No os asustéis por el título, (sé que Cho es más odiada que querida), que Pansy y Hermione aparecerán en el capi ^^


Cho Chang y el whisky de malta

Ginny zarandeó con fuerza el cuerpo cubierto por las sábanas borgoñas. El tenue ronquido se convirtió en un quejido.

—¿Q-qué pasa? —murmuró Ron, asomando su cabeza despeinada— ¿Qué haces aquí?

—Tenemos que ir al Bosque Prohibido, va, ponte la capa del uniforme por encima.

—¿Para qué?

—Más tarde Cho nos lo explicará —concluyó la joven, yendo a despertar con ganas al resto de los chicos que dormían en esa habitación y pertenecían al Ejército de Dumbledore.

Bajaron con total silencio las escaleras, tambaleándose por la falta de sueño. En la Sala Común, repartidos por las butacas, se encontraban Angelina Johnson, Katie Bell, y los gemelos Weasley.

—¿Y los demás? —inquirió Ron, preguntándole a Harry.

—Sólo nosotros sabremos lo que Cho nos quiere decir —explicó Hermione, apartando a Ron que se había quedado quieto en las escaleras—. No me mires así, yo tampoco sé nada de lo que está pasando.

—Nos van a atrapar, seguro, no tendríamos que ir a estas horas —se quejó Neville. Comenzó a jugar con los botones plateados de su capa por los nervios—. Por culpa de Umbridge no nos quedan muchos puntos y-

—Venga, Neville, que todos sabemos que eres más valiente que eso. O eso espero —añadió Fred, riendo.

—¿Lleváis todos vuestra capa? Hace mucho frío, os lo advierto —Ginny se rascó una ceja al contemplar al curioso grupo—. Bueno, vamos allá.

Cuando llegaron al vestíbulo, tuvieron que caminar con más lentitud para que sus pisadas no resonaran por el amplio lugar iluminado de antorchas. Estaba tan vacío y era tan grande, que un simple carraspeo se intensificaba demasiado.

Cerca del portón del Gran Comedor, cerrado en esos momentos pero que con empujarlo se podría abrir, se encontraban Luna y Cho. La primera escudriñaba con mucho interés la antorcha que tenían encima de sus cabezas y que proporcionaba un color dorado al lugar; la segunda joven, apoyada contra la pared, no paraba de mover una pierna vigilando la entrada a las mazmorras por si alguien salía de allí.

Los Gryffindors se acercaron sin acelerar para no arriesgarse a hacer ruido. Una vez estuvieron enfrente de las otras, Cho se puso un dedo en los labios, advirtiéndoles que no hablaran. Con un movimiento de mano, comenzaron a caminar hacia la casa de Hagrid.

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—Oh, no, oh, no, no pensaba que fuerais a ser tantos.

Un asustado Hagrid repasó los alrededores de Hogwarts en busca de un punto rosa que indicara que Umbridge les había visto y que iba corriendo hacia él para despedirlo. Sin tiempo que perder, se apartó de la puerta para dejar pasar a los magos.

Más tarde, sacó la tetera del fuego, temblando.

—Dije pocas personas, ¡pocas! —comentó, mirando a Ginny y a Cho.

—Somos pocas, si hubiera venido todo el Ejército...—replicó, aceptando el vaso viejo para que le echara té.

—Incluso aunque fuerais dos, es muy peligroso salir de la Sala Común a estas horas con Umbridge como Suma Inquisidora.

—Lo sabemos, Hagrid —afirmó Fred.

—Pero nosotros no le tenemos miedo —acabó su hermano.

—Incautos como siempre —gruñó.

Tuvo dificultades para moverse puesto que en su pequeña cabaña, diez personas únicamente cabían si se apretaban contra las paredes y entre sí.

—¿Alguien quiere un té? —preguntó, volviendo a tener la amabilidad de siempre—. ¿No? Está muy bueno.

Todos negaron con la cabeza, excepto Ginny y Harry que, para no decepcionarlo, aceptaron que llenara los vasos hasta arriba. Dieron un sorbo a la vez, y tuvieron que apretar con fuerza los labios para que no saliera el líquido. Por lo menos no tenía sabor a barro.

Hagrid anduvo de lado para alargar el brazo y atrapar de la estantería una botella, obligando a Cho, Luna, Hermione y Neville a apretarse mucho más.

—Veamos —leyó la etiqueta de la botella—. Esta no es —sujetó otra—. Ah, sí, esta. Ten, Cho, le he dado una esta mañana, pero está creciendo demasiado así que a partir de ahora necesitará dos por día. Cuando sea adulto sólo necesitará una botella cada tanto tiempo.

—Gracias, Hagrid, no sé qué hubiera hecho sin tu ayuda. Ahora entenderéis todo, tranquilos —aseguró al notar las confusas miradas de sus compañeros.

Con un vistazo rápido por la ventana, George verificó de que nadie estuviera vigilando la entrada a la cabaña desde Hogwarts. Hhizo un movimiento de cabeza y, uno a uno, los alumnos comenzaron a salir, siendo guiados por Cho y Ginny quienes iban en cabeza, hacia el Bosque Prohibido.

Los nervios se acrecentaron cuando ya pasaron más de quince minutos rodeados de árboles de todas las formas posibles. Como era de esperar, llevaban las varitas en alza, tanto para iluminar el camino con el Lumos como para tener ya preparadas sus armas por si algo o alguien les atacaba.

—Oh, Merlín, por favor, si mu-mu-muero recoged mi cuerpo como podáis —tartamudeó Ron, enganchándose prácticamente a la espalda de Hermione—, porque como vea una gigantesca araña ya me podéis dar por muerto.

—Ron, somos once personas, alguna será capaz de repelerlas con un hechizo —acató Katie Bell.

—Una historia es que seamos capaces, otra que Weasley no manche sus pantalones durante la pelea —rió Angelina Johnson, provocando las carcajadas de los gemelos.

Shhhhht —Hermione giró la cabeza hacia atrás mientras seguía andando—. Se nos tiene prohibido venir aquí, sed más silenciosos.

—Dudo que Umbridge nos escuche desde su cómodo dormitorio —se quejó George.

—Umbridge es quien menos nos tiene que preocupar en estos momentos, si hay algún depredador cerca y nos escucha, ya os aseguro que más de uno acabaría sin una extremidad —aquello sorprendió a todos los oyentes—. Por algo se llama el Bosque Prohibido, no va a estar sólo lleno de unicornios.

—También hay, y muchos —dijo Luna.

—Seguro que tú debes de estar viendo ahora mismo un zoológico, ¿verdad, Lovegood? ¿Alguna bestia roja saltando por los árboles?

Angelina abrió la boca para liberar un buen par de carcajadas. Pero se quedó en blanco al entreabrir los ojos y ver cómo, desde la primera fila, Cho parecía cortar su alma con la mirada que le estaba enviando.

La preocupación por el posible ataque de una criatura inundó a los caminantes, tanto, que no se arriesgaban ni a quedarse solos detrás del grupo. Iban de tres en tres, uno al lado del otro, tiritando por el frío.

—¿Falta poco? —susurró Harry.

—Sí, tranquilos, aquí está el prado que buscábamos.

Gracias a la escasez de árboles, la luz lunar alumbraba el amplio prado. Amplio, aunque bastante reducido. Repasaron con la mirada el lugar en busca de cualquier animal o cosa, o lo que fuera.

Alzaron la cabeza al escuchar un relincho.

Cerca del borde, descubrieron a un potro de Abraxan sacudiendo la crin con majestuosidad. Desplegó las largas y amplias alas de plumas y voló hasta situarse enfrente de la Ravenclaw y la Gryffindor, quienes eran las únicas que habían dado los pasos suficientes para acariciar a la criatura. Los demás estaban estupefactos observando al potro que, de tamaño, tenía el mismo que un caballo adulto normal. Aunque Luna, en vez de estar quieta por el miedo, lo estaba por el asombro de contemplarlo.

El animal, con la figura de caballo y alas de pájaro, relinchó pidiendo con el morro el contenido de la botella que llevaba Cho. Ésta la destapó y empezó a dársela como si fuera un biberón.

—No tenía pensado deciros que estaba aquí, pero necesito llevarlo fuera de los terrenos de Hogwarts antes de que me descubran algún día de tanto ir al Bosque Prohibido, y a Hagrid ya le vigila demasiado Umbridge a pesar de que se escapa por las mañanas bien temprano para alimentarle así que...

—¿Dónde demonios has sacado a este caballo? —preguntó Katie, ladeando la cabeza para verlo con más atención.

—No es un caballo, es un Abraxan —explicó Ginny, un tanto ofendida.

—Es muy larga la historia... Me lo encontré en vacaciones durante mi estancia a casa de mi abuela en Ballater, concretamente en el bosque escocés Cairngorns, cuando el Abraxan aún era un recién nacido, es decir... era igual de grande que un perro de la raza San Bernardo, pero estaba en los huesos, literalmente. Se le veían las costillas y las caderas porque los Abraxan sólo se pueden alimentar de whisky puro de malta y es una especie que necesita ser cuidada por los magos cuando nacen y, como sé que era ilegal tener a un Abraxan sin permiso del Ministerio de Magia, tuve miedo de informarles que me había encontrado a uno por si me culpaban de haberlo criado. Entonces pensé: "¿Quién me podría ayudar a cuidar de una criatura mágica ilegal?"

—Hagrid —Ron, Harry y Hermione lo nombraron como si fuera lo más evidente del mundo.

Bufaron.

Si Hagrid tuvo una cría de dragón siendo éste ilegal y un enorme perro de tres cabezas, el Trío Dorado no se sorprendía nada de que aceptara ayudar a Cho en vez de animarla a que fuera al Ministerio de Magia.

—Sí, le envié una lechuza para informarle del asunto y en menos de un día se presentó para recoger al potro, dijo que lo cuidaría durante las vacaciones y que ya le ayudaría cuando regresara a Hogwarts. Y aquí está —acarició el aterciopelado pelaje del animal—. El problema reside en que ninguno nos esperábamos a la Suma Inquisidora, y nos ha estado complicando la situación desde el primer día.

—¿Y qué quieres que hagamos? —George miró a todos sus compañeros, confuso—. Si Hagrid no sabe deshacerse de él, nosotros menos todavía.

—Mi plan inicial era llevarlo a la Casa de los Gritos para que estuviera fuera de los terrenos de Hogwarts y que, si lo descubrían, Umbridge no tuviera poder. Me refiero a que si lo encuentran en el Bosque Prohibido, siendo de Hogwarts, Umbridge sería capaz de despedir a Hagrid y expulsarme a mí.

—¿Pero cómo le darás de comer ahí? O beber —añadió Fred—. No tiene sentido.

—Dobby le llevará las botellas de whisky, ya lo he hablado con él —negó con la cabeza—. Os estáis yendo por las ramas, sólo necesito vuestra ayuda para distraer a los alumnos de Hogwarts y poder ir volando con él hasta la Casa de los Gritos. Y, por supuesto, vuestro pacto de silencio para que nadie sepa que él está aquí ni sobre el plan.

—¿Será muy arriesgado?

—Con Dobby de nuestro lado, no. Ya tengo un plan pensado, el trece de febrero será nuestro día para ello. Si todo va bien, esa noche no habrá nadie patrullando por los pasillos y podré volver a mi Sala Común al amanecer sin que se haya notado mi ausencia.

—Eem... vale, distraer a los alumnos y pasar desapercibida al regresar es una cosa, pero ¿qué hay de Filch? Umbridge duerme a gusto porque ese viejo está siempre patrullando.

—Dobby le invitará a un café bien cargado de una poción para dormir, estará controlado durante unas horas, hasta que yo regrese por el camino del Sauce Boxeador. A más de ayudarnos con el plan principal —hizo una breve pausa mirando a Hermione—. Ese elfo es una dulzura.

—Y nosotros dos podemos hablar con Pevees para que no diga nada si ve algo. Le daremos a cambio un par de trucos para molestar de verdad a la Suma Idiota. No acabamos de entender por qué ese poltergeist nos odia menos que a los demás alumnos, pero es una ventaja, ¿a que sí, hermano? —los gemelos se chocaron los cinco, felicitándose.

—De acuerdo... —aceptó Harry.

Era arriesgado ayudarla, pero tampoco sonaba mal.

—Como queda bastante para el trece de febrero, ¿podré también venir a alimentarle? —pidió Luna, acariciando sin descanso el morro del Abraxan.

—Uhm —Cho parpadeó varias veces—. ¿Te alegras de verlo aquí?

—Claro, ¿por qué?

—Me dijiste que... que eras muy estricta con las leyes y...

—Las leyes sobre las criaturas sirven para protegerlas y que nadie las maltrate por su ignorancia a la hora de alimentarle o de satisfacer sus necesidades. Pero Hagrid es bueno con los animales, y él es libre y feliz contigo —acarició con ambas manos el enorme cuello del Abraxan—¿Podré venir, verdad?

—Por supuesto, mañana después de clase lo hablaremos mejor.

—Como le dé a la loca esta por darle setas al caballo... —le susurró Angelina a Fred.

Éste y su gemelo rieron por lo bajo hasta que la magia de un hechizo impactó contra Angelina haciéndola bailar sin descanso. Nadie vio con certeza quién lo había lanzado.

—Bueno —comenzó Hermione, siguiendo con las pupilas las rápidas piernas de Angelina—, no sé quién ha sido, pero ya se lo merecía.

Apretó sus labios para que no se le escapara una sonrisa y echó una fugaz mirada de reojo a Cho, quien le devolvía el gesto con menos disimulo.

-0-

A las seis de la tarde del mismo día

McGonagall repasó con los ojos chispeando enfado a las dos alumnas que tenía enfrente del escritorio de su despacho.

—Veamos si lo he entendido: Ustedes han convertido a las armaduras del pasillo en aves, los cuadros los explotaron, un Epoximise ha impactado en dos alumnos inocentes que pasaban por ahí y han quedado pegados entre sí y contra la pared, parte del pasillo ha quedado congelado por un Glacius, otro alumno ha sido convertido en un conejo por un Labifors que se os ha escapado durante el duelo, y, a más —señaló con la mano a la figura que estaba sentada delante de ella y que tenía como cabeza una enorme calabaza de Halloween—. ¿Puedo saber en qué estaban pensando?

—¡Empezó ella metiéndose conmigo!

—¡Fue ella la que me empujó primero! —se defendió la calabaza.

—¡No es verdad!

—¡Por supuesto que sí!

La profesora se desprendió de las gafas, dejándolas colgando en su cuello, y frotó el puente de la nariz mientras las dos brujas seguían hablando a la vez.

—Basta —no necesitó elevar el tono para que ambas jóvenes guardaran silencio de inmediato y regresaran a orientar su cuerpo hacia ella—. No puedo creerme que dos prefectas hayan causado semejante descontrol en Hogwarts. Vuestro trabajo es mostrar ejemplo, ser un modelo a seguir de responsabilidad, y no dos irresponsable que no saben controlar el impulso de hechizar a sus compañeros de escuela —aprovechó la pausa para entrecerrar los ojos con decepción—. No quiero saber quién empezó, quién hizo qué, ¿entendido? ¿ustedes saben qué pasaría si la Suma Inquisidora llega a enterarse que dos prefectas han incumplido las normas básicas? Es mejor que no.

—Pero, profes-

—Nada de peros, señorita Granger, esperaba de usted más madurez en casos como estos —aquello pareció herir el orgullo de Hermione.

El agujero negro en forma de boca de la calabaza, se estiró hasta crear una sonrisa cruel.

—Señorita Parkinson, no debería sonreír puesto que usted no ha actuado con más sensatez que ella.

Pansy intentó fruncir el ceño, pero no pudo por la falta de cejas. Dio un resoplido que, curiosamente, se unió al mismo tiempo que el que soltaba Granger.

—Como he sido yo quien os encontró y el profesor Flitwick ha tenido la amabilidad de deshacer los problemas que han provocado vuestros hechizos, no escribiré en sus expedientes —un prolongado suspiro de alivio salió de ambas alumnas—, sin embargo, os castigaré como bien saben. A más de la retirada de veinte puntos a cada una.

Parkinson se encogió de hombros, feliz de que no estuviera un paso más cerca de la expulsión y de que sus padres la mataran. Hermione poseía el mismo estado anímico de relajación, aquella noticia sólo significaba que mantenía las mismas posibilidades que antes de encontrar su trabajo ideal.

—¿Podría quitarme esta calabaza? —Pansy inclinó ligeramente el torso para que McGonagall pudiera valorar mejor su situación—. Es más difícil reírme de Granger con esto puesto.

—No está en buena posición como para reírse ahora mismo, señorita Parkinson.

—¿Que no estoy en buena posición? Estoy metida dentro de una enorme, reluciente y naranja calabaza. Ni siquiera tengo cejas ni orejas —mostró el dedo índice y lo hundió en el agujero vacío de su derecha donde tendría que estar el oído. Repitió varias veces el gesto con una cara seria hasta que sus ojos, más bien los triángulos que poseía, se dirigieron a Hermione para descubrirla intentando no reírse—. ¿Te parece gracioso, Granger?

Hermione quitó la mano que tapaba su boca, fijando sus ojos con irritación en la hortaliza. La expresión tan seria que mostraba aquella calabaza humanoide no la ayudó a mantener su mirada irritada. La Gryffindor necesitó desviar la vista para volver a ocultar la sonrisa detrás de su mano, disimuladamente.

La profesora McGonagall hizo el ademán de hablar, pero tocaron a la puerta con ímpetu.

—Adelante.

Una bruja de tercero con la corbata de Hufflepuff entró bastante inquieta. Su cara, completamente roja por el esfuerzo físico que acababa de hacer, indicaba que algo en Hogwarts no iba bien.

—Prof-profesora —agarró aire, apoyando su peso en el pomo de la puerta—, la señora Pi-Pince me ha pedido que vaya en su búsqueda. Dice que ella no puede —volvió a dar una bocanada— solucionarlo sola.

—Merlín, señorita, relájese, por favor —se levantó del asiento con tranquilidad—, ¿qué ha ocurrido?

—Peeves entró otra vez a la biblioteca y comenzó a lanzar todos los libros de las estanterías. La señora Pince intentó pararle, aunque parece ser que eso molestó a Peeves y ahora está golpeando a los alumnos con los lomos de los libros.

—¿Por eso tienes ese ojo morado? Pareces un oso panda, bastante feo por cierto.

La Hufflepuff miró a la calabaza parlante como si aquello se tratara de una broma.

—Diez puntos menos para Slytherin —acató la profesora.

Parkinson alzó ambas manos pronunciando un alto "¿Qué?! ¡Eso es injusto!", aun así, lo único que consiguió fue la cara burlona de Hermione. McGonagall fue directa a la entrada, donde la Hufflepuff se apartó para darle paso.

Parkinson y Granger se miraron de reojo.

—Ustedes dos, seguidme —ordenó la profesora.

Consiguieron alcanzar su destino sin dificultades y en un tiempo récord. Frenaron nada más entrar ante el caos que se cernía la biblioteca: los libros, o volaban por doquier persiguiendo a los alumnos que se protegían como podían con hechizos, flotaban entre las estanterías o eran lanzados del techo al suelo en un continuo ritmo. La señora Pince se encontraba enviando hechizos a Peeves que los esquivaba con una facilidad experimentada, riéndose a mandíbula batiente del desastre que había provocado. Incluso los jóvenes magos no lograban huir de la biblioteca porque una hilera de gruesos tomos custodiaban el marco de la puerta preparados para tirarse hacia quien se atreviera a salir.

Hermione comprendió al instante por qué aquella Hufflepuff estaba llena de magulladuras y golpes.

McGonagall desenfundó la varita con una elegancia y decisión digna del más experimentado duelista. En un movimiento de varita, los libros que protegían la entrada cayeron inertes contra las baldosas de piedra.

—Peeves —apenas alzó el tono para que su voz se oyera por encima de los gritos de las víctimas de aquella jugarreta.

El poltergeist frenó su actividad en seco, y los libros se quedaron suspendidos en el aire como si hubiera parado el tiempo.

—¡Oh, Minerva! Ji, ji, bienvenida a la biblioteca —zumbó por las estanterías sin parar de mantener el contacto visual—. No pensaba que mi defensa dejara escapar a alguien.

Con un fugaz vistazo, Peeves se guardó mentalmente la cara de la Hufflepuff para futuras bromas. Aprovechó para tirarle varios libros. Libros que cayeron al suelo por la protección de la profesora.

—Tienes un segundo para irte de aquí porque sino —sus pasos hicieron eco en la amplia y, ahora, silenciosa biblioteca. Nadie quería decir nada. Se situó cerca del centro con las manos entrelazadas encima de su estómago. Imponía, y todos estaban al tanto del poder de la Jefa de la Casa de Gryffindor— yo y el Barón Sanguinario nos ocuparemos personalmente de-

No continuó. Fue mencionar al Barón y el poltergeist salió escopeteado del lugar, dejando atrás un sinfín de libros antiguos tirados por el suelo, las mesas mal posicionadas que habían sido utilizadas por los alumnos para esconderse debajo, y a unos jóvenes magos asustados por aquel ataque gratuito.

—La biblioteca queda cerrada, mañana será otro día. Los heridos que vayan a visitar la enfermería; los demás, pueden ir a las cocinas para pedir un té y galletas como método de relajación.

No necesitó decirlo dos veces. Los que se quedaron sin escondite, fueron los primeros en irse corriendo, mientras que el resto salieron de debajo de las mesas.

Eso sí, a pesar del caos, no dudaron en enviarle unas curiosas y sorprendidas miradas a la calabaza que les devolvía el gesto con molestia. La Hufflepuff se acopló a su grupo de amigos para irse de allí.

—Minerva, hay que hacer algo con él —se quejó Pince, guardando la varita e intentando recogerse de nuevo el moño que estaba totalmente despeinado por el esfuerzo.

—Le pediré al Barón Sanguinario que le amenace para que no vuelva a pisar la biblioteca, de este modo tardará más en presentarse.

Su compañera de trabajo asintió, cansada, y repasó de arriba a abajo a las dos alumnas que se encontraban al lado de McGonagall.

—Me pondré a trabajar para ordenar a esta pobre biblioteca —dijo al fin, arremangándose las mangas.

—Oh, no, no, querida Irma, mereces descansar después de tan arduo contratiempo.

El delgado y severo rostro mostró sorpresa.

—¿C-cómo?

—Aquí tienes a las dos jóvenes que se encargarán de ello, no te preocupes.

—¿Qué?! —espetó Parkinson, registrando el manto de libros que había sobre el suelo—. Debe de ser una broma, ¿verdad?

—Yo nunca bromeo, señorita Parkinson —agitó la varita y los libros empezaron a volar hasta acabar en el suelo de cada sección de la biblioteca—. Están situados enfrente de las estanterías en las que pertenecen, únicamente tienen que colocarlos.

—¡Sigue siendo demasiado!

—Y usted sigue causando problemas pese a ser advertida constantemente.

Hermione carraspeó por lo bajo, ocultando su risa al ver cómo la Slytherin no replicaba palabra alguna, simplemente refunfuñaba por lo bajo y se cruzaba de brazos.

—Sabes que soy demasiado estricta con el orden, Minerva, no creo que sea buena idea dejar este trabajo a dos personas sin experiencia, podrían explotar los libros por equivocarse de hechizo —miró directa a Hermione.

Y ésta se acordó del día en que tuvo un duelo con Parkinson en ese lugar y acabaron destrozándolo todo. ¿Cuánto tiempo había pasado ya desde entonces? Le parecían años.

—Tranquila, no tendrán la oportunidad de ello. Señoritas —mostró la palma de su mano.

Hermione captó al momento qué quería su profesora, Pansy, en cambio, miró la extremidad con recelo.

—Vale, sí, ahora definitivamente esto es una broma. Muy pesada, por cierto —contestó la Slytherin—, porque si piensa que voy a darle mi varita... —sus ojos conectaron con los severos de McGonagall—. Toda suya.

La Gryffindor hizo lo mismo y esperó paciente a cualquier orden.

—Espero que no comiencen a lanzarse libros y cooperen porque hasta que esto no esté ordenado, no cenarán. Y añado que la varita no se os será devuelta durante una semana si deciden escapar —mantuvo su mirada en la Serpiente que ya estaba observando de reojo la salida.

—Me devolverá al menos mi cara original, ¿verdad? No es que no me guste ser una calabaza, simplemente pienso que el naranja no pega con mi corbata —rodó los ojos para intensificar el sarcasmo.

A Hermione se le escapó una sonrisa.

—Yo creo que te queda muy bien, podrías estar un tiempo así.

—Juro que lo que más me arrepiento de todo esto es que no te haya podido llegar a convertir en ese conejo, en serio.

—Seguiría siendo más agradable a la vista que tú.

—Qué pena que sigas siendo un horripilante monstruo.

—Calma —demandó McGonagall antes de que Hermione alzara la mano para golpearle el hombro—, haced el favor de aprovechar este castigo para limar vuestras asperezas y aprender, sobretodo, a no descontrolaros. En especial cuando se trata de duelos —agitó la varita alrededor de la calabaza y ésta desapareció sin dejar rastro, enseñando una expresión enfurruñada.

—Oh, ¿ya estás aquí? —la profesora Pomona Sprout entró al recinto negando con la cabeza el desastre que veía—. Una alumna de mi Casa me comentó que había habido problemas con Peeves en la biblioteca y decidí venir a ayudar a recoger.

—Gracias, Pomona —agradeció Irma.

—Gracias, Pomona, pero no hará falta tu ayuda. Las señoritas Parkinson y Granger se encargarán de ello.

La Jefa de la Casa de Hufflepuff repasó sin comprender a las dos brujas que miraban a todos los sitios excepto a las adultas.

—¿Por qué han sido castigadas?

—Parece ser que la naturaleza de ambas ha regresado y ahora no hay día que no acaben discutiendo por los pasillos.

—Oh, ¿fueron ellas las que causaron tal desastre en el pasillo que va hacia el Patio Empedrado? ¿y quién de las dos hizo el Glacius? —preguntó, muy entusiasmada de saber la respuesta.

—Pomona, no. Tienen que saber que estuvo mal, no las felicites —interrumpió McGonagall.

—Pero Flitwick me dijo que el Glacius le costó horrores deshacerlo por lo bien hecho que estaba. También incluyó que si le hubiera dado a algún alumno lo hubiera congelado hasta la muerte, pero...

—¿Qué?! —la boca de Pansy se desencajó. Sin mover la cabeza, orientó sus desorbitados ojos a la Gryffindor, quien no sabía qué cara poner así que esbozó una torpe sonrisa nerviosa—. ¡¿Me has estado a punto de matar?!

—A ver, a ver, no hay que precipitarse tampoco —carraspeó—. Sólo tenía intención de congelar el suelo que pisabas para que te cayeras y te rompieras un brazo, una pierna, no sé... algo no muy grave.

—¡Pero serás asesina! ¿Y luego soy yo la mala de la historia?! Venga va, cómo están los prejuicios contra los Slytherins hoy en día, eh.

—¡Si no me hubieras atacado desde un principio, no habría ahora ningún problema!

—Pues mira, si tu fea cara no hubiera aparecido por el pasillo en el que yo estaba, otra historia estaríamos contando.

—Una lástima que no esté contando ahora tus dientes por haberte resbalado en el hielo.

La profesora Sprout alargó el brazo para bloquear el intento de Parkinson de saltar hacia Hermione.

—Woow, señoritas —avisó Sprout—. ¿Dónde queda aquel tiempo donde erais amigas y luchabais la una por la otra?

—Como si alguna vez hubiéramos sido amigas —dejó escapar Pansy por lo bajo.

Como las tres adultas no escucharon respuesta alguna, sólo eran testigos del silencio incómodo que se había depositado entre ellas dos, decidieron abandonar la biblioteca dispuestas a ir a tomar un té en el despacho de la profesora McGonagall, dejando atrás a dos incómodas brujas que miraban todos los rincones de la biblioteca excepto a quien tenían a su lado.

¿Cómo demonios iban a soportar estar las dos a solas si ya había tanta incomodidad entre ellas?


A las personas que les guste que estas dos estén solas, el próximo capi os encantará. Palabra ^^

Sobre el oneshot de ellas dos: mientras lo escribía, un apagón de electricidad me jodió el ordenador así que perdí todo lo que tenía escrito. Por eso no pude subirlo y necesité más días para acabarlo. Pero al fin lo tengo :D y mañana lo subiré.

¡Muuuuchas gracias por los reviews y ánimos, as always!