Es muy tarde. Todos duermen, solo ella en la mecedora de la cocina vela a la luz de un fuego casi extinto. En una casa que no es la suya le resulta difícil sentirse cómoda. Por si fuera poco la enorme mansión de Grimmauld Place es cavernosa y tétrica. De poco han servido los esfuerzos del verano por despojarla de su pátina de magia tenebrosa, todo lo que consiguieron fue adecentarla un poco mientras los chicos estuvieron allí. Ahora, con ellos en Hogwarts el polvo se apodera de las superficies más rápido de lo que Molly puede remediar. No puede contar con Sirius, que vaga taciturno por la casa sin más ocupación que alimentar a su hipogrifo con ratas que caza por deporte en la bodega. No, no puede contar con él y el resto está demasiado ocupado como para pensar en la limpieza de habitaciones que ni siquiera se utilizan. Así las cosas Molly ha desistido y las telarañas avanzan por los techos como un ejercito en formación de ataque.
No quiere dejar libre su mente. No necesita girar de nuevo la rueda de su imaginación para comprobar que la bola siempre cae en una casilla vacía y negra como una fosa abierta. Hace semanas, meses en realidad, que la negritud del ambiente ha contaminado su alma de un fatalismo crónico. Lo que tenga que ser será y no tiene objeto darle más vueltas.
Se pregunta si hubiera sido fuerte de no ser por Arthur. Sospecha que no. De no ser por su esposo, ese ser de carácter dulce y en apariencia un poco cándido, imagina que habría prohibido a sus hijos mayores ingresar en la Orden y habría huido a un lugar más seguro con los pequeños. Seguramente Percy no se habría apartado de la familia. En esas horas de tiniebla nocturna, cuando Arthur está Dios sabe donde, Molly siente tambalearse sus principios. Pero no hay elección y ella espera desvelada, acechando cada ruido.
Esta preparada. Ha vivido la muerte de cada uno de ellos mil veces en su cabeza. Ha presenciado innumerables funerales bajo la lluvia. Ha llorado lágrimas fantasmales y sollozos aún por nacer. Ha intentado pactar con el destino, ofrecerse a los hados en holocausto expiatorio pero su vida no vale el rescate de ninguno de ellos.
Sabe que es inexorable. Juega muchos números en esta lotería macabra. Solo es cuestión de tiempo y al fin y al cabo la banca siempre gana.
