Theodore estaba sentado en una de las mesas del local de comidas rápidas. Fue el primero que encontró luego de abandonar el cementerio y pudo notar que había sido el centro de atención desde el mismo momento en que había pisado aquel lugar.
Tenía la ropa completamente empapada luego de haber caminado durante horas debajo de la lluvia y aún conservaba, a la altura de las rodillas el lodo de la tumba de su padre que se había impregnado en la tela de sus pantalones vaqueros.
Intentó ignorar las miradas indiscretas que se posaban sobre él... estaba ya dolorosamente acostumbrado a ser el centro de atención. Hubiese deseado desaparecer, como tantas veces en su niñez, pero ya no era un niño y debía aprender que él también era parte del mundo y que los demás le debían respeto. Ya nadie lo lastimaría, no importaba lo que tuviera que hacer para lograrlo ni quien se interpusiera en su camino... nadie volvería a herir a Theodore Bagwell nunca más...
Lanzó una mirada a través de la ventana. La lluvia había cesado y la furia del viento había disminuido. Ya no soportaba permanecer un segundo más allí, pidió la cuenta, entregó el dinero a la camarera que seguía mirándolo con curiosidad y se dispuso a abandonar el local. Abrió la puerta y entonces la vio. Habían pasado ocho años pero la reconoció. Su cabellera color zanahoria era como una marca registrada y aún conservaba las pecas que cubrían casi todo su rostro. Roseanne estaba caminando hacia él, junto a dos muchachas que la acompañaban.
Cuando se acercó a él, Theodore creyó que su mundo podría derrumbarse allí mismo... estaba deliciosamente hermosa, los años la habían convertido en una jovencita adorable y era tal cual la recordaba y la imaginaba cada noche en sus pensamientos.
Miles de palabras se agolparon en su cabeza, tratando de elegir las mejores para presentarse delante de ella después de todo ese tiempo.
Pero Roseanne pasó a su lado sin prestarle ni siquiera atención. Ni siquiera lo había mirado. Theodore se quedó de pie junto a la puerta con una sonrisa desconsolada colgando en su rostro. No lo había reconocido... o pretendió no hacerlo.
Aquella duda empezó a rondar por su cabeza y sabía que si no la disipaba se convertiría en una obsesión.
Siguió a Roseanne y a sus amigas con la mirada hasta que se sentaron en una de las mesas. Retrocedió unos pasos y decidió que se quedaría allí afuera siguiendo todos sus movimientos. Desde allí podría contemplarla sin que ella notara su presencia. Si lo había ignorado cuando había pasado a su lado, no le prestaría atención ahora.
Se sentó en una banqueta y se cruzó de brazos, dejándose caer sobre el respaldo de madera. Hacía frío, subió el cuello de su chaqueta y acomodó su gorra de béisbol, sin dejar de mirarla.
No supo exactamente cuanto tiempo había pasado pero no pudo evitar alegrarse cuando finalmente la vio salir. Ella se despidió de sus amigas y empezó a caminar por la acera. Sería su oportunidad y sin pensarlo dos veces, empezó a caminar detrás de ella a una distancia prudencial.
Aquellas calles eran familiares para él... se estaban dirigiendo a su antiguo barrio... quería decir que todavía vivía en la misma casa. Su reencuentro tendría entonces un sabor especial... volverían a verse en el mismo lugar en donde se habían conocido.
Cuando ella finalmente llegó hasta el portal de su casa, Theodore caminó más aprisa, debía enfrentarla antes de que ella abriera esa puerta.
- Roseanne... - llamó mientras subía los últimos escalones que los separaba.
Ella se dio vuelta al reconocer aquella voz tan particular.
- Teddy... ¿ qué... qué haces aquí?- preguntó atemorizada.
Él se acercó y ella retrocedió.
- Roseanne... ha pasado tanto tiempo... – esbozó una sonrisa- No te imaginas las ganas que tenía de volverte a ver... -.
Roseanne comenzó a mirar a su alrededor, buscando con su mirada alguien que pudiera ayudarla.
Theodore extendió las manos y tomó las manos temblorosas de Roseanne hasta apretarlas fuertemente entre las suyas. Él la miró a los ojos y descubrió que estaba aterrorizada.
- Roseanne... baby... no debes temerme... sabes que nunca te haría daño... - le dijo intentando tranquilizarla.
Ella comenzó a temblar.
- Teddy... será mejor que te vayas... no es bueno que estés aquí... -.
Entonces soltó sus manos bruscamente.
- ¡ Maldición, Roseanne... tu también!- agachó la cabeza y por unos segundos su mirada se perdió en el suelo bajo sus pies- ¡ No puedes apartarme de tu lado... no tú...! – gritó levantando su cabeza, su rostro se había transfigurado; su expresión simpática había dado paso a una mueca siniestra.
Descubrió que ya no era su Roseanne... la jovencita que ahora lo miraba con temor se había transformado en una más de las tantas personas que lo veían como a un ser inferior... como a alguien que ni siquiera se merecía la oportunidad de ser mirado una segunda vez. Se sintió asqueado con su actitud... la única persona en el mundo que le importaba también lo rechazaba.
- ¡ No me mires de esa manera, Roseanne¡- le gritó mientras le lanzaba una mirada amenazadora.
Ella no dijo nada, solo temblaba y seguía suplicando en silencio por que alguien apareciera de inmediato.
- Entremos... – dijo de repente Theodore tomándola del brazo.
Roseanne estaba paralizada, ni siquiera podía moverse, entonces él tuvo que empujarla hacia adentro.
La casa estaba vacía, la ocasión perfecta para estar finalmente a solas.
La llevó hasta la sala e hizo que se sentara en el sofá. Él se quitó la chaqueta, arrojó la gorra y se dejó caer a su lado. Estiró las piernas y las apoyó sobre la mesita de cristal.
- Es exactamente como la recordaba- comentó echando un rápido vistazo al lugar.
- Mis... mis padres deben llegar de un momento a otro... – murmuró Roseanne deseando que aquello lo hiciera desistir de lo que sea que tuviera en mente.
Él la miró, aún tan asustada como estaba seguía tan bella como el día en que la conoció.
- No importa que ellos vengan, Roseanne... nadie podrá separarnos de ahora en más- susurró acercándose a ella.
Roseanne cerró los ojos cuando sintió su aliento tibio en su cuello. Un escalofrío helado le recorrió la espalda y comprendió entonces que Teddy sería capaz de cualquier cosa.
- Teddy... han pasado muchos años... -.
- Lo sé... pero en todos estos años no hubo un día en que no pensara en ti... cada noche, tu imagen venía hacia mí y espantaba las pesadillas que me atormentaban en aquel lugar... -.
- Siento que hayas tenido que pasar por todo eso... -.
Theodore parecía no escucharla, solo seguía hablando mientras posaba su mano en su regazo.
- Eras... eras como una luz al final de un pasillo oscuro... el único consuelo que tenía en aquel horrible lugar era que cada día faltaba uno menos para volver a verte... mi querida Roseanne... -.
Ella respiraba agitada, solo era consciente de que la mano inmunda de Theodore estaba tocando sus piernas. Se movió pero eso no evitó que él siguiera subiendo lentamente hasta meter su mano debajo del vestido que llevaba.
- No podía dejar de imaginarme como sería tocar tu piel... tan blanca... tan suave... – entrecerró sus ojos y le sonrió sádicamente mientras mojaba sus labios con la lengua.
Roseanne, en un acto instintivo se hizo para atrás, pero él era más fuerte y en un segundo logró colocarse encima.
- ¡ Suéltame! – imploró mientras luchaba con todas sus fuerzas.
- ¡ Cállate, Roseanne! ¡No hagas esto más difícil!- le ordenó mientras la sujetaba por la cintura.
Quiso gritar pero cuando él sacó una navaja, ningún sonido salió de su garganta.
Theodore acarició sus mejillas mientras que con la otra mano le mostraba la afilada navaja.
- Siempre adoré tus pecas... ¿ lo sabes, verdad?-.
Roseanne asintió, sin dejar de temblar. Sus manos ásperas subían y bajaban por sus mejillas y cuando se mojaron con sus lágrimas, él posó su dedo índice en los labios de ella.
- No debes llorar, baby... no quiero hacerte daño... – inclinó su cabeza- de ti depende que nada malo te suceda... -
Cuando finalmente sus labios se unieron a los labios rojos de Roseanne, Theodore experimentó un torbellino de sensaciones que lo abrumó. Ella estaba rígida, con la boca cerrada y el sabor de aquellos labios le revolvieron el estómago.
Cuando finalmente él se separó, ella dio vuelta la cara y Theodore notó la expresión de disgusto en su rostro.
Nuevamente el rechazo, tampoco lograría de ella ni siquiera un poco de respeto... un poco de cariño...
Se levantó de un salto y se quedó parado frente a ella, mirándola con rabia. Empezó a mover su cabeza de un lado a otro.
- ¿Por qué, Roseanne?- preguntó mientras agitaba la navaja ante los ojos azules y aterrados de la joven- ¿ Por qué me tratas como todos los demás?... Teníamos algo bonito... y tú lo has estropeado... -
Ella se acurrucó en el sofá, rodeando sus piernas con ambos brazos. Quería protegerse pero nada podía protegerla de la locura de Teddy. Volvió a contemplarlo y supo que él ya no estaba allí... sus ojos la miraban pero él estaba perdido en su propio mundo... en su mente enferma, en donde la idea de que algo podía existir entre ellos era lo único que le importaba.
Theodore deseaba con toda sus fuerzas que fuera suya... que nadie más pudiera acercarse a ella... que de alguna forma le perteneciera por toda la eternidad.
Se acercó nuevamente a ella y posó el metal frío en una de sus mejillas.
- Si no eres mía... no serás de nadie – sentenció sonriendo con amargura.
- Teddy... no lo hagas... – suplicó entre sollozos y temblando.
- Tengo que hacerlo... no me dejas opción- respondió hundiendo la navaja en su cuello.
El sonido de unas llaves en la puerta principal y el murmullo de voces lo detuvo.
Los padres de Roseanne entraban en ese momento y la primera imagen que tuvieron fue a Theodore clavando un cuchillo en la garganta de su hija.
- ¡ Por Dios!- exclamó la madre en un ataque de nervios.
Theodore dejó caer el cuchillo al suelo y logró salir por la puerta lateral antes de que el padre lo alcanzara.
- ¡ Nancy... llama a una ambulancia!- gritó corriendo hacia la puerta, pero ya no había rastros del intruso.
Fue hasta su hija, quien se estaba desangrando y apretó fuertemente la herida para detener la hemorragia.
- Te... Teddy... - logró balbucear antes de perder el conocimiento.
Corrió sin dirección por un largo rato. No miraba hacia atrás y no le importaba hacia donde iba. Se detuvo en un callejón, intentando recobrar el aliento. Se dejó caer contra el muro y entonces vio un hilo de sangre que corría por sus manos. Su sangre... era todo lo que había obtenido de ella. Empezó a temblar y sin saber por qué, empezó a reir. Por primera vez, sangre humana corría por sus dedos... lo embargó una sensación de placer que le agradaba... por un momento había experimentado el poder y supo que lo que había visto en los ojos de Roseanne sería de ahora en más el combustible perfecto para su alma perturbada.
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