Para Agnes, un puñado de luciérnagas.

Capítulo XXVII.- Detenciones y luciérnagas.

- Parece que papá y mamá ya van a regresar a casa. - Caminaban con rumbo al Gran Comedor. El ánimo de Harry estaba por los suelos, pues el día anterior, cumplir su castigo había sido de lo más terrible. Snape se había portado singularmente desagradable y Harry no creía que cambiara mucho para lo que restaba de su detención. Limpiar la mazmorra y el despacho del profesor de pociones, no resultaba una tarea tan fácil al final de cuentas. Con todo, Snape había agregado dos días más de castigo por su retardo en la última clase. Sin prestar demasiada atención al ánimo de Harry, Ron continuó hablando. – Espero que no se enteren de lo que pasó, mamá me mataría. Los gemelos me prometieron en su carta no decirle nada, claro, no les conviene por que ellos también están involucrados.

Un día antes había llegado la última carta de los gemelos. Reprochándoles a todos el que no les hubieran informado sobre lo sucedido con Malfoy. Para Harry, en cierta forma, significaba un alivio ya no tener que lidiar con alaridos, explosiones y todas esas cosas que incluían los gemelos en sus cartas.

- ¡Miren quién viene ahí! – Harry, Hermione y Ron, pasaron de largo, sin mostrar el menor interés, cerca de Pansy Parkinson, quien miraba con rencor absoluto a Hermione. - ¿Te sientes orgullosa de tus filtros de amor Granger? – interpeló la chica con una voz cargada de odio. Detrás, Millicent Bulstrode y otras Slytherin miraban la escena con expresión maliciosa.

- Parkinson, no sé de que hablas y francamente no tengo tiempo para perderlo contigo... – la enfrentó Hermione sin pizca de temor.

- ¿No lo sabes Granger? – inquirió la Slytherin obstruyéndole el paso – pues yo te refrescaré la memoria¡le diste a Draco un potente filtro de amor para que se enamorara de ti!

Al parecer, nadie más estaba enterado de todo lo relacionado con el Corazón Nub. Harry y Ron se miraron. Comprendieron que Parkinson sería capaz de dañar a su amiga.

- Por supuesto que Hermione no hizo tal cosa – intercedió Harry cubriendo a su amiga para protegerla – así que déjala en paz.

- Métete en tus asuntos Potter – respondió la chica conteniendo su ira – y tú Granger, será mejor que entiendas esto: una repugnante sangre sucia como tú jamás estará a la altura de un Malfoy. – Hermione arrugó la frente, dispuesta a replicar, pero Parkinson se lo impidió elevando la voz. – Eres peor de lo que aparentas, pero Draco no es tan tonto para caer en tus garras como Víktor Krum.

- Parkinson, detén esto...

Antes de que Parkinson pudiera rehusarse, Ron tomó su mano y puso el diamante en ella. Un destello, un grito, y Parkinson terminó lanzando la piedra muy lejos. Las demás Slytherin los miraron alarmadas.

- ¿Qué... qué fue eso? –balbuceó la chica revisando su mano con espanto.

Ron recogió su diamante y lo guardó con presteza. Harry y Hermione lo miraban inquietos.

- Es algo para ahuyentar las malas vibras – contestó Ron con una seriedad que Harry no le había visto nunca. - Y tiene razón Harry, deja en paz a Hermione. – y diciendo esto tomó de la mano a su amiga y la arrastró tras de sí para alejarla de Pansy. Harry los siguió viendo como Parkinson los fulminaba con la vista.

- Es una arpía – murmuró Harry todavía molesto por las palabras ofensivas de Parkinson hacia su amiga.

- No importa – musitó Hermione quién insólitamente no se veía ni un poquito molesta. Muy al contrario, una sonrisa bailaba en sus ojos. – A la gente como Parkinson es mejor no tomarla en cuenta.

- Es difícil ignorar a la gente que es grosera contigo . – Determinó Ron y le soltó la mano fijando la vista en ella.

- Vamos Ron, sabes que jamás le hago caso, como si no existiera.

Las voces de sus amigos se habían vuelto incómodamente muy suaves. Se miraban a los ojos y Harry sintió con desagrado que tal vez salía sobrando. Molesto, dejó escapar una tocecilla incómoda. Sus amigos salieron del trance y voltearon a verlo.

- Si no nos damos prisa no alcanzaremos desayuno – advirtió con un tono que intentaba ser alegre. Les dio la espalda y echó a andar. Sus amigos, un poco cohibidos, le dieron alcance y se pusieron a su lado. Harry miró a Ron y le reconvino – no debiste darle el diamante a Parkinson... sí, sé que se lo merecía – repuso al ver la expresión de su amigo – pero se supone que nadie debe enterarse de su existencia.

- ¿Bromeas?- preguntó Hermione incrédula - ¡Si ya toda la escuela lo sabe! Ron no ha sido muy discreto en cuanto a esa piedra se refiere. – Esto último tuvo un dejo de reproche que hizo poner a Ron una mueca de fastidio.

Harry prefirió dejar el tema por olvidado, antes de que por eso se desatara una nueva batalla entre Ron y Hermione.

Después de desayunar decidieron que ya era suficiente irresponsabilidad por parte de Ron, y optaron por ir a la biblioteca para ayudarlo con su ensayo, y de paso, hacer ellos sus deberes. Las miradas femeninas y curiosas seguían a Ron y este caminaba más erguido.

- Oye, tú eres Ron Weasley ¿verdad? - dijo una chica apartándose de su grupo de amigas en cuanto Ron estuvo cerca. Sonriendo coqueta, preguntó - ¿es cierto lo que dicen por ahí?

Hermione respingó y volvió la cabeza indignada. Ron en cambio, adoptó una actitud engreída.

- No sé ¿qué es lo que dicen?

Harry rodó los ojos. No era posible. Le hizo un gesto a Hermione con la cabeza y ambos se alejaron dejando a Ron con sus admiradoras.


- Las propiedades del colmillo de dragón se pueden dividir en cuatro categorías...

- ¿Crees que aún tarde mucho?

Harry apartó la vista del libro sobre "Las partes de dragón útiles para cosas inimaginables" y centró su atención en Hermione. Su amiga jugueteaba impaciente con la pluma entre sus manos, sin dejar de espiar la puerta por donde tendría que entrar Ron. En su lugar, sobre la mesa, tenía ya toda una serie de libros útiles para el trabajo de Mc Gonagall.

- Pues... - Harry hizo un rápido cálculo mental antes de responder - eran bastante chicas, en lo que prueban el diamante pues... yo creo que sí... algo.

- Harry, estoy hablando en serio - por los ojos de Hermione pasó un relámpago de furia - recuerda que tenemos una detención, aparte de los deberes normales, y si Ron no se apresura, no veo como pueda terminar su ensayo.

- Pues ahí lo tienes ya. - Interrumpió Harry al ver entrar a su amigo con aspecto radiante.

- ¿Qué tal van? - dijo sentándose junto a ellos con una gran sonrisa, y sin esperar respuesta preguntó - ¿saben que descubrí?

- ¿Qué el nivel intelectual de tus "amigas" les da la suficiente capacidad de tragarse cuentos chinos y tocar una piedra con estúpidos poderes?

- No - dijo Ron después de balbucear un momento y mirar a Hermione con enfadada sorpresa. - No fue eso, descubrí que mi diamante se dañó. - Y les mostró la piedra que lucía una cuarteadura en el centro. - Supongo que fue cuando se lo di a Parkinson.

- ¿Cómo estás tan seguro? - preguntó Harry mirando la piedra que ahora parecía muy vulnerable.

- Pues, cuando lo saqué para mostrárselo a Lilian y a sus amigas, ya estaba así.

- ¿Lilian? - inquirió Hermione con cara de haber probado algo amargo.

- Sí, la chica del pasillo que me abordó...

- ¿Hiciste que lo tocara?

- Sí, a ella y a sus amigas.

Hermione cerró los ojos y aspiró con fuerza. Luego enfrentó a Ron y Harry supo que se aproximaba una tormenta.

- No te quejes entonces si a ese tonto diamante le sucede algo. ¿A cuántas se lo has dado a tocar?

- Pues no sé, no he llevado la cuenta.

- ¡Claro que no la has llevado porqué han sido un sin fin¡De Ravenclaw, de Hufflepuff y de Slytherin...!

- ¡De Slytherin sólo ha sido Parkinson y eso porqué te estaba molestando!

Eso pareció contener un poco a Hermione, pero aún así prosiguió. - Como sea, no es correcto lo que haces, podría suceder un accidente. ¿Recuerdas lo que pasó el otro día con la chica de Hufflepuff¿La que casi cae de un piso?

- ¿Cómo sabes eso? - quiso saber Ron entrecerrando los ojos. - No había nadie por ahí.

- Bueno, pues... - titubeó Hermione. - Lo vi. - Dijo simplemente.

- ¿Qué chica? - Harry no estaba enterado del asunto. No sabía de ninguna chica ni de nada que hubiese ocurrido. Tal vez fuera algo grave.

- Una chica que al tocar el diamante, de la impresión por poco se cae de la escalinata principal. Tal fue su susto.

- ¡Ajá! - exclamó Ron triunfante - ¿Ahora quién vigila a quién?

- No te estoy vigilando - trató de excusarse Hermione. - es sólo que debo evitar que hagas más estupideces.

- Pero si yo quiero le puedo dar esa piedra a quién sea. - dedujo Ron sabiamente.

- ¿Cómo a "Lilian" por ejemplo? - preguntó Hermione poniendo especial entonación en el nombre.

- Sí, o a Hanna Abbot, o a Sarah Turner o a...

Hermione lo miró con acritud. - Pues yo opino que si dejaras de jugar con esa cosa terminarías más pronto tu ensayo.

- No estoy jugando, son sólo pruebas las que hago.- Se defendió Ron decidido.

- ¿Pruebas¡Puede ser peligroso¡Te lo he repetido hasta el cansancio!

- De eso no cabe duda - respondió Ron con mordacidad.

- Lo mejor sería que te deshicieras de esa inútil piedra - murmuró Hermione tomando un libro y sacando pluma, pergamino y tintero. Harry, viendo la situación, decidió enfrascarse en sus deberes, tratando de ignorar los comentarios agrios que se lanzaban sus amigos.

- ¡Por supuesto que no haré tal cosa! - espetó Ron ofendido. - ¡Primera vez en la vida que encuentro algo genial y tú quieres arruinarlo!

- Ron, entiende que es lo mejor.- dijo Hermione llenándose de paciencia.

- ¿Lo mejor¡No lo creo! Pero seguro que tú si serías capaz de deshacerte de él. Apuesto a que serías capaz hasta de romperlo con tal de que desapareciera. Acabo diciendo Ron entre dientes.

- Pues sí, lo haría. - Hermione enrolló el pergamino sin usar con un brillo desafiante en los ojos. - Y si insistes en jugar con él, tendré que hablar con Mc Gonagall y contárselo todo.

- ¡No te atreverías! - Por la cara de Ron pasó un gesto de advertencia.

- Oigan... - Hora de intervenir. El tono de las voces iban en aumento y a Harry le pareció prudente detener la discusión, pero sus amigos ni lo oyeron.

- ¡Pruébame y verás! - Le desafió Hermione muy decidida y el tono de su voz no admitía réplica.

Ron, desarmado. le dijo entonces con reproche. - ¡Por dios, Hermione¿Cuándo entenderás que no tienes que estar siempre diciéndome lo que debo hacer¡Eres irritante!

- Bien... bien. - Hermione se levantó entonces y deprisa comenzó a recoger sus cosas guardándolas con brusquedad en su mochila. - No volveré a meterme en tus asuntos si eso te molesta. - Se colgó la mochila al hombro y lo miró fijamente con la mirada vidriosa - puedes hacer lo que quieras, no volveré a decirte nada... y ojalá encuentres lo que buscas. - Y dicho esto dio media vuelta y con pasos largos y rápidos se dirigió a la salida.

- ¡No estoy buscando nada! - Gritó Ron pero demasiado tarde. Hermione había desaparecido ya por la puerta sin alcanzar a escucharlo, ganando únicamente que Madame Pince lo reprendiera. - No lo haría - murmuró Ron rato después sin dejar de ver la puerta por donde su amiga había salido. Se volvió a Harry y con aire aún irritado le dijo. - Harry, explícame una cosa ¿cómo hemos podido soportar su carácter en todos estos años?

Harry se encogió de hombros sin dejar de escribir su redacción. - De la misma forma que ella nos soporta a nosotros, supongo - contestó.

Y pensó con pesimismo en sus amigos. Cuando más creía que avanzaban, era cuando más retrocedían.


El trapo con el que Harry frotaba vigorosamente uno de los pupitres, se llenó de una sustancia asquerosamente viscosa. Harry lo tomó por una orilla y lo arrojó al cesto de basura.

- ¿Qué? – Neville, agachado, trataba de recoger, sin romperlas, unas patas de araña regadas por todo el suelo, pero se detuvo al ver la expresión de Harry.

- Nada, es sólo que no dejo de pensar que este castigo es injusto. El tiempo que soportamos a Malfoy fue más que suficiente.

- Sí, es cierto – dijo Neville colocando las patitas cuidadosamente en una vasija. Se limpió el sudor de la frente y se quedó reflexionando en algo. - ¿Crees que si algún profesor descubre lo del Diamante también nos castigue?

- No lo sé. No sé que tan grave sea ese asunto – reconoció Harry con franqueza. – Hemos aconsejado a Ron para que ya no use el diamante, pero la verdad, no nos hace mucho caso – Harry terminó de limpiar el pupitre y comenzó a barrer, pero dejó de hacerlo casi al instante, recargándose sobre el palo de la escoba.

- ¿Sabes? – Neville puso la vasija con las patas sobre la mesa y centró su atención en Harry. – El otro día escuché sin querer a Parvati y Lavender. Hablaban de unas luciérnagas amarillas perdidas en su habitación.

Harry se puso en alerta. - ¿Y?

- Pues nada. Supusieron que Hermione las había traído para estudiarlas o algo así.

- ¿Y por qué creyeron eso? – preguntó Harry sin entenderlo.

- Porque estaban en su cama y no se despegaban de ahí. – En la voz de Neville, Harry notó una doble intención.

- Le han tomado cariño a Hermione, por lo visto – soltó Harry con mucha naturalidad, pero Neville inclinó la cabeza incrédulo.

- ¿Tomando un descanso Potter y Longbottom? - Lo habían olvidado. Snape no había dejado de supervisarlos sólo para hacerles la vida miserable. Ahora estaba ahí, parado como un enorme murciélago dispuesto a beberse su sangre. – Potter, mueva esas manos. – Dijo con singular y fría satisfacción. – Y recuerde que si están aquí, no es por su capacidad para buscar soluciones a los problemas en los que su arrogancia los mete continuamente, a usted y a sus amigos. – Entró a la mazmorra con la túnica ondeando y revisando todo el lugar minuciosamente. – Vaya, veo que ya casi terminan – añadió con voz dulzona, muchísimo más desagradable que su voz normal. A Harry aquello le dio muy mala espina, y peor cuando Snape comenzó a juguetear con la vasija que Neville había colocado sobre la mesa. – Recogieron las patas de araña sin romper ni una sola... – Harry y Neville intercambiaron una mirada de horror. – Muy bien. – Y dicho eso Snape tiró de un manotazo la vasija al suelo, regándose en un abrir y cerrar de ojos, todas las patas de araña que Neville había recogido con tanto trabajo. – Longbottom. – Siseó regodeándose. – levante todas esa patas de araña y póngalas en un frasco. No quiero ver ni una rota ¿entendido?

A Harry le hubiera gustado estrellarle la escoba en esa dura cabezota, en tanto Snape salía de la mazmorra con pasos de gran señor, pero únicamente se limitó a ayudar al afligido Neville en su injusta labor.

- Bonito sábado. – Dijo después de un rato de estar inclinado recogiendo una por una las patitas de araña. – Apuesto a que los demás ya terminaron y nosotros seguimos aquí.

Salieron de la mazmorra una hora más tarde. Hartos y con un ligero dolor de espalda. Se encaminaron hacia el pasillo donde Thomas y Finnigan debían estar cumpliendo su castigo, casi seguros de ya no encontrarlos ahí, pero se equivocaban. Al llegar escucharon claramente la desagradable voz de Filch.

- ¡Una buena docena de azotes, es lo que ustedes merecen! – Decía Filch mientras evaluaba sin misericordia el trabajo realizado por los dos Gryffindors a su cargo. Finnigan y Thomas, con apuración nerviosa, limpiaban aquí y allá el pasillo. – ¡Bola de rufianes¡Asquerosos malandrines que no saben más que meterse en problemas!... ¡Si al menos estuviera la profesora Umbrigde con nosotros! – exclamó Filch con dolorida nostalgia .- ¡Ya sabrían ustedes lo que es un castigo¡No habría consideración para unos mocosos revoltosos como ustedes!

No los habían visto y Harry jaló a Neville por la túnica. No tenía ningún interés en quedarse a escuchar los insultos del conserje. – Mejor nos vamos. – le dijo muy quedo a su amigo, mientras Filch soltaba otra retahíla de agravios.

- ¿Vamos con Ron y Hermione? – preguntó Neville al ver que salían del castillo y se dirigían al lago.

- Sí, tal ves todavía estén en el haya.

Llegaron en el momento justo en el que Ron se sacudía algo verde y pegajoso de la mano.

- ¡Maldición! – Ron sacudía su mano con una mueca de indignación. - ¡Esto es asqueroso!

- ¿Qué es eso? – Preguntó Harry arrugando la nariz. La masa esa olía a algo así como pescado.

- Es la plaga que tenemos que quitar del haya, pero resbalé y al detenerme del árbol se me pegó. – El pelirrojo se limpió en su túnica y con disgusto espetó .- Y aún no has olido la pócima que nos dio Sprout para contrarrestar la plaga... ¡huele mil veces peor!

Hermione, quien había tomado la precaución de ponerse guantes y un cubrebocas (que Harry no supo de donde había conseguido), se acercó a Harry y con elegancia se quitó sus aditamentos de trabajo guardándolos en una bolsa.

- Bien, creo que por ahora es suficiente, mi parte prácticamente está limpia.

Ron la imitó sin que se diera cuenta. - Sigue enojada - le dijo por lo bajo a Harry. - Dividió el trabajo y no hizo ningún comentario con respecto al mío. La plaga pudo haberme invadido a mí también y ella como si nada. - Terminó con amargura.

- Tú tienes la culpa - murmuró Harry molesto - si al menos una vez en la vida le hicieras caso, no se fastidiarían tanto la vida y no me la fastidiarían a mí.

- ¡Siempre es mi culpa!- refunfuñó Ron observando a Hermione por el rabillo del ojo.

Para la hora de la cena las cosas no habían cambiado mucho. Hermione se hallaba enfrascada en un libro sin hacer caso de nadie y mucho menos de Ron, mientras el pelirrojo insistía con tozudez en que aún olía a pócima y a plaga.

- ¡Tengo el maldito olor en las narices! - Se quejaba sin cesar.

Finnigan, tomando sus cubiertos con cuidado, le dijo gravemente. - Deja de quejarte, no es tan terrible, al menos no tienes que soportar a Filch, mira... -dejó los cubiertos sobre la mesa y le mostró las manos, éstas lucían rojas y con tremendas ampollas. - ¡Nos hizo fregar con trapo y cepillo todo el sexto piso! Y estuvo ahí todo el tiempo para que no utilizáramos ningún hechizo.

- Fabuloso - masculló Thomas soplándose las manos - nos desvivimos por Malfoy y resulta que nos castigan por eso... y mírenlo ahí, él como si nada.

Esa aseveración no era tan cierta. Malfoy últimamente se encontraba muy ensimismado. Ni siquiera había cumplido su amenaza de que lo del Corazón Nub no se quedaría así. Harry lo miraba con cierta inquietud. ¿De verdad se habría acabado el dichoso sortilegio? El comportamiento del Slytherin no era muy claro y Harry difícilmente podría asegurar que sí. Lo único cierto era que Malfoy ya no había mostrado ningún interés por Hermione.

- Me voy a dormir - anunció Hermione levantándose de repente. Harry, sin terminar su cena, decidió ir con su amiga pues necesitaba comentarle sus dudas. Los demás siguieron cenando, pero Ron los observó partir sin quitarles la vista de encima, muy disimuladamente.

- ¿Pasa algo? - preguntó Hermione después de un rato de caminar en silencio.

- ¿Has notado que Malfoy sigue actuando muy raro? - soltó Harry sin más ni más - lo veo muy pensativo.

Hermione sonrió con calma. - Por supuesto que actúa raro, alguna secuela debe tener el hechizo del Corazón ¿no?

- Sí, supongo - respondió Harry un poco más tranquilo.

- Además - - continuó Hermione circunspecta - piensa¿no crees que Malfoy tiene mucho que meditar? Todo lo que pasó en el curso y en la Madriguera deben haberlo puesto a pensar. No fuimos tan malos con él después de todo.

- ¿Y piensas que eso le interesa?

- Espero que sí, algún lado humano debe de tener.

- No lo creo - aseguró Harry y volvieron a quedar en silencio. Hermione se acomodó el pelo y arrugó la frente mirando la palma de su mano.

- ¡Oh, no¡Otra vez!

- ¿Qué pasa? - Harry se dio cuenta de que Hermione cerraba la palma de su mano con fuerza.

- Mira - le dijo su amiga y extendió su mano, al momento, un animalillo echó a volar.

- Una luciérnaga - musitó Harry y miró fijamente a Hermione - te han estado siguiendo ¿verdad?

Hermione se mordió un labio y reflexionó un momento, luego contestó. - Deben haberse extraviado, por eso andan varias por el castillo.

- Pero que yo sepa sólo te siguen a ti. - Remarcó Harry sin despegar la vista de Hermione. Un leve rubor apareció en el rostro de la chica.

- También siguen a Ron ¿no? Deben estar confundidas -dijo tajante y comenzó a andar con pasitos muy rápidos mientras iba diciendo. - si tan sólo Ronald dejara de jugar con esa cosa.

Llegaron a la sala común y Hermione, sin decir más, se despidió y se fue a dormir. Harry se quedó ahí, frente a la chimenea, viendo crepitar las llamas y preguntándose que tan cierto era aquello de las luciérnagas confundidas. No lo creía muy probable.


Domingo. Un nuevo día que para Harry significaba otro día más de castigo. Por ser día de descanso, Snape había decidido con todo el regocijo del mundo que comenzaran a limpiar la mazmorra desde el amanecer.

- Esto es injusto - decía Neville frotándose los ojos y bostezando sonoramente - los demás son tan culpables como nosotros y sin embargo siguen durmiendo.

- Velo por este lado - contestó Harry optimista - cuando ellos comiencen su trabajo, nosotros ya habremos terminado.

Al abrir la puerta de la mazmorra supieron que aquello no sería tan fácil. El lugar lucía como si un ejército de trolls hubiera pasado corriendo derribando todo a su paso.

- ¡Esto lo hizo a propósito! - adujo Harry con rabia - ¡Ayer dejamos todo perfectamente limpio y ya nadie usó la mazmorra!

Neville no dejaba de ver el sitio con cara trágica y desolada.


Limpiaron durante horas y horas, según le pareció a Harry. Snape se pasó por ahí únicamente para recordarles cuán miserables eran. Cuando concluyeron, salieron disparados de la mazmorra.

- ¿Crees qué los demás ya hayan terminado? – preguntó Neville sobándose el hombro.

- Tal vez – contestó Harry con desgano. No creía que nadie pudiera tener más trabajo y más mala suerte que ellos. Hubiera seguido pensando en eso, a no ser por Mc Gonagall, a quién encontró antes de salir del castillo.

- Potter... – Le detuvo la profesora con voz autoritaria. - ¿sería tan amable de pedirle a Granger y a Weasley que vayan en media hora a mi despacho?

Harry asintió. De cualquier forma tenía que encontrarlos. Al menos, si aún no habían terminado, ellos tendrían la suerte de interrumpir su castigo. Llegando al haya los vio. Aunque un poco lejos todavía, podía darse claramente cuenta de que discutían. Suspiró con fastidio. Nunca iban a cambiar. Se fueron acercando junto con Neville, viendo como Hermione intentaba alcanzar unas ramas especialmente altas, mientras Ron iba detrás de ella hablando muy enojado.

- ¡Hermione, puedo hacerlo yo¡Baja de ahí! – decía Ron mirando con reproche y preocupación a Hermione, pues ésta, de forma obstinada, intentaba trepar por unas piedras para alcanzar su objetivo.

- ¡Déjame en paz, Ron¡No necesito que me cuides! – sosteniéndose del árbol, volteó a verlo con furia. - ¡Tienes mejores cosas que cuidar!

Ahí estaba. Otra tarde soportando las peleas de sus amigos. Harry se armó de resignación mientras veía a Ron subir a las piedras atrás de Hermione. Ni modo, tenía que ir por esos dos. No tuvo mucho tiempo de lamentarse por las eternas discusiones de sus amigos, porque en ese momento, vio con inquietud que Hermione había colocado falsamente un pie en una parte de la piedra que se desprendió haciendo que su amiga se tambaleara peligrosamente. No tuvo ni tiempo de gritarle "¡cuidado!", porque ya Ron la sostenía con un brazo y con el otro se aferraba a una rama gruesa, impidiendo que los dos cayeran al lago. Harry respiró aliviado. Volvió a verlos y se dio cuenta de algo insólito. Hermione, en su intento por no caerse, se había aferrado a Ron por el cuello mientras el rodeaba con fuerza su cintura. Miraron el lago y voltearon a verse. El mundo se derritió. La tensión podría sentirse a kilómetros de distancia. Habían quedado muy cerca y sus mejillas ardían sin remedio. Era y no era extraño. "De eso era de lo que te hablaba" murmuró Neville en voz tan baja que Harry dudó de haberla oído en realidad. Tal vez la voz provenía de su cabeza y Harry supo que se refería a todo lo acontecido en la Madriguera, y quizás, aún más atrás.

Por un momento creyó que Ron se atrevería a...

- Vaya, vaya... ¿qué tenemos aquí? – rompió el encanto una voz deliberadamente burlona. Malfoy, con una mueca de asco y burla, se acercaba por el otro lado del haya seguido de Crabbe y Goyle. - ¿Interrumpo a la feliz pareja? – preguntó con maléfica satisfacción. Harry no sabía que alguien pudiera ruborizarse tanto como ahora lo estaban sus amigos. Confundidos y avergonzados, bajaron poco a poco de las piedras. - ¡Quién lo dijera¿no? – continuó Malfoy llegando cerca de ellos. – Me parece que todo Hogwarts se enterará del nuevo romance entre ustedes dos... ¡ya lo imagino¡La comadreja pobretona y la sangre sucia! – dijo con crueldad - ¡es para reírse!

- ¡Déjalos en paz Malfoy! – Intervino Harry encrespado. - ¡Déjalos o si no...!

- O si no qué... - lo enfrentó Malfoy - yo me encargaré de que todo el mundo sepa de...

- ¡No inventes cosas! - le atajó Harry furioso - o si no, también todo Hogwarts se enterará de tu estancia en la Madriguera.

Crabbe y Goyle se miraron con estúpida sorpresa. Malfoy palideció y tartamudeó un momento. Pareció pensárselo mejor y acercándose a Harry dijo. - Está bien, me voy... - volteó a ver una vez más a Ron y Hermione y en tono de confidencia agregó - pero no invento cosas... ¿es qué no te das cuenta Potter? - Dio dos pasos hacia atrás lanzándole una mirada de entendimiento, y luego, sin más, se alejó de ahí. Detrás suyo, Crabbe y Goyle, intercambiaban susurros perplejos.

- Eh... Mc Gonagall quiere verlos en su despacho - les comunicó Harry a sus amigos con una voz perdida. Dentro de sí había un sentimiento indefinible. Odiaba la idea de tener que estar de acuerdo en algo con Malfoy, pero habìa cosas que no se podían ocultar.

Sus amigos se marcharon sin verlo, precipitadamente. Harry los vio alejarse sin despegar la vista de ellos.


Lo que Mc Gonagall les había pedido a Ron y a Hermione, era simplemente, su ayuda para llevar a los niños de primero a conocer cada rincón de Hogwarts, pues resultaba que varios despistados daban grandes rodeos antes de llegar a sus clases, logrando con eso llegar siempre tarde. Mc Gonagall, que simplemente no toleraba la impuntualidad bajo ningún pretexto, amonestó a varios de ellos por llegar retrasados a sus clases en la primera semana. Así que, como remedio, optó por la medida de mostrarles la escuela y quitarles todo argumento que intentara justificar su impuntualidad.

Dividió a los nuevos alumnos en dos grupos. Uno estaría a cargo de Hermione y otro bajo el cuidado de Ron. Harry había esperado pacientemente a sus amigos en la sala común para juntos ir a cenar, pero como no llegaban, decidió irse por su cuenta. Tardaban demasiado y Harry no tenía ni idea de lo que les había llevado tanto tiempo... ¿recorrer Hogwarts¿Es que acaso le mostrarían a los niños hasta el último rincón? No era probable. Y dos horas eran más que suficientes. Ahora anochecía y ni rastro de sus amigos. Rebuscó entre sus cosas y sacó el mapa del merodeador, así, si no estaban cenando, podría averiguar donde se encontraban.

Caminaba por uno de los pasillos cuando vio venir a Hermione. Venía cargada de una serie de cosas de todo tipo.

- ¡Harry! - lo saludó contenta pero sin fijar su vista en él. - ¡Qué bueno que te veo¿A dónde vas? - le preguntó mientras Harry miraba curioso todo lo que su amiga llevaba en brazos.

- A cenar, por supuesto. ¿Dónde te habías metido? - inquirió tomando del regazo de su amiga un paquete de bombas fétidas.

- Eh... pues, ayudaba a los chicos de primero con sus deberes. Hay muchas cosas que no entienden y como estaba tan absorta no sentí pasar el tiempo.

- ¿Y Ron? - preguntó está vez Harry tomando unos objetos de aspecto sospechoso.

- ¿Ron? - titubeó su amiga - no sé... ¿no estaba contigo?

- No lo veo desde la tarde - contestó Harry - ¿qué es todo esto?

- Ah, esto. Se los decomisé a unos chicos en los pasillos. No sabes las de cosas indebidas que hay en la escuela... empezando por el Diamante de Ron. - terminó en un murmullo.

- ¿Lo siguió usando?

- Supongo que sí. – Contestó Hermione con un suspiro de enfado. – Y todo esto me está sacando de quicio. – Dijo comenzando a andar.

Harry la siguió diciendo – pero ¿porqué te molesta tanto? Yo no lo veo tan malo.

- ¿Es qué no se da cuenta que puede ser peligroso¿qué piensa¿qué realmente le revelará quién es el amor de su vida? Anda por ahí dándoselo a medio mundo sin pensar en las consecuencias – y mientras decía esto caminaba más aprisa.

- Creo que exageras. – asumió Harry moviendo negativamente la cabeza. – Francamente yo pienso que Ron no cree en verdad lo que dijo Finnigan

- ¿Qué quieres decir?

- Bueno, pues que para él no es más que un simple juego. Se divierte. Eso es todo. El diamante para él es sólo un pretexto para hacer bromas.

- Pero...

- Es en serio, no creo que Ron esté buscando saber quién es su alma gemela, de ser así ¿crees que le estaría dando ese diamante a media escuela? – le dijo para tranquilizarla. Hermione se lo pensó un rato y Harry continuó. – Además, eso saldría sobrando... ¿o te ha dicho algo a ti? – le preguntó de pronto.

Hermione volteó a verlo en alerta .- ¿sobre qué? – inquirió con un hilo de voz.

- Pues sobre el diamante... – le contestó Harry como si fuera lo más obvio del mundo.

- N... no. – farfulló Hermione dudosa.

- ¿Lo ves? – Harry le sonrió complacido. – Es sólo una broma para él.

Sabía que sus palabras significaban más para Hermione, que la simple tranquilidad de saber que Ron no estuviera haciendo algo correcto. Harry, quién había estado hablando sin ocuparse de otra cosa, descubrió de pronto algo.

- Hermione... tu cabello.

- ¿Qué?

- Tu cabello – repitió Harry deteniéndose para examinarlo – tienes luciérnagas en él.

Daba un aspecto gracioso. Los animalillos, que ahora comenzaban a titilar, cubrían de reflejos anaranjados el imposible cabello de su amiga. - ¿Desde a qué horas las tienes ahí?

Hermione tenía una expresión de desconcierto. – No lo sé. – Se atusó el cabello para espantar a los bichitos, pero ellos, necios, no daban señal de querer irse. – Tal vez... un momento – recordó de pronto – hace rato los chicos de primero me veían y se cuchicheaban algo, pero no les presté atención. Seguro era por las luciérnagas.

Harry se revolvió inquieto. – Y seguro Ron debe de estar jugando con esa cosa.

Hermione frunció el ceño, pero Harry se dio cuenta de algo más grave: otro numeroso grupo de luciérnagas llegaba revoloteando y quedándose ahí, alrededor de ellos.

- Tenemos que encontrar a Ron y quitarle esa cosa – advirtió Hermione manoteando para alejar a los bichos, quienes se alejaban un poco y volvían a regresar.

Harry recordó el mapa y lo sacó deprisa. – Con esto lo encontraremos más rápido. – No quería ni pensar en lo que pasaría si algún profesor los descubría así, rodeados de luciérnagas amarillas. Desenrolló el mapa, pero antes de que pudiera revisarlo, un sonido los alertó. Era el maullido de la Señora Norris.

- Esto no está nada bien – masculló Harry preocupado. No quería pasar por otra detención y menos con alguien como el conserje. Porque una cosa era segura, si la Señora Norris andaba por ahí, Filch no tardaría en aparecer. Jaló a Hermione llevándola deprisa por el pasillo tratando de alejarse de la gata. Echó un vistazo al mapa y ahí estaba Ron, dirigiéndose al Gran Comedor, pero no fue eso lo que llamó su atención, sino el hecho de que, precisamente al otro lado del pasillo donde ellos se encontraban, Snape se dirigía hacia esa dirección, y, al otro lado, muy cerca de su gata, Filch se encaminaba hacia el mismo lugar.

- ¡Maldición! – dijo Harry por lo bajo mirando en todas direcciones - ¡tenemos que escondernos! – Volvió a arrastrar a Hermione en busca de un sitio donde esconderse. A uno y otro lado había puertas herméticamente cerradas. Harry sacó la varita pero Hermione lo detuvo.

- ¿Estás loco¡Estás puertas están protegidas! Si lanzas un hechizo será como gritar "¡hey, estoy aquí!"

- ¿Y qué quieres¿Qué Filch y Snape nos encuentren aquí con estos animalejos?

- Algo se nos ocurrirá.

Harry sonrió con ironía y volvió a ver el mapa. Snape y Filch no tardarían en descubrirlos. Aterrado, recorrió el lugar con la vista. Entonces lo vio. El lugar que los salvaría: un viejo armario de escobas. No muy grande pero si lo suficiente para librarlos de Filch y Snape. Llevó a Hermione lo más rápido que pudo hasta ahí y abrió la puerta. Estaba atestado de cosas y comprendió que no cabrían los dos. Pero no había tiempo que perder, los pasos ya se escuchaban muy cerca y los maullidos eran más insistentes. Hizo lo único que se le ocurrió. Metió a Hermione y con ella a todas las luciérnagas que, afortunadamente, no ofrecieron resistencia. Cerró la puerta y guardándose el mapa en el bolsillo se dio la vuelta. No había dado ni un paso cuando el siseo de Snape lo detuvo.

- Potter... ¿puedo saber porqué no está en el Gran Comedor como los otros alumnos?

- Allá me dirigía – respondió Harry con voz firme, aunque su corazón daba tumbos. Ojalá Snape no sospechara.

- Potter... – la voz de Filch sonó con hambriento regocijo. Harry se sintió entre la espada y la pared. – Profesor Snape – dijo haciendo una reverencia con la cabeza – si me permite decirlo, creo que Potter debe estar planeando otra de sus tantas travesuras. Nada bueno significa que esté por aquí solo.

- Vengo de mi sala común. Estaba haciendo mis deberes y se me hizo tarde ¿es eso tan malo? – soltó Harry exasperado. Filch sonrió maléficamente y Snape lo observó con frialdad, buscando seguramente algo que reprocharle y por desgracia lo encontró.

- Potter ¿qué es eso que tienes ahí?

- ¿Eh? – dijo Harry confuso.

- ¡Esto! – escupió Snape jalándolo por la manga de la túnica y quitándole algo que después le mostró . La luciérnaga que Snape había agarrado se hizo un ovillo brillante y anaranjado en la palma del profesor.

- ¡Una luciérnaga amarilla! – exclamó Filch asombrado, para luego volverse con rabia hacia Harry. - ¿Porqué un mocoso como tú tendría una¡Algo pretendes con ella!

Harry enmudeció. La Señora Norris, a un lado, maullaba acusadoramente cerca del armario. Afortunadamente Filch estaba absorto en el singular animalillo.

- Potter ¿qué hace una luciérnaga amarilla en tu poder? – quiso saber Snape.

- Encontramos varias en la Colina¿no lo recuerda? – contestó Harry con una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir.

- ¡No juegues conmigo, Potter! – advirtió Snape furioso empujándolo contra la pared. – Sabes perfectamente que se liberaron a todas ellas en cuanto obtuvimos su polvo luminoso¿porqué razón te quedarías tú con una? – una idea pareció cruzar por la mente del profesor - ¿qué es lo que siguen, Potter?

- ¡No lo sé¿Porqué habría yo de saberlo? – Se defendió Harry, pero Snape, obviamente, no iba a hacerle ningún caso.

- ¡Ustedes las encontraron! – acusó – ¡Y seguramente también encontraron lo que seguían¡Las luciérnagas no pueden estar mucho tiempo lejos de un objeto raro!

Harry guardó silencio. Estaba nervioso. Aún así no desvió la mirada y enfrentó con valentía al profesor.

- ¿Qué hace una luciérnaga amarilla en tu poder, Potter? – Volvió a preguntar Snape. Y a la mente de Harry, como un milagro, vino un recuerdo junto al nombre de una persona.

- ¡Es un regalo para Luna Lovegood! – exclamó con una sonrisa. Filch y Snape entrecerraron los ojos. No le creían.

- ¿Un regalo para Luna Lovegood? – preguntó Snape con burla. - ¿Y porqué la traías en tu brazo sin saber que ahí estaba?

- Seguro se escapó de mi baúl – contestó Harry tratando de aparentar naturalidad.

- ¿Piensas que voy a creerte? – susurró Snape con voz agria.

- ¡Algo pretende! – volvió a insistir Filch contento de haber encontrado algo comprometedor en Harry.

- ¡Luna las caza¡A ella le gustan las cosas extrañas! – lanzó Harry muy seguro ahora.

Snape se irguió y le dijo furioso. – Bien, entonces, si quieres dar un regalo, darás un regalo.

Y con una mano que parecía una tenaza, lo agarró por el cuello y a empujones lo llevó hasta el Gran Comedor. Los intentos de Harry por soltarse fueron inútiles. Detrás de ellos, los comentarios crueles de Filch lo ponían aún más furioso.

Entraron al Gran Comedor en medio de una gran expectación. Snape, sin reparos, lo llevó hasta la mesa de Ravenclaw. Harry sintió pánico cuando comprendió lo que Snape quería hacer.

Los murmullos crecieron y Harry vio de reojo como muchos alumnos se ponían de pie para ver mejor. En un abrir y cerrar de ojos, ya estaba frente a Luna.

- ¿Señorita Lovegood? – La voz de Snape sonó terriblemente alta, seguro que hasta el alumno más remoto se enteraría de todo. Iba a ponerlo en ridículo frente a toda la escuela.

Luna volteó a verlos un tanto indiferente.

- Señorita Lovegood, buenas noches. – Saludó Snape con una cortesía escalofriante. – Aquí, el señor Potter – dijo empujándolo bruscamente hacia el frente – ha tenido la gentileza de acordarse de usted todo el verano, y... – dijo con sarcástico énfasis – tal ha sido su nostalgia por usted, que... bueno, él se encargará de decirlo.

Luna lo miró con curiosidad. A su alrededor, Harry notó las sonrisas y miradas burlonas dirigidas a él y a Luna. Sentía su cara arder como un faro. Si la misericordia existía, tendría que abrirse la tierra para tragárselo ahí mismo.

- ¿Y bien Potter¿Lo dice usted o quiere que lo haga yo?

La respuesta era lógica. Bajo ningún motivo podía permitir que Snape dijera nada más.

- Luna... – comenzó inseguro.

Snape le arrebató la palabra y declaró con voz de trueno. – Al parecer señorita Lovegood, Potter, más que preocuparse por buscar la forma de tener un buen rendimiento en su curso de pociones, se dedicó a pensar en usted, y muy amablemente, ocupó su tiempo en buscarle un regalo.

Snape extendió la mano para ofrecerle la luciérnaga a Luna. La Ravenclaw abrió desmesuradamente los ojos y la tomó de inmediato.

- ¿Para mí? – preguntó incrédula y emocionada.

El Comedor entero rompió en atronadores aplausos, silbidos y risas.

Harry sentía el estómago revuelto por la ira, pero la mirada dulcificada de Luna al examinar su regalo lo tranquilizó un poquito.

- Sí, para ti. – Contestó Harry alto y claro, sobándose el cuello que Snape al fin había soltado. – porqué las luciérnagas saben elegir lo más especial.

Luna esbozó una sonrisa enormemente feliz y Harry le respondió. Ya no le importaba tanto que el comedor entero fuera un hervidero de rechiflas. Se dio la vuelta y sin amilanarse ante Snape, preguntó. - ¿Ya puedo sentarme a cenar, señor?

Snape apretó los labios y luego susurró. – No te has librado, Potter. Después hablaremos.

Y Harry, ocultando una sonrisa, supuso que sí, por esa vez, ya se había librado.