La disputa
Hermione había decidido apartarse del reducido grupo de Leones de primer año que se encontraba en la mesa del Gran Comedor y, por supuesto, en aquellas condiciones no se sentía sola mientras desayunaba. Su cabeza ya tenía bastantes problemas como para preocuparse de aquello. Con un suspiro, extendió el brazo y se sirvió jugo de calabaza.
En el momento de acercar la copa a sus labios e inclinar la cabeza hacia atrás, dirigió su atención hacia el grupo de Slytherins de la mesa del Gran Comedor. Eran unos diez o quince, pocos en comparación con las otras Casas que sobrepasaban los veinte. Y su mirada, disimulada gracias a la copa que ocultaba parte de su rostro, cayó en una Parkinson que no hacía asco a una tostada de mermelada. Ni un segundo tardaron los ojos de Hermione en cambiar de escena. Hubiera preferido estar mil veces antes en un campo de quidditch donde todas las Bludgers fueran hacia ella, que soportar de nuevo aquella situación. Maldita la hora en que la pegó ¡Ni siquiera podía mirarla a la cara!
En la mesa de Hufflepuff también la ocupaban alumnos de primero y segundo; y en la de Ravenclaw gente de primero, tercero, alguno de quinto y, para sorpresa de Hermione, el grupo de Cho Chang. Granger continuó bebiendo y frunciendo extrañada el entrecejo. Cho la descubrió y saludó con una sonrisa provocando que la Gryffindor tragara mal y tosiera, teniendo que desviar la mirada abochornada.
Definitivamente, aquel saludo no se lo esperaba.
Clavó su vista en el plato medio lleno y comenzó a retirar los alimentos que, sin darse cuenta, había puesto en su plato pero que en realidad no le gustaban. Apoyando su cabeza en la palma izquierda, suspiró; ya ni siquiera sabía cuántas veces lo hizo aquella mañana.
Inconscientemente, miró al techo al notar las miradas de la gente y vio caer copos de nieve. Sonrió con ironía. "Con lo bien que estaría en la Madriguera con la familia Weasley o con mis padres cerca de la chimenea...". Alejó el plato de ella y se levantó con todas las miradas tras de sí. Antes de llegar al portón, estornudó. Cho le dijo algo, pero no llegó a entenderla y salió de aquella sala llena de miradas inquisitivas.
Ser del trío más famoso de Hogwarts no ayudaba en nada al estar sola en aquel castillo. Todos los rumores se resumían en ellos tres, mejor dicho, en las relaciones amorosas de Harry, pero cuando sólo quedaba un integrante y éste era Hermione Granger, la cosa se complicaba. Todos los cotillas, en algún momento u otro, intentarían aprovecharse de la ausencia de sus amigos (y de su guardaespaldas personal, Ginny), para interrogarla sobre las últimas novedades del grupo. Y, como era de suponer, ella lo quería posponer todo lo posible.
Quedó estática en el amplio pasillo y pensó adónde dirigirse: si hacia las afueras, su Sala Común o a la biblioteca. Y siendo ella como era, desechó la primera por el frío, la segunda por los jóvenes cotillas y la tercera porque aquel era su sitio habitual, y por lo tanto sería el primer lugar donde irían todos a buscarla.
¿Acaso no había ningún rincón más en Hogwarts? Qué pregunta más estúpida. Agobiada, decidió sentarse en un peldaño de la escalera principal para decidir sin prisa. Tal vez dejar de pensar en el inesperado gesto de Chang ayudaría más a su cerebro a escoger una opción. No estaba nada acostumbrada a que la Ravenclaw más popular le saludara siquiera con un movimiento de cejas.
Dentro del Gran Comedor, en la mesa de Slytherin, varios chicos se peleaban por afirmar quién era el mejor equipo de quidditch Internacional. A su izquierda, se hallaban los demás, y, justo en medio del grupo de chicas de Slytherin, estaba Pansy, aburrida a más no poder y agobiada de las incesantes alabanzas hacia su persona por pertenecer al grupo de Draco.
Lo que hubiera dado Pansy por estar con sus padres en la mansión y no entre esas cuatro paredes llena de mestizos y sangre sucia. Pero no. Todo se tuvo que torcer en el último momento por culpa de su tío Perseus. Masticó con ganas el último trozo de tostada y no relajó el ceño ni un momento.
—Oooh —dijo una chica rubia de primero al poco tiempo después de ver salir a Granger—. Parece ser que la sangre sucia está triste porque ni sus padres la soportan.
Un coro de risas siguió a la broma cruel.
—Podríamos hacerle una visita más tarde.
—O ahora mismo —contestó otra, con ganas de reír.
—¿O qué tal si os calláis y me dejáis comer en paz? —replicó Pansy al tiempo que sujetaba un cuchillo para untar.
Todas obedecieron confusas. La única chica que parecía tener el coraje de contestar a alguien mayor a ella gracias a la superioridad que le daba ser la líder del grupo de las más jóvenes Slytherins, estuvo unos segundos dudando. Se colocó un mechón de su pelo caoba detrás de la oreja.
—¿No quieres ir a molestarle? Si tú siempre has... —calló en cuanto advirtió la mirada ácida sobre ella.
—Comer. En paz —siseó Parkinson entre dientes—. ¿Se entiende el concepto? ¿No? Mira —apartó el cuchillo que había estado usando hasta ese momento y levantó la tostada de mermelada recién untada—, ¿ves esta deliciosa tostada? Pues si no acaba en mi estómago, y para eso necesito mi boca cerrada para que las mandíbulas hagan contacto entre sí, acabará estampada en tu cara. Y el hecho de contestar a tus tonterías obliga a mi boca a estar abierta, porque no sé si estás lo suficiente evolucionada mentalmente como para comprender que los humanos no hablamos con las malditas orejas. La única excepción aquí sois vosotras que habláis con el culo, pero la explicación a esa cruel burla de la evolución la dejaremos para la próxima clase —levantó una de sus cejas para acentuar el "¿Sí?" y dio un gran mordisco sin romper el contacto visual—. Mmmh, deliciosa —asintió complacida—, ¿aun así quieres que te la tire a la cara? Que ya que hablas por el orto quizás también degustes por la frente.
El silencio en el grupo de chicas ayudó a escuchar el inútil intento por no reír de las Slytherins más leales a la líder, o a la que acababan de dejar por los suelos sin mucho esfuerzo. Ésta boqueó, y Parkinson continuó comiendo como si no hubiera pasado nada.
—E-entonces... ¿Vamos nosotras...? —esperó a la afirmación de Pansy, aunque nada más comprender que había vuelto a pedir una respuesta mientras masticaba, se levantó con urgencia del asiento.
La penetrante mirada de Parkinson recayó en ella; tragó lo que quedaba de pan en su boca. Y las Slytherins más pequeñas siguieron a la líder que hacía poco y nada se había puesto a caminar en dirección al portón.
Pansy bufó molesta y bebió un sorbo de... ¿de qué diablos era eso? ¿meado de duende? Durante esos segundos de tortura para su paladar, distinguió un objeto en la mesa de Gryffindor, exactamente donde Granger estuvo. Rodó los ojos y, con toda la parsimonia del mundo, se dispuso a preparar otra tostada.
El vello de Hermione se erizó al descubrir a un grupo de cuatro Slytherins salir del comedor. Al igual que la gente aprovecharía para preguntar, otros lo harían para meterse con ella.
Se irguió alarmada del escalón e intentó huir con dignidad. Casi.
—Pero mira a quién tenemos aquí. —saludó la que parecía la líder. Una chica de cuarto o tercer año, pelo caoba y rostro malévolo—. ¡Si es nuestra queridísima sabelotodo! ¿Dónde están ahora tus amiguitos?
—¿Nos conocemos de algo? —inquirió Hermione, dispuesta a salir sin problemas innecesarios.
—Sí, he aparecido en tus peores pesadillas.
Las Serpientes rieron y la acorralaron imponiendo con su presencia.
—¡Pero mira qué pelo! ¿En tu casa no existen los champús, sangre sucia?
—Puede que sean más pobres que los Weasley.
—¿Qué? ¿Es eso posible?
—Cariño, fíjate en su pelo y luego opina.
Hubo un momento de silencio para mirarla y volvieron a reír. Hermione se quedó callada, no le gustaban las peleas y menos que se metieran con ella, pero a pesar de ser más grande, esa banda de cobardes la superaban en cantidad. Sólo tenía que aguantar las críticas sin parecer débil y de esta manera lograría que el profesor Snape no le quitara puntos por defenderse... Porque estaba segura de que si lo hacía, las Slytherins acabarían bastante mal. Ella misma se encargaría personalmente de ello.
—Oh, Merlín, mirad sus uñas.
—¡Qué asco! ¿Te las muerdes, Granger?
—Si eso os da asco mirad sus medias ¡Están llenas de barro!
—¿Barro? Yo creo que es algo más... orgánico y apestoso.
Rieron con fuerza y las carcajadas se clavaron en la mente de la Leona. "Hermione, sabes que no es verdad lo que dicen, sabes perfectamente que... ¡Son simplemente palabras!"
—Asquerosa sangre sucia, no tendrías que estar en este colegio ¡No mereces la magia!
—Supongo que me hablará la que más Extraordinarios tiene del grupo —contestó ella.
Todas la miraron sorprendidas. Durante unos momentos, la Gryffindor pensó que había hecho bien en replicar y mostrar cierta resistencia, hasta que distinguió, desde atrás de su flequillo, las caras sádicas de las Serpientes.
—¿Qué has dicho?
—Yo-
—¡Contéstale!
—¡Eso!
Una la empujó y chocó contra otra. Ahí empezaron a tratarle como una pelota. En un momento dado, Hermione respondió y tiró a una al suelo. Mal asunto.
Notó como la tiraban del cabello y tuvo que arrodillarse a la fuerza. Empezó a enfadarse, sabía que de allí no se iría sin heridas, pero al menos con algo de orgullo. O eso pensaba ella hasta que la sujetaron las manos y la abofetearon con fuerza. La primera bofetada dolió, pero no tanto como la segunda que vio cómo la mano iba hacia su mejilla. Tuvo miedo de que empezaran a pegarle puñetazos. Era increíble que, en una escuela de magia, también ocurrieran esas cosas. Jamás hubiera pensado que llegarían a lo físico, ni siquiera sacaron sus varitas para atacar. Pero ella, por lo menos, intentaría defenderse.
La líder rió y le enseñó la varita, su varita.
—Vamos afuera.
Asintieron y la arrastraron de los brazos tapándole la boca hasta llegar a los jardines. Una de ellas la intentó arrastrar de los pelos, no obstante frenó al darse cuenta de que detrás de ellas, el portón que daba al Gran Comedor se abría ante la presencia de Pansy.
Parkinson tardó un par de segundos en interpretar lo que estaba viendo al final del Vestíbulo puesto que el movimiento de las cinco personas era demasiado confuso, y estaba demasiado alejada como para entenderlo en un vistazo. Con seriedad levantó el mentón, ofendida al observar cómo se ensañaban con la sangre sucia de una manera tan muggle y tan despreciable que en esos momentos únicamente lograba pensar en que aquellas Slytherins necesitaban un buen escarmiento. Pidió silencio a la pequeña Slytherin de primero que la había visto con el gesto de situar su dedo sobre los labios. Y, tal cual entró, Pansy dio un par de pasos y apoyó su hombro en la pared para observar todo desde la lejanía.
Y ocurrió lo que debía de pasar.
El orgullo de León estaba herido pero el de Granger, no. Ésta clavó su pie en el césped de los jardines para frenar en seco y dio una patada a su captora. Al tener las manos desocupadas, agarró su varita empujando a la líder y le lanzó un hechizo que le hizo crecer pelo facial. Todas desenfundaron sus varitas y la Leona se desplazó hacia su derecha en guardia. Un paso,... dos,... y... ¡Flipendo!
Las Slytherins atacaron sin protegerse y a una le dio de pleno. Al chocarse ésta contra la pared exterior del castillo, la muñeca se le torció dejándola inutilizable por el agudo dolor. Hermione dio un brinco hacia atrás, se cubrió y espetó el preferido de Ginny. Una chica rubia se lo tragó y otra recibió un Tragababosas. En cuestión de segundos, todas estuvieron ocupadas con sus problemas. La líder gritaba sin parar al no conseguir que el pelo parase de crecer. De longitud, su barba y bigote ya eran como los del profesor Dumbledore, e iba en aumento.
Hermione cruzó sus brazos satisfecha y miró a cada una, cerciorándose de que se daban cuenta de su orgullo, alegría y seguridad. Notaba cómo una devastadora satisfacción le recorría la mente.
Era extraordinaria aquella sensación de dominio y respeto, veía que la miraban suplicando, casi besando sus pies y pidiéndole que parase. Tenía a todas bajo control y su sonrisa se hacía notable al pensar que esas jóvenes no volverían a molestarle. Y pensó, seriamente, que al próximo ataque hacia su persona devolvería el golpe con brutalidad.
Quiso castigarles más y se acordó de otro embrujo. Alzó la varita.
—Suficiente.
Pansy le agarró su arma desde la espalda.
—¡Suéltame! —intentó conseguir movilidad sacudiendo el brazo, pero las Serpientes se alejaron llorando hacia la enfermería.
—Déjalas ir.
—¡¿Por qué?! ¡Ellas me atacaron, me humillaron!
—Ya tienen suficiente, Granger, estoy segura de que incluso te agradecen de que le hayas dado esa barba a la más idiota de todas para que se entretengan haciendo trenzas mientras se curan en la enfermería, ¿mh?
Hermione se retorció sin éxito. Pansy apenas se movió del lugar, únicamente aprovechó que estaba tras la espalda de la Gryffindor para bloquear sus sacudidas.
—¡No! Quiero que sufran lo mismo que yo —se quejó, gritando—. No tienes ni idea por lo que he tenido que pasar por culpa de vuestro estúpido juego de ser superiores en todo. Ahora yo reclamo mis minutos de venganza.
Parkinson imitó un bostezo de aburrimiento con el libro que llevaba en la mano libre.
—Vamos, Granger, ¿de verdad piensas que te servirá de algo ahora? ¿Te crees que ellas no querrán vengarse todavía más de ti si lo haces? ¿O entre todos esos motivos que se te pasan por tu mente para excusarte de que necesitas vengarte es porque en el fondo quieres ser uno de nosotros? Veo bien ese objetivo, eh, no me malinterpretes. Es tu decisión si quieres ser un prepotente y vengativo saco de ambición andante —Pansy sonrió de lado al notar que Hermione iba aflojando. No es que pensara que todos los Slytherins fueran como acababa de describir, pero tenía la sensación de que haberlo dicho de esa manera era la mejor forma para hacer dudar a la Leona—. ¿Nunca te has preguntado por qué en Slytherin hay tanto idiota? Es porque se nos da una oportunidad de poder y nos pasa como a ti. Nos emborrachamos con algo inexistente que creemos vital para sentirnos bien ¿Quieres castigarles más? Adelante, tú misma, después de quedarte tranquila, utiliza un Crucio para sentirte mejor y báñate en sus gritos de piedad. Después iré yo a visitarte a Azkaban y te buscaré por el nombre de Hermione Lestrange. Oh, vaya, menudo insulto acabo de hacer —se tapó la boca con la mano libre, fingiendo arrepentimiento—. Como el matrimonio Lestrange haya escuchado que he utilizado su apellido junto con el nombre de una sangre sucia me matarán...
Pansy fue soltando lentamente la varita, tentando el terreno y manteniendo la mirada en aquel pelo alborotado. Hermione seguía enfadada con la vista clavada en las escaleras.
—No tienes ningún derecho a decirme eso —murmuró, ignorando el último comentario y abrumada por estar notando el cuerpo de la Slytherin en su espalda. Frunció los labios al percatarse de que la Serpiente todavía no había soltado del todo su arma—. Has estado haciendo lo mismo que yo y ellas todos estos años.
—Lo sé, pero creía que con los sermones que vas dando a la gente para que estudie tenías una mínima de inteligencia en ese cerebro para no volverte una acosadora. Bastante patética si después te vas a arrepentir, por cierto.
La Gryffindor la miró mal y dio media vuelta al percibir su total liberación.
—Ten —le ofreció Parkinson antes de que se fuera—, y recuerda que los malos somos nosotros, no hay necesidad de que tú lo seas. Así que ni se te ocurra intentar quitarme el papel de la malvada de la historia, es mío, ¿te ha quedado claro?
Hermione vio ante ella su preciado regalo: el libro de curiosidades. Lo abrazó, se lo agradeció mentalmente y se fue de allí sin mirar atrás.
Pansy la siguió con la mirada hasta que desapareció de vista y segundos antes de que el portón fuera abierto de nuevo ante la presencia de un grupo de Ravenclaws. Los ojos café oscuro de Cho Chang se enfrentaron con los indiferentes de la Serpiente que ya había empezado a andar hacia las escaleras, hacia el segundo piso que era donde se hallaba la enfermería.
La escena con la que se topó Pansy era, más o menos, la que imaginaba. La enfermera Pomfrey se había ido a buscar plantas y las Slytherins estaban curadas, a excepción de la que recibió el tragababosas, que estaba vomitando alejada de las demás. No pudo evitar reír en su interior.
Se dirigió al grupo con una mirada ácida.
—Panda de cobardes —espetó—, esa forma de pegar a alguien sólo lo hacen los muggles, ¿o quizá queréis que los Slytherins os enseñen a base de duelos donde vosotras no podáis utilizar la varita?
Las acosadoras dieron un brinco, sorprendidas.
—Si no se hubiera defendido, ahora ella estaría aquí y no nosotras —malinterpretó la líder.
Pansy sólo atinó a alzar una ceja. Al llegar, dio un tirón a la chica que estaba encima de una cama y le dio una dolorosa bofetada.
—¿Alguna vez habéis visto a un Slytherin pegar de esa forma al retar a otro? Dais vergüenza ajena.
—Pero ella...
—Y lo que más me jode es que ella siendo sangre sucia peleara como una verdadera bruja, a base de hechizos y no haciendo una triste demostración de un duelo muggle.
—Creíamos que daba igual la forma de ganar —sollozó una chica rubia.
—Hay formas y formas, inútiles. Erais cuatro y sólo se os ocurre pegarla para demostrar superioridad. Si veis que en un duelo no podéis ganar, insultáis y os vais.
La líder mantenía una mano en su mejilla, intentando aplacar el dolor del bofetón. Parkinson acercó los labios a su oído, estrujando con ímpetu el cuello de la camisa durante el agarre.
—La próxima vez que hagas una cosa como esta a cualquier alumno de Hogwarts, te arrepentirás el resto de toda tu maldita vida escolar —siseó— ¿Te ha quedado claro? Gana en un duelo oral o mágico, pero no hagas la tontería de perder en tres segundos —alejó el rostro y colocó la mano libre en su cadera—. Tenéis mucho que aprender todavía, por lo que he visto.
La soltó y saboreó el miedo en aquella figura. Sin previo aviso, su compañera de Casa rompió a llorar. "¿Pero qué...?".
—Perdóname —gimoteó la líder—, sólo quería demostrar que podía ser como tú.
—¿Yo?! — "Pues no te queda en ganar belleza, chica", pensó con cierta repulsión.
—Quiero demostrarles a todos que soy como tú y que nadie puede vencerme, y...
Pansy no la escuchaba, sentía su murmuro a la lejanía pero le era imposible tragar esas palabras. Quizás Granger tenía razón: los Slytherins odiaban al trío dorado por su grupo, aparte de la sangre, evidentemente. Si eso fuera cierto, por esa regla de tres, es como si ella misma hubiera atacado a la come-libros. Y lo peor, hubiera perdido. "No, no, no soy como esa niñata", se autoconvencía, "Soy una completa Slytherin, fría, calculadora, ambiciosa, insensible... perfecta".
Notó un abrazo y no respondió, estaba ausente. Tenía que comprobar con urgencia si era más fuerte que Granger.
Al volver a la realidad, apartó de un empujón a la joven llorona que se derrumbó aún más ante el rechazo. Sus amigas no sabían qué hacer.
—¡Maldita sea —espetó la mayor, sacudiendo la ropa—, tengo toda la túnica llena de babas!
El llanto no cesaba y Pansy bufó. "Lo que hay que hacer..."
—Un Slytherin jamás llora delante de la gente, ni pide perdón porque nunca se equivoca y, sobretodo, jamás debe perder hasta que se hayan utilizado todas las maneras posibles, excepto la gilipollez que habéis hecho antes. Es para mataros.
Dicho eso, de su bolsillo sacó un pañuelo de bordes plateados y le secó las lágrimas con delicadeza.
—Inevitablemente —continuó—, hay momentos excepcionales como este.
Esbozó una sonrisa amable y se fue de allí. Al cruzar la puerta, su rostro volvió a ser serio. "Un Slytherin no muestra su forma de ser, sólo máscaras realistas y capaces de engañar", recitó las palabras de su madre mientras se colocaba el cuello de la túnica. De nuevo, su mirada encontró el camino más rápido para posarse en la Ravenclaw que subía las escaleras con tranquilidad.
La Slytherin frunció discretamente las cejas, preguntándose dónde había dejado Cho Chang su club de fans de Ravenclaw, y se dispuso a andar. Se cruzaron sin mirarse; Parkinson hacia el cuarto piso y Chang hacia la enfermeria para informarse de quién había recibido un Tragababosas (dejándolo todo hecho un desastre) y actuar como una prefecta debía de actuar.
Quince minutos después
Hermione respiró profundamente aquel olor a libro antiguo y se adentró a la biblioteca admirando el solitario lugar.
—Buenas tardes, señora Pince.
—Buenas tardes, señorita Granger, y felices fiestas.
—Igualmente —sonrió y caminó hasta un pasillo al azar.
En ese lugar se sentía muy bien. Solitario, silencioso, lleno de misterios y aventuras en cada libro. Una leve tristeza se apoderaba de ella al pensar que jamás podría acabar de leerlos todos, pero la olvidaba cuando estaba en su propio mundo, en su mente e imaginación. Y, en el único lugar en el que no estaba en guardia y podía viajar sin interrupciones, era ese. Su querida biblioteca.
Cerró los ojos, dejó la mente en blanco y se desplazó por el pasillo totalmente oscuro. Sus dedos tocaban los lomos de los libros y tarareaba una canción inventada y con melodía infantil. Estaba feliz en aquel recinto ya que de la puerta no pasaba ninguna preocupación personal, y, por supuesto, aquel incidente con las Serpientes no entró junto a ella. Continuó andando, incluso brincando. Hasta que oyó una débil risa. No abrió los ojos y esperó. ¡Tal vez fuera de la ogro malvada de su historia imaginaria!
No, alguien imaginario no podría haber tocado un hombro. Dio un chillido asustada y se giró buscando al causante. Gesto un tanto inútil teniendo en cuenta que aquel pasillo en particular estaba a oscuras por la lejanía de los ventanales.
—¿Parkinson?!
—Siento interrumpir tu momento de gloria, pero ahora mismo estás bloqueando mi camino para escoger un libro, si me permites...
Hermione se apartó ruborizada y entrecerró los ojos para averiguar quién era. Claramente, Parkinson no.
—¿Cho...? —preguntó, poco convencida.
La figura se enderezó después de elegir un libro cercano al suelo, y lo abrió. Sin mirarla, le regaló una preciosa sonrisa.
—Parece ser que Parkinson te tiene muy... ocupada —comentó, con voz suave.
—Sólo tuve unos problemas con Slytherins y...
—Ah, ¿fuiste tú quien hechizó a aquellas Slytherins? —su voz no denotaba sorpresa.
—Sí...
Cho cerró el libro y pareció meditar. Lo devolvió a su sitio cuidadosamente.
—¿Es grave? —dijo Cho al fin.
—¿El qué?
—El problema con ellas.
—Oh, no, no,... creo.
La asiática la miró divertida, sin llegar a reírse ni a burlarse.
—Supongo que te habrás dado cuenta, pero estás sola. Todos los miembros del Ejército de Dumbledore se han ido de aquí, excepto tú y yo.
—Sí, algo intuía —ironizó.
Cho continuó caminando y mirando libros, algo difícil por la carencia de luz. Aun así, iba cogiendo alguno, abriendo y dejando, mientras andaba con lentitud.
Hermione la vigilaba de cerca, atenta por si comenzaba a hablar. Maldijo por dentro a la Ravenclaw. Eso de caminar al haber dejado una conversación sin terminar era una técnica ruin para conseguir llevar a alguien hacia algún lugar o para mantener su máxima atención. Paró en seco al darse cuenta.
—Deberás solucionar tú misma los problemas que te ataquen, estos días no servirá huir de ellos.
—Eso también lo sé —y de nuevo, Hermione continuó andando junto a la asiática.
Cho sonrió para sí misma. La Leona era fácil de manejar por su temperamento.
—El único sitio seguro sería tu Sala Común, pero si las Slytherins quisieran atacarte te esperarían cerca del Gran Comedor, y, claro está, debes ir para comer.
—Es lógico, también lo había pensado.
—Estás vulnerable en las horas de comer, porque en las otras puedes estar en tu Sala.
—En realidad, sólo cuando bajo a comer y al salir.
La Ravenclaw asintió. Pareció interesarse por un libro carcomido que daba pequeños saltos por un embrujo mal conjurado de un alumno.
—¿Adónde quieres llegar? —inquirió Hermione.
—Te propongo que durante esos minutos, yo y mi grupo te fuéramos a buscar. Si quisieran pelea, al verte con gente no harían nada. Y menos con Ravenclaws acompañándote.
—Dices eso para no decir "y menos conmigo", ¿no?
La Ravenclaw rió entre dientes y empezó de nuevo a leer.
—¿A cambio de qué? —espetó Hermione.
—Veo que no te andas por las ramas... —susurró, ligeramente molesta—. Quiero la dirección de los Weasley.
—¿Para qué?
—Creo que eso es asunto mío. Es una buena oferta. Ah, y durante ese lapsus de tiempo nosotras no preguntaremos nada sobre... Harry —formuló el nombre con cierto dolor por los acontecimientos pasados— o cualquiera.
—Rechazo la oferta. Me parece innecesaria.
Se miraron mutuamente durante segundos eternos. Y Cho dejó el libro.
—¿Estás segura? Parkinson puede llegar a ser muy cruel.
—Ella no tiene nada que ver en esto.
—¿Cómo que no? Si alguien quisiera vengarse de ti por humillar a un Slytherin, sería ella.
—Pero eso no significa que...
—Ella te estaba buscando desde que salió de la enfermería y quise encontrarte antes —la confusa mirada que le regaló Hermione le hizo suspirar—. Al salir del Gran Comedor me encontré con Parkinson yéndose hacia las escaleras en vez de a las mazmorras que es donde está su Sala Común. No es que me pareciera muy raro, pero al ver babosas que iban desde los jardines hasta las escaleras es cuando empecé a sospechar. Ya sabes que soy bastante curiosa. Quise ir a la enfermería a informarme sobre el asunto para asegurarme de que nadie de mi Casa era el culpable ni la víctima. Fue allí cuando la volví a ver y después de hablar con esas maleducadas Slytherins, supe que Parkinson te buscaría para vengarse. Y, en fin, salí de allí, subí al tercer piso, entré en el retrato de Brutus Scimgeour y aparecí en el cuarto piso que es donde está esta biblioteca y donde esperaba encontrarte —se encogió de hombros para disimular la satisfacción de haberse adelantado a la Slytherin.
—Merlín, Cho, sabes que puedo protegerme yo misma. Y muy bien, he de añadir.
—Todos necesitan a alguien a su lado, incluso Hermione Granger. No me refiero sólo para luchar, sino-
—Bueno, ya, pero Parkinson no me hará nada. Punto.
—¿Y ese cambio? —preguntó confusa—, ¿Ahora resulta que Parkinson y tú sois mejores amigas?
Hermione arrugó la nariz, molesta.
—Vaya, vaya, vaya —unos aplausos burlescos se escucharon tras de ellas—. Al final resulta que dos de las chicas más populares de Hogwarts tienen siempre mi apellido en la boca. Qué gran honor —se permitió hacer una reverencia.
—Buenas tardes, Parkinson —saludó sin ganas Cho.
—Oh, vaya, si también tenemos a una invitada ¿Qué tal? —dijo, dirigiéndose a ella. Unió sus palmas e hizo una reverencia— Konichiwa, ni hao ¿Tú estal bien o ploblemas muchos?
—你奶奶是一个该死的的妓女
—¡Parkinson! ¡C-cho! Que no te he entendido pero seguramente no es un piropo —recriminó Hermione—. Comportémonos como adultas, las tres. Yo me incluyo.
—Está bien —Pansy levantó sus manos en señal de paz—, pero hay algo que molesta en este sitio.
—Cuando te vayas, desaparecerá esa molestia, tranquila —contestó Cho.
—Contrólate, la menopausia te está afectando, señora Yo-soy-la-mayor-aquí.
—¡Oye! ¿En qué habíamos quedado?
Hermione advirtió con la mirada a Pansy y a Cho para que callaran.
—Muy bien —siguió la Gryffindor—, ¿qué querías, Parkinson?
—Hablar contigo —Hermione esperó a que dijera algo—, a solas.
Cho parecía intranquila.
—Dímelo aquí, no importa.
—¿De verdad? —preguntó, fingiendo sorpresa. Hermione asintió— ¿Segura? Piensa que Chang está aquí.
—Va, que no tenemos todo el día.
Pansy, riendo al haber pensado en alguna broma cruel y desechándola al instante, tiró del brazo de Granger y la apartó de Cho.
Le dieron la espalda y comenzó a susurrar:
—Quiero retarte a un duelo.
—¿Por qué? No será por venganza a...
—Qué va —cortó, agitando la mano—, sólo quiero un duelo y nada más.
Hermione ladeó la cabeza, pensando en qué responder. ¿Qué bicho le había picado ahora?
—¿Cuál es el propósito de ese duelo?
—Ninguno, sólo quiero saber quién es mejor.
—Menuda tontería.
La Leona se zafó del agarre y desapareció del pasillo. No sin antes despedirse de las brujas. Antes de girar, una cobra apareció sin previo aviso delante suyo. Dio un salto hacia atrás y desenfundó su varita, apuntándola.
—Lo tendré por las buenas o por las malas —dijo Parkinson, retirando su varita—. Las buenas es que tú aceptes, las malas será sin que te avise y te obligue a defenderte.
—Entonces el duelo no será válido —contestó, molesta, sin apartar los ojos del reptil que siseaba. Con un movimiento parecido a un látigo, hizo desaparecer a la serpiente.
—Para mí, sí. Tú decides, te dejo un día, y mañana a las cinco de la tarde nos vemos en el descampado al lado del Invernadero —miró con repulsión a Cho—. Está de más decir que tú no estás invitada.
Se fue por donde vino sin despedirse. Al instante, la Ravenclaw miró a Granger con cara de "Te lo dije".
—No me mires así —se defendió—, no quiere un duelo por venganza.
—¿Y cuál es el motivo por el cual lo quiere? ¿Que se aburre? Hermione, ella es una Slytherin, nunca cambiará, siempre querrá lo peor para todos excepto para ella y sus conocidos sangre pura. No creas que tú eres una excepción.
Hermione calló, ignorando el consejo.
—¿Quieres que te ayude? —continuó Cho.
—No, sé defenderme sola.
—El orgullo te ciega. Es obvio que puedes contra ella, pero te recuerdo por no sé cuántas veces, que es una Slytherin. Intentará hacer trampas y sabes que estarás más segura si...
—Basta ya. No he pedido tu opinión, y vale, te agradezco que te preocupes por mí, aunque sé que sólo quieres la dirección de Ron y Ginny, pero he podido yo sola todos estos años.
—Has podido porque tenías a alguien a tu lado. Reconócelo. Hablo de la parte sentimental, no de retos, duelos y mil y una.
Hermione bufó.
—Aunque me acompañaras al duelo, no podrías hacer nada. Parkinson quiere que sea yo su rival, no tú.
—Por lo menos estaré más tranquila al saber que no hará trampas ni intentará matarte "accidentalmente".
La Gryffindor negó con la cabeza.
Antes de que Hermione se fuera de la biblioteca, tomó prestado un libro sobre hechizos prácticos para duelos. Llegó a la conclusión de que, si tenía que hacerlo, lo haría bien.
