Todos los personajes son propiedad intelectual de J.K Rowling.

Vivía igual que un cazador, en soledad, sin fe ni amor, mi presa siempre estaba al otro lado.

Eileen miró a su hijo por última vez, agazapada en la vieja cama de aquel cuartucho, en la inmensidad de aquellas sábanas ruinosas, en la desesperación: en la agonía.

Y en la más absoluta tristeza porque, a pesar de que Severus (con sus diecisiete años) trataba de sonreír, a pesar de que la procuraba, no era capaz de ocultar su dolor, su frustración, su miedo. Tampoco era capaz de ocultar ese brillo maligno en sus ojos, ese brillo que ella conocía muy bien: la venganza.

Sígueme contando, Severus ¿Cómo es él?

Ya te lo dije, madre. Es un mago muy poderoso. Lucius me ha dicho que con él lograremos muchas cosas. Él, el Señor Tenebroso, nos ha de librar de los muggles…

¿Aún le recuerdas, hijo?

¿A quién?

A tu padre… a To…

Severus se había levantado para no escuchar siquiera el nombre de ese… muggle. Le dio a beber a su madre el resto de la poción que él mismo había elaborado, para que ella no sintiera más dolor y pudiera dormir un buen rato.

Cuando Eileen se entregó al sueño, Severus la observó, cada detalle, cada arruga, cada partícula de piel surcada por los años y la enfermedad. Su madre. Por ella habría de luchar al lado de aquel que nadie se atrevía a nombrar. Por ella procuraría que ningún muggle altanero y estúpido cortará las alas de la magia. Por ella libraría una cruel batalla, para que nadie otra vez les hiciera daño.

Pero también por él mismo. Tantos años de humillaciones, peleas e insultos se verían recompensados al fin, cuando él, Severus Snape, el bicho raro, el llamado ridículamente "Snivellus", les diera la mejor lección, aquella que sus enemigos no esperaban.

Miró intensamente a su madre, sabiendo que ella sí estaba orgullosa de él; recordando las lágrimas vertidas al saber que se había graduado con honores de Hogwarts; la complicidad para acercarse al Señor Tenebroso, para ser parte de esa ideología macabra. Por ser parte de un círculo exclusivo, donde la muerte no era más que un camino a elegir. Severus no le temía a la muerte, porque desde hacía mucho tiempo, Eileen, su madre, le había enseñado que matar era, la mayoría de las veces, el precio de la libertad.

A la mañana siguiente, Severus enterraba a Eileen Snape en el cementerio local. Su madre había muerto con una sonrisa de satisfacción en sus agrietados labios; había dado el último beso a su hijo. Y le había alentado a seguir el camino que él considerara correcto. Ninguna lágrima escapó de sus oscuros ojos, amaba a su madre, pero ya no era tampoco capaz de hacer algo así.

Completamente solo, Severus Snape despidió para siempre a su madre. Pero ahora, le daba la bienvenida a la gestión. Depositó una florecilla amarilla sobre el montón de tierra y pasó sus largos y pálidos dedos sobre la tela que cubría su antebrazo izquierdo, su marca. La marca que lo habría de diferenciar para siempre.