Todos los personajes son propiedad intelectual de J.K Rowling.

A hierro yo viví y maté y a hierro sé que moriré; el cielo nunca se ha equivocado.

El horror era indescriptible, el hedor era insoportable; la angustia era miserable y el dolor sería, lo sabía muy bien, pasajero.

Aún no entendía el por qué él no podía sonreír con satisfacción. No podía sentirse libre, no podía siquiera disfrutar de la tertulia posterior a las matanzas.

Aquel escenario era digno de una guerra. La guerra en la que se había envuelto hacía algunos años. Empuñar la varita ya no era un deleite, menos cuando las victimas serían una madre y su hijo. Sabía perfectamente que debía dejar a un lado su absurdo sentimentalismo. Pero era aún, un humano. Aquella cualidad de la que carecía su Señor.

Y al parecer, carecían de ella sus compañeros, los llamados mortífagos. La gente temblaba del más infinito pavor al encontrar aquella marca infernal en los oscuros cielos de la comunidad mágica. Suplicaban, lloraban, se humillaban con tal de salvarse o salvar a sus seres queridos… al ver acercarse a aquellos personajes ataviados con tétricas túnicas negras, con mascaras que ocultaban no solamente el rostro, sino el alma.

¡Los títeres de Dumbledore vienen en camino! ¡Dense prisa!- gritó una voz a lo lejos.

La mujer, presa del pánico, se servía de escudo para su pequeño. El niño derramaba lágrimas de espanto y Severus no sabía si era porque ya sabía su destino o porque su madre le protegía de algo que no alcanzaba a comprender.

La estridente risa de Bellatrix Lestrange le taladraba los oídos, la tétrica y profunda voz de Lucius Malfoy le hervía la sangre, la impunidad en los movimientos de Evan Rosier le provocaba asco…, pero ya estaba ahí, en medio de un corro de mortífagos excitados, esperando el destino cruel que le esperaba a esa mujer y a su vástago. Saberse el dios que dictaba ese destino era lo peor. O tal vez no, si dejaba que su "humanidad" se apoderará de él, el castigo sería imponente. Aún podía sentir las laceraciones de su último correctivo carcomiéndole e hiriéndole, recordándole a cada segundo que su lealtad era lo más importante.

Ya no era sólo el luchar por un ideal utópico y sombrío. Ya no era tiempo de auto justificarse, ya no valía ser sólo un asesino. Ahora, era tiempo de tomar decisiones que valieran su vida. Era salvarse él, o salvarlos a ellos.

Recordó que alguna vez le habían dicho que los Slytherin eran cobardes, y entonces sonrío. No, los slytherin eran valientes, muy valientes, pero no eran estúpidos.

–¡Están aquí!

Decisiones, todo el peso del mundo en sus hombros. Era tan fácil matar, bastaba concentrar todo su odio en un solo punto, bastaba dejar que la energía se apoderara de él, que recorriera su cuerpo, sentirla en los dedos que empuñaban la varita mágica.

Bastaba dejar de ser un humano por unos instantes.

¡Avada Kedavra!