¿Ya leíste el capítulo XXIX? Bien, entonces lee el...

Epílogo.

A nadie le sorprendió demasiado.

Era... ¿cómo podría decirse? Algo lógico, natural.

Seamus y Thomas no se molestaron en interrumpir su partida de snap explosivo y únicamente se encogieron de hombros diciendo "qué bien".

Neville Longbottom se detuvo un momento, los miró sonriente diciendo "¡qué bueno¡ahora ya no pelearán por todo!", pero al instante se fue corriendo detrás de Trevor.

Ginny no dijo nada, pero abrazó con efusividad a Hermione y le dio una palmadita cariñosa a Ron, luego se alejó feliz por el pasillo mientras su larga y esplendorosa cabellera roja se mecía al compás de sus pasos.

Luna los miró como miraba todo. Con ese aire despistado y quizás, con un poquito de curiosidad. Tal vez les hubiera prestado mayor atención de no haber estado concentrada en su luciérnaga amarilla.

Malfoy... bueno, Malfoy no tenía porqué decir nada, y de hecho, nadie esperaba (y mucho menos querían) que lo hiciera. Pero los miró de una manera extraña. Tal vez de forma burlona... ¿o quizás estaba satisfecho de haberlo descubierto antes que otros? El caso es que no hizo ningún comentario al respecto. Los miró de la mano y se marchó sin atreverse a decir nada horrible contra ellos.

Esa navidad en la Madriguera, el ambiente (a pesar de amenazas o de Voldemort) fue el más cálido que hubieran recordado. La casa se llenó de música, muérdago y castañas. Molly Weasley estaba radiante y satisfecha y lo demostró preparando el más suculento de sus banquetes. Arthur Weasley también estaba feliz y más que nunca acribilló de dudas sobre los muggles a una muy paciente Hermione.

Nimphadora Tonks les dio un beso sonoro en la mejilla a cada uno ( a pesar de la renuencia de Ron) y les dijo "¿ya ven cómo todo es mejor cuándo se sabe esperar?".

Lee Jordan, invitado de nuevo a la Madriguera, lo anunció con bombos y platillos durante la cena, logrando con eso despertar en Ron sus más primitivos instintos asesinos.

Los más elocuentes fueron los gemelos. Fred aseguró que ya lo imaginaban desde tiempo atrás, puesto que a Ron se le notaba a leguas. George le aclaró a Harry que si nunca habían dicho nada, era porque respetaban demasiado a Hermione como para burlarse de Ron.

- Y lo único que esperábamos era que Ron no lo echara todo a perder. – Comentó George muy circunspecto. – Digo, es que para que consiga otra como Hermione lo veo muy difícil.

- Y si no te ayudamos – le apuntó Fred a su hermano con el dedo – es porqué no queríamos cargar en nuestras conciencias que Hermione terminara con alguien como tú.

Para Harry fue cuestión de habituarse. Pasaron meses enteros tratando de adaptarse a la nueva situación. Y era extraño. Raro. Y a veces, (tenía que reconocerlo) bastante incómodo. Ahora era común llegar a donde sus amigos y ser recibido con sobresaltos que le hacían tener siempre la sensación de haber interrumpido algo más que una simple sesión de estudios. Ahora, al hacer sus deberes, era común que la mano grande y fuerte de Ron se deslizara furtivamente sobre la mesa hasta atrapar la de Hermione. Ahora era común que no los encontrara y que prefiriera no buscarlos, pues intentaba no imaginar lo que estarían haciendo en algún lugar escondido del castillo.

Y a pesar de eso las cosas seguían siendo iguales. Ron y Hermione seguían ahí aguardando con paciencia el momento de luchar cara a cara contra Voldemort. Y aunque era Harry el que tendría que enfrentarlo, Ron y Hermione sacarían valor de lugares imposibles y se mantendrían a su lado.

Y contra ese tipo de magia Voldemort no tendría jamás defensa.

Esa noche (nochebuena), Harry subió como tantas otras veces las sinuosas escaleras de la Madriguera. Abajo, el bullicio seguía en su apogeo. Él había estado hablando con Bill, pero creyó necesario enviarle una felicitación a Hagrid. Hedwigd, si ya había regresado de cazar, estaría en la habitación que desde siempre compartía con Ron.

No tocó la puerta porqué no había porqué hacerlo. Simplemente abrió y la puerta no emitió ningún chirrido. La luna brillaba exquisita en algún lugar del cielo y su luz se colaba a través de la ventana. Y a través de la ventana, a contraluz, Harry distinguió a sus amigos escondiéndose entre las sombras. No pudo evitar sonreír, como se sonríe cuando se constata algo que nos hace felices.

Afuera acechaba la guerra, pero adentro eso no importaba . Eran sólo chicos buscando a trompicones ese algo cálido que les estrujara el corazón.

Y era tan sencillo.

No hizo ningún ruido y no tenía porqué hacerlo. Sus amigos no tenían que enterarse que había estado ahí.

Dio unos pasos atrás, callados, sigilosos.

Los vio una vez más y con discreta complicidad cerró lentamente la puerta.

¡FINITE INCANTATEM!