Todos los personajes son propiedad intelectual de J.K Rowling.
Después de mucho tiempo, recibí tu grabación. Era de días buenos y no reconocí mi propia voz (mi voz)
Diez años esperando ese momento; diez largos años en los que había pensado y planeado su venganza post mortem.
El pequeño rostro era idéntico al de su padre, la arrogancia en aquellos ojos verdes eran iguales a los de su madre. Sí, también la altivez y valentía arrojada de su estirpe.
Otro Gryffindor, otro Potter ¿Qué más podía haber esperado? El salvador del mundo mágico, casi un dios para la comunidad. Pero para él, Severus Snape, no era más que otro altanero estúpido con suerte.
¿Dotes mágicas admirables? ¿Poderes superiores a los de los mejores magos? Severus Snape podía reírse durante horas de sólo pensar en lo poco con se conformaba la gente; en la falsa expectativa, en el pensamiento vano que encumbraba a un niño como cualquier otro dentro de su mundo, a un ser superior a todos. No, Harry Potter no poseía nada sorprendente, más que esa cicatriz que le había marcado y, por supuesto, la historia que le había dado el otrora su propio amo. Harry Potter sólo era una nueva celebridad.
Sin embargo, también era la esperanza. No porque el niño fuera extraordinario, sino porque ese era su destino. Él no lo había elegido, lo sabía muy bien. Fueron las circunstancias, las mismas malditas circunstancias que lo tenían atrapado y condenado a salvar a ese niño. Al hijo del ser que más había odiado en su vida, y al parecer, la historia se repetía con cada arrebato y desfachatez que imperaban en la personalidad de ese Potter, de Harry Potter.
Severus no iba a darle concesiones, no iba a ensalzarlo como todos lo hacían y esperaban. No, el chico necesitaba pruebas, las más duras pruebas que un ser humano pudiese afrontar. Trabajo duro, y de paso, hacerle lo que jamás pudo con su padre. Porque ahora, Severus tenía el poder.
Durante todo ese tiempo, al profesor no le sorprendió ver y escuchar el apellido odiado a cada paso que daba. El Señor Tenebroso, tenía que ser, había regresado. La piedra filosofal y el naciente odio entre ambos; la cámara secreta y la destrucción de un horrocrux; la vuelta del enemigo y la huida de otro de la prisión de Azkaban; la muerte persiguiendo al chico durante el Torneo de los Tres Magos y, al fin, el resurgimiento de Lord Voldemort, más fuerte y más poderoso que nunca. La vuelta de la Orden del Fénix y las perdidas humanas. De nuevo su papel de doble agente.
Servía a Dumbledore ¿por qué no? Salvaguardar el trasero a Potter no era de su agrado, tampoco que el chico muriera sin demostrarle a él, a Severus, que era digno de ser llamado El Elegido. Servirle de nuevo a Voldemort, contando una gran historia y haciendo uso de sus habilidades mágicas, que el tiempo y las humillaciones no habían mellado en lo absoluto.
El tiempo siempre enseña lecciones y Severus era una gran prueba de ello. No podía negar (ya no) que Potter no era del todo inútil; arrebatado y con su gran complejo de héroe, sí. Pero ¡Diablos! Era la esperanza.
Y aún faltaba lo más grave, lo supo el día en que Albus Dumbledore lo miró desafiante, el día en que Albus Dumbledore le pidió, en medio de una agonía, ayudar a Potter, y si era necesario engañar, lo harían.
Sus ojos pasaron del anillo de Salazar Slytherin exangüe en sus manos, sin ningún poder, a al palmo carcomido del anciano mago; ese mismo mago que ahora le miraba imperioso y reclamante.
