Ahora más que nunca necesitamos el odio para salvarnos

Primer punto de su redacción: odiaba a Parkinson. Segundo punto: más de lo que jamás hubiera imaginado.

¿No podía dejarla un sólo día tranquila? ¿Sin incidentes? ¿Dándole tiempo a calmarse de los nervios que ayer le provocó con tantos altibajos? Si por lo menos fuera únicamente ayer, y no cada día como había sido desde prácticamente navidades, no tendría el malhumor tan a flor de piel. ¡Ni en sueños la dejaba en paz!

Aquello fue como si un bate de metal le golpeara en el abdomen, dejándola sin aire. Oh, Merlín, el sueño.

Siguió con la mirada a la fanfarrona de la Slytherin que pasaba por su lado con su estúpida sonrisa en la cara hasta situarse enfrente.

¿Por qué ella misma sí que iba variando de pensamientos pero Parkinson seguía con su soberbia? Quizás hoy era el día en que acababan, por fin, matándose. O eso, o sería ella misma quien acabaría muerta con tantas dudas respecto a la Serpiente.

—¿Qué demonios quieres ya? —espetó, muy cabreada.

—¿Pero qué modales son estos? —fingió ofenderse de tal manera que imitó perfectamente la actuación—. ¿Ni siquiera me vas a saludar antes de empezar a discutir?

—Escúchame, Parkinson, no tienes ni un motivo, ni uno solo, de venir aquí y dirigirme la palabra.

—Merlín, mira que te recordaba gruñona conmigo, pero ¿tanto? ¿Qué ha pasado? —dejó el tono serio para achinar su mirada—. ¿Tienes que lidiar con demasiada frustración sexual cuando me ves y por eso estás así de insoportable?

La silla en la que Hermione estaba sentada se tambaleó cuando ésta se puso de pie golpeando la mesa con las dos palmas para encarar a Parkinson.

¡Shhhhhht! —chistó la señora Pince desde la mesa central.

Los orificios de su aguileña nariz se agrandaron al respirar con ímpetu. Aquellas dos alumnas eran demasiado problemáticas para estar juntas en su querida biblioteca. Observándolas por encima de los anteojos que utilizaba al leer, les avisó con un movimiento de ceja.

Ambas alumnas asintieron, dándole a entender que habían captado el primer aviso. En el segundo, serían expulsadas de allí.

La Gryffindor fue virando la cabeza lentamente hacia la Slytherin, echándole la culpa a ella de que las hubieran advertido.

—Lárgate —susurró con tono cortante—. Necesito acabar sí o sí la redacción de Astronomía y tu estúpida personalidad no ayuda nada.

—No sabía que ahora fueras la Excelentísima Reina de Hogwarts como para mandarme.

Granger liberó un quejido gutural y prolongado mientras dejaba caer su cuerpo contra la silla.

—¿Vas a seguir molestándome, aquí? —repasó con la mirada a su alrededor para cerciorarse de que sus voces eran suficientemente bajas—. Déjame en paz, bastante te has divertido a mi costa desde primero —agarró su pluma, alzando las dos cejas al negar con la cabeza "Increíble, absolutamente increíble"

—Bueno, visto que parece ser que sí que te has convertido en la Excelentísima Reina de Hogwarts, he venido a ofrecerte tu trono. Es muy agradable de sentarse, créeme.

Granger continuó escribiendo en el pergamino sobre la redacción de Astronomía. Pensó para sí misma: "Punto tres: Parkinson sigue siendo la misma idiota de siempre. O peor. Mucho peor. ¿Por qué demonios no me deja ya tranquila? Se me haría más fácil olvidar lo que pasó ayer y anteayer, y más atrás, y...ugh".

Echó un vistazo a la Slytherin con el ceño muy fruncido sin parar de mover la pluma, preguntándose también qué tontería acababa de soltar.

—¿De qué trono estás hablando?

—De mi cara.

Parkinson se juró no reír escandalosamente estando en la biblioteca por evidentes razones, pero con semejante expresión que había puesto la sangre sucia, se le hizo imposible de evitarlo. Pidió perdón a Pince haciendo señas.

La Slytherin mantuvo su posición de pie, enfrente de la Leona y separadas por la mesa, para escudriñar con atención el rostro de Hermione. Sí, éste había mostrado una expresión de sorpresa total, aunque la confusión era mucho más evidente.

—He entendido que en teoría debería ser un insulto —dijo Hermione, después de parpadear. Se quedó balbuceando unos momentos con la pluma entre sus dedos—. Pero no he acabado de comprender a qué te referías.

—¿Lo dices en serio?

—Sí, Parkinson, tú y yo hablamos en diferentes idiomas: el mío es el de los que tienen cierta inteligencia, y el tuyo... —produjo un ruido de burla—. El tuyo es el tuyo, no hay más presentación.

—¿Me estás diciendo de verdad que no has entendido que...? A ver, a ver —se tocó un momento el puente de la nariz. Al pensar, se le escapó varias sonrisas. "Increíble", se dijo al alzar la mirada para toparse con la de la Gryffindor—. Hay ciertos comentarios que tendrías que captarlos sí o sí por muy inocente que seas en ese sentido.

Hermione negó con la cabeza para darle a entender que todavía no había sonado ningún clic en su mente. ¿Qué más le podría decir su enemiga de toda la vida estudiantil si no eran insultos? Entonces, entrecerró los ojos por la duda y la tenue ofensa que iba sintiendo.

—¿Era un maldito comentario sexual?! —intentó bajar la voz al máximo pese a que se le rasgó por ello.

Parkinson llegó a su límite. Se tapó la boca con fuerza para que sus risotadas no volvieran a molestar la bibliotecaria, y ocupó el asiento libre de delante de Hermione para esconder su cara entre los brazos. Se quedó un minuto ahí, teniendo espasmos por la risa que no quería que escapara de sus pulmones.

—Debes de estar riéndote de mí —acabó diciendo Pansy, levantando el rostro—. ¿Ni siquiera lo has intuido?

—He intuido que era un insulto, porque siempre me insultas —se defendió, inclinando el torso hacia adelante para no alzar la voz—. ¡¿Se puede saber qué me has dicho? ¿No habrás dicho algo muy ofensivo, verdad?

Pansy se mordió el labio inferior para que la risa fuera amortiguada por sus dientes. Con su mirada burlona, repasó a Hermione.

—Granger, sólo imagínate por un momento estar sentada encima de la cara de alguien ¿qué posición tendrías? ¿Qué zona de tu cuerpo estaría en contacto con la cara de la otra persona? Yyyy —esperó a que el rostro de Hermione cambiara por completo— ahora que lo has captado.

—¡C-cómo puedes ser así!

—Si el sexo oral te parece tan bestia... Compadezco muchísimo a tu futura pareja. Muchísimo.

—No, no me refería al sexo en sí, cada uno puede hacer y debería hacer lo que le dé la real gana mientras no moleste a los demás, me refería a que me parece inconcebible que tú... a mí... —boqueó como un pez, agitando la mano en busca de palabras. Acabó gruñendo—. ¿No tuviste suficiente con la historia de ayer?

—Oh, si quieres te puedo relatar otra. Ahí, por ejemplo —hizo un gesto seco de cabeza hacia el pasillo de estanterías que tenía detrás— parece un sitio bastante escondido.

—Ni de broma, Parkinson.

No obstante, se ruborizó al recordar cada detalle de ayer: cómo la atrapó contra la estantería; su voz rasgada, erótica, burlona, acariciándole la oreja; sus labios, siempre húmedos y suaves por la magia del brillo de frambuesa, rozándole el lóbulo y provocando que el vello de su nuca se erizara; sus manos oprimiéndole las muñecas que se mantenían por encima de la cabeza...

En cómo le urgía controlar la respiración por miedo a que la Slytherin se diera cuenta del efecto que causaba en ella; en el inmenso esfuerzo de mantener su orgullo Gryffindor trabajando para no sucumbir en aquel juego tan cruel.

En aquel aroma que desprendía Parkinson, esa mezcla de olores como a deliciosas frambuesas preparadas para ser saboreadas y a bosque. A prado...

Oh, Merlín.

Tragó saliva, soltando la pluma para frotarse los ojos. Necesitaba reaccionar urgentemente. Necesitaba...

—¿Qué ocurre, Granger? —sentada y con la cara orientada hacia su enemiga, chasqueó los dedos al notar que, como era tan natural en ella, la Gryffindor había vuelto a irse a su propio mundo mental mientras miraba al pergamino en el que estaba antes escribiendo.

Hermione necesitaba evadirse de Hogwarts durante semanas, o, mejor, años. Necesitaba no relacionar hechos. No le era nada útil unir el sueño (o los sueños eróticos, en plural, donde salía demasiado cariñosa con aquella arrogante) con el deseo de que Parkinson volviera a decirle, con un tono engreído y seductor, qué pasaría si la besaba.

No necesitaba relacionar los aromas que olió cuando preparaba el filtro de amor de Ginny, con los gustos personales y el perfume natural de Parkinson.

No, definitivamente, todo aquello era lo que menos necesitaba en esos momentos.

—Uh, Granger, dime que no te vas a desmayar, porque, en fin, no quiero alarmarte, pero estás muy pálida. Y pareces un mapache con esas ojeras.

La voz de Pansy interrumpió los miles de pensamientos que cruzaban por su mente. Estaba comenzando a comprender de qué se trataba la maraña mental que poseía desde hacía mucho tiempo y que empezó a hacerse notar cuando tuvo la ligera ¿esperanza? de que Parkinson parecía estar interesada en ella.

Merlín, era demasiado lenta en descifrar los...

"¡No, no!", Hermione golpeó la mesa, enfadada consigo misma "Para nada me-me gusta..." Levantó la mirada, encontrándose con unos ojos confundidos prestando atención a sus movimientos. Suspiró, dejando caer los brazos encima de la mesa para acurrucar la cara entre el espacio libre que dejaron al unirse "No puede ser..."

—Granger, sé que nunca diría esto, pero me estás preocupando —al no recibir contestación alguna, tocó con un dedo la cabeza. Lo retiró de inmediato. Y volvió a tocar a la Gryffindor—. Contaré hasta tres, si no respondes voy a avisar a Pince para que me muestre el libro más gordo que tenga y tirártelo encima.

"¿Me gusta una prepotente Slytherin llena de prejuicios en contra de mí y de mis padres? ¿Una estúpida que será mortífaga el próximo catorce de febrero? ¿Con la que no tengo nada en común? Ni los pensamientos a favor del progreso, ni la humildad ni... Me he vuelto loca, no hay otro motivo. Esto no me puede estar pasando a mí"

—¡Y tres! —la movió del hombro para cerciorarse de que no reaccionaba y se levantó.

La Slytherin esperó medio minuto, deseando de que la amenaza sirviera de algo. Pero Granger continuaba en la misma posición.

—Joder, gruñe por lo menos y te dejaré en paz —estiró el cuello para acercar más su oído a ella. Nada. Se encogió de hombros puesto que, aunque le hubiera contestado, no la habría dejado tranquila—. Tú te lo has buscado.

Pansy retiró la silla, cuidadosa de no hacer ruido. Bordeó la mesa y pasó por al lado de Hermione dispuesta a ir a hablar con la señora Pince. Una mano se agarró fuertemente a su túnica, obligándola a frenar.

Cuando giró la cabeza, sólo vio a Hermione, ahora de espaldas, todavía con la cara escondida, a diferencia de que un brazo se había alargado lo suficiente como para capturar su uniforme.

—Vaya, ¡al menos ya sé que no te has muerto! —cedió al agarre, situándose cerca de la Leona—. ¿Y bien?

El rostro de Hermione se asomó.

—¿Cómo es posible?

—¿Cómo es posible el qué, Granger?

—Que yo... —repasó a la figura que tenía a su lado—. Pfff, ¡es que eres una maldita arrogante que no aprende ni bajo la amenaza de una varita!

Pansy parpadeó con desinterés.

—Aham, ¿vas a decirme otra vez lo que ya sé o puedes ir directamente a lo que me quieres decir?

Hermione suspiró con dolor, todavía negando lo que acababa de descubrir.

Vigiló a su alrededor para evitar que oídos ajenos escucharan lo que estaban diciendo. Sólo había un par de Ravenclaws rebuscando en las estanterías y algún que otro Hufflepuff terminando los deberes a unas mesas más alejadas. La señora Pince continuaba leyendo en su sitio.

—¿Vas a... este catorce...? —inició, carraspeando.

La Slytherin demandó que se explicara más con un gesto de mano. Al comprobar que a Granger le costaría hablar de lo que sea que fuera a hablar, chasqueó la lengua al tiempo que iba hacia el asiento libre que había en la derecha de la Gryffindor.

—Espero que comprendas el gran honor que deberías sentir cuando te digo que te escucho —cruzó una pierna encima de la otra, orientando su cuerpo hacia ella.

—¿Podrías parar de decir estas gilipolleces? No eres nadie para ir con semejantes aires de superioridad.

—Prefiero ir así a tener una autoestima tan baja como para ir llorando por los rincones, aparte ¿qué mejor manera de hacerte enfadar que esta? —sonrió con picardía.

—Vale, se acabó, me rindo.

Sus herramientas de trabajo se metieron en la mochila en un movimiento de varita, pero no pudo levantarse por la mano que estaba posada en su hombro haciendo presión hacia abajo.

No supo por qué, Hermione recordó la escena del sueño en el prado donde Parkinson también la había obligado a quedarse en su regazo. Oh, no, ¡'dita sea!

—Te escucho, Granger.

—Pues yo no porque ya estoy viendo que no eres capaz de hablar con seriedad y de no soltar comentarios sarcásticos, burlones, insultos o cualquier cosa similar.

—Si quieres hablar seriamente, me lo dices y ya está.

—¿En serio? —se sorprendió al ver cómo la Slytherin ya no transmitía tanta arrogancia a través de su lenguaje corporal y mirada. Aunque todavía se podía leer una tenue sonrisa ladeada en sus labios—. ¿Si te lo pido, pararás?

—El primer paso es pedirlo, Granger —suspiró con cierto cansancio—. A ver, ¿qué pasa ahora?

Sacó el brillo de labios del bolsillo para humedecerlos mientras esperaba a que Hermione continuara explicándose. Frunció ligeramente el ceño por el embobamiento que veía en ésta al seguir con los ojos el movimiento que hacía.

—¿E-el catorce de febrero al final irás a... ya sabes, a convertirte en —movió la cabeza de un lado a otro— mortífaga?

—Por supuesto. Sé que tu mayor sueño en la vida es que me acaben asesinando, pero no el mío, así que voy a aplazar la hora de mi muerte para cuando tenga más arrugas.

Saber que la Slytherin tenia planeado seguir siendo mortífaga no le hacía ni una pizca de gracia. Ni una.

—Vale —dijo sin más, dejando que su cuerpo dejara de estar más tenso por la espera de la respuesta.

—Si tenías pensado decírselo a alguien para que atraparan al Señor Tenebroso, he de recordarte que no es necesario que esté Él en estas ceremonias.

—No, no, no estaba pensando en eso.

—¿Entonces en qué?

—En nada, en nada.

—Escucha —dio un suspiró apoyando su costado en el respaldo de la silla y los brazos encima de éste—, seguramente voy a meter la pata hasta el fondo porque, ni tendría que decir esto, ni debería estar tan seria. Eso no va conmigo ni mi personalidad —añadió, peinándose el flequillo para evitar el contacto visual—, pero... por mucho que nosotras dos queramos ser... amigas, no podemos. Nos matarían, y eso mirando el lado bueno ya que es muy probable de que acabáramos torturadas hasta morir atragantadas por nuestra sangre.

—¿Sólo por ser amigas?

Hubo un momento de silencio donde ninguna se atrevió a mirarse.

—Creo que ninguna de las dos queremos ser amigas —puso un dedo en los labios de Hermione para que no replicara—, busca otro sentido a la frase.

—Si te refieres a que... yo... ¡no me gustas! —aunque pareció decírselo más hacia el suelo que estaba viendo sin parpadear que a la joven.

Su orgullo Gryffindor todavía estaba demasiado a la defensiva como para confesarlo.

La sonrisa de lado de Pansy se acentuó sin remedio. Se sentía con la necesidad de volver a ser la de siempre, eso de ser muy seria no iba con ella para nada. Era demasiado agotador.

—Oh, Granger —de reojo, escudriñó su alrededor para cerciorarse de que nadie estaba atento a sus movimientos. Incluso Pince estaba ordenando unos libros al fijarse en que ellas habían estado hablando sin problemas. Arrastró su silla unos centímetros hacia la de Hermione e inclinó el torso—. Tú y yo sabemos perfectamente que la amistad no va relacionada con la atracción.

—Oh, Parkinson —repitió con tono burlón—, tú y yo sabemos que no-

Calló al notar el pulgar de la Slytherin en el labio inferior, delineándolo con la yema. Dio una corta bocanada y... aceptó el acercamiento de Parkinson hasta que la punta de sus narices se rozaron. Hasta sentir los labios de la Slytherin sobre los suyos.

Ni en sueños pudo detallar con exactitud lo exquisito y dulce que lograba ser el sabor de aquel brillo. Quiso profundizar, con las mejillas ardiendo, el firme agarre de la joven atrapándola de su nuca para acercarse más, o apreciar aún más la suavidad con la que estaba siendo besada. Nunca en la vida hubiera relacionado a Parkinson con aquella ternura en la que se estaba derritiendo.

Quizás sí que esperaba los mordiscos que daba la Serpiente en su labio inferior cuando volvía a tenerlo entre sus dientes, ¿pero esperar los mimosos picos que regalaba durante el tierno contacto donde aprovechaba para respirar? ¿de las caricias que obsequiaban sus uñas al recorrer la nuca y parte del cuello? Ni de broma. Ni siquiera en los sueños Pansy era tan, tan extremadamente apacible.

No estaba del todo segura si prefería a una Slytherin tan tierna o a la bestia que se creía que sería Parkinson. No. Era evidente que Parkinson podía ser las dos caras de la misma moneda sin sobreactuar, porque seguramente aquello era parte de su personalidad.

A su pesar, tuvo que abrir lentamente los ojos cuando ya no percibía ningún contacto. Se había quedado hechizada en medio de la biblioteca con los párpados entrecerrados, con la mirada perdida en la nada. Embobada todavía, dirigió sus ojos hacia la coqueta Slytherin que la observaba sentada delante de ella, volviendo a ponerse el brillo que Hermione había lamido con gusto.

La Gryffindor volvió a dar una ansiada y corta respiración al contemplar que Parkinson volvía a inclinar el torso, aunque, esta vez, para susurrarle al oído:

—Ninguna de las dos merecemos la muerte, ni tú te mereces sufrir porque mis familiares y yo no consigamos deshacernos de los prejuicios contra los muggles y los sangre sucia —recogió los bucles castaños que caían con gracia por el costado de la Gryffindor y le dio un cariñoso beso detrás de la oreja—. Así que más te vale seguir odiándome, Granger, porque todavía no estoy preparada para dejar de ver tu horripilante cara por el mundo mágico —se levantó sin dejar de observar a la Leona que estaba ausente—. Nos vemos en sueños, gatita.

Ésta no se movió ni para acariciar con los dedos la zona donde había recibido un casto beso, ni para relamerse los labios en busca del dulzón sabor que había dejado el brillo de Parkinson. Ni siquiera para seguir con la mirada a la Slytherin que no dudó en levantarse para desaparecer por la puerta de la biblioteca.

Se quedó ahí, confusa, atontada, escuchando las plumas de los Hufflepuffs rasgando los pergaminos, de los chasquidos que hacían las contramaldiciones de la señora Pince para deshacerse de las maldiciones de algún libro, del bombeo de su corazón que parecía que no lograba enviar suficiente sangre al cerebro.

Merlín, aquello debía de ser una broma muy, muy pesada.

Se levantó diez minutos después, sintiéndose como si no estuviera en la realidad, y desapareció también por la puerta. A los pocos minutos regresó bajo la curiosa mirada de la bibliotecaria para llevarse las pertenencias que se había olvidado.


¡Muuuchísimas gracias por los reviews y los ánimos para seguir escribiendo sobre ellas dos!
¡Nos vemos el sábado! :D