-Hagrid...¡Rubeus!
El muchacho no respondió. Se había quedado inmóvil en la silla, su piel tenía el color de un pergamino mohoso. No podía apartar la vista de la varita quebrada encima de la mesa. Los dos pedazos de madera astillada atraían cada partícula de luz que entraba por los ventanales del despacho. En torno a él los retratos de los antiguos directores lo miraban con suprema curiosidad y un murmullo de voces lejanas susurraba palabras difícilmente inteligibles.
Lo peor no era su varita rota. Lo peor era que tendría que irse de Hogwarts. Era un pensamiento negro y pegajoso como la brea, sumergido en él no podía moverse, lo atrapaba, le robaba el futuro... Unas lágrimas del tamaño de garbanzos empezaron a caer sobre el escritorio del director Dippet.
-Vamos vamos, muchacho, ten valor.
Armando Dippet lo miraba incómodo. Sospechaba que Rubeus Hagrid no tenía nada que ver con la Cámara de los Secretos. ¿Un Gryffindor, y además un semigigante, heredero de Slytherin? Pero las pruebas eran concluyentes, había ocultado una acromántula en el castillo. Solo por ésto el Consejo Escolar posiblemente le hubiera expulsado de todas maneras. Si solo no hubiera muerto nadie...
Llamaron a la puerta. Dippet escudriñó un pequeño marco que tenía sobre la mesa.
Pasa, Albus.
Hagrid escondió la cara, en unas manos del tamaño de dos pilas de lavar y emitió algo parecido a un aullido.
Dippet se levantó y encogiéndose de hombros abandonó su escritorio para unirse al profesor de transfiguración junto a la puerta. Le sorprendió que su pelo hubiera encanecido un poco más en esos días, ahora su barba era más blanca que gris. Los padres de la joven fallecida acababan de abandonar Hogwarts con el cadáver de su malograda hija. Bajó la voz.
No se que vamos a hacer con él, Albus. No tiene familia y además...míralo.
Albus Dumbledore nada dijo. Dio unos pasos y posó su mano en la alborotada cabeza del muchacho.
Creo que no necesita aclaración.
Banda sonora recomendada O bone Jesu de Giovanni Perluigi da Palestrina
