Capítulo 3

Estaba anocheciendo y todavía no sabía siquiera en donde dormiría en su primera noche fuera del centro juvenil. Revisó los bolsillos de sus pantalones vaqueros, solo unos cuantos dólares que le servirían al menos para algún motel de mala muerte. Alabama era una ciudad enorme y se sentía perdido caminando por sus calles... aquel lugar ruidoso y pleno de gente no se parecía en nada a su hogar.

Conecuh County. Un escalofrío le subió por la espalda al recordar el pueblo de donde había sido desarraigado ocho años atrás. Se había propuesto dejar su vida atrás, pero un sentimiento nuevo y desconocido para él le estaba carcomiendo el alma. Necesitaba volver allí y recorrer con sus ojos por última vez los lugares que habían marcado su infancia. Debía poner una piedra sobre todos aquellos malos momentos... enterrar definitivamente su pasado. Solo había una forma de hacerlo... regresar y enfrentarse a él, sin temor, sin remordimientos. Ya no era un niño, había crecido de golpe y ya era tiempo de intentar cerrar aquel capítulo de su vida.

No lo pensó dos veces, empezó a caminar a pasos acelerados y llegó a la estación de autobuses respirando agitadamente.

- Quiero un boleto para Conecuh County- pidió al empleado que lo observaba atentamente detrás de sus gruesas gafas.

- Aquí tienes, muchacho- le respondió.

Theodore tomó el boleto y se sentó en una banqueta a esperar la salida de su autobús. Faltaban unos treinta minutos y estaba tan ansioso que sentía que el tiempo no pasaba para él.

Una jovencita que estaba sentada frente a él llamó su atención. Leía una revista de moda, o al menos eso parecía. Él notó que lo observaba escondida detrás de las páginas a colores que fingía leer. Se recostó en el asiento y se cruzó de brazos para observarla con más detenimiento.

No debía tener más de quince o dieciséis años, llevaba su larga cabellera dorada que le caía sobre los hombros y usaba unos frenos en la boca que relucían cada vez que sonreía. Tenía un largo vestido blanco con motivos florales y cuando se levantó, Theodore descubrió que aquella dulce jovencita cojeaba de unos de sus pies.

Unos niños pasaron corriendo haciéndole perder el equilibrio. Él se levantó y se acercó para ayudarla.

- ¿ Estas bien?- preguntó mientras la ayudaba a levantarse.

- Si...- respondió aceptando su mano- Gracias...-.

- Esos niños... son unos imbéciles- le dijo seriamente.

- Si... créeme, ya estoy acostumbrada a enfrentarme con niños así-.

Theodore le sonrió. Aquella jovencita le inspiraba ternura... un sentimiento al que él no estaba habituado... no se había sentido así desde que había conocido a Roseanne. Le agradaba, quizá porque ella también debía cargar con las burlas y el desprecio de los demás.

- Me llamo Marie-.

Él no la había escuchado, estaba absorto en sus propios pensamientos.

- ¿ Y tú?-.

- ¿Disculpa?-.

- Me llamo Marie... ¿ cuál es tu nombre?- insistió.

Él extendió su mano pálida y delgada.

- Soy Theodore... pero puedes llamarme Teddy...- le dijo mientras se sentaba a su lado.

- ¡Marie! ¿ Qué haces, niña?- una mujer cargando unos bolsos se acercó a ellos.

- Mamá... él es Teddy-.

La mujer apenas lo miró.

- Marie, te he dicho miles de veces que no quiero que hables con extraños- le recordó enfadada.

La niña lanzó una mirada a Theodore, haciéndole saber cuan fastidiada estaba con la actitud de su madre.

- ¡ Mamá... ya no soy una niña! ¡ Estoy a punto de cumplir diecisiete años!- exclamó resoplando.

- ¿ Tu quién eres, muchachito?- preguntó prestándole por primera vez atención.

Él se puso de pie y extendió su mano con la intención de saludarla.

- Soy Theodore... Teddy-.

- Mira, Theodore o Teddy... aléjate de mi hija... si te acercaste a ella porque creías que estaba sola, te has equivocado- le tocó el hombro- Sé perfectamente cuales son tus intenciones... ¡aleja tus sucias manos de mi hija!-.

- ¡ Mamá!- suplicó Marie- ¡ No le hables a Teddy de esa manera! ¡ Él solo intentaba ayudarme!-.

Theodore observaba en silencio y con los puños apretados a aquella mujer que quería apartarlo de su hija como si él fuera una peste... una especie de monstruo. Marie empezó a llorar, presa de los nervios.

- ¡ Aléjate, jovencito!- le gritó amenazándolo con una mano.

Theodore miró entonces a Marie, quien ya no le miraba porque se cubría el rostro con sus manos.

Entonces no supo que fue lo que se apoderó de él, pero una furia intensa e incontenible empezó a correr por sus venas. Tenía ganas de golpear a aquella mujer con sus puños hasta que dejara de gritar... silenciarla con sus propias manos... estaba ciego, sólo quería saciar las ansias que lo consumían. Sus ojos, siempre apagados debían estar lanzando chispas de odio en aquel momento. Levantó lentamente los puños y cuando estuvo a punto de golpearla, lo que vio en los ojos de Marie lo detuvo. Terror. El terror que vio en sus ojos era el mismo que él vivía cada noche bajo el dominio de su padre. Se quedó inmóvil unos segundos, paralizado por la mirada de Marie... tan igual a la suya.

Tomó la mochila de la banqueta y salió disparado, sin mirar atrás. Había sentido por primera vez lo que era capaz de hacer, y no sabía como sentirse al respecto... si no se hubiera enfrentado a la mirada aterrada de Marie no sabía hasta donde habría llegado...

Al día siguiente, muy temprano el viejo autobús finalmente lo dejó en Conecuh County. Era una mañana fría y el cielo amenazaba tormenta; no le importó, empezó a caminar presurosamente hacia su destino. No había dormido bien durante el viaje, le dolían las piernas, pero eso no lo detuvo.

Cuando llegó al cementerio, ya habían empezado a caer las primeras gotas de lluvia. Divisó al encargado y caminó hacia él.

- La tumba de Robert Bagwell- dijo sin inmutarse.

El anciano lo miró, tratando de averiguar quien era aquel joven. Era un pueblo en donde todos se conocían y era la primera vez que alguien venía y preguntaba por la tumba del viejo Bagwell.

- Está por allí- le indicó señalando un sendero de cemento- La encontrarás al final-.

Theodore se acomodó el cuello de su chaqueta y se alejó sin responder.

El anciano se quedó mirándolo y por un segundo creyó reconocerlo. Aquel muchacho se parecía al pequeño Teddy, aquel niño perturbado que había sido atrapado intentando incendiar la casa de su maestra unos cuantos años atrás. Se rascó la cabeza y volvió a sus tareas, divagando sobre la identidad del muchacho e intentando disipar sus dudas.

Theodore empezó a recorrer el sendero sin prisa. La lluvia empezaba a arreciar, pero parecía no afectarle en absoluto. A medida que se iba acercando a la última tumba sentía que sus piernas empezaban a debilitarse.

Era tal cual se la imaginaba. Una tumba de piedra y sin epitafio. Solo una cruz de madera en la que se leía:

" Robert Bagwell. RIP"

Una morada tan vacía como vacía había sido su vida. Su padre no merecía más. Se quedó de pie, impávido leyendo una y mil veces aquella inscripción... como si haciéndolo lograra también enterrarlo una y mil veces en su pasado.

Abrió su mochila y sacó el viejo libro. La lluvia mojaba la cubierta de color azul y cuando lo abrió el agua empezó a borronear las palabras que una y otra vez había escrito en él.

Se dejó caer, abatido y sus rodillas se hundieron en el lodo. Empezó a pasar las hojas, pero no las leía. Con manos temblorosas lo apoyó sobre el frío cemento de la tumba.

Observó la cruz de madera y las gotas de lluvia golpeaban su rostro.

- Diez sinónimos de " muerte"- dijo respirando profundamente-... defunción, fallecimiento, expiración, desaparición, deceso, fin, conclusión, desenlace, extinción, partida... -.

Sus palabras resonaban en el pequeño cementerio. Theodore volvió a cerrar el libro... no solo cerraba sus páginas... con aquel ritual finalmente cerraba una etapa de su vida. Su padre había muerto días atrás, pero para él, acababa de hacerlo ahora. Observó el libro sobre la tumba. No lo llevaría consigo, era hora de enterrarlo. Empezó a cavar con sus propias manos en la tierra húmeda, un hueco en donde dejar parte de su vida y de su infancia. Lo cubrió por completo y se puso de pie. Echó un último vistazo y se marchó. La lluvia no cesaba de caer y lentamente unas gotas frías empezaron a mezclarse con las lágrimas que rodaban por sus mejillas... lágrimas que creía presas en su alma y a las que jamás permitiría volver a salir...

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