Capitulo 2:
Riza retiro frenéticamente la nieve que rodeaba sus extremidades. Aunque no sintió que tuviera ningún hueso roto, podía estar malherido. Moverlo era un riesgo, pero no tenia elección. El desconocido estaba ya demasiado débil como para resistir el frió durante mucho mas tempo. Si lo dejaba allí, entre aquellas rocas, moriría.
Tenia uno de los pies cubierto por una bota igual a la que había encontrado, pero al otra, cubierta solo por un calcetín oscuro, podría estar ya congelada. Haría lo que pudiese por devolverle la circulación sanguínea. Y luego intentaría colocarlo sobre la plataforma de madera.
Riza se quito los guantes y coloco el pie del desconocido entra las palmas de sus manos, calientes y desnudas.
Aquel contacto sorprendentemente íntimo provoco una oleada de sensaciones desconocidas en ella. Cinco años atrás, tras la muerte del joven que era su prometido, Riza había decidido renunciar a su vida como mujer. Su gente había alabado su decisión y ella no se lamentaba de haberla tomado, excepto durante algunas noche oscuras, cuando se quedaba tendida sobre las mantas en la tienda, contemplando en silencio la oscuridad, soñando despierta con aquello que nunca había llegado a conocer.
Ahora, bajo la potente luz de un día frió de invierno, sentía algo que no conocía.
Su respiración húmeda se condensaba al aire gélido mientras masajeaba vigorosamente el pie. Poco a poco la carne comenzó a suavizarse y a entrar en calor, pero sentía el pulso del desconocido muy débil bajo sus dedos. Necesitaba hacerle entrar en calor, hacer que se moviera.
El gemido de dolor que surgió de su garganta la sobresalto. Riza alzó la vista y observo su rostro contraído por el esfuerzo de volver al mundo. La joven dejo por un momento el pie para masajearle las mejillas y la frente. Luego aparto cuidadosamente el hielo de las pestañas. Con un esfuerzo que parecía sobrehumano, el desconocido parpadeo, cerro los ojos y después los abrió completamente.
Se quedo mirando fijamente el rostro de Riza, pero no parecía estar viéndola de verdad.
-¿Quien eres?- le pregunto ella en un susurro-. ¿Cómo has llegado hasta aquí?
Durante un instante el hombre guardo silencio. Varias emociones se dibujaron en su rostro: Frustración, dolor y miedo, el miedo asombrado de un niño que acabara de darse cuanta de que se ha perdido. Aquel era un miedo que Riza conocía muy bien.
-¿Quién eres?- le volvió a preguntar, esta ves con más dulzura.
-Yo… No lo se- consiguió decir la boca del hombre, que tembló con cada palabra que consiguió pronunciar-. Que Dios me ayude. No lo se.
El hombre cerro los ojos, dejo caer la cabeza sobre el hombro y se quedo inerte.
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Roy se vio arrastrado a una especie de espiral de dolor. Durante un momento de lucidez fue conciente de que estaba en movimiento, del sonido de la plataforma arrastrándose y de la presión de las cuerdas con las que iba sujeto al caballo. Escucho el sonido de unas botas pisando la nieve y la respiración regular y profunda de la mujer que iba tirando trabajosamente de la plataforma.
Roy se dio cuenta entre nebulosas de que era una carga muy pesada y que debería ofrecerse a ponerse de pie y caminar al lado de ella, pero por mucho que quisiera era incapaz de mover ni un dedo. Ni siquiera podía afrontar el esfuerzo de abrir los ojos. Y el hecho de pensar parecía estar también fuera del alcance de su cerebro. Cada percepción se veía nublada por el dolor que sentía en la cabeza como si le estuvieran martillando el cerebro.
¿Quien era el? Aquella pregunta parecía burlarse de el. No era nada ni nadie. Un pájaro moribundo. Una luz en la cuneta. Había perdido la memoria.
Lo único que parecía solidó y real era aquella mujer. Su rostro parecía flotar en medio del vació. En el recuerdo le parecía muy llamativa: Nariz recta, pómulos altos, boca sensual y aquellos ojos ámbar que el resultaban vagamente familiares. Se quedo con cada detalle de su rostro. La cicatriz que recorría en zigzag el camino desde la cien hasta la ceja izquierda. Llevaba el cabello escondido bajo la capa de piel con la que se protegía del frió. ¿Seria rubia o morena? En cualquier caso, razono Roy, era muy hermosa.
No era ninguna niña. Le calculo veintitrés o veinticuatro años, pero no más. Y aunque no había podido comprobar su altura tenía la sensación de que era alta e inusualmente fuerte para una mujer. Lo suficientemente fuerte como para cargar un cuerpo inerte en la plataforma y arrastrarlo por la nieve.
"¿Quién eres?", le había preguntado primero. Curiosamente el sentía que la conocía. ¿Qué estaba ocurriendo allí? Ella no era ishbalana. Y el tampoco. Nada parecía tener sentido.
El sol se fue ocultando poco a poco tras la cima del cañón, dando paso a un cielo gris plomizo. Empezó a nevar de nuevo con fuerza. Los copos caían violentamente. Roy sentía la espalda adolorida por el frió. Quería gritarle a aquella mujer que se detuviera y que lo dejara descansar, pero no fue capas de reunir suficientes fuerzas como para hablarle.
Tenia tanto frió que comenzó a sentirse deliciosamente caliente y adormilado. A ratos se dejaba llevar y parecía a punto de caer en unos sueños placidos y dulces en los que no había dolor, ni frió, ni peligro. Roy lucho contra aquellos sueños con todas sus fuerzas, por que sabia que perderse en ellos significaba la muerte.
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-¡Despierta!
Riza estaba arrodillada al lado de la plataforma, agitando con sus manos enguantadas el hombro del desconocido. El tenia los ojos cerrados y apenas se le escuchaba respirar.
La tormenta había amainado, dejando tras de si un frió cristalino que atravesaba los huesos. Ella lo sintió penetrar a través de su túnica de piel. Mientras se movía y tiraba de la plataforma había conseguido mantener el calor en su cuerpo. Pero al detenerse para comprobar como estaba el desconocido, los dientes habían empezado a castañearle.
-¡Despierta!- exclamó tomándolo de las manos, escondidas debajo de una manta con la que lo había tapado.
Riza se las froto para calentárselas, pero el hombre no se movió. Desesperada, le apretó el pecho y le sacudió las piernas y los brazos.
Nada.
"No es demasiado tarde para abandonarlo", le dijo su vos interior. "Si muere en el campamento la gente lo vera como un mal presagio .Tal ves hablen incluso de marcharse. Y ya sabes lo que eso significaría para los mas ancianos con este tiempo"
Esta vez el argumento fue más convincente, tan persuasivo, que Riza dejo las manos en alto. El pequeño grupo de ancianos, viudas y niños, que hacia cinco años atrás estaban demasiado débiles para hacer el viaje a un mejor territorio cruzando la frontera eran su responsabilidad. Ella era las que los proveía de alimento, la que vigilaba constantemente para protegerlos del mundo exterior.
Durante años había evitado los ojos de los militares. Incluso cuando instalaron un nuevo campamento para los ishbalanos en el norte, la gente de Riza había decidido permanecer libre y vivir a la antigua usanza. Ya que no eran lo suficientemente fuertes como para luchar ni tan rápidos como para correr, su única defensa consistía en permanecer tan ocultos como les fuera posible.
Y ella mejor que nadie debería saber el riesgo de introducir en el grupo a un desconocido, sobre todo a un militar.
Pero mientras vacilaba, otro recuerdo, tamizado por el tiempo, le acaricio el corazón como el leve rose del ala de un pájaro. Vio a un hombre mayor con el rostro surcado de arrugas y ojos fieros y rojos que miraba a una niña pequeña aterrorizada antes de levantarla con sus brazos. Antenor debió de darse cuenta de que la presencia de una niña que no era ishbalana seria un peligro para su gente. Seguramente, igual que le ocurría a ella ahora, la vos de la sabiduría le susurraría que debería dejarla morir en la pradera. Pero Antenor había seguido los dictados de su corazón.
Obligada a tomar una decisión todavía más importante, Riza supo que debía de hacer lo mismo.
Agarro al desconocido de los hombros con más fuerza que antes, y al ver que no respondía alzó la mano y le abofeteó el rostro con tal fuerza que estuvo a punto de dislocarse el codo.
-¡Despierta!- le ordeno algo angustiada- ¿Quieres morir? ¿No? Pues entonces, despierta.
Volvió a agitarlo desesperadamente hasta que la cabeza del hombre cayó de nuevo sobre el hombro. Tras unos segundos de silencio lo escucho gruñir.
Riza suspiro aliviada, se puso de pie, se coloco de nuevo los guantes, agarro los extremos de la cuerda e inclino el peso hacia delante. El campamento no quedaba lejos. Casi podía sentir el olor de la corteza de pino ardiendo y al estofado. Riza encaro el último tramo del camino. Allí abajo, protegido por los altos acantilados del cañón y enclavadas entre un conjunto de álamos se hallaban las diecinueve tiendas que constituían su pueblo. Aquella era su familia, Su mundo.
El niño de nueve años que vigilaba en la orilla del rió le dedico una sonrisa amigable cuando ella se acerco. El pequeño miro un instante la plataforma en la que estaba el desconocido, envuelto de la cabeza a los pies en un manta.
-¿Buena caza?
-Buena caza- respondió Riza siguiendo su camino sin darle oportunidad de mirar más de cerca.
Bastaría con que la gente se enterara al día siguiente de que había un militar entre ellos.
Las tiendas se alzaban en la oscuridad. La noche había caído casi por completo, y la mayoría se había ido a adormir. La tienda de Riza estaba al final del campamento. Cuando llego a ella tenía los muslos agarrotados y los nervios de punta. ¿Y si había cometido una locura al llevara a aquel hombre hacia su campamento secreto? ¿Y si su presencia ponía a su gente en peligro?
Solo había una respuesta a aquella pregunta: Si la presencia del militar demostraba ser una amenaza, seria su deber quitarle la vida.
Tras mirar al rededor y comprobar que no había ninguna mirada curiosa cerca, Riza levanto la entrada de su tienda y metió la plataforma. El desconocido se movió un poco. Las brazas del fuego llenaban la tienda de un calor suave .Nabora, su vecina mas cercana, había encendido una pequeña hoguera y había colocado una olla con estofado para que se fuera haciendo lentamente. Su delicioso aroma le dio la bienvenida como si se tratara de un abraso.
Apartando la manta, la joven observo el rostro del desconocido. Tenia lo ojos cerrados, y las pestañas de nuevo congeladas. También tenía los labios congelados. Riza supo que aquélla noche no descansaría. Y que no tendría paz. Había llevado a casa un problema.
El cuerpo del hombre estaba totalmente congelado. Tenía la tela de los pantalones pegada a la piel. Si no le quitaba la ropa y lo obligaba a moverse, ni siquiera el calor de la tienda conseguiría salvarlo.
-¡Despierta!- exclamo golpeándole las mejillas con las palmas de las manos.
Durante unos segundos, el desconocido permaneció inmóvil. Pero ella siguió golpeándolo hasta que consiguió que flexionara los labios en gesto de disgusto.
-¡Demonios, mujer!- murmuro con vos pastosa-. ¿Tienes que ser tan bruta?
El sonido de su vos, prefunda y grave, provocó un escalofrió en el cuerpo de Riza, que se forzó a mirarlo a los ojos. Los tenia inyectados en sangre por el frió y el agotamiento, pero una chispa de fuego se reflejaba en sus profundidades de color negro.
Riza sintió de pronto como si la lengua se le hubiera quedado congelada en el cielo de la boca. A pesar de hallarse en estado tan débil, el desconocido parecía seguro y poderoso, tan peligrosamente masculino que ella se dio cuenta de que estaba temblando.
-Tienes que moverte- dijo arrastrando las palabras-. Tienes que ayudarme a que te haga entrar en calor.
-Creo que podré hacerlo- respondió el torciendo ligeramente el gesto de la boca.
Luego exhaló un suspiro y cerro los ojos. Riza se coloco de rodillas a sus pies, le levanto la pierna y le saco la bota que el quedaba con calcetín incluido. Tenía el pie helado pero no congelado.
Sin embargo, el que había perdido la bota en la nieve tenía peor aspecto que antes. Preocupada, Riza lo coloco entre las palmas de las manos y comenzó a masajearlo con los dedos mientras soplaba para devolverle la circulación.
-¿Dónde… estamos?- pregunto el hombre con voz apenas audible, abriendo otra ves los ojos.
-Estamos en mi casa- respondió ella fingiendo calma, aunque el corazón le latía a toda prisa-. Y eres mi prisionero.
-¿Y a todos tus prisioneros les das un masaje en los pies?
Los ojos oscuros del desconocido brillaron peligrosamente bajo la luz del fuego.
-Solo si corren el peligro de perder lo dedos- respondió Riza obligándose a si misma a mirarlo a los ojos.
Apartar los ojos como una doncella tímida habría supuesto una señal de sumisión, algo que no podía permitirse.
-¿Quién eres?
La vos grave de aquel hombre rasgo sus sentidos.
-Soy yo la que hace las preguntas- dijo moleta para ver como reaccionaba-. Podía haberte dejado morir en la nieve pero opte por salvarte la vida. Ahora quiero saber quien eres y para que has venido.
El hombre dudó un instante. Luego su boca se curvo en una sonrisa amarga.
-Lamento tener que desilusionarla, señorita- contesto con dificultad-. Tengo los mismos recuerdos que un recién nacido. Yo…
El desconocido compuso un gesto de dolor y cerro los ojos. Entonces dejo caer la cabeza hacia un lado, dejando al descubierto una herida en la cabeza que Riza no había visto antes y por la que parecía estar desangrándose.
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Ya esta, tercer chapo de la istría y espero que les haya gustado, se que la historia es mas dura que las anteriores, pero por lo mismo se pueden desarrollar relaciones mucho mas fuertes, ya verán.
Les recuerdo que mañana es la actualización y como siempre agradezco a todos los que leen y especialmente a los que me dejan su opinión así que:
Xris: Gracias por la opinión, me alegras el día. Como ves la situación es complicada pero luego será un caos, por ahora Roy debe intentar recuperarse y a ver como se lleva con Riza. Sobre la actualización no te preocupes, me escapo en cualquier clase y subo los chap, ciao.
Espiaplan: Me alegra que te haya gustado y la verdad es que si es bastante compleja y habrá partes mas bien duras a lo largo de la historia, pero es interesante, gracias por el apoyo y nos leemos mañana.
AnneNoir: Gracias por tu opinión y me alegra que te haya gustado, se que la historia es bastante diferente pero realmente es buena, espero seguir contando contigo, ciao.
Rinsita-chan: Me Capitulo 2:
Riza retiro frenéticamente la nieve que rodeaba sus extremidades. Aunque no sintió que tuviera ningún hueso roto, podía estar malherido. Moverlo era un riesgo, pero no tenia elección. El desconocido estaba ya demasiado débil como para resistir el frió durante mucho mas tempo. Si lo dejaba allí, entre aquellas rocas, moriría.
Tenia uno de los pies cubierto por una bota igual a la que había encontrado, pero al otra, cubierta solo por un calcetín oscuro, podría estar ya congelada. Haría lo que pudiese por devolverle la circulación sanguínea. Y luego intentaría colocarlo sobre la plataforma de madera.
Riza se quito los guantes y coloco el pie del desconocido entra las palmas de sus manos, calientes y desnudas.
Aquel contacto sorprendentemente íntimo provoco una oleada de sensaciones desconocidas en ella. Cinco años atrás, tras la muerte del joven que era su prometido, Riza había decidido renunciar a su vida como mujer. Su gente había alabado su decisión y ella no se lamentaba de haberla tomado, excepto durante algunas noche oscuras, cuando se quedaba tendida sobre las mantas en la tienda, contemplando en silencio la oscuridad, soñando despierta con aquello que nunca había llegado a conocer.
Ahora, bajo la potente luz de un día frió de invierno, sentía algo que no conocía.
Su respiración húmeda se condensaba al aire gélido mientras masajeaba vigorosamente el pie. Poco a poco la carne comenzó a suavizarse y a entrar en calor, pero sentía el pulso del desconocido muy débil bajo sus dedos. Necesitaba hacerle entrar en calor, hacer que se moviera.
El gemido de dolor que surgió de su garganta la sobresalto. Riza alzó la vista y observo su rostro contraído por el esfuerzo de volver al mundo. La joven dejo por un momento el pie para masajearle las mejillas y la frente. Luego aparto cuidadosamente el hielo de las pestañas. Con un esfuerzo que parecía sobrehumano, el desconocido parpadeo, cerro los ojos y después los abrió completamente.
Se quedo mirando fijamente el rostro de Riza, pero no parecía estar viéndola de verdad.
-¿Quien eres?- le pregunto ella en un susurro-. ¿Cómo has llegado hasta aquí?
Durante un instante el hombre guardo silencio. Varias emociones se dibujaron en su rostro: Frustración, dolor y miedo, el miedo asombrado de un niño que acabara de darse cuanta de que se ha perdido. Aquel era un miedo que Riza conocía muy bien.
-¿Quién eres?- le volvió a preguntar, esta ves con más dulzura.
-Yo… No lo se- consiguió decir la boca del hombre, que tembló con cada palabra que consiguió pronunciar-. Que Dios me ayude. No lo se.
El hombre cerro los ojos, dejo caer la cabeza sobre el hombro y se quedo inerte.
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Roy se vio arrastrado a una especie de espiral de dolor. Durante un momento de lucidez fue conciente de que estaba en movimiento, del sonido de la plataforma arrastrándose y de la presión de las cuerdas con las que iba sujeto al caballo. Escucho el sonido de unas botas pisando la nieve y la respiración regular y profunda de la mujer que iba tirando trabajosamente de la plataforma.
Roy se dio cuenta entre nebulosas de que era una carga muy pesada y que debería ofrecerse a ponerse de pie y caminar al lado de ella, pero por mucho que quisiera era incapaz de mover ni un dedo. Ni siquiera podía afrontar el esfuerzo de abrir los ojos. Y el hecho de pensar parecía estar también fuera del alcance de su cerebro. Cada percepción se veía nublada por el dolor que sentía en la cabeza como si le estuvieran martillando el cerebro.
¿Quien era el? Aquella pregunta parecía burlarse de el. No era nada ni nadie. Un pájaro moribundo. Una luz en la cuneta. Había perdido la memoria.
Lo único que parecía solidó y real era aquella mujer. Su rostro parecía flotar en medio del vació. En el recuerdo le parecía muy llamativa: Nariz recta, pómulos altos, boca sensual y aquellos ojos ámbar que el resultaban vagamente familiares. Se quedo con cada detalle de su rostro. La cicatriz que recorría en zigzag el camino desde la cien hasta la ceja izquierda. Llevaba el cabello escondido bajo la capa de piel con la que se protegía del frió. ¿Seria rubia o morena? En cualquier caso, razono Roy, era muy hermosa.
No era ninguna niña. Le calculo veintitrés o veinticuatro años, pero no más. Y aunque no había podido comprobar su altura tenía la sensación de que era alta e inusualmente fuerte para una mujer. Lo suficientemente fuerte como para cargar un cuerpo inerte en la plataforma y arrastrarlo por la nieve.
"¿Quién eres?", le había preguntado primero. Curiosamente el sentía que la conocía. ¿Qué estaba ocurriendo allí? Ella no era ishbalana. Y el tampoco. Nada parecía tener sentido.
El sol se fue ocultando poco a poco tras la cima del cañón, dando paso a un cielo gris plomizo. Empezó a nevar de nuevo con fuerza. Los copos caían violentamente. Roy sentía la espalda adolorida por el frió. Quería gritarle a aquella mujer que se detuviera y que lo dejara descansar, pero no fue capas de reunir suficientes fuerzas como para hablarle.
Tenia tanto frió que comenzó a sentirse deliciosamente caliente y adormilado. A ratos se dejaba llevar y parecía a punto de caer en unos sueños placidos y dulces en los que no había dolor, ni frió, ni peligro. Roy lucho contra aquellos sueños con todas sus fuerzas, por que sabia que perderse en ellos significaba la muerte.
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-¡Despierta!
Riza estaba arrodillada al lado de la plataforma, agitando con sus manos enguantadas el hombro del desconocido. El tenia los ojos cerrados y apenas se le escuchaba respirar.
La tormenta había amainado, dejando tras de si un frió cristalino que atravesaba los huesos. Ella lo sintió penetrar a través de su túnica de piel. Mientras se movía y tiraba de la plataforma había conseguido mantener el calor en su cuerpo. Pero al detenerse para comprobar como estaba el desconocido, los dientes habían empezado a castañearle.
-¡Despierta!- exclamó tomándolo de las manos, escondidas debajo de una manta con la que lo había tapado.
Riza se las froto para calentárselas, pero el hombre no se movió. Desesperada, le apretó el pecho y le sacudió las piernas y los brazos.
Nada.
"No es demasiado tarde para abandonarlo", le dijo su vos interior. "Si muere en el campamento la gente lo vera como un mal presagio .Tal ves hablen incluso de marcharse. Y ya sabes lo que eso significaría para los mas ancianos con este tiempo"
Esta vez el argumento fue más convincente, tan persuasivo, que Riza dejo las manos en alto. El pequeño grupo de ancianos, viudas y niños, que hacia cinco años atrás estaban demasiado débiles para hacer el viaje a un mejor territorio cruzando la frontera eran su responsabilidad. Ella era las que los proveía de alimento, la que vigilaba constantemente para protegerlos del mundo exterior.
Durante años había evitado los ojos de los militares. Incluso cuando instalaron un nuevo campamento para los ishbalanos en el norte, la gente de Riza había decidido permanecer libre y vivir a la antigua usanza. Ya que no eran lo suficientemente fuertes como para luchar ni tan rápidos como para correr, su única defensa consistía en permanecer tan ocultos como les fuera posible.
Y ella mejor que nadie debería saber el riesgo de introducir en el grupo a un desconocido, sobre todo a un militar.
Pero mientras vacilaba, otro recuerdo, tamizado por el tiempo, le acaricio el corazón como el leve rose del ala de un pájaro. Vio a un hombre mayor con el rostro surcado de arrugas y ojos fieros y rojos que miraba a una niña pequeña aterrorizada antes de levantarla con sus brazos. Antenor debió de darse cuenta de que la presencia de una niña que no era ishbalana seria un peligro para su gente. Seguramente, igual que le ocurría a ella ahora, la vos de la sabiduría le susurraría que debería dejarla morir en la pradera. Pero Antenor había seguido los dictados de su corazón.
Obligada a tomar una decisión todavía más importante, Riza supo que debía de hacer lo mismo.
Agarro al desconocido de los hombros con más fuerza que antes, y al ver que no respondía alzó la mano y le abofeteó el rostro con tal fuerza que estuvo a punto de dislocarse el codo.
-¡Despierta!- le ordeno algo angustiada- ¿Quieres morir? ¿No? Pues entonces, despierta.
Volvió a agitarlo desesperadamente hasta que la cabeza del hombre cayó de nuevo sobre el hombro. Tras unos segundos de silencio lo escucho gruñir.
Riza suspiro aliviada, se puso de pie, se coloco de nuevo los guantes, agarro los extremos de la cuerda e inclino el peso hacia delante. El campamento no quedaba lejos. Casi podía sentir el olor de la corteza de pino ardiendo y al estofado. Riza encaro el último tramo del camino. Allí abajo, protegido por los altos acantilados del cañón y enclavadas entre un conjunto de álamos se hallaban las diecinueve tiendas que constituían su pueblo. Aquella era su familia, Su mundo.
El niño de nueve años que vigilaba en la orilla del rió le dedico una sonrisa amigable cuando ella se acerco. El pequeño miro un instante la plataforma en la que estaba el desconocido, envuelto de la cabeza a los pies en un manta.
-¿Buena caza?
-Buena caza- respondió Riza siguiendo su camino sin darle oportunidad de mirar más de cerca.
Bastaría con que la gente se enterara al día siguiente de que había un militar entre ellos.
Las tiendas se alzaban en la oscuridad. La noche había caído casi por completo, y la mayoría se había ido a adormir. La tienda de Riza estaba al final del campamento. Cuando llego a ella tenía los muslos agarrotados y los nervios de punta. ¿Y si había cometido una locura al llevara a aquel hombre hacia su campamento secreto? ¿Y si su presencia ponía a su gente en peligro?
Solo había una respuesta a aquella pregunta: Si la presencia del militar demostraba ser una amenaza, seria su deber quitarle la vida.
Tras mirar al rededor y comprobar que no había ninguna mirada curiosa cerca, Riza levanto la entrada de su tienda y metió la plataforma. El desconocido se movió un poco. Las brazas del fuego llenaban la tienda de un calor suave .Nabora, su vecina mas cercana, había encendido una pequeña hoguera y había colocado una olla con estofado para que se fuera haciendo lentamente. Su delicioso aroma le dio la bienvenida como si se tratara de un abraso.
Apartando la manta, la joven observo el rostro del desconocido. Tenia lo ojos cerrados, y las pestañas de nuevo congeladas. También tenía los labios congelados. Riza supo que aquélla noche no descansaría. Y que no tendría paz. Había llevado a casa un problema.
El cuerpo del hombre estaba totalmente congelado. Tenía la tela de los pantalones pegada a la piel. Si no le quitaba la ropa y lo obligaba a moverse, ni siquiera el calor de la tienda conseguiría salvarlo.
-¡Despierta!- exclamo golpeándole las mejillas con las palmas de las manos.
Durante unos segundos, el desconocido permaneció inmóvil. Pero ella siguió golpeándolo hasta que consiguió que flexionara los labios en gesto de disgusto.
-¡Demonios, mujer!- murmuro con vos pastosa-. ¿Tienes que ser tan bruta?
El sonido de su vos, prefunda y grave, provocó un escalofrió en el cuerpo de Riza, que se forzó a mirarlo a los ojos. Los tenia inyectados en sangre por el frió y el agotamiento, pero una chispa de fuego se reflejaba en sus profundidades de color negro.
Riza sintió de pronto como si la lengua se le hubiera quedado congelada en el cielo de la boca. A pesar de hallarse en estado tan débil, el desconocido parecía seguro y poderoso, tan peligrosamente masculino que ella se dio cuenta de que estaba temblando.
-Tienes que moverte- dijo arrastrando las palabras-. Tienes que ayudarme a que te haga entrar en calor.
-Creo que podré hacerlo- respondió el torciendo ligeramente el gesto de la boca.
Luego exhaló un suspiro y cerro los ojos. Riza se coloco de rodillas a sus pies, le levanto la pierna y le saco la bota que el quedaba con calcetín incluido. Tenía el pie helado pero no congelado.
Sin embargo, el que había perdido la bota en la nieve tenía peor aspecto que antes. Preocupada, Riza lo coloco entre las palmas de las manos y comenzó a masajearlo con los dedos mientras soplaba para devolverle la circulación.
-¿Dónde… estamos?- pregunto el hombre con voz apenas audible, abriendo otra ves los ojos.
-Estamos en mi casa- respondió ella fingiendo calma, aunque el corazón le latía a toda prisa-. Y eres mi prisionero.
-¿Y a todos tus prisioneros les das un masaje en los pies?
Los ojos oscuros del desconocido brillaron peligrosamente bajo la luz del fuego.
-Solo si corren el peligro de perder lo dedos- respondió Riza obligándose a si misma a mirarlo a los ojos.
Apartar los ojos como una doncella tímida habría supuesto una señal de sumisión, algo que no podía permitirse.
-¿Quién eres?
La vos grave de aquel hombre rasgo sus sentidos.
-Soy yo la que hace las preguntas- dijo moleta para ver como reaccionaba-. Podía haberte dejado morir en la nieve pero opte por salvarte la vida. Ahora quiero saber quien eres y para que has venido.
El hombre dudó un instante. Luego su boca se curvo en una sonrisa amarga.
-Lamento tener que desilusionarla, señorita- contesto con dificultad-. Tengo los mismos recuerdos que un recién nacido. Yo…
El desconocido compuso un gesto de dolor y cerro los ojos. Entonces dejo caer la cabeza hacia un lado, dejando al descubierto una herida en la cabeza que Riza no había visto antes y por la que parecía estar desangrándose.
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Ya chicas, fin del tercer chap, espero que les haya gustado y les recuerden que mañana es la siguiente actualización.
Como siempre agradezco a todos los que leen y espacialmente a los que me dejan su opinión, así que:
Xris: Gracias por tu opinión, me alegras el día. Como ves la historia esta algo complicada pero luego será un caos, Solo queda esperar a ver como Roy se recupera y como Riza se llevara con el. Sobre la actualización no te preocupes, me escapo en cualquier clase y subo los chap, ciao.
Espiaplan: Me alegra que te haya gustado, es verdad que la historia es bastante mas dura que las anteriores pero a mi opinión es buena, gracias por el apoyo y nos leemos mañana.
AnneNoir: Me alegra que te haya gustado la historia, se que es muy diferente al resto y mucho mas compleja, pero vale la pena, espero seguir contando contigo, ciao.
Rinsita-chan: Me alegar que te haya gustado a pesar de ser diferente y espero no desilusionarte, gracias por el apoyo y nos leemos mañana.
