que él era el único hombre que había estado con ella desde la muerte de su marido. A pesar de toda aquella ardiente sensualidad con la que había reaccionado, era un tanto mojigata; no juzgaba a los demás, pero ciertamente ella se guiaba por normas muy estrictas.

Era a causa de sus padres, por supuesto. Después de haberse criado como se había criado, estaba decidida a no parecerse nunca a ellos.

Para James, no había problema en ello, siempre que Lily no intentase atrincherarse y alejarse de él. Tenía la impresión de que aquello era precisamente lo que iba a hacer, y por nada del mundo iba él a permitir que se saliera con la suya.

No pienses en ello. No pienses en él.

Lily se despertó temprano de un sueño inquieto, con los ojos pesados y la misma sensación de cansancio que cuando se acostó. La noche anterior había apartado a James de sus pensamientos, haciendo caso omiso de la vibración que aún persistía después de que él hubiera usado su cuerpo, incluso lo borró de su mente mientras se daba una ducha para lavar toda prueba de aquel uso. Pero a pesar de todo, su fuerza de voluntad la traicionó. El subconsciente introdujo a James en sus sueños, de modo que al despertarse se descubrió a sí misma buscándolo con las manos, y con el cuerpo temblando de deseo por él.

Durante cuatro años había reprimido las necesidades de su cuerpo con tal firmeza que terminaron siendo casi inexistentes, pero en lo que concernía a James no poseía el mismo control.

Más le valía admitirlo. La noche pasada él la había excitado despiadadamente, la había forzado a llegar a un final que no logró comprender, y ahora su cuerpo quería más. Por lo visto, no importaba que estuviera rígida y dolorida ni que él la hubiera desconcertado con palabras hirientes; físicamente, lo deseaba. Quería más de aquel placer violento y devastador. No sabía que pudiera ser así, y el descubrimiento la había dejado a la vez humillada y atónita.

James la había tratado como una puta. Había seducido a Violetta Partain con paciencia y ternura; ella lo había visto, de modo que conocía la diferencia. A Violetta le había murmurado palabras de amor en francés, y a ella frases sexuales anglosajonas. Estaba claro que sólo merecían su consideración las mujeres que eran socialmente iguales a él. Se le encogía el corazón por la vergüenza, pero su cuerpo ansiaba más de aquel tratamiento brutal. A lo mejor James tenía razón al tratarla así; a lo mejor su herencia había permanecido sólo latente durante todos aquellos años y ahora volvía a la vida.

No iba a dejarla en paz; Lily sabía aquello tan bien como su propio nombre. Había intentado convencerla de que se marchara de Tutshill a otro sitio para poder estar juntos, pero quizá fuera más eficaz la táctica contraria. Ella lo intentaría, pero no podría evitar a James del todo, y no sabía cuántos encuentros más podría soportar su autoestima.

Todavía tenía que averiguar quién había matado a Charlus. Ahora ya no era tanto por sí misma, sino por James. La familia de Charlus se merecía saber que él no los había abandonado. No había conseguido entrar en el cobertizo para botes, y necesitaba hacerlo. Necesitaba hablar con el detective Ambrose para saber si había encontrado al señor Moody. Necesitaba hacer más preguntas, inducir al asesino a que actuase, pues sólo si se movía podría ella verlo.

17

Aquel día la volvió loca el teléfono. Lily pensó en desenchufar el maldito aparato, pero se recordó a sí misma que aún tenía un negocio que dirigir. No disponía de una línea aparte para el fax, de modo que el teléfono tenla que seguir funcionando. En cambio, sí dejó que atendiera las llamadas el contestador. Por desgracia, la mayoría de ellas eran de James.

Su tono de voz en el primer mensaje fue a la vez exasperado y tranquilizador:

- Quería verte hoy, pero he tenido que ir a Chepstow a primera hora de la mañana. Ahí es donde me encuentro ahora, y según parece no regresaré hasta esta noche, muy tarde.

Bueno, era un alivio, pensó Lily. Ahora ya no estaría todo el tiempo nerviosa, temiendo que él se presentase en cualquier momento en el porche de su casa.

El mensaje continuaba, ya en un tono más profundo, más íntimo:

- Tenemos que hablar, ¿Quieres que pase a verte esta noche, cuando regrese a casa? Volveré a llamarte más tarde.

- ¡No! - gritó Lily al teléfono al oír que él colgaba y el contestador se desconectaba.

Fue aproximadamente media hora más tarde cuando cayó en la cuenta. James estaba en Chepstow; no estaba ansiosa por volver a la casa de verano, pero si fuera ahora, por lo menos estaría a salvo de ser detectada. Era posible que aquélla fuera la mejor oportunidad que iba a tener, y ni siquiera tendría que acercarse andando por el bosque.

Si rompiera la ventana, James sospecharía inmediatamente que había sido ella, puesto que la noche anterior la había pillado merodeando por el cobertizo de botes. Además, le resultaría difícil colarse por la ventana sin una escalera, y no tenía ninguna. Pero aún no era de noche, y ella nadaba bien. Lo que la noche anterior parecía impensable era muy factible bajo el brillante sol matinal.

El teléfono estaba sonando cuando salió de la casa con los aperos en la mano. Como normalmente no estaba preparada para aquella clase de aventuras, tuvo que conformarse. Se había puesto un bañador viejo y encima unos pantalones y una blusa. En una bolsa llevaba dos toallas y la varita, que tal vez pudiera hacerle falta para registrar los rincones oscuros y para defenderse.

Estaba casi alegre cuando condujo hasta la casa de verano. Ya había intentado registrar aquel lugar en dos ocasiones, y las dos veces la había atrapado James. A la tercera sería la vencida.

Cuando llegó al lago, decidió resueltamente no volver la vista hacia la casa de verano, pero no pudo escapar del todo a los recuerdos de lo que había sucedido en aquel porche. ¿Cómo iba a poder, cuando sentía una punzada entre las piernas a cada paso que daba? Pero también experimentó el débil aguijón del deseo, y se odió a sí misma por ello.

Se desvistió a toda prisa y golpeó la puerta del cobertizo para espantar a los posibles habitantes.

No oyó ningún correteo ni chapoteo en el agua, de modo que tal vez el interior estuviera despejado.

De todas formas, aporreó de nuevo la puerta y zarandeó la cadena, para mayor seguridad. Satisfecha de haber hecho todo lo posible al respecto, echó a andar por el embarcadero hasta llegar a la altura de la puerta del garaje que sellaba el cobertizo por el lado del lago.

James y Belvina, y los amigos de ambos, con frecuencia habían ido a bañarse allí en verano; en más de una ocasión Lily se había metido en el agua a hurtadillas, pero nunca cuando había delante otra persona. No le daba miedo estar sola en el agua, y sabía la profundidad que había alrededor del embarcadero. Con la varita aferrada en su mano, se introdujo en el agua y buceó un poco, pero emergió con una ligera exclamación por la fría temperatura. Para julio y en agosto el agua estaría ya más templada, pero todavía estaban a finales de mayo y aún conservaba el frío del invierno. Nadó un poco a un lado y al otro para aclimatarse al agua y a la actividad, y al cabo de un momento la temperatura le pareció mucho mejor.

Debajo del cobertizo estaría oscuro. Encendió la varita, y no se dio más tiempo para pensar. Aspiró una gran bocanada de aire y se zambulló por debajo del borde de la puerta.

La visibilidad era muy mala, incluso con la el potente chorro de luz que emitía la varita, y debajo del cobertizo era casi tenebrosa.

Por encima veía un rectángulo de luz, gracias a Dios no ocupado por ningún bote, lo cual habría dificultado más la subida. Se impulsó en dirección a la luz y sacó la cabeza del agua casi antes de darse cuenta de que había alcanzado la superficie. Sacó un brazo y se agarró del borde del bote para estabilizarse, y depositó la varita sobre una superficie sólida. Sólo entonces se apartó el pelo de la cara para ver con claridad lo que la rodeaba.

El interior del cobertizo para botes estaba en penumbra y prácticamente vacío. Se izó fuera del agua y se quedó de pie, chorreando y mirando a su alrededor, dejando que los ojos se le acostumbraran a la oscuridad. En otro tiempo el cobertizo estuvo atestado de colchonetas y llantas, y chalecos salvavidas colgados de ganchos en las paredes; el bote para hacer esquí acuático se hallaba escorado suavemente contra los bordes acolchados de la grada, y en un rincón había apilados varios recipientes de petróleo. Todo aquello había desaparecido. El cobertizo había sido vaciado y limpiado; lo único que contenía ahora era una cortadora de césped de las de empujar, un rastrillo para el patio y una escoba desgastada. No existía la menor posibilidad de que un único casquillo de bala siguiera estando allí después de doce años.

Aun sabiendo que sería inútil, de todos modos echó un vistazo. Alumbró todos los rincones, se puso a cuatro patas y miró desde aquel ángulo. Nada.

Bueno, de todas maneras era muy difícil, se dijo para consolarse. Lo había intentado, y había disfrutado de un agradable baño matutino.

Volvió a sumergirse en el agua, pasó bajo la puerta y salió a la superficie a la luz del sol. Esta vez no había sorpresas aguardándola. Subió al embarcadero sin novedad y se quitó el traje de baño mojado, y a continuación se secó con la toalla y se vistió. Había tenido la previsión de traerse también ropa interior seca. Excepto por el pelo húmedo, su aspecto era perfectamente normal cuando regresó a casa.

El contestador guardaba dos mensajes más de James.

- ¿Dónde te has metido? ¿Piensas levantarte tarde y has desconectado el teléfono? Te llamaré más tarde.

Hundió el rostro entre las manos. El contestador emitió un pitido y reprodujo otro mensaje:

- No puedes retrasarlo indefinidamente. Tarde o temprano tienes que hablar conmigo. Coge el teléfono, nena.

Fue a la ducha para aclararse el pelo del agua del lago. Oyó sonar el teléfono incluso con el grifo abierto y procuró no hacer caso de la sensación de ser acosada. No le resultó fácil. Las llamadas continuaron todo el día, cada mensaje más irritado que el anterior. James dejó de mostrarse cariñoso y empezó a exigir:

- ¡Lily, maldita sea, coge el teléfono! Si piensas que vas a poder ignorarme... -Y colgó sin terminar la amenaza.

Entre una y otra llamada de James, Lily hizo una a Chepstow, pero no pudo hablar con el detective Ambrose. Le dejó un mensaje y esperó a que le devolviera la llamada.

Ya era por la tarde cuando se la devolvió. Lily levantó el auricular en cuanto oyó la voz del detective.

- Soy Lilianne Black, detective. ¿Ha encontrado ya al señor Moody?

- Nada, señora Black. Lo siento. Tampoco han encontrado su coche. - Suavizó el tono-Francamente, la cosa no tiene buena pinta. No encaja con el tipo de persona que desaparecería de forma voluntaria; no tenía nada de que huir y nada adonde huir. Podría haber perdido el control del coche, haber sufrido un ataque al corazón, haberse dormido al volante... Si el coche se salió de la carretera y cayó a un pantano o un río... - Dejó la frase en suspenso, pero Lily no necesitaba que le dieran más detalles. El detective esperaba que al señor Moody lo acabara encontrando un pescador.

- ¿Me tendrá informada? - susurró, parpadeando para contener las lágrimas.

- Sí, señora, en cuanto sepa algo.

Pero no iba a saber nada. Lily dejó el auricular en la horquilla. Charlus Potter había sido asesinado. Ya no se trataba de una teoría; su madre lo había presenciado. El señor Moody había estado haciendo preguntas directas acerca de la desaparición de Charlus. ¿Se habría quedado el asesino tan tranquilo, imaginando que no había pruebas, o lo habría puesto nervioso el hecho de que el señor Moody fuera un investigador? ¿Lo bastante nervioso para cometer otro asesinato, quizá?

Aquel hombrecillo encantador estaba muerto, y era culpa de ella.

Tan pronto como caló esa idea en su mente, la rechazó. No, no era culpa suya, era culpa del asesino. No estaba dispuesta a absolverlo ni del más mínimo resquicio de culpabilidad.

Encontrar una prueba del asesinato de Charlus iba a ser sumamente difícil, después de doce años.

El señor Moody llevaba menos de dos semanas desaparecido. Sería más inteligente concentrarse en encontrar a éste último; las pruebas no estarían destruidas por el tiempo.

Si ella hubiera matado a alguien, ¿dónde habría escondido el cadáver? En el caso de Charlus, la respuesta más probable era el lago. En el momento de cometerse el crimen, el bote estaba allí mismo. Nada más fácil que llevarlo hasta la parte más profunda del lago, añadir algo de lastre al cuerpo y empujarlo por la borda. En cambio, en el caso del señor Moody no había habido un recurso tan cómodo. Por una parte, probablemente no se encontraba junto al lago, y por la otra, no había bote. Así que, ¿dónde intentaría el asesino deshacerse del cadáver? En algún sitio en el que no fuera muy probable que lo viera nadie. Había abundante bosque alrededor para un enterramiento apresurado. Era frecuente que los cazadores se tropezaran con un cadáver que había permanecido meses, incluso años escondido en la tierra. Pero el asesino ya había tenido éxito en ocultar un homicidio, de modo que, ¿no sería probable que empleara el mismo método para deshacerse de un segundo cadáver? Si ella pensara eso, y lo pensaba, el lago privado de los Potter era el sitio donde había que buscar.

Pero no podía hacerlo sola. Estaba dispuesta a abordar casi cualquier tarea, pero era lo bastante sensata para saber cuándo necesitaba ayuda. Habría que dragar el lago, y eso requería botes, personas, equipos. El sheriff podría ordenar que se hiciera, pero tendría que convencerlo de que había una causa para ello y de que el lago era donde había que buscar. Y no podría hacerlo sin contarle lo que sabía acerca de Charlus.

Y no podía contar lo que sabía de Charlus sin contárselo primero a James. No podía permitir que se enterase por terceras personas, no podía permitir que su familia se viera inmersa en aquel lío sin avisarla. A pesar del dolor que aún le oprimía el pecho, a pesar del hecho de que estaba demasiado avergonzada de sí misma para encararse con él, de algún modo tendría que encontrar valor para decirle que su padre había sido asesinado, y no sabía si sería capaz de ello.

Como si le hubiera leído el pensamiento, en aquel momento sonó el teléfono. Lily cerró los ojos.

- ¡Maldita sea, Lily! - La furia contenida de aquella voz le llegó con toda claridad-. Si no coges el teléfono y me dices que estás bien, voy a llamar a Walter para que vaya ahí...

Lily tomó el auricular.

- ¡Estoy bien! - chilló, y volvió a colgar. ¡Qué tipo más pesado!

El teléfono sonó otra vez, el tiempo justo para marcar de nuevo el número.

- De acuerdo - dijo cuando respondió el contestador, ya en un tono más controlado aunque todavía se percibía la irritación en cada palabra-. No debería haber dicho lo que dije. Fui un gilipollas, y lo siento.

- Yo también siento que seas un gilipollas —musitó Lily en dirección al teléfono.

- Mañana podrás darme una patada en el trasero o partirme la cara, lo que más te guste - prosiguió él- pero no creas que vas a evitarme para siempre, porque no pienso permitirlo.

Se oyó un chasquido en la línea cuando colgó, y Lily rezó para que esta vez dejase de llama.

Pero volvió a sonar el teléfono. Soltó un gemido. El contestador atendió la llamada.

- Anoche no usé preservativo - informó reposadamente.

- Ya me di cuenta - dijo ella en tono sarcástico.

- Me apostaría algo a que tú tampoco estás usando ningún anticonceptivo – dijo James-. Piensa en ello. -La línea chasqueó de nuevo.

-¡Maldito canalla! -exclamó Lily con el rostro congestionado por la ira. ¡Que pensara en ello!

¿Y cómo iba a pensar en otra cosa, ahora que él se lo había recordado tan amablemente?

Paseó furiosa por la casa, furiosa con James y consigo misma.

Ninguno de los dos tenía excusa; no eran dos adolescentes irresponsables que funcionasen según las hormonas y no con la cabeza, y sin embargo así era exactamente como se habían comportado.

¿Cómo habían podido ser tan descuidados? Debería haber pensado en la posibilidad de quedarse embarazada, pero se sentía tan molesta y desgraciada que no había reparado en las consecuencias.

Bien, pues ahora tenía las consecuencias delante, y con creces. ¡Como si no tuviera ya bastante de que preocuparse!

Estaba tan aterrorizada que pasó media hora antes de que se le ocurriera consultar el calendario y contar los días. Cuando lo hizo, exhaló un suspiro de alivio. Tenía que venirle la regla dentro de una semana, y ella siempre había sido muy regular. No había nada seguro, pero tenía las posibilidades a su favor.

A la mañana siguiente recibió otra nota. Desde que recibió la primera tenía cuidado de dejar el coche cerrado con llave, de modo que ésta estaba sujeta bajo el limpiaparabrisas. Se fijó en ella cuando se asomó por la ventana, y salió a investigar. Cuando vio de qué se trataba, no la tocó. No quiso saber lo que decía. Era evidente que llevaba allí toda la noche, porque el papel estaba húmedo de rocío y se le había corrido la tinta.

La noche anterior no había oído nada, y eso que había vuelto a dormir mal. Al menos era sólo una nota, en vez de un animal mutilado.

Estaba todavía en pijama, pues acababa de desayunar. Dejó la nota donde estaba y regresó al interior de la casa. Quince minutos después estaba vestida, maquillada, peinada y saliendo por la puerta.

Abrió el coche y dejó el bolso sobre el asiento. Con sumo cuidado de no romper el papel mojado, levantó el limpiaparabrisas y extrajo la nota sosteniéndola por una esquina entre el pulgar y el índice. A continuación entró en el coche y se dirigió recto a la oficina de aurores.

Aparcó delante de la plaza y, sosteniendo la nota exactamente igual que antes, ascendió los tres peldaños largos y bajos. Había un mostrador de información nada más entrar, y se detuvo para preguntarle a una mujercilla de pelo azul dónde exactamente se encontraba el despacho del Capitan.

- Justo al final de ese pasillo, querida, y después a la izquierda. -La mujercilla señaló a su izquierda y Lily giró obediente.

El olor de las oficinas era sorprendentemente agradable y calmó un poco sus agitados nervios. Se componía de papel y tinta, productos de limpieza, la siempre cambiante mezcla de gente y el aroma gris frío de los suelos de mármol y de las salas. Había sido construido cincuenta o sesenta años antes, cuando los edificios poseían un carácter individual. Por supuesto, con el paso de los años había sido «modernizado» varias veces y se habían puesto luces fluorescentes para sustituir a las anteriores incandescentes, para que los empleados pudieran tener dolores de cabeza acordes con el abaratamiento del gasto de luz. Se adosaron a las ventanas aparatos de aire acondicionado que parecían percebes que crecieran al azar en las ventanas de los despachos. Sin embargo, en algunos lugares, de forma especial en los pasillos, todavía había ventiladores de techo que giraban perezosamente durante toda la jornada y mantenían el aire renovado y en movimiento.

Llegó al final del pasillo y torció a la izquierda, donde se encontró con otro pasillo que se extendía frente a ella. Cinco puertas más allá llegó a un juego de puertas dobles que estaban abiertas y que lucían medio letrero en la hoja izquierda que decía DEPART DEL y otro medio en la hoja derecha que rezaba AMENTO CAPITAN, de tal modo que formaban palabras completas sólo cuando se cerraban las puertas. Dentro se abría una habitación alargada con un mostrador que discurría hasta el fondo, detrás del cual había varias mesas, la radio y dos despachos, uno ligeramente más grande que el otro. El más grande tenía un cartel con el nombre Walter en la puerta, que estaba semiabierta, pero Lily no alcanzó a ver el interior desde donde se encontraba.

En las paredes colgaban fotografías de antiguos capitanes, indicativo de los esfuerzos parroquianos por decorar el lugar. No hacía un efecto precisamente alegre.

Una mujer de mediana edad vestida con el uniforme marrón de los agentes levantó la vista cuando Lily se acercó al mostrador.

-¿En qué puedo servirla?

- Quisiera hablar con el señor Walter, por favor.

La agente observó a Lily por encima del borde de sus gafas de leer, y se vio claramente que la reconocía de la visita que había hecho dos días antes. Sin embargo, lo único que dijo fue:

- ¿Cómo se llama?

- Lilianne Black.

- Un momento.

Entró en el despacho del capitán tras llamar a la puerta sólo de forma protocolaria, y Lily oyó un murmullo de voces. La agente salió y le dijo:

- Pase por allí.

Y le indicó una media puerta que había al final del mostrador. Apretó un botón que había debajo y la puerta se abrió con un chasquido.

Walter acudió a la puerta de su despacho para recibirla.

- Buenos días, señora Black. ¿Qué tal está?

A modo de respuesta, Lily sostuvo la nota en alto.

- He recibido otra.

El buen humor se esfumó del semblante de Walter, que se puso serio al instante.

- Esto no me gusta en absoluto - murmuró al tiempo que cogía un sobre de pruebas de una mesa y lo abría para que Lily dejase caer dentro la nota. Ella la soltó con el gesto de alguien que tira un trozo de basura maloliente - ¿Qué dice?

- No la he leído. La encontré debajo del limpiaparabrisas de mi coche esta mañana, al levantarme. Sólo la he tocado por una esquina para no dejar huellas, suponiendo que quede alguna.

El papel se ha mojado -explicó.

- Por el rocío. Eso quiere decir que llevaba varias horas en el limpiaparabrisas. De hecho, ya tenemos varias huellas buenas de la otra nota y de la caja. El problema es que no vamos a poder saber de quiénes son a no ser que el que ha escrito las notas haya dejado sus huellas registradas anteriormente. - La condujo al interior de su despacho y volcó la nota sobre el secante de su escritorio-. Como usted no la ha leído, vamos a ver qué dice.

Abrió el cajón de su mesa y rebuscó en su contenido. Por fin sacó unas pinzas de depilar. Con ayuda de éstas y de la punta de un bolígrafo, desdobló con cuidado el papel húmedo. Lily ladeó la cabeza para leer las letras mayúsculas:

NO ERES BIENVENIDA AQUí VETE ANTES DE QUE SUFRAS DAÑO - La misma persona - dijo Walter -. Sin puntuación.

- ¿Se trata de una firma deliberada?

- Es posible, pero puede que sea sólo una forma de distinguirse de su manera habitual de escribir, una especie de camuflaje. –Frunció el ceño-. Señora Black...Lilianne... James y yo le dijimos el otro día que vivir donde usted vive, sola, podría ser peligroso.

- No voy a mudarme - repuso ella, repitiendo una frase que debía de haber dicho veinte veces cuando estuvo allí para denunciar lo del gato muerto.

- En ese caso, ¿qué tal si se compra un perro? No tiene por qué ser un perro guardián, bastará con uno que se ponga a ladrar furioso si oye algo fuera.

Perpleja, Lily lo miró fijamente. Un perro. jamás había tenido ningún animal doméstico, de manera que aquella opción ni siquiera se le había ocurrido.

- Sí, creo que voy a comprármelo. Gracias, es una buena idea.

- Bien. Hágase con uno lo antes posible. Pásese por la perrera y escoja uno que sea joven y sano.

Le vendría bien uno que no esté muy crecido, para que se acostumbre a usted muy deprisa, pero que ya sea lo bastante mayor para saber ladrar, y no hacer sólo esos ruiditos típicos de los cachorros.- Contempló la nota que descansaba sobre su mesa-. En realidad, lo único que puedo hacer ahora es encargar a mis agentes que pasen por enfrente de su casa en coche un par de veces en cada turno.

No tenemos gran cosa para continuar.

- Y unas cuantas notas y un gato muerto no son exactamente el crimen del siglo.

Walter le devolvió una ancha sonrisa, con todo el encanto de Huckleberry Finn.

- Ni siquiera podemos detenerlo por crueldad con los animales. Si la hace sentirse mejor, le diré que el gato no fue torturado. Murió atropellado. Simplemente alguien lo recogió, eso es todo. A mí sí me hace sentirme un poco mejor acerca de lo peligroso de esta situación. Un psicópata auténtico habría disfrutado matando un gato.

A ella también la hizo sentirse mejor. El recuerdo de aquel pequeño cadáver mutilado la ponía enferma cada vez que le venía a la mente. El gato estaba muerto de todos modos, pero por lo menos si lo había atropellado un coche, probablemente habría muerto de manera instantánea. No podía soportar la idea de que hubiera sufrido.

Salió del despacho del capitán y volvió sobre sus pasos. Cuando estaba a mitad del pasillo vio a un hombre alto y de complexión fuerte, con cabello revuelto y oscuro, que hablaba con la menuda mujer de pelo azul. A Lily casi se le paró el corazón. Sin perder el paso, dio rápidamente media vuelta en dirección al despacho del capitán, presa del pánico ante la idea de enfrentarse a él de nuevo después de la crudeza del último encuentro. Fue una reacción puramente instintiva; su mente sabía que necesitaba hablar con él, pero su cuerpo emprendió la huida.

Oyó el rugido grave de su voz, reconocible donde fuera, y apretó el paso. Al llegar al final del pasillo, dobló la esquina y miró hacia atrás, y vio que él se acercaba a grandes zancadas, acortando con sus largas piernas la distancia que mediaba entre ambos, a una velocidad alarmante. Sus ojos oscuros estaban fijos en ella.

Lily se apresuró a rebasar la esquina, y entonces vio allí mismo el lavabo de señoras, a la izquierda. Al ver el rótulo se lanzó al interior, empujó la puerta y esperó de pie, con una mano en el pecho para intentar calmar el retumbar de su corazón. Miró a su alrededor. Estaba sola en la diminuta estancia provista de dos retretes. Aguardó, congelada, a que se desvaneciera el sonido de sus pisadas.

De pronto la puerta se abrió bruscamente hacia dentro obligándola a retroceder de un salto para evitar el golpe. James llenó el umbral, grande, musculoso y amenazante, con un frunce siniestro en el rostro. Los ojos le brillaban igual que si fueran hielo negro. Lily trató de huir, pero chocó contra el lavabo. Había muy poco espacio para maniobrar.

- ¡No puedes entrar aquí!

Él dio un paso adelante y cerró la puerta.

- ¿Estás segura?

Lily respiró hondo, intentando calmarse.

- Entrará alguien.

- Puede que sí. – James se acercó un poco más, tanto que ya sólo los separaban centímetros y ella tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para verlo- . Puede que no. El sitio lo has elegido tú, no yo.

- Yo no he elegido nada - le espetó ella-. Trataba de evitarte...

- Ya me he dado cuenta - repuso él secamente-. ¿Qué estás haciendo aquí?

No había motivo alguno para no decírselo.

- Esta mañana he encontrado otra nota en el coche, y se la he traído al capitán.

El ceño fruncido de James se acentuó.

- Maldita sea, Lily...

- Me ha dicho que tenga un perro - dijo Lily, interrumpiendo el sermón-. Precisamente me dirigía ahora a la perrera.

- Es una buena idea. Pero no te molestes en ir a la perrera. Yo te compraré uno. ¿Por qué no contestaste ayer al teléfono?

- No quería hablar contigo. - Lo miró con cara de pocos amigos- . Ya conseguiré el perro yo misma, gracias. Y no estoy embarazada.

James arqueó sus cejas oscuras.

- ¿Cómo lo sabes? ¿Te ha venido la regla?

- No, pero no es el momento adecuado del mes.

James soltó un bufido.

-Lily conozco a un montón de niños que fueron concebidos en el momento inadecuado del mes.

- Puede, pero en esto tendrás que fiarte de mí. - Mientras hablaba, intentó deslizarse hacia un lado.

Pero James le puso las manos en la cintura, atrapándola.

- Por el amor de Dios, estate quieta - dijo en tono irritado-. Siempre estás tratando de escapar.¿Qué crees que voy a hacerte?

- Lo mismo que me hiciste la última vez que te vi - replicó ella, y a continuación se ruborizó.

Aunque había temido mucho verse de nuevo con James, ahora que había sucedido experimentaba la habitual punzada de deseo. Estaba claro que nunca iba a poder tratar con él en sentido práctico, ya fuera en la batalla o en cualquier otro aspecto. James no era un hombre que suscitase el aburrimiento en la gente que lo rodeaba; era demasiado grande, demasiado vital, demasiado abrumador con su virilidad y su sexualidad. Incluso de niña había reaccionado a su presencia, y ahora que era una mujer el efecto que ejercía sobre ella se veía dolorosamente acrecentado. Procuraría no permitir que él lo supiera, pero no podía mentirse a sí misma. Ya sentía el cuerpo en tensión, cada vez más caliente y húmedo. Era algo instintivo, totalmente diferenciado de los dictados de su mente.

James bajó las cejas sobre sus ojos de medianoche, que empezaron a brillar.

- Te gustó - dijo despacio, en un tono peligroso-. No intentes fingir que no querías hacerlo. Me di cuenta de cada segundo pequeño estremecimiento.

Lily sintió que se intensificaba el color de sus mejillas, y no sólo por la vergüenza. Si él no la hubiera tocado, si por lo menos no estuviera tan cerca como para poder percibir su olor intenso, almizclado, tan deliciosamente masculino.

- No - dijo en el mismo tono-. No he dicho eso. -Calló un instante para tomar fuerzas para la mentira más grande de su vida-. Es que no quiero volver a hacerlo. Fue un error, y...

-Estás mintiendo. -Tenía la mirada fija en sus pechos. Sus ojos cambiaron lentamente, igual que su expresión, que se tensó de deseo- Mira tus pechos... Y ni siquiera te he besado todavía.

A Lily se le cortó la respiración. No necesitaba bajar la vista para saber que aquello era verdad; notaba la fuerte tensión en los senos, el roce de los pezones contra el encaje que los cubría. Miró a James con un gesto de impotencia.

Los pómulos de él se tiñeron de color y su respiración se hizo más profunda.

- Lily… -murmuró.

La tensión flotaba entre ambos igual que una cuerda vibrante. Lily tenía la sensación de que alguien estuviera tirando de aquella cuerda para juntarlos poco a poco de manera inexorable.

Invadida por el pánico, apoyó las manos en el pecho de él y empujó, pero sin resultado alguno.

- No podemos -dijo débilmente-. ¡Aquí no, por el amor de Dios!

Pero él no la escuchaba. Tenía los ojos fijos en su boca.

-¿Qué? -dijo en tono ausente al tiempo que le apretaba la cintura con las manos y la atraía hacia él.

Lily gimió en voz alta al sentir el cuerpo duro y vital de James presionando el suyo. Él inclinó la cabeza para besarla, y ella levantó la boca automáticamente. Sus labios eran suaves, su boca ardiente. El deseo le recorrió todo el cuerpo, irresistible como la marea, y sus manos dejaron de empujarlo para asir a puñados la tela de la camisa. Él la apretó aún más contra sí, y ladeó la cabeza para ahondar en el beso introduciendo la lengua en su boca. Lily emitió un leve gemido de placer y la succionó, moviendo a su vez la suya en una caricia.

James se estremeció como si hubiera recibido un golpe y tomó sus nalgas en las manos para levantarla con fuerza contra su grueso miembro erecto. El ardor del deseo explotó en una llamarada que los consumió a los dos. James retiró- la boca un momento y gimió:

- Merlín - Al mismo tiempo le alzó la falda de un tirón y le bajó las bragas por los muslos.

Lily sintió el frío del lavabo contra las nalgas desnudas y parpadeó por la impresión, que la sacó momentáneamente de aquella marea.

- Espera… - balbuceó.

- No puedo.

Su voz era áspera, temblorosa. La sujetó por las caderas con un brazo mientras se inclinaba para quitarle del todo las bragas. Antes de que Lily pudiera reaccionar, se irguió de nuevo y la izó hasta el lavabo, le separó los muslos y se situó entre ellos. A continuación empezó a pelear frenéticamente con la cremallera de su pantalón. Liberó su erección con un gruñido y seguidamente se guió hacia el interior de ella. Lily clavó las uñas en sus fuertes hombros al sentir el calor de su miembro desnudo presionando contra los suaves pliegues de su carne, abriéndose paso entre ellos, buscando la abertura de su cuerpo. La encontró, y Lily gimió bajo aquella presión cuando dio comienzo la invasión. James empujó con fuerza, dilatándola hasta lo insoportable. Lily aún estaba un poco dolorida de la primera vez, y su miembro le pareció todavía más macizo que antes.

Cuando estuvo dentro de ella hasta la empuñadura, James se detuvo un instante y apoyó la frente húmeda contra la de Lily.

- Merlín, estás más cerrada que un puño -jadeó.

Ella temblaba violentamente, y la abrazó más estrechamente y le acarició la espalda para confortarla. Al cabo de unos instantes se movió para probar, en pequeñas embestidas contenidas, que provocaron espasmos de un placer doloroso e intenso que hizo que ambos se estremecieran con fuerza.

- Tranquila…

Tenía la voz ronca y la respiración caliente. Empujó un poco más fuerte, un poco más rápido.

Lily sintió la gruesa moviéndose adelante y atrás dentro de ella, y sus músculos internos se contrajeron de puro placer. Gimió de nuevo, hundiendo las uñas en él en el esfuerzo de controlar aquella ola desatada. James soltó un juramento en voz baja y temblorosa de placer. Puso una mano bajo la nalga desnuda de Lily y la atrajo hasta el borde del lavabo colocándola de tal modo que cada arremetida lo hiciera rozar el diminuto capullo sexual de ella. Era lo mismo que había hecho la vez anterior, y ella no tenía más defensa de la que había tenido antes.

James empezó a empujar con fuerza, arrastrándola hacia el orgasmo. Lily se sintió arder en llamas, se arqueó con desesperación al encuentro de las caderas de él, sintiendo en la parte baja del cuerpo una tensión increíble que crecía violentamente, sin control alguno, el cuerpo entero dominado por aquel intenso, ingobernable placer.

En aquel momento empezó a abrirse la puerta con un crujido.

James se movió con la velocidad del rayo y empujó la puerta con la mano izquierda para cerrarla de golpe antes de que hubiera podido abrirse una fracción de centímetro.

- ¡Eh! - exclamó una mujer indignada desde el otro lado.

- Éste está ocupado -dijo James con voz ronca sin cejar en el ritmo de sus caderas-. Vaya a otro.

Lily no podía decir nada. Con los ojos desorbitados por la alarma, lo único que fue capaz de hacer fue mirar impotente a James.

James hizo el gesto de enseñar los dientes e inclinó la cabeza al tiempo que empezaba a embestir con más rapidez. Tenía el rostro congestionado, a sólo unos instantes de obtener satisfacción.

Lily se estremeció salvajemente cuando la tensión acumulada se liberó de pronto y una fuerte oleada de sensaciones le recorrió todo el cuerpo. Temblando apretada contra James, hundió la cara en su pecho y mordió la tela de la camisa para sofocar sus propios gritos.

James siguió sujetando la puerta cerrada con la mano izquierda, mientras usaba la derecha para afianzarse a sí mismo. Arremetió con fuerza contra Lily, dos, tres veces, una vez más, y al final se contrajo violentamente. La cabeza le cayó hacia atrás y de su pecho emergió un gruñido áspero, gutural.

Se oyeron unos fuertes golpes en la puerta.

-¿Qué está haciendo ahí dentro? -dijo la mujer, con voz chillona- ¡Éste es el servicio de señoras! ¡Usted no puede entrar ahí!

James levantó la cabeza lentamente. La expresión de sus ojos era indescifrable, como si no pudiera creer lo que estaba ocurriendo. Aspiró profundamente y explotó:

- ¡Maldita mujer! - rugió furioso-. ¿Es que no ve que estoy ocupado?

Lily se deshizo en carcajadas.

18

Lily jamás en su vida se había sentido más violenta. Cuando llegó a casa, entró como una flecha y cerró con llave todas las puertas, como si aquello fuera a servir de algo. No tuvo la conciencia clara del camino hasta llegar a casa, pero sí que se acordaba con todo detalle de cada paso que había dado para salir del edificio, con la cara ardiendo y los muslos pegajosos, y con todas aquellas miradas de curiosos que hicieron que le entraran ganas de encogerse. Pero no se había encogido; en lugar de eso, salió caminando con la cara muy alta y un aire de "atrévete a decirme algo". Aquel farol debió de funcionar, porque nadie la detuvo.

Saltó del lavabo en cuanto James la soltó y se encerró en uno de los retretes, sacudida por una risa incontrolable al tiempo que trataba de recomponer un poco su aspecto. La aparición de sus bragas por encima de la puerta reavivó las carcajadas.

- ¿Quieres cerrar la boca? - oyó que musitaba James enfadado, pero no era capaz de controlar su histeria. Dijo algo más, pero no lo entendió, y un momento más tarde se oyó el chirrido de la puerta que indicaba que se había ido. Al instante se abrió de nuevo, y unas zapatillas de color azul marino asumieron la residencia del cubículo contiguo al de Lily. La propietaria de las zapatillas era también la propietaria de la voz chillona, y estaba sumamente indignada.

- Debería decírselo al capitán- dijo en tono hosco, lo bastante alto para que Lily la oyera por encima de la risa-. ¡Echando un polvo en el servicio de señoras! A saber quién habría podido entrar, a lo mejor una madre con niños pequeños, y hala, los niños viéndolo todo. Desde luego, es que da asco que algunas personas no tengan ya vergüenza...

Era evidente que parte de la ira de la señora se debía a que necesitaba urgentemente entrar en el baño.

Procurando controlar la risa, Lily aprovechó la preocupación de la mujer y salió a toda prisa del servicio. Cuando se vio en el pasillo, intentó adoptar un aire de normalidad y se dirigió a su coche con paso presuroso. James no estaba a la vista, pero tampoco lo buscó. Probablemente se habría escondido en el servicio de caballeros.

Se dejó caer en una silla de la cocina y se cubrió la cara con las manos, gimiendo de mortificación. ¿Qué le estaba pasando, para no ser capaz de decirle que no en un lugar público?

¡Los lavabos del palacio de justicia! Hasta Elladora había sabido ser más discreta.

En aquel instante sonó el teléfono, pero no se movió para atenderlo. En su lugar lo hizo el contestador del despacho, y oyó la voz grave de James, pero estaba demasiado lejos para entender lo que decía. Colgó, y minutos más tarde el teléfono sonó de nuevo. Esa vez, no obstante, Lily reconoció la voz de Margot. Sabía que debería contestar, pero no lo hizo; sencillamente no podía sostener una conversación normal, aún tenía los nervios excitados y temblaba físicamente por los efectos del torrente de adrenalina. No comprendía cómo se volvían adictos los yonquis, porque el bajón la estaba poniendo enferma.

Cuando calculó que las rodillas aguantarían su peso, se levantó y se encaminó hacia el cuarto de baño. Lo que necesitaba en aquel momento, por encima de cualquier otra cosa, era una ducha.

James sacudió la cabeza negativamente, incrédulo, mientras conducía hacia la casa de Lily.

Estaba seguro de que se encontraba allí aunque no hubiera contestado al teléfono. No podía creerse lo que los dos habían hecho, ni la intensidad de la atracción que había convertido aquello en algo irresistible. No había hecho nada tan idiota ni siquiera cuando era adolescente, y Merlín sabe que en aquella época estaba más salido que un potro.

Lanzó un bufido de risa contenida. ¡Menuda bruja! Lily había corrido a esconderse en uno de los retretes, riéndose como si estuviera loca, y lo había dejado allí con una mano en la puerta para mantenerla cerrada y los pantalones a la altura de las rodillas. Cambió de postura rápidamente y se puso de espaldas contra la puerta mientras se subía los pantalones. Las bragas de Lily estaban tiradas en el suelo, de modo que las recogió y se las pasó por encima de la puerta del retrete, y ella, en vez de callarse como él le había ordenado, estalló en nuevas carcajadas. La bruja de fuera del cuarto de baño no se iba, seguía aporreando la puerta, haciendo cada vez más ruido. Entre ella y Lily, casi lo estaban volviendo sordo.

Por fin le dijo que se reuniría con ella fuera del edificio, pero no estaba seguro de que lo hubiera oído, a juzgar por sus gritos histéricos. No cabía hacer otra cosa que defenderse con cara dura. Después de echarse un vistazo para comprobar que todo estuviera abrochado y cerrado, abrió la puerta y salió, mirando con gesto torcido a una mujer regordeta y de rostro congestionado que no hacía más que revolverse indignada. Lo increpó furiosa, pero James la cortó en seco.

- El servicio de caballeros estaba lleno -le dijo—. ¿Qué esperaba que hiciera, en el pasillo?

Entonces entró en el servicio de caballeros que se encontraba al lado, y se apoyó contra la pared hasta que sus hombros dejaron de agitarse por el esfuerzo de reprimir la risa, porque la vieja bruja le había replicado:

- Entonces, ¿dónde ha orinado, en el lavabo?

¡Oh Merlín! Se echó a reír de nuevo sin poder remediarlo. Conocía a aquella mujer, por lo menos de vista. Trabajaba en la oficina del asesor fiscal. Para la hora del almuerzo estaría circulando por todo el edificio la historia de que se lo había estado haciendo con alguna fulana en el lavabo de señoras, y a la mañana siguiente ya estaría enterada toda la ciudad.

Su sonrisa se esfumó. Lily resultaría mortificada.

Probablemente ya lo estaba de todos modos. No lo había esperado en la calle, sino que seguramente se habría marchado a su casa a la mayor velocidad posible y se habría atrincherado allí. Su pequeña puritana se debía de sentir fatal por la vergüenza sufrida.

Suspiró con alivio cuando vio su coche en la entrada. Él también entró, pero no se detuvo detrás del coche de Lily, sino que prosiguió hasta el patio trasero y rodeó el cobertizo abierto donde ella guardaba la cortadora de césped. Abundantes ramas de madreselva crecían sobre el cobertizo y trepaban por parte de un cable de acero que sujetaba un poste de electricidad, formando una buena pantalla que escondía al coche. Llevó el jaguar hasta que el capó tocó la madreselva y después se apeó del mismo y miró en ambas direcciones. No se veía nada en la carretera en un sentido ni en el otro, lo cual quería decir que el coche no era visible desde la carretera. Se sintió como un idiota, pero esperó que Lily apreciara que él se preocupase por su reputación.

Fue hasta la puerta de la cocina y dio unos golpecitos, aguardando con impaciencia. Lily no abrió, de modo que llamó otra vez.

- Lily, abre la puerta.

Ella se paró en seco al otro lado de la puerta con una mano en alto en dirección a la cortina.

Estaba a punto de apartarla hacia un lado para ver quién llamaba a la puerta de su cocina. Casi se había muerto del susto al oír el ruido de un automóvil que penetraba en la entrada y daba la vuelta a la casa. Se sintió aliviada al ver que se trataba de James, pero entre todas las personas a las que no se sentía capaz de enfrentarse en aquel preciso momento, James encabezaba la lista.

- Vete - le dijo.

El picaporte se sacudió.

- Lilianne - Su nombre fue pronunciado despacio, con suavidad-. Abre la puerta, nena.

- ¿Por qué?

- Tenemos cosas de que hablar.

Sin duda, pero no quería hablarlas. Quería ser una cobarde respecto de todo aquello y esconderse hasta haber superado la vergüenza.

- Tal vez mañana.

- Ahora. - Allí estaba otra vez, aquel toque suave, inflexible, que decía que en los próximos diez segundos la puerta caería hecha pedazos de una patada si no la abría ella. Impotente y resentida, giró la llave.

James pasó al interior e inmediatamente volvió a cerrar con llave, sin apartar un segundo la mirada de Lily. Ésta acababa de salir de la ducha y no había tenido tiempo de vestirse antes de oír el motor del coche. Había cogido la delgada bata que colgaba detrás de la puerta del baño y se la había puesto. No tenía nada de seductora; era lisa, de algodón blanco, con cinturón. Pero era plenamente consciente de que debajo estaba húmeda y desnuda. Se cerró las solapas sobre el pecho.

- ¿De qué quieres que hablemos?

Una sonrisa increíblemente suave se extendió por el rostro de James al mirarla de arriba abajo.

Más tarde…

Dos horas después, ambos yacían sudorosos y exhaustos entre las sábanas revueltas de la cama. El sol del mediodía se abría paso por entre las láminas cerradas de las persianas arrojando finas bandas de luz sobre el suelo. Una suave brisa procedente del ventilador del techo se esparcía sobre la piel desnuda de Lily y le ponía la carne de gallina. Tenía el cuerpo tan sensible que se imaginaba poder sentir cómo se erguía cada uno de los finos pelillos de su cuerpo bajo aquel leve frescor. Ahora el corazón le latía lenta y gravemente, sus venas y arterias vibraban a cada latido. James estaba tendido de espaldas, con los ojos cerrados y el pecho subiendo y bajando, mientras que ella estaba acurrucada de costado con la cabeza apoyada en el hombro de él.

Pasó mucho tiempo antes de que le pareciera que podía moverse. Sentía los miembros pesados e inertes, sin hueso. En aquellas dos horas él la había tomado tres veces, con tanta ferocidad como si lo del servicio de señoras no hubiera sucedido. Y por muy exigente e inmediato que hubiera sido el apetito de James, la respuesta de ella estuvo a la misma altura. Se aferró a él, clavándole las uñas en la espalda y levantando las caderas con avidez para recibir cada una de sus embestidas, y daba la sensación de que su ardor no hacía sino avivar el fuego de él. No sabía cuántas veces había alcanzado la satisfacción; esta última vez le había parecido una prolongada excitación que alcanzó su culminación para luego negarse a ceder, de modo que se vio inundada por un mar de sensaciones, borracha de placer.

Conforme su respiración fue aquietándose, James se movió y trató de levantar la cabeza, sólo para dejarla caer de nuevo con un gruñido.

-¡Merlín!, no puedo ni moverme.

- Entonces no te muevas - musitó Lily abriendo los ojos una rendija.

Un par de minutos más tarde, James volvió a intentarlo. Con gran esfuerzo alzó la cabeza y contempló despacio el revoltijo que formaban sus cuerpos desnudos en medio de la cama deshecha.

Su mirada se posó sobre él.

- Tú, maldito loco –ladró-. ¡Esta vez, quédate ahí abajo!

Aquella extravagancia sobresaltó a Lily, que se echó a reír. Escondió la cara en el hombro de James, con todo el cuerpo agitado.

James dejó caer la cabeza sobre la almohada y atrajo a Lily hacia sí.

- Qué fácil te resulta reír – masculló-. Este maldito está intentando matarme. Nunca ha sido muy dado a quedarse quieto, pero esto es ridículo. Debe de pensar que tengo todavía dieciséis años.

- Él no piensa - señaló Lily, riendo con más ganas.

- Y que lo digas. Con algo que piensa, uno puede razonar. - Las risas de Lily se incrementaron aún más, y él le hizo cosquillas en revancha-. Deja de reírte -ordenó, aunque una sonrisa curvaba su boca-. Tú no sabes lo que es tener una parte prominente del cuerpo que no atiende a órdenes ni al sentido común.

- Pues no, pero sé lo que es estar cerca de una.

James soltó una risita y se frotó ociosamente el pecho con la mano.

- ¿Sabes por qué los hombres ponen nombre a su polla?

- No, ¿por qué? - preguntó Lily procurando reprimir la risa.

- Para que las decisiones importantes de su vida no las tome un total desconocido.

Ambos rompieron a reír, y Lily tomó una esquina de la sábana para secarse los ojos. Nunca había visto aquel lado jocoso e impúdico de James, y estaba totalmente encantada.

Él se incorporó sobre el codo y sostuvo la cabeza de Lily en el hueco del brazo mientras le sonreía.

- De todas maneras, es culpa tuya - le dijo al tiempo que le apartaba un mechón de pelo rojo del rostro. Su mano continuó su lenta caricia por el cuello y la forma delicada de la clavícula, para cerrarse sobre un pecho.

- ¿Mía? - preguntó ella indignada.

- Sí. -Tomó el seno con suavidad en su mano y lo levantó. Pasó levemente el dedo pulgar sobre el pináculo rosado y contempló fascinado cómo éste se endurecía rápidamente y se tornaba de color rojo-. Tus pechos se parecen a las frambuesas - dijo maravillado, y se inclinó para tomar aquella frambuesa en particular entre los labios y acariciarla con la lengua, empujándola adelante y atrás.

Lily se estremeció en sus brazos, alarmada por la inmediata punzada de deseo. No creía que pudiera soportarlo otra vez.

- No puedo - gimió, pero él advirtió que el otro pezón también estaba enhiesto.

Se echó hacia atrás y admiró su obra, el pezón enrojecido y brillante de humedad.

- Perfecto - dijo en tono ausente- pero desde luego que yo tampoco puedo. – Lily tenía los pechos claros, con el brillo del satén, y con una piel tan traslúcida y fina que bajo su superficie se distinguía el recorrido azulado de las venas. Eran firmes, llenos y altos, y no lograba apartar las manos de ellos. Diablos, es que no podía apartar las manos de ella, y punto.- Imagínate lo bonitos que estarán cuando estén llenos de leche.

Ella le dio una palmada en el hombro.

- ¡Ya te he dicho que no estoy embarazada!

- Eso no lo sabes - bromeó James.

- Sí lo sé.

- Podrías tener alguna irregularidad.

- Yo nunca soy irregular.

- Podrías serlo esta vez.

Lily lo miró con el ceño fruncido, y entonces volvió a lo que él había dicho antes.

- ¿Por qué es culpa mía?

- Tiene que serlo - respondió él, razonable-. Cada vez que tú está cerca, no quiero otra cosa que no sea...

- Yo no hago nada. Tiene que ser culpa tuya.

- Tú respiras. Es evidente que con eso basta. - Volvió a dejarse caer sobre la cama y tiró de Lily de modo que ésta quedó tumbada a medias encima de él. Con la mano libre le acarició la esbelta espalda y las curvas redondeadas de las nalgas- En parte se debe a cómo hueles, a miel y canela, dulce y picante a un tiempo.

Lily alzó la cabeza y lo miró fijamente, atónita.

- A mí siempre me ha encantado cómo hueles tú – confesó-. Incluso cuando era pequeña pensaba que tenías el mejor olor del mundo, pero nunca he sabido describirlo con exactitud.

- ¿Así que ya estabas loca por mí desde pequeña? - quiso saber James, complacido.

Para ocultar su expresión, Lily volvió a acomodar la cabeza en el hueco de su brazo e inhaló el delicioso aroma masculino que acababa de mencionar.

- No - dijo con suavidad-. No era ninguna locura.

James gruñó y se puso más cómodo, poniendo un muslo de ella encima de sus caderas…

- Yo solía estar preocupado por ti -murmuró con la voz cada vez más soñolienta-. Eso de andar por los bosques tú sola...

Lily guardó silencio por espacio de unos instantes.

- ¿Me veías muy a menudo?

- Un par de veces.

- Yo te vi a ti - dijo ella haciendo acopio de valor.

- ¿En el bosque?

- En la casa de verano. Con Violetta Partain. Te vi por la ventana.

Él abrió los ojos de golpe.

- ¡Pequeña intrusa! - exclamó, y le pellizcó el trasero con fuerza-. Seguro que viste de todo.

- Desde luego que sí - afirmó Lily, frotándose las posaderas indignada. Se vengó retorciéndole el la piel del pecho y tirando de ella.

Jame soltó una exclamación y se frotó el pecho.

- ¡Ay!

- La venganza es dulce - dijo ella- . Y rápida.

- Me acordaré de eso - repuso él mirándose el pecho-. Diablos, me has dejado una calva.

- De eso, nada.

Lily se frotó la mejilla contra él y cerró los ojos recreándose en sentirlo, tan cálido, sólido y vital. Se encontraba en el paraíso desde el momento en que él la tomó en brazos y la llevó a la cama. Estar allí tumbada con él, tan relajada, desaparecida toda hostilidad y con el deseo plenamente saciado, era más de lo que se había atrevido a anhelar en su vida. Ninguno de sus problemas estaba resuelto, y sin duda la hostilidad aparecería de nuevo, pero en aquel preciso instante era feliz.

Tan feliz, de hecho, que hubo sólo una pizca de dolor mezclado con la curiosidad cuando dijo:

- A Violetta Partain le hiciste el amor en francés.

James había cerrado los ojos, adormecido, pero volvió a abrirlos de golpe.

- ¿Qué?

- Te oí. Le hiciste el amor en francés. Le dijiste muchas palabras cariñosas y cumplidos.

James tenía demasiada experiencia como para no comprender cómo se sentía Lily al respecto, e inmediatamente discernió el motivo. Le dirigió una mirada de incredulidad y a continuación volvió a apoyar la cabeza en la almohada y rompió a reír. A Lily le tembló el labio inferior y trató de darse la vuelta, pero él la sujetó entre sus brazos y la retuvo en el sitio.

- Oh, Dios - dijo, jadeando por el esfuerzo que le suponía controlarse. Se secó los ojos con el dorso de la mano-. Eres muy inocente. Hablo bien el francés, pero no es mi primera lengua. - Se veía a las claras por la expresión de aquellos ojos verdes que Lily no comprendía, así que se explicó - Pequeña, si todavía puedo pensar con claridad suficiente para hablar en francés, es que no estoy del todo concentrado en lo que estoy haciendo. Tal vez suene bonito, pero no significa nada. Los hombres somos diferentes de las mujeres; cuanto más excitados estamos, más cavernícolas parecemos. Contigo apenas sé hablar en inglés, y mucho menos en francés. Que yo recuerde, mi vocabulario se deterioró hasta no abarcar más que unas cuantas palabras explícitas, la más prominente de todas la que significa "follar".

Para asombro suyo, Lily se ruborizó, y él sonrió ante aquella nueva prueba de su encantadora mojigatería.

- Duérmete - le dijo con suavidad-. Violetta ni siquiera estaba a la altura de una segunda -vez.

Sólo Dios sabía por qué aquello le resultaba tan tranquilizador, pero así fue. Se quedó dormida con la facilidad de un niño, agotada por los acontecimientos de la mañana, y se despertó para hacer otra vez el amor. Esta vez, James fue más pausado, con un brillo claramente perverso en los ojos, y le susurró palabras de amor en francés. En aquel momento tuvo que sujetarle las muñecas para que no le pellizcara y rió con ganas al ver su indignación. Así fue como pasaron la tarde, durmiendo, haciendo el amor y después hablando el uno con el otro en voz baja y soñolienta. Si bien el hecho de hacer el amor era vivamente excitante, era en aquellas conversaciones donde se forjaba una intimidad más profunda, un sereno compartir pensamientos y secretos, un vínculo entre los respectivos pasados de ambos.

-Háblame del hogar de adopción en el que estuviste -le dijo James en una ocasión, y se sintió aliviado al ver que ella sonreía.

- LosPensrose. Ellos me proporcionaron el primer hogar verdadero que he conocido. Todavía si o en contacto con ellos.

- ¿Cómo acabaste yendo a vivir con una familia adoptiva?

- Mi padre se marchó poco después de... aquella noche - respondió Lily, con la voz un poco entrecortada-. Ralph, mi hermano mayor, no tardó en seguirlo. Michael intentó ganar dinero para darnos de comer, tuvo ese mérito, pero se sintió aliviado cuando nos encontraron los asistentes sociales. En aquella época estábamos en Londres. Petunia fue a un hogar de acogida, y Mark y yo a otro. No resultó fácil encontrar a alguien que quisiera aceptar a Mark, pero los Pensrose accedieron a condición de que yo me ocupara de él. Como si yo fuera a abandonarlo - dijo suavemente.

- ¿Qué le sucedió?

- Murió el enero siguiente. Por lo menos fue feliz durante los seis últimos meses de su vida.

Cuando nos mudamos a vivir con ellos, los Pensrose se portaron maravillosamente con él. Le compraron juguetes, jugaban con él. En Navidad disfrutó mucho, pero después empeoró rápidamente. Yo me senté a su lado - dijo Lily en voz baja, con los ojos inundados de lágrimas al recordar aquellos momentos y le sostuve la mano hasta que murió. -Se pasó la mano por los ojos.-En aquel tiempo me preguntaba si Charlus sería su padre.

Charlus nunca había pensado en ello. Miró fijamente a Lily, perturbado tanto por la idea de que su padre pudiera haber engendrado otros niños como por el horroroso pensamiento de que pudiera haber arrojado al barro a su hermano pequeño.

Lily buscó su mano a tientas.

- No creo que lo fuera - dijo, sintiéndose impulsada a consolarlo-. Tu padre no habría permitido que uno de sus hijos viviera como vivíamos nosotros. Si Mark hubiera sido hijo suyo, habría cuidado de él. Pero no hay forma de saber quién era el padre de Mark; dudo de que fuera mi padre.

James parpadeó con los ojos también brillantes por las lágrimas.

- Sí - dijo con voz ronca-. Habría cuidado de él.

Más tarde preguntó:

- ¿Qué le ocurrió al resto de tu familia?

- No lo sé. Creo que Petunia vive cerca de Londres, pero no la he visto desde que cumplió los dieciocho. No tengo ni idea de lo que puede haber sido de mi padre y de los chicos. - Puso especial cuidado en no mencionar a Elladora.

De manera que la familia de Lily había quedado desmembrada debido a sus actos, pensó James. Abrazó a Lily con fuerza, como si pudiera protegerla del dolor del pasado.

- Durante un tiempo odié a mi padre –admitió-. ¡Merlín! cuando descubrí que se había fugado... Él era nuestra roca, no mamá. Me dolió mucho, no pude soportarlo.

Lily se mordió el labio, pensando en lo que tenía que decirle, y pronto.

- Belvina intentó suicidarse - dijo James bruscamente-. Se cortó las muñecas nada más decirle yo que papá se había ido. Estuvo a punto de morir desangrada antes de que tuviera tiempo de llevarla a un hospital. Cuando fui a la chabola aquella noche, venía precisamente del hospital de Chepstow.

Lily se dio cuenta de que estaba intentando explicar su rabia, por qué había hecho lo que había hecho. Lo besó en el hombro en un gesto de perdón. De hecho ya lo había perdonado hacía tiempo, pues comprendía el dolor y la sensación de traición que debía de haber experimentado.

James contempló el ventilador del techo.

- Mi madre se retrajo completamente. Dejó de hablar, incluso dejó de comer. Se pasó dos años sin salir de su habitación. Es la persona más egocéntrica que conozco - dijo con una sinceridad brutal—, pero no quiero volver a verla así.

Y por eso se mostraba tan inflexible respecto de que ni Belvina ni su madre se vieran molestadas por nada que Lily dijera o hiciera. Ella misma había experimentado algo de aquel excesivo afán de protección. En cierto sentido James era como el señor feudal de Tutshill, su influencia alcanzaba casi todos los aspectos de la vida de la parroquia, y, al igual que un señor feudal, se tomaba muy en serio sus responsabilidades.

Rodó para situarse encima de Lily y la penetró con una suave insistencia que de todos modos la hizo contener la respiración, porque estaba dolorida de todas las veces anteriores. Se apoyó en los codos y tomó la cabeza de ella en las manos.

- Esa noche es un lazo entre nosotros –susurró-. Por muy desagradable que fuera, ambos compartimos ese recuerdo. Además, no todo fue desagradable. Esa noche te deseé, Lily. - Comenzó a moverse y sus ojos se oscurecieron conforme iba aumentando la pasión-. Tú tenías sólo catorce años, pero yo te deseé. Y cuando volví a verte en el motel, fue como si esos doce años de separación no existieran, porque seguía deseándote. -Entonces inició una sonrisa-. ¿Quieres que te lo diga en francés?

Cuando se despertó, Lily permaneció tumbada en silencio y contempló cómo dormía James. Sus pestañas negras eran dos tizones oscuros en sus pómulos, y una incipiente barba negra le sombreaba el mentón. Dormía con los labios entreabiertos y el poderoso cuerpo relajado. Su belleza la impresionó. Con el cabello esparcido sobre la almohada, parecía un pirata descansando en el lecho de una dama tras una larga jornada de abordajes y luchas a espada. El minúsculo diamante que llevaba en la oreja izquierda no hacía nada por menoscabar aquella imagen.

Estaba demasiado dolorida para hacer el amor otra vez, se dijo, pero aun así aquel cuerpo la atraía. Estaba hecho maravillosamente bien, todo huesos largos y músculos duros. Tenía un brazo colgando por un lado de la cama, pero el otro yacía relajado sobre su pecho. Tenía manos grandes, con dedos delgados y bien formados, pero el meñique era tan grueso como el pulgar de ella. Pensó en aquellas manos sobre su propio cuerpo y tembló de placer.

Se inclinó sobre él e inhaló delicadamente el aroma cálido de su piel, que ascendía en volutas de calor. Aquél era James. Aquel pensamiento la dejó estupefacta de nuevo. Estaba allí de verdad, podía tocarlo, besarlo, hacer todas las cosas que había soñado hacer durante la mayor parte de su vida.

Su carne la atraía igual que un imán, le aceleraba ligeramente la respiración y hacía que se le sonrosara la piel. A aquellas alturas no había restricciones a su sensualidad natural, y la libertad de tocarlo y ser tocada por él resultaba intoxicante. Apoyó una mano en su muslo y palpó el músculo duro…

Se inclinó un poco más sobre él dejando que las puntas de sus senos rozasen su pecho, y contuvo un instante la respiración ante la sensación de hormigueo.

En aquel momento James abrió los párpados.

- Hum - dijo en tono placentero, e inmediatamente rodeó a Lily con sus brazos.

Ella hundió la cara contra su garganta y se deslizó por su cuerpo, contoneándose sinuosamente para frotarse contra él, disfrutando como un felino.

- Es maravilloso tocarte - susurró al tiempo que le mordisqueaba el lóbulo de la oreja y después lo acariciaba con la lengua-. Tienes los tres factores.

- ¿Cuáles son los tres factores? - quiso saber él- ¿O debería saberlo?

- Bueno, bonito y barato...

James rió y se estiró lánguidamente debajo de ella. Fue una sensación sorprendente, como estar encima de una balsa que se balancea en la superficie del océano. Se agarró de sus hombros para no caerse.

El pelo de James le rozó los dedos, y cuando volvió a quedarse quieto ella introdujo la mano en aquella mata negra. Era densa y sedosa, con un ligero rizo. La mayoría de las mujeres habrían dado cualquier cosa por tener un pelo así.

- ¿Por qué llevas el pelo tan desordenado? - le preguntó, tomando otro mechón y haciéndole cosquilla con él en la nariz-. ¿Y por qué usas ese pendiente? Resulta bastante atrevido para un hombre que se sienta en varias juntas directivas.

Él hizo una mueca, atento, y luego rompió a reír.

- ¿Me prometes no decírselo a nadie?

- Lo prometo... A no ser que tengas alguna terrible fobia.

Los dientes blancos de James relucieron en una leve sonrisa avergonzada.

- Es casi igual de malo. Me dan miedo las maquinillas de cortar el pelo.

Lily se quedó tan atónita que resbaló de su pecho.

- ¿Las maquinillas? - repitió. ¿Aquel pirata de más de un metro noventa y cien kilos de peso tenía miedo de las maquinillas de cortar el pelo?

- No me gusta el ruido que hacen - explicó James, volviéndose hacia un lado y doblando un brazo bajo la cabeza. Tenía los ojos sonrientes-. Me da horror. Me acuerdo de cuando tenía cuatro o cinco años y apartaba la cabeza cuando mi padre intentaba sujetarme quieto para que el bueno del barbero me cortase el pelo. Naturalmente, el hecho de sujetarme convertía a mi padre en un traidor, así que empezó a sobornarme para que fuera bueno, pero yo no podía. Era oír aquel zumbido y ponerme malo. Cuando tenía unos diez años, ya habíamos llegado al acuerdo de cortarme el pelo a tijera. Cuanto mayor me hago, más voy espaciando los cortes de pelo. En cuanto al pendiente... -Rió en voz alta-. Es una especie de camuflaje. El hecho de llevar un pendiente hace que parezca que llevo el pelo despeinado y un poco largo a propósito. Parece un estilo, más que una fobia.

- ¿Quién te corta el pelo? - preguntó Lily, demasiado fascinada para reír. Todavía estaba tratando de asimilar la imagen de un hombre adulto que evitaba las peluquerías igual que algunas personas evitan al dentista.

- A veces yo mismo. Otras veces me lo corto cuando estoy en Chepstow. Allí hay un salón que tiene la norma de no usar maquinillas de cortar cuando estoy yo. ¿Por qué? ¿Quieres encargarte tú de hacerlo? - Le puso una mano a un lado del cuello y le acarició el lóbulo de la oreja con el dedo pulgar. Sonreía, pero Lily percibió que hablaba en serio.

- ¿Te fiarías de mí para cortarte el pelo?

- Por supuesto. ¿No te fiarías tú de mí para lo mismo?

Su respuesta fue rápida.

- No en esta vida. Pero sí te dejaría que me depilaras las piernas.

- ¡Trato hecho! - contestó James con la misma rapidez, al tiempo que la abrazaba.

Era casi el anochecer la siguiente vez que James se despertó, y se pasó la mano por la cara con un gruñido.

- Estoy muerto de hambre - anunció con la voz ronca-. Maldita sea, tengo que llamar a casa para decir dónde estoy.

Lily rodó de espaldas y se estiró con cuidado. Aunque había pasado en la cama la mayor parte del día, estaba tan cansada como si no hubiera dormido en toda la noche. Estar en la cama con James Potter no era ningún descanso; era muy divertido, era maravillosamente excitante, pero de descansado, nada.

Ahora que él lo mencionaba, cayó en la cuenta del hambre que tenía. A ninguno de los dos se le había ocurrido la idea de almorzar, y ya hacía muchas horas desde el desayuno. Lo que necesitaba en aquel momento era comida.

James se sentó en el borde de la cama, ofreciendo a Lily una vista maravillosa…

Ella extendió una mano y lo acarició mientras él levantaba el teléfono y le dedicaba una ancha sonrisa por encima del hombro.

- Tienes total libertad - la invitó mientras marcaba el número de su casa.

Su espalda era otra maravilla, igual que su torso, pensó Lily soñadora. Estaba constituida por músculos compactos, dividida por la profunda hendidura de la columna vertebral, y descendía formando una cuña desde los anchos hombros hasta la firme cintura.

- Hola - dijo él al aparato-. Dile a Delfina que no voy a ir a cenar a casa.

Lily oyó un murmullo ininteligible, alguien que le preguntaba dónde se encontraba, porque él repuso tranquilamente:

- Estoy en casa de Lilianne.

La voz siguió siendo ininteligible, pero se notaba bastante más agitada. Lily observó cómo se le tensaban los músculos de la espalda y de inmediato se sintió incómoda, como si estuviera escuchando una conversación ajena. Tenía que irse a otro sitio, pensó confusa; no podía soportar que él diera una excusa para explicar su presencia allí. Se incorporó y sacó los pies de la cama, haciendo un gesto de dolor al experimentar una inesperada rigidez en la espalda y en las piernas.

- Belby… —dijo James con paciencia, y suspiró-. Tenemos que hablar. Mañana por la mañana estaré en casa... No, no puede ser antes. Por la mañana. Si surge algo importante, llámame aquí.

Lily se puso de pie despacio, enderezándose con dificultad. Todos y cada uno de los músculos de su cuerpo parecían protestar. Sentía las piernas ridículamente débiles, y le temblaban los muslos.

Estaba desesperada por salir de la habitación, pero su cuerpo no colaboraba. Dio un paso inseguro, haciendo una mueca de dolor, y luego otro.

- Te digo que ya hablaremos mañana. - El tono de James era de firmeza. Se giró para mirar a Lily, y a punto estaba de volverse de nuevo cuando su atención se quedó clavada en ella igual que un rayo láser-. Adiós -le dijo a Belvina en tono ausente y colgó interrumpiéndola en medio de una protesta. Acto seguido se levantó y rodeó la cama para acudir en ayuda de Lily.

- Pobrecita - la arrulló-. ¿Tienes los músculos doloridos?

Ella le dirigió una mirada furiosa.

- Conozco perfectamente el remedio -prometió James cogiendo la sábana encimera de la cama y sacudiéndola.

- Yo también. Una ducha caliente.

- Eso, después. - Enrolló la sábana alrededor de Lily y la tomó en brazos-. Tú quédate quieta y disfruta.

- ¿Que disfrute de qué?

- De estar quieta. ¿De qué, si no? - replicó él exasperante, pero Lily ni siquiera pudo golpearlo porque tenía los brazos aprisionados por la sábana.

Enseguida lo averiguó. James la llevó a la cocina y la depositó con cuidado sobre la mesa, después desenrolló la sábana para extenderla debajo de ella.

- Se me ocurrió una idea fantástica con esta mesa tan grande la primera vez que la vi - dijo con algo más que satisfacción.

Lily, atónita, dijo:

- ¿Qué estás haciendo? - Llevaba horas desnuda en sus brazos, pero por alguna razón estar tendida desnuda en la mesa de su cocina la hacía sentirse insoportablemente desprotegida, como si se tratase de un sacrificio humano sobre un altar de piedra.

- Masaje - dijo James- . No te muevas.

Salió de la habitación dejándola allí tumbada. La dura superficie resultaba incómoda, pero la promesa de un masaje la hizo quedarse donde estaba. James regresó a la cocina con un frasco de aceite para bebés y un paño.

- Ponte boca abajo - le ordenó. Abrió el grifo del agua caliente del fregadero y la dejó correr hasta que empezó a elevarse el vapor, y a continuación llenó un cuenco y volcó en él el frasco de aceite.

Lily obedeció con movimientos rígidos. James no había encendido ninguna luz, por lo que la cocina estaba sumida en sombras profundas, pues acababa de anochecer. El aire acondicionado estaba conectado, y aunque en el dormitorio había estado perfectamente cómoda, el frío de la mesa traspasaba la sábana y la estaba dejando helada. Tuvo un escalofrío, y deseó que James se diera prisa.

- Cierra los ojos y relájate - dijo él en voz queda-. Duérmete, si quieres.

Sus músculos doloridos se fueron acoplando a la dureza de la mesa y le permitieron relajarse un poco. Cerró los ojos y se concentró en los sonidos de lo que estaba haciendo James. Oyó un chapoteo de agua y suspiró con placer esperando sentir el tacto del aceite templado en la piel.

La voz de James sonaba grave y calmante, poco más que un murmullo.

Comenzó por los hombros hundiendo sus poderosos dedos en los músculos. Lily se puso tensa automáticamente ofreciendo resistencia, y luego se relajó al notar que la fuerza y la tensión parecían abandonar su cuerpo. El aceite caliente hacía que las manos de James resbalasen sobre su piel dejándola brillante y fragante. Trabajó cada brazo, incluso masajeando las manos y los espacios entre los dedos. Y allí donde tocaba iba dejando los tendones relajados, los músculos inertes y un contento total. Lily ronroneó de placer cuando James volvió a trabajarle la espalda, comenzando por la cintura y subiendo poco a poco las manos en movimientos amplios y firmes que comprimían la caja torácica y arrancaban un gemido en voz alta a cada caricia. Fue repasando sin descanso cada músculo en tensión y lo masajeaba hasta que quedaba dúctil bajo sus manos.

A continuación les tocó el turno a las piernas. Trabajó los músculos endurecidos, las pantorrillas, los tendones de Aquiles, las plantas de los pies. Hizo girar los tobillos adelante y atrás, apretando con los pulgares en el empeine, y Lily experimentó un sorprendente deseo sexual que la hizo flexionar los dedos.

- ¡Oh! - dijo involuntariamente.

- Te gusta, ¿eh? - preguntó James en un tono suave y amortiguado por la creciente oscuridad de la habitación. Repitió el movimiento, y Lily reaccionó con un gemido.

James subió de nuevo por las piernas, separándolas y masajeando los tendones doloridos e inflamados de la cara interior de los muslos. Esta vez Lily gimió de dolor y se agarró a los bordes de la mesa. Él murmuró unas palabras para tranquilizarla y centró la atención en los glúteos. Ella volvió a relajarse y cerró los ojos. Ahora sentía un agradable calor, y no sólo a causa del aceite; las manos acariciantes de James estaban surtiendo otro efecto totalmente distinto. Iba naciendo lentamente el deseo, calentándole la sangre, sin ninguna urgencia.

- Ahora túmbate de espaldas —le dijo James, y la ayudó a darse la vuelta. Observó con interés los pezones erguidos y sonrió.

Sus manos grandes y aceitosas cubrieron suavemente los senos, extendiendo el aceite sobre la piel del pezón magullada por su vigoroso succionar y por el roce de su barba sin afeitar.

- Tienes la piel delicada como la de un bebé -comentó-. Tendré que afeitarme dos veces al día.

Lily no contestó, demasiado absorta en lo que él le estaba haciendo.

Para cuando terminó con el estómago y los muslos, Lily ya se encontraba en un estado de doloroso anhelo, con el cuerpo arqueado bajo las manos de James. La cocina estaba ya completamente a oscuras, las sombras lavanda del crepúsculo habían dado paso a la noche. Hizo una pausa para encender la luz del fregadero, que los aisló a ambos en un leve resplandor.

Los músculos doloridos de las caras internas de los muslos recibieron mayor atención, y esa vez James no cesó hasta que los gemidos de Lily se transformaron en ronroneos. Sus dedos untados de aceite se deslizaron más hacia arriba, acariciando y explorando, y Lily se estremeció de placer.

- James -Su voz sonó densa, turbia por el deseo. Extendió los brazos hacia él- Por favor.

- No, estás demasiado dolorida para otra sesión más - susurró James—. Yo me ocuparé de ti.

La arrastró hacia el borde de la mesa, con sábana y todo, haciendo resbalar suavemente la tela sobre la lisa superficie.

-¿ Qué... —empezó Lily, pero enseguida volvió a dejarse caer hacia atrás al tiempo que él le acomodaba los muslos sobre sus hombros.

James separó suavemente los pliegues de carne inflamada de entre las piernas, y Lily sintió su aliento cálido sobre ellos. Apenas tuvo tiempo para contener la respiración antes de que él introdujera la lengua en aquella sensible carne causándole un fogonazo de sensaciones que la hizo gritar. Fue muy tierno, y muy concienzudo, y en cuestión de minutos la redujo a un éxtasis de temblores y gritos.

Después la llevó al cuarto de baño. Ella permaneció de pie, soñolienta, bajo la ducha con él, rodeándole la cintura con los brazos y la cabeza apoyada en su pecho. Había desaparecido buena parte de la inflamación y el dolor, pero ahora sentía los músculos como si fueran de gelatina.

Cuando empezó a correr el agua caliente, James separó la mejilla que tenía apoyada en su cabeza.

- ¿Comemos? - murmuró.

Lily se soltó de él de mala gana y cerró el grifo del agua caliente. Se escurrió el pelo mojado de la cara y lo miró con los ojos salpicados de gotas de agua en las pestañas, semejantes a diamantes. Parecía fuerte y despiadado, pero era muy humano, con sus deseos, miedos y rarezas, y ella lo amó todavía más profundamente por aquellas peculiaridades. Pero, sólo por espacio de unos instantes, Lily hubiera deseado que fuera más impenetrable, porque no podía aplazar mucho más lo que tenía que decirle de su padre.

Lo menos que podía hacer era darle de comer primero.

James devoró dos bocadillos de jamón con tomate y luego se recreó un poco más en el tercero mientras Lily daba cuenta de uno. Después hicieron otra vez la cama con sábanas limpias, y James se dejó caer en ella con un suspiro de agotamiento. La envergadura de sus brazos y piernas extendidos ocupaba la mayor parte de la cama, pero Lily trepó hasta uno de los huecos y se acurrucó con la cabeza todavía húmeda en el lugar acostumbrado junto a su hombro. Lo rodeó con sus brazos y se apretó a él con fuerza como si pudiera protegerlo del dolor.

- Tengo que decirte una cosa - dijo en voz baja.

19

Belvina lloró largo rato después de que James colgó el teléfono, con los brazos cruzados encima de la mesa del despacho y la cabeza apoyada en ellos. Las lágrimas saladas y calientes gotearon sobre la superficie pulimentada de la mesa, y ella las secó con la manga, pues no quería estropear el barniz.

Jamás se había sentido más perdida y confusa, ni siquiera cuando su padre los abandonó.

Nada estaba saliendo bien. No había conseguido decirle a Barty que no iba a permitirle que la follara nunca más; cuando él bajó del dormitorio de su madre la otra noche y se quedó de pie en la puerta, mirándola fijamente, se le paró el corazón. Intentó decirlo, pero se le secó la garganta, y además Barty se inclinó sobre ella y ya fue demasiado tarde. Se estremecía de vergüenza cada vez que pensaba en ello. ¿Cómo había podido permitir que la tocara? Iba a casarse con Walter. Se sentía sucia, y tenía la sensación de estar ensuciándolo a él al echarse en sus brazos después de haber estado con Bartemius. Y todavía no le había dicho a James que Walter le había pedido que se casara con él, ni mucho menos le había dicho a su madre ni siquiera que estaba saliendo con él. Había tenido sumo cuidado en tener controlada su vida después de aquella estúpida escenita del intento de suicidio, pero ahora todo parecía volver a salirse de su curso.

James estaba con Lily Evans. Otro hombre al que amaba y del que dependía había sido seducido por una de aquellas putas. ¿Cómo podía hacerle eso James precisamente? Belvina se meció adelante y atrás, abrazada a sí misma y gimiendo de tristeza mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas. Iba a pasar la noche con ella, sin preocuparse de lo que dijera la gente ni de los chismorreos que finalmente llegarían a oídos de su madre por mucho que ellos intentaran evitarlo.

La familia no le importó a su padre cuando estaba en la cama con Elladora Evans, y ahora por lo visto James seguía sus pasos con la hija de ella. No había más que darles sexo para que no prestaran la menor atención a quién hacían daño.

Belvina lloró hasta que los ojos se le hincharon y empezaron a dolerle, hasta que sintió el pecho dolorido por el esfuerzo de respirar. Entonces, por fin, la asaltó una especie de calma terrible.

Abrió y contempló el revólver y la varita que estaban allí guardados. Aquella puta de los Evans no había atendido a las advertencias que ella le había hecho, de manera que ya era hora de dejarse de sutilezas. Dolida y furiosa como estaba, no le importaba que James estuviera con Lily; tal vez le viniera bien que lo zarandearan un poco, pensó al tiempo que cogía la pistola.

Esta vez iba a ser ella la que expulsara a una Evans del pueblo.

- ¿De qué se trata? - quiso saber James, estirándose para apagar la lámpara. Acurrucó a Lily contra sí en la súbita oscuridad-. Te has puesto seria.

- Así es. - Lily parpadeó para reprimir el súbito escozor de las lágrimas-. He dejado pasar tiempo para decirte esto porque... porque no puedo soportar hacerte daño. Y... antes quiero decirte otra cosa. - Respiró para tomar aliento y se aferró a su coraje con las dos manos-. Te quiero -dijo en voz baja teñida de ternura-. Te he querido siempre, incluso desde que era pequeña.

James estrechó su abrazo y abrió los labios, pero ella posó los dedos en su boca para acallarlo.

- No, no digas nada – rogó- . Déjame terminar. - Si no lo decía todo seguido, tal vez perdiera el valor- James, tu padre no se fugó con mi madre. -Percibió que el cuerpo de James se ponía en tensión y lo abrazó con más fuerza-. Sé dónde está mi madre ahora, y Charlus no está con ella. No lo ha estado nunca. Está muerto. - Lo dijo lo más suavemente posible. Las lágrimas rebosaron por fin de sus ojos y se deslizaron lentamente por sus mejillas-. Alguien lo mató aquella noche. Mi madre vio quién lo hizo, y le dio miedo que la matase a ella también, de modo que huyó...

- No sigas - dijo James en tono áspero. Apartó sus brazos de él y le dio a Lily una sacudida leve y brusca-. No sé si la que miente eres tú o Elladora, pero yo recibí una carta de él que llevaba el matasellos del día siguiente, en Chepstow. Si lo mataron la noche anterior, la carta la escribió un muerto.

- ¿Una carta? - preguntó Lily, estupefacta. De todas las cosas que podía decir James, aquello era lo más insólito-. ¿De tu padre? ¿Estás seguro?

- Por supuesto que estoy seguro.

- ¿Era de su puño y letra?

- Estaba escrita a máquina - respondió James. Su incomodidad se iba convirtiendo rápidamente en cólera. Se sentó y bajó los pies de la cama-. Pero la firma era la suya.

Lily se lanzó sobre James y lo abrazó por los hombros para retenerlo, aunque sabía muy bien que él podría quitársela de encima con la misma facilidad que si se tratara de un molesto mosquito.

Le dijo con desesperación:

- ¿Qué decía la carta?

- ¿Qué importa eso, maldita sea? - James la sujetó por las muñecas intentando liberarse sin hacerle daño. Lily se aferró a él aún más fuerte, apretando el cuerpo contra el suyo.

- ¡Sí que importa! - Ya estaba llorando, y sus lágrimas mojaban la espalda de James.

Él musitó otro juramento, pero no se movió. A pesar de lo furioso que estaba con Lily por haber sacado el tema, y mucho más por haber intentado que se tragase una mentira tan ridícula, ella estaba llorando, y tuvo que luchar contra el impulso de atraerla a su regazo y consolarla. Dijo en tono áspero:

- Era una carta de poderes. Sólo eso, sin explicaciones. Sin ese documento, probablemente habríamos perdido todo lo que teníamos. - Su pecho se expandió al inhalar profundamente-. Si no hubiera sido por esa carta, yo habría tratado de dar con él, pero ni siquiera decía que lo lamentaba, ni se despidió. Fue como si estuviera ocupándose de un pequeño detalle que se le había olvidado.

- A lo mejor la escribió otra persona - apuntó Lily, experimentando en su interior el dolor que debía de haber sufrido él—. A lo mejor la escribió el asesino. ¡James, te juro que mi madre vio cómo le disparaban! Aquella noche estaban frente a la casa de verano cuando llegó un coche. Mamá me dijo que Charlus y el otro hombre entraron en el cobertizo para botes y los oyó discutir...

En aquel momento James se levantó bruscamente de la cama zafándose de Lily. Giró en redondo para agarrarla de los brazos y sujetarla contra el colchón.

- Por eso estabas tú fisgando por allí - dijo con incredulidad, y extendió la mano para encender la lámpara y así poder verle la cara. La miró furioso, con los ojos ardientes como carbones, y la sacudió de nuevo-. ¡Pequeña zorra! ¡Por eso has estado haciendo todas esas preguntas sobre Charlus!, ¡Tú crees que lo asesinaron y has estado intentando averiguar quién fue!

Rara vez en su vida había estado más furibundo; le temblaban las manos por el esfuerzo de controlarse. No se creía que su padre hubiera sido asesinado, pero era evidente que Lily sí lo creía, y la muy temeraria había intentado encontrar ella sola al asesino. Si de verdad se había cometido un homicidio, ella habría corrido un riesgo enorme. James se debatía entre tomarla en sus brazos para besarla y ponerla encima de sus rodillas para darle unos azotes en el trasero. Las dos opciones ejercían un tremendo atractivo.

Mientras se decidía, Lily dijo:

- Sabía que no iba a encontrar nada, pero registré el cobertizo en busca de un casquillo de bala...

- Aguarda un minuto. – James se pasó la mano por la cara en un intento de asimilar aquella última confesión-. ¿Cuándo registraste el cobertizo?

- Ayer por la mañana.

- Está cerrado con un candado y con magia. ¿Es que has añadido a tu repertorio la habilidad de allanar moradas?

- Entré nadando por debajo de la puerta y salí a la altura de la grada del bote.

James cerró los ojos y contó hasta diez. Luego repitió la operación. Le temblaban las manos, y las cerró en dos puños. Por fin abrió los ojos y miró fijamente a Lily abatido por la incredulidad.

Temeraria no era el término adecuado; era demasiado intrépida para su propia seguridad, y no digamos para su cordura. La red que había debajo del cobertizo, diseñada para que no penetrasen inquilinos no deseados de la variedad de los reptiles, se había aflojado con el paso de los años y él no la había reparado, pero seguía estando allí. Bien fácilmente podría haberse enredado en ella Lily y haberse ahogado. Entonces la habría perdido para siempre. Un sudor frío se condensó sobre su frente.

- No encontré nada - dijo Lily, mirándolo intranquila-. Pero hay alguien a quien estoy poniendo nervioso. ¿Por qué crees que me han mandado esas notas de amenaza?

Era como recibir un puñetazo en el estómago. James se quedó tal cual, con la mente trabajando a toda velocidad. Entonces se le doblaron las rodillas y se dejó caer sobre la cama.

- ¡MERLÍN!- dijo con expresión vacía a medida que se iba haciendo la luz en su mente horrorizada.

- Contraté a un detective privado - dijo Lily, abrazándolo de nuevo, con una necesidad desesperada de tocarlo. Se apretó contra él, y esa vez James la rodeó también con sus brazos y la atrajo hacia su pecho-. El señor Moody se encargó de investigar los datos de tarjetas de crédito, de la Seguridad Social, de los impuestos... Pero no había ni rastro de Charlus después de aquella noche. ¡James, no había ningún motivo para que él os abandonara a Belvina y a ti, ni a todo ese dinero! No os habría abandonado a vosotros por mi madre. ¿Por qué iba a hacerlo? No tenía sentido que hubiera desaparecido de aquel modo, a menos que estuviera muerto. El señor Moody también pensaba que tenía que estarlo, e iba a formular algunas preguntas por la ciudad. - Un sollozo le surgió del pecho-. Ahora él también ha desaparecido, ¡y tengo miedo de que lo haya matado la misma persona!

-¡Maldición!—dijo James con la voz tensa-. Lily... No digas nada más. Calla un minuto, por favor.

Ella apretó la cara contra su pecho y obedeció. A pesar de todo, él la tenía abrazada, y comenzó a sentir esperanzas. James la meció suavemente adelante y atrás, consolándose a sí mismo a la vez que a ella.

- La carta la envió Bartemius - dijo por fin con la voz amortiguada por el pelo de Lily-. Debería haberlo adivinado. Era la única persona que sabía que papá no había dejado un poder escrito, y sabía el lío en que nos encontraríamos sin ese documento si papá no regresaba, de modo que no corrió riesgos. Él estaba casi tan perturbado como yo, y dijo lo mismo que tú: ¿Qué motivos tenía mi padre para fugarse con Elladora? Ya la tenía para él, y mi madre hacía como que no sabía nada de aquellas aventuras, así que no tenía por qué... Está muerto. Está realmente muerto. - Se ahogó al decirlo, y su pecho se convulsionó.

Lily lo abrazó con fuerza y lo guió hacia la cama. Él se agarró a ella con manos desesperadas.

- Apaga... Apaga la luz - dijo, y Lily obedeció, comprendiendo que un hombre fuerte necesitase la oscuridad para llorar.

James se estremeció en sus brazos, con el rostro húmedo enterrado entre sus senos mientras su pecho se agitaba en profundos sollozos. Lily lloró con él, acariciándole la cabeza, la espalda y los hombros, sin hablar pero ofreciéndole el consuelo de su cuerpo, diciéndole que no estaba solo. Sin la intimidad del día que acababan de pasar juntos, dudaba que él le hubiera permitido verlo tan vulnerable. Pero es que ambos estaban unidos, tal como él había dicho, sus vidas habían sido tejidas juntas de manera inextricable por el pasado, y cimentadas por aquellas largas horas de intenso placer.

Había algo que James había dicho que chirriaba, pero Lily no alcanzaba a ver su importancia.

Lo apartó de su mente por el momento, concentrada sólo en abrazarlo.

James se fue calmando gradualmente, pero su abrazo desesperado no se relajó. Lily le apartó el pelo del rostro mojado con gesto tierno.

- Todos estos años - dijo James en tono ahogado-... lo he odiado y maldecido... y también lo he echado de menos... Y durante todo este tiempo ha estado muerto.

Aún había que decir algo más, algo doloroso.

- Haz que draguen el lago - sugirió Lily, y sintió cómo James se encogía. Él había nadado y pescado en aquel lago.

Había más cosas que decir, decisiones que tomar, pero James tenía la cabeza hundida en su pecho y notó que estaba totalmente agotado. Su propia fatiga, física y mental, estaba empezando a hacer mella también en ella.

- Duérmete - le susurró, acariciándole la sien-. Ya hablaremos por la mañana.

Debió de quedarse adormecida, pero pese a su cansancio, había algo que seguía arrastrándola hacia la semiinconsciencia. Se agitó nerviosa, sintiendo el peso de James encima de ella. ¿Qué había dicho? Algo acerca de la carta de poderes...

El cuerpo de James era como un horno, despedía calor en oleadas. Estaba bañada en sudor a pesar de los esfuerzos del ventilador del techo. No abrió los ojos, pero frunció la frente intentando enfocar con claridad la idea. La carta de poderes... ¿Por qué había enviado Alex un falso poder escrito tan deprisa, cuando ninguna persona razonable esperaría que Charlus abandonase de forma tan radical a su familia y sus negocios? Seguro que esperaba que Charlus se pusiera en contacto...

A menos que supiera que eso iba a ser imposible.

Bartemius.

Abrió los ojos de golpe y contempló confusa el extraño resplandor rojo que invadía el dormitorio. El calor se había intensificado y el aire era acre y le quemaba los ojos y la nariz.

Entonces lo comprendió de repente.

- iJames! -Lo llamó a gritos y lo sacudió con fuerza- iLevántate! ¡La casa esta ardiendo!

Belvina detuvo el coche en el mismo sitio que en las dos ocasiones anteriores, sacándolo de la carretera y entrando en un acceso a un pastizal, fuera de la vista de la casa. Llevaba ropa oscura y zapatos de suela blanda para moverse en silencio sin que la vieran. Era de lo más fácil llegar hasta la casa a pie, dejar los mensajes y marcharse sin ser detectada. Dejar el paquete había requerido un poco más de planificación, ya que había sido a la luz del día, pero Lily le había simplificado las cosas al no encontrarse en casa. Simplemente había sido cuestión de introducir el paquete en el buzón del correo y arrancar.

Salió del coche, pistola en mano, y puso el pie en la carretera oscura. No había mucho tráfico ni siquiera durante el día, y si viniera un coche podría verlo y oírlo con tiempo de sobra para esconderse. Mientras tanto, la carretera era lo más fácil para caminar y no dejar huellas.

Había un extraño resplandor rojo en el cielo nocturno, visible justo por encima de los árboles.

Belvina lo contempló, desconcertada. Tardó unos segundos en comprender de qué se trataba, y sus ojos se desorbitaron de alarma. ¡La casa estaba ardiendo, y James estaba allí! Con la garganta cerrada en un gemido de terror, echó a correr.

James se bajó de la cama y arrastró a Lily consigo al suelo, donde era más fácil respirar, aunque el humo acre seguía quemándole la garganta y los pulmones a cada inspiración. Cogió su bata de la silla y se la lanzó.

- Sal a gatas al pasillo y ponte esto - le ordenó- y unos zapatos. - Se puso a toda prisa los pantalones y los zapatos, en tres movimientos rápidos-. Yo te seguiré justo detrás.

Lily obedeció, mirando hacia atrás varias veces para cerciorarse de que estaba allí. Se echó la bata por encima tosiendo violentamente.

Una vez en el pasillo, vieron que las llamas lamían también el exterior de la ventana del cuarto de baño. James no hizo caso de ello y penetró en el baño para coger las toallas del toallero. Por obra de algún milagro, todavía había presión de agua, de modo que empapó las toallas en el lavabo.

Alargó una de ellas a Lily tosiendo y carraspeando.

- Póntela en la cara -le dijo con la voz enrarecida.

Lily así lo hizo, se sostuvo la toalla empapada contra la nariz y la boca y reptó lo mejor que pudo. La toalla ayudó, pues empezó a respirar un poco mejor.

El fuego parecía rodearlos con sus siniestras llamas amarillas dondequiera que miraban. El denso humo que llenaba la casa reflejaba el resplandor, de modo que éste parecía provenir de todas direcciones. ¿Cómo podía haberse extendido tan rápidamente, engullendo la casa de aquel modo?

El crepitar del fuego se había convertido en un rugido conforme iba haciéndose más grande, consumiendo la casa cada vez más. El calor le abrasaba la piel y continuamente caía una lluvia de chispas semejantes a minúsculos cuchillos incandescentes que agujereaban lo que encontraban a su paso. Las tablas del suelo que iba tocando daban la sensación de respirar, cada vez más calientes, y Lily supo que pronto el suelo empezaría a arder. Si para entonces no estaban fuera, morirían.

James sentía lo mismo. Lily no se movía lo bastante rápido; la bata se le enredaba en las piernas y le restaba velocidad. La empujó bruscamente a un lado para poder moverse por delante de ella.

Asió el cuello de la bata y lo utilizó para tirar de ella, poco menos que arrastrándola, y así obligarla a avanzar más deprisa. Notó que el suelo es taba cada vez más caliente y supo que como mucho disponían sólo de un minuto para salir de allí, o sería demasiado tarde. Forzó la vista para ver a través de las nubes de humo, y la relativa oscuridad de la parte frontal de la casa le proporcionó un atisbo de esperanza.

- ¡La puerta principal! -rugió, intentando hacerse oír por encima del estruendo infernal-.¡Todavía no está ardiendo!

La casa era muy pequeña, pero la puerta principal parecía encontrarse muy lejos. Lily sentía los pulmones doloridos y abrasados, bombeando desesperadamente en busca de aire, pero el fuego estaba consumiendo todo el preciado oxígeno. Se le nubló la vista y tuvo la impresión de que el mundo se torcía hacia un lado. El suelo de madera le raspaba las rodillas mientras James tiraba de ella, y el dolor la incitaba a realizar un mayor esfuerzo. Intentó recuperarse y obligó a sus músculos a seguir moviéndose mientras repetía en silencio una letanía de desesperación: No te pares, no te pares, si te paras James se parará también, no te pares. El terror por la seguridad de él, por encima de todo lo demás, fue lo que la obligó a continuar.

De pronto James se puso de pie con paso inseguro, la izó a ella y la sujetó fuertemente contra sí.

Lily miró con ojos turbios su amado rostro, ennegrecido por el humo.

- ¡Prepárate! -bramó él, y empleó su toalla para cubrir el recalentado picaporte y abrir la puerta de un tirón.

Agachó la cabeza cuando las llamas penetraron con un profundo fragor, pero luego se retrajeron con la misma velocidad. Levantó a Lily del suelo, se la colocó debajo del brazo como si fuera una quaffle y traspasó a la carrera el umbral en llamas.

La velocidad que llevaba los arrojó a ambos fuera del porche y los lanzó a la oscuridad vacía.

James se retorció en el aire intentando interponer su cuerpo entre Lily y el suelo, pero lo logró sólo a medias, y los dos fueron a dar con sus huesos en la hierba. Oyó el grito sofocado de Lily, pero aún estaban peligrosamente cerca de la casa y no podía perder tiempo en ver si se había herido.

- ¡Muévete! ¡Aléjate de la casa!

- No - dijo alguien con una voz ronca teñida de horror. El crepitar y rugir de las llamas casi no dejaba oírla-. James, ¿qué estás haciendo aquí?

James se enderezó lentamente, tirando de Lily y poniéndola automáticamente a su espalda.

Estaban atrapados entre dos peligros, el fuego que tenían a la espalda y la varita que sostenía en las manos el hombre que había sido su tío honorario, su amigo y consejero de toda la vida.

- No - gimió Barty con los ojos agrandados por el pánico. Sacudía la cabeza negando la presencia de James. ¡Creía que ella estaba sola! James, te juro que jamás te habría puesto a ti en peligro...

El calor que James sentía en la espalda era muy intenso y le estaba chamuscando la piel. Dio un paso al frente muy despacio, sin apartar los ojos de Barty pero desesperado por alejar a Lily de aquel calor. Se detuvo cuando lo asaltó un acceso de tos. Oyó que Lily también tosía y jadeaba, y no dejó de sujetarla por el brazo para obligarla a permanecer detrás de él.

Varias sospechas nefastas empezaron a acumularse en su mente, y todas ellas lo pusieron enfermo. Cuando pudo hablar, se irguió y se secó los ojos llorosos con una mano sucia.

- Eres tú el que ha estado enviando esas notas, ¿verdad? - articuló, con la voz tan enronquecida que resultaba casi irreconocible-. Y el gato...

- No -negó Bartemius en un tono de absurda indignación, dadas las circunstancias-. Yo no haría una cosa así.

-¿Pero sí pegarías fuego a una casa y tratarías de matar a una mujer inocente? -preguntó James con frialdad y en un tono duro que hizo que aquellas palabras fueran más penetrantes.

- Esperaba que ella se fuera - repuso Bartemius en un tono terroríficamente razonable-. Pero nada de lo que has hecho tú ha conseguido que se marche, ni tampoco las notas. No sabía qué más hacer. No podía dejar que siguiera haciendo preguntas y perturbando a Dorea.

James lanzó una carcajada ronca.

- A ti no te preocupaba que mi madre estuviera molesta o no - le espetó-. ¡Tenías miedo de que descubriese lo que le ocurrió a papá!

- ¡Eso no es cierto! - replicó Bartemius furioso-. ¡Yo la he querido siempre! ¡Tú lo sabes!

- ¿La querías tanto como para pegarle un tiro a mi padre para poder tenerla a ella?

James le ladró aquella acusación, tan furioso por el peligro que corría Lily y por la revelación de que Barty había matado a su padre, que fue lo único que pudo hacer para no saltar sobre él y estrangularlo con sus propias manos. Lo único que se lo impedía era el hecho de saber que, si fallaba, Lily moriría.

Seguían estando peligrosamente cerca de la casa en llamas, en un infierno de calor y de luz que los envolvía en un círculo rojizo fuera del cual no existía nada más. El rostro de Bartemius se contorsionó de dolor.

- ¡No quería hacerlo! – chilló-. Sólo quería detenerlo... ¡Iba a divorciarse de Dorea! ¡La humillación la habría matado! Intenté hacerlo razonar, pero él estaba decidido. Dios, ¿cómo puede nadie preferir a aquella puta antes que a tu madre? Creo que estaba loco, tenía que estarlo.

A James no le pasó inadvertida la ironía de que Barty llamase loco a Charlus. Entonces, para su horror, Lily se zafó de su mano y salió de la protección que le ofrecía su cuerpo.

- Así que le disparaste - dijo con la voz también enronquecida y apenas audible por encima del rugido del voraz incendio-. Y dijiste a mi madre que si se le ocurría decir algo, contarías que había sido ella. No cabía duda de a quién iba a creer la gente de este pueblo, ¿verdad?

Barty la miró con tal odio y furia que su vara le tembló en las manos, y James se apresuró a acercarla a él. No temía por sí mismo; el horror de Bartemius por haberlo puesto en peligro era sincero, pero Lily... Merlín, incluso en aquel momento seguía empeñado en matarla. Lo llevaba pintado en la cara.

- No me importó que vinieras a vivir aquí - le dijo Barty-. Tú no tuviste nada que ver con lo que sucedió. Pero no quisiste mantener la boca cerrada, seguías haciendo preguntas, y además contrataste a aquel viejo imbécil para que metiera las narices...

- ¿También lo has matado a él? - interrumpió Lily con el rostro contraído por la rabia-. ¿Lo has hecho?

-¡No he tenido más remedio, maldita zorra! -aulló Barty, fuera de sí-. Se acercó demasiado...

Me preguntó si Dorea había tenido alguna aventura... Ella no era así...

- ¿Has arrojado su cuerpo al lago, igual que hiciste con el de Charlus? - escupió Lily con el cuerpo entero agitado. Pero no había temor alguno en su voz, pensó James; era una furia absoluta, espejo de la suya propia, y de pronto tuvo una visión espeluznante de ella lanzándose sobre Barty. No había muchas cosas que Lily no se atreviera a hacer, cuando estaba decidida a hacerlas. Había buscado deliberadamente poner nervioso a un asesino y hacerlo a la luz, aun sabiendo que se estaba poniendo en peligro ella misma.

Su plan había ido como la seda, pensó él maliciosamente. Ahora procuraría evitar que la mataran. La agarró apretando hasta hacerle daño y volvió a situarla a su espalda, confiando en que Barty no disparara a través de él para alcanzarla. De inmediato, Lily empezó a retorcerse y forcejear para soltarse.

Barty contempló cómo peleaban, Lily intentando zafarse de James para que éste no resultara herido, y James tratando desesperadamente de sujetarla por la misma razón. El apuesto rostro de Barty se contorsionó.

- ¡Suéltala! No merece la pena, James. Yo me encargaré de ella, y todo volverá a ser como antes.

No es más que una Evans; a nadie le importará. ¡Lo ha echado todo a perder! ¡Charlusera mi mejor amigo, maldita sea! ¡Yo lo quería! Pero estaba muerto... y tuve que hacer algo.

- Podrías haberte entregado - señaló James procurando mantener un tono de voz razonable. Por fin había logrado sujetar a Lily y aprisionarla con sus brazos. Si consiguiera entretener a Barty y después acercarse lo suficiente para desviar hacia arriba el cañón del rifle de un golpe... Era mucho más fuerte que él, podría reducirlo-. Si fue un accidente, no tenías por qué...

- Oh, por favor. Soy abogado, James. La acusación habría sido de homicidio involuntario, no asesinato, pero aun así habría acabado en la Azkaban. – Barty hizo un gesto negativo- Dorea no habría vuelto a hablarme... No querría tener relación alguna con alguien que hubiera estado en la cárcel. Lo siento, pero tiene que ser así. - Levantó la varilla y apuntó- James supo que iba a lanzar la maldición y matarlos a ambos.

Entonces empujó a Lily hacia un lado y cargó contra Barty. Vio su mano se desviaba siguiéndola a ella, y se arrojó sobre Barty con más fuerza de la que había empleado nunca .Un rallo de Luz verde iluminó su rostro. Asió la varita y la alzo hacia arriba al tiempo que ambos rodaban por el suelo, pero el impacto le hizo soltar a su presa. Con sorprendente velocidad, Barty rodó hacia un lado, se incorporó de un salto y recuperó la varilla. James se puso de pie y empezó a avanzar en dirección a Bartemius. No se atrevía a mirar hacia donde estaba Lily tendida en el suelo, no podría soportar ver... La idea de perderla le contrajo las entrañas con un dolor insufrible. El terror y la rabia se mezclaron en su pecho, y avanzó paso a paso con la idea de dar muerte a Barty escrita en la cara.

- No... - suplicó éste, retrocediendo-.James, no me obligues a dispararte a ti también...

- ¡ Avada Kedravra!

Aquel chillido no procedía de ninguna parte. Cegado por el intenso resplandor, James no vio nada al principio. Entonces se materializó Belvina saliendo de la noche, vestida de pies a cabeza con ropas oscuras que impedían verla. La cara de su hermana estaba blanca como la cal y tenía los ojos desorbitados.

- ¡Hijo de puta! - chilló Belvina de nuevo, avanzando hacia Belvina como una Furia del averno.- Todos estos años... has estado follándome... fingiendo que yo era mamá... ¡y tú mataste a mi padre!

20

- El muy hijo de puta - continuó susurrando Belvina con voz agotada y sin vida-. El muy hijo de puta…

Lily estaba sentada con ella en el interior de un coche patrulla, abrazándola mientras ella lloraba, dejándola hablar todo lo que quisiera. La portezuela de su lado había quedado abierta, mientras que la del lado de Belvina había sido cerrada; una sutil manera de hilar fino por parte de los encargados de hacer cumplir la ley. A Belvina no parecía importarle que su puerta no tuviera ningún tirador por dentro. Se encontraba en estado de shock, se estremecía ocasionalmente a pesar de lo caluroso de la noche añadido al calor del incendio, y Walter la había cubierto cuidadosamente con una manta.

Lily miraba por la portezuela abierta, con una sensación de entumecimiento. Todo había sucedido tan deprisa... La casa estaba completamente destrozada, siniestro total. Barty la había rociado con gasolina todo alrededor y después había arrojado una cerilla, con la intención de atraparla en el interior sin ninguna salida posible. Si conseguía escapar de las llamas, él la estaría esperando con un rifle. Se habría dado por hecho que había sido asesinada por quienquiera que hubiera enviado las notas, y como él era inocente de eso, se sentiría a salvo. Pero James había escondido su coche detrás del cobertizo, y en la oscuridad Barty no lo había visto. Cuando James salió dando tumbos de la casa en llamas, el esmerado plan de Barty quedó hecho pedazos. Lo sorprendió encontrarse con James, a quien él amaba como a un hijo. Lo único que podían hacer ahora era adivinar lo que Bartemius habría hecho al verse enfrentado a aquel dilema.

El coche de Lily, que estaba tan cerca de la casa, también era un siniestro total. Al no tener la llave para encender el motor y apartarlo de allí, Lily había contemplado cómo le caía encima un trozo de pared y le prendía fuego. El Jaguar de James había sido retirado del cobertizo y ahora se encontraba a salvo a un lado de la carretera. Sin embargo, el cobertizo aún se tenía en pie. Lily lo observó fijamente a través del humo. Tal vez pudiera dormir allí, pensó con amargo humor.

Su pequeño patio estaba invadido de gente. El capitán y los otros aurores. Dios sabe qué estaba haciendo toda aquella gente a aquellas horas de la noche, pero estaba claro que un número desmesurado de personas habían seguido las luces intermitentes.

Contempló la alta silueta de James, recortada contra el incendio ya casi sofocado. Estaba hablando con Walter a pocos metros de donde se encontraba el cadáver de Barty cubierto por una manta. Y desde aquella distancia, lo oía toser.

Ella misma sentía la garganta abrasada y el escozor de varias quemaduras en las manos y en los brazos, la espalda, las piernas. Sentía dolor al toser, lo cual no impedía que sus pulmones tratasen periódicamente de expulsar el humo que habían tragado, pero en conjunto se sentía afortunada de estar viva y relativamente indemne.

- Lo siento - dijo Belvina de pronto. Tenía la vista fija al frente-. Yo envié las notas... Sólo quería asustarte para que te fueras. Jamás habría... Lo siento.

Lily, atónita, se recostó en el asiento, pero volvió a incorporarse enseguida al notar el dolor en la espalda. Hizo ademán de ir a decir «no importa», pero cambió de idea. Sí que importaba. Se había asustado mucho, se sintió aterrorizada. Sabía que la rondaba un asesino. Belvina no lo sabía, pero eso no la eximía de culpa. Ella no había matado al gato, pero eso tampoco constituía una excusa. De modo que no dijo nada y dejó que Belvina buscase por sí misma la absolución.

Vio que un sanador se acercaba a James y trataba de obligarlo a sentarse para ponerle una mascarilla de oxígeno. Pero James se zafó de él con gesto enfadado y señaló en dirección a Lily.

- Voy a decírselo - dijo Belvina todavía con aquella voz carente de toda expresión-. A James y Walter. Voy a contarles lo de las notas y el gato. No me detendrán por haberle disparado a Barty…pero no me merezco salir impune de esto.

Lily no tuvo tiempo para responder. El sanador trajo su equipo hasta el coche patrulla y se agachó en cuclillas junto a la portezuela abierta. Le examinó los ojos con su linterna de bolsillo, que la hizo parpadear. Le tomó el pulso, observó las quemaduras de las manos y de los brazos e intentó ponerle la mascarilla de oxígeno. Pero Lily no se dejó.

- Dígale a ése - dijo señalando a James -que me la pondré cuando se la ponga él.

El sanador se la quedó mirando y a continuación sonrió abiertamente.

- Sí, señora - dijo, y regresó alegremente con su primer paciente.

Lily observó cómo le repetía sus palabras a James. Éste se volvió para mirarla furioso. Ella se encogió de hombros. Molesto y frustrado, agarró la mascarilla y se la puso sobre la nariz y la boca con gesto de mala gana. Inmediatamente volvió a empezar a toser.

Como lo había prometido, Lily tuvo que cumplirlo cuando le tocó el turno a ella. Los sanitarios se mostraron de acuerdo en que sus pulmones funcionaban de modo satisfactorio, lo cual quería decir que la cantidad de humo que había inhalado no era crítica. Sus quemaduras eran en su mayoría de primer grado, pero en la espalda tenía una ampolla de segundo grado y quisieron que viera al doctor Biggs. James se encontraba más o menos igual. Ambos habían sido extraordinariamente afortunados.

Excepto por el hecho de que James había perdido un amigo y ella se había quedado sin nada de lo que poseía excepto la bata que llevaba puesta y los zapatos que calzaba. Además de un cobertizo abierto, una cortadora de césped y dos rastrillos, se recordó a sí misma. Tenía asegurada la casa y el coche, pero tardaría tiempo en reponerlo todo. Su mente cansada empezó a intentar confeccionar una lista de todas las cosas que tendría que hacer: reponer las tarjetas de crédito, talonarios de cheques nuevos, comprarse ropa, conseguirse un coche, buscar un sitio donde vivir, hacer que le enviaran el correo a otra parte...

Cuántas cosas que hacer, con lo cansada que estaba y lo incapaz que se sentía de llevar a cabo ni una sola de ellas. Por lo menos no había nada que fuera irreemplazable, excepto las pocas fotografías que conservaba de Sirius. No había más recuerdos familiares.

Por fin se llevaron el cadáver de Bartemius. Belvina contempló cómo lo cargaban en el coche fúnebre para transportarlo al depósito. Dado que había tenido una muerte violenta, le harían la autopsia.

- Me ha usado durante siete años –susurró-. Fingía que yo era mamá. -Tuvo un escalofrío-.

¿Cómo voy a decírselo a…? -preguntó en tono sombrío.

- ¿A quién?

Belvina la miró desconcertada.

- Él –indico -. Walter. Me ha pedido que me case con él.

Lily lanzó un suspiro. Aquel embrollo se iba enredando cada vez más.

- No se lo digas - le dijo tocándole el brazo- . Déjalo pasar. No hagas daño a Walter diciéndoselo. A ti no va a aliviarte, y daría una víctima más a Bartemius Crouch. Empieza aquí desde cero.

Belvina no contestó para aceptarlo ni negarlo, pero Lily albergaba la esperanza de que siguiera su consejo. Ella misma había vuelto a empezar desde cero y sabía cuánto valía seguir adelante.

Por fin los llevaron a ella y James a la clínica del doctor Biggs y los pusieron en salas de observación separadas. El pulcro médico examinó primero a James; Lily los oyó hablar a través de las delgadas paredes. Luego entró con paso presuroso en la pequeña sala en la que se hallaba ella, incómodamente sentada encima de la mesa. Le limpió y curó las quemaduras y examinó su respiración, y seguidamente la contempló con mirada comprensiva.

- ¿Tiene algún lugar donde dormir?

Lily sonrió con tristeza y movió la cabeza en un gesto negativo.

- Entonces, ¿por qué no se queda aquí? Tiene aspecto de no tenerse en pie. Hay una cama desmontable que utilizamos nosotros en ocasiones, y estaremos encantados de que la use usted.

Puedo proporcionarle algo de ropa de médico que ponerse... No diga nada, pero la robé del hospital de Chepstow. - Le guiñó un ojo- . Unas cuantas horas de sueño obrarán maravillas. Mis enfermeras llegan a las ocho y media, entonces podrá llamar a su compañía de seguros, comprarse ropa, ocuparse de todo eso. Créame, se sentirá mucho más capaz de todo después de haber dormido un poco.

- Gracias - dijo Lily con sinceridad, aceptando su ofrecimiento. Las dificultades de estar prácticamente desnuda, sin transporte, dinero ni tarjetas de crédito, eran casi más de lo que podía afrontar en aquel momento. A la mañana siguiente podría pedir a Margot que le hiciera una transferencia bancaria e iniciaría el proceso de empezar otra vez desde cero, pero aquella noche simplemente no estaba para nada.

El doctor Biggs se marchó, y en pocos minutos se presentóJames. Llevaba el torso y la cara todavía manchados de humo negro, pero el médico le había limpiado algunas zonas y le había aplicado vendajes, lo cual le daba un aspecto un tanto desastrado. Figurándose que ella tendría un aspecto parecido, y sin querer mirarse al espejo para confirmarlo, Lily le sonrió.

El rostro cansado de James formó una sonrisa a su vez.

- El doctor Biggs dice que estás bien, pero he querido comprobarlo yo mismo.

- Estoy bien, sólo que cansada.

Él asintió, y acto seguido sencillamente la rodeó con sus brazos y la estrechó contra sí, con un profundo suspiro para absorber su proximidad. Hasta que vio que Lily se encontraba bien y que sólo se había quedado aturdida por la caída cuando él la empujó, había vivido un infierno de pánico.

Los hechos de aquella noche aún hacían mella en él; una parte de su ser estaba insensible, mientras que la otra seguía sufriendo una pena casi inexplicable. No importaba que su padre llevara doce años muerto; acababa de enterarse de ello, de modo que el dolor era reciente. Si a Lily le hubiera ocurrido algo también...

- Ven conmigo a casa - le dijo apretando los labios contra su sien y aspirando el olor a humo de su cabello, sin importarle.

Lily, sorprendida, se apartó un poco y lo miró.

- No puedo hacer eso - barbotó.

- ¿Por qué no?

- Por tu madre... No.

- Déjame eso a mí - replicó James-. No va a gustarle...

- ¡Eso es muy poco decir! - Lily sacudió la cabeza en un gesto negativo-. No puedes presentarte conmigo delante de ella en un momento como éste. Todo lo que ha sucedido esta noche es suficiente como para que le dé un ataque. El doctor Biggs me ha ofrecido que pase aquí la noche, y yo he aceptado.

- Olvídalo – gruñó James. Odiaba admitir que ella tenía razón, pero veía que no pensaba dar su brazo a torcer-. Si no quieres venir a casa conmigo, te llevaré al motel.

- No tengo dinero ni tarjeta de crédito...

James se apartó bruscamente de ella y la cólera brilló en sus ojos oscuros.

- Maldita sea, Lily, ¿es que crees que voy a cobrarte por la habitación?

- Perdona - le rogó-. Estoy acostumbrada a pagármelo yo todo, por eso no se me ha ocurrido ni siquiera pensarlo. Es verdad que una habitación de motel sería más cómoda y más privada.

James lanzó un suspiro y extendió una mano para acariciarle la mejilla. La cólera desapareció de sus ojos. Resultaba asombroso que pudieran crecer flores en los lugares más abominables, pero la mala hierba de los Evans había hecho brotar toda una flor silvestre en Lily.

- Vamos - le dijo, ayudándola a bajar de la mesa de observación- . Vamos a decirle al doctor Biggs que te vienes conmigo.

Diez minutos más tarde llegaba en coche a la oficina del motel y desplegaba con cansancio su larga silueta del interior del jaguar. Todavía había mucho que hacer en aquella noche de horror. Sin prestar atención a su apariencia, entró en el edificio, cogió una llave y regresó en menos de un minuto para acompañar a Lily a la habitación número once. Abrió la puerta, encendió las luces y se hizo a un lado para dejarla entrar. Lily pasó junto a él con paso cansino y miró la cama con expresión anhelante. Le hubiera encantado tumbarse y dormir, pero no podía soportar la idea de manchar las sábanas de hollín.

James la siguió al interior, cerró la puerta y la atrajo hacia él. Lily apoyó la cabeza en su pecho y cerró los ojos para recrearse en sentirlo junto a ella, tan duro y fuerte, tan vital. La muerte había estado tan cerca...

James cerró la mano alrededor de su muñeca y se llevó aquellos dedos enhollinados a los labios, y a continuación le tomó la mano en la suya.

- Mañana comenzaremos a dragar el lago - dijo bruscamente.

Lily se frotó la mejilla contra la mano de él, sintiendo su pena.

- Lo siento - dijo con suavidad.

James aspiró profundamente.

- Hay mucho que hacer. No sé cuándo tendré un minuto libre.

- Lo entiendo. Yo también tengo mucho que hacer, todas las pólizas de seguros, cosas así.

Habría sido agradable que pudieran apoyarse el uno en el otro a lo largo de las duras pruebas que los aguardaban, pero la necesidad los empujaba en direcciones distintas. Como el dragado del lago debía hacerse con la supervisión de las autoridades, el acceso a dicho proceso sería limitado; eso lo sabía Lily sin necesidad de que se lo explicaran. James estaría allí, pero no se permitiría el paso a ningún otro civil que no participara directamente en la operación de dragado.

- No quiero dejarte – murmuró James, y ciertamente parecía incapaz de moverse a pesar de todo lo que aún quedaba por hacer antes de que terminara la noche.

- Es necesario. Mis problemas son en su mayor parte papeleo y compras, puedo ocuparme de ellos yo sola. Tú tienes problemas más serios.

James le levantó la cabeza con los dedos y clavó su mirada en ella.

- Hablaremos cuando esto haya terminado - dijo, una promesa que sonó más bien a una amenaza. Después la besó, una caricia cálida y dura- . Si me necesitas, llámame.

- Está bien.

La besó de nuevo, y Lily percibió que no tenía ganas de irse. Le acarició el pelo para consolarlo.

- No quiero irme – confesó James, apoyando su frente en la de ella-. Hace doce años tuve que decirle a mi madre que mi padre la había dejado por otra mujer; ahora tengo que decirle que en realidad lo asesinaron. Lo peor de todo es que sé que esto no va a alterarla tanto como lo primero.

- Tú no eres responsable de lo que ella sienta o no sienta – replicó Lily, tocándole el labio inferior con el pulgar- Tú y Belvina amabais a Charlus, de modo que no le faltará quien lo llore.

- Belvina –James apretó los labios y su mirada se endureció-. Ha confesado lo que hizo, lo de las notas y el gato. Walter estaba destrozado, ha violado varias leyes con esa travesura.

- Deja que las cosas se tranquilicen antes de hacer nada - le aconsejó Lily-. Al fin y al cabo, la familia es la familia. No debes actuar precipitadamente y provocar una brecha. Recuerda que ella también ha pasado mucho. - Su propia familia había quedado dispersa a los cuatro vientos y su vida estaba sembrada de graves pérdidas, de modo que sabía muy bien lo que estaba diciendo. Vio reflejado en los ojos de James que aceptaba aquella verdad.

Un enorme bostezo se apoderó de ella, y la cabeza se le cayó contra el hombro de él.

Éste ha sido mi último consejo por esta noche - dijo, y bostezó otra vez.

James la besó en la frente y la apartó de él con suavidad. Tuvo que obligarse a sí mismo a dejarla, pero sabía que si no lo hacía ya, se derrumbaría sobre la cama con ella.

—Duerme un poco, nena. Si me necesitas, llámame.

En los días que siguieron, Lily se dio cuenta de que tenía una amiga en la ciudad. No sabía si Annet Smith se habría enterado por los chismorreos de dónde se alojaba Lily y le ofreció voluntariamente sus servicios, o si James la habría llamado para pedirle que la ayudara, pero no preguntó. Annet llamó a la puerta de la habitación del motel a las diez de la mañana del día siguiente y se puso a disposición de Lily.

Ella ya había llamado a Margot y lo había arreglado todo para que le hiciera una transferencia bancaria, pero todavía necesitaba algún medio de acudir al banco a retirar el dinero. Y también necesitaba, con bastante urgencia, realizar algunas compras, y no sabía si alguna de las tiendas de la ciudad le vendería algo. La situación entre ella y James se había modificado de manera drástica, pero en la ciudad no estaban al corriente.

- Lo primero es lo primero - declaró Annet cuando Lily dijo que tenía que ir al banco. Observó a Lily con ojo crítico cuando ésta salía para subirse al coche. Las quemaduras no resultaban tan incómodas, pero Lily tenía la misma sensación que si la hubiera atropellado un camión, probablemente a consecuencia de las dos duras colisiones que había tenido con el suelo-. Voy a llevarte a mi casa –dijo Annet- No tengas reparo en usar mi maquillaje, peinarte y arreglarte un poco. Y mientras lo haces, si me dices la talla que usas, te haré unas cuantas compras rápidas. Nada maravilloso – le dijo cogiéndola de la mano cuando la otra abrió la boca para protestar-, sólo ropa interior, unos pantalones y una camisa para que puedas quitarte esa bata. Ya me lo pagarás cuando saques el dinero.

Poniendo las cosas de aquel modo, Lily no pudo negarse.

- Gracias - dijo sonriente a Annet-. Estaba pensando si podría comprar ropa en la ciudad.

- Podrás - repuso Annet con total seguridad-O de lo contrario yo misma llamaré a James Potter y le diré que resuelva el tema. Además, la ciudad entera no para de hablar de la noticia de que su padre en realidad no se fugó con tu madre, que tú imaginaste que lo habían asesinado y por eso regresaste aquí a demostrarlo. Estamos todos pasmados con lo del señor Crouch. ¡Imaginar que se puso a discutir con su mejor amigo y lo mató accidentalmente, y lo ha ocultado durante todos estos años! Eso debió de volverlo loco para prender fuego a tu casa de esa manera. ¿Es verdad que intentó matarte a ti también, y que Belvina Potter te salvó primero?

- Algo parecido - dijo Lily débilmente, preguntándose cuál sería la versión oficial. No quería contradecir lo que estuviera diciendo la gente. Que ella supiera, tan sólo James, Belvina y ella estaban enterados de la aventura no deseada de ésta con Barty que había durado - siete años.

Annet la dejó en su casa, y Lily disfrutó de otra larga ducha durante la cual tuvo que enjabonarse el pelo varias veces con un champú con olor a fresa para quitarle el olor a humo. Le tomó la palabra a Annet y se embadurnó de crema hidratante de la cabeza a los pies, tras lo cual empezó a sentirse humana de nuevo. Se puso una cantidad mínima de maquillaje, justo lo suficiente para aportar un poco de color a la cara, y se secó el pelo con el secador. Para cuando terminó, Annet ya estaba de vuelta con las compras, entre las cuales, por fortuna, se incluía un cepillo de dientes.

La ropa era sencilla: braga y sujetador de algodón, y un ligero conjunto de punto de pantalón y túnica. Era maravilloso volver a llevar ropa interior; era muy consciente de su desnudez bajo la bata. Annet tenía buen ojo para los colores; el conjunto de punto que le había escogido era de un halagador verde oscuro.

Annet pasó con ella la mayor parte del día, llevándola en coche a donde tuviera que ir: el banco, lo primero de todo. Tener mil dólares en efectivo obró maravillas a la hora de sentirse segura, y lo primero que hizo fue devolver a Annet el dinero que se había gastado en la ropa. La siguiente visita fue a la compañía de seguros, que gracias a Dios requirió una sola escala, ya que la misma compañía aseguraba la casa y el coche. Lily se había recuperado lo suficiente para divertirse con el trato comprensivo, incluso deferencial, que recibió; la línea que separaba la celebridad de la mala fama era muy delgada, pero era obvio que ahora ella se encontraba en el lado de la celebridad.

A medida que fue transcurriendo la mañana, se sintió agradecida por su nueva posición. Como carecía por completo de identificación, tuvo que acudir el agente de seguros a verificarlo todo antes de poder conseguir tarjetas de crédito nuevas, pues las empresas que expedían éstas no eran muy proclives a enviar alegremente tarjetas a todo el que llamaba. Se le enviarían las tarjetas nuevas a cargo del agente de seguros, y llegarían al día siguiente. La compañía de seguros también se encargó de alquilar un coche para ella, que le entregarían aquella misma tarde.

A continuación tocaba ir de compras, y era tanto lo que necesitaba que se le bloqueó la mente al pensar en ello. Ni siquiera cuando la expulsaron de allí había perdido todas sus posesiones, a pesar de lo pocas que eran. Esta vez estaba empezando desde cero, pero también tenía más recursos.

La eficiente Annet sugirió que hicieran una lista y ayudó a Lily a organizar sus ideas. Maleta, bolso, billetero; champú, jabón, desodorante, dentífrico, tampones; maquillaje y perfume; cuchilla de afeitar, cepillo, peine, secador de pelo, plancha de viaje; ropa interior, medias, zapatos, ropa.

- ¡Merlín! - exclamó Lily contemplando la lista, que iba haciéndose cada vez más larga- . Esto va a costarme una fortuna.

- Sólo porque tienes que comprarlo todo de una vez. Todo lo que figura ahí tendrías que comprarlo en cualquier caso, con el tiempo. De todos modos, ¿qué dejarías fuera, el maquillaje?

- Seamos realistas – dijo Lily, y ambas rompieron a reír. Era la primera vez que reía en todo el día, y le produjo una sensación muy agradable.

Bajaron al centro comercial local y llenaron dos carros. Incluso reduciendo las compras a lo mínimo necesario, estaba acumulando un montón de cosas. Sin embargo, ninguno de los zapatos le quedaba bien, lo cual supuso tener que hacer otra parada. Annet estaba tan entusiasmada con todo aquello, que Lily descubrió que en realidad estaba disfrutando. Nunca había participado en aquel rito de las jóvenes americanas de ir de compras con las amigas, y para ella constituía una experiencia nueva.

De forma inconsciente, Annet se hizo eco de lo que pensaba Lily:

- ¡Vaya, esto sí que es divertido! Hacía siglos que no hacía algo así. Tenemos que repetirlo... en circunstancias distintas, naturalmente.

El importe total supuso un buen mordisco para su reserva de efectivo. Una vez que terminaron, Lily se dio cuenta de que estaba exhausta, y la observadora Annet la llevó de vuelta al motel.

James la llamó aquella noche, con voz que sonaba tan exhausta como se sentía ella.

- ¿Qué tal estás, Lily? - le preguntó-. ¿Has conseguido hacer todo lo que querías?

- Estoy bien - respondió ella-. Por lo menos, funciono. -Se había echado una siesta de dos horas, pero no le había servido de mucho-. La compañía de seguros está ocupándose de los detalles del coche de alquiler y de las empresas de las tarjetas de crédito, de manera que todo está saliendo bien. Annet me ha llevado de compras, así que ya tengo ropa.

- Maldición.

Lily hizo caso omiso del comentario, pero una sonrisa jugueteó en su boca.

- ¿Cómo estás tú?

- Como si me hubiera pasado un tren por encima.

Lily titubeó, pues no estaba segura de querer oír la respuesta a su siguiente pregunta.

- ¿Has encontrado algo ya?

- Aún no. - Su voz sonó tensa.

- ¿Cómo se encuentra Belvina?

James suspiró.

- No lo sé. Se pasa el tiempo sentada con la cabeza gacha. Ella y Walter tendrán que solucionar esto ellos mismos; yo no puedo inmiscuirme.

- Cuídate - dijo Lily con un tono de ternura en la voz.

- Tú también - repuso él con suavidad.

En cuanto colgó el teléfono, Lily llamó a Elladora. Se sentía culpable por no haber pensado antes en ello, sabiendo lo turbada que estaba por aquel asunto.

Contestó la abuela. Cuando Lily preguntó por Elladora, la anciana dijo con preocupación:

- Supongo que se ha ido. Cogió su ropa y se largó, anteanoche. No he vuelto a saber de ella.

A Lily se le cayó el alma a los pies. Probablemente a Elladora le había entrado el pánico después de confesarle lo sucedido en la casa de verano, y ahora volvía a fugarse, sin razón alguna.

- Abuela, si sabes algo de ella, quiero que le digas una cosa. Es importante. El hombre que mató a Charlus Potter está muerto. Ya no tiene que seguir estando asustada.

Su abuela guardó silencio por espacio de unos instantes.

- Así que por eso estaba tan nerviosa - dijo por fin-. Bueno, tal vez llame. Se dejó algunas cosas, así que puede que vuelva a buscarlas. Si viene, se lo diré.

La tarde del día siguiente sacaron el coche del señor Moody del lago. El señor Alastor estaba dentro.

Probablemente siguiendo órdenes de James , un agente fue al motel a decírselo a Lily. El joven se mostró incómodo y respetuoso, dando vueltas al sombrero entre las manos. No supo decir cómo había muerto el señor Moody, pero iban a llevar el cadáver al depósito municipal, donde yacería en la misma sala que su asesino. Lily tuvo que reprimir el impulso instintivo de protestar, pues sabía que era inútil.

Cuando se marchó el agente, se dejó caer en la cama y lloró largo rato, y después llamó al detective Ambrose. Al pobre señor Moody no le quedaba ningún pariente, pero el detective prometió que averiguaría lo que le fuera posible acerca de lo que el señor Moody pudiera haber dispuesto para su propio funeral, dado su estado de salud. Había que pasar por diversos trámites, por supuesto, ya que su muerte había sido por homicidio, pero como el asesino ya estaba muerto no sería un problema recoger pruebas forenses para un juicio.

El Cadillac de Charlus Potter fue encontrado a la mañana siguiente, no muy lejos de donde se había hallado el automóvil del señor Moody. El largo esqueleto que encontraron en el asiento de atrás constituía el único resto mortal del padre de James.

El método de Bartemius Crouch para deshacerse de los cadáveres era sencillo: meterlos dentro de sus coches, poner un ladrillo encima del acelerador y meter la marcha. El Capitán Walter fue a quien se le ocurrió buscar los coches, y en el lago había sólo tres lugares en los que había profundidad suficiente para ocultar un coche. Al estrechar de aquel modo la búsqueda, no les costó mucho encontrar los cadáveres.

Lily no consiguió hablar con James, pero la información volaba por la ciudad, y supo que estaba valiéndose de modo implacable de su influencia para lograr que liberasen los restos de Charlus lo antes posible, para un funeral que iba a celebrarse con doce años de retraso. Dorea Potter se presentó en la ciudad por primera vez desde la desaparición de su marido, con aspecto trágico e increíblemente hermosa con su traje negro. La cínica valoración que había hecho James de su madre dio en el clavo: ser viuda era preferible con mucho a ser abandonada. Ahora que todo el mundo sabía que su esposo no la había dejado por la puta del pueblo, podía volver a pasearse con la cabeza alta.

El funeral se celebró cuatro días después de hallarse los restos de Charlus. Aunque sabía que la gente cuchichearía acerca de su presencia, Lily se compró un vestido negro y asistió al servicio, sentada en un banco negro al lado de Annet y de la familia de ésta. James no la vio en la iglesia, pero más tarde, después de la procesión que transportó el cuerpo de Charlus al cementerio, su mirada oscura se vio atraída por el reflejo del sol en su cabellera ardiente.

Estaba de pie, rodeando a Belvina con un brazo. Walter estaba situado al otro lado de ella, de modo que Lily supuso que el compromiso seguía adelante. Dorea estaba apoyada por la comprensión y solidaridad de todas sus antiguas amistades, las que ella se había negado a ver durante doce años. Lily se encontraba a unos diez metros de distancia, separada de James por un grupo de personas, pero las miradas de ambos se cruzaron y supo que él estaba pensando en lo que ella le había dicho. Charlus estaba siendo llorado sinceramente por sus hijos; lo que Dorea sintiera no importaba.

Lo miró fijamente, comiéndoselo con los ojos. Parecía cansado, pero tranquilo. Llevaba el pelo peinado hacia atrás, y vestía un traje italiano negro de botonadura cruzada que le sentaba de maravilla. Su frente se veía perlada de sudor al calor del mediodía.

Lily no hizo movimiento alguno para ir hacia él, y él no le indicó con ningún gesto que se acercara. Lo que había entre ambos era privado, no para exhibirlo en público en el funeral de su padre. Charlus sabía que contaba con su apoyo, porque había llorado su pena en brazos de Lily. Bastaba con que ella estuviera allí.

Cuando ya se marchaban del emplazamiento de la tumba fue cuando Lily vio a Rowena Spellman, de pie a su lado; a Lowell no se lo veía por ninguna parte. Rowena había estado llorando, pero ahora contemplaba la tumba con los ojos secos y una expresión de aflicción en el rostro.

Entonces recobró la compostura y dio media vuelta, y Lily tuvo la sensación de que encajaban todas las piezas del rompecabezas.

Nunca había tenido lógica que Charlus lo hubiera dejado todo por Elladora después de los años que llevaban teniendo un romance. Barty había dicho que Charlus estaba pensando en divorciarse de Dorea, y eso sí que tenía más lógica, pero de pronto Lily supo que no era Elladora con quien había planeado casarse Charlus. Después de todos sus años de donjuán, Charlus Potter se había enamorado aquel verano, de la mujer del alcalde. Había protegido la reputación de Rowena y ni siquiera había hablado de ella a su mejor amigo. Habían corrido los chismorreos acerca de ellos, o de lo contrario Ed Ketlleburn no habría sabido nada, pero su relación no había sido del conocimiento de todos.

Incluso era posible que Elladora le hubiera contado a Ketlleburn que Charlus se estaba viendo con la esposa del alcalde.

Rowena y Charlus habían trazado planes en secreto. Y ahora, después de tantos años, ella supo que su amante no la había abandonado. Después de todo, Charlus estaba siendo llorado sinceramente por alguien más que sus hijos.

Ya se había hecho tarde cuando el último de los simpatizantes se quedó sin pretextos para permanecer más tiempo, y James tuvo un momento de intimidad con su familia. Bebió lentamente de su copa de whisky mientras observaba a Dorea, que estaba infinitamente más alegre ahora, después de haber enterrado a su marido, de lo que lo había estado durante los doce años que llevaba faltando de casa. Necesitaba a Lilianne, se dijo. Quería estar con ella. El hecho de haberla visto en el cementerio había agudizado su hambre. Hambre sexual, emocional, mental. Simplemente la deseaba de todas las maneras posibles. Recordaba el modo en que se le expandió el corazón en el pecho cuando ella le dijo que lo amaba, un momento de alegría desbordante. Igual que un idiota, aún no le había dicho que él también la quería, pero aquél era un lapsus que tenía la intención de rectificar en cuanto tuvieran una oportunidad para estar solos.

En este preciso momento, tenía algo que decir a su madre y su hermana.

- Voy a casarme - dijo con calma.

Dos pares de ojos perplejos se volvieron hacia él. En los de Belvina vio consternación que rápidamente se transformó en aceptación, y su hermana asintió levemente con la cabeza.

¿En serio, cariño? – murmuró Dorea-. Perdóname, no he estado muy al día de tu vida social. ¿Con alguien de Chepstow?

- No, con Lilianne Evans.

Dorea depositó con toda calma su copa de vino.

- Esa broma es de muy mal gusto, James.

- No es una broma. Voy a casarme con ella en cuanto podamos organizarlo.

- ¡Lo prohíbo! exclamó ella.

- Tú no puedes prohibir nada, madre.

Aunque James lo dijo con calma, Dorea reaccionó como si él la hubiera abofeteado. Se puso de pie, erguida como una reina.

- Eso lo veremos. Puede que tu padre se relacionase con esa gentuza, ¡pero por lo menos nunca la trajo a casa ni esperó que yo me relacionara con ella también!

- Ya basta - dijo James en un tono suave y peligroso.

- Por el contrario, si te rebajas a casarte con esa ramera, descubrirás que esto no ha hecho más que empezar. Yo me encargaré de hacerle la vida tan desgraciada...

- No, no harás tal cosa - la interrumpió James dejando bruscamente el vaso en la mesa de forma que el whisky se derramó por el borde. Voy a dejar clara una cosa, madre: Sé lo que contiene el testamento de papá. Te dejó a ti dinero suficiente para que mantengas tu nivel de vida, pero todo lo demás nos lo dejó a Mónica y a mí. Si te portas como es debido y tratas a mi esposa con cortesía, podrás continuar viviendo aquí. Pero no te equivoques: La primera vez que la molestes, yo mismo te acompañaré hasta la puerta. ¿Está claro?

Dorea se encogió con el semblante pálido y mirando a su hijo con ojos desencajados.

- Belvina- dijo con voz frágil-. Ayúdame a subir a mi habitación, querida. Los hombres son tan poco civilizados...

- Que te zurzan, madre - dijo Belvina con cansancio.

- Perdona, ¿cómo has dicho?- Dorea habló en un tono helado.

Belvina, visiblemente, hizo acopio de fuerzas. Estaba tan pálida como Dorea, pero no retrocedió.

- Lo siento, no debería haber dicho eso. Pero James se merece ser feliz. Si no quieres asistir a su boda, de acuerdo, pero yo pienso ir encantada. Y ya que estamos hablando del tema, yo también voy a casarme. Con Walter.

- ¿Quién? - preguntó Dorea con expresión vacía.

- El auror.

Su boca se curvó en un gesto de desdén.

- ¡Él …! Realmente, querida, es...

- Perfecto para mí - terminó la frase Belvina con firmeza. Parecía a la vez asustada y entusiasmada por haberle hecho frente a Dorea le por fin-. Si quieres venir a mi boda, me alegraré, pero no puedes evitar que me case con él. Además, madre... creo que serías más feliz si te fueras a vivir a Chepstow.

- Buena idea - dijo James guiñándole un ojo a su hermana.

A la mañana siguiente, Lily fue a Chepstow para asistir al funeral del señor Moody.

Tenía la esperanza de que la llamara James, pero comprendió que no lo hubiera hecho. Había insistido machaconamente a Walter para que hiciera lo que pudiera para entregar el cadáver del señor Moody, y él le había dicho que James estaba enredado en el proceso de verificar oficialmente el testamento de su padre y utilizando su influencia para acelerarlo. Las dificultades legales que planteaba un poder escrito falso, en virtud del cual había dirigido sus posesiones financieras a lo largo de aquellos años, quedaron invalidadas en su mayoría, ya que en su testamento Charlus se lo había dejado todo a James y Belvina, pero aún quedaban problemas que solventar.

Margot acudió a Chepstow para estar con Lily, pues por el teléfono había percibido que estaba más afectada por lo del señor Moody de lo que había dado a entender. Al breve funeral asistieron sólo un puñado de personas: algunos vecinos, Margot y ella, la mujer del pelo azulado del bufete. Para sorpresa suya, también acudió el detective Ambrose, vestido con lo que parecía el mismo traje gastado. Acarició la mano de Lily como si ella fuera pariente del señor Moody, y mientras tanto sus desengañados ojos de policía no se apartaron ni un momento del rostro de Margot.

Lily estaba demasiado cansada para regresar conduciendo a casa, de modo que tomó una habitación en un hotel para pasar la noche. Margot decidió quedarse también - nada sorprendente y salir con el detective Ambrose.

- No me acuesto con un hombre en la primera cita - dijo Margot a la mañana siguiente, parloteando con nerviosismo-. Quiero decir que simplemente no quiero, es demasiado peligroso, además de vulgar. -No paraba quieta mientras las dos daban cuenta del desayuno dispuesto en el carrito del servicio de habitaciones, en el cuarto de Lily; jugueteaba con la servilleta, con la cubertería, con la ropa. Su mirada revoloteaba por la habitación; la suya era contigua y prácticamente idéntica, pero a ella por lo visto todo le resultaba enormemente interesante-. Puede que esté pasada de moda, pero yo creo que el sexo debe esperar por lo menos hasta que exista un compromiso, y todavía sería mejor esperar hasta el matrimonio. Las mujeres arriesgamos demasiado al irnos a la cama con un hombre que no es nuestro marido...

- Entonces, ¿estuvo bien? - la interrumpió Lily tomando un sorbo de café.

Margot se puso una mano en el pecho y puso los ojos en blanco en un gesto teatral.

- ¡Dios mío, ya lo creo! - Se levantó de un salto y se puso a pasear por la habitación-. No me creía lo que estaba pasando, yo no hago esas cosas, pero este hombre estaba decidido y fue todo como en una montaña rusa, que no hay modo de salirse. Bueno, no es eso exactamente lo que quiero decir. Lo de salirse, vamos, porque sí que... -De pronto se interrumpió y se puso intensamente colorada. Lily estuvo a punto de ahogarse con el café, de tanto reír-. Quiere verme esta noche, pero yo le he dicho que tengo un vuelo de regreso a Londres y que tendrá que llamarme a casa si quiere verme otra vez. -Margot parecía angustiada-. ¿Tú crees que habrá alguna forma de frenar esto y volver al camino correcto?

-Puede –contestó Lily, pero ya había visto a Margot enamorada en otras ocasiones y dudaba que hubiera algo que la frenase.

Pasaron la mañana yendo de compras, rellenando el ropero de Lily con el surtido de las boutiques de Chepstow. Se marchó de a ciudad hacia las dos de la tarde para permitir a Margot intimidad y tiempo para otra cita con el detective Ambrose.

Llegó al motel, su hogar temporal, a las cuatro. Argus la saludó con la mano y salió a su encuentro para ayudarla con las bolsas. Acto seguido, hambrienta tras el ejercicio, fue al centro del pueblo para ir al café de Annet.

Estuvo un rato charlando con Annet y después pidió el emparedado de ensalada de pollo que se había convertido en su cena habitual. Estaba sentada a una mesa de espaldas a la puerta y justo acababan de traerle el emparedado cuando oyó que la puerta se abría con un estruendo. Se hizo un brusco silencio en el interior del café. Sobresaltada, levantó la vista y se encontró con un iracundo James Potter que se cernía sobre ella. Debía de haberlo llamado Argus, pensó distraídamente.

Llevaba el pelo más revuelto que de costumbre.

- ¿Dónde diablos – ladró- has estado metida?

- En Chepstow- repuso ella en tono manso, aunque era plenamente consciente de que todo el mundo los estaba mirando sin pestañear.

- ¿Sería mucho pedir que me informaras de dónde vas a estar? - barbotó él.

- He ido al funeral del señor Moody-replicó Lily.

James se deslizó en el asiento de enfrente y parte de la cólera se borró de su cara. Por debajo de la mesa, sus largas piernas chocaron con las de ella, y extendió los brazos para cogerle las manos.

- Estaba cagado de... Estaba asustado -confesó, corrigiendo rápidamente la frase para adoptar un vocabulario más decente-. No dejaste el motel, pero Argus te vio metiendo una maleta en el coche.-Incluso lo obligué a que abriera tu habitación para ver si todavía estaban allí tus cosas.

- No me habría marchado de la ciudad sin decírtelo - dijo Lily, secretamente divertida por el hecho de que James creyera que tal vez se había ido para siempre.

- Más te vale - musitó. Le apretó las manos con más fuerza-. Mira… -empezó, pero se detuvo-. Mierda, ya sé que éste no es el sitio más adecuado para hacerlo, pero todavía tengo toneladas de papeleo que resolver y no sé cuánto tiempo pasará antes de que pueda ver la luz del día. ¿Quieres casarte conmigo?

Había conseguido sorprenderla. Había ido incluso más allá de la mera sorpresa. Se recostó en el asiento, estupefacta y sin habla. ¿James quería casarse con ella? Ella misma ni siquiera se había atrevido a pensar en esa posibilidad. Con el pasado del uno enredado en el del otro, la espinosa situación con su madre y su hermana... En fin, simplemente no parecía que fuera una alternativa.

Era evidente que James se tomó su reacción como un rechazo, y frunció sus negras cejas. Siendo quien era, inmediatamente tomó medidas implacables para obtener lo que quería.

- Tienes que casarte conmigo-dijo, alzando la voz lo suficiente para que todos los presentes pudieran oírlo-. El niño que estás esperando es mía. Necesitará un padre, y tú necesitas un marido.

Lily dejó escapar una exclamación y abrió los ojos horrorizada.

- Maldito canalla - rugió al tiempo que se levantaba con dificultad del asiento. No estaba embarazada, y él lo sabía, la menstruación le había llegado con puntualidad, tres días antes. Tuvo una impresión confusa, vertiginosa, de una estancia repleta de rostros ávidos que la miraban fijamente, y de James que le sonreía con una expresión satisfecha y despiadada, disfrutando de su acceso de furia salvaje e incoherente. Tal vez James captó algo en sus ojos, una advertencia en una fracción de segundo, pero no fue suficiente. La mano de Lily salió disparada, agarró el vaso de té helado y se lo arrojó en pleno rostro.

- ¡No estoy embarazada! -vociferó.

James se levantó también de su asiento limpiándose el té de los ojos con la servilleta de Lily.

- Puede que no lo estés ahora, pero si quieres estarlo, tendremos que casarnos.

- Cásate con él - le aconsejó Annet, inclinada sobre el mostrador y sonriendo de oreja a oreja-.Y hazle la vida imposible. Se lo merece, después de esta escenita.

-Eso… -dijo él afirmando—. Me lo merezco.

Lily lo miró fijamente.

- Pero... ¿y tu madre? - preguntó impotente.

Él se alzó de hombros.

- ¿Qué pasa con ella? – Lily abrió la boca para gritar otra vez, pero él sonrió y levantó una mano-. Les he dicho a ella y a Belvina que voy a casarme contigo. Mi madre cayó en su síndrome de desaprobación aguda, pero Belvina le dijo, literalmente, que la zurcieran. Fue lo más divertido que he visto nunca. Bueno, excepto una cosa.- Sus ojos relucieron al mirar a Lily, recordándole con malicia lo sucedido en el baño de damas de la oficina de aurores—.Belvina nos ofrece sus parabienes; va a casarse la semana próxima con Walter. Le sugirió con gran entusiasmo a mi madre que se fuera a vivir a Chepstow, que de todas formas siempre le ha gustado más que Tutshill. Así que, nena, voy a sentirme muy solo en esa casa tan grande, y necesito a mi pelirroja personal para que me haga compañía.

Lo decía en serio. Lily tragó saliva, una vez más incapaz de hablar. James ladeó la cabeza y le sonrió, con una expresión de deseo y ternura en los ojos.

- Hay otra cosa que quería decirte –murmuró-. Te quiero, pequeña. Debería habértelo dicho antes, pero empezaron a ocurrir cosas.

Lily pensó en pegarle. Pensó en agarrar el vaso de té de otra persona y tirárselo a la cara. Pero en lugar de eso dijo:

- Sí.

James le tendió los brazos y ella se echó en ellos, acompañada por la correspondiente salva de aplausos de todos los clientes del café.