La velada del trece de febrero
Pansy notaba su cuerpo más extraño que el primer día cuando sus ojos repasaron la enfermería como si fuera un paisaje nuevo. Más bien, pensaba, era su mente la que se resentía en estos últimos días y no lograba captar el motivo. Quizás comenzaba a recordar y aquel gesto no le acababa de convencer ¿ella misma reforzaba los muros alrededor de sus recuerdos para no recuperarlos? Supuso que sí porque los datos y recuerdos más triviales eran fáciles de recuperar.
Con un quejido ahogado, se desprendió de la sábana esmeralda para sentarse en el borde de la cama. Frotándose los ojos, negó con la cabeza: sus memorias estaban empezando a atacarla sin buscarlo.
Y ya estaba convencida de que no quería recordar más.
No deseaba retomar la época en la cuál examinaba un mundo grisáceo y desinteresado con agobio, o así lo recordaba por los escasos sueños que protagonizaba en alguna que otra ocasión. En ellos veía los pasillos de Hogwarts vacíos, grises, agrietados y a ella misma paseando a paso ligero pero enfadado, capaz de morder a cualquiera que le estorbara porque se sentía acorralada. Y así continuaban las imágenes, caminando y caminando sin detenerse ni un segundo en pensar qué hacía, a quién o a dónde quería llegar, ni siquiera comprendía el motivo que le impulsaba a seguir andando, ni lo recordaba en esos momentos.
Aquello le acobardó más de lo que se esperaba; no recordar su objetivo principal en la vida, su motor encargado de motivarla. ¿Y si... aquel objetivo era el que más evitaba recuperar? De nuevo, su cuerpo se estremeció. Era evidente la fuerza y el temblor que causaba en ella algunas palabras que ya había escuchado de Daphne y Draco. Palabras como Mortífagos, que ni siquiera sabía exactamente qué representaban o eran, pero su cuerpo e inconsciente sí.
Con un largo y profundo bufido, se levantó dispuesta a seguir con su vida, y esperaba que siguiera siendo la vida de Pansy y no la de Pansy Parkinson. Al menos por unos días más mientras intentaba reunir el valor para enfrentarse a sus memorias.
Cuando alcanzó su baúl y sujetó los largos calcetines negros para ponérselos (Y todavía no sabía por qué era la única de las alumnas que llevaba calcetas hasta los muslos en vez de las medias tradicionales), vio debajo de ellos el libro de Transformaciones. Hecho que hizo un click de alarma en su cabeza puesto que no había acabado los deberes. Bufó acabando de colocarse el resto del uniforme.
Los profesores, por desgracia, ya no le aceptaban la excusa de haber perdido la memoria para excusarse de su falta de deberes o de notas bajas, ¿tan difícil era de que aceptaran que no le interesaba aquellas materias de por sí?
Tenía la sensación de que debía de estar haciendo otras cosas o atender otros asuntos antes que pasar horas y horas metida en un cubículo rodeada de idiotas -idiotas que no paraban de hechizarse mutuamente por error en Transformaciones o de idiotas que intentaban hablar una y otra vez en clase de Pociones sabiendo que Snape los escucharía-, pero, aunque no lo acabara de admitir, eran aquellas situaciones las que la ayudaban a soportar día tras día la rutina ¿a quién no le gustaba ver la estupidez de los demás como un entretenimiento y descanso al estar embotado de lecciones y hechizos?
Tal vez a los ojos almendrados que siempre miraba las interrupciones con desdén y antipatía en la clase de Severus o de Umbridge.
Sí, sin duda, lo que hacía graciosas de ver esas estúpidas escenas de alumnos imbéciles interrumpiendo eran las diversas reacciones de los demás alumnos. En especial de Hermione Granger -su gatita, se dijo, como un loro que repite sin descanso la única palabra que aprendió-.
Ver a la Gryffindor en algunas clases sentada en una sola pose, una en la que era capaz de no moverse durante horas sin cambiar excepto cuando era necesario escribir alguna que otra frase que soltaba el profesor y que ya había leído en los libros, era un bálsamo para la aburrida mente de Pansy. Sin embargo, las mejores horas del día se convertían en una tortura: era incapaz de levantar la mirada de la Leona y su rendimiento escolar caía notablemente en cuestión de minutos.
Recordaba un jueves, si su agenda mental estaba sincronizada con la realidad, que Severus Snape les ordenó crear una poción y donde pudo ver a todos ponerse en marcha para conseguir los ansiados puntos para las Casas.
Como siempre, su pareja era Daphne a pesar de haberse "declarado" enemigas -aunque la mirada de la rubia siempre le indicaba que lo tomaba como el juego de una niña caprichosa- y ni un segundo pasó antes de que Daphne se dirigiera hacia las estanterías de las especias y materiales.
Así que la oportunidad de examinar a Hermione se le hizo inevitable. Estuvo todo el tiempo que pudo mientras su compañera creaba la poción y le entregaba un cronómetro con la orden "Vigila el tiempo de cocción, es importante no pasarse".
Se le hizo especialmente encantador observar cómo, con un gesto sencillo y rápido, la Gryffindor se recogía parte del cabello en una simple coleta y se arremangaba con determinación en los ojos "¡Conseguiré esos diez puntos cueste lo que cueste!" lograba leer en sus movimientos. Los mechones castaños le acariciaban la cara perlada de gotas de vapor al mismo tiempo que removía sin descanso, con un ojo en el cucharón que manipulaba y otro en su cronómetro, y Pansy estuvo segura de que un tercero vigilaba desde el entrecejo a su compañero Ronald Weasley. Ese idiota era tan torpe que era capaz de destruir el esfuerzo de Hermione con un simple estornudo.
—¿Cuánto llevamos? —preguntó Daphne, removiendo sin parar y secándose la frente con un pañuelo.
—Eeeh —apartó la mirada con dificultad de Hermione y examinó el cronómetro que marcaba dos minutos sin saber qué hacer—, ¿cuánto tiempo era el máximo?
—Un minuto y treinta segundos.
—Ajá —curvó sus labios hacia abajo y alzó las cejas— ¿Y qué pasa si nos sobrepasamos?
—Que moriríamos.
Ni un segundo tardó Pansy en dar un brinco digno de una acróbata hasta situarse a la altura de la mesa del profesor. En cuanto el crono marcó los dos minutos y siete segundos, el caldero comenzó a salpicar espuma verde.
Daphne empujó a una Gryffindor que no se movía del camino de huida por quedarse sorprendida observando la escena, y Snape fue a contrarrestar el desastre que habían creado. Décimas de segundos después, justo cuando los impolutos zapatos del profesor llegaban a su destino, la espuma se desparramó por el suelo como una ola e inundó la vestimenta del adulto.
Ante el amenazante tono de Snape preguntando quién de las dos era la encargada de vigilar el tiempo, Daphne dirigió su rostro a ella y los presentes la imitaron.
—Mmmh —comenzó Pansy, alzando el dedo índice—. No es por nada, bueno, más bien sí, no quiero arruinar el momento, es sólo que... —notó la pesadez de las miradas encima de su persona y guió la suya hacia Hermione—. Simplemente quería deciros que, a mi defensa, no sería justo que restaran puntos a mi Casa porque todos habéis cometido el mismo error —los alumnos se miraron entre ellos, extrañados—. En teoría estáis controlando la misma pócima que yo con los mismos minutos y no creo que sea bueno perder el tiempo en echarme las culpas. Digo yo, eh, que quizás me equivoco y todo.
Al acabar la frase, los alumnos se apartaron rápidamente de sus calderos cuando el interior de estos comenzó a desparramar la espuma verde por el suelo de la clase.
Aquel descuido fue uno de los tantos que le precedieron en las horas compartidas, al igual que el suspenso en pociones.
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Horas después de las insufribles clases, se limitaba a vigilar a Daphne. A pesar de que su deseo más ferviente era estar junto a Hermione, el furioso huracán de Ginny Weasley la obligaba a descartar la posibilidad de acercarse.
La menor estaba irritante aquellos días respecto a los Slytherins y nadie entendía exactamente el porqué. Aunque desde siempre era conocido que repudiaba a las Serpientes, ahora se encargaba especialmente de atacarlas con ahínco hasta lograr que acabasen éstas castigadas o con puntos de menos.
Si ya de por sí era casi impensable lograrlo por culpa de la Brigada Inquisitorial y de Umbridge, el afán y rabia de Weasley eran tal que no se contentaba con menos. Y, evidentemente, hacer la vista gorda a Pansy Parkinson para que se aproximara a coquetear con su mejor amiga no entraba en sus planes más queridos.
"Como vuelvas a intentarlo, juro que te volveré a enviar a la enfermería ¡y ni se te ocurra traerme a ésa mala víbora asquerosa!", gritaba, cuando los pasos de la Slytherin se aproximaban más de lo necesario a Hermione. Y Pansy junto con Daphne desaparecían de su vista sin rechistar.
De tal forma que su única distracción social era seguir a Daphne durante y después de sus quehaceres ya que, aparte de frecuentar las arboledas y prados, notaba una creciente necesidad de sentirse próxima a las personas. Había pensado en crear amistades fuera de su Casa, pero en cuanto el morado de la cara desapareció también se esfumó con él el único recordatorio de que la Slytherin era incapaz de amargar la vida a otros, y nadie confiaba de un supuesto Slytherin hecho y derecho.
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En sus observaciones a Daphne apenas consiguió gran cosa.
Sabía que su amiga se limitaba a hacer lo justo delante de ella porque, después de todo, cabía la posibilidad de convertirse en verdaderas enemigas y era necesario mostrar los mínimos datos y puntos débiles posibles. No obstante, dejaba entre ver los asuntos que ocupaban su mente, qué papel ocupaba su amiga en aquella batalla entre el Ejército de Dumbledore y la Brigada Inquisitorial y las relaciones que trabajaba para alcanzar un mayor beneficio en sus movimientos.
Pansy no tenía muy claro el motivo por el cual Daphne le mostraba tales cosas, sin embargo estaba bien segura de que los tenía, y muy intrincados, de esos que no se podían ver desde la superficie.
Así era Daphne Greengrass, un misterio con capas y capas de laberintos que cuando creías llegar a un final, te dabas cuenta de que habías estado equivocado todo el tiempo, presionándote a desanimarte de intentarlo de nuevo porque sabías que acabarías de la misma forma. Y con el derrotismo, te invadiría una corriente de curiosidad, de deseo por buscar y rebuscar entre el gran enigma para descubrir, por fin, la verdad. O el corazón de Greengrass, como pensaba Pansy, lugar en el que ni ella había llegado por su propia cuenta si la rubia no la hubiera dejado desde su tierna infancia.
Descubrió, después de ser expulsada de la Brigada temporalmente, "Hasta que recuperes tu verdadero yo" le dijo Draco, que la rubia se encargaba de organizar las patrullas por Hogwarts y estaban especialmente estructuradas con tal pulcritud que eran capaces de vigilar en todo momento a los miembros del Ejército, incluso, a la vez, de mantener a raya sus reuniones puesto que cuando alguien notaba un movimiento en todo el grupo, los Slytherins se interponían para aturarles de forma sutil. También llevaba el papeleo: quién quitaba puntos a quién, qué Slytherin apuntaba en los expedientes de otro -por supuesto, Umbridge vería después aquel pergamino para darle el visto bueno-, o incluso se ocupaba de ordenar mandatos concretos para beneficiar a los Slytherins comunes y así ganarse el favor de todos.
Y hasta aquí Pansy conseguía ver lo que, día tras día, el esfuerzo de cada minuto empleado conseguía: entre el particular negocio de Greengrass que iba como la seda, el favoritismo de Umbridge y ciertos profesores, el alto cargo en la Brigada Inquisitorial y, aunque jamás se lo hubiera imaginado, el morboso rumor de que fue capaz de llevarse a la salvaje -como los Slytherins la llamaban- Ginny Weasley a la cama, logró encumbrarse hasta ser parte de, por llamarlo de alguna manera, la élite de los Slytherin donde los favores circulaban sin rechistar, los rumores maliciosos apenas llegaban a causar efecto en el renombre y te aseguraba un excelente puesto en la escala social una vez fuera de Hogwarts.
Pansy pensó que aquello era lo que ansiaba conseguir su amiga: ser una chica excelente en todos los aspectos, pero ¿quién le aseguraba de que ese era el verdadero motivo? Al fin y al cabo, ya conocía cómo se las ingeniaba Greengrass.
Su amiga parecía nadar en fama y satisfacción. Tanto que, una noche cuando Pansy se desveló por el ruido de un frote entre papeles, la atrapó leyendo bajo un Lumos varias cartas cuidadosamente adornadas y distinguió lo que parecían corazones y diversas hiedras de tinta alrededor de los pergaminos, descubriendo que el amor también estaba bajo su capa de éxito.
—¿Fans? —preguntó Pansy en un susurro.
Sonrió ante el rostro desinteresado que le devolvió Daphne chasqueando la lengua y retirando las cartas de su cama.
—Parece ser que me he vuelto popular entre las mujeres. No hay nadie interesante.
—¿Nadie que alcance tus expectativas? —dijo con sorna, todavía recostada con la cara hundida en la almohada y observando cómo Daphne negaba con la cabeza. Parkinson volvió a intentarlo—: ¿Qué buscas? ¿Una sangre pura astuta, fiel a sí misma, preciosa, juguetona, poderosa y capaz de patearte el culo sin pensar en las consecuencias porque no le asusta el poder social?
—No existe tal persona.
—Sí que existe —recriminó Pansy, vio en ello una perfecta oportunidad para meterse con su enemiga—. Pero se llama Ginny Weasley.
Nunca olvidará el rostro decaído que pudo vislumbrar por la luz de la luna. Quedó pasmada mientras Daphne se cubría hasta la nariz con la manta y se enroscaba en busca de su propio calor corporal. Y entonces Pansy recordó, como si fuera un mero pensamiento fugaz, como si rememorara un amargo sueño después de años de letargo, que aquella situación la había sufrido en silencio hacía mucho tiempo, antes de despertarse en la enfermería.
En esa imagen se vio encogida en la cama buscando calor en sí misma, parecido al reflejo de supervivencia de una serpiente que busca el cálido sol para calentarse porque es bien sabido que éstas necesitan de un baño solar para continuar con su vida sin malestares, y murmurando, más bien rogando a la luna que le arrancara de sus pensamientos a Hermione Granger porque era cruel que el destino le obligara a desear a una sangre sucia.
Comprendió que Daphne buscaba una fuente de calor de tanta fuerza y determinación suficiente como para calentarla y derretir el témpano de hielo que era. Y, como bien sabían Parkinson y Greengrass, Weasley era la indicada para aquel cometido. Alguien que, sin buscarlo, era capaz de atraer a una Serpiente por sus cualidades, y con tanto valor que esa persona se convertiría en un sol. En un enorme, resistente y valioso sol.
Pero aquel astro estaba muy lejano, demasiado.
—Los Mortífagos ganarán la guerra, Pans —escuchó decir entre los pliegues de la manta—. Si ganamos... —el susurro calló.
"Será tuya", concluyó Pansy, cerrando los ojos para volver a dormir.
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Durante el transcurso de los rutinarios y aburridos días, Hogwarts regresó a la normalidad. No se escuchaban rumores morbosos como los de parejas entre Casas y de amores prohibidos parecidos al de Ginny y Daphne. Pero todo cambió una noche.
Absolutamente todo Hogwarts recibió una invitación. Todos... excepto Umbridge y los profesores.
Una fiesta nocturna; fueron invitados a una asombrosa fiesta situada en una sala del corredor del séptimo piso a las doce de la noche, entre la víspera del trece y el catorce de febrero.
La carta recitaba las reglas con una tinta granate, pulcra, seductora, capaz de convencer hasta el más remilgado de que se perdería la velada de su vida y eran tan sencillas como portar una máscara que evitara identificarlos, no hablar de la fiesta durante el día para que los profesores no sospecharan y, lo más importante, dejar atrás los prejuicios entre Casas.
Así fue cómo Pansy descubrió que al día siguiente de aquella fiesta del trece de febrero, vendría San Valentín. Y su interior removió las entrañas, incómodo ante la nueva información. Poco a poco, mientras más pensaba en la increíble fiesta que se cernía, más se derrumbaban los muros que protegían sus recuerdos.
—¿Te encuentras bien?
Daphne la escudriñó con interés desde su cama. Ya había posado la invitación bajo las telas del baúl y únicamente se entretenía a observar el estado de Pansy al mismo tiempo que ésta releía la carta.
—Ya va siendo hora de ir recordando —susurró Daphne. No estaba segura de si prefería que su amiga captara las palabras, pero sí de que era necesario recordar, ¿tendría una idea Pansy de lo importante que era el día de San Valentín? ¿Se acordaría de la carta de sus padres demandando su fidelidad al Señor Tenebroso? No... su amiga sólo lo sospechaba en su interior.
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Quedaba un día. Se podía sentir cómo una influyente electricidad de excitación invadía a los magos, incluso los profesores sospechaban de que sus alumnos esperaban algo. Aun así, al saber que al día siguiente era San Valentín, atribuían la excitación a las hormonas, y los pupilos se salvaban de ser vigilados con anterioridad.
Tumbada sobre el césped, Pansy escuchaba a la Brigada Inquisitorial charlar sobre qué llevarían, cuáles eran sus planes y un sinfín de juramentos entre ellos para evitar que alguien se chivara a Umbridge.
Los Slytherins, más que nadie, deseaban la locura que proporcionaba una fiesta nocturna en Hogwarts, llena de alcohol (Daphne era la que se encargaría de traerlo en la Sala Común) y adolescentes con las hormonas revolucionadas, y no deseaban que la Suma Inquisidora les atrapara ¿qué ocurriría con la Brigada si llegaba a pasar?
Pansy asintió ante la idea propuesta de comenzar ellos a beber en la Sala Común y una corriente de diversión le puso la piel de gallina ¿Hermione seguiría siendo vigilada por Weasley en la fiesta? La posible respuesta la animó mucho. Las semanas anteriores habían sido muy aburridas y, para qué negarse, dolorosas. A parte de frustrarse por sólo poderla ver de lejos, su mente comenzaba a hacer de las suyas. Sus pensamientos se enroscaban cada día que pasaba porque su gatita ni siquiera había intentado acercarse a ella. Le dolía más pensar que Hermione perdió el interés que el hecho de no tocarla o mirarle a los ojos.
Un suave empujón en el hombro le hizo reaccionar antes de entristecerse. Esbozó una sonrisa sin ganas a Daphne y continuó con la charla.
—Alegra esa cara, idiota —Millicent le tiró una envoltura de una golosina—. Esta noche es la noche. Habrá tíos y tías por todas partes.
—Esta noche es la noche, Pansy —repitió Daphne, volviendo a empujarla.
—¡Esta noche es la noche! —los Slytherins empezaron a corear la frase uno por uno y todos a la vez.
Pansy no pudo evitar sonreír.
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A las doce de la noche, los Slytherins apenas podían salir de la Sala Común sin tropezarse con sus propios pies. Daphne guardó las botellas de alcohol y recogió el bajo de su vestido esmeralda para salir, mientras que Pansy se sujetaba la diadema de brillantes y apoyaba el brazo en el de Draco.
—Precioso vestido, el azul te sienta de maravilla —piropeó el joven, colocándose con cuidado el pelo engominado.
—Gracias, Draco. Observa mi arma secreta —guiñó un ojo cuando mostró su pierna a través del corte del vestido.
—Uuh, parece ser que intentarás ir a por todas esta noche.
—Mejor dicho, a por una —soltó Daphne apoyándose contra la pared ante el empujón de su amiga.
—Vale, vaale, eso sobraba —interrumpió Draco.
—¡Eh, tíos! —Graham apareció por la salida de las mazmorras totalmente sonrojado por el alcohol ingerido—. ¿Y vuestras máscaras?
—¿No nos las dan allí?
—No me pondré ninguna, demasiado tiempo he perdido maquillándome como para fastidiarlo —espetó Daphne, un tanto ofendida.
—¿Y si hacemos como siempre? Vamos de prepotentes y entramos sin máscara. Seguro que nos reconocerán al instante y que a más de uno le encantará pensar que los Slytherins no le pueden reconocer pero él a nosotros sí —Draco acabó sonriendo orgulloso de su idea.
—Lo que sea mientras pueda ir sin ella —contestó Daphne. Hizo un movimiento de melena y salió hacía el vestíbulo.
La noche refrescaba a pesar de mantener los portones del castillo cerrados. A medida que las Serpientes avanzaban, iban notando cómo incrementaba los efectos y llegaban hasta el cerebro. Las sonrisas aparecían sin motivo, la torpeza estaba a la orden de la noche y la seguridad en sí mismos iba en aumento. Se sentían poderosos en cuanto veían a los demás alumnos con la máscara y siguiéndoles con la mirada.
Atravesaron la entrada de la sala del séptimo piso, más comúnmente conocida por los Gryffindors como la Sala de los Menesteres. Parkinson y Malfoy iban encabezando el grupo y fueron los primeros en admirar el enorme lugar.
La estancia principal era mucho más amplia y alta que el Gran Comedor con varias barras a los costados donde se servía bebida de todo tipo y se encontraban varios elfos domésticos trabajando. Todo estaba a oscuras excepto por los fuegos fatuos de diferentes colores que se movían tan rápido y revoltosos como duendes de Cornualles. Hacia el punto más alejado, detrás de un enorme escenario donde había un grupo tocando música con pasión y a cientos de jóvenes bailando, se podían ver dos escalinatas con el cartel de "Dormitorios".
Draco se frotó las manos. Definitivamente, sería la mejor fiesta en la historia de Hogwarts.
—Bien, ¡reunión! —exclamó el Slytherin tan fuerte como pudo para que se le oyera a pesar de la música—. A partir de ahora, la noche es nuestra —las sonrisas ladeadas afirmaron la frase—. Somos jóvenes, estamos muy buenos y todo el mundo quiere probar nuestra piel así que... dispersaros y disfrutad de los regalos que nos han ofrecido porque, y esto nadie lo duda, somos los malditos Dioses de Hogwarts.
Aunque parezca que haya cambiado la forma de escribir (pocos diálogos, demasiadas descripciones) que sepáis que sólo he utilizado esta forma porque me parecía la más apropiada para este capítulo (vamos que quería que vierais un poco cómo estaba la situación de Pansy y Daphne). Sé que es muuuy cansado leer capis de este tipo, así que rara vez volveré a escribir así si no es necesario (os lo digo por si hay alguien que está ofendido por ello)
Yo sigo en proceso de sobornar a Papa Noél para que me traiga un portátil nuevo dentro de muy poco y pueda avanzar tanto en responder reviews y emails (¿soy la única que no le gusta escribir o responder en la biblioteca por miedo a que alguien esté leyendo por detrás o pueda verlo más tarde? u.u) como en hacer capis más largos, así que muchas, muchas, MUCHAS gracias por vuestra paciencia y, sobretodo, por vuestros reviews y ánimos! :3
