Hola!
Aquí va el segundo capítulo. Disfruté mucho escribiéndolo, pero tal como me pasó después del primer capítulo me siento anclada, no tengo muy claro por donde seguir, asi que si lo leen, les gusta, y se les ocurre como continuar, ya saben donde encontrarme:
Capitulo2: ENCUENTROS
El cielo cada vez estaba más negro y la cabaña se veía igual, por más que siguiese, el camino parecía multiplicarse a cada paso, mis piernas cada vez estaban más cansadas y la nieve me llegaba por encima de los tobillos y seguía aumentando a cada segundo; notaba la nieve acumulada encima de mi gorro, la mochila destrozándome los hombros, los dedos congelados intentaban hallar calor en los bolsillos…era inútil, al menos me faltaban quince minutos para llegar, aunque cada vez podía ver la entrada de la cabaña con más claridad, mientras mi corazón se iba encogiendo poco a poco hasta casi pararse: estaba vacía. A pesar del cansancio aceleré el paso, quizá la vista estuviese jugándome una mala pasada, quizá fuese tarde y se había ido a casa…o quizá, lo más posible, es que se hubiese olvidado. Aunque no podía reprocharle nada: habían pasado cuatro años.
Las promesas se olvidan, a veces lo que es importante para una persona no lo es tanto para otra.
Un sonido hizo que un escalofrío recorriera mi cuerpo y que se me erizase la piel: aullidos de coyote. Sabía que había coyotes por aquellas montañas, pero nunca había visto ninguno, a pesar de eso me horrorizaba la idea de encontrarme con uno. Otro aullido. Sonaba tan cerca…sonaba a presa cazada, a sangre fresca. Miré alrededor rápidamente: no vi ninguno. Aún así agarré con fuerza el bastón de esquiar y volví a dirigir la vista hacia la cabaña. Ahí estaba: con su pelaje grisáceo, olisqueando algo en el suelo, sin darse cuenta de mi presencia. Agarré más fuerte el bastón y tintineó al chocar con mi pulsera. Sus orejas se levantaron, sus ojos inyectados en sangre me buscaron, sus colmillos blancos recubiertos de rojo se veían amenazantes. Parecía dudar, miró al suelo. Me miró a mí. Y entonces me di cuenta: había una persona inconsciente, sólo podía ver su espalda con un profundo arañazo en carne viva. Tenía que ayudarla, estaba a solo unos pasos de la puerta de la cabaña, si lograba distraer o herir al coyote, coger a la persona y meterla en la casa…desde allí llamaría al guardabosques para que ahuyentase a los coyotes…no había tiempo, tiré la mochila hacia la puerta quedando a unos centímetros tirada en el suelo.
Llegó lo más difícil, acercarse. Agarré el bastón con fuerza mientras notaba que el pulso empezaba a fallar, el miedo se iba apoderando del mí, no podía dejar que me dominase. Era cuestión de segundos, tenía que salvarle. Esa persona apenas se movía, podía estar gravemente herida, o quizá sufrir una hipotermia…tenía que actuar, de todas formas tendría que hacer frente al coyote para llegar a la puerta. Una oportunidad: correr, golpear, cogerle y correr hasta la cabaña. Noté las llaves en el bolsillo. Era ahora o nunca.
Corrí hacia el coyote, él se abalanzó sobre mí, cerré los ojos y golpeé con el bastón con las dos manos como en un combate de kendo, con todas mis fuerzas, mi vida dependía de ello. Oí el golpe seco al caer el coyote al suelo, sólo entonces abrí los ojos y corrí, sin mirar atrás, sin notar mis piernas, sólo la tensión de todos mis músculos, notando que ellos sabían que podía ser lo único que hiciesen en la vida. Me agaché de lado para coger el cuerpo, pesaba más de lo que pensaba y me hizo frenar, tuve que agacharme y colocarlo a mi espalda, cuando me levanté, oí un aullido que me heló la sangre. Mis músculos se tensaron y a penas me podía mover, el miedo me paralizo, notaba al coyote detrás de mí, acercándose lentamente, olfateando en mi espalda el olor a sangre…si solo algo me ayudara a moverme.
-Corre…-la voz susurrante en mi oído hizo que despertase de mi shock y me infló de una energía que hizo que en segundos alcanzase la puerta, y la abriese con mis manos aun temblando sosteniendo las llaves. En el último momento alargué la mano y logré meter mi mochila en la casa. Al oír la cerradura de la puerta caí de rodillas sobre el suelo, jadeando, sintiendo frío, calor…sintiéndome viva, más viva que en cualquier momento de mis dieciséis años.
Oí arañar la puerta y giré mi cabeza con miedo, como si ese animal pudiese atravesar la puerta blindada. Ojos azules. Dos ojos azules semicerrados miraban sin ver, su mirada era tan penetrante, me traspasaba.
-Gracias-dijo en un susurro ronco mientras cerraba los ojos perdiendo el conocimiento y se deslizaba por mi espalda hasta quedar tendido sobre el suelo.
Por primera vez fui consciente de que no sólo me había salvado a mí, sino que algo dentro me hizo salvar otra vida. Me daba miedo tocarle, aunque sabía que debía ayudarle porque había perdido mucha sangre. Miedo. Todos los chicos en el fondo me daban miedo, aunque sabía que era mucho más fuerte que ellos, me había entrenado para ello, para superar el miedo a lo desconocido, del que ellos formaban parte. Había superado con creces su fuerza física, pero nunca su miedo.
Pero aquel muchacho…era extraño. Sentía que en el fondo podía hacerlo, que el me necesitaba, esos ojos…me eran tan conocidos y a la vez tan desconocidos, había tanto agradecimiento en ellos, y a la vez tanto orgullo…aparté el mechón que tapaba parte de su rostro, rozándolo sin querer, tan suave y tan frío… Yo también estaba helada, los dos necesitábamos calor rápido, sino enfermaríamos, pero antes llamé al guardabosques para que se deshiciera de ese coyote que seguía arañando la puerta y aullando.
Coloqué al muchacho sobre el sofá, boca abajo, con la herida al aire, estaba cogiendo cada vez peor aspecto. Encendí rápidamente el fuego, tenía la ropa calada por el contacto del chico, él estaba mojado hasta los huesos, tendríamos que cambiarnos. Rápidamente abrí mi mochila y saqué un chándal, me alejé del chico por miedo a que despertase mientras me cambiaba. Me quité la ropa, me sequé rápidamente con una toalla y me puse muy rápido la ropa mientras miraba de reojo el sofá.
Necesitaba ropa para él. Me daba demasiada vergüenza coger ropa del padre de Sayuri, así que decidí ponerle la única prenda de mi mochila que le serviría, mi yukata.
Me acerqué al sofá con la toalla y el yukata. Llegaba la parte más difícil: debía cambiarle de ropa. Le quité con cuidado la camiseta roja rasgada, definitivamente de momento no podía ponerle nada por encima de la espalda, primero tendría que curar la herida. Me levanté y me acerqué a sus pies; empecé a tirar de su pantalón que se fue deslizando por sus piernas poco a poco hasta dejarle en boxers. Me sonrojé, notaba mi cara ardiendo, nunca había tenido un chico así de cerca, y menos tan ligero de ropa. Sólo esperaba que los boxers estuvieran secos. Alargué la mano para tocar el borde de los boxers, rozando accidentalmente sus muslos, duros, fuertes, ardiendo…notaba mi cara a punto de explotar y el pulso temblarme, me di cuenta que mi mano llevaba demasiado tiempo ahí parada. El bóxer estaba seco y era lo único que importaba. Le empecé a poner los pantalones por los pies, cuando ya había pasado la rodilla, apoyé su torso sobre mi hombro levantándole lo suficiente para acabar de ponerle los pantalones y le dejé de nuevo con delicadeza.
Había llegado la hora de poner en práctica el curso de verano de primeros auxilios que había hecho con el doctor Tofu para poder curarme a mí misma y ahorrarme las múltiples visitas que hacía a la semana. Saqué el botiquín que solía llevar conmigo y me senté en una silla al lado del muchacho. Cogí el agua oxigenada y empecé a limpiar la herida con una gasa, la cara del chico empezó a contraerse mostrando dolor y soltando leves gemidos. Yo intentaba hacerlo cada vez más suavemente, no quería hacerle daño, sabía que aquello debía dolerle mucho. De repente abrió los ojos unos milímetros intentando esbozar una sonrisa y alargando la mano, intentando tocarme, noté sus dedos fríos y ásperos rozándome la cara.
-Mamá tranquila, he salido de peores de ésta.
Y volvió a desmayarse, cayendo su mano entre las mías, intentando agarrarse a una de ellas. Le cogí una mano mientras con la otra le curaba. Terminé. Su rostro estaba sudoroso y respiraba agitadamente, toqué su frente, ardía. Tenía fiebre. Fui a por un barreño de agua fría y le eché hielos, hundí la compresa en ella y la coloque sobre su frente. Aquello no era suficiente, necesitaba que tomase un antibiótico, tenía mi cantimplora y la pastilla, sólo tenía que despertarle. Pero estaba tan cansada…miré el reloj, eran las cuatro. Llevaba sin parar desde las siete, mi cuerpo dejaba de responder resentido por el ejercicio físico del día, realmente estaba más cansada de lo que pensaba.
Despertarle. Empecé a agitarle suavemente, pero no reaccionaba, no podía mojarle con agua fría porque empeoraría su estado. Le cubrí con una manta mientras pensaba que la única opción era abofetearle. Saqué fuerzas de donde no las había y le di un bofetón. No reaccionó. Mi cabeza empezaba a irse, al intentar levantarme para ir a la cama tropecé y caí sobre el muchacho de golpe. Él abrió los ojos ligeramente mirándome, mi cabeza empezó a recordar esa mirada, pero aquello no importaba, había logrado despertarle.
-Por favor, abre la boca y tómate esto, te hará bien- dije acercando la pastilla y la cantimplora a su boca. Él abrió la boca y yo le di la pastilla y el agua. Lo tragó, cerró los ojos, volvió a abrirlos y esbozando una sonrisa susurró:
-Akane.
Cerró los ojos, y sin saber porqué me sentí segura finalmente, en casa, por fin todo estaba bien, lo había logrado y me dejé llevar por el cansancio de mis músculos y el calor que empezaba a llenar la habitación. Mis fuerzas se habían agotado. Caí dormida sobre él dejándome llevar en las manos de Morfeo.
Me despertaron los golpes de la puerta, al principio los acoplé a mi sueño, hasta que el ruido aumentó y me di cuenta que eran reales. Abrí los ojos rápidamente mientras intentaba hacer reaccionar mi cuerpo. Y entonces vi su rostro: el flequillo cayéndole sobre los ojos hacia un lado, sus ojos cerrados, su nariz respingona, sus labios entreabiertos…era realmente guapo. No como esos que salen en las revistas, que son atractivos por su forma de vestir, de peinarse, de actuar, un estereotipo estereotipado…él tenía una belleza normal, marcada por la armonía del conjunto, por la sencillez…
La puerta volvió a sonar, esta vez más fuerte, sacándome de mi ensoñación. Me levanté ágilmente, sacudiendo la cabeza intentando borrar esos pensamientos de mi mente y corrí hacia la puerta, mientras cogía las llaves del mueble de la entrada y giraba la cerradura. Era el guardabosques.
-¿Está bien, señorita? Ayer cuando nos llamó parecía bastante alterada y hoy no nos abría la puerta.
-Lo siento, acabé exhausta y me dormí. No he oído que llamaba hasta ahora.
-Está bien, nos había preocupado. De todas maneras mencionó ayer algo de un herido y he traído al médico del pueblo por si necesitaban ayuda.
-De acuerdo, muchas gracias y pasen. El herido está en el sofá- me hice a un lado de la puerta dejando que entrasen, cerré la puerta y les llevé hasta el sofá. No pude evitar que unos cuantos copos de nieve entrasen en casa. Estornudé. El médico miró al muchacho y esbozó una sonrisa.
-¡Cuánto tiempo muchachito¡Hay que ver cómo has crecido!- dijo arrodillándose a su lado y abriendo el maletín- veamos que tal estás.
Yo me alejé un poco mientras le examinaba. Me dolía mucho la cabeza y no paraba de pensar en que lo de anoche no había sido más que un mal sueño. Pero al girarme comprobé que todo era real. El médico le tomaba el pulso y la temperatura.
- Vaya señorita, ha hecho un buen trabajo, aunque este chico es duro como una roca, no hubiera aguantado si no le hubiese curado la herida y bajado la fiebre¿quién le enseñó? Es usted muy joven para estar estudiando Medicina- dijo sonriéndome.
-Hacía demasiadas visitas al médico, que es amigo de la familia, y él me enseñó tratamientos básicos.
-Un buen médico, Ranma le debe la vida, chica. ¿Podría pedirle un favor? Sé por las historias que circulan por el pueblo que los padres de este niño se han ido a buscar no sé que agua mágica a China, mejor no pregunte- dijo poniendo cara de circunstancia- pero el hecho es que este muchacho está sólo y necesita que le limpien las heridas y tomar la medicación¿Podría ocuparse de él? Déle una de éstas después de cada comida y límpiele las heridas una vez al día.
- Si, bueno, yo no soy de aquí, tan sólo pienso quedarme unos días…
-Tranquila, en tres días estará bien, como ya le he dicho es un chico muy fuerte, seguramente se despierte esta tarde.
-De acuerdo, muchas gracias, si tengo alguna duda le llamaré-les dije acompañándoles a la puerta. Estornudé. El médico me miró de reojo.
-Usted también cuídese¿de acuerdo? Tome esto, nuestro amigo necesita de su ayuda.
-Muchas gracias. Les llamaré sin surge algún problema.
-De nada, ya tiene nuestro número- me dijo el guardabosques despidiéndose con la mano y alejándose hacia el coche. El médico no se movió.
-Tenga paciencia con él, señorita, es un chico complicado- dijo mirando al muchacho que dormía en el sofá- pero es un buen chico. Cuídese, adiós.-y dio la vuelta dejándome sin saber que decir. Cuando vi alejarse el coche cerré la puerta.
Miré al muchacho que descansaba tranquilo en el sofá y decidí que si tenía que hacer de enfermera debería acondicionarlo todo. Encendería la chimenea de la habitación principal, subiría al chico allí, le cambiaría el vendaje, me daría un buen baño y comería algo. Mis tripas habían empezado a gruñir, y encima seguía ese horrible dolor de cabeza.
Llevé mis cosas a la habitación de Sayuri y encendí la chimenea de la habitación principal. Coloqué unas sabanas limpias en la cama y llevé el botiquín con todo lo que necesitaba. Por último bajé a por el chico.
Parecía mejor que ayer, respiraba tranquilo, no había gotas de sudor visibles en su rostro y su temperatura corporal era ligeramente por encima de la media. Me pareció que pesaba menos que ayer, subí lentamente las escaleras al segundo piso por miedo a despertarlo. Cuando le deposité en la cama él pareció murmurar algo, pero no le entendí. Le empecé a limpiar de nuevo la herida, parece que se iba cerrando correctamente¿Cómo había dicho que se llamaba¿Ranma? Eso creo. Genial, tres días ocupándose de un desconocido que parecía no tener buen carácter. Y encima me ponía nerviosa. No como solían ponerme de nerviosa el resto de los chicos, sino de una manera distinta: tenía miedo de encariñarme con él. Me había pasado desde que era pequeña con los animales heridos que encontraba, los llevaba a casa, los curaba, los cuidaba, y luego lloraba y lloraba al tener que dejarlos libres de nuevo. Terminé.
Decidí darme un buen baño, la noche de ayer había sido tan extraña. Ranko. Por primera vez desde que vi el coyote volví a pensar en ella. No había aparecido. No había ni una nota, un mensaje, nada. Se había ido. O quizá nunca había aparecido, quizá se olvidó de mí desde el momento que salí de su vida. Cerré los ojos y la vi delante de mí, con sus ojos azules mirándome mientras pronunciaba mi nombre, como hacía cuatro años. Y de repente, sin casi darme cuenta, sus ojos se mantuvieron y su cuerpo desapareció, dando lugar a uno más alto, más fuerte…y una voz ronca pronunció mi nombre. "Akane". Me estremecí, reconocí la voz y a su dueño de inmediato, sólo le había oído hablar en tres ocasiones, pero fue igual a anoche, la escena vino a mi mente: yo sobre él, intentando darle la medicina, sus ojos entreabiertos…azules, de un azul tan intenso como sólo había visto una vez cuatro años antes. Y dijo mi nombre. ¿Cómo no había caído hasta ese momento¿Cómo podía saber ese chico mi nombre? Estaba segura de no haberle visto nunca, lo recordaría, y sin embargo él me había reconocido¿O estaba delirando y había mencionado el nombre de una persona conocida y coincidía con el de ella, tal como momentos antes la había llamado mamá?
Lo raro es que me parecía conocido y a la vez estaba segura de no haberlo visto en mi vida. Lo único que conocía era su mirada. Ranko. ¿Quizá ese muchacho tenía algo que ver con ella?
Mi piel empezaba a arrugarse y el dolor de cabeza se iba acrecentando por momentos. Ese chico me iba a tener que explicar muchas cosas. Salí de la bañera y me envolví en una toalla para ir hasta mi cuarto, sacudí mi pelo con una toalla quitándole la humedad sobrante dejándolo después caer sobre mis hombros. No podía utilizar el secador porque podía despertar al chico, así que lo tendría que dejar secar al aire. Metí la ropa sucia en la lavadora y vi la camiseta del chico, totalmente rasgada y ensangrentada, no merecía la pena lavarla, después la recogería y la tiraría a la basura.
Salí del baño lentamente, con miedo de hacer mucho ruido. Me giré en dirección a mi cuarto, peinándome el pelo. De repente me pareció que unos pasos me seguían, recordándome el coyote del día anterior. Me quedé paralizada, la pesadilla no podía volverse a repetir, no tendría ninguna posibilidad. Lentamente decidí mirar hacia atrás.
Apoyándose en la pared, con tan sólo los pantalones de mi yukata puestos y el torso desnudo, se paro a dos pasos de mí y levantó la mirada, haciendo un contacto fugaz con mis ojos para bajarlos de nuevo. Se sonrojó visiblemente, mientras yo intentaba taparme más con la toalla, aquello estaba superando mis límites, al menos había tenido la decencia de bajar la mirada¿pero cómo se había atrevido a mirarme así casi sin ropa?
La ira contenida por tantos años contra todos los chicos que peleaban conmigo cada mañana para conseguirme como "trofeo" se apoderó de mí y le di un bofetón. Cayó al suelo. ¿Qué había hecho?
Esto lo escribí hace un año, y desde entonces no he podido continuarlo, no sé cómo hacerlo, asi que si alguien tiene tiempo para ayudarme se lo agradecería mucho porque ya me han pedido algunas personas que lo continúe y no me gusta dejarlos a medias, q se lo mal que se pasa!
