CAPÍTULO 11: EL VERDADERO INFIERNO

-------------------

-Esa voz... Me resulta familiar.- una desconcertada Inoue se esforzaba por recordar al portador de esa voz que le era tan familiar.

-Orihime... -Ishida la miraba preocupado. No había duda de que la muchacha era muy inteligente cuando quería, pero a veces tenía la cabeza en las nubes.

-Ese era...- Tatsuki miraba preocupada el móvil que aún sostenía un paralizado Renji.

"¿Ichigo?¿Por qué Ichigo? No he marcado su número. ¡No sé su número!" miles de pensamientos confusos invadían la mente del capitán, que no lograba entender por más que intentaba darles sentido. "¿Y por qué coño me ha dicho ENANA? ¿Enana? ¿Yo? Y... ¿QUÉ HA QUERIDO DECIR CON 'MOMENTOS COMO ESTE'?"

-¡Rukiaaaaaa!- le gritaba histérico al aparato desconectado. ¿Qué coño estaba pasando?

-Abarai, deberías calmarte. - Ishida siempre tan sensato. Era una pena que sus palabras cayeran en saco roto, nadie le escuchaba. - Ahora ya sabes donde está Kuchiki.

-¡No, no lo se! Solo sé con QUIEN está.- nervioso, removió los cabellos de su cabeza.- Bien, me voy, tengo que ir donde está Rukia.- se levantó y se dirigió a la puerta.

-Renji...

El muchacho se giró. Todos le miraban, decididos. Irían con él. Ellos también querían ver a un viejo amigo.

-Supongo que si me miráis así, no puedo hacer otra cosa...- apartó la mirada. Todos sonrieron. Era hora de volver a encontrarse. Había pasado mucho tiempo. Demasiado.- Y ahora... ¿por dónde empezamos a buscar?

-------------

Su vida, había sido peor que el infierno, porque en la vida real, las heridas tardaban más en curarse.

Desde pequeña, había recibido maltratos por sus padres y hermanos. No conocía otra cosa que no fuese el dolor. Pobre niñita. Una historia típica, que hacer sentir lástima a las personas que saben de ella, pero aún más triste, era que no estaba sola. Y como prueba de ello, estaba el infierno lleno. No todos tenían una historia tan trágica como la suya, quizá por eso había podido escapar, aunque no le encontraba sentido. Ella, que simplemente había querido acabar con su dolor, se vio sumergida en otro aún mayor. Ella, que con apenas quince años, había acabado con la vida de toda su familia...

La única ropa que llevaba era una venda en la cabeza y una pequeña sábana que cubría su delicado cuerpo, lleno de heridas y moratones. Ni siquiera podía llorar, porque recibiría un nuevo golpe por parte de su padre. Se aguantaba el dolor y reprimía el llanto en su boca, impidiéndole salir. Quería mirarle a los ojos, desafiante, gritarle y desahogarse de todo su sufrimiento, pero eso sería aún peor. No se movía, mantenía la cabeza gacha y apenas respiraba. Era el miedo lo que la hacía actuar así.

Desde hacía unos meses, sus padres estaban teniendo una fuerte crisis económica, y tenían que recurrir a métodos extremos para conseguir el dinero. Pero eso no les detuvo para seguir comprando ropa cara y vino bueno, que siempre gastaban para ellos solos.

Oyó como la puerta se abría, y por ella entraba un hombre de unos cuarenta años, visiblemente borracho, apestando, y con barba de semanas. Ahora le tocaba con él. Los temblores ya recorrían todo su cuerpo. No. No. No. No quería seguir con eso.

No quería.

Tenía que escapar de allí de algún modo.

No quería.

Su madre le estaba estirando del pelo, haciéndole daño para que reaccionase.

No quería.

Su padre se había levantado y se acercaba hacia ella. Le gritaba amenazante. Daba realmente miedo.

No quería.

-Ya voy. Un momento, tengo que ir a por una cosa.- antes de que su padre le pudiese tocar, salió huyendo hacia el pasillo, pasando al lado de aquel hombre que olía a cloaca. Llegó a la cocina y cerró la puerta. Allí se encontraba su hermana mayor. Ella había tenido más suerte, hacía unos años se había quedado embarazada de un hombre que tenía bastante dinero, y él, no tuvo más remedio que casarse con aquella muchacha.

-¿Qué estás haciendo, zorra? Vuelve ahora mismo allí, que nuestros padres necesitan el dinero.

Ella no reaccionaba. Ella era su hermana, compartían la misma sangre, pero, ¿por qué no la ayudaba? Era igual que sus padres.

Los odiaba. Odiaba aquella vida de miseria que llevaba, odiaba tener que hacer todo eso para conseguir dinero y, sobretodo, les odiaba a ellos.

-¡Ves ahora mismo!- le gritó a su hermana.

-Enseguida iré...

Sus palabras eran huecas, carecían de humanidad. Sus ojos ya no reflejaban vida, eran como los de una persona muerta. Se acercó lentamente a su hermana, pasando una mano por la mesa en la que estaban todos los cubiertos. Se acercó aún más a ella, hasta el punto en el que solo las separaban unos escasos centímetros. Alzó la cabeza y la dirigió a su oreja.

-¿Sabes, hermana?- silencio.- Te odio.

Un cuchillo se clavó en su vientre, e inmediatamente fue extraído. Con un rápido movimiento, degolló el fino cuello de aquella persona que tenía delante y que ya no reconocía. Ni siquiera le dio tiempo a gritar. Tampoco hizo ruido al caer.

-¡Jodida cría! ¿Quieres venir aquí de una puta vez? ¡Cuando se valla ya verás lo que te espera!

-Ya voy, padre...

-----------

La sangre. La sangre lo cubría todo. Cubría el suelo, las paredes, los pocos muebles que había en esa pequeña casa. Incluso la cubrían a ella y a su desnudez. Aquel mal nacido que había intentado acostarse con ella también había muerto. Y ella estaba muerta por dentro.

Ahora le tocaba a ella.

No temía al dolor que pudiese sentir, no lo notaría. Lo único que quería en esos momentos era dejar de existir.

Puso el filo del cuchillo sobre su garganta. La hora había llegado.

-¿Sabéis?- le contaba al aire.- Os odio.

El cuchillo atravesó su garganta, derramando más sangre a la ya macabra escena.

El dolor era insoportable, lo sabía, pero no le importaba. Era irremediable si quería irse de allí, alejarse de aquel mundo que había sido tan cruel con ella.

Cerró los ojos, por última vez... ¿por última vez? Y entonces, ¿por qué seguía allí?

Miró a su alrededor, y lo vio todo igual, salvo una pequeña excepción. Había otra "ella" justo delante suya.

"A si que... Esto es la muerte."

-E-es-está ahí, también se ha matado- una voz femenina temblorosa se escuchaba desde la puerta. Era su hermana, su espíritu. La miró, y vio que tenía una cadena que le salía del pecho. Miró a su padre, a su madre, a sus hermanos y a aquel hombre. Todos tenían aquella cadena. Se miró en el espejo que había en el recibidor. Ella no. En su lugar, había un pequeño agujero que se iba agrandando, y ella lo notaba.

Una sonrisa apareció en su rostro. Las convulsiones empezaron. Algo se estaba apoderando de ella, pero no le importaba. Una risa escalofriante salió de su boca mientras miraba a la que había sido su familia. Estaban muertos de miedo. Las convulsiones se hicieron más fuertes.

-¿Sabéis?- decía mientras su cuerpo se iba trasformando el algo aterrador.- Voy a devorar vuestras almas.

En el lugar donde había estado una chica de quince años, ahora había un ser monstruoso que se lanzaba contra aquellas almas, que por fin recibían su castigo.

-----------

-Misako, ¿qué haces?- Edward se había acercado sigilosamente a ella. Había estado hablando con Zilvinas. Pronto llegarían más. Serían pocos, pero suficientes para asegurar su supervivencia. Se merecían vivir.

-Estaba recordando el pasado.- miraba hacia ese cielo, siempre negro, tan distinto al del mundo humano, tan parecido al del Infierno.- No fue bueno.

-Por eso, cuando te encontramos, te dijimos que lo olvidases. En nuestra nueva vida, nosotros seremos dueños de ella.

-Edward, ¿por qué los shinigamis no nos dejan en paz?

-Ya te lo dije, ellos no pasaron por lo que nosotros hemos vivido. Ellos no entienden.- su rostro se ensombreció. Recordar su pasado también era doloroso. Cruel. - Ellos no entienden que tenemos derecho de existir, aunque hayamos sido enviados al Infierno después de la muerte.

-Y por eso, no tenemos más remedio que ganárnoslo a la fuerza.- Zilvinas se había acercado a ellos dos. Pronto llegarán, ya se vuelven a oír los gemidos desde la grieta que abristeis. Eso significa que se ha vuelto a abrir.- sonrió. Estaba satisfecho con lo que habían conseguido por ahora. Sabía que la sociedad de almas no aceptaría su trato, pero era mejor dar tiempo para que los demás llegasen. Pronto serían libres. Pronto serían dueños de su vida y de su destino.