CAPÍTULO 2: UN ROSTRO SIN NOMBRE

Tenía el cabello negro y la piel pálida. Unos ojos azules enmarcaban su rostro y lo hacían brillar en la oscuridad de la noche. Se recostó contra un muro. Estaba herida. Apuntó con su espada directa al corazón. Su voz sonaba fuerte y firme.

-Dame la espada, shingami. -Le dijo mi propia voz, a la que yo no controlaba.

-No me llamo shingami. Soy ------- -----.

-Yo soy...¡Kurosaki Ichigo!

La espada se hundió en su cuerpo y una luz blanca inundó la escena. Después, la oscuridad.

Había vuelto a soñar con ella. El sueño no era el mismo, pero ella siempre aparecía en él.

¿Quién era?

No los sabía. Ni siquiera... Podía escuchar su nombre. Se levantó de su cama y, al hacerlo, los muelles rechinaron. Ya tenía unos años. Quizá debería cambiarla. O quizá no, después de todo, solo la usaba él.

Caminó lentamente hasta el cuarto de baño, donde miró el reflejo que el espejo le ofrecía. Verdaderamente parecía cansado. El día anterior había estado entrenando con Hirako y había acabado exhausto. Por lo menos ese día lo tenía libre.

El piso en el que vivía tan solo lo usaba unas pocas semanas al año, ya que solía viajar con los vizards. Aun así, era reconfortable tener un lugar al que volver, un lugar que sepas que es solo tuyo. Pero en ese momento, aquel lugar era el último en el que hubiese deseado estar. Tan frío. Tan solitario. Tan oscuro.

Y además estaba esa shinigami. Sabía que la conocía, pero su mente te negaba a entregarle los recuerdos pertenecientes a ella. Su alma pedía en mudos gritos, sin saber ni siquiera su nombre, estar con ella.

Pero él ya sabía la razón de haberla olvidado. Se la había dicho Hiyori poco después de unirse a los vizards. Y de eso hacía ya cinco años.

Los hollows carecen de alma y se sentimientos, por lo que no necesitan recuerdos. Al conseguir poder, se requiere algún sacrificio a cambio, ya sea el tiempo u el esfuerzo. Pero al conseguir poderes de hollow, tienes que sacrificar algo de un valor mayor.

Tus recuerdos.

No olvidarías a las personas con las que habías convivido durante toda tu vida, pero si que olvidarías pequeños detalles. Y otros no tan pequeños; una fiesta de cumpleaños, unas vacaciones con tus amigos, alguien al que conociste hace poco. Se evaporarían sin dejar rastro, como las sombras que pasan ante ti sin que te des cuenta.

En ese momento, lo daría todo, todo lo que poseyera, por solo...saber su nombre.

Como prometió, Rukia volvió al mundo humano. Eso fue dos años después de haberse despedido, del adiós. Antes no había podido volver, su propio hermano se lo impedía, pero ahora que había ascendido de rango, ahora que era teniente de su escuadrón, podía tomar ese tipo de decisiones por ella misma.

Pero cuando volvió, la persona a la que había entregado toda su confianza, y también, sin quererlo, su corazón, había dejado de existir en ese mundo. Ni siquiera sus amigos sabían donde se encontraba. Su alma de desintegró en miles de pedazos, quién sabe si volverían a unirse.

Pero ella seguía volviendo. Había hecho amigos, y todos juntos formaban una especie de extraña familia sin lazos de sangre, pero aún así, mucho más fuerte. Pero a la muchacha le seguía faltando una pieza, de esas que era muy difícil de encontrar.

Pero no les abandonaría. No a sus amigos, no por alguien...que ya no estaba. Se guardaría en su corazón todo lo que sus palabras no fuesen capaces de expresar. Aun así, sus lágrimas seguían corriendo por sus mejillas.

¿Por qué había aceptado?

Era una pregunta que constantemente le venía a la cabeza. Pero también sabía la respuesta. Para poder ser más fuerte que él. Para poder vencer, había renegado de todo lo suyo. Pero él quería recuperarlo.

Cuando Hirako le dijo que se tenía que ir con ellos, el primer pensamiento que le vino a la cabeza fue que jamás aceptaría una cosa así. Pero después...supo que no había otra opción.

Cogió el café que se había preparado y se lo tomó lentamente, saboreando el líquido que recorría su garganta.

En ese momento, oyó un pequeño pitido que le indicaba, para su pesar, que después de todo aquel día no iba a ser para él.

El mensaje era corto. Y urgente.

"Ha aparecido una fuerza espiritual extraña en Tokio. Ven deprisa"

¿Extraña? Para los vizards las fuerzas espirituales se dividían en cinco: shinigamis, hollows, vizards, arrancars y humanos con poderes espirituales.

No había más.

Entonces, ¿a qué se referían con extraña?

Más se valía darse prisa.

Habían pasado tres años desde que Rukia volvió a encontrarse con sus amigos en el mundo humano. La semana siguiente la tenía libre, y ya estaba haciendo un pequeño equipaje para marcharse, cuando su capitán llamó urgentemente a la puerta de su despacho. La shinigami le abrió inmediatamente.

-¿Qué ocurre, Ukitake-taicho?

-Tenemos problemas. Hemos localizado una fuerza espiritual extraña en Tokio. Lo lamento mucho, pero me temo que de esto te debes encargar tú.

Rukia no podía negarse a una petición directa de su capitán, y además, ella sabía que si no era urgente, jamás le impediría ir al mundo humano.

-De acuerdo. ¿quién más irá conmigo?

-El capitán Abarai. Se que trabajáis bien juntos.

Sí, era verdad. Después de tantos años, cuando luchaban sabían como actuaría el otro, y así podían reaccionar y luchar conjuntamente.

"Capitán"

Pensaba Rukia mientras corría por los pasillos de su cuartel hasta la sala en la que Renji le esperaba

"Jamás me lo hubiera imaginado de capitán. Demasiadas responsabilidades para él." la muchacha se rió de sus propios pensamientos.

Abrió la puerta de la sala en que el pelirrojo la esperaba e inmediatamente partieron hacia Tokio.

Demasiada gente. En las calles de Tokio apenas podías dar dos pasos sin estar a punto de chocar con alguien. La gente de ese lugar tendrían que tener unos cuantos ojos demás, o a lo mejor venían así de fábrica.

Porque parecían máquinas. Coordinadas, sin mirarse, sin reconocerse, simplemente caminando entre el gentío que formaba una masa compacta de personas.

Un joven que se destacaba por un llamativo color de pelo iba caminando sin dirección fija por las trascurridas calles de la ciudad. Caminaba lentamente, buscando la extraña energía que se había sentido hacía apenas unos minutos.

Era cierto. Aquella fuerza...no la reconocía. No pertenecía a nada conocido. Entonces... ¿Qué era?

Hacía ya unos cuantos años que el chico había aprendido a controlar el poder espiritual, así como a detectarlo, y se le daba francamente bien. Antes apenas lo notaba a menos que se disparase. En esos momentos lo podía notar aunque intentase ocultarlo. Pero ese no era el caso. Simplemente había desaparecido.

El móvil volvió a sonar, como unas treinta veces desde esa misma mañana, y escuchó al otro lado la voz de Hiyori.

-¡Te dije que llamases cada cinco minutos! ¡Cinco! ¿No le has vuelto a encontrar?

-¡Pero si no ha ocurrido nada en todo este rato! ¿Para que quieres que te llame para decirte eso si luego me dices que no llame sin motivo?¡Aclárate!

-¡Eso es porque eres un inútil!¡Busca y encontrarás!

La conexión se cortó. ¡Esa mocosa ya le tenía harto!

Respiró profundamente, intentando calmarse. No tenía más remedio que seguir buscando. Y como en cinco minutos no encontrase algo...no, mejor no pensarlo. Tenía que concentrarse.

Rukia y Renji estaban en los tejados de uno de los edificios más bajos de Tokio, cosa que era un logro, ya que esa ciudad parecía formada por construcciones enormes, que parecían querer tocar el cielo.

Lo habían notado. Esa fuerza espiritual había aparecido haría unos pocos segundos. Pero ya no estaba. Seguramente tendrían que quedarse bastante tiempo en el mundo humano, por lo que se habían puesto unos gigais. Aunque unos estaban más cómodos que otros.

-¿Habrá notado nuestra presencia?

-Seguramente.- la shinigami miró a su amigo, que estaba visiblemente molesto por tener que llevar aquél cuerpo falso. - será mejor que nos bajemos de aquí.

Rukia fue hacia las escaleras, y momentos después su amigo la seguía. Mientras no volviesen a notar aquella fuerza, no tendrían nada que hacer. Caminaron hacia unas de las calles más concurridas de Tokio. También tenían derecho a relajarse.

Habían pasado otros cinco minutos, y la insistente voz de Hiyori había vuelto a penetrarle en el tímpano. Estaba aburrido. Llevaba ya varias horas recorriendo esas calles sin resultado alguno. Se sentó en un banco que había en medio de una especie de plaza e intentó relajarse.

Levantó la vista un segundo, y entonces la vio.

Tenía el cabello negro y una piel pálida y hermosa. Unos grandes ojos azules que recorrían la plaza con detenimiento. Vestía un bonito vestido a juego con sus ojos. El corazón del chico se le aceleró. Había empezado a pensar que aquella mujer no era real. Pero ahí estaba. A unos metros de él.

¿Quién era?

Pronto lo sabría.

Se levantó inmediatamente de su asiento y corrió todo lo que pudo hacia aquel sueño que había cobrado vida. Cuando llegó ya no estaba. Había seguido caminando por una de las calles segundarias.

Si al menos supiese su nombre, podría gritarlo, y ella se giraría, y le diría...quién sabe lo que le diría. Corrió todo lo que pudo, buscándola, pero la había perdido.

Cerró su puño con fuerza y rabia, y contestó al maldito teléfono que acababa de sonar.