Neville. Cara redonda y asombrada. Pobre Neville, no-huerfano. Ni siquiera puede pasar la página y empezar a intentar olvidarlo. Pobre, pobre Neville.
No se acostumbra a la sordidez disfrazada de San Mungo, a sus medimagos siempre sonrientes cuando le ven, siempre solícitos con él, aunque haga solo un momento los haya visto preocupados, ceñudos, comentando entre ellos un caso incurable. Esas visitas son una infección crónica en su alma, que a veces cierra en falso pero siempre termina supurando de nuevo. Cada verano, cada Navidad.
Su abuela cree que se avergüenza. No es así. Pero tampoco es capaz de sentir orgullo. Puede sentir orgullo al mirar la foto que guarda en su baúl. Alice y Frank, papá y mamá, en plena juventud, fuertes, valientes, poderosos. Todo lo que él nunca será. Pero los despojos que le esperan en la cuarta planta solo le inspiran una amargura y un desconsuelo insoportables.
Y ahora la compasión de sus amigos. Cada vez que se crucen, aunque intenten evitarlo, aunque no le miren a los ojos. Ni siquiera el alivio momentáneo de estar entre gente que no conoce, que no sabe. Ya no hay descanso.
Sería mejor no tener padres, sería mucho mejor. Esta idea sucia, fea, atroz, nada bajo la superficie de sus pensamientos, nada y nada, en círculos, sin emerger nunca del todo pero siempre presente como una velada amenaza. Es un pensamiento con forma humana, se imagina un inferius de ojos lechosos y piel tumefacta. A veces, Neville tiene que hundirle la cabeza con sus propias manos y después, al mirárselas, se da cuenta de que están mojadas...de lágrimas.
