Disclaimer: Blablabla... ni una millonésima parte del imperio Rowling me pertenece, ni siquiera sus personajes, así que no gano nada con esto. Y... todo eso que se dice.
Pues... ya veis. Publico dos viñetas en un día. Debo de haberme fumado algo, porque esto no es habitual en mí. En la otra no me convencía el final y en esta... bueno, no creo que ninguna de las dos sea de lo mejor que he escrito, pero siempre me había hecho gracia esta anécdota. Pobre Ronnie... no me extraña que les tenga pavor a las arañas.
Saludos a todos los que lean esto y, especialmente a Zelany, porque le gustó lo anterior.
Arañas en el cobertizo
Ronald Weasley se acurrucó en un rincón del diminuto cobertizo, abrazado a su andrajoso osito de peluche. Se sentía terriblemente culpable y abandonado. O, al menos, tan culpable y abandonado como podía sentirse un niño de seis años larguirucho y pelirrojo.
Se había escapado de casa. Sí. Se había fugado porque no podía volver, porque sabía con absoluta seguridad que, si regresaba, todos le odiarían y le echarían. No querrían volver a verle nunca más. Mamá se enfurecería, pondría los brazos en jarras y gritaría. Gritaría mucho y muy fuerte al ver su ropa sucia. Gritaría todavía más cuando se enterase de lo que había hecho. Y mamá daba mucho miedo cuando se enfadaba. No le gustaba que le gritase.
El pijama de cuadros escoceses le quedaba enorme: llevaba las perneras remangadas y las mangas le colgaban por lo menos una cuarta. Se encogió todavía más en su rincón. Estaba decidido: no volvería. Tendría que resignarse a empezar una nueva vida. Quién sabe, tal vez algún día se convirtiese en un famoso mago explorador y volviesen a admitirle en casa. Puede que entonces mamá volviese a prepararle su comida preferida y a espachurrarle con esos mimos suyos, tan reconfortantes. Eso es lo que tenía que hacer: correr aventuras a lo largo y ancho del mundo. El problema era que Ronald Weasley no sabía por dónde podía empezar sus aventuras. En los cuentos que le leía papá por las noches nunca explicaba qué había que hacer para encontrarse con un feroz basilisco y vencerle en una lucha a muerte. Por eso se había refugiado en el cobertizo, porque, ahora que se había ido, no sabía qué hacer. Por eso y porque era allí donde había escondido las pruebas de su crimen. Distraídamente, golpeó con el pie descalzo los fragmentos de escoba amontonados tras la puerta. No había pretendido romperla, de verdad que no. Sólo había cogido prestada. Sólo un momento. Pero había echando a volar y, sin saber cómo, se había encontrado en el suelo, sobre los astillas de madera de lo que había sido una bonita escoba voladora. No se lo perdonarían nunca. Sobre todo Fred. Era SU escoba y le había dicho mil y una veces que no la tocase. Y, a Ronald, sus hermanos mayores le daban casi tanto miedo como su madre.
Siguió mirando, absorto, los pedazos de escoba. ¿Qué iba a hacer? Tal vez encontrase a un leprechaun perdido al que ayudar que le pudiese recompensar con una buena dosis de buena suerte. No se percató de como el osito tiritaba entre sus manos. O a un anciano mago desesperado por encontrar a un talentoso aprendiz al que transmitirle su sabiduría. Los pelos del peluche se endurecieron y se transformaron en cerdas cortas y duras. O a una sirena que le pidiese ayuda para liberar a su pueblo del yugo de un tiránico pulpo gigante. Una pata articulada tanteó su pecho. O mataría a un dragón. Otra pata. O salvaría a su familia de un ataque de hombres-lobo y, entonces, todos le suplicarían que volviese con ellos. Y otra pata. Puede que se volviese malvado para que todos viesen lo que habían conseguido echándole. Ocho patas. La araña se removió en sus brazos. Se sentía incómoda, prisionera. Estiró las patas y trató de escapar. Y fue en ese momento cuando Ronald la vio: una mancha oscura, peluda, pegajosa. Estaba aterrorizado y se le saltaban las lágrimas. Se le olvidaron todas las aventuras que podría correr para volver a ser un niño de seis años solo y asustado. Y chilló. Su chillido perforó el silencio nocturno y llegó hasta la Madriguera, donde la señora Weasley revolvía toda la casa en su busca.
Fred Weasley, asomando la cabeza pelirroja por el ventanuco polvoriento del cobertizo, dejó escapar una maliciosa risita vengativa.
