Capitulo 4:

Durante la noche se fue poniendo peor. Riza lo había arrastrado hasta la cama y le había quitado el resto de la ropa helada, obligándose a si misma a no mirar al desconocido mas de lo necesario. Apartando la vista, lo cubrió con varias mantas y hecho mas leña al fuego.

El hombre durmió a ratos, estremeciéndose a pesar del calor que había en la tienda. De ves en cuando gemía de dolor o murmuraba incoherencias, pero incluso cuando habría los ojos parecían no reconocer nada tras aquellas profundidades negras.

Riza se coloco a su lado, tapándolo con la manta cada ves que el, en su delirio, se la quitaba. A pesar de su estado febril, era tan fuerte que suponía una lucha constante el estar todo el tiempo tapándolo. Pero para bajar la fiebre era imprescindible mantenerlo caliente y hacerle sudar.

Cuando se calmaba un poco, la joven le levantaba la cabeza y lo obligaba a beber unos sorbos de corteza de sauce que la mayoría de las veces no conseguía hacerle tragar.

La agotada mente de Riza trato de recordar otros remedios que Nabora le había ido enseñando durante los años en que ella levaba con el grupo. La anciana había tomada a Riza bajo su tutela siendo una niña, cuando empezó a mostrar un talento precoz con las hiervas, pero después tuvo que centrarse en proveer de alimentos a su gente, y había olvidado muchas enseñanzas.

Tendría que haber despertado a Nabora nada mas llegar al campamento, se lamento la joven. No había querido molestarla, pero había otras razones que se lo impidieron .Cuando era joven, Nabora estuvo casada con un buen hombre ishbalano. Cuando estallo el conflicto con los militares, el marido de Nabora fue uno de los primeros que intento defender a su gente, pero lamentablemente el y sus tres hijos murieron en el asalto. La propia Nabora fue herida mortalmente y la dieron por muerta. No era de extrañar que el odio de la anciana por los militares fuera ya parte de la esencia de sus huesos.

Como si el pensamiento pudiera conjurar a los espíritus, Riza sintió de pronto una ráfaga de aire frió. Miro alrededor y vio una figura levantando la abertura de la tienda.

El fuego provocaba que la silueta de Nabora proyectara sombras grotescas mientras la anciana arrastraba por el suelo de la tienda una pierna inutilizada por la bala que recibió en la cadera. Se detuvo al lado de Riza. Solo el sonido del viento rompía el silencio sepulcral que se hizo cuando se inclino a mirar al hombre herido.

-¿Qué es lo que has hecho?- pregunto con vos cortante.

Riza se esforso en hablar con voz tranquila, sin trasmitro sus propios temores.

-Lo encontré en el cañón. Si no lo hubiera traído hasta aquí habría muerto.

-Debiste dejarlo. Su presencia no puede traernos nada bueno.

Las palabras de la anciana eran un reflejo de lo que ella había escuchado en su mente. Así que decidió responder del mismo modo que se había contestado a ella misma.

-Antenor podía haberme dejado morir también. Pero en lugar de hacerlo me trajo hasta los ishbalanos y me crió como a una hija.

-Antenor trajo a casa a una niña. Tú has traído a un hombre adulto y peligroso, que adema es un militar. ¿Ha dicho algo?

-Algo. Lo suficiente como para saber que ha perdido la memoria con el golpe.

-Razón de mas para no confiar en el.

La anciana acaricio con su mano artrítica las vendas que cubrían la herida del desconocido. Solo entonces reparo Riza en que llevaba al hombro la bolsa hecha de cuerdas en la que guardaba las medicinas.

¿Qué extraño y ancestral instinto había despertado a aquella mujer en medio de la noche y la había llevado hasta allí con su colección de hiervas y raíces salvadoras?

La anciana inclino la cabeza hacia el hombre. Su cabello gris estaba perlado de nieve, que cayo en forma de gotas sobre el rostro del desconocido. Abrió los ojos y miro a las dos mujeres con ojos adormilados. Movió los labios como si quisiera decir algo. Y luego, como si aquel esfuerzo hubiera agotado sus fuerzas, regreso al mundo de los sueños.

-Es joven y fuerte. Y muy guapo para ser un militar- murmuro Nabora clavando sus pupilas inteligentes en Riza-. Llevas demasiado tiempo sin interesarte en un hombre, hija mía.

-¡Yo ya no tengo esos pensamientos!- protesto la joven acaloradamente.

-Todas las mujeres los tienen. Por eso le pediré a Ishbala que te ilumine.

Los dedos curvados de la anciana tiraron suavemente de una de las tiras que sobresalía en el vendaje.

-La corteza esta bien- murmuró-. Pero son mejores las agujas de pino. Y para la fiebre, gaulteria.

Nabora movió un poco los hombros para que la cesta con las medicinas cayera al suelo muy despacio.

-Todavía no ha amanecido. Esta vieja esta cansada y necesita dormir. No me despiertes.

Sin decir una palabra mas, Nabora se dio la vuelta y salio de la tienda arrastrando la pierna lisiada y dejando un rastro de nieve por el suelo .Riza se la quedo mirando, sabiendo que la anciana acababa de otorgarle el precioso don de la confianza.

Un don y una carga.

El desconocido gimió y movió los labios cuarteados como si quisiera pronunciar algunas palabras. Riza cayó de rodillas y comenzó a abrir la bolsa de las medicinas, recorriendo con manos ansiosas loe tesoros que salvarían la vida de aquel hombre.

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Se despertó por el hilito de agua en que se convirtió la nieve al derretirse y por la brillante claridad que se colaba a través de sus pestañas cerradas. Durante unos instantes permaneció muy quieto mientras sus sentidos tomaban nota de donde estaba: La áspera manta sobre su piel desnuda, el crepitar de las brasas y el sabroso aroma a comida. Amortiguado por la distancia se escuchaba el murmullo de un rió y los gritos de unos niños jugando.

¿Dónde estaba? ¿Y quien era?

Recuerdos relacionados con el frió, el dolor y la oscuridad aparecieron en su cabeza, y con ellos la visión de unos ojos intensos de color ámbar y una cara de ángel enmarcada por un cabello dorado.

Una ángel vestid con túnicas y con el nombre de Riza.

Lentamente, Roy se forzó a abrir los ojos. Durante un instante lo cegó la claridad. Inclino la cabeza hacia un lado intentando controlar el dolor que tenia en la sien. Cuando trato de incorporarse se dio cuenta de que estaba débil como un gatito. Le dolía la cabeza y tenia un agujero e el estomago de hambre, pero daba igual. Tenía que vestirse y salir de aquel lugar. Había algo que tenia que hacer, algo importante.

Tal vez si se movía recordaría de qué se trataba.

Mareado, Roy consiguió por fin sentarse. Vio que la entrada de la tienda estaba abierta y no había nadie a la vista. Si pudiera hacerse con un arma y un caballo enseguida estaría lejos de allí, pero ¿A dónde iría? Allí donde antes estaba su memoria no había mas que un vació aterrador ¿Quien era el?

Apenas había puesto las piernas desnudas en el suelo cuando escucho unas risas detrás de una pila de leña. Roy se volvió a echar la manta sobre el regazo en el momento justo en que dos niñas ishbalanas de unos cinco o seis años salían corriendo de su escondite .Una de ella se dio sin querer contra la esquina de la tienda, provocando que la tela que cubría la entrada volviera a caer en su sitio.

Roy sonrió mientras avanzaba por la oscuridad con la manta anudada a la cintura. Los niños eran iguales en todas partes. Lo único que esperaba era que aquellas dos no alertaran a todo el campamento de que se había levantado.

Cuando dio el primer paso sintió que el fallaban las rodillas. Avanzo a duras penas por la oscuridad y se acerco al rincón donde colgaba su ropa. Cualquiera que entrara desde el exterior necesitaría unos segundos para acostumbrarse a la oscuridad, así que aquel espacio de tiempo seria su única ventaja.

No había rastro de sus botas, así que termino de vestirse rápidamente. Sin embargo, para sobrevivir en su huida necesitaría algo para los pies y alguna protección para el frió. Seguramente cuando lo llevaron allí llevaría un abrigo, pero no había rastros de el ni de sus botas. Con toda probabilidad los tendría algún guerrero ishbalano de los cientos que Riza le había dicho que andaban por ahí.

Pero aquello era muy extraño. Cinco años atrás, los ishbalanos del norte se habían rendido ante el ejercito y accedieron a emprender la marcha hasta los campamento que se les habían reservado, sin embargo muchos habían sido muertos en las batallas. Sin embargo algunos ishbalanos habían huido del campamento luchado nuevamente hacia el norte. Pero fueron retenidos y obligados regresar a ese lugar. En esa ocasión muchos más fueron asesinados. Los supervivientes vivían ahora en forma pacifica y tratando de no volver a las masacres.

¿Cómo podía recordar todo aquello y no recordar su propio nombre?

Los ojos de Roy escudriñaron ente las sombras de la tienda buscando sus botas. Nada de lo que veía le recordaba al llamado mundo civilizado. No había comodidades, ni libros. Parecía como si hubiera retrocedido veinte años en el tiempo. No sabia donde estaba, pero sin duda no se trataba de una ciudad. Un ligero murmullo proveniente del exterior de la tienda lo saco de sus pensamientos. Durante un instante se deleito en la visión de aquella mujer. El cabello rubio le caía suelto sobre los hombros. La larga túnica se movía con el mínimo roce. Su mirada reflejaba un brillo feroz al tratar de acostumbrarse a la oscuridad.

Era un ángel. Pero aquel no era el momento para contemplaciones. Roy tenía peguntas que hacerle, y solo ella conocía las respuestas. Y las conseguiría en aquel momento.

Cuando la joven paso por delante, el reunió todas sus fuerzas y se movió muy rápido. Con una mano la sujeto de la cintura. Con al otra le tapo la boca y le coloca la cabeza a la altura d su cuello. Ella gimió y se puso rígida bajo su llave. Bajo la suave tela de la túnica, su cuerpo parecía fuerte. Roy aparto muy despacio la mano de la boca.

-¿Qué es lo que quieres? Susurró Riza con voz ronca.

-Quiero que me digas donde estoy y como puedo salir de aquí- le murmuró el al oído.

-No puedo hacerlo. Suéltame y te explicare la razón.

Los brazos de Roya apretaron con más fuerza en una amenaza sin palabras.

-No te haré daño a menos que me vea obligado. Pero tendrás que esforzarte un poco más, señorita Riza. Hay cosas que necesito saber y no puedo esperar.

-Puedo contestarte algunas preguntas- aseguró la joven tratando de safarse-. Pero estas demasiado débil para salir de aquí. Llevas una semana enfermo. Necesitas descansar, comer…

-Yo decidiré lo que necesito- la interrumpió Roy-. Dame el resto de mi ropa y un caballo. Entonces me marchare y tus preocupaciones habrán terminado.

Ella sacudió la cabeza, rozándole la barbilla con su cabello suave. Roy pudo sentir la determinación de su mandíbula contra la muñeca.

-¿Quién me lo va a impedir, señorita? ¿Ese ejercito de cien bravos ishbalanos que dijiste que me esperaba fuera?

Ella se revolvió ligeramente entre sus brazos y no dijo nada.

- Acabo de conocer a dos de esos temibles guerreros- dijo Roy con sarcasmo-. Tenían trenzas y los ojos rojos y muy grandes. Y cuando vieron que estaba despierto se rieron y salieron corriendo. ¿En que mas me has mentido, Riza?- murmuró aspirando la suave fragancia de su cabello-. ¿Me has mentido respecto a ti? ¿Respecto a este lugar?

-Suéltame- susurró la joven-. Si, te he mentido. He mentido para protegerte. Aquí se esconden secretos. Y cuanto menos sepas, mejor.

-Eso no basta- respondió Roy girándola y sujetándola de los hombros para obligarla a mirarlo-. Nada de lo que haya visto o escuchado en este lugar tiene sentido. No se donde estoy ni como he llegado hasta aquí. Y para colmo, he perdido la memoria. Nada de esto me parece real.

-Tienes razón- aseguro Riza bajando la vista hasta su pecho-. Nada de esto es real. Siempre y cuando pienses así estarás a salvo.

-Eso no es verdad- dijo el irritado-. Tú eres real, y este lugar también. Y sea lo que sea lo que me estas escondiendo, es demasiado tarde. Dijiste que mi caballo había muerto. ¿Y que pasa con las sillas y las cosas que llevaba allí? ¿Fue alguien a buscarlas mientras yo he estado enfermo?

La joven abrió un poco más los ojos y negó con la cabeza.

-Lo intente. Regrese al cañón con la plataforma para traer tu silla y un ciervo que había matado yo. Pero había una familia de osos entorno la caballo muerto. Habían arrancado la silla y esparcido todas las cosas por los alrededores del arroyo. No me atreví a acercarme.

Roy maldijo entre dientes. Pero era conciente de que aquel lió no era culpa de ella. No era culpa de nadie, Había sido solo mala suerte.

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Ya chicas, aquí esta el chap del viernes y espero les haya gustado, les recuerdo que el lunes era la siguiente actualización.

Como siempre agradezco a todos los que leen y especialmente a los que dejan su opinión si que:

Xris: (chap 3 y 4) Gracias por el apoyo, y como ves las reacciones de Roy a ratos son cambiantes, además que no recuerda nada y Riza desconfía de el, pero ya la próxima semana se irán conociendo mejor, ya veras, nos leemos el lunes, ciao.

Hanae: (chap 3 y 4) Amiga, gracias por el apoyo y me alegro que te haya gustado, sobre la culpabilidad no hay problema, la mayoría nadamos faltas d tiempo y lo comprendo completamente, con saber que lo leen y les gusta me doy por satisfecha, nos leemos luego, ciao.

Akari: Me alegro que te haya gustado y la verdad es que la historia debería tener 27 chap si no me equivoco, así que aun falta bastante. Gracias por la opinión y nos leemos el lunes, ciao.