La inmensa reja hace retumbar el suelo cuando la criatura cierra la puerta de un golpe. Ante él los corredores de piedra húmeda, mal iluminados, despliegan un laberinto de pasillos silenciosos donde solo el eco de algún ronco suspiro acompaña al sonido del goteo del agua.

Casi no se sostiene en pie. El efecto de los dementores sobre su mente lo ha sorprendido; no había imaginado que lo afectarían de ese modo, dejándolo indefenso v casi inerme. En volandas dos de los espectrales carceleros lo llevan hacía el agujero en el que va a pasar el resto de su vida.

Mientras es arrastrado por la galería se extraña de poder oír el sonido del océano a través de los gruesos muros. Cuando se da cuenta de que en realidad lo que escucha no es el mar, sino su propia sangre retumbándole en los oídos quiere reír, pero no le llegan las fuerzas. Tiene frío, un frío que no le han provocado los dementores sino que ha empezado a envolverle sin que se diera cuenta en algún momento de los últimos dos días. Hace un esfuerzo casi físico por pensar ¿En que momento ha empezado a sentir ese hielo que parece emanar de si mismo?

No ha sido al ver Azkaban en el horizonte desde la barca en que los dos aurores lo han transportado cargado de cadenas. Tampoco en el tribunal, donde el juez mirándolo severamente ha leído la sentencia...Para entonces la helada había arrasado ya su cuerpo y su alma.

Divaga.

Tose, farfulla presa de la fiebre. Los dementores lo ignoran, tal vez ni se percatan de que su prisionero está delirando, seguramente tampoco les importa.

Los guardianes se detienen delante de una diminuta puerta de acero de aspecto pesado y color de herrumbre. Una gatera en la parte inferior permitirá suministrar al penado su breve alimento. Muchos no son capaces de comer y mueren en poco tiempo, otros resisten solo para perder la razón en ese presidio de pesadilla. ¿Cuál será su destino?

Siente ganas de reír de nuevo ¿Qué destino? Para él el destino ya no existe. Se asombra de sentir el impulso de la risa aunque que comprende que, si tuviera fuerzas para hacerlo, su risa sería sardónica.

Lo dejan caer sobre el catre desvencijado de la celda y cierran la puerta. Tres vueltas de llave y listo para pudrirse allí por toda la eternidad.

Tirita.

Esa aflicción que le escarcha las entrañas... No consigue recordar, no recuerda cuando empezó. Fue acaso al ver el cadáver de James sucio y desastrado en el caos de su casa destruida.

No.

Una descarga de nitidez enfoca su mente durante el intervalo que necesita para asir ese momento escurridizo y terrible, y entonces recuerda.

Todo es culpa suya.

Para mi Sirius a pesar del terrible dolor acepta mucho más la muerte de sus amigos (es la guerra, la posibilidad está ahí, cierta y hasta probable) que la certeza de que la responsabilidad le corresponde por haber obligado a James a aceptar a Peter como Guardian Secreto. En mi Potterverso, James hubiera preferido a Remus pero las sospechas de Sirius precipitan la tragedia.

Banda sonora recomendada: Taedet animam meam del Officium Defunctorum de Tomas Luis de Victoria.