Todos los personajes son propiedad intelectual de J.K Rowling.

Y así partí y tú habías jurado ir conmigo hasta el final. Tarde en llegar algunos años y algunos más en regresar.

–¡Vamos, mamá! Se hace tarde…

Eileen Snape sonrío complacida, Severus estaba muy emocionado ante la perspectiva de entrar al Colegio. Algo que, indudablemente, le hacía falta a su pequeño.

Ahí conviviría por primera vez con niños de su edad, conocería amigos y sobre todo, podría demostrar que importaba un pepino que su sangre no fuera del todo pura; podría demostrar que su magia, a pesar de su corta edad, era verdadera, absoluta y aún más desarrollada que todos los niños nuevos. Porque si algo apreciaba Eileen era la magia, en su más perversa magnificencia, la magia con la que –lo más importante– su pequeño podría defenderse libremente, algo de lo que ella careció por muchos años.

–¿Dónde está papá? – preguntó su hijo sacándola de su ensimismamiento.

–No lo sé, seguro no tardará. Anda, ¿ya tienes todo listo? ¿El baúl, la túnica y la varita?

El niño asintió vigorosamente, con ese extraño y a veces hasta perverso brillo en los ojos. A pesar de ello, Severus era aún inocente en algunos detalles, por ejemplo, el no darle demasiada importancia a la carencia económica de su familia. El niño había aprendido a base de palos que ello no era tan importante como la astucia, la capacidad, la inteligencia.

Y al único ser que agradecía por enseñarle todas esas cualidades era a su madre, aquella que le enseñaba magia. Aquella mujer que una tarde de invierno, en su séptimo cumpleaños, le había regalado lo más valioso para ella: su varita mágica.

Horas más tarde, Eileen, en la más profunda soledad, miraba a su hijo, despidiéndose con una mano, exaltado, entre la multitud de niños y jóvenes que irían a aprender magia en el que fuera su colegio: Hogwarts. Se escribirían, se extrañarían.

Para Eileen, Severus era su único consuelo, y ella el de él.

Entonces, cuando el tren escarlata viraba y comenzaba a perder la visión de la manita de su hijo, Eileen sonrío casi perversamente. ¿Dónde está papá? Quizá algún día, Severus sabría el porqué ya no vería a su padre nunca más. Tal vez algún día, Severus le agradeciera a su madre el haber utilizado esa varita mágica para un solo propósito: librarse para siempre de Tobías Snape.

Lo que Eileen no podría adivinar, es que había enviado a Severus a un hervidero de egos, de intolerancia, de prejuicios, de malas compañías. No sabría que la poca inocencia que quedaba en los ojitos negros de su hijo sería arrebatada a base de humillaciones. Tampoco sabría que lo que Severus era ahora, no volvería a serlo. Severus cogería un mal camino, en vez de enfrentar sus miedos, los ocultaría y lo llevarían a un destino fatal.

¡Hey, niño grasiento, hazte a un lado! ¡Soy un Black!

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No vayan a pensar que quiero hacer de Severus un mártir, sólo que quisiera rescatar los pasajes que, a mi parecer, lo han marcado de manera negativa. Bueno, muchas gracias por leer y por dejarme sus comentarios.

Saludos.

PD/ Beautiful Star: no tienes nada que agradecer, al contrario.