Incidente en la biblioteca
—Hermione, queridísima amiga mía, ¿puedes hacerme un favor? Siendo tú es como un pasatiempo.
Ginny se inclinó con entusiasmo delante de la aludida. Hermione bufó, conociendo de antemano que tanto interés por parte de su amiga no era bueno.
—Necesito que me ayudes. Es muy importante, incluso vital —añadió.
Granger inclinó su cabeza, se preguntó por qué a las doce del mediodía de golpe necesitaba ayuda y suspiró recapacitando. Alzó la mirada.
—¿Qué clase de ayuda?
—¡Sí! Muchas gracias, 'mione, te debo una grande.
—Creo que no has contado las otras miles de veces que me has dicho lo mismo.
La pelirroja tragó saliva y volvió a agradecerle el gesto. Agarró de la muñeca a Hermione y la guió, con precaución de no ser descubiertas, por los amplios pasillos de Hogwarts; se escabulleron entre los escasos estudiantes y esquivaron a todos los Slytherins, a Peeves y a los innumerables contratiempos. Al final, con una sonrisa casi maligna de Ginny, entraron en el baño de Myrtle, la llorona.
La mayor entró sin ganas y con la mente en guardia por si la ayuda resultaba ser algo insinuante al tema de romper normas. Y, como siempre, su sexto sentido de la responsabilidad había acertado.
Hermione escudriñó con malos ojos el caldero situado cerca de la entrada de la cámara secreta. El brillo nacarado y las espirales que sobresalían del hierro no dejaban duda alguna de qué trataría el favor tan importante y vital.
—Ginny, dime que eso no es un filtro de amor.
La joven Weasley se escondió detrás del caldero con intención de protegerse de la reprimenda.
—Sé que está prohibido hacer pociones de amor y que conste que esta no es Amortentia, eh, pero aposté con...eeeh Lisa Turpin, sí, eso, los deberes del primer mes cuando empezara el curso. No querrás que una de tus amigas acabe muerta por exceso de trabajo, ¿verdad? ¡No contestes! Esa cara lo dice todo.
Hermione alzó una ceja y abrió la boca dispuesta a gritar. Y a preguntar quién demonios era aquella Lisa.
—Antes de todo, te recuerdo que si gritas, alguien podría descubrirnos y nos llevarían al despacho de la profesora McGonagall. Serías mi cómplice y yo lo afirmaría —se adelantó a decir Ginny.
—Lo tenías todo planeado, ¿no?
—Es lo que tiene vivir con una familia parecida a los babuinos: o tienes ojos detrás de la cabeza, o te estampan la mierda en la nuca.
—¡Ginevra Molly Weasley!
—¿Ves? Hasta en Hogwarts parece que mi madre me siga. Por favor, Hermione, sólo tienes que ayudarme a hacerla...
—No. ¿Y quién es Lisa Turpin?
—Un poquitín, venga, falta poco para terminarla. Y Lisa es una de las amigas de Cho, mira que no intentar entablar conversación con nuestro nuevo grupo... Aunque eres Hermione, claro, todo encaja.
—De la palabra "No", ¿qué es lo que no entiendes? —refunfuñó hastiada.
—Te prometo que no volveré a apostar ni a romper ninguna norma.
Hermione clavó sus ojos en los de ella y, luego de unos segundos eternos, asintió.
—Ni una más, ¿de acuerdo? ésta será la última vez que te ayude si vuelves a incumplir la promesa.
Myrtle salió de entre los retretes para saludar a Ginny, quien le sonrió mostrando una foto de Harry.
—Oooh, qué guapo sale en ésta sin camiseta.
—Cortesía de mis hermanos, ha sido tomada en una habitación de la Madriguera este verano mientras se cambiaba así que es única en todo el mundo, y la tienes tú.
—Ooooooh.
—¿D-de qué va todo esto? —Hermione miró, atónita, a ambas.
—Hice un pacto con Myrtle: si no le decía a nadie que estaba haciendo una poción en su baño y asustaba a todo el que quisiera entrar, yo le traería fotos de Harry.
—¡Cuélgala en la pared del último lavabo! Va, va, va, va, va.
El fantasma pretendía empujar a la pelirroja al tiempo que ésta intentaba calmarla entre carcajadas. Cuando las dos desaparecieron dentro de un cubículo, la mayor se acercó a la poción casi hecha y examinó todos los materiales, chasqueando la lengua.
Agarró el trozo de pergamino que indicaban las instrucciones de aquel filtro de amor tan simple y empezó a remover delicadamente, a introducir ingredientes y a admirar su obra. Al acabarla, se levantó para escuchar risas y comentarios un poco subidos de tono "¿La próxima podrá ser en calzoncillos? O-o mejor, ¿sin nada puesto? Sería increíble, Ginny", "Bueno, intentaré una con calzoncillos, pero será la última porque no necesitaré más el lavabo, aun así te iré dando compañía si quieres"
Hermione carraspeó y la menor de los Weasley salió de donde estaba.
—¡Oh, sí! —dio una palmada y se frotó las manos—. Ahora Lisa tendrá que hacer mis deberes y tragarse sus palabras.
La joven Weasley guardó una muestra y sonrió con picardía a Hermione.
—¿No quieres? Para algún amor secreto o algo... Que aunque no tenga tanto poder como la Amortentia, sigue siendo potente.
Granger negó rotundamente mientras inspeccionaba, asomando la cabeza por la puerta, el pasillo del segundo piso. Ginny tiró el sobrante por un retrete y, lentamente, una fragancia vagó por el aire y se filtró en el olfato de Hermione.
El aroma se dispersó en sus sentidos, la embriagó sin piedad y resquebrajó todas sus defensas sentimentales. Al olerlo, Hermione deseó estornudar y hacerlo desaparecer de su mente, de enviarlo lejos de ella y de su consciencia porque ésta empezaba a emborracharse de la inusual fragancia compuesta por los olores de un prado humedecido por el rocío matutino, frambuesas silvestres despanzurradas y a tormenta de verano. Su cuerpo se relajaba cada vez más y su voluntad se dormía a los segundos de presenciar aquél exquisito perfume. De inmediato, sacudió la cabeza con miedo.
¿Quién deseaba perder el juicio por culpa de un aroma proveniente de una mezcla de olores?
—Hermione, ¿estás bien?
La aludida entreabrió los ojos todavía cautivada y los posó en la joven pelirroja.
—Sí, sí... lo siento. Me despisté.
Su compañera asintió y abrió de par en par la puerta.
—Voy a llevar los materiales a mi habitación, ¿vienes?
Hermione negó con el rostro escondido entre sus manos.
—¿Te duele la cabeza?
—Sí, pero no pasa nada, iré a dar una vuelta.
Ginny se conformó y desapareció del campo de visión de la Gryffindor. Hermione seguía en la misma postura recostada contra la pared. Su mente no paraba de dar vueltas:
"¿Se puede saber qué...?"
Golpeó sus mejillas y se dispuso a dar la vuelta deseando que el dolor se disipase.
A cada paso que daba por el castillo, le parecía estar en el infierno. Todo tipo de susurro la golpeaba con fuerza en la cabeza y, por si fuera poco, a cada olor que percibía, se detenía para asegurarse de que no era el que antes la había afectado. Si Hermione no fuera Hermione, ella misma diría que ese estado era similar al que se tiene al día siguiente de haber bebido alcohol sin parar.
La necesidad de encontrar un lugar tranquilo y vacío la guió por los pasillos hasta llegar a la biblioteca. Feliz de no escuchar ni oler nada especial, puesto que el olor a humedad y polvo ya lo tenía asumido, se sentó en la primera silla que tenía al alcance, apoyó su cabeza en sus brazos y se acomodó.
El silencio era sepulcral, algo que a Hermione le encantaba, el sol parecía bailar sobre las mesas y, en ciertos momentos, parecía burlarse de las personas que se mantenían encerradas en el castillo sin aprovechar el día. Hermione respiró profundamente complacida.
—Vaya, ¿a quién tenemos aquí? ¡Oh, pero si es Granger! Qué raro encontrarte en la biblioteca... Aunque, sinceramente, me viene bien que estés aquí.
La Gryffindor abrió los ojos sorprendida y los guió hacia el interior de la biblioteca. Al descubrir al causante, se irguió. El dolor de cabeza volvía a estar presente.
—¿Qué has hecho ya, Parkinson? ¿De nuevo rompiendo normas?
La Slytherin, con una sonrisa malévola, se subió en una mesa. De pie, desenfundó su varita y señaló a la nada.
Desde aquella distancia, Hermione era capaz de distinguir la pulcra manicura que llevaba Parkinson. No le sorprendió lo más mínimo, de siempre la Serpiente cuidaba su imagen personal con mucho esmero. No había día que no se presentara con la cabellera rozándole los hombros sin que brillara por sí misma, o con el uniforme sutilmente modificado con la falda un par de dedos más por encima de lo usual, los calcetines negros hasta las rodillas que utilizaba en vez de las medias reglamentarias o la camisa desbotonada de forma casual.
Envidiaba la feminidad que ella desprendía con tan solo caminar, aunque bien sabía Hermione que tenía unas ganas tremendas de darle un puñetazo a los labios que nunca carecían de un brillo rosado. Quizás el brillo para labios de color morado le sentaba mejor. Hermione sonrió internamente por el pensamiento.
—Dime, Granger, ¿quién hay en la biblioteca?
Hermione viró a ambos lados.
—Tú y yo.
—¿Y quién suele desobedecer las reglas?
—Tú.
—Bueno, en cierta forma sí, pero si añadimos "Yo vi a Granger con Weasley buscando algo", la cosa cambia, ¿verdad?
Pansy cruzó sus brazos con la varita en alza.
—¿Adónde quieres llegar, Parkinson?
—He estado buscando por aquí la receta de alguna poción de amor cutre que se pueda hacer en un momento y, como no puedo contárselo a la vieja Pince, tengo que buscarla sola.
Hermione desvió los ojos hacia la mesa central, lugar donde debería estar Madame Pince.
—Tranquila, no la he matado, está buscando a un Slytherin que se ha llevado un libro sin permiso, con mi permiso, claro.
"Típico de ella", pensó Hermione. Repasó la figura de Parkinson, desconfiada de lo que pudiera hacer con la poción.
—¿Para qué quieres una poción de amor?
—Hice una apuesta con Weasley y Malfoy.
—¿Weasley? ¿Con Ron? Pero si...
—No, con la otra traidora, Ginny Weasley —"Será...", pensó Hermione "Me la ha vuelto a jugar"—. Por tu reacción, parece ser que te ha engañado, ¿no?
La risa de Pansy retumbó entre las polvorientas estanterías.
—¿Quieres vengarte de ella? Entonces ayúdame a prepararla —propuso.
—No pienso ayudar a nadie más; vuestras apuestas no son las mías.
—Muy bien, me apuesto una poción de amor a que no puedes ganarme en un duelo. Aunque en el anterior que tuvimos se vio claramente quién era mejor.
La provocación hizo mella en el orgullo de León, ¿cómo se atrevía a echarle en cara su triunfo cuando la traicionó después de pactar que era un empate? El constante palpito de la cabeza que dejó la fragancia comenzaba a intensificarse y, para rematar, la Slytherin se mofaba de su habilidad. Clavó sus ojos en los de Parkinson.
—Si gano yo, ¿qué pasaría? —contestó Hermione, cayendo en las provocaciones de la Serpiente. Era una oportunidad de oro para ganarla en un duelo.
Pansy dio unos toques a sus labios con la varita, pensando en la respuesta. Esbozó una débil sonrisa al caer en la cuenta de lo fácil que era llevar al límite a la más responsable de los Leones, ¿nunca aprendería de lo peligroso e irresponsable que era jugar con Slytherins?
—Lo que quieras.
—Está bien, dejarás de molestar a todos los alumnos de Hogwarts, pararás de hacer apuestas, de romper normas y de burlarte de los Gryffindors y de mi nuevo grupo.
—Oye, eso es mucho.
—Pensé que estabas segura de que ganarías.
La Slytherin rió por el comentario acertado.
—Propuesta aceptada, Doña Jardinera.
—¿Dónde y cuándo es el duelo? —Hermione sonrió con mofa, mostrando su bravuconería.
—Aquí y ahora.
Un hechizo salió disparado de la varita de Parkinson. Hermione giró bruscamente la cabeza siguiendo el haz de luz que dejaba el hechizo hasta que impactó en una de las estanterías, desenfundó su varita y se preparó.
Al regresar su atención hacia Pansy, esta ya no estaba encima de la mesa.
—Éste duelo es especial —oyó decir a Parkinson, escondida en algún recóndito lugar—, nos moveremos por la biblioteca y atacaremos sin que la otra se dé cuenta. No vale conjurar maldiciones ni hechizos graves. Ah, y no te preocupes, antes de que vuelva tu mejor amiga bibliotecaria lo arreglaremos todo lo mejor que podamos.
Hermione, al escuchar la frase, se agachó a la vez que un Diffindo siseó cerca de su oreja, provocando el corte de un mechón de pelo.
—¡Dijiste que nada de hechizos graves! —se quejó la Leona, detrás de una estantería que servía de escondite.
—¡El Diffindo no es grave!
—Podría haberme hecho mucho daño si me llega a dar, estabas muy cerca de mí, ¿o no te acuerdas de la herida que me hiciste?
—No sabes si lo habría hecho, charlatana.
Hermione salió de su escondite a la vez que Pansy, y la castaña señaló un corte profundo y largo en la estantería junto con la cicatriz de su brazo del anterior duelo. Decenas de hojas de libros rotos estaban esparcidas por el suelo.
Las dos volvieron a su lugar, ocultándose.
—Eeeh, sí, mejor no utilizar ese conjuro.
Hermione sonrió conforme y gateó entre las estanterías mientras los estallidos que chocaban contra la pared dejaban caer restos de piedra; desvió un hechizo y se lo devolvió a su dueña. Éste alcanzó la mesa que servía de refugio a Pansy y se desmoronó al instante en que ella cambiaba de escondite.
La Slytherin corrió hacia Hermione y las dos se colocaron contra la misma estantería, sólo estaban separadas por los libros. Pansy conjuró un Ascendio y Hermione un Estallido contra los libros. Los escritos cayeron con fuerza contra el suelo en orden sincronizada y Pansy se vio saltando hacia la parte donde se encontraba su oponente. La Leona cambió de pasillo de estanterías y corrió hacia la mesa central para esconderse allí. Pansy la siguió a la misma velocidad en el pasillo paralelo.
Se pudieron ver entre los espacios que dejaban los muebles y Parkinson notó cómo Granger frenaba de golpe y la apuntaba dispuesta a ganar. Se tiró al suelo antes de que el hechizo la tocara y, justo en el momento en que Hermione volvía a señalarla, la Slytherin lanzó un Desmaius.
La Leona atrajo una estantería hacia ella y frenó el hechizo. Cuando quiso contraatacar, no pudo distinguir a Parkinson: una espesa niebla cubría toda la biblioteca y no se podía ver más allá de las manos.
En guardia, Hermione continuó andando en dirección al pasillo principal. Sus ojos furtivos buscaban un movimiento; notaba cómo el corazón le iba a mil y la sonrisa se le escapaba de sus labios.
Por increíble que fuera, Hermione Granger estaba disfrutando detonando libros y destrozando su sitio favorito.
Al llegar al pasillo principal, el humo se disipó de golpe y un gran estallido provocó la caída de todas las estanterías como si fueran piezas de dominó.
—¡Por las barbas de Merlín! Señorita Granger, ¿se puede saber qué está haciendo en esta pobre biblioteca?
Hermione se giró confundida y descubrió a Madame Pince con un enfado notable. Ésta llevaba un libro en la mano y le acompañaba un Slytherin de primero que intentaba zafarse de los dedos que agarraban la parte de la nuca de su túnica.
—Yo... ¡Yo no hice nada! —se defendió la Gryffindor, alzando sus dos manos.
Miles de hojas de libros rotos caían con elegancia y lentitud sobre ellos como si fueran copos de nieve. Hermione agachó su cabeza abochornada, escuchó unos pasos rápidos y la profesora McGonagall junto con el profesor Snape entraron en escena posando sus ojos en la única figura que se encontraba en la sala aparte de Pince y el Slytherin.
Hermione balbuceó intentando buscar palabras.
—Señorita Granger, acompáñeme. Severus —la profesora indicó a Snape, con un golpe seco de cabeza, al Slytherin para que se encargara de él.
La joven asintió sin ganas y la siguió mientras las hojas continuaban cayendo a sus espaldas.
Por los pasillos y con el dolor de cabeza incrementando, la Gryffindor iba arrastrando los pies como un moribundo, deseando que la charla acabara cuanto antes.
"¿Por qué siempre caigo en sus patrañas?, ¿Por qué soy tan idiota?"
—Señorita Granger —nombró la profesora, buscando su atención—, entre aquí.
McGonagall abrió la puerta de una clase e invitó a Hermione, después entró ella.
—¿Se puede saber qué hacía en la biblioteca?
Hermione continuó con la cabeza agachada sin querer decir nada, pensando en alguna excusa.
—¿Había alguien más en la biblioteca?—La joven bruja negó con la cabeza— ¿Está segura?
—Sí, no había nadie, sólo estaba probando un hechizo y... salió mal.
La profesora bufó disimuladamente.
—De acuerdo, espero que sepa que esto no pasará desapercibido, por lo tanto, veinte puntos menos para Gryffindor y ésta infracción, y espero que no haga falta escribir más, quedará escrita en su nuevo expediente. Haga el favor de no meterse en más problemas si no quiere ser expulsada por Dolores Umbridge. No le dé más motivos, ella misma ya se encarga de buscarlos.
—Sí, profesora.
McGonagall desapareció por la puerta y Hermione la siguió con aire decaído.
—Buenos días, señorita Parkinson —saludó la profesora al pasar cerca de la joven, quien estaba apoyada en la pared del pasillo. McGonagall entrecerró sutilmente los ojos con perspicacia.
—Buenos días, profesora McGonagall, ¿ha ocurrido algo?
—Nada que no se pueda arreglar.
—Me alegro, que tenga un buen día.
Hermione la fulminó con la mirada. Después de que la profesora se alejara, Pansy entró al aula arrastrándola del brazo.
—¡¿Por qué no has dicho nada?! —susurró la Gryffindor con voz rasgada.
—Eh, eh, frena, no pienso dar mi cara por alguien como tú, ya tengo en esta mierda nueva de los expedientes "Ataque a Hermione Granger en un duelo no oficial".
—¡Pues que sepas que yo la he dado por ti! No le he dicho que estabas, cabeza hueca, prepotente e ¡im-IMBÉCIL!
Antes de salir corriendo, Hermione notó que la mano de Pansy se lo impedía, arrastrándola de un tirón provocando que ambos torsos toparan con cierta fuerza. Granger se ruborizó irritada por el fracaso de su huida y apoyó su mano libre en el hombro de Parkinson, intentando zafarse del agarre.
La Serpiente conservó el rostro serio mientras frustraba los nuevos intentos de liberación manteniendo el brazo de Hermione detrás de su propia espalda.
—¿Por qué no me has acusado cuando te ha preguntado?
La Leona la miró con desdén y la cara completamente roja.
—Aunque te parezca raro, hay personas como yo de honradas en el mundo. Sólo que tú no nos tienes en cuenta.
Hermione sacudió el brazo varias veces. Al ver que no lograba su objetivo de soltarse, tuvo que pasar la mano libre por el lado contrario al agarre, produciendo un abrazo indeseado, y empezó a forcejear con los finos dedos que agarraban su muñeca.
Durante aquellos segundos de forcejeo, Hermione debía de ladear ligeramente la cara para no tocar la mejilla de la otra y poder ver a través del hombro cómo tenía que mover sus manos para soltarse. Con esfuerzo a más de decir un audible "¡Sí!" consiguió liberarse y dar unos pasos hacia atrás con una expresión de asco dirigida a la Slytherin.
Ante el gesto de repulsión, Parkinson se adelantó y salió del aula; al cerrar de un portazo, Hermione dio un respingo y sus mejillas fueron tomando color, más si cabía, por la rabia.
Se quedó quieta en aquella clase, atravesando la puerta con la mirada e intentando asesinar a Pansy mentalmente. "Tranquila, tranquila, tranquila, tranquila..."
Tiempo después de aguantar la respiración para no gritar y de aflojar los puños, se sentó apoyando su espalda en la puerta, ¿Cómo era posible que alguien la sacara tantísimo de quicio?
La puerta se abrió con dureza tirándola al suelo de bruces.
—Me debes una poción de amor, sangre su... ¿Qué haces en el suelo?
—¡¿No puedes tocar antes de entrar?! —gritó, abochornada.
—Es evidente que no.
Hermione se levantó ofendida, chocó su hombro contra el de Pansy y atravesó la puerta con la cabeza exageradamente alta. La Slytherin salió al pasillo, divertida por la situación.
—A la una de la noche en el baño de Myrtle.
—Espérame sentada, Parkinson —replicó Hermione lejos de ella.
—Pobre McGonagall, qué decepción cuando se entere de que su alumna preferida ayudó a una traidora a la sangre a romper una de las normas... Segunda infracción en tu expediente; segunda razón para que el que decida si darte tu trabajo ideal en un futuro no te contrate.
Las pisadas de la Gryffindor dejaron de oírse.
—No tendré tiempo de acabarla para la una, ni siquiera tengo los ingredientes.
—Veo que sólo respondes con amenazas, Granger.
—Cállate, yo también puedo amenazarte con decirle a McGonagall que estabas en la biblioteca y sería tu segunda infracción apuntada.
—No hay pruebas.
—Soy Hermione Jean Granger.
—Y creía que Granger cumplía sus promesas por el tema del honor y amor propio —hizo una pausa para dejar que el comentario se implantara en su mente—. Vendrás para prepararla allí y cuando la tenga en mis manos, olvídate de mí.
—Tranquila, ya estás más que olvidada; pero no pienso ir.
—Me da igual lo que hagas antes, estaré allí a la una y tú deberías. Que tengas pesadillas, sangre sucia.
—Duérmete para siempre, señorita Parkimbécil.
Cada una giró en dirección a su Sala Común con una sonrisa falsa en sus rostros.
"Ginny, antes de matarte, necesito tu ayuda para conseguir los ingredientes y no quedarme en el lavabo", pensó Hermione a cada paso enfadado que daba.
Espero que os haya gustado :D ¡Nos leemos la próxima semana!
