Dios nos dió la bendición de haber nacido mujeres. De tener corazón de mujer, de ver las cosas de manera que nuestros amados seres del sexo opuesto no entienden. Dios puso en el corazón de la mujer muchos secretos, muchos tesoros. No nos dió la fortaleza física, pero nos dio la fortaleza en el alma. Le dió a su alma y su corazón ternura, sensibilidad, delicadeza y visión. Por esta última cualidad es que dicen que tenemos un "sexto sentido". También nos hizo privilegiadas al otorgarnos el milagro de la maternidad, esos 9 meses maravillosos en que un corazoncito hace su estreno dentro de nuestro cuerpo. Creo que es por eso dicen que las mujeres tenemos dos corazones.
FELIZ DIA INTERNACIONAL DE A MUJER.
Capitulo 3:
La joven agarro un trozo de tela que había en una cesta cercana y se lo aplico sobre la brecha, que tenia muy mal aspecto. Trozos de piedra, polvo y cabello se habían instalado en la herida. Habría que limpiarla y desinfectarla con…
Sus pensamientos quedaron interrumpidos cuado el hombre la agarro de la muñeca con dedos de acero.
Aquel leve movimiento basto para que le pusiera la mano en la espalda. Riza trato de agarrar el cuchillo con la mano libre pero antes de que pudiera alcanzarlo, una repentina y dolorosa presión en el codo la obligó a soltar un gemido.
-Nada de trucos o te romperé este brazo tan bonito que tienes- le susurró el oído-. Tengo algunas preguntas y quiero respuestas rápidas. Dámelas y no resultaras herida.
Riza se esforzó en respirar, en pensar. Estaba encima del pecho del desconocido. Su pecho, su rostro, permanecía a escasos centímetros de los suyos. El hombre tenía un cuerpo fuerte y ágil que se sentía bajo el abrigo.
-¡No seas ridículo!- murmuro ella-. Estas rodeado. Lo único que tengo que hacer e gritar y…
El hombre le retorció todavía más el brazo. Riza apretó los dientes decidida a no demostrar su dolor. ¿Cómo podía estar tan loca para haber salvado a aquel hombre? Debería haberlo dejado morir en la nieve.
-Suéltame.- dijo Riza entre dientes.
-¿Y por que debería hacerlo?- pregunto el sonriendo y dejando al descubierto una sonrisa cautivadora- Si tu objetivo es hacerme entrar en calor, estas haciendo un trabajo magnifico.
Riza sintió que el rostro se le sonrojaba la darse cuenta de que sus esfuerzos por liberarse habían conseguido que casi estuviera encima de el. En aquel momento mas que en cualquier otro necesitaba pensar con claridad, ser fuerte como la guerrea que era.
El hombre había dejado claro que quería información. Pero, ¿cuanto podía darle sin poner a su gente en peligro de ser descubierta?
Sin soltarle la mano, el hombre alzó la que el tenia libre y tiro de un extremo de la capucha de la capa que le cubría la cabeza. Entonces la miro a los ojos con un poco de confusión pero a la vez con algo de triunfo.
-¿Quién eres?- susurro apretándole el brazo-. Una mujer que no es ishbalana en un sitio así… Cielo Santo, ¿Quien eres?
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Roy observo aquel rostro bello y preocupado, un rostro que le resultaba en cierto modo desconcertantemente familiar. Su cabello tenia el color del oro y lo llevaba recogido.
Ella le había dicho que era su prisionero. Prisionero en una tienda ishbalana, cautivo de una diosa de cabellos dorados vestida con una túnica. Que demonios, tenia que estar soñando. Nada de aquella locura podía ser real.
La joven se estiro. Uno de los mechones de su cabello se soltó y le rozó la garganta. En medio de su ensoñación, Roy sintió deseos de agarrar su cabello entre sus manaos y soltárselo de su atadura para que su cabello la rodeara como una cortina de seda brillante. Quería hundirse en aquel cabello, refugiarse en el.
Era consiente de lo cerca que estaban sus cuerpos. Que locura. Estaba destrozado y helado, con las extremidades prácticamente congeladas y con un dolor insoportable en la cabeza, y sin embargo pensaba en esas cosas. Nunca en su vida se había sentido tan cerca de la muerte.
Al menos que el recordara.
- Suéltame- repitió la joven molesta-. Suéltame y te diré todo lo que necesites saber.
-Me dirás todo lo que quiera saber.
Roy aumento la presión en el codo de la chica. No le gustaba la idea de hacerle daño a una mujer, pero ella había dicho que era su prisionero. Aquello cambia las normas entre ambos.
-Todo- gruño-. Cuando haya escuchado suficiente te dejare marchar.
Roy sintió la tensión del cuerpo de la joven, pero no se quejo. Ni siquiera parpadeo. Tuvo la impresión de que podría romperle el brazo y aquella mujer orgullosa seguiría negándose a mostrar su dolor.
-¿Dónde estamos?- le pregunto.
-En… mi casa- murmuro ella con los dientes apretados.
-¿Y tu casa es una tienda? Diablos ¡Tu no eres ishbalana!
-Soy… lo que yo quiera ser- respondió ella con calma digna-. Y he escogido vivir aquí.
Roy exhalo un suspiro. Se sentía mareado y le dolía la cabeza, pero que demonios, no podía disminuir la presión. En aquel momento no.
-De acuerdo- gruño en vos baja-. ¿Y donde demonios está esta tienda? ¿Que hay allí afuera?
-Mas de cien hombres de la tribu ishbalana que no están de acuerdo con que estés aquí. Una palabra mía y vendrán enseguida y yo no responderá por tu vida.
-¿Los ishbalanos? Pregunto Roy tratando de aclarar la confusa nebulosa de su mente-. ¿Que grupo? ¿Quién es su líder?
-Yo.
El se arrellano en la manta helada. Le fallaba la visión. Se sentía demasiado débil para seguir sujetándola, así que soltó la mano y la dejo caer a un costado.
La joven aparto el cuerpo del suyo y se puso en cuclillas sin perderlo de vista.
-Todavía puedo dejarte morir- aseguró ella con vos fría-.Puedo sacarte a la intemperie y dejar que te congeles. ¿Es eso lo que quieres?
Roy maldijo entre dientes. La mujer tenía razón. No estaba en posición de dar órdenes allí. Al menos hasta que estuviera mas fuerte Lo mejor que podía esperar de aquel momento era conseguir ponerla de su parte y hacerla hablar.
-Señorita- murmuró inclinado la cabeza con gesto infantil-. Estoy en sus manos.
-No soy una señorita- aseguro ella desabrochando con dedos firmes los botones de su abrigo-. Mi nombre es Riza, y si no te comportas como es debido, no vivirás para contarlo. Y ahora dime quien eres y que has venido a hacer aquí.
-Lo siento señorita Riza- consiguió decir Roy esbozando una media sonrisa a pesar del dolor-. Me temo que mi memoria se ha ido de paseo. Tal vez si me cuentas como llegue hasta aquí…
-Te caíste por uno de los flancos del cañón. Te encontré en unas rocas, cubierto de nieve. Estabas cerca de tu caballo- aseguro ella con los ojos ámbar brillante-. El estaba muerto. Así que te puse en la plataforma y te traje hasta aquí.
-¿Mi caballo?
Roy se incorporó para quedarse sentado, y luego se dejo caer de nuevo en la plataforma.
El caballo llevaría alforjas. En ella habría seguramente objetos personales, incuso cartas que pudieran ayudarlo a recuperar la memoria.
-¿Sacaste algo del caballo? ¿Papeles?
-¿Papeles?- repitió la joven mirándolo como si fuera un niño tonto-. Agarre solo lo que era útil- El rifle y algunas balas-Lo demás no me parecía importante- se apresuro a mentir Riza al recodar el reloj que guardaba en su bolsillo.
Roy busco las palabras adecuadas para responder a aquello, pero el dolor se había hecho más agudo, bloqueando sus esfuerzos para hablar. Un escalofrió le recorrió el cuerpo de arriba abajo. Los dientes empezaron a castañearle.
La sobra de la joven se movió como el humo por las paredes de la tienda cuando se puso en pie.
-Hay que hacerte entrar en calor- dijo- Tienes la ropa mojada y hay que quitártela. Será mas fácil si me ayudas.
Sus palabras penetraron a nebulosa de su mente. Sin dejar de apretar los dientes, Roy coloco los brazos a los lados del cuerpo y trato de colocarse en posición sentada. Pero las fuerzas le fallaron y volvió a dejarse caer. El rostro de la joven floto a su alrededor durante unos instantes por encima de la neblina hasta que ya no hubo mas que oscuridad y frió. Y después incluso aquello desapareció.
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Durante un instante, Riza pensó que había muerto. Tenia los ojos cerrados y el cuerpo tan inerte que resultaba difícil creer que aquel hombre había logrado reducirla unos instantes atrás.
Su vos interior seguía advirtiéndole que era un hombre peligroso. Y que si moría seria lo mejor. Pero el poderoso latido de su corazón indicaba cuanto deseaba ella que sobreviviera. Le acerco dos dedos al cuello y se los coloco en la yugular. Riza cerro los ojos y aguanto la respiración mientras presionaba con dedos temblorosos.
Estaba allí. Un pulso tan débil e inestable como el aleteo de un insecto agonizante. La joven se dispuso a sacarle el abrigo medio congelado por los brazos. La chaqueta militar que llevaba debajo estaba empapada. Se la desabrocho y se la quito para dejar mas partes de su cuerpo expuesto al calor del fuego.
Bajo la chaqueta y pegada al cuerpo, llevaba una camisa blanca. El corazón de Riza se contrajo al recordar de repente a su padre.
Mientras frotaba el pecho del desconocido con los brazos para hacerlo entrar en calor, aquel recuerdo le provoco una punzada de dolor. No solía pensar en aquellos tiempos .Estaban tan lejos de ella que no solía tenerlos presentes a no ser que fuera en sueños: Canciones de cuna, muñecas, juegos infantiles, sentarse en el regazo de su madre y llenarse los sentidos con su aroma a lavanda…
Riza aparto de su mente aquellos pensamientos.
La camisa estaba seca. Pero el desconocido tenía los pantalones congelados. Tal ves debería cortarlos para sacárselos. Pero lo más urgente era aquella herida de la cabeza que tenia tan mal aspecto. Riza se hizo con las cosas que necesitaba: Unos jirones de tela para limpiar la herida y envolverla, un pequeño punzón para apartar la porquería y unas cuantas hierbas para desinfectar. Tras poner el punzón en agua caliente, humedeció una tira de ropa y se arrodillo delante de el, sujetándole la cabeza entre las rodillas.
A la luz del fuego, su cabello tenía el tono de la noche oscura. Tras limpiar la herida y quitarle los restos de piedra y polvo, procedió a desinfectársela. El hombre dio un respingo inconsciente cuando le toco la carne viva, pero no abrió los ojos y seguía tan pálido como la muerte.
¿Qué habría ido a hacer a aquellas montañas al principio del invierno? Era un militar, pero no viajaba acompañado como lo solían hacer sus compañeros, además viajaba ligero de equipaje y seguramente muy deprisa ¿Por qué?
Un escalofrió le recorrió la espina dorsal al caer en la cuenta. Solo había una razón para que un hombre como aquel se adentrara en la soledad por aquel laberinto de cañones y recovecos. Para esconderse.
¿De quien estaría huyendo? ¿Qué había hecho, y quien lo perseguía? ¿Los militares?
Tal vez estuviera equivocada, pensó mientras cambiaba de posición y se ponía a su lado para quitarle el cinturón, pero la hebilla se le resistía. Riza tiro de el, lo giro y, finalmente, en un ataque de impaciencia, saco el cuchillo. Destruir cualquier cosa que fuera útil en aquel lugar de escasez era un crimen, pero ya se había retrasado bastante.
-¿Qué demonios estas haciendo?
Sobresaltada, la joven alzo la mirada. El hombre tenía los ojos abiertos, y le brillaban con furia mientras trataba de incorporarse. ¿Habría estado verdaderamente inconciente todo aquel tiempo o se habría limitado a esperar a ver que hacia ella?
-¡Quédate quieto!- le ordeno-. No voy a hacerte daño. Solo estoy intentando quitarte la ropa.
El hombre murmuro algo entre dientes antes de dejarse caer de nuevo sobre la plataforma.
-No nesecitas un cuchillo para que me quite los pantalones, cariño- aseguro arrastrando las palabras-. Lo único que tienes que hacer es sonreír y levantar un poco tu lindo…
-¡Ya basta!- le espeto ella-. Yo no soy tu novia. N siquiera estoy interesada en ti como… Como hombre- concluyo sonrojándose.
El la miro fijamente con sus ojos negros.
-¿Sabes mucho de hombres, Riza?- le pregunto con vos picara, tanteándola-. ¡Que es exactamente lo que sabes?
Ella tenía las mejillas encendidas como brasas. ¿Le habría afectado tanto la herida de la cabeza como para hablar como un hombre embriagado? ¿O sencillamente estaba poniéndola a prueba y era completamente consiente de lo que decía y como la afectarían sus palabras?
Movida por una furia repentina, Riza levanto el cuchillo. La hoja atravesó el cuero del cinturón con un único y certero movimiento.
-Se lo suficiente- aseguro con frialdad- Estuve comprometida.
-¿Estuviste?- pregunto Roy alzando una ceja.
-El murió.
Riza guardo el cuchillo y manejó durante unos instantes los botones de sus pantalones. Entonces recordó lo que había sentido unos instantes atrás y detuvo el movimiento de sus dedos.
-Hazlo tu- murmuro.
Una sonrisa se dibujo en las comisuras de sus labios mientras se desabrochaba los botones con sus dedos congelados.
-¿Cómo murió tu prometido?
-Como un valiente.
Aquella respuesta era verdad, Diaco había sido uno de los que defendían a su pueblo, pero había recibido una herida muy grave y no pudo reponerse, eso había ocurrido a solo pocos meses de comprometerse y a solo días de casarse.
-¿Era ishbalano?
-Si.
-Y tú no lo eres...
-En mi corazón si- aseguro ella apartando los ojos de los pantalones.
-¿Cómo llegaste aquí?
-Ellos me salvaron- respondió Riza con vos pausada.
-¿Y amabas a tu prometido?
Aquella pregunta la molesto. No tenia ninguna intención de decirle que había sido comprometida por que era necesario, además en cuanto al amor… ¿Quién tenia tiempo para semejante tontería cuando estaban constantemente amenazados y trataban de mantenerse vivos y de protegerse los unos a los otros? Lo único que importaba era que ella ya había tomado su decisión, la soledad.
-¿Riza?
Su vos era como un rose físico, y la joven dio un respingo.
-No eres tu quien hace las preguntas- aseguró-. Lo que yo sea o deje de ser no importa.
-Importa mucho- respondió Roy desabrochándose el ultimo botón-. Eres una mujer blanca y hermosa que vive entre ishbalanos. ¿Me culpas por querer saber más de ti, sobre todo teniendo en cuenta que soy tu prisionero?
-Estamos perdiendo el tiempo- dijo ella sintiendo que el rostro se le encendía.
-¿Eres consiente Riza de que tus mejillas tienen el color de un atardecer en la pradera?
Roy se había desabrochado el ultimo botón y aunque tenia el cuerpo aun cubierto por la camisa y el pantalón, ella sintió algo parecido a un ataque creciente de pánico. Lucho contra el impulso de apartar la mirada. Hacerlo seria reconocer que tenía el poder de perturbarla.
-La cama esta allí- dijo señalando con la cabeza un sitio cubierto de cómodas mantas- ¿Eres capas de quitarte tu solo los pantalones?
Riza vio como esbozaba una sonrisa y se prepara para otra de sus bromas de mal gusto, pero esta ves no la hubo. Un brillo de decisión se asomaba a los ojos del hombre y ella se dio cuanta de que se había tomado sus palabra como un desafió.
Levantando ligeramente las caderas, trató de bajarse los pantalones, pero seguían rígidos por culpa del hielo.
-Dame… un minuto- murmuro el apretando los dientes de dolor y tratando de ponerse en pie.
Asombrada por su coraje, Riza lo vio levantarse a duras penas y caminar vacilando hacia la hoguera. Se levanto a toda prisa y llego justo a tiempo para sujetarlo ente sus brazos cuando cayo.
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Chicas, al verdad es que me falta tiempo, les subo el chap que espero les guste, un beso todas as que se dan el tiempo de leer y prometo que mañana responderé a las que hayan dejado reviews, ahora me voy al hospital antes de que me reten,
Un beso y gracias, su amiga, una ocupadísima Vale Black.
