Advertencia: Este capítulo es bastante largo.


De sueños eróticos va la historia

Hermione miró a Pansy; Pansy miró a Hermione.

—Muy bien, aquí van a haber ciertas normas —empezó la Slytherin.

—¿Quién te ha dado el poder aquí?

—Yo misma, es evidente.

—Pues buena suerte en ordenarte a ti sola, yo me voy a ganar la cena y la varita como tiene que ser —se alejó de ella, poniéndose de cuclillas en el montón de libros que había cerca de la primera estantería.

La Slytherin se quedó en el sitio con los labios fruncidos, observando a la otra levantarse, colocar un libro y volviéndose a agachar para repetir el proceso. Soltó un ruido de burla cuando Granger se entretuvo a leer la portada de uno para acabar abriéndolo.

—El castigo consiste en colocarlos, no en leerlos —le dijo, deseando que no la ignorara y que ésta continuara siendo igual de impulsiva.

—El castigo consiste en trabajar y tú no lo estás haciendo.

Bingo.

—No vamos a acabar de ordenar todo esto en menos de ¿cuánto? ¿tres horas? —acomodó las manos en las caderas, siguiendo con la mirada a la Gryffindor que ya había alojado el tomo tan grueso en la estantería.

—Prefiero tres a toda la noche, Parkinson —puso varios libros en una pila y los levantó para ir más deprisa al evitar tener que agacharse cada vez—, ya has escuchado a McGonagall.

Parkinson se carcajeó, yendo a la misma estantería que ella, pero al otro lado. Sin darse cuenta del gesto, puesto que Hermione no la había mirado ni siquiera cuando hablaban, la Gryffindor agarró "La filosofía de lo terrenal: por qué los muggles prefieren no saber" y lo situó en el hueco libre que quedaba en el estante.

Por el espacio que había entre los libros, vio a la Slytherin.

—¿En serio que no tienes otra estantería que elegir que te quedas en esta? ¿Y enfrente de mí?!

Pansy ladeó su sonrisa, encantada de que la acción la hubiera molestado.

—¿Qué pasa, Granger? ¿Por qué pones tanta atención a todo lo que hago?

Oooogh, ¡qué pesada que eres!

Hermione apretó la mandíbula, dejó caer la pila de libros que sujetaba y, refunfuñando, se marchó del lugar hacia varias estanterías más alejadas. Parkinson la siguió con una sonrisa en su cara.

La Gryffindor, que ya tenía otra pila en el brazo izquierdo, golpeó un libro contra la estantería de madera con la mirada irritada clavada en la Slytherin.

—¿Qué demonios quieres? —inquirió, intentando que el ácido de las palabras se notara.

—No lo sé, todavía estoy pensando. Por ahora lo primero es molestarte, más tarde ya veré.

—¿Por qué tanta obsesión conmigo? —bufó, tiró los libros y la melena se movió al ritmo de las pisadas.

Se fue al final de la larga estantería con la intención de alejarse.

La otra la siguió con parsimonia, como si se tratara de una sombra. Una sombra demasiado agotadora.

Al final, Hermione la encaró. No dijo nada, únicamente se quedó delante de la Slytherin con los brazos cruzados y el mentón bien alto, observándola. Esperando a que la otra se cansara.

Pansy ni se inmutó, continuó con sus facciones burlescas orientadas en la molesta Leona, con las manos acomodadas en su propia cadera. Acentuó su tan característica sonrisa; si Granger pensaba que podía ganarla en un duelo de miradas sólo significaba que ésta había perdido ya el juicio.

No se dijeron nada. Lo único que varió durante los siguientes dos minutos, fue que Pansy acabó por meterse las manos en los bolsillos de la túnica y apoyó el hombro en la estantería vacía. Nada más. Siquiera el rostro irritado de Hermione cambió.

Evidentemente, Parkinson era la que mejor llevaba la incomodidad de no desviar los ojos.

Como bien sabía la Gryffindor, dejando aparte el hecho de que no era buena en la intimidación, sólo lograba mantener su estado gracias al enfado que sentía. Sin embargo, en cuanto, segundo a segundo, la rabia iba transmutándose a vergüenza, ya comprendió que había dado un paso en falso hacia la boca del lobo.

Y lo peor: que el juego psicológico contaba mucho, y Parkinson era una experta en ello.

La Slytherin distinguió el titubeo de Granger. Ésta ya no la miraba con tanto ímpetu, más bien parecía parpadear con más frecuencia en un vano intento de cerrar el contacto visual.

—Quizás algún día te des cuenta de que tu carácter es el que te lleva directa a los problemas —le dijo, provocando un fruncimiento de cejas en Hermione.

—Prefiero no hablar de tu egocéntrica personalidad. ¿Se puede saber por qué me sigues? ¿No te conformas con que nos hayan castigado por tu culpa?

—Porque tengo libre albedrío y está claro que no dejaré de hacer lo que me dé la gana por tus berrinches de bebé.

—No sé quién de las dos es más infantil, Parkinson —gruñó.

Ni un momento apartaron la vista la una de la otra.

—Como parece ser que tenemos toda la noche por delante —hizo un ademán con la mano abarcando la caótica biblioteca—, ponte a comparar.

Hermione chasqueó la lengua.

—En el prado te dije que no quería saber nada de ti, ¿qué haces persiguiéndome a todas partes?

—No, perdona —rió Pansy, sin creérselo—, yo no te persigo, ni siquiera te busco, eres tú la que me encuentras. Y cuando lo haces, encima te pones a discutir.

—¿Que yo qué?! —puso su mano en el pecho, agarrando aire—. No me lo puedo creer, ¿cómo eres capaz de decírmelo tan segura? ¡Yo no fui la que se esperó en el vestíbulo cuando salimos de Pociones, o la que me lanzó un Avifors esta tarde en el pasillo!

—Y yo no soy la que me mira en Pociones, en el Gran Comedor, en Cuidado de las Criaturas Mágicas... —con los dedos fue contando los sitios.

—No, no, no, no te estaba mirando a ti.

—¿Y a quién mirabas? ¿Al aire que estaba alrededor? Venga, por favor.

—Siem- siempre —arrugó la nariz, buscando las palabras que no le salían por la molestia que notaba—, siempre dices que te miro y que-que te sigo por los pasillos y-

—Sí, muy bien, Granger, acabas de sacar un Extraordinario en comprensión oral.

—¡Pero si fuera verdad, si esas frases tuvieran una pizca de realidad, ¿cómo demonios sabes tú si te miro si no me miraras también, eh? O... qué demonios, siempre que te encuentro en los pasillos es porque giro un momento la cabeza hacia atrás y te encuentro a ti. A ti —repitió con más énfasis, hundiendo su dedo en el esternón de la Slytherin— a varios metros de distancia sin tu estúpido grupo de Serpientes.

—¿Para qué te giras si sabes que estoy ahí? Además, y creo que esto va a ser una enorme revelación para ti —hizo el ademán con las manos de presentar el título principal de un periódico—, "No estás sola en el mundo y los demás también tienen que ir a otros sitios" —fingió sorprenderse—. Impresionante noticia, ¿verdad? ¿Quien iba a decirte que existen más personas con sus propias vidas aparte de la tuya? Fiiiiiu, increíble.

—Por Merlín, no sé ni cómo describirte ya, se me acabaron las palabras —negó con la cabeza a mucha lentitud y con las cejas arqueadas.

—Tú tranquila, que ya me encargo yo de eso.

—No, tú te vas a encargar de dejarme en paz de una maldita vez porque si no quieres mi amistad, no te pienso dar ni mi enemistad —levantó la barbilla con orgullo.

No obstante, el orgullo volvió a desinflarse al ver cómo la Slytherin se carcajeaba con ganas delante de ella sin apartar la mirada.

—Síp, tengo muy comprobado que tu enemistad no la tendré porque, uff, todos tenemos claro que ser enemigas no consiste ni en contestar lo que la otra dice, ni en atacarla con varios hechizos, y, por favor, aún menos en irritarse como si la vida dependiera de ello.

—Te odio, Parkinson —refunfuñó entre dientes—. Mira que te dije que, si de verdad querías acercarte a mí, que me buscaras cuando tu mente prepotente y tus prejuicios de sangre pura dejaran de hablar por ti. Pero ni así te aceptaré tal y como te has comportado conmigo estos días.

—Yo creo que cuando eso ocurra te abrirás de brazos para aceptarme, y de piernas —se burló, ganándose el chillido de ofensa de la Leona.

—Serás imbécil, más quisieras tú que lo hiciera.

—Ya, claro, no soy yo la estúpida que tiene sueños eróticos sobre mí.

La mandíbula de Hermione se abrió por completo. Aquello no se lo esperaba para nada. Con una expresión de estupefacción total, ruborizada y sin poder reaccionar, parpadeó una vez.

"¡¿CÓMO MIERDAS LO HA SABIDO?!", pensó, dando un paso hacia atrás inconscientemente.

Pansy fue la siguiente en sorprenderse.

—Oh, joder, ¿los has tenido de verdad?!

Y vista la impresionante metedura de pata que había hecho Hermione, ésta salió escopeteada del lugar.

—Ah, no y no, Granger —le agarró de la túnica con fuerza—. Tú aquí no te vas sin contestarme las preguntas.

—¡NO HE TENIDO SUEÑOS ERÓTICOS DONDE APARECÍAS! —espetó, forcejeando con su túnica para desenredarla de los dedos de la Slytherin.

—Claro que los has tenido, no lo niegues. Tus reacciones de sorpresa son las más sinceras de todas, estúpida.

—C-cómo si alguien como yo soñara-

—Alguien como tú ha soñado conmigo, sí, acéptalo —sus ojos chispearon de diversión. Hizo una breve pausa—. ¿Te gusto, verdad? Claro que debo de gustarte, apuesto a toda mi herencia familiar a que Hermione Granger tiene muy pocos sueños eróticos y, para que yo haya salido en ellos,... Je. Creo que hemos pasado demasiado tiempo juntas al final y todo... Lo suficiente como para que hayas empezado a tener sentimientos hacia mí.

—¡No es cierto!

—Está bien, rectifico que no es cierto que tengas pocos sueños eróticos, seguramente serán más —se mofó, deleitándose del estado en el que se encontraba Hermione—. No te soltaré hasta que me respondas a una serie de preguntas.

¡Oh, Merlín , esa situación la estaba derritiendo a cada segundo que pasaba! Esperó a que la Gryffindor desistiera en seguir zafándose.

—Eh, eh, como no pares de intentar huir, te acorralaré contra la estantería. Avisada quedas.

Hermione paró de inmediato, observándola con mucha desconfianza. Aún así, no hizo ningún intento más.

—Muy bien, primera pregunta —no pudo evitar sonreír por lo que acababa de pasar—: ¿dónde lo solíamos hacer en tus sueños ideales?

—¡Aaagh!

Pero el ademán de la Gryffindor de escapar fue truncado por Parkinson, quien no dudó, riéndose, de aprisionarla entre la madera de los estantes y su cuerpo. Fue fácil encarcelar las manos de la Gryffindor encima de la cabeza de ésta.

—Te lo advertí, yo nunca hablo por hablar si no hay una intención —Y regresó al estado eufórico como si a una niño pequeño le hubieran regalado bolsas y bolsas llenas de dulces—. ¿Fue en la biblioteca? ¿Contra una estantería como ahora? —insinuó, lamiendo con la mirada la enfurruñada y avergonzada de Granger, quien no se atrevía ni a respirar por la cercanía—. ¿No? ¿En el despacho de McGonagall encima de su mesa? ¿Quizás sobre un banco de la clase de Pociones? ¿O en los vestuarios del campo de Quidditch? —al no distinguir reacción alguna mientras iba pronunciando más ejemplos, decidió continuar hasta ver algo—: ¿En el lavabo de la llorona de Myrtle? ¿En la Sala Común de Gryffindor o en el armario de las escobas? Aaah, ya sé... ¿En el prado?

Atrapó al vuelo lo que significaba aquella corta bocanada de aire. Justo en el centro de la diana. Parkinson no cabía en sí de gozo.

—En el prado... Oh, Granger, qué romántico. Con sus enormes árboles, el césped tan verdoso, el cantar de los pajaritos, el murmullo de las pequeñas olas que mueren en la orilla, ¿no, no fue así? ¿Fue más entrada a la arboleda de robles? ¿Justo en el tronco del árbol que te encarcelé aquella vez? Sí, ese movimiento de garganta al tragar saliva me lo ha dicho todo. ¿Y bien? —alzó ambas cejas en un gesto de demandar más información—. ¿Cómo fue? ¿Yo estaba encima de ti o las dos de pie? ¿Quizás tú encima de mí? Ah, sí, vaya, inconscientemente tenías ganas de controlarme de una vez por todas y que yo dejara de ser tan impredecible, ¿eh? A ver, qué más, qué más.

—Ya sabes prácticamente todo, suéltame —pidió sin titubear.

Eso sí, continuaba con las mejillas tan rojas que emulaban el color de su corbata, la cual el nudo lo tenía un poco deshecho.

—¿Bromeas? Todavía ni he empezado. Cuanto antes complazcas mis necesidades de conocimiento, antes acabará tu... —no movió la cabeza para repasar de arriba a abajo a su prisionera—...condena.

Hermione bufó hacia arriba, despeinándose el flequillo.

—¿Estábamos desnudas?

—No.

La respuesta atrapó por sorpresa a la Slytherin. No creía que la Gryffindor fuera a cooperar en realidad, aunque ésta no quitara los ojos de la estantería que había detrás de Parkinson.

—Con los uniformes.

—Sí.

—¿Acabaste desnuda?

—No. No del todo —rectificó al percatarse que Pansy no acababa de creérselo.

—En sujetador.

—Más o menos, sí.

—¿Las dos o sólo tú; sólo yo?

—Yo.

—¿Y qué hacíamos?

—Nada, ya te he dicho que no he tenido ningún sueño erótico con-

—¿Nos besábamos? No has tenido tiempo ni de mentir, eso es un claro y alto"Sí"

—¿Y qué? —se defendió, exasperada— Un beso no es un sueño erótico.

—No sé cómo decirte esto pero, si yo en la realidad tengo un carácter y tú me interpretas más o menos similar, te habré tocado sí o sí, sea ahí... —guió sus ojos a los senos que subían y bajaban por la agitada respiración— o en cualquier lugar.

—Parkinson — no supo de dónde le vino el coraje, pero no iba a desperdiciarlo—. ¿Qué te parece si antes me explicas por qué tanto interés en que una sangre sucia haya soñado contigo?

—Precisamente porque es una orgullosa sangre sucia que ha soñado con la Slytherin que siempre se mete con ella.

—¿Y ya está? —preguntó con un tono de retintín—. Porque antes cuando me dabas los ejemplos de dónde podría haber pasado, parecías que tenías muchas ideas. ¿No será que eres tú quién sueña de día conmigo? ¿Te gusta imaginarte los diferentes escenarios en los que me encontrarías tú a mí de-desnuda?

Vale, Hermione ya tuvo claro que el coraje se le fue acabando a cada palabra que daba. Regresó su vista a la pared que había a su lado izquierda, al fondo. Sólo deseó que ese arrebato de valentía sirviera para acobardar a la Serpiente, pero nada más lejos de la realidad.

Bien es cierto que sorprendió a Parkinson, aunque no lo era el hecho de que fuera a minimizar su fanfarronería.

—¿Y qué si lo hago, Granger? —se mordió el labio inferior, dejando escapar una sonrisa traviesa durante el gesto, y acercó sus labios humedecidos de brillo en la oreja de su cautiva. Rasgó la voz lo más sensual que pudo—. ¿Quieres que te relate con todo detalle esos momentos en los que te imagino? ¿En cómo nos encontramos en el Gran Comedor con las mesas cubiertas de platos que los alumnos habían dejado después de cenar, las dos a solas porque el resto ya se fueron a dormir? Tú, comiendo porque habías llegado tarde por entretenerte en alargar tus redacciones y, yo, esperándote sentada en la mesa de Slytherin.

Hizo una breve pausa donde humedeció sus labios expresamente para acariciar el lóbulo de su prisionera.

—¿Sabes cómo continúa? Continúa conmigo yendo directa a donde estás, tirándote de la muñeca hacia mí, agarrándote para subirte encima de tu mesa, apartando con mi brazo los platos y mordiéndote con rabia esa estúpida corbata que llevas, para acabar arrancándote con mis manos los botones de la camisa. Y veo tu sujetador, bastante infantil, la verdad, pero lo que importa es lo que hay debajo y en cómo te lo lamo hasta dejarte llena de chupetones, en cómo te devoro el cuello y la garganta para ir bajando mi cabeza hacia tu falda, arañando tu vientre, mordisqueando tu cadera, y ¡sorpresa! Unas bragas de estampado de fresa me quita toda la seriedad que tenía. Aunque da igual, ¿sabes por qué? Porque logro que llegues a gritar de placer como si fuera tu último día en este mundo. Me agarras del pelo, suplicando más y más, hundiendo mi cara en ti, frotándote para tener más contacto con mi lengua mientras tu melena sigue el frenético movimiento de tus espasmos, de tu erótico movimiento de cadera contra mi rostro, y- ¿quieres que siga o sabes cómo acaba ya? ¿Necesitas que te dé alguna pista...? —no pudo evitar que se le escapara una sonrisa.

Pansy fue alejando su boca de la oreja, dejando que sus labios rozaran la mejilla sonrojada al ir apartándose con mucha, mucha lentitud. Parpadeó, tragando saliva. Era tan fácil como continuar unos pocos centímetros más y se encontraría con la comisura del labio de Hermione, quien parecía estar en shock puesto que no reaccionaba a nada.

¿Y si...?

—¡Suéltala, Parkinson!

La nombrada se retiró, irritada, para virar el rostro y encontrarse, al lado contrario a la pared donde miraba Hermione, justo al final de la sección en la que estaban ellas dos, en el pasillo central, a Ron con la boca desencajada y la varita en mano.

Pansy miró a la Gryffindor, quien estaba respirando sin ritmo y a gran velocidad con la espalda erguida y pegada en la estantería a pesar de que ya nada la obligaba a quedarse así. Un par de gotas le resbalaban por el cuello por la alta temperatura de su cuerpo.

—Tranquilízate, Weasley —orientó su cuerpo hacia el mago mostrando una reluciente y orgullosa sonrisa—, Granger y yo sólo estábamos pasando un buen rato, ¿no lo ves? —tiró con suavidad del cuello de la túnica de la Gryffindor para que su sofocado rostro se pudiera ver.

—Aléjate de ella. Ahora.

—¿Es una amenaza? —se cruzó de brazos.

De reojo pudo notar a Hermione tragando saliva con la mirada fija en la nada y secándose, ausente, el sudor de su frente. Ver a la sangre sucia de aquella manera era una tremenda victoria.

—No lo dudes. La profesora McGonagall quería saber si alguna de vosotras dos había sido herida por la otra, y yo no me fiaba nada de ti así que aquí estoy. Ya verás cuando Cho venga también... ¡aprovecharemos que no tienes varita para darte tu merecido!

Parkinson se carcajeó.

—¿De verdad que cuando nos interrumpiste parecía que estaba pegando a Granger? ¿Que la estaba amenazando? No, Weasley —creó una cruel sonrisa— aquí lo único que se siente amenazado es tu orgullo.

—¡Aléjate! —repitió, obligando a Pansy a que recogiera el brazo que había alargado para tocar a la Gryffindor y burlarse de él.

—Vale, vale —se apartó hasta la estantería contraria—, perro guardián.

—Hermione, ¿estás bien? —le preguntó en alto.

No quería adentrarse al pasillo de estanterías para no acercarse más a la Slytherin.

—¿Qué te parece desaparecer un rato de vista, Weasley? Me hubiera apetecido torturar un rato más a tu querida amiga antes de que los granos de pus con vida que tienes en esa enorme frente me saludaran. Mira que llegas a ser de inoportuno...

—¿A qué juegas, Parkinson?—Ron frunció el ceño.

Ésta sólo rió.

—Es bien sabido lo imbécil que eres, pero ¿tanto?

La enfurecida expresión que mostró Weasley enseñó más de lo que él hubiera querido. Y Parkinson comprendió lo que él no quería que supiera.

—No, sabes perfectamente lo que ha pasando —continuó Parkinson, deleitándose de ese momento—, lo que pasa es que no tienes el valor de aceptarlo.

—¡Cállate, Parkinson! ¿Tú qué sabrás?!

La Slytherin entrecerró los ojos, perspicaz. Era ahora o nunca.

—A diferencia de ti, por lo menos sé cómo besa Granger.

Se tuvo que lanzar hacia un lado para esquivar el maleficio. Gritó, por supuesto que Parkinson gritó, tanto como para insultar a toda la descendencia familiar del mago como para obligar que Hermione reaccionara.

Aunque ella también estaba echando bronca a su amigo a la décima de segundo de haber sido deslumbrada por el hechizo.

—¡¿Qué haces, Ronald?! ¡Cómo destroces la biblioteca...!

Pansy orientó sus ojos desorbitados a la Leona, quien se había puesto en medio del pasillo para encarar al Gryffindor.

—Oh, genial, y que le den a Parkinson, ¿no? Pues te quedas sin orgasmos esta noche, Granger.

—¡Ron, no!

Pansy tuvo que agacharse para que el hechizo no impactara contra su cabeza, aunque eso no evitó que la magia chocara contra la estantería y la hiciera desequilibrarse peligrosamente hacia delante y hacia atrás; hacia el otro pasillo de estanterías o a la Slytherin que estaba agachada mirando alarmada cómo el mueble se balanceaba con mucha fuerza.

Ni siquiera vio a Hermione dar un tremendo salto hacia atrás cuando la estantería decidió caer hacia el lado de la bruja.

Las manos de Pansy, en un intento vano de parar la caída de la pesada y alta estantería, llegaron a rozar la madera; su visión fue completamente anulada por el mueble; y en un fugaz pensamiento comprendió que si llegaba a despertarse, lo haría en la enfermería.

¡Aresto momentum!

Cho entró corriendo por el pasillo para ayudar a Hermione a poner recto el mueble con otro hechizo. La Slytherin siguió sentada en el suelo, quieta, sin poder respirar con facilidad.

Qué cerca había estado. Demasiado.

—¿Estás bien, Parkinson?

No pudo contestar a la pregunta de la Ravenclaw.

—Creo que está en shock —murmuró Cho a Hermione, poniéndose de cuclillas para quedarse a la altura de la Slytherin. Chasqueó los dedos enfrente de unos ojos desorbitados y ausentes—. Vamos, Parkinson, siempre presumes de que nada te afecta, ¿y te asustas de una estantería?

Pansy pestañeó una vez para que sus ojos no se secaran.

—Ser-ser-

—¿Ser? —Chang arqueó las cejas al no entender el balbuceó de la Slytherin.

—Ser...

—Quizás deberíamos de mirar si los torsosoplos han aprovechado el susto para entrar por sus orejas —dijo Luna, muy convencida de ello a medida que se acercaba a las demás.

—Lo-lo siento —susurró Ron, a lo lejos, a la entrada del pasadizo con las manos temblorosas y la varita en el suelo por no poderla sujetar de los nervios.

Luna volteó para mirarle de nuevo. Le sonrió con inocencia.

—No te preocupes, Ron, no tenías mucha inteligencia que defender tampoco —y continuó andando.

Cuando los zapatos de la rubia llegaron a la altura de los de Hermione, Cho se levantó rascándose la sien.

—No para de repetir "ser" y no parece reaccionar, pienso que es mejor llevarla a la enfermería —opinó Chang—. Podría ser grave.

—Ser...ser- ¡SERÁS HIJO DE PUTA! —espetó de golpe Pansy, levantándose a toda prisa para ir al encuentro del Gryffindor.

Antes de que Ron pudiera agacharse para recuperar la varita, recibió tal placaje en la cadera, en el punto de equilibrio de su cuerpo, que los dos cayeron al suelo haciendo un ruido sordo.

Hermione no tardó en llegar para separarlos con la ayuda de la magia de Luna y Cho.

—¡Te juro que te mataré en cuanto tenga mi varita, asquerosa comadreja peluda! —vociferó, intentando desprenderse de las cuerdas que ataban sus extremidades—. ¡Soltadme! ¡Dejadme partirle la cara a base de patadas!

—¡Ha sido tu culpa por hacerme enfadar!

Ron quiso dar un golpe a la mano que intentaba sujetarle del brazo, pero al ver que era Hermione no hizo nada. Es más, puso la palma encima del dorso de su amiga para lograr tranquilizarse antes.

—¡Y ENCIMA ESO!

—¿Qué?

—¿Eh?

Pansy cerró la boca de inmediato y Luna empezó aplaudir cerca de la oreja de la Slytherin que estaba atada y sentada en el suelo, ganándose la mirada extrañada de los presentes.

—¿Qué haces? —le preguntó Parkinson, que no dudó en repasarla de arriba a abajo como si se tratara de una criatura mitológica.

—Mi padre me dijo que un buen remedio contra los efectos de los torsosoplos era el ruido constante, y aplaudir creo que ayudará.

—Joder —Pansy retiró su mirada de la Ravenclaw para cerrar los ojos, dando por perdida la cordura de Lovegood—. Qué habré hecho yo en otra vida para merecer esto.

Hubo un momento de silencio para que la situación se calmara. Todas, excepto la Slytherin que seguía preguntándose el por qué de todo y Luna que seguía aplaudiendo con efusividad, enviaban miradas severas al pelirrojo.

Este llevaba sudando desde que la estantería empezó a balancearse.

—Cho, tú debes de entenderme —dijo Ron, haciendo pucheros—. Sabes cómo es de irritante Parkinson, no creía que el hechizo hiciera eso.

—¿Cómo te ha irritado exactamente?

Weasley conectó su mirada con Granger. No se encontró con ningún gesto.

—Me dijo cosas sobre Hermione. Me dijo que se habían besado.

—Ronald, te quería hacer enfadar, ¿te crees que yo la hubiera besado?

—¡No lo sé! No estaba pensando en si era posible o no, ¡odiaba que se riera de mí y la quería hacer callar! Y-y os encontré muy juntas cuando entré en la biblioteca, eso me confundió mucho.

—Ah, eso es información nueva —señaló Cho.

—No, no, no, no, ya estamos otra vez —Hermione movió las manos con energía.

—¿Puede alguien cortarle las manos a Lovegood? —preguntó Pansy, hastiada—. Si lo hacéis quizás regrese a mi naturaleza.

—Luna, déjalo estar, ¿sí? Parkinson parece ser que no sufre de un ataque de torsosoplos —Cho le sujetó las dos manos, y Luna le sonrió conforme, dejando de aplaudir.

—Bien —mantuvo su expresión malhumorada—. Primer punto: Eres la persona más gilipollas que me he encontrado hasta ahora, Weasley. Incluso el pus de tus granos tiene más inteligencia que tú; Segundo punto, ¿yo y Granger? ¿en serio? Algún día de estos le enviaré una carta a tu madre diciendo que te pajeas pensando en que Granger se tira a una Slytherin, y ya de paso le pediré que te lleve al Hospital de San Mungo a que te hagan una revisión general. Creo que cuando naciste no se dieron cuenta de que no tenías cerebro.

—Si vas a insultarle, Parkinson, más vale que te calles.

Hermione se acercó a la joven que seguía sentada en el suelo con los pies sujetos por una gruesa cuerda y las manos atadas en la espalda. Con el pie, la hizo desequilibrarse un poco.

—Yo dejaría que siguiera hablando.

Todos voltearon a ver a Cho, quien sólo se encogió de hombros como si no fuera la cosa. Parkinson frunció el ceño, pero después sonrió.

—Si al final tú y yo acabamos soportándonos gracias al odio que sentimos por Weasley, mátame.

—He dicho dejarte hablar, no insultar —rodó los ojos.

—Cho dice que si Hermione acaba con Ron, Ron acaba con el futuro de Hermione. Y que prefiere antes que... ¿cómo era? Que prefiere antes que acabe con una persona prepotente y sinvergüenza que la obligue a continuar siendo ambiciosa con los estudios a que un bobalicón le frene el impulso —sentenció Luna, sonriendo—. ¿Verdad que me dijiste eso?

La mayor de las Ravenclaws sólo pudo desencajar la boca al mirar a su compañera. Hubo un incómodo silencio donde Ron suplicó con la mirada a la asiática.

—No dijiste eso, ¿verdad? No dijiste que prefieres que alguien prepotente esté con Hermione antes que conmigo, ¿no? Quiero decir... ¡eres mi amiga y estás en nuestro grupo! —fue directo a ella de una forma poco tranquila para que le contestara.

Desmaius—dijo Cho rápidamente, muy desconcertada por el estado alterado del mago y sin saber bien cómo reaccionar.

El cuerpo cayó como un peso muerto y Parkinson dirigió sus pupilas al pelirrojo, después a la morena.

—Joder, quién me lo iba a decir.

—No le dije eso a Luna —se defendió. Acarició su barbilla pensando en si modificar a Weasley los recuerdos para evitar tensiones dentro del Ejército de Dumbledore—. Le dije que Ron... en fin, sería como un peso en la espalda de Hermione.

—Ya, claro —Pansy sonrió con travesura—. Al final resultará que guardas simpatía a los Slytherins y todo.

—Sólo me faltaba eso —gruñó.

Chang regresó la atención al mago inconsciente.

—Si estás pensando en modificar sus recuerdos... —empezó Hermione. Cho la escuchó y, suspirando, guardó su varita—... ¿podrías implantarle recuerdos falsos de que cuando me encontró, Parkinson y yo estábamos discutiendo?

—Uuuh —Pansy negó con la cabeza con fanfarronería observando a las tres brujas desde el suelo—. Siempre yendo a favor de la justicia y acabo de descubrir que sois unas corruptas.

—Ron no tiene la culpa de lo que ha pasado, y no queremos que el Ej- —calló de golpe.

Parkinson era una Slytherin, y los Slytherins estaban a favor del Ministerio de Magia y de Umbridge. Y Umbridge era la antagonista principal del Ejército de Dumbledore.

Si Parkinson se acababa enterando de que había un grupo clandestino a favor de Dumbledore cuando era ilegal que existieran los grupos con más de tres personas por culpa de los decretos de la Suma Inquisidora, sería el fin para ellos.

Aunque la Slytherin se encontraba en esos momentos con la cabeza ladeada y una mirada de confusión muy parecida a la de un cachorro. No parecía haberse enterado de nada.

—No queremos que haya tensión entre nosotros por esto, por lo tanto... Cho, si me haces el favor... oh, ya de paso, ¿podrías colocar los libros con tu magia? —le dijo, dando un fugaz repaso a la biblioteca.

—No creo que a McGonagall le guste si se entera.

—¿Prefieres que me quede toda la noche con Parkinson recogiendo este desastre?

Pansy oyó la frase y no dudó en atrapar la oportunidad.

—Por mí encantada, tengo pensado ya varios juegos nocturnos para no aburrirme —se burló, guiñando un ojo.

—Parkinson, no me seas tan idiota —le contestó la asiática, agitando la varita para ir colocando los libros en las estanterías—. Por mucho que nosotros los Ravenclaws sepamos ver lo que a otras personas les cuesta ver, sigues teniendo las mismas posibilidades de que Hermione se fije en ti, y tú te rías de ella por ello, como que ella suspenda.

La Slytherin rió.

—¿Te sirve como respuesta saber que lleva ya dos suspensos seguidos en Pociones? —aunque decidió no avivar el fuego—. ¿Puedes quitarme ya estas cuerdas? Me gustaría ponerme de pie y volver a odiaros como siempre.

Cho obedeció poniendo los ojos en blanco. Después se entretuvo con la memoria de Ron con ayuda de Hermione al mismo tiempo que Pansy se despedía de las tres jóvenes con un movimiento de mano una vez fue directa a la salida de la biblioteca.

Al desaparecer, Cho guardó la varita.

—Ahora sólo queda esperar a que Ron despierte —dio un pequeño respiro, conforme con lo que había hecho—. Por cierto, ¿a qué viene eso de que os encontró demasiado juntas?

Hermione boqueó al recordar lo sucedido. ¿Quién demonios le iba a decir que acabaría acorralada contra una estantería y con Parkinson susurrándole una historia erótica en el oído?

—Hermione —volvió a llamar.

—¿Eh? ¿Qué? Sí, tienes razón.

—No he dicho nada para que me des la razón —Cho frunció el ceño y Luna sonrió achinando sus ojos.

—A-ah, uhm.

—¿Qué había pasado antes?

La Gryffindor mantuvo la mirada de la asiática. ¿Entraba dentro de sus planes contarle a Cho que Parkinson le había descrito un relato de ellas dos haciéndolo? No.

—Idioteces, simplemente, ya sabes cómo es Parkinson. Vamos a buscar mi varita al despacho de la profesora McGonagall —cayó en la cuenta de que allí es donde estaría yendo ahora mismo la Slytherin—. No, no, mejor esperamos un rato aquí y después ya si eso...

-0-

En el Gran Comedor

El bullicio del Comedor, tan lleno de conversaciones, de ruidos de tenedores y cucharas tocando los platos y del goteo de los líquidos al rellenar los vasos, no ayudó a que Hermione oyera cómo Ginny la llamaba para que fuera hacia donde estaba sentada con sus hermanos y Harry.

—¡Aquí, Hermione!

Nada. Hermione parecía tan confundida que aparentaba ser una de primero que entraba por primera vez. Ron apareció unos segundos después por la puerta del Gran Comedor, parpadeando con mucha frecuencia.

—¿Qué le pasa a 'mione? —preguntó Harry mientras se limpiaba con una servilleta.

—No sé... —le contestó la pelirroja, observando a su amiga de lejos—. ¿A quién está mirando?

Los dos estiraron el cuello para poder ver por encima de las cabezas de la gente. Desistieron en cuanto Hermione empezó a ir hacia ellos.

—¿Cómo ha ido el castigo? —Harry, quien había guardado un asiento entre él y Ginny, dejó que su amiga se sentara.

Después el pelirrojo la imitó, sentándose al lado de su hermana para llenar de inmediato un vaso de agua. ¿Cómo era posible que le doliera tanto la cabeza?

—Buah —interrumpió Fred, señalándola con una pechuga de pollo—, Colin Creevey os vio en pleno duelo y nos contó que se notaba tanta rabia entre vosotras que ni siquiera os dabais cuenta del destrozo. ¡Incluso lo pegasteis a la pared junto con Dean! Eso sí, desde esa posición os pudo sacar unas cuantas fotografías con su cámara.

Ginny rió ante el hecho.

—¿En serio hay imágenes de ellas dos? ¡Quiero verlas! —pidió su hermana, golpeando la mesa con energía.

—Hemos cambiado dos por un pack de Surtidos Saltaclases, sabíamos que os gustaría verlas. En especial a ti —le dijo a Ginny.

Sacó del bolsillo del pantalón dos fotografías en movimiento.

En la primera se veía el final del pasillo cubierto de hielo con varias aves pululando por el techo y a las dos brujas lánzandose hechizos sin parar; En la segunda, se observaba desde la perspectiva del suelo cómo un conejo pasaba saltando por encima del objetivo de la cámara y el cuerpo de la Slytherin de espalda creando Protegos sin descanso para protegerse de Hermione quien, en esa imagen, se podía ver claramente que tenía un rostro cargado de irritación.

—Brutales —valoraron Ron y Ginny a la vez.

—Más os vale tirar esas fotografías antes de que me encargue yo del asunto —amenazó Hermione, llevándose un trozo de carne a la boca.

—Vamos, 'mione, es genial ver cómo Parkinson apenas puede protegerse de los hechizos que le lanzas. Mira, mira, ¡cuatro seguidos y sin mover la boca! Eres genial cuando te enfadas.

Hermione apartó de un manotazo las imágenes en movimiento que Ginny ponía enfrente de su nariz.

—No quiero hablar ni del castigo, ni de lo que ha pasado y menos de Parkinson, así que se acabó la conversación.

Sus amigos abuchearon, desconformes.

—Joe...—Ron quitó las fotografías de un zarpazo de las manos de su hermana—, ¿te importa al menos que se las enseñe a Parkinson? Le dará una rabia inmensa después de que esta tarde en la biblioteca le hayas lanzado a la cabeza todos los libros que tenías a tu alcance mientras te escondías detrás de una mesa, y ella en otra.

Hermione miró de reojo por encima de la cabeza de Ginny que en esos momentos se inclinaba para servirse sopa. Chang había hecho un excelente trabajo, pero era evidente la inmensa imaginación que la Ravenclaw tenía.

—Escúchame, Ronald, a Parkinson no le interesará estas estúpidas fotografías porque su orgullo de sangre pura y su complejo de Reina del Universo se lo impiden o, más bien, hacen que las rechace puesto que es una sangre sucia la que le está machacando en un duelo. Y no quiero hablar de Parkinson mientras ceno, por favor.

—Eso, no le hagáis vomitar —bromeó George.

—Dejaremos este tema de lado, pues —concluyó Harry, hablando por los demás.

Hermione asintió sin apartar la vista del plato.

Si al menos pudiera dejar de imaginarse la estúpida escenita que Parkinson le había contado en la biblioteca, estaría mucho más tranquila.

Su mal humor duró durante toda la cena, incluso cuando llegó a su dormitorio y se dejó caer como un peso muerto encima del colchón. Bufando, cómo no, por la inmensa cantidad de energía que había gastado hoy.

Entre el duelo que había tenido con Parkinson, el castigo de McGonagall por este, y todo lo sucedido después de ello, sus reservas energéticas ya estaban completamente vacías.

Maldita Parkinson. Ni siquiera esa arrogante sabía lo que quería, ¿primero le era indiferente no tener contacto con ella y después la buscaba por todos los rincones de Hogwarts? Un poco de coherencia le iría bien a esa Slytherin.

—¿Te vas a ir a dormir con la ropa puesta?

Hermione ni siquiera miró a Lavender Brown. Se quedó ahí, boca abajo, oliendo las sábanas recién lavadas por los elfos, con un ojo cerrado por apoyar una mejilla en ellas. Y parpadeó una vez escuchando el viento ulular alrededor de las ventanas de la alta torre; parpadeó dos veces, respirando con profundidad para que sus músculos dejaran de estar tan tensos.

Abrió los ojos.

Se encontraba en un gran despacho de paredes de madera de un color crudo. Estaba de cara a una mesa de caoba repleta de pilas de folios y utensilios varios, con una silla de respaldo alto detrás del mueble y situado bajo, lo que parecía ser, varios diplomas donde las letras tenían su propio movimiento. En la pared contraria al enorme ventanal, una estantería llena de libros cubría el resto de la estancia. En general, toda la decoración parecía valer bastantes monedas de oro.

Sin saber muy bien qué hacer, dio un par de pasos hasta poder alargar un brazo y leer uno de los folios. Todo eran cifras, horarios y nombres de magos. Lo único que más o menos podía darle alguna pista era la letra diminuta al final de cada hoja que recitaba "Ministerio de Magia; Departamento de Seguridad Mágica; Servicios Administrativos del Wizengamot"

Hermione no dudó en fruncir el entrecejo. Ni de broma se veía a ella misma administrando los procedimientos legales. Aquello no era un trabajo que le llegara a satisfacer ni lo más mínimo.

—Si deseas pedir hora para alguna audiencia, más te vale ir a secretaría. Yo no hago favores de ese tipo.

La Gryffindor dio un brinco, haciendo que la hoja que leía se le resbalara. Se giró, dudando en si recoger el folio o contestar. Definitivamente, en cuanto se percató de quién entraba al despacho haciendo temblar el suelo por los tacones, salió de su mente la idea de contestar.

Ante ella, una Parkinson que sobrepasaba los veintisiete años, vestida como una oficinista muggle de alto nivel a diferencia, como pudo comprobar Hermione, de la capa blanca sobre sus hombros que se mantenía atada por un broche de oro, pasó por su lado con una ceja alzada.

Boqueó sin palabras, mirando sorprendida a la joven adulta que, como bien se lo esperaba, seguía teniendo unos aires de realeza y de noble cuna difíciles de hacer desaparecer. Por no hablar de aquel atuendo de un blanco impoluto y de costuras plateadas que acentuaban más aquella apariencia.

—¿Te quedarás todo el día mirando o hablarás? —dijo, buscando con parsimonia unos papeles en concreto.

—Eh... yo no sé...

¿Por qué demonios había venido? Ni siquiera se acordaba.

—¿Weasley ha vuelto a tener problemas? ¿O ha sido Potter esta vez? —se sentó con pulcritud, repiqueteando los nudillos en la mesa—. ¿Y bien?

—Mmmh... Creo que ninguno de ellos.

—¿Y qué haces aquí? —arqueó las cejas.

—No lo sé, sinceramente.

—Entonces espero que sepas que tienes que organizar tu propio Departamento, así que aquí sobras bastante.

—No lo sabía, pero viendo que tú has llegado tan lejos era evidente que yo habría llegado todavía más —espetó, se retiró unos pasos al ver que Parkinson se levantaba directa hacia ella.

No dejó de desafiarla aun teniendo que alzar el mentón para mirar a la bruja que la sobrepasaba de altura gracias a los tacones. Mantuvieron la mirada.

—No te tuve miedo en Hogwarts, menos lo tendré ahora —dijo entre dientes.

—Tú no sabes lo que es el miedo, Granger —avanzó un poco más, presionando con su presencia.

Hermione se vio sorprendida por el empujón, teniendo que cerrar los ojos al notar que Parkinson desenfundaba la varita.

Por un instante, la Slytherin miró de reojo la hora que mostraba el reloj de pulsera de su muñeca derecha. Suspiró. Tiró de la mano de Hermione para besar a la bruja en cuanto sus cuerpos se unieron.

La Gryffindor quedó con los ojos sorprendidos, ni siquiera los cerró cuando fue dejando que su boca obedeciera a los movimientos de Pansy.

—Gatita, sé que te da mucho morbo que sea mala contigo como si estuviéramos en Hogwarts o que juguemos a ser diferentes personajes, tales como yo haciendo de... —parpadeó lentamente, coqueta— directora y tú de secretaria, o —su sonrisa se ladeó al hablar— cualquiera de esos contrastes que tanto te gustan con los que jugar, peeero —liberó la cintura de Hermione para dirigirse a la lujosa silla—, hoy sí que estoy muy ocupada. Esta noche continuamos en casa, ¿de acuerdo? —mojó la pluma en la tinta y levantó la vista de los papeles para dirigirla a la atónita Hermione—. ¿De qué te sorprendes? Cinco de los seis días que trabajas te quedas hasta las tantas en tu despacho y nunca- apenas —añadió rápidamente. No se podía quejar de lo que hicieron ayer— dedicas tiempo a tu impresionante pareja cuando vuelves a casa. En otras palabras —dejó de prestarle atención, firmando un papel— hoy eres tú quien se queda con las ganas. Hablamos más tarde.

Pero Hermione no hizo ningún ademán de irse. O de respirar.

Espera, espera, espera, ¿eran pareja? ¿trabajando en el Ministerio?

La lucidez se depositó en su mente, dejando que sus recuerdos fueran modificando lo que sentía y pensaba durante el sueño.

—Estoy soñando, ¿verdad? —dijo en voz alta, tomando consciencia de que podía verse las manos. Llevaba una falda de lápiz, oscura—. Yo todavía estoy estudiando en Hogwarts —murmuró para sí misma—. Sí, sí, estoy en un sueño. No hay magia conocida como para que haya viajado en el tiempo de esta forma tan rara.

—¿Qué susurras?

Hermione tragó saliva, adueñándose de cada detalle que podía conseguir al mirar a esa mujer. Benditos sean los sueños.

—¿Eres Pansy Parkinson, no? —le preguntó, queriéndose asegurar.

La cara que había puesto la ¿ex?Slytherin fue lo que pareció convencerla de que sí que estaba soñando con ella y no con otra mujer de pelo moreno. Era su misma expresión de "¿Qué me estás contando?" que utilizaba asiduamente en Hogwarts.

No se había dado cuenta de cuánto le atraía esa seguridad que poseía Parkinson.

—¿Pansy Parkinson? No, soy la idiota que se casó contigo y la que intenta mantener nuestros lujosos gastos, así que —hizo un ademán con la mano—, debo de seguir trabajando. —Chasqueó la lengua al no descubrir ninguna reacción—. Por favor, Hermione, no me tientes más, tú más que nadie sabe que no soy de reprimirme. O eso, o te secuestro ahora mismo a cambio de que seas tú la que acabe con todo este papeleo. Por mí... ya sabes que no hay problema, siempre fui más de manualidades que de escribir.

—¡Hermione, va! —se escuchó la voz de Lavender Brown a la lejanía—. ¡Creía que te despertarías cuando terminase de ducharme! ¡Llegarás tarde para la clase de Pociones! Bugh, ¿en serio? ¿Por qué no ha venido Ginny?


Y el miércoles ya por fin se acercarán más (ya lo suelto para dejaros los dientes largos :D muahahaha)

¡Muuuchísimas gracias por los reviews, que en cuanto me saque de encima un par de exámenes os contestaré!

Por cierto, si no lo habéis leído y tenéis ganas de ver cómo funcionarían como pareja, escribí un oneshot que me pidieron como regalo de cumpleaños. En mi perfil lo encontraréis "El geranio colmilludo y otros mordiscos de amor" :3