CAPÍTULO 7: SOMBRAS

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En hueco mundo, Aizen observaba una pequeña esfera de cristal que sostenía entre sus manos.

"Cuanto poder. Y tan solo es una pequeña bola de cristal. Pero su poder es inmenso. Se puede palpar. Casi hace daño poner tus dedos en él."

Miraba con admiración aquel objeto, que le estaba proporcionando una victoria casi segura.

Pronto, ese poder, también pasaría a formar parte de él. Cuando el estado de hibernación en el que se encontraba finalizase.

Y sabía que funcionaba también con los shinigamis. Lo había comprobado con Tousen. Aunque los resultados no habían sido los esperados. En ese momento, se encontraba en un estado poco favorecedor. El hollow que se había creado en su interior lo estaba consumiendo. Pero tenía una confianza ciega en que en su caso, sería diferente. Después de todo, él también poseía un poder mayor.

Y, además, estaban esos individuos a los que Grimmjow había visto. Seguramente serían shinigamis exiliados. Eso era lo de menos. Lo que importaba de verdad era su poder. Tenían poderes de hollow, y podían controlarlos. Por lo menos uno de los que había visto la espada.

El otro apenas pudo contener ese poder por mucho tiempo. Ese era Kurosaki Ichigo. Cuando había ido a hueco mundo, no había podido ir muy lejos, y él no pudo comprobar el alcance de su poder. Pero seguramente le estaban enseñando a controlarlo, y eso le podría ser muy útil.

No estaba seguro del bando del que estaban aquellos shinigamis con poderes de hollow, pero de haber trabajado conjuntamente con la sociedad de almas, habrían ido a hueco mundo, a menos que esta tratase a Inoue Orihime como una traidora, así que no lo tenía del todo claro.

Quizás...con el poder de su zampakutou, consiguiese algún resultado.

Pero primero, tendría que encontrarlos.

Aun tenía tiempo. Todavía no pensaba atacar. Quería tener el máximo poder posible, para que todos viesen su grandiosidad.

Unos pasos interrumpieron sus pensamientos. Era Ulquiorra.

-Aizen-sama, hay alguien que tiene algo importante que deciros.

Una muchacha de cabello largo y de un color muy cálido se acercó tímidamente hacia Aizen.

-Aizen-sama...

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Hacía apenas unos cinco que había tocado el timbre, y la clase se había quedado vacía. Todos se habían ido salvo una persona.

Arisawa Tatsuki se encontraba en su pupitre. Tenía el rostro hundido entre sus brazos, y no tenía ganas de salir de ahí.

Todo había cambiado desde que aquella chica, Kuchiki Rukia, había llegado a Karakura. Desde ese momento, poco a poco fue perdiendo el contacto con sus dos mejores amigos.

Pero no se lo reprochaba. Desde hacía un tiempo, se había dado cuenta que al estar con la shinigami, Ichigo había...cambiado. Se le veía diferente. Feliz.

Una voz la interrumpió. Levantó la cabeza intentando descubrir de donde venía, pero no lo conseguía. Era una voz de mujer, aunque sonaba como un eco lejano, distante, inalcanzable.

Se levantó rápidamente y la llamó, pero no obtuvo respuesta alguna.

-¿Me buscas?- la voz sonó muy cerca esta vez.- Estoy aquí, siempre estoy a tu lado.

-¡¿Quién eres?!

-¿Aún no lo sabes?- Tatsuki se giró. Un grito quiso salir de su boca, pero no pudo. Su sombra. Su propia sombra se estaba levantando del suelo y la miraba con unos ojos blancos sin pupila.- Soy tu poder...

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La sala era oscura. Montones de monitores mostraban la actividad espiritual del mundo humano.

Si se detectaba la presencia de un hollow, se enviaba inmediatamente a un shinigami a exterminarlo. Desde ese lugar, también se podía medir el poder espiritual de dicho hollow, o la cantidad que habían aparecido. Pero jamás habían visto una cosa como aquella.

Millones de lucecitas indicaban la presencia de hollows por todo el mundo. Miles de avisos les llegaban de los shinigamis que estaban en el mundo humano.

-Lla-llamad ahora mismo al capitán Kurotsuchi. Esto en una emergencia. El mundo humano... Está por ser destruido.

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-Avisad ahora mismo al capitán Hitsugaya y a los shinigamis que están con él. Explicadles la situación. Enviaremos una unidad por zona, incluida Karakura. Ellos tiene que seguir con su misión. Capitana Soi Fong, envía una patrulla de reconocimiento a cada punto clave. Entre los hollows aparecidos, hay arrancars. Cuando alguna patrulla encuentre alguno, ve inmediatamente a su encuentro y captúralo. Quiero saber que es lo que ocurre.- esas eran las ordenes del capitán general.

-¡¿Interrogar a un hollow?! ¡Eso jamás se ha hecho! Es una vergüenza tener que buscar ayuda en esas bestias.

-Tenemos que saber que es lo que ocurre, y eso es mucho más importante que el orgullo, en este caso. Los demás, ya sabéis lo que tenéis que hacer. Ahora, marcharos.

Los capitanes salieron de aquella corta reunión. Últimamente estaban sucediendo demasiadas cosas.

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En el cuartel general del sexto escuadrón, un shinigami de pelo castaño miraba con detenimiento la escena. Quería ir a Karakura. Allí era donde habían aparecido con más frecuencia los arrancars, donde de verdad podría ayudar. Y justamente se había colado en el que le llevaría allí. No era coincidencia. Él sabía perfectamente como hacer llegar las ordenes adecuadas al personal adecuado.

-Tú, chaval, ¿cómo te llamas?- el shinigami que los estaba asignando a sus respectivos destinos le miró con mala cara. Aquel chico no le sonaba de nada.

-Takeo, Harata Takeo. Soy nuevo en la división.

-Estás asignado a Karakura. Acompañarás al equipo del capitán Kuchiki. Tendrías que estar agradecido por poder estar tan cerca del capitán.

-¿Pero no se supone que los pertenecientes a familias nobles tendrían que quedarse en la sociedad de almas?

-El ataque a la familia Kuukaku tuvo lugar aquí, así que el capitán ha decidido actuar. Ahora será mejor que te unas a tu equipo y s te marches ya.

Takeo se dirigió corriendo hacia los demás de su equipo le esperaban. "Así que el capitán Kuchiki iría al mundo humano también... Eso podría ser peligroso."

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Cerró el puño con fuerza y dio un grito que nadie oiría en ese mundo tan solitario. Miró al cielo, lleno de nubes que amenazaban tormenta, y supo que Ichigo no lo estaba pasando muy bien en esos momentos.

Después de todo, estaban ocurriendo demasiadas cosas en muy poco tiempo. La guerra, los arrancars, él mismo, lo de su padre... Los sueños.

Esos malditos sueños.

Hacía años que los había escondido en lo más profundo de la memoria de Ichigo. Había llenado el vacía creado por la falta de esos recuerdos con otros falsos.

¿Zangetsu? ¿Podría ser él?

Era la única solución. Nadie más podía adentrarse en la memoria de Ichigo aparte de él y de Zangetsu.

Pero le había matado.

Aprendió de él, era un buen maestro. Sabio. Poderoso. Pero le superó. Y en ese mundo no había espacio para seres menos poderosos que él. Le mató. O eso creía. Por que esos recuerdos...estaban volviendo.

En esos recuerdos, había algo que le ponía en un serio apuro. Había algo que podía hacer que Ichigo le dominara para siempre.

Dio un puñetazo a una de las ventanas de los edificios de ese extraño mundo en el que no se podía aplicar la ley de la gravedad.

Calma. Él no era una bestia sin inteligencia como aquellos hollows que habitaban hueco mundo. Ni siquiera se parecía a los arrancars.

Él e Ichigo eran dos almas compartiendo un mismo cuerpo. Podría decirse que eran como hermanos. Eran seres completamente independientes, pero habían tenido que vivir unidos. Tenía que haber alguna manera para volver a eliminar los recuerdos.

Él era el nuevo Zangetsu. No iba permitir que nada le impidiese alcanzar su objetivo.

Ni siquiera su maestro, que aquellos momentos no era más que una sombra en su mente.

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Había salido de la casa de Ichigo y se dirigía al instituto. Llegaría a cuarta hora. No tenía ningunas ganas de ir, pero tendría que explicarle a los demás shinigamis el porqué de su retraso.

No sabía qué hacer. Lo que había descubierto era muy importante. Podía cambiar muchas cosas. Pero a Ichigo y a su familia... No sabía lo que les podría llegar a pasar.

Rukia alzó la mirada y vio que estaba en la carretera que bordeaba el río. Se paró unos momentos y después se dirigió al borde del río. Se sentó sobre la hierba, que estaba fría como el viento que rozaba sus mejillas y las hacía enrojecer.

Metió una mano en el bolsillo, y sacó la página arrugada que todavía guardaba. La miró durante unos segundos.

Si la sociedad de almas conocía esa información, seguramente Ichigo y sus hermanas tendrían serios problemas. Y, además, traicionaría la confianza que Ichigo le había dado al dejarle escuchar la historia. Si no daba conocer el contenido del papel que tenía en sus manos...

Se levantó y se dirigió de nuevo al instituto, no sin antes echar un último vistazo al pedazo de papel mojado arrastrado por la corriente del río, llevándose también un secreto muy valioso.

Ichigo estaba tumbado boca arriba en su cama. No tenía ganas de ir al instituto, por eso estaba allí. En realidad, no tenía ganas absolutamente de nada. Se incorporó un poco donde estaba y abrió el cajón de debajo de su escritorio. Al fondo de este, había una foto. La cogió. Se tumbó de nuevo en su cama y observó aquella foto.

En ella aparecía la familia de Ichigo, seis años antes. Y ella también estaba. Ichigo estaba en el centro, abrazando a sus hermanas. Estaba sentado sobre las piernas de su madre, y detrás de ella aparecía su padre. Todos sonreían.

Aquella foto, ahora cobraba un nuevo significado. Posiblemente, aquella fue la última foto que se hicieron todos juntos. Ichigo suspiró. Guardó de nuevo la foto en el mismo cajón en que la había cogido. Se levantó y se dirigió al instituto. Si se quedaba ahí, se podría volver loco.

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-Rukia, ¿se puede saber qué te pasa últimamente? Desapareces cada dos por tres.

-Bueno...

Interrumpiéndolos, la puerta se abrió y apareció un chico malhumorado.

-Y el otro que faltaba. Tu también estás bastante raro. ¿Qué te pas...- Renji paró de hablar, al ver que el chico pasaba olímpicamente de lo que le estaba diciendo y se sentaba en su pupitre.

-¿Eeeh?

El timbre sonó por fin y el profesor entró a darles la ración diaria de historia japonesa.

Tatsuki miraba al suelo como queriendo ver algo más allá de lo que se veía.

Ichigo perdía su mirada por la ventana, viendo el sol que iluminaba ese día gris.

Rukia entrelazaba sus manos por debajo de su barbilla, pensando en qué hacer a partir de ahora.

Los demás shinigamis los observaban extrañados. Sabían que algo había ocurrido, pero no sabían el qué.