Muchas gracias a todos ustedes por llegar hasta aquí. Por esos comentarios hermosos que me hicieron continuar. Este capítulo es un regalo para todos los que con paciencia (infinita paciencia) esperaron cada vez un nuevo capítulo.

Sólo falta uno más y llegaremos al FIN.

Capítulo XXVIII.- Tan sólo el amor de tu vida.

- ¡Ay, Harry¡Imagino el momento tan desagradable que pasaste!

Hermione hablaba bajito, moviendo con maestría un pequeño círculo de fuego que Flitwick les había hecho convocar. A su alrededor, la clase entera aún intentaba hacerlo.

- Pero aún así Snape no pudo comprobarte nada. - De la varita de Ron saltaban pequeñas chispas, mientras que de la de Harry ni siquiera eso. Tal vez porqué estaba más interesado en otra cosa.

- Lo hará si tu no dejas de jugar con el diamante. - Harry movía sin ton ni son su varita. Hermione lo detuvo indicándole el modo correcto de hacerlo. Harry lo hizo sin poner atención y continuó hablando. - De no ser porque se me ocurrió lo del regalo de Luna, no sé que hubiera pasado.

Ron rió bajito. - Luna es fabulosa. De verdad. Sólo a ella se le pueden ocurrir tantas cosas.

Hermione hizo una mueca, pero después de lo sucedido la noche anterior, ella y Ron habían enterrado el hacha de guerra, de modo que no hizo ningún comentario al respecto.

Tampoco nadie comentó nada sobre las luciérnagas.

Para la tarde, cuando ya todos se disponían a comer, Ginny llegó con no muy agradables noticias.

- Mamá ya se enteró del problema de Malfoy, Snape escribió a casa de todos para contárselo a nuestros padres.

- ¿También de Malfoy? – inquirió Thomas extrañado.

- No, supongo que de él no. – contestó Ginny sentándose junto a ellos,

- ¿Y tú cómo lo sabes? – preguntó Harry resignado. A su lado, Neville parecía a punto del colapso.

- Los gemelos escribieron para contármelo. Dicen que mamá se puso peor que histérica... no creo que pase mucho tiempo antes de que llegue alguna lechuza por parte de ella.

Ron se atragantó con la comida - ¡mamá va a matarme! – fue lo único que articuló.

Y Ginny no se equivocaba. Tres lechuzas (una de ellas muy torpe), llegaron planeando alrededor del comedor, y a un tiempo dejaron caer su correo ante Ron, Neville y, para sorpresa de todos, Malfoy. Los tres recibieron un sobre rojo. Y los tres se miraron con indescriptible horror.

- ¡Abránlo ya! – apuró Harry a sus amigos cuando vio que de los sobres comenzaba a brotar humo. Neville negó con la cabeza aterrorizado y Ron pretendía desaparecer el humo soplándole al vociferador.

Malfoy no respiraba. Miraba desesperado a la mesa Gryffindor y al vociferador.

De pronto, los tres parecieron decidirse y abrieron los sobres al mismo tiempo. Gritos terribles surgieron de los tres vociferadores a la vez. Harry sólo pudo entender a medias lo que decían.

- ¡NEVILLE¿CÓMO PUDISTE...?

- ¡RONALD WEASLEY¡DEJA QUE TE TENGA ENFRENTE...!

- ¡ERES LA DESHONRA DEL APELLIDO MALFOY...!

- ¡PUDISTE SER EXPULSADO...!

- ¿QUÉ RAYOS PASA POR TU CABEZA...?

- ¿LA MADRIGUERA¿UN MALFOY EN LA MADRIGUERA...?

Los vociferadores estallaron y un silencio sepulcral invadió el lugar entero, más al instante, se deshizo en una cascada de murmullos. ¿Hasta cuándo iban a terminar con todo eso?

Lo que Harry no se explicaba era porqué del vociferador de Malfoy. La respuesta la obtuvo gracias a Thomas, quién por casualidad había escuchado una discusión entre Crabbe, Goyle y un Malfoy bastante disgustado. A ellos, sin querer, se les había escapado el comentario en una de las tantas cartas enviadas a sus padres y estos, seguramente, no habían dudado en avisarle a Narcisa Malfoy.

Harry esperaba que todos los problemas terminaran ahí, así que, después de la comida, tenía una hora libre con Ron, mientras Hermione tenía clases de Runas Antiguas.

- ¿Una partida de ajedrez? – preguntó Ron cuando Hermione ya se había ido.

- ¿No se supone que tienes que terminar tu ensayo? Prácticamente no has avanzado nada, por lo mucho has puesto el título... – contestó Harry sonriendo mordaz.

- Ja, ja, muy gracioso. Ya veremos si sonríes igual cuando te gane la partida.

Harry aceptó contento. Después de todo hacía tiempo que no disfrutaba de un momento de tranquilidad al lado de Ron. Últimamente todo no había sido más que sobresaltos.

- ¡Atácalo ya¡Acaba con ese caballo! – Harry instaba con todas sus fuerzas a su alfil para vencer un caballo de Ron que había estado haciendo estragos entre sus piezas. Ron, frente a él, sonreía muy satisfecho.

- Resígnate Harry. Esta vez también volveré a ganarte. – El retrato de la señora gorda se abrió dando paso a Hermione, quién se acercó estudiándolos con ojos acusadores.

- ¿Ajedrez? – dijo arrugando la frente. Harry se volvió hacia ella y Ron musitó "jaque mate". - ¿Y tu ensayo¿Ya pusiste algo más que el título?

- No, pero acabo de ganarle por milésima vez a Harry. – Contestó Ron jactancioso poniendo los pies sobre la mesa y acomodándose en el sillón. Hermione puso los ojos en blanco y se dirigió decidida hacia la mochila del pelirrojo, que se encontraba entre un sin fin de cosas regadas de Harry.

- Ronald Weasley – empezó con voz atronadora – en este preciso instante vas a ponerte a hacer tu ensayo y no admito excusas.

- ¿Qué haces? – Ron miraba estupefacto como Hermione abría su mochila y comenzaba a sacar todo lo necesario para los deberes de transformaciones.

Hermione, sin hacer caso, siguió rebuscando dentro de ella. Repentinamente, Ron le arrebató la mochila alarmado. - ¡Dame eso! – le espetó y Hermione lo miró muy seria. Harry también lo observó fijamente.

- Bueno, yo tan sólo quiero ayudarte – le dijo Hermione enojada – pero si no quieres...

- ¡No, no es eso! – aclaró Ron con prontitud – lo que pasa es que... – bajó su voz y sus orejas se pusieron coloradas – el... el diamante está aquí.

El aspecto de Hermione mudó. Se quedó un momento sin saber que contestar y luego tartamudeó – sí... claro... supongo... supongo que no debo tocarlo...

- No – contestó Ron – o bueno, no, no es eso lo que quiero decir – se apresuró a decir al ver que la expresión de Hermione se ensombrecía.

Hubo un momento de incómodo silencio. Ron, únicamente atinó a dejar a un lado el diamante y Harry creyó oportuno intervenir.

- Hermione, esa cosa es una mala broma, Ron hizo bien en advertirte que no lo tocaras – afirmó sin mucha convicción. No sabía ni porqué había dicho eso, después de todo, el diamante no era tan malo – vámonos, tenemos herbología y gastaremos unos buenos minutos en llegar a los invernaderos. – propuso, aunque aún faltaba media hora para la clase. Aún así sus amigos parecieron estar de acuerdo.

- Adelántense – pidió Hermione – subo por un tintero nuevo y los alcanzo.

Harry guardó todas sus cosas rápidamente y junto con Ron salieron por el hueco del retrato de la señora gorda. No habían avanzado mucho cuando reparó en que le faltaba un libro de texto. Seguro lo había dejado olvidado en la sala común.

- Luego vuelves por él – le dijo Ron, pero Harry no quiso dejarlo para después y regresó sobre sus pasos. Entró por el hueco y alcanzó a distinguir a Hermione parada justo donde ellos habían estado jugando ajedrez. Harry notó algo extraño en la actitud de su amiga, estiraba un brazo indecisa, como si no se atreviera a tocar algo que estaba enfrente de ella.

- Hermione¿qué haces?

Hermione se volvió deprisa al escuchar la voz de Harry poniendo las manos detrás de su espalda. - ¡Nada! – sonrió nerviosa – únicamente recogía tu libro de transformaciones, lo dejaste aquí – dijo tomando el libro que se hallaba sobre la mesa. - ¡Ah, por cierto...! – dijo con voz muy falsa. – Ron olvidó su diamante.

Justo en ese momento entró Ron gritando alarmado - ¡mi diamante¡perdí mi diamante! – Harry, tranquilizándolo, señaló la piedra que aún estaba en el sillón. Ron lo tomó aliviado. – Ufff, pensé que lo había perdido.

- Vaya si serás distraído – le riñó Hermione colgándose su mochila y echando a andar - ¿cómo puedes valorar tanto una cosa y casi perderla?

- Fue un pequeño descuido. No importa. De cualquier forma nadie lo puede tocar, es como los polvos bullbadox - dijo Ron con solemnidad mostrando la bolsita con polvos y guardándola de nuevo en su bolsillo. Seguían ahí por lo visto.

Rumbo a herbología, una pensamiento no dejaba en paz a Harry. No sabía exactamente porqué, pero la sospecha de que Hermione intentaba tocar el diamante no se le quitaba de la cabeza.


- ¡Tengo mucha hambre!

- Pues lo siento, tendrás que esperar, al menos intenta hacer la introducción de tu ensayo.

- Hermione, eres una dictadora.

Harry caminaba detrás de sus amigos con aspecto cansino. Llevaban tiempo así, uno quejándose y la otra sin ceder ni un ápice. Todo por el dichoso castigo de Ron. Si al menos no lo hubiera impuesto Mc Gonagall, Hermione no se lo hubiera tomado tan a pecho.

- Pero ¿tenemos que ir a la biblioteca ahora? – Ron estaba realmente fastidiado, Harry no lo culpaba, la verdad era que Hermione estaba llegando al límite con su maníaca obsesión por los deberes y, simplemente, no había dejado de hostigar a Ron.

- Sí. – contestó Hermione resuelta. – Aunque tengas unos días más no debes confiarte. El tema no es sencillo y...

- ¡Weasley! – Gritó alguien y los tres amigos voltearon para descubrir a Thomas y a Finnigan acercándose muy contentos. - ¡Buenas noticias! – profirió Thomas con exageración - ¡convencimos a otro grupo de chicas para que toquen el diamante!

- ¡Genial! – exclamó Ron, pero se calló al darse cuenta de la expresión endurecida de Hermione.

- ¿No piensan dejar eso por la paz? – Harry se llevó aparte a Thomas y a Finnigan para convencerlos de dejar el diamante por la paz – todo eso de las chicas y el diamante crea muchos conflictos entre Ron y Hermione y francamente no estoy seguro de soportar ni una discusión más.

Thomas y Finnigan se miraron y luego miraron a Harry.

- Mira, Potter, te entendemos – expresó Finnigan comprensivo – pero entiende que esto es de vital importancia.

- En cuanto a Hermione, puedes convencerla para que toque el diamante – opinó Thomas - ¿qué es lo peor que puede pasar¿qué brote una llama?

Harry no supo que responder. Thomas y Finnigan aguardaban una respuesta exageradamente serios, así que dijo – ni muerta convencería a Hermione para que toque esa piedra. Y decididamente no creo que sea una buena idea que sigan jugando con ella.

- ¡No podemos dejar a las chicas colgadas! – se escandalizó Finnigan - ¡Se enfadarían con nosotros!

- Además, nos lo deben. – Aseguró Dean. – Malfoy ha querido molestarlos pero lo amenacé con decirle a toda la escuela cada detalle del romance con "su ángel" – terminó el chico con voz cínicamente dulzona.

Harry suspiro resignado. – está bien... pero sigo en desacuerdo con esto.

- Harry, Harry... ya verás que tú también te alegrarás por tu amigo, cuando ese diamante sea iluminado por una llama.

- ¡Ahí está Lovegood! – gritó de pronto Finnigan interrumpiendo a Thomas. - ¡Vamos¡Ella también está en la lista!

Y antes de que Harry pudiera oponerse, arrastraron a Ron hasta Luna, quién, sobre su hombro, llevaba a la pequeña luciérnaga amarilla. Al parecer, al animalillo le agradaba Luna.

- ¿Seguirán jugando con esa cosa? – Hermione apretaba la mochila en su regazo con fuerza. Esa no era una buena señal.

- No importa Hermione – le dijo Harry poniendo una mano en su hombro – de cualquier forma no podrá tocarlo – le aseguró mientras veían a Ron sacar su diamante.

- ¿Qué es eso Ronald? – Oyeron preguntar a Luna con su peculiar voz de ensueño.

Ron dudó un poco, pero al fin dijo – es un diamante, puedes tomarlo si quieres – y depositó la piedra en las manos de Luna.

Luna se estremeció al contacto con el diamante y parpadeó. Un pequeño destello salió de él, pero nada más. Luna, ante los estupefactos ojos de Harry y Hermione, continuó con la piedra en las manos. Ron se la quitó sacudiéndola y examinándola con extrañeza.

- Quema – agregó Luna sin pizca de emoción.

- ¡Esto es el colmo! – Dijo Hermione entre dientes muerta de rabia - ¡detenme esto! – y arrojó la mochila sobre Harry con tanta fuerza que lo golpeó sin querer.

Harry, sobándose el estómago, murmuró – claro, con gusto – mientras Hermione llegaba con Ron.

- ¡Ya fue suficiente! – Hermione hacía supremos esfuerzos por contener la voz - ¡Ronald Weasley¡Deja de jugar con esa cosa!

- Pero aún faltan muchas candidatas para tocar el diamante – contestó Ron con ingenuidad, logrando que Hermione enrojeciera de furia.

- ¡Ya te dije que puede ser peligroso!

- No es cierto, hasta ahora no le ha pasado nada a nadie – dijo Ron y era verdad.

- ¡Pu... pues no me importa¡Porqué en este preciso instante vas a hacer tus deberes en lugar de estar perdiendo el tiempo en tonterías¡No has avanzado nada en tu ensayo y te queda casi nada de tiempo! – y diciendo esto jaló a su amigo por la manga de la túnica y se lo llevó de ahí.

- ¡Eres una aguafiestas! – iba farfullando Ron con enojo.

Harry se sobresaltó al escuchar una voz a su oído. – Parece que Hermione se enojó. – Era Luna, que sigilosamente se había acercado a él.

- Sí, eso parece – respondió Harry con un suspiro – este... voy a darle su mochila. – Les hizo una señal a Thomas y a Finnigan con la mano para despedirse, ellos simplemente se encogieron de hombros y siguieron en lo suyo. Le sonrió a Luna con apremio, y se fue detrás de sus amigos que habían tomado el rumbo de la biblioteca.

Cuando Harry llegó ahí, sus amigos se hallaban enfrascados en una pelea terrible. Hasta Madame Pince los miraba con azoro.

- ¡Eres un irresponsable¡Siempre lo has sido! – increpaba Hermione desde el extremo de una mesa.

Ron, airado, puso el diamante, los polvos bullbadox y algunos productos de zonko sobre la mesa, diciendo. - ¿Lo dices por esto¡Es normal que a un chico le llamen la atención estas cosas! – recogió el diamante y lo metió en el bolsillo agregando como defensa - ¡además yo no he hecho nada malo¡ Yo no he obligado a nadie hacer nada que no quiera¡Todas se han acercado a mí por su propia voluntad!

Fue entonces que Madame Pince reaccionó y muy disgustada se dirigió a ellos para imponer paz. – Señorita Granger...

Su voz se perdió con la de Hermione, quién jaló aire con fuerza para decir - ¿Ah... ah, sí¡Pues entonces ve y dile a ellas que te ayuden con tu ensayo porqué yo no pienso hacerlo! – Dio un puñetazo en la mesa y la bolsita de polvos rebotó.

Hermione la tomó con fuerza y Ron le dijo mordaz. – Pues sí, tal vez me ayuden, y como son tantas acabáremos más rápido.

Harry no supo como, pero cuando se dio cuenta, Hermione, de un tirón, había abierto la bolsa lanzándosela con toda su rabia a Ron, quién quedó cubierto de polvos bullbadox y al instante comenzaron a brotarle un sinnúmero de granos. Ron no salía de su sorpresa.

- Pues a ver si te buscan ahora con ese aspecto. – Puntualizó Hermione con ironía.

- ¡Señorita Granger! – amonestó Madame Pince detrás de ella. Hermione dio un sobresaltó y se volvió avergonzada. - ¿Cómo... cómo es posible que usted... ? – Madame Pince no terminó la frase - ¡Potter, lleve al señor Weasley a la enfermería! Y usted señorita Granger, venga conmigo.

Harry se acercó presuroso y jaló a Ron que tenía los ojos muy abiertos y miraba a Hermione como si aún su mente no alcanzara a comprender lo que había sucedido. Al pasar a su lado, Hermione le lanzó una mirada de completa satisfacción. No parecía arrepentida.


- ¡Hermione está loca! – afirmaba Ron rascándose furiosamente por todos lados. - ¡No pegué los ojos durante toda la noche gracias a sus ocurrencias!

Harry ya llevaba un buen rato escuchándolo. Había ido a visitarlo a la enfermería sólo para enterarse que aún no encontraban la forma de librar a Ron de los granos que lo cubrían. Ron, por supuesto, no estaba nada contento. En cuanto a Hermione, ni siquiera se había ocupado en preguntar por él. Harry intuyó que el pleito iba para largo. - ¡Nunca la voy a entender¿Porqué siempre termino yo siendo el culpable de todo? Además¡no tiene razón para enojarse!

El discurso de Ron contra Hermione ya se había extendido demasiado. Harry no había dicho ni media palabra y empezaba a perder la paciencia. Decidió poner fin a la perorata de su amigo.

- ¡Por favor Ron¡Sabes que ese dichoso diamante le molesta! - argumentó Harry en voz lo suficientemente alta para callar al pelirrojo. Ron lo miró incrédulo y volvió a rascarse con fuerza. - ¡Deja de rascarte¡Van a salirte más granos!

- ¡Te pareces a Hermione! - le recriminó Ron ofendido. Harry rodó los ojos y Ron pareció reflexionar en algo. - Pero ¿sabes que voy a hacer? - dijo apuntándolo con el dedo muy decidido. - ¡Voy a seguir usando el diamante¡Si va a enojarse y a no hablarme en la vida, al menos que tenga una razón para ello!

- Con esos gritos te escucharon ya hasta Australia.

Ginny entró muy contenta a la enfermería, llevando consigo un pequeño paquetito y un sobre algo arrugado. Miró a Ron con detenimiento y soltó una risita. - Ese aspecto sí que te favorece! - Le dijo sin miramientos.

- Ginny, no te burles, ya quisiera verte en mi lugar.

- No lo creo. Yo nunca haría enojar a Hermione de esa manera - sus ojos brillaron divertidos - ¿qué fue lo que le hiciste esta vez?

- ¿Esta vez¡Lo dices como si siempre fuera yo el del problema!

Ginny cruzó una mirada con Harry y ensanchó su sonrisa. - Mira, te traigo buenas noticias - dijo dándole la carta que Ron leyó con el entrecejo fruncido.

- ¿Un antídoto? dijo feliz dándole la carta a Harry y tomando el paquete que Ginny le extendió. Sin esperar ni un minuto lo abrió y sacó un frasco, tomándose enseguida el contenido del mismo.

Harry leyó la carta y no pudo evitar reír. Era de los gemelos.

- ¿Ya te sientes mejor? - preguntó Ginny. Ron asintió feliz viendo como los brotes comenzaban a desaparecer.


Ron salió de la enfermería a media tarde completamente recuperado. Hermione, todavía molesta, lo ignoró por completo durante las clases. Ninguno de los dos se dirigió la palabra, pero Harry tenía la confianza de que volverían a hacerlo tarde o temprano. Sólo había que tener paciencia. Infinita paciencia.

Para desgracia de Harry, Hermione había logrado desaparecer la plaga del haya sin mucho problema. Así que ya no trabajarían los dos juntos, minimizando las posibilidades de que se hablaran, pero McGonagall lo solucionó todo. Como ambos no podían quedarse sin castigo, les ordenó ayudar a Neville y a Harry con el suyo. Puesto que Snape no parecía ablandarse con ellos y cada vez les dificultaba más el asunto. Harry y Neville limpiarían el despacho. Hermione y Ron la mazmorra.

Antes de irse a dormir, Harry decidió hablar con su amiga. Quería persuadirla para que hiciera las paces con Ron. Sabía que no iba a convencerla de pedir disculpas, pero tenía que intentarlo. En cuanto Ron subió al dormitorio de los chicos, Harry se acercó a Hermione y se sentó junto a ella.

- Los gemelos escribieron. – Harry sonreía cauteloso. Aún no sabía que tan enojada continuaba y no quería arriesgarse. – Ellos le enviaron el antídoto a Ron y te felicitan por lo que hiciste. Dicen que te entienden y que hace años que ellos querían hacer lo mismo.

Por un momento Hermione pareció a punto de sonreír, pero continuó con su actitud impávida. – lo sé, Ginny me enseñó la carta – dijo sin demostrar mucho interés.

- ¿Ginny?

- Sí, ella fue la que les escribió para pedirles el antídoto.

- Que bien. – Susurró Harry pensando como plantearle lo de Ron a su amiga. – Eh... oye¿no sería bueno...?

- Si vas a hablarme de Ron, pierdes tu tiempo – cortó tajante Hermione y subió a su habitación. Harry, completamente abatido, se fue a dormir maldiciendo la hora en que Ron había encontrado ese dichoso diamante.

- ¡Miren¡Ahí viene!

Thomas y Finnigan se divertían de lo lindo molestando a Malfoy cada vez que lo veían. Thomas sostenía que era una manera de equilibrar las cosas, ya que ellos tenían una detención y Malfoy no. Y precisamente, en ese momento, Draco apareció en el patio con un semblante no muy amigable, Pasó junto a ellos como si no existieran y Thomas exclamó - ¡Hermione, eres un ángel! - Draco volteó con el odio en su mirada y Dean, aguantando la risa, miró embelesado a Hermione. El Slytherin entrecerró los ojos y Harry tuvo la certeza de que, si nada se lo impidiera, Malfoy hubiera lanzado más de una maldición a Thomas.

Mientras se alejaba hecho un basilisco, Hermione los enfrentó. – No creo que esté bien lo que hacen. Sé que Malfoy es una mala persona, pero es mejor dejarlo por la paz.

- Hermione, por su culpa me duele la espalda de estar agachado limpiando pisos y todo por su estupidez de comerse un Corazón. – Razonó Finnigan con rencor. – El que aguante nuestras burlas es nada comparado con mis manos enrojecidas.

- Cierto – apoyó Ron – ahora tendré que limpiar la mazmorra de Snape y eso no me hace ninguna gracia.

Hermione no contestó. Fingió con extremada maestría no haber escuchado a Ron. Vaya que estaba decidida a no hablarle.

Por su parte Ron esperaba lo contrario. Según le había dicho a Harry, sin la ayuda de Hermione no terminaría jamás su ensayo de transformaciones. A Ron le horrorizaba pensar en lo que haría McGonagall si no le entregaba el trabajo después de haberle dado más tiempo para hacerlo. De modo que procuraba comportarse gentil con su amiga, en la medida de sus posibilidades, esperando fervientemente que ella volviera a hablarle. Sus esfuerzos no parecían rendir frutos. Ahora miraba receloso a Hermione, quién observaba a Malfoy alejarse.

- ¿Qué tanto miras? – le preguntó y Hermione volvió el rostro con altivez, sin dirigirle ni una palabra.

- Me voy a clases – le dijo a Harry y él creyó oportuno volver a hablar con ella. Se despidió de Ron y se fue junto con Hermione hacia el castillo.

- Hermione¿vas a seguir enojada con Ron?- le preguntó sin rodeos.

- No quiero hablar de eso. Sabes que tengo razón al enojarme. – y al decirlo, Hermione apuró el paso.

- ¿Y por eso miras y defiendes a Malfoy? – inquirió Harry con voz agria. Hermione se detuvo y abrió la boca sorprendida.

- ¡Por supuesto que no! – dijo molesta. – Es sólo que siento un poco de lástima por él.

Harry levantó las cejas con ironía y Hermione le aclaró – en este tiempo que pasamos con él me di cuenta que está muy solo. Tal vez no sea tan malo. Tal vez es sólo que no ha tenido la fortuna de rodearse de buena gente.

Harry sonrió y le dio una palmada en el hombro. – Hermione, eres una gran persona, pero no todos son como tú y Malfoy no...

- Está bien, soy una ingenua – reconoció Hermione con un mohín. – Sólo dije lo que pienso.

Para la tarde se reunieron con Neville y Ron para ir a cumplir su castigo. La nueva disposición no le sentó muy bien a Snape quien aumentó inhumanamente la carga de trabajo. Por la cabeza de Harry cruzó la idea de que jamás saldrían de ahí.

- ¡Listo! – exclamó Neville con alegría horas más tarde. – Al fin terminamos. - Después de horas de esfuerzo, de limpiar, sacudir, lavar y acomodar, el despacho de Snape lucía presentable. - Me voy con los muchachos¿esperarás a Ron y a Hermione? – preguntó Neville yendo hacia la puerta.

- Sí, tal vez les ayude. Hace un rato me asomé a la mazmorra y aún no terminaban. – Harry se acomodó las gafas con fastidio. – Siguen peleando.

Neville se marchó sin decir nada y Harry, no muy convencido, fue a reunirse con sus amigos.

- No cargues eso, yo te ayudo. – Ron, solícito, intentaba ayudar a Hermione con una pila de libros que amenazaba con resbalársele de las manos.

Hermione no se molestó en abrir la boca. Calculó el peso de los libros y dándose por vencida, los puso sobre el escritorio. Harry suspiró. Ya veía pasar otra pésima tarde gracias a sus amigos.

- ¿Les falta mucho? – preguntó para romper el hielo.

Ron, con impaciencia, contestó. – No nos faltaría tanto si Hermione me dejara ayudarle.

Harry puso los ojos en blanco. Tomó un trapo y se puso a limpiar. Se detuvo al sentir a Ron a su lado.

- No ha dicho nada. – Dijo en susurros. – Se ha mantenido callada todo el tiempo.

- ¿Seguiste usando el diamante? – inquirió sagaz Harry ante la presencia de luciérnagas. Hermione, que se encontraba acomodando unos frascos, se quedó quieta esperando la respuesta de Ron.

- No. – Contestó Ron en voz alta dándose cuenta de ese detalle. – Aquí lo tengo y puedo jurar que no volveré a usarlo.

Sacó la piedra del bolsillo y lo colocó junto a la pila de libros, casi enfrente de Hermione. Ella fingió no hacerle caso.

Ron, malhumorado, comenzó a sacudir aquí y allá mientras protestaba por lo bajo – hay personas con las que no se puede hablar, son más tercas que un elfo doméstico.

Hermione le lanzó una mirada llameante y con gesto hosco se dirigió a los libros dispuesta a llevárselos. Harry iba a ofrecerle su ayuda, pero ya Ron se había adelantado.

- Yo los llevaré. – El pelirrojo trató de quitarle los libros a Hermione, quién se sublevó.

- ¡Deja¡No quiero que me ayudes! – exclamó arrebatándole dos libros y golpeando con ellos, sin querer, la piedra que Ron cuidaba con tanto esmero.

El diamante rodó peligrosamente por el escritorio mientras Ron gemía angustiado - ¡mi diamante!

Todo sucedió en un segundo. Harry alcanzó a ver a Hermione lanzándose tras la piedra. Cerró los ojos. No quería ver lo que el diamante le haría a su amiga después de todas las peleas con Ron. Se oyó un golpe, seguido de un "¡auch!" y luego nada. Se quedó un rato así, en espera de lo que pudiera pasar, Nada se oía. Abrió los ojos y cuando miró a Hermione descubrió asombrado lo que pasaba.

Su amiga se había levantado del suelo mirando alternadamente a Ron y al diamante que tenían entre las manos. Su rostro lucía una expresión indefinida.

Ron, completamente lívido, miraba hipnotizado el diamante y las manos de su amiga. De pronto, la piedra comenzó a vibrar y una pequeña luz dorada apareció y creció hasta convertirse en una hermosa llama. Un leve rubor apareció en las mejillas de Hermione mientras Ron palidecía.

Se miraron un momento con una pregunta en los ojos, mientras montones de luciérnagas amarillas daban vueltas como locas alrededor de ellos.

¡CRASH!

Repentinamente, Hermione dejó caer el diamante y este fue a romperse deshaciéndose en un gran número de brillantes pedacitos.

- Ron... lo... lo siento... yo... yo no quería... – balbuceó Hermione con voz difusa esquivando los ojos de Ron. Las luciérnagas, en tremendo alboroto, dieron dos vueltas más y se alejaron veloces por la ventana.

- Tenías razón – musitó Ron y parecía como si hablara otro. – Esa cosa no sirve. – Y miró fijamente los pedazos de diamante esparcidos por el suelo.

Hermione levantó la vista y miró a Ron con un destello en los ojos. Respiró hondo y luego soltó – sí¿verdad?

- ¡Weasley¿Qué crees?

Finnigan, Thomas y Neville entraron de golpe a la mazmorra. Se quedaron de una pieza al ver los restos del diamante.

- ¿Se rompió? – preguntó con gesto dolorido Thomas. Harry asintió sin saber que decir.

- Pero¿cómo? – quiso saber un acongojado Finnigan.

- Se me cayó. No importa. – Contestó Ron de forma sorpresiva. En su rostro no había emoción alguna.

- ¡Qué pena! Ahora ya no sabrás nunca quién es tu alma gemela – murmuró Thomas rascándose la cabeza apesadumbrado.

- Ya no importa – volvió a decir Ron en voz baja.

- Yo... – comenzó insegura Hermione – tengo que irme...

Y ante los asombrados ojos de todos salió corriendo sin mirar a nadie.

- ¿Le pasa algo? – preguntó Finnigan con una expresión suspicaz.

- No. Tiene prisa. – Contestó Harry con una sonrisa torpe. – Bueno, hay que terminar ¿no? – dijo pensando en todo, menos en la limpieza de la mazmorra.

Hermione había huido. Y aunque Ron estaba a su lado, lo sentía muy lejos de ahí.