Pociones en el segundo piso

—Estás loca, no pienso ir al despacho de Snape para conseguir los ingredientes de tu filtro de amor, y menos para Parkinson —contestó Ginny, tumbada sobre un sillón de la Sala Común—. ¿Por qué aceptaste el maldito duelo?

—Si estoy en este lío es por ti, si mal no recuerdo —se quejó Hermione.

Ginny se reincorporó molesta.

—¡Ahora no me eches la culpa de que Parkinson te chantajee! Has quedado para prepararla a la una, pues ve y no te compliques la vida.

—No, no quiero estar a solas con ella y menos después de decirle que no iría. Podrías ir tú y cancelar la apuesta...

—Dudo que ella quiera cancelarla.

—Me debes una, ¿recuerdas?

La joven Weasley tragó una rana de chocolate y lanzó el cromo por los aires. Al rozar éste el suelo, la pelirroja bufó.

—De acuerdo, vamos las dos de excursión al despacho del loco de pociones. Un maravilloso viaje, sí —gruñó.

Hermione sonrió y Ginny la miró de reojo.

—Con lo que vamos a hacer romperemos más normas que si fueras sólo al lavabo a preparar el filtro y, aun así, sonríes.

—Comparado con estar a solas con esa víbora, me parece mejor opción.

Ginny, se encogió los hombros soltando un "Tú sabrás" y desapareció por las escaleras de los dormitorios. Regresó con dos capas negras, le lanzó una a Hermione.

—¿Te parece bien hacer de fantasmas? —bromeó, colocándosela—. Ojalá que mientras estaba en la Madriguera hubiera caído en la cuenta de llevarme la capa invisible... En fin.

Media hora después

—No respires tan fuerte, 'mione, nos descubrirán —susurró Ginny.

—Lo siento, pero ir a las mazmorras sin capa de invisibilidad es un suicidio estudiantil.

—¿Ahora es cuando te arrepientes? Son las doce, tienes tiempo de retroceder e ir allí...

—¡No! Ya estoy más tranquila, continuemos.

—Vale que odies a Parkinson, igual que todos, pero incluso yo elegiría antes ir a prepararla sin complicaciones.

—Pues tendré la intuición del peligro estropeado, porque ir allí con ella es peor que gritar a todo pulmón en el despacho de Snape.

—Lo que yo decía, estás loca, al igual que Umbridge, ¿a quién se le ocurre mantener las patrullas nocturnas de los prefectos si apenas quedan? ¿Crees que es porque nos odia a todos y desea castigarnos incluso en vacaciones? Porque eso es de ser una hija de- ¡Ahora!

Ginny tiró de la manga de Hermione cuando vio a Filch salir de las mazmorras. Se escondieron tras una armadura y se arrastraron por el suelo hasta abrir lentamente la carcomida y gruesa puerta. Las dos suspiraron cuando no sintieron ningún chirrido. Al entrar y cerrar la puerta con cuidado, se levantaron sonriendo y con la vista clavada en la madera.

—No nos alegremos aún —dijo Hermione, sin poder contener el alivio.

—Lo sé, lo sé, pero me ha hecho gracia emocionarme por abrir una puerta vieja.

Al girarse hacia el pasillo se dieron cuenta de su estupidez. Todo estaba ligeramente iluminado por unas antorchas, provocando sombras escalofriantes. Las armaduras parecían preparadas para la batalla, en cada rincón oscuro aparentaba haber nebulosas y en los techos se apreciaba el moho, más al fondo, seguramente, habría goteras que repiqueteaban el suelo mugriento.

—Da... miedo por la noche—Hermione tragó saliva.

—Más miedo dará si nos encontramos con "algo".

—Calla, no quiero pensar ahora.

—Difícil viniendo de ti.

Hermione clavó sus ojos en los de Ginny y ésta alzó las manos en modo de disculpa.

—Si oyes algún chillido, no te asustes, según he escuchado provienen de las celdas —dijo la pelirroja.

Los bucles de la melena de la mayor acariciaron las mejillas de la joven Weasley por el movimiento que hizo Hermione al agarrarle del brazo. Sinceramente, las historias paranormales eran su punto débil a pesar de coexistir con fantasmas en aquel castillo. Empezaron a caminar a pasos lentos.

—Ah —continuó susurrando—, pero si oyes cadenas entonces corre, que será el Barón Sanguinario y si nos pilla, podemos darnos por muertas.

Al final de la frase Ginny escondió una sonrisilla.

—O peor, expulsadas. —concluyó Hermione—. Oh, hablando de ser expulsadas, ¿habías escuchado sobre los expedientes? Este decreto es nuevo y me preocupa que Umbridge vaya a más con las nuevas normas.

—¿Te refieres al expediente donde apuntan cada infracción cometida? ¿Qué número de decreto es? ¿Quinientos veintitrés? —rió en voz baja, añadiendo un par de insultos dirigido a la Suma Inquisidora.

Hermione asintió, conteniéndose la sonrisa.

—Sí —continuó Ginny—, me enteré cuando McGonagall encontró al culpable de intoxicar las plantas del Invernadero 1, resulta que se equivocó de fertilizante... Novato en repaso de navidades —gesticuló con desdén—. Quieras que no, esta nueva forma de "castigo" impedirá que haya más problemas y accidentes, es un poco drástica pero efectiva. Aunque, hasta que no nos acostumbremos a ello no pararemos, y por eso mismo estamos nosotras dos a la doce y pico en las mazmorras a punto de preparar una poción prohibida.

—La profesora McGonagall me advirtió de ello al encontrarme en medio de la biblioteca cuando ésta estaba completamente... —Hermione buscó una palabra que pudiera definirla—...caóticamente reventada. Cuando me di cuenta, las estanterías empezaron a caer como piezas de dominó, justo cuando entraba la señora Pince y sólo estaba yo a la vista.

—¿Esa definición existe? —recibió como contestación un encogimiento de hombros—. Maldita Parkinson... Apuesto diez sickles a que el desastre de tirar todas las estanterías fue planeado para que la ayudaras con la poción. Sin duda alguna. Quizás hasta ya tenía pensado ese plan desde que te vio en la biblioteca, ésa imbécil es más astuta de lo que parece, bfff.

—Parkinson —bufó, repitiendo el nombre—. Y por cierto, me volviste a engañar... No apostaste con Lisa.

—Ey, tenía una buena razón, si te decía la verdad jamás hubiera logrado acabar con la apuesta. Y espero que Malfoy no vaya en busca de tu ayuda.

—Creo que ya tiene la poción —Escuchó una queja por parte de Ginny—. Ayer vi cómo conversaba con uno de Ravenclaw, y todos saben que si él habla con alguien fuera de Slytherin es por "negocios".

—Vaya...

—¿Puedes explicarme de una vez en qué consiste todo esto? Nos estamos jugando nuestra estancia en Hogwarts y aún no puedo creerme que yo esté en medio.

—Todo empezó cuando vi a Parkinson y a Malfoy adelantando un trabajo de pociones cuando fui a acabar los dichosos deberes en la biblioteca. Y bueeeno, más tarde en el pasillo un insulto llevó a una risa, un hechizo a un duelo y un duelo a una apuesta. Y aquí estamos.

—¡Por Merlín! Sois... sois... No tenéis descripción, ¿cómo es posible que no os importe ser expulsados?

—Mis hermanos me enseñaron la lección más importante que te pueden dar: Si no recibes un castigo, señal de que lo haces de puta madre.

—¡Menuda idiotez! —puso los ojos en blanco a la vez que chasqueaba la lengua.

—Puede ser, pero de momento me va de maravilla.

Continuaron el camino sin hacer ruido y con su atención al máximo. Después de algunos sustos por el movimiento de armaduras encantadas y de otras cosas que Hermione no quiso descubrir, llegaron a la puerta del despacho de Snape.

—¿Crees que está encantada y que si la tocas viene Filch o Severus? —inquirió Ginny, escudriñando las bisagras.

—No lo sé, pero dudo que no lo esté porque otras veces ya han entrado. ¿Probamos de lanzar un hechizo a ver qué pasa?

Ginny, antes de que Hermione sacara su varita, agarró el pomo y lo apretó con fuerza. De repente, empezó a convulsionarse y hacer ruidos extraños con la boca, su mirada se perdió en el techo y sus pies comenzaron a bailar. Hermione, después de dar un silencioso chillido, dio a Ginny un golpe en la cabeza.

—¡Qué susto me has dado!

La pelirroja se tapó la boca con una mano para evitar reírse fuerte y entró al despacho.

—Es inevitable no hacerte enfadar, la cara de vieja cascarrabias que pones es demasiado tentadora.

—Te recuerdo que llevo la varita encima.

Ginny hizo el gesto de cerrar una cremallera en sus labios.

—Bien —dijo la joven Weasley sacando un trozo irregular de pergamino—, hora de buscar ingredientes.

Las dos miraron el trozo de pergamino y Hermione memorizó la parte que le tocaba buscar. Cada una fue indagando con la varita en alza. El Lumos maxima se oía en el despacho y la luz parecía que fuese tragada por la densa oscuridad en décimas de segundo.

—¿Lo tenemos todo?

—Sí —Hermione colocó una botellita pequeña al lado de los demás ingredientes.

—¿Te parece bien hacerlo en la clase de pociones? Quiero decir, si nos los llevamos fuera de las mazmorras tendremos que volver.

Hermione asintió y recogió todo, a la vez que Ginny la seguía por el pasillo.

—Sólo espero que la clase sea menos escalofriante que por el día.

—Sigue soñando.

Más tarde

—¿Qué hora es? —preguntó Hermione, removiendo la poción.

—Las doce y media.

La castaña bufó.

—¿No da tiempo? —Ginny frunció las cejas, preocupada.

—Terminaré la poción a la una menos cuarto, así que entre que recogemos, limpiamos, salimos de aquí y subimos las escaleras, dudo que lleguemos a tiempo.

—Yo me encargaré de ordenar los ingredientes en la estantería y de limpiar el material, mientras tanto ves tú al baño. Procura correr de puntillas, suele hacer menos ruido.

—No pienso correr para llegar a tiempo, que se espere.

"Claro que vas a correr, con lo perfeccionista que eres...", pensó Ginny, observando las espirales. Hermione se sentó jugando delicadamente con el humo; sus dedos se entrelazaban con el vapor y su soplo lo desestabilizaba formando nuevas formas. La Leona comenzó a dibujar en él. Sonrió y de nuevo se perdió en sus pensamientos, como por ejemplo, ¿por qué siempre caía en las patrañas de la pesada de la Slytherin?

—'mione —Hermione pareció volver a la realidad—, son menos diez.

—¡Por Merlín, Ginny! Podrías haber avisado antes.

Se levantó con rapidez y tiró varias botellas al chocar su cadera contra el filo de la mesa. Con las manos intentó parar el líquido que se escurría hacia el suelo desgastado.

—No, no, no, ahora no —murmuraba mientras la risa disimulada de Ginny se filtraba por sus oídos.

—¡Ginny!

Weasley negó con la cabeza y Hermione, con un movimiento de varita, tuvo las botellas intactas sobre la mesa. El Reparo no funcionó en la mancha de su túnica, aunque no dudó en utilizar un Fregotego para ello.

—Ves al baño, yo me quedaré a limpiar todo este... desastre, luego ordenaré los ingredientes —dijo Ginny, a la vez que rellenaba una probeta de filtro de amor y se la daba a su amiga.

Hermione le dio las gracias y desapareció apresurándose por los oscuros pasillos con el recipiente pequeño en la mano. Ginny suspiró.

—¿Ves cómo correrías? —susurró más para sí misma que para Hermione.

Eran la una menos cinco.

Hermione corría por el castillo en dirección al segundo piso, intentaba ir de puntillas para eludir cualquier ruido traicionero y, a la vez, sus dedos peinaban la melena rebelde que no paraba de moverse por la velocidad.

Frenó de golpe cuando llegó a la puerta de su destino, respiró con profundidad varias veces para retomar el ritmo cardíaco y palpó sus mejillas con la palma de la mano.

—¡Oh, no! —susurró.

El calor que desprendían le aseguraba un color granate bastante intenso. Intentó sin éxito quitar el ardor antes de que, sin previo aviso, la puerta se abriera de golpe. Pansy Parkinson, con una ceja inquisidora levantada y la mano de la varita posada en la cadera, le dio la bienvenida.

—Buenas noches, señorita tomate, son exactamente —miró su reloj de pulsera— la una y diez. Tu puntualidad es digna de mención, sí.

—No me llames tomate —contestó, disgustada—. Tengo una excusa para llegar tarde: aquí está la poción hecha.

—¡Oh! Así que por eso me dijiste que no vendrías — fingió una expresión de sorpresa— ¿Me la das?

Hermione asintió y colocó la probeta a unos centímetros de la palma de Parkinson. Cuando los dedos de Hermione dejaron de tocar el recipiente y éste se dirigió, guiado por la fuerza de la gravedad, hacia la mano de la Slytherin, Parkinson la retiró antes de que el cristal la tocara.

La poción de amor se desparramó en el suelo y se filtró por las baldosas, ocasionando que Hermione quedara estática delante de la puerta.

—No vayas a creer que he perdido el tiempo patrullando por la noche para sancionar a un renacuajo de Hufflepuff e irme sin mi poción.

La Gryffindor alzó su mirada desconcertada y sorprendida. Pansy situó su dedo índice en la barbilla de Hermione y selló su boca presionando hacia arriba.

—Intenta ser menos expresiva, dan ganas de llenarte la boca de maldiciones —sonrió Pansy; frotó su dedo contra la túnica de Hermione, limpiándolo—. No quiero infectarme de suciedad.

La Slytherin entró al baño y esperó a que la Gryffindor la imitara.

—¿No creerás que entraré después de lo que has dicho y hecho? —se cruzó de brazos con ferocidad.

—Por supuesto que sí, si te vas ¿no creerás que, aunque hoy también te toque patrullar, yo no diré nada sobre la poción prohibida que me has traído? Entra, no me apetece perder tiempo.

Hermione descruzó los brazos sin entrar y, luego de hacer esperar a la Slytherin, atravesó la puerta con la cabeza bien alta.

—Es raro no verte con la capa de San Potter, creía que te la enviaría por correo —se mofó, sabiendo de sobras que el correo de los demás alumnos de Hogwarts, exceptos los de Slytherin, era inspeccionado por la Suma Inquisidora. Cerró la puerta.

—Es raro que no me hayas maldecido ya.

—Si vamos a estar toda la noche replicando la una a la otra, nunca acabaremos —suspiró.

—Empezaste tú.

Pansy dejó los ojos en blanco.

—Por supuesto, como siempre. Ahora, la bruja mala de la historia quiere empezar.

Hermione se apoyó en el marco de la puerta mientras Pansy comenzaba la poción. Después, ésta se levantó y ordenó a Hermione a que siguiera.

—De ésta forma, la he empezado yo.

—Creo que no importa eso sino quién la utiliza.

—¿Qué más da? Sólo era una apuesta. Weasley sabe que la tengo y yo te veré humillada y obedeciéndome.

La Gryffindor la fulminó con la mirada y continuó con la poción, tardando alrededor de dos minutos a que su mente comenzara a divagar observando su propio reflejo en el líquido.

Desde que conoció a Parkinson su consciencia (o más bien su orgullo y amistades) la obligaron a esquivarla, ignorarla y sobretodo evitar a quedarse a solas. Los primeros años cumplía las normas que se impuso a rajatabla, a excepción de cuando la víbora se entrometía entre los planes de Harry, Ron y ella.

En cambio, ahora, desde hacía apenas unos meses, las quebrantaba de todas las formas posibles: Sospechosamente sus ojos encontraban a Parkinson en todas partes, ya sea en el Gran Comedor, los pasillos o el campo de quidditch, siempre vigilantes a cualquier movimiento peligroso; A cada enfrentamiento de los pasillos no podía sellar su boca ya que las palabras fluían sin parar en cuanto Pansy dejaba caer un comentario despectivo; Y la última norma que le quedaba en pie, la de quedarse a solas, la pateó aquella noche con tanta fiereza que apunto estaba de tener un esguince de pie.

Vació una botellita con la etiqueta del precio de la tienda.

—¿Cómo has conseguido los ingredientes?

—Favor de mi primo.

Y ahí acabó su gran conversación. Que, siendo ellas, era demasiada si no contenía insultos.

—¡Hola! —Myrtle apareció provocando una mirada hastiada en la Slytherin—. ¿Y mi fotografía?

—Ya te he dicho que no tengo ninguna de ese idiota y que tendrías que pensar en otra cosa.

—No me interesa nada más. Si no me consigues una en menos de un minuto, me iré a avisar a Filch.

—¿Acaso puedes salir de éste apestoso lugar?

—¿Me retas?

—No tienes cerebro para ser retada, llorica.

—¡Yiaaaaaa! —el fantasma se lanzó hacia el techo para caer en un retrete y desaparecer.

—¡Espera, Myrtle!

Parkinson desvió su mirada extrañada hacia Hermione. La Leona carraspeó, después de haber gritado una vez más la petición y de que regresara el fantasma.

—No le digas que estamos aquí, por favor. No es justo que sea castigada por culpa de la estupidez, arrogancia e inmadurez de una Slytherin. Yo nunca te he tratado mal para que me hagas esto, ¿verdad? —tragó saliva, deseando que funcionaran sus súplicas. Sabía de antemano que Myrtle no la podía tragar.

—¿Que nunca me has tratado mal? ¡Hablabas de mí a mis espaldas en la celebración de la muerte de Nick!

—No es cierto, sólo dije que no me gustaba ir a los servicios y escuchar tus llantos. En ciertas horas estando a solas dan miedo... Por favor, te daremos lo que quieras.

—Quiero que ella me pida perdón —señaló a Parkinson, quien respondió con una exagerada expresión como de haber sido ofendida con el mayor insulto existente.

—Ha-habrá que pensar en otra petición. Esa disculpa es tan difícil de conseguir como que alguien regrese a la vida una vez muerto. Sin ofender.

—Pues una foto de Harry.

—Eeeh, bueno..., creo que tengo alguna, pero Ron y yo también salimos.

—¡No me importa mientras salga sonriendo!

—Entonces se la daré a Ginny y que te la dé junto con la suya, doble regalo, ¿qué te parece?

—¡Genial!

—Desaparece de una maldita vez, joder, ya tienes lo que querías, ¿no?

—Eres una Slytherin muy prepotente, ¿nunca te lo han dicho?

—Gracias, preciosa. ¿Te he dicho ya que mi vida consiste en ser una Slytherin sexy y sarcástica?

Myrtle mostró la lengua a Parkinson como reacción a la sonrisa de lado de la joven, y se hundió en un retrete. Pansy orientó su rostro, expresando fastidio, a la Gryffindor.

—Qué débil que eres ante las amenazas, Granger.

—¿Débil? ¡Podríamos haber sido descubiertas! Si no hubiera sido por mí...

—¿Y tú cómo sabías si lo llevaría a cabo? Estaba claro que era un farol de una llorona que pataleaba por no haber conseguido la foto de un tío.

—Farol o no, no me iba a arriesgar.

—No me hables de arriesgarse cuando estás aquí, a la una y pico de la noche, con una Slytherin creando una poción de amor.

—Piérdete, Parkimbécil.

—¡Ja, justo donde más duele!

Las dos no intentaron revivir las palabras y continuaron con sus cosas: Hermione mezclando ingredientes y Pansy observándola. De reojo, la Gryffindor repasó la corbata de Slytherin que reposaba sobre la camisa escotada y su campo de visión rodeó los brazos cruzados de la chica, por si notaba un movimiento agresivo. No se fiaba de Parkinson ni para preguntarle la hora.

Percibió el movimiento de la mano de la Serpiente buscando en un bolsillo y sacando de él un brillo para los labios de alguna fruta rosada, como frambuesa o quizás fresa.

Mientras Pansy se hidrataba los labios, Hermione volvió su vista a la corbata.

—¿Celosa de no pertenecer a Slytherin, Granger?

Hermione negó la actitud con la cabeza, desechando la idea de volverla a mirar mal. Siempre acababan peleándose verbalmente y, por si fuera poco, la Serpiente tenía una facilidad inusual en sacarla de quicio. Más que Malfoy, y eso era decir mucho.

—Me gustan mis colores —contestó, besando su corbata y removiendo el líquido.

Logró oír una tenue risa, tanto que dudó en si la había escuchado.

—No sueles replicar de esa forma: siempre refunfuñas como un viejo cascarrabias y respondes con algo que te haga levantar tu orgullo.

—No vale la pena enfadarse por algo así, ya no me importa lo que digáis. Ya no.

Pansy disimuló su sonrisa ladeada.

—Es preocupante que no te enfades cuando un Slytherin se mete contigo.

—La gente cambia.

—¿Has cambiado en cuestión de mmh dos minutos? ¿En qué estabas pensando mientras removías? ¿En el amor que nunca tendrás por lo insoportable que eres? Pfff

Hermione dejó de remover y retiró el caldero del fuego. Pensando, y sin responder, pasó la poción a una probeta y limpió las pequeñas gotas que se deslizaban por el cristal.

Pansy se cansó de esperar una respuesta al tiempo que su enemiga tiraba el resto de la poción por un retrete.

—Yo te veo igual que siempre, ya sabes... —fingió haber malinterpretado el cambio del que Hermione le había comentado—...sigo pensando en que tienes pelo púbico en la cabeza, tus arrugas de expresión se marcan más de tantas veces que has arrugado la nariz al enfadarte, tu pecho continua plano,... en resumen, poco cambio.

Hermione se giró bruscamente.

—Me refería a la forma de pensar, Parkinson. Y no te creas que tú eres la bruja más guapa de Hogwarts, tienes esas facciones marcadas, apenas eres más alta que yo, aunque tengas pechos no tienes humildad, y lo que más cuenta es la inteligencia, que no tienes ni rastro de ella.

Pansy mostró toda su dentadura al reír, triunfante. Avanzó unos pasos hasta situarse frente a la bruja que la miraba enfurecida.

—¿Ves —comenzó a decir Parkinson al ver que su acompañante forcejeaba cuando le intentaba quitar la probeta— como sí que te enfadas? No has cambiado y por ahora dudo que lo hagas.

—Lo haré, quieras o no.

Se enfrentaron con la mirada y Parkinson, luego de tener en sus manos el frasco, acercó su cuerpo al de Hermione. Ésta se asustó al notar una pizca de frialdad en la mirada de la Serpiente y una ligera fragancia de frambuesa procedente del brillo de labios, llegando a creer que emanaba del anterior olor que olfateó en la poción de amor que preparaba con Ginny.

El conjunto presionó a Hermione consiguiendo su retroceso por todo el lavabo. Los pasos apenas los controlaba y el espacio menos. En cuestión de segundos, su espalda chocó contra la entrada de la cámara secreta.

—El día que cambies, Granger, la magia desaparecerá y quedará olvidada.

—¿Magia? Eso no existe.

Hermione encaró a la Slytherin. Se tragó la educación que la obligaba a serenarse y dio un paso hacia adelante. Apretó los puños hasta que los nudillos se tornaron blancos y alzó una ceja, desafiando a la Slytherin a que le replicara si era capaz. Dirigió su mirada al entrecejo para no tener que toparse directamente con las pupilas de Parkinson. Después de todo, no era capaz de ganar en un enfrentamiento de miradas a una Serpiente que era experta en ello.

Pansy guardó el frasco sonriendo de lado y mordió su propio labio inferior en un gesto de continencia verbal. Durante ese tiempo ya iba tanteando los límites de la Leona, conocía perfectamente cómo tocarle el hombro con un dedo después de que Granger le hubiera amenazado con un "Ni se te ocurra tocarme", y no sufrir las consecuencias.

Seguramente, durante el proceso de comprender íntegramente el temperamento y los límites de la Gryffindor se llevaría un par de bofetadas, pero la recompensa de enfurecer a su archienemiga y salir airosa era más que compensatorio.

—Quizás sería más eficaz mirarme directamente a los ojos y no al entrecejo. Puede que cuando lo hagas, tu cutre forma de intentar darme miedo funcione.

Hermione se ruborizó ligeramente al saber que la había atrapado. Con decisión, clavó sus ojos en los de ella y parpadeó varias veces al percatarse de la cercanía en la que estaban.

Desde esa distancia era capaz de distinguir las miles de fibras que entretejían los iris avellanos de Pansy. Para su sorpresa, puesto que siempre creyó que eran de color café claro como los suyos, las fibras poseían una pigmentación de verde oscuro entretejiéndose con tonos amarillentos y terrosos alrededor de la pupila.

Oh.

Retiró la mirada.

—¿Algún día respetarás el espacio personal de las personas a las que quieres encarar? Desde aquí puedo ver tus malditas pecas, Granger.

—Déjame en paz, idiota.

Pansy dejó escapar un ruido de burla.

—En fin, desde primero has sido la sabelotodo de Gryffindor y me da a mí que continuas igual.

Antes de que pudiera escuchar la replica de Hermione, Pansy desapareció temporalmente por la puerta para cerciorarse de que no había nadie y salir de allí con las herramientas.

—¡Las costumbres no se pueden cambiar si te gustan! —gritó Hermione, abriendo la puerta del lavabo. Saltó hacia adelante y dio un portazo—. ¡Es algo que no...! ¿uh?

Parkinson arrastró a Granger del brazo por el pasillo, acelerando cada vez más.

—¡ALUMNOS EN EL SEGUNDO PISO DESOBEDECIENDO LAS NORMAS!

—Oh, Merlín —susurró Hermione—, es Peeves.


Je.

¡Muchísimas gracias por los reviews! Que debe de parecer repetitivo pero los seguiré agradeciendo hasta que acabe la historia porque ayudan mucho.

Especial mención a Zueth :D y a los demás que me dan muchos ánimos para seguir escribiendo esta peculiar pareja (celestana, ale) ^^

¡Hasta la próxima!