Al principio nadie se había dado cuenta. La música y los vítores habían seguido sonando, las risas y el ruido de las banderas al agitarse al aire de junio. Está casi segura de que ella fue la primera en sentir el temor afilado, punzante, de que algo no iba bien. La imagen persigue todos sus pasos desde aquel día: Harry en el suelo agarrado a Cedric, respirando agitado, con los ojos cerrados y mortalmente pálido.

Cedric está muerto. Es un hecho definitivo e incontestable que deja en su mente un rastro de irrealidad, un tufo de mentira, casi de broma. Es imposible aceptar que no volverá a verlo, no puede creer que no vaya a aparecer en el campo de quiditch con su escoba al hombro, que nunca más vaya a taparle los ojos desde atrás y a decirle con voz alegre "¿Quien soy, Chang?".

Recuerdos agridulces empañan los días en Hogwarts y a veces el corazón se le agarrota y se niega a seguir latiendo. Es entonces cuando una rodaja tibia de limón se cuela en su garganta y tiene que dejar lo que está haciendo y buscar un refugio donde esconderse del curso de la vida. Porque la vida continúa pero ella no puede escapar de esos momentos repentinos en que la memoria de Cedric parece poseerla. Se abandona al impulso jurándose que será la última vez, y lo ha intentado, de verdad que lo intenta, pero hay un torrente de imágenes y un caudal de sensaciones que se niegan a irse.

El olor de su colonia al salir del vestuario

El tacto del primer rastro de barba en su mejilla.

Un guiño fugaz sobre la escoba en el partido.

La mano en su cintura durante el baile.

Y mira la foto, un recorte del profeta en realidad. Con su túnica deportiva, el orgullo de Hufflepuff, y esa sonrisa forzada y un poco tímida que fue lo único que el reportero logró sacar de él para el artículo sobre el Torneo.

Le gustaba de veras. Era un chico estupendo.

No merecía morir.