Tal vez muchos no lo creían, y la verdad yo tampoco, pero hemos llegado al final.
Agnes: Sé que leerás el final. No sé cuando pero lo harás. Gracias amiga!
Paola: Besos a tu bebé y ¡terminamos!
Ginevra Waesley¡Lo logramos! Gracias por tu infinita paciencia.
Mely Weasley: Llegaste hasta aquí y de verdad te agradezco tus constantes reviews.
Rocío: Pian pianito pero acabamos.
Atzweasley: Nunca pude cumplir el actualizar pronto, pero espero te guste el resultado final.
Ilisia Brongar: Todos tus comentarios los leí de cabo a rabo... gracias por todo lo que en ellos escribiste.
R.W.: Paso a paso y el final. Gracias por tu lectura constante.
Norah: No tan pronto pero actualizé... ¿quedarás satisfecha?
Alejandra: Ya no desesperes, por fin acabamos. Perdón por los siglos en actualizar.
Ayde mdrjgi: Y lo que pasa entre esos dos, ahora mismo lo leerás.
AnNie: Para ti, otra luciérnaga amarilla.
Therasmus: Actualizado!!!
Ari: Gracias por tu cumplido ¿qué diera yo por ser escritora?
Belledriel: Tu PC murió y revivió y yo hasta ahora termino esta historia, gracias por esperar.
Ennaira Skywalker: Por ti termino la historia, gracias.
Y gracias a todos en general, disculpen que no siga agradeciendo de uno por uno, pero al que quiera reclamarme algo, lo puede hacer aquí o en mi correo: responderé personalmente.
Capítulo XXIX.- Lo que siempre estuvo ahí.
Encontraron a Hermione un poco más tarde, oculta en la biblioteca detrás de unos estantes y cientos de libros. Libres ya de diamantes, corazones y luciérnagas, era de suponerse que ya todo estaría mejor. Más no era así. Ron, como autómata, había seguido a Harry en busca de Hermione guardando un pertinaz silencio. Por un segundo, Harry sintió que aquél era un Ron que él no conocía.
Y sobre lo sucedido en la mazmorra no se había hecho ningún comentario.
Harry no quería ser inoportuno, pero su cabeza daba vueltas alrededor de todo lo sucedido, y una pregunta que no había alcanzado a formularse una tarde en la Madriguera adquirió forma precisa importunando a Harry con su presencia¿de qué forma le interesaba Hermione a Ron, realmente? Mucho más de lo que cualquiera hubiera pensado, fue la respuesta.
- Hermione ¿qué haces? - Harry se arrepintió casi al instante de haber formulado una pregunta tan tonta. Hermione se escondía, incluso (sospechaba) hasta de sí misma.
- Ron... - se aclaró la garganta y sus mejillas se encendieron - Ron tiene un ensayo que hacer¿no lo recuerdas?
La mirada de Ron se iluminó ante el comentario, pero manteniendo la serenidad respondió - aún nos queda mañana y el fin de semana. - Por el rostro de Hermione estuvo a punto de brotar una sonrisa.
- Vaya que eres un fresco - dijo a modo de regaño. Harry sintió un enorme alivio, al menos, por ahora, volvían a hablarse.
- Mira Hermione, si quieres ayudarme, hazlo en la sala común. No tengo ganas de estar en la biblioteca.
- Pues aunque no te guste tendrás que hacerlo... está bien, vamos a la sala. - cedió Hermione ante la cara de Ron. - ¡Pero mañana estaremos aquí muy temprano! Tenemos dos horas libres y eso nos ayuda mucho.
Los pasillos del colegio casi estaban vacíos. Sus pasos hacían eco y ese era el único sonido que los acompañaba. Al llegar al sexto piso (impecablemente limpio gracias a Finnigan y a Thomas, se encontraron a Draco Malfoy sumamente pensativo. Sentado en el suelo, mirando enfrente de sí y con los brazos en las rodillas, parecía no darse cuenta de su llegada.
- Vámonos por otro lado.- Susurró muy bajo Ron, aún así, Malfoy lo escuchó pues volteó a verlos.
- Puedes hacerlo comadreja, el colegio es muy grande - dijo levantándose con fastidio. Dándoles la espalda comenzó a andar con pasos de plomo. Sin Crabbe ni Goyle, no parecía tan intimidante.
- ¡Malfoy!
La llamada de Hermione lo detuvo. Para sorpresa de Ron y Harry, su amiga avanzó hacia el Slytherin. Éste la miraba acercarse con recelo y cuando Hermione estuvo lo suficientemente cerca, dio un paso atrás.
- ¿Qué es lo que quieres Granger?
- Nada, únicamente darte las gracias... - dijo Hermione con sencillez.
Malfoy reaccionó como si le hubieran lanzado un balde de agua fría. - ¿Qué dices? - preguntó irritado.
- Que quiero darte las gracias. Ya sabes, por todo lo que hiciste por mí.
- ¡No era yo! - aclaró Malfoy con fiereza - ¡Yo jamás haría nada por tí!
Hermione no se intimidó. Sonrió débilmente y le expuso - eras tú... bajo un hechizo, pero eras tú.
- Mira Granger...
Hermione no lo dejó hablar. - Así que quiero darte las gracias por todo: las flores, la ayuda, los halagos, por... por habernos librado de tu padre.
- A mí no me hubiera importado que terminara lo que empezó.
Harry y Ron dieron un paso adelante furiosos, pero Hermione los detuvo. - De cualquier forma nos ayudaste y eso te hace mejor persona.
Malfoy no contestó y miró a Hermione muy serio, ella continuó - después de todo fue divertido. La Madriguera es fabulosa y los gemelos no cocinan tan mal. Al final de cuentas creo que no fuimos tan malos contigo.
- ¡Me agarraron de su conejillo de indias¿Lo olvidas?
- Pero también cuidaron de ti.
Malfoy articuló un sonido de hastío .- ¿Crees que eso me importa?
- Sí, yo creo que sí. - afirmó Hermione muy segura. - Y como no me queda nada más que decir, adiós.
Se dio la vuelta y Ron y Harry la siguieron, sintiendo detrás de ellos la mirada penetrante de Malfoy.
- Creo que eso fue inútil - confesó Harry a su amiga - Malfoy es una sabandija.
- Sí, pero hasta con una sabandija se descubre algo.
- ¿Qué? - preguntó Ron con cara de desconfianza.
- Que hasta la más terrible de las sabandijas tiene su historia...
Harry y Ron intercambiaron una mirada, luego el pelirrojo dijo. - Hermione, en verdad eres única.
El rostro de Hermione irradió de felicidad.
Acostado en su cama y sin poder dormir, Harry no podía dejar de pensar: se veía a sí mismo debajo de una escalera, rodeado únicamente por el rechazo de los Dursley; se veía recibiendo cientos de cartas que tío Vernon no le permitía abrir, y veía de nuevo a Ron y a Hermione por primera vez en el expresso de Hogwarts. Sonrió. Definitivamente la magia había cambiado su mundo. De oscuro y gris se había llenado de luz. Salió de la alacena debajo de aquella escalera y ahora estaba ahí, en su cama de dosel, oyendo los ronquidos de Ron. Y aunque muchas, muchísimas veces el miedo era tan terrible que parecía a punto de asfixiarlo, Ron y Hermione estaban ahí para no permitirlo. Si necesitaba consejo, orientación, Hermione seguro saldría al rescate, pero si necesitaba reír, no sentirse pieza fundamental de una guerra o una profecía, sino sólo un muchacho como cualquier otro, entonces, sin duda, contaría con Ron. La verdadera magia la habían puesto ellos.
Se removió en su cama y se puso de cara a Ron. Su amigo dormía plácidamente. Exhausto. Al menos había conseguido que Hermione volviera a hablarle y sin dudar le ayudaría con su trabajo. Esos dos. Tantas peleas, tantas diferencias y al final, terminaban juntos siempre. Eran inevitables.
Así como era inevitable que permanecieran a su lado. Su pecho se oprimió. Inconscientemente se llevó la mano a la cicatriz, y aunque no dolía ahora, le recordaba que era parte de una profecía y una guerra. Lástima que no todas las profecías fueran como aquella que les mencionó Ron en la Colina. Una tonta profecía dicha nada más y nada menos que por Trewlaney. Y que tenía que ver con secretos , corazones y llamas. Una revelación cruzó por la mente de Harry. Miró a Ron fijamente, balbuceaba algo dormido, algo como "déjame en paz, Hermione". Y entonces comprendió esa seguridad consistente que dan las profecías que se cumplen.
Cuando Harry abrió los ojos, Ron ya no estaba en su cama. Se incorporó tratando de despertar totalmente. Neville, Thomas y Finnigan dormían a pierna suelta, por las dos horas libres bien podrían darse ese gusto, además, tenía que considerarse, habían trabajado demasiado en la semana. Harry se levantó, se vistió y decidió ir en busca de Ron. Se dirigió a la biblioteca aún adormilado, restregándose los ojos y logrando con ello desacomodar sus lentes y ponerlos en su sitio cada dos o tres pasos. El día anterior Hermione habían dicho que irían ahí y sin duda ahí estaban.
Al llegar, Madame Pince iba saliendo apresurada. Lo miró y arrugó el entrecejo de forma acusadora, luego le advirtió.- Voy a salir un momento, pero no quiero más espectáculos en mi biblioteca. Recuérdeselo a sus amigos ¿entendido? - y a zancadas se perdió por el pasillo.
Harry entró al lugar. A aquellas horas de la mañana no había nadie aún, pero con la obsesiva manía de Hermione, seguro había arrastrado hasta ahí a Ron para martirizarlo con el trabajo de McGonagall. Y Harry imaginaba, que a pesar de su enfado, su amigo había terminado por aceptar.
Caminó entre los estantes. Él también tenía deberes pendientes, y ya que estaba ahí, bien podría hacerlos. A través de la hilera de libros pudo ver a sus amigos en una de las mesas principales. Ron atendía con toda la paciencia de que era capaz, a las explicaciones elocuentes de Hermione. Ninguno de los dos había descubierto su presencia.
Revisó los libros sin decidirse aún en cual de todos los deberes haría primero. Todavía tenía sueño y apostaría cualquier cosa a, que si abría un libro en esos momentos, se quedaría dormido sobre él. Y más con esa serie de murmullos en lo que se habían convertido las voces de sus amigos.
Harry sólo alcanzaba a comprender algunas cosas.
- Pero Ron¿es qué siempre serás tan distraído?
Hubo un gruñido de Ron como respuesta.
- Mira, en 1974 se descubrió la forma de aplicar las runas descubiertas en una tetera antigua por el mago Basilio Balo, a la fórmula para la poción acrecentadora de pelo y con ello llevar a la economía de los duendes a...
- Hermione, eso es aburrido. - Ron rebotó la pluma en el tintero y ocultó el rostro entre los brazos. Sin duda también moría de sueño. Hermione soltó un bufido y Harry supuso que sería una más de las tantas escenas protagonizadas por sus amigos. Y él sin decidirse por cual de todos los deberes haría primero. Tal vez encantamientos fuera lo indicado. Con su dedo recorrió los lomos de los libros buscando algún título que lo ayudase. Nada. Sus amigos se habían callado y Harry vio a Ron concentrado en su pergamino mientras Hermione lo observaba escribir.
- No, Ron, eso que escribiste no es correcto, recuerda lo que te expliqué.
- ¿Cómo quieres que recuerde tantas cosas? – preguntó Ron levantando la vista.
"Cien hechizos prácticos para desarrollar su nivel convocador. Sorprenda a sus amigos". Listo. Ese libro quizás lo ayudaría. Lo tomó con cuidado y lo hojeó. Sí, ese era el que necesitaba. Las voces de sus amigos se escucharon de nuevo, ahora en un tono más alto.
- Ron, es poción delatadora, no encantadora, trata de hacer memoria y prestar atención a lo que escribes.
- Pero si viene en el libro.
- No es cierto y puedo demostrártelo.
- ¡No, yo te lo demostraré a ti!
Ambos alargaron con rapidez su mano hacia un libro tratando de tomarlo primero. Harry sólo puso los ojos en blanco. Ya veía venir otra tonta discusión. Más no fue así. En su intento por agarrar el libro antes que el otro, sus manos se cruzaron y sin querer, Ron atrapó la mano de Hermione. Las orejas de su amigo se encendieron y de inmediato la soltó. Sin decir nada, esquivó la mirada de Hermione y regresó al pergamino.
Hermione se quedó un momento con la mano aún alargada. Se mordió el labio inferior y pareció decidirse en algo.
- Ron... – osciló más que decir.
Ron apretó la pluma con la mano más de la cuenta y, sin embargo, volteó a verla asustado. Lo que hizo a continuación Hermione, casi logra que Harry soltara el libro de golpe.
Su amiga, llena de una osadía inverosímil, jaló a Ron hacia ella casi con brusquedad. Los ojos de Ron se agrandaron por la sorpresa cuando los labios de Hermione se posaron sobre los suyos.
Harry supo lo que sentía Ron en esos momentos: un horrible hueco en el estómago y unas ganas simultáneas de quedarse y salir corriendo. Aunque ese sentimiento seguro no duró mucho. Seis años de luchar el uno contra el otro, tratando de ocultar lo que siempre había estado ahí, debía de provocar la sensación vertiginosa de salir disparado hacia el cielo.
Se sintió intruso. No debía estar ahí viendo. Ese momento era sólo para sus amigos. Sólo ellos dos. Aunque le costara desviar la vista, se dio la vuelta para marcharse, pero el destino parecía no estar de acuerdo, Madame Pince entraba en esos momentos y sus amigos no se darían cuenta. Harry temía que la bibliotecaria tomara como espectáculo lo que sus amigos hacían en ese preciso instante. "Oh, oh", pensó viéndolos de nuevo. Ahora la mano de Ron se enredaba y se desenredaba en el cabello imposible de su amiga. Ambos ponían tanta efusión en un beso como en sus múltiples peleas.
Miró a Madame Pince, miró a sus amigos, sopesó el problema decidiéndose rápidamente. De todos los candidatos a interrumpirlos, él era sin duda el que merecía tal honor.
Se acercó presuroso sin hacer ruido y dejó caer el libro de encantamientos sobre la mesa. Ron y Hermione se separaron al instante con los ojos completamente abiertos en total estupor. Harry ni siquiera lo tomó en cuenta.
- ¿Les dije que se reanudarán los entrenamientos de quiddicht para la próxima semana? – les dijo sentándose frente a ellos, mientras Madame Pince pasaba de largo por su mesa. Los suaves taconeos de la bibliotecaria se perdieron a lo lejos. Harry tamborileaba los dedos incómodo, conciente del rubor de sus amigos. - Sé que deben estar odiándome – dijo enfrentándolos – pero era Madame Pince o yo¿qué preferían?
La mirada avergonzada y significativa de sus amigos no necesitó interpretación.
Harry se levantó y salió deprisa.
Dio varias vueltas alrededor de la escuela sin hacer ni uno sólo de sus deberes. No tenía cabeza para ello. Quería y no quería ver a sus amigos.
¿Qué sucedería a partir de ahora?
Sentado en una de las escaleras cercanas a la torre de astronomía, reflexionaba en el giro drástico que seguramente daría la relación con sus amigos. Ya no se trataba de disfrazar sentimientos ni de ocultarse detrás de mil absurdas peleas. Ron y Hermione se querían. Y eso no podía ponerse en duda.
- Ojo futuro, ojo vidente, muéstrame lo que se fue y lo que viene...
Un tintineo rompió el silencio. Harry levantó la cabeza y descubrió a Trewlaney caminando hacia él, absorta en una bola de cristal que llevaba entre los brazos llenas de más pulseras de lo que era normal. Al verlo, se detuvo con un gesto de desconfianza.
- El ojo vidente se ha bloqueado - le dijo como si él tuviera la culpa - hay personas con un aura tan densa que dificultan mi tarea profetizadora.
Vaya suerte. De todas las personas dignas de evitar, tenía que ser Trewlaney precisamente con quién se encontrara en estos momentos. Se levantó con fastidio dispuesto a poner mucha distancia de por medio, pero la profesora le preguntó - ¿es cierto que fuiste tú quién le regaló una luciérnaga amarilla a Luna Lovegood?
Ay, no. ¿Qué podría decir? No tenía muchas ganas de inventarse nada, así que decidió decir la verdad. - Sí, es cierto.
Trewlaney abrió los ojos sorprendida dando más el aspecto de un búho. Se acercó, incómodamente demasiado, a él, diciendo - Lovegood me lo dijo, estaba feliz, pero no me dijo... - calló mirándolo de pies a cabeza - que seguía ¿lo sabes tú, Potter?
- Un diamante Corlux - contestó Harry con desgano. Ya no importaba.
O al menos a él, porque a Trewlaney sí le importó. - ¿Un diamante Corlux¿Y lo tienes en tu poder?
- No, se rompió - dijo Harry sin compadecerse de la cara de desilusión de Trewlaney.
- Es imposible de hallar, es valiosísimo. - Balbuceó la profesora.
- Se lo encontró mi amigo Ron Weasley, y tal vez fue por la profecía que usted hizo.
Trewlaney lo miró extrañada - ¿Profecía?
- Sí, aquella que hablaba de un diamante, un secreto y una verdad brillante como una llama - resumió Harry tratando de recordar.
Trewlaney levantó la nariz ofendida - ¡Por supuesto que yo no dije tal cosa¡Nunca profetizaría algo tan tonto!
Harry no se extrañó demasiado. Por lo regular Trewlaney no recordaba las profecías que sí se cumplían.
- Bueno, entonces me voy, tengo que ir a clases - dijo despidiéndose con prisa. Lo mejor era alejarse de ahí.
- ¡Espera! - le gritó la profesora cuando él ya había dado unos cuantos pasos y corrió hacia él. - De casualidad ¿no tendrás otra luciérnaga por ahí?
- No, todas huyeron cuando el diamante se rompió.
- Ah, claro - dijo la profesora con obviedad - no podía ser de otro modo.
- ¿Ah, sí? - preguntó Harry sin gota de interés.
- ¡Por supuesto! Cualquier persona sabe que las luciérnagas son muy perceptivas. Seguro ellas sabían desde un principio quienes podían tocar el diamante y era a esas personas a quienes seguían. - Lo examinó con cuidado. - ¿Te seguían a ti y a Lovegood?
- Ya le dije que el diamante se lo encontró Ron. - Remarcó Harry con sequedad.
- Ah, sí, es cierto. - Recordó Trewlaney con una sonrisa falsa. - Bien, entonces... voy a alejarme de ti para tener mejor recepción de estímulos sensoriales.
Harry no podía estar más de acuerdo.
Se encontró a Ron de camino a pociones. Su amigo, al verlo, se removió con inquietud.
- ¿Qué hay? - saludó su amigo completamente cohibido. Harry no tenía modo de reprochárselo pues él se sentía igual.- ¿Qué decías de los entrenamientos de quiddicht? - preguntó al fin con las orejas más coloradas que Harry recordara haberle visto.
- Que pronto se reanudarán...
- Ah...
- Ya...
Ron, con las manos en los bolsillos, caminaba a grandes zancadas mirando de vez en vez por el rabillo del ojo a Harry, aparentemente sin saber que decir.
- Por fin acabó todo. - Harry no miró de frente a Ron pero supuso que él lo miraba expectante. - Y ya vez, yo lo sabía desde un principio.
- ¿Eh?
- Que había algo raro en el curso. - Aclaró. - Por organizar todo eso de la Colina ni siquiera se acordaron de las fechas para los partidos.
- Ah. - Suspiró Ron aliviado. - Sí, lo sabías. - Murmuró con voz ronca. Tosió y luego agregó - ¿Sabes qué te has vuelto muy perspicaz?
Harry dudó un momento, luego decidido aseguró - no tanto, hay cosas de las que no me di cuenta.
Ron lo miró de reojo y luego se volvió abochornado. Harry se detuvo con impaciencia y lo miró frente a frente.
- ¡Oh, vamos Ron¡Está bien! – se acomodó las gafas y con aspavientos aseguró - ¡estoy feliz por ustedes!
Los ojos de Ron brillaron. Tal vez no quería su permiso, pero contar con su apoyo debía de ser importante. Al fin de cuentas eran amigos, y más que eso, eran hermanos. Habían librado batallas y librarían otras más. Juntos. Y las cosas eran y serían así. Y nada cambiaría eso. Después de todo un poco de amor no venía tan mal en un mundo lleno de sombras como el de Harry. Podía lograr disiparlas, aunque fuera sólo un segundo.
Tal vez cambiaran las cosas. Harry lo sabía y sabía que tenía que acostumbrarse, pero sería raro, eso también lo sabía.
Ron echó a andar un poco menos incómodo. - ¿Nos vamos ya? O llegaremos tarde a pociones.
Cuando llegaron a la mazmorra se toparon con Hermione, quien traía encima una buena cantidad de libros. En cuanto los vio, voló hacia ellos.
- Ah, están ahí. Que bueno porque no podré seguir cargando esto yo sola. – Repartió los libros entre los tres en partes iguales. Ron tan sólo resopló y eso le dio entrada a Hermione para cargar contra él. – Por cierto¿al fin terminaste tu ensayo? – Ahí de nuevo. El trabajo de McGonagall. Por lo visto Hermione no lo iba a dejar pasar.
- Sí – dijo Ron en un tono apenas audible mientras entraban y ocupaban sus respectivos lugares.
- ¿Sí? – Hermione levantó una ceja dudosa. Snape, mientras tanto, ponía en la pizarra la lista para la poción de ese día.
- Sí, bueno... no. – Ron se puso rojo y se excusó. – No lo terminé por... bueno, por... es que después que te fuiste de la biblioteca ya no pude concentrarme en nada. – Dijo con inocencia dirigiéndose a Harry. Éste no pudo contenerse y empezó a reír, pero trato de evitarlo en cuanto vio la mirada de advertencia de Snape. - ¡No es por lo que te imaginas! – Aclaró Ron aterrado poniéndose aún más rojo si se podía.
Un leve rubor apareció en las mejillas de Hermione, pero haciendo todo un alarde de control, explicó. – después de que te fuiste me puse a acomodar y a limpiar los estantes, ya sabes, mi castigo por lo de los polvos bullbadox, así que le dije a Ron que terminara el ensayo por sí solo.
- Sí, claro. – Murmuró descreído Harry tratando de no soltar otra carcajada al ver las caras que ponían sus amigos.
- ¡Harry, por favor¡No seas infantil! – le riñó Hermione callándose de inmediato. El profesor Snape se había levantado y ahora revisaba muy atento los calderos de los Slytherin. Hermione prosiguió en voz muy baja. – Pero ya casi lo acabas ¿no?
- Pues francamente... – Ron poco a poco retomaba su color – creo que tendrás que ayudarme y presiento que este fin de semana nos desvelaremos gracias a McGonagall.
Hermione puso los ojos en blanco y se volvió a decirle. – Ron, dime una cosa¿qué piensas¿Qué por siempre voy a estar a tu lado para vigilar que hagas lo correcto?
El rostro de Ron chispeó con una sonrisa. Cruzó su mirada con Harry y una expresión maliciosa apareció en los dos.
- Sí, por siempre. – Afirmaron ambos con rotundidad.
- Par de tontos. – Musitó Hermione con ojos brillantes, pero la voz siseante y peligrosa de Snape, detrás de ellos, la interrumpió.
- No nos interesa saber si el señor Weasley desea estar por siempre al lado de la señorita Granger y si usted Potter está de acuerdo... ¡Quiero ver esas pociones, ya!
Una carcajada general cimbró la mazmorra, y como siempre, la mirada llena de veneno de Snape lo puso todo bajo control. Los alumnos volvieron a sus pociones, aunque Harry pudo ver claramente como muchos murmuraban por lo bajo. Definitivamente había cosas que nunca iban a cambiar.
La mazmorra se llenó de vapores, aromas y miradas de sus amigos que se cruzaban y se volvían a cruzar.
Escondiéndose y encontrándose.
Siempre.
¿Ya te vas? Aún falta el epílogo.
