Petunia se despereza sin prisa; el despertador ha sonado y ella lo ha hecho callar, hasta dentro de diez minutos. Si no fuera por ella Vernon no llegaría nunca a tiempo al trabajo. Estira los pies hasta tocar el fondo de la sábana, a su lado Vernon gruñe en sueños y ella sonríe. Le frota la nuca cariñosamente como a él le gusta.

-Cariño, ya es la hora.

Vernon nunca responde la primera, solo ha conseguido otro gruñido apenas consciente, pero por algo hay que empezar. Se levanta de la cama y desliza los pies entro de sus zapatillas de felpa. Un bostezo y otra caricia, inclinada sobre su corpulento marido.

- Vernon, despierta...

Piensa que será mejor empezar con el desayuno y venir a despertarle con el olor del bacon friéndose en la cocina, eso lo ayudará a levantarse con más ganas. Una parte de su mente que suena sospechosamente parecida a la voz de su difunta madre le dice al oído: "No deberías prepárale bacon, ya está bastante gordo. Tienes que pensar en el colesterol..." Pero ella hace oidos sordos. ¿Qué quiere su madre que desayune su Vernon? ¿fruta? No quiere ni imaginar la cara que pondría.

Mejor caliento un poco e leche para el te.

De camino hacia la cocina se asoma a la habitación del bebé. El pequeño Dudders duerme enterrado en un túmulo de peluches. A su alrededor todos los signos evidentes de un niño consentido desde el día de su nacimiento. La habitación, pintada de azul celeste y con una cenefa de globos de colores pastel a media altura, casi no es capaz de contener tal cantidad de cachivaches.

Petunia le envía un beso con la punta de los dedos, no quiere hacer ruido , una vez despierto no dispondrá de un solo minuto para ella misma. Pero no le importa si es por su pequeñín. No va a ser como esas madres desnaturalizadas que abandonan a sus hijos, ella no se separa de su niñito ni un segundo. Conteniendo el impulso de tararear una cancioncilla baja la escalera enmoquetada y se dirige a la puerta con las botellas vacías pulcramente embutidas en su jaula. El lechero debe de estar a punto de pasar.

No puede ser. Hay un niño, un bebé en su puerta.

-¡Ihhhhhhhhhhhhh... – Se tapa la boca con la mano. ¿Algún vecino le habrá oído? ¿Alguien habrá visto algo? El niño duerme en el capazo, solo puede apreciar que tiene el pelo muy negro; parece más pequeño que su Dudley. Encima de la manta que lo cubre hay una carta, una carta de aspecto extraño pero al tiempo espantosamente familiar. Coge el cesto y entra en casa, cierra la puerta con un golpe de cadera, solo puede pensar en lo que Vernon le preguntó ayer en la cena... Le había preguntado por su hermana.

Arriba en el cuarto el despertador vuelve a sonar y Petunia lo maldice; afortunadamente escucha a Vernon apagarlo de un manotazo. Dudley no da señales de haberse despertado. Dispone de otros diez minutos.

Señora Petunia Dursley

Privet Drive, 4

Little Whinging

Surrey

En efecto, esa tinta verde no le es desconocida. Sabiendo lo que va a encontrarse da la vuelta a sobre. Allí está, el sello. La escuela de magia. Imágenes de su infancia vuelven, imágenes que ha desterrado hace años: Ranas de chocolate, lechuzas malolientes, pergaminos de aspecto raro y los frascos de porquerías de Lily por toda la casa. Hace mucho tiempo que no pensaba en ella. Hasta ayer, cuando Vernon la mencionó sin venir a cuento. Tiene miedo de leer esa carta. Sabe que así, de repente, sin pedir permiso ni disculpas el mundo mágico de su hermana invade su cocina y trastoca toda su vida.

Cuando termina de leer está paralizada, muda. Su cerebro trabaja deprisa intentando comprender, pero solo hay un hecho claro en grandes letras de neón intermitentes en su cabeza: "Lily ha muerto"

Mira el capacho. Ahí está la cicatriz de la que habla la carta. Es horrible, un niño de... ellos y además maldito.

De pie en la pulcra cocina considera por un momento sus opciones.

No tiene ninguna. Lily era su hermana y la carta es taxativa, deben hacerse cargo de ese niño. Tiene una deuda que saldar. Pero...¿Cómo va a decírselo a Vernon?

El despertador suena por tercera vez.

OooooooooooooOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOoooooooooooooooooooooooo

Siempre he creído que hay alguna razón más allá de la pura bondad de corazón de los Dursley (ejem) para haber aceptado a Harry. Siento dejaros con la duda pero desarrollaré la idea en otro fic. En este solo he querido reflejar el disgusto de Petunia cuando su vida se altera a causa del mundo mágico que le hubiera gustado seguir ignorando.

Banda sonora recomendada: Dance of the blessed spirits, Orfeo y Euridice de Gluck