San Valentín

Primera parte

Se despertó con el mayor dolor de cabeza que jamás pudo sentir y supo que no era por el alcohol que ingirió ayer en la fiesta.

Abrió los parpados, dándose cuenta de su fruncimiento de ceño, y dejó caer sin ganas la mano sobre su frente y el flequillo despeinado. ¿Estaba desnuda? Sí, y estaba segura de que ni el maquillaje había sobrevivido. Inspiró profundamente, distribuyendo sus pensamientos para que las neuronas despertaran, y procuró sentir uno a uno los músculos de su brazo izquierdo, pero notó una resistencia de inmediato. Lo tenía completamente dormido por la presión de la cabeza de Granger.

¿Granger...? Granger...

Parkinson apretó la mandíbula. Hoy era catorce de febrero, hoy se convertiría en mortífaga, hoy ya era capaz de indagar en su memoria como si no le hubiera golpeado jamás la Bludger.

Percibió la caída de una lágrima por la cantidad de fuerza que utilizó al cerrar los ojos y removió las sábanas. Quedó varios segundos ausente con las plantas de los pies enfriándose al tocar el suelo y barrió con la mirada el dormitorio, buscando su ropa.

¿Qué hora sería? La hora de irse, se contestó sin más posibilidades de replicar.

Su rostro se relajó, nostálgico ante lo que pensaba al vestirse. Pansy Segunda ya no era nada más que un recuerdo e incluso comenzaba a dudar de que hubiera pasado. Al acabar y dirigirse hacia la puerta, hizo un tenue gesto de girar la cabeza y observar.

Sobraba decir que su expresión taciturna y estricta, al igual que sus renovados pensamientos e ideas, le dieron el valor de alejarse de allí sin mirar a Hermione. No era necesario, sabía perfectamente qué es lo que se encontraría.

La Gryffindor, bocabajo y cubierta con la sábana hasta los omóplatos, siguió el recorrido de la Slytherin por el rabillo del ojo sin intención de pararla.

Pansy Parkinson había vuelto y, a pesar del dolor que Hermione sentía, aquello era un cambio mucho más que necesario. Era inevitable e imprescindible para lo que se avecinaba.

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—Creo que lo tengo todo —murmuró Hermione, removiendo el interior de su bolso al tiempo que caminaba.

Alzó los ojos hacia el techo buscando en su memoria y asintió conforme.

—Sí, yo también creo que tienes todo el equipaje que trajiste de casa.

—No te metas con ella, Ron, tú por llevar no llevas ni calzoncillos —replicó Ginny.

—Eso es porque están todos sucios.

—¡Envíalos a lavar!

—No quiero que Hermione se moleste más conmigo por utilizar a los elfos domésticos...

—Es mejor idea que limpiarlos en las duchas, no quiero que contamines el agua y tengamos que estar meses sin ella.

—Que te den, Ginny.

Bajaron las escaleras a empujones hasta reunirse con los demás alumnos en el vestíbulo. McGonagall repasó las autorizaciones y permitió, con un gesto seco de cabeza, que los alumnos salieran del castillo con paso alegre.

Hermione siguió a su grupo, todos integrantes del Ejército de Dumbledore, a través del camino cubierto de nieve. Vislumbró a la lejanía cómo Pansy se agarraba del brazo de Daphne. Los escasos copos de nieve que comenzaron a caer, que cubrían junto con la ligera ventisca aquella difuminada imagen, le ayudaron a recordar las hojas de los libros de cuando destrozó la biblioteca.

¿Tanto tiempo había pasado? Estaban en el mismo curso y, aun así, tenía la impresión de que años se interponían entre aquella escena y la que estaba presenciando. Tantos giros en su vida, tantos acontecimientos, tantas historias y desafíos, tantos cambios de pensamientos y... para acabar casi justo en el mismo principio. Pansy acompañada de Daphne y ella misma con Ginny. Era como si hubieran caminado en círculo, sin embargo... las experiencias incitaban lo contrario, ¿verdad?

"¿Verdad, Pansy?, aunque me hayas dejado en el dormitorio... ¿recuerdas todo de lo que hablamos anteriormente, verdad?". Casi cayó al tropezarse con una roca cubierta de nieve mientras suplicaba con sus ojos a la espalda de la Slytherin. Se cubrió la boca con la bufanda, sin ánimos de pensar en si, otra vez, para variar, Parkinson había vuelto a convertirse en un témpano de hielo.

Bufó, frunciendo la nariz. Ya estaba harta de aquellos altibajos.

Justo cuando saludaba a Luna por unirse al grupo con el que se dirigían a Hogsmeade, percibió el perfil de Pansy más nítido que antes observándola por el rabillo del ojo. Hermione tuvo que pestañear varias veces, ¿le había guiñado el ojo o simplemente había parpadeado? La sonrisa burlona de la Serpiente la sacó de dudas.

La Gryffindor sonrió a la vez que sus mejillas ganaban color. La esencia de aquella chica no iba a cambiar nunca y aquello le encantaba.

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Los pasos de los integrantes del E.D no siguieron el mismo recorrido que otros años. En vez de visitar las fantásticas tiendas, fueron directos a los alrededores de la Casa de los Gritos sin llegar a pasar la valla. Harry guió al grupo por un camino estrecho, escondido entre árboles torcidos y de hojas perennes. Ginny, al pasar por enfrente de la abertura de la valla, frunció el entrecejo.

—Fíjate —susurró a Hermione, quien se situó a su lado.

—¿En qué?

—En la nieve de la entrada.

Justo cuando la mayor alzó ambas cejas por la sorpresa, todos los integrantes del Ejército de Dumbledore alcanzaron a Harry en la cima de una baja colina donde formaron un círculo al sentarse.

—Alguien ha intentado borrar huellas —afirmó Hermione.

—Exacto, y debió de ser alguien poco cuidadoso.

—¿Quién sería?

—Bueno... —Ginny se rascó la cabeza—. Alguien quien no tuviera miedo de ir a una casa encantada o que estuviera desesperado por encontrar un sitio alejado de la gente.

—¿Estás pensando en la Brigada Inquisitorial?

—Quizás. Pero no me cuadra que hayan hecho un trabajo tan pésimo en disimular sus pisadas. Greengrass no lo hubiera permitido.

—Mortífagos —contestó Hermione, tragando saliva ante la idea—. Personas que les da igual que los demás sepan que han ido por aquí porque saben que nadie les seguirá hasta la casa por la fama que tiene ésta.

—A ver, a ver, primero, ellos saben desaparecer y aparecer ¿para qué iban a ir andando? Y segundo, suponiendo que están teniendo una reunión y han tenido el valor de hacerlo sabiendo que por aquí cerca está la Orden del Fénix vigilando, no creo que sean tan imbéciles como para dejar pistas. O al menos los adultos no.

—Llamarían más la atención utilizando magia para volatilizarse que ir disfrazados como si fueran clientes de la taberna de Cabeza de Puerco. Y según parece han pasado tres personas... pasarían bien desapercibidas —Hermione asintió para sí misma escudriñando la valla por todos lados. Se cruzó de brazos asintiendo—. Sí, apuesto por mi idea. Seguramente la última fue quien hizo el ademán de esconder las huellas, sin muchas ganas por lo que veo.

—¿Y quién sería tan despreocupado como para hacer ese trabajo mal hecho?

—Pansy.

Ginny no contestó, ni tuvo el valor de soltar un ruido que dejara entrever que entendía los pensamientos que estaban volando por la mente de Hermione. Según sus sospechas, los padres de Parkinson habían pasado por aquel desolado paisaje embotado de nieve y, si sus temores eran ciertos, El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado también se podría encontrar tras esas antiguas paredes, o eso pensaba puesto que ella no tenía ni idea de cómo funcionaba aquel ritual.

Ginny apartó la mirada, con cierto miedo a que Él se diera cuenta, Hermione, en cambio, continuó observando la lejana casa con una mirada ausente mezclada con una pizca de desafío.

La menor de las Gryffindors no quería ni saber en qué estaría pensando su amiga. El dolor que veía a través de sus pupilas era suficiente para hacerse una idea. Apoyó una mano en el hombro de la castaña y respiró hondo.

—Puede que no sean ellos. No hay que perder la esperanza... ella dijo que estaría a tu lado pasara lo que pasara, ¿no? Confía en ella, Herms. Es lo que siempre te ha pedido.

La nombrada asintió y esbozó una sonrisa.

—Confío en ella.

Se dirigieron a paso ligero donde se encontraban Harry y los demás y se sentaron siguiendo el orden del círculo.

—Ahora que Hermione y Ginny se han unido, comencemos la reunión. Ante todo, pido perdón por escoger este sitio. A pesar del frío creo que es uno de los mejores lugares para evitar ser escuchados, la fama de la Casa de los Gritos y esta pequeña colina mantendrá a los indeseados lejos y, si por un casual se acercan, los podremos ver antes de que sea demasiado tarde —Harry tosió para hacer una pausa—. Ehm... Sí, vale, supongo que la mayoría os habréis enterado a través del Quisquilloso o de las conversaciones entre vosotros de que la Orden del Fénix ha sido informada de que los mortífag- ahora vamos a debatir, Luna, espera- están pensando en atacar dentro de poco, o si más no, tienen la idea dispuesta a ser, ehmm...¿cómo...?

—Ejecutada —acabó Cho, al notar cómo Potter buscaba una palabra adecuada.

—Eso. Y la Orden del Fénix tiene unos planes distintos a los que habíamos imaginado nosotros. No piensan contraatacar-

—Creo que sería conveniente que intervenga en la conversación, Harry.

—Luna, después detallamos, ahora vamos directos a explicar una idea general.

—Ella tiene razón, iría bien hacer un inciso sobre la información recibida —replicó Cho.

Luna sonrió agradecida.

—Está bien, como prefiráis. Adelante.

Luna envió una rápida mirada a Cho, quien captó al instante el mensaje. Apenas movió el rostro para dirigirse a los integrantes.

—La información que el padre de Luna recibió de la Orden resulta ser un poco confusa. Se enteraron de la intención de ataque a través de unos secuaces, por llamarlos de alguna forma, que no llegan a ser mortífagos porque no tienen la Marca Tenebrosa ni nunca la tendrán. Por lo tanto, yo personalmente no comenzaría a alarmar a la gente, sólo a planear para que no nos atrapen en baja guardia, podríamos incluso hablar con los seres del bosque.

—Mejor no, sería arriesgar nuestras vidas antes de tiempo —dijo Harry después de cavilar la propuesta—. Continúo: al no tener claro si atacarán pronto o si es una falsa alarma, la orden ha decidido tomar ciertas medidas. El Abraxan que se escondía en el Bosque Prohibido y que encontró Cho lo han querido utilizar. Ya que ahora está escondido en la Casa de los Gritos, han ordenado que en cuanto los mortífagos ataquen Hogwarts nos dirijamos al Sauce Boxeador y de allí a la Casa.

Hermione y Ginny se miraron preocupadas, ¿si los que se encontraban ahora en la Casa descubrían el Abraxan, ocurriría algo?

—¿Pero si sólo hay un Abraxan cómo lo vamos a hacer para que escape todo Hogwarts? —preguntó Katie.

—Bueno, Hagrid se encargaría de enviar Thestrals a la Casa y contamos con que sólo me busquen a mí, así que en cuanto se enteren los mortífagos de que no nos encontramos en la escuela, en teoría, la dejarían en paz.

—Es decir, que habrán los animales justos como para escapar nosotros y tenemos que depender de que no ataquen la escuela.

—A malas, las escobas también sirven —añadió Ginny—. Me sienta mal decirlo, pero creo que en este caso una huida sería mas eficaz que un contraataque. Después de todo sólo tendremos el apoyo de profesores y alumnos poco experimentados ya que la Orden no llegaría a tiempo. Por no decir que dentro tendremos a Umbridge y a la Brigada.

—¿Y si deciden destruir Hogwarts a pesar de saber que no está Harry? —inquirió Hermione.

—Les patearemos el culo —contestó Angelina.

—Tendremos que asegurarnos de que dejarán en paz a la escuela antes de irnos, creo yo —Katie secundó a Angelina.

—¿Y cómo lo haremos? Si no nos vamos a la Casa y se les dice de que no está Harry en Hogwarts, no nos creerán.

—Y otro problema es la Brigada Inquisitorial, está claro que nos intentarán matar antes de que reaccionemos —Neville se unió a la conversa, nervioso por las noticias.

—Dudo que esa pandilla de cobardes nos ataquen por la espalda sin esperar a tener ayuda directa de sus asesinos preferidos —contestó Katie.

—Habrá que contrarrestarlos antes de que puedan actuar.

—¿Cómo se supone que lo haremos si ellos sabrán antes que irán a por nosotros gracias a sus familias?

—Joder —escupió Angelina—. Tenemos el futuro muy negro.

—Y vuelvo a repetir que sería más eficaz huir que atacar —añadió Ginny, bufando.

—Tranquilidad, calma, sólo tenemos por seguro de que necesitamos planes por si ocurre, y ya está. No nos vayamos por las ramas.

—La Orden nos ha dicho que huyamos y visto lo visto... ¿todos de acuerdo?

Asintieron a la vez, unos con más ganas que otros.

—¿Podremos llevarnos a los sangre sucia? —preguntó Hermione, pensando en las consecuencias de un ataque a Hogwarts aunque no estuvieran ellos presentes.

—¿Y yo a mi hermana?

—Entonces yo a los míos.

—Mi prima...

—Vale, vale, calma, estamos haciendo una montaña de un grano de arena.

—La amenaza está ahí, no es una simple advertencia, Harry.

Los jóvenes empezaron a quejarse y a debatir entre sí dejando el turno de palabra de lado. Harry se cubrió la cara con una mano, abrumado ante la situación. Ni siquiera los gritos de Ginny para que se callaran funcionaban.

—¡Mortífagos en la Casa de los Gritos! —todos se callaron de golpe para afirmar lo que Ginny había dicho—. Ahora que tengo vuestra atención, callad de una puta vez. Los más amenazados somos nosotros, está claro que irán a por el Ejército de Dumbledore por ser aliados de la Orden y estoy segura de que nos perseguirán ya que su objetivo principal desde antes de que la mayoría de nosotros naciéramos es matar a Harry. Los mortífagos ya se encargarán de los sangres sucia una vez hayan acabo con su mayor amenaza. ¿Todo claro?

—Añado de que claramente hablaremos con los profesores para que, una vez ocurra, se encarguen de poner a salvo a los alumnos.

—¿Adónde iremos una vez estemos en la Casa de los Gritos?

—No digáis nada.

Los integrantes quedaron como suspendidos en el tiempo ante la orden de Hermione. Esperaron varios segundos antes de empezar a extrañarse.

—No es que no confíe en vosotros, pero cabe la posibilidad de que puedan usar Veritaserum o cualquier opción similar. Es mejor saberlo una vez estemos allí.

—¿Y si nos perdemos por el camino de ida por, yo que sé, una explosión por ejemplo o la confusión del momento?

—Nuestro punto de partida será la Casa de los Gritos. Allí estaremos esperando hasta que estemos todos, y no os traigáis a amigos o familiares, los pondréis más en peligro trayéndoles que si estuvieran bajo el techo de la escuela.

—Y no hace falta decir que se os quede esta conversación en la mente porque está terminantemente prohibido hablar de este plan en la escuela. Las paredes tienen orejas y todas enemigas, incluso un alumno inocente es peligroso. Me refiero a que ellos no tendrían la voluntad de callarse si les amenazan o cualquier cosa.

—¿Algún punto más que debatir?

Se encogieron de hombros y se levantaron expulsando la nieve en polvo de sus traseros.

—Pasad un buen San Valentín —dijo Luna, siguiendo de cerca a Cho.

—¡Igualmente!

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Hermione se quedó apoyada en un tronco con la vista clavada en la Casa de los Gritos a diferencia del numeroso grupo con el que había estado hacía un minuto. Ginny, Ron y Harry se despidieron de ella con una sonrisa, dejando a la joven con el espacio que siempre reclamaba.

Estuvo esperando alrededor de una hora larga en el mismo sitio, sin importarle la fina capa de nieve que se formaba encima de sus ropajes, cuando decidió caminar directa a las calles transitadas de Hogsmeade. No supo si en las otras veces que vino apenas se fijó en lo que le trasmitía dar pasos por las congeladas calles, sin embargo sabía que ahora más que nunca podía sentir una curiosa sensación de alivio y serenidad a pesar de la situación.

Los adornos de enamorados que de lejos parecían navideños, los resbalones de los alumnos que se apresuraban para evitar tener más frío cuando salían de las tiendas, la lluvia congelada que se precipitaba hacia ella con una parsimonia de la que quería aprender, la oscuridad que le proporcionaba las nubes que cubrían el sol...

Sin darse cuenta, sus pies la guiaron a dar lentas vueltas sobre sí misma a medida que se adentraba en sus alegres pensamientos, ¿por qué estaba feliz ahora? Le dio igual la respuesta mientras siguiera así, como también le dio igual las risitas de dos alumnas de primero. Le daba todo absolutamente igual. Se sentía de maravilla y necesitaba seguir de este humor por su propio bien.

—¡Preciosa forma de bailar, Granger! ¿Cuándo vendrá la parte graciosa donde te resbalas y te rompes el cuello?

Hermione se encogió de hombros ante las palabras de Millicent y dio un par de vueltas más antes de respirar hondo. Entre ellos no estaba Pansy; lo único que le importaba.

Llegó a Honeydukes para encontrarse cara a cara con Ginny y Angelina empujándose para llenar dos bolsas grandes de golosinas. Las carcajadas de Katie inundaban el lugar al observar la sana competición entre ambas chicas a pesar del revoloteo de palabras de los demás alumnos que se perdían en el placer de buscar sus caramelos favoritos.

Le llamó la atención de un brillo casi al fondo de la tienda. Hermione se fue acercandoa él sin saludar a sus compañeras y apartando con cuidado a la gente que estaba entretenida escogiendo caramelos. Al llegar al fondo, dando la espalda a la salida y a la multitud que estaba entretenida en ver las novedades de los escaparates, justo en una estantería llena de piruletas de cualquier forma y color, se topó con un anillo pegajoso por los dulces.

¿Un anillo de plata con rubíes?

Extrañada, lo guardó en el bolsillo dispuesta a dárselo a la dependienta. Con suerte, quien lo hubiera perdido se acordaría de él.

Décimas de segundos después de esa acción, percibió cómo alguien se posaba tras su espalda y alargaba el brazo para alcanzar una piruleta grande en forma de corazón con la frase "You're my candy girl" en ella.

—Necesito tu ayuda —la cálida voz le acarició la oreja— ¿Crees que a mi... —pareció que le costaba decirlo— novia le gustará?

Hermione no pudo ni respirar. Vislumbró por el rabillo del ojo una media melena enmarcando su sonrisa de lado preferida, todavía con la atención dirigida a la golosina que sujetaba.

Suspiró, apoyando la cabeza en el hombro de Pansy y su espalda en el pecho de ella.

—¿O... quizás —continuó la Slytherin depositando el corazón en la estantería para agarrar una piruleta en forma de labios— le interesará más un beso de caramelo?

Pansy alzó una ceja, inquiriendo. Incluso utilizando la piruleta como si fuera una máscara para la boca se podían distinguir las comisuras divertidas asomándose tras de ella. La Gryffindor rió y se giró lamiéndose los labios, quedándose cara a cara con su ya-no-tan-enemiga.

Guardó sus manos en los amplios bolsillos de la gabardina negra que llevaba Pansy y la atrajo hacia ella misma.

—Seguramente querrá un beso muy, muy dulce—contestó, besando la piruleta y presionándola contra los labios de su amada.

Cuando Hermione se separó con las mejillas ardiendo, Pansy le robó un beso. Y otro, y otro, y el último ni lo acabaron. Lo alargaron todo lo que pudieron, saboreando el gusto a fresa del caramelo que ya habían retirado, y relamiendo cada parte de los apetitosos labios de cada una.

—¿Te das cuenta de que ahora tendremos que comprar esta piruleta?

—¿Y el problema está en...? —gimió Hermione, intentando vocalizar ante el suave mordisco de Pansy que capturaba su labio inferior.

—Que ni siquiera me gustan.

—Se puede convertir en mmh mi regalo de San Valentín.

Las carcajadas de la Slytherin provocaron un divertido enfurruñamiento en Hermione.

—Sabiendo que tengo galeones por gastar y me pides una triste piruleta, te creía más ambiciosa, Leona.

—No soy tan materialista como algunas —contestó, sonriendo con travesura ante el comentario "Oh, cuidado, estamos ante una chica muy mala".

—¿Y... cómo está yendo el primer día después de haber recuperado la memoria, señorita Parkinson? ¿Alguna conclusión?

—Sé quién soy y a quién soy fiel...

—¡Han entrado los Slytherins en la tienda! —advirtió Hermione.

—Ahá. Y voy yo y me lo creo, no creas que te será fácil huir de m-

La Leona golpeó la estantería con su espalda en un intento de zafarse del agarre de la Slytherin, tirando parte de los dulces de la estantería sobre ella y llamando la atención de, literalmente, todos los que se encontraban en la tienda.

Ginny dejó la inmensa bolsa en el suelo y miró de reojo a Daphne, quien se situaba junto con los Slytherins de la Brigada al otro lado de un mostrador de nuevas chocolatinas. Katie y Angelina pusieron cara de no entender qué pasaba, Neville continuó distraído comiendo de su recién compra hasta que echó un vistazo rápido a Harry. Cho junto con Mónica, Lisa y las dos gemelas Patil ocultaron la risa. Los demás clientes no supieron dónde meterse al intuir una posible pelea entre Gryffindors y Slytherins.

—¿Qué pasa? —contestó Pansy, posando sus manos en la cadera— ¿No tenéis vida o qué? En la tienda que está al final de la calle podéis comprar un manual donde os enseñará a meterosla por el culo. Que, al fin y al cabo, tiene el mismo origen y composición que vuestra mierda, ¿mh?

La tienda volvió a estar animada al instante. Hermione se cruzó de brazos, frunciendo la nariz.

—¿Qué? —demandó la Serpiente con ambas manos—. He intentado ser lo menos grosera posible. Lo he intentado, por lo menos. Yo me preocuparía más por los dulces que has tirado con tu pomposo culo y que has roto. Sé de alguien que tendrá que pagarlos y a quien ni siquiera le gustan.

—Mira el lado bueno, podrás ir regalando chucherías a la gente como regalo de San Valentín —bromeó la Leona, recogiendo el desastre.

—Oh —alzó ambas cejas y curvó los labios hacia abajo en un gesto de conformidad—. Buena idea. Le diré a la dependienta que escriba mi nombre y mi Casa en los corazones y se los daré a las jóvenes solteras con un guiño incluido. Sin duda mañana tendré citas románticas a las que asistir.

—Huirán de ti en cuanto vean a qué Casa perteneces.

—No es verdad, les dará más morbo.

—Tienes que reconocer que tu Casa es como el infierno de Hogwarts, lugar donde habitan todos los demonios —se levantó del suelo con las manos llenas de piruletas y sonrió con sarcasmo.

Pansy rió entre dientes y le regaló una mirada juguetona. Se acercó con disimulo al rostro de Hermione haciéndola retroceder hasta acorralarla contra la estantería, procurando ocultar la acción con su cuerpo de la gente, y rasgó la voz de manera erótica sin apartar su atigrada mirada de los ojos pardos.

—¿Nunca has escuchado que el infierno puede ser muy divertido si estás con el demonio correcto? —parpadeó con una lentitud muy seductora, ladeó la sonrisa y agarró todas las piruletas para dirigirse hacia el mostrador de la tienda—. Pues te acabas de encontrar con la reina.

—Cómo te odio, Parkinson —susurró, siguiendo la espalda que se alejaba por momentos.

A pesar de la distancia, sabía que la Serpiente le había oído por el gesto que hizo de meterse la piruleta que habían besado en la boca.

Pansy dejó caer las golosinas sobre el mostrador ante la cara de sorpresa de la mujer por la escasez de variedad y la joven inició una educada conversación sobre las novedades de la tienda.

De mientras, un mago de Ravenclaw de quinto año se acercó por la espalda de Hermione, secándose el sudor de las manos y claramente ruborizado, al tiempo que la dependienta contaba las piruletas y mantenía ocupada a la Slytherin.

Después de una profunda bocanada de aire, el mago llamó la atención de la Gryffindor con dos suaves toques en su hombro con el dedo. Nada más girarse, la vista de Hermione fue tapada por una tarjeta postal adornada como si fuera un libro antiguo.

Parpadeando, incrédula, la Leona observó al mago que no osaba mirar directamente a los ojos.

—¿Es... es una confesión de amor? —balbuceó, pensando rápidamente en una reacción.

Al hacer el ademán de agarrarla, una mano ajena a ella la robó de un zarpazo. Pansy decidió escudriñar con recelo la tarjeta al captar las palabras de la Gryffindor; la giró entre sus dedos, la examinó por delante, por detrás y por dentro. Al final de un largo poema, la frase "Nadie te amará jamás como lo hago yo" estaba subrayada.

Con una expresión inescrutable, se la devolvió al mago.

—Si piensas que esa frase es romántica, olvídalo. Sólo le estás diciendo que si no te escoge nunca logrará encontrar el amor verdadero cuando, claramente, es fácil encontrar uno que merezca más la pena que el egocéntrico que tú le das. Aparte, ¿qué te parece si gastas tu tiempo y energía por alguien por el que, si se te ocurre acercarte, no vayas a ser colgado de un pie en la Torre de Astronomía?

—¡Pansy! —su voz se alzó hasta cierto tono.

No quería llamar la atención de la multitud que seguía llenando sus bolsas de golosinas.

—¿Qué? Lo hago por su bien —señaló al joven que parecía a punto de llorar—. Si en un futuro me entero de que has vuelto a intentar hacer algo parecido para llamar la atención de Granger, te faltarán piernas para huir de mis Crucio, enano.

—E-es ilegal, esa maldición —murmuró él, cohibido.

—Ilegal es que te dejen salir con la cara tan fea que tienes, venga, va, que corra el aire.

En cuanto salió escopeteado con la tarjeta, Pansy ignoró el cruzamiento de brazos de su novia.

—No hacía falta nada de lo que has hecho, ¿a quién se le ocurre decirle eso a alguien y después actuar como una celosa sin remedio?

—Como has dicho, es actuar, pero sí, lo reconozco, soy celosa, sé que es un defecto e intento luchar contra ello pero me hierve la sangre cada vez que me recuerdan que te puedo perder en cualquier momento.

—Espera, espera, supongo que tendrás claro que tu problema viene de una falta de confianza considerable hacia ti misma, ¿verdad? Oh, Merlín, no me puedo creer que Pansy Parkinson piense que que no se merece estar con una sangre sucia —ocultó su boca con la mano. Después, la miró preocupada—. ¿Qué demonios has desayunado hoy? ¿Te encuentras bien?

—Ya, sí, bueno —chasqueó la lengua—, tampoco estamos hablando de una sangre sucia cualquiera. Aunque sé que soy capaz de tener a quien quiera bajo mis pies, así que no, no es falta de confianza es simplemente... —hubo un momento de silencio. Frunció el ceño: "Es simplemente que tengo miedo a que algún día prefieras estar más a salvo saliendo con alguien ajeno a las familias mortífagas"—. Sí, tienes razón, carezco de confianza.

Aawww, Pansy... —abrazó con fuerza el brazo de la maga, hundiendo su rostro ruborizado en él.

La dependienta carraspeó, mostrando la bolsa de papel donde había guardado los caramelos y recitó el precio. La Slytherin le señaló la piruleta que tenía en la boca para cerciorarse de que también la había contado.

—Muchas gracias —canturreó la dependienta.

—Dáselas a la torpe que tengo a mi lado.

—¡Gracias! —dijo, sin captar el sarcasmo de la Slytherin.

Se alejaron del mostrador con las carcajadas de Pansy como banda sonora.

—¿No decías que no te gustaban? —comentó Hermione, al comprobar que seguía saboreando la golosina.

—Y lo sigo diciendo —sacó el dulce de su boca—. Toma, chico, para ti.

El alumno de primero que pasaba por ahí por casualidad observó con gran alegría la piruleta que le acababan de dar. Hermione se la arrebató con un no rotundo y el joven se alejó confundido.

—Pobre niño, eres una destructora de sueños, Granger.

La aludida le pellizco el brazo y Pansy le respondió golpeándola suavemente con la bolsa de chucherías.

Detrás de ellas, Draco se abalanzó hacia la mesa de la dependienta, llamando la atención de Hermione.

—Voy a volver a repetir —susurró, frotándose el puente de la nariz en un intento de evitar que saliera su furia—, dejé un anillo en la estantería de las piruletas y ha desaparecido. ¿Dónde-mierda-está?

—No sé nada, de aquí no me he movido y-

—¿Y nadie le ha comentado que ha encontrado algo? —Daphne intervino, apartando a Malfoy para que no comenzara a gritar.

Antes de que las palabras de alguien respondieran la pregunta, el joven Slytherin salió de la tienda apartando a empujones a todo el mundo. Lo más sorprendente fue ver cómo Harry salía en su búsqueda.

—¿Pero qué...? —exclamó Crabbe, en alto.

—La verdad es que me importa una mierda, ¿podemos seguir comprando? —Milli sacudió la cabeza y acto seguido se llevó otra bolsa para llenarla.

Daphne la siguió con la intención de que los demás la imitaran y olvidaran el asunto.

—Oh, Merlín —Hermione rebuscó en su bolsillo.

Giró el cuerpo e hizo un espacio entre sus dos manos para acabar mostrando el anillo brillante.

Pansy se lo arrebató sin miramientos y se lo colocó en el pulgar. Salió con rapidez del establecimiento con Hermione detrás, quien no paraba de tirarle del abrigo como si fuera una niña pequeña.

—¿Se puede saber en qué pensabas? —le espetó la Slytherin, una vez habían cruzado la calle congelada.

Ajustó la bufanda blanca, ocultó las manos en los bolsillos de su gabardina azabache y encaró a Hermione en espera de una respuesta coherente.

—Tenía intención de dárselo a la dependienta, lo juro.

—No hablaba de eso, te preguntaba que cómo se te ocurre sacar el anillo sabiendo que todavía habían Slytherins en la tienda, ¿sabes la de problemas que podrías haber provocado por el simple hecho de que lo hubieran encontrado?

—B-bueno, por lo menos Malfoy lo habría recuperado y no mataría a nadie.

—Me da a mí que es a Draco a quien le habrías llenado de problemas hasta el cuello.

—No me digas que...

Ambas se acercaron todo lo que pudieron para evitar que los escasos transeúntes vieran qué tenían entre manos. Pansy mostró la joya y la examinaron con curiosidad. En cuanto la giró entre sus finos dedos y leyeron la inscripción que escondía, ambas respiraron profundamente por la conmoción.

H&D

—Lo sabía. Nada más ver a Potter detrás de él ya he sospechado... Qué discretos.

—No son ellos los que están juntos en plena calle y a la vista de todos.

El intento de Hermione de ocultar la sonrisa no le protegió del pellizco en su mejilla.

—¿Qué hacemos ahora?

—Buscarlos, evidentemente —contestó Pansy, poniéndolo de nuevo en el pulgar.

—¿No sería mejor dárselo a Harry más tarde y así evitar... cierta incomodidad?

—Me gustaría que Draco supiera que tiene un gran apoyo en mí —se frotó el pecho, orgullosa.

La cara de perspicacia de Hermione sirvió como respuesta.

—Vale, sí, me quiero meter con Potter y Draco, ¿qué problema hay? —contestó Pansy, alzando sus manos.

—Ya decía yo que tanta empatía por tu parte... —el suspiro de la Gryffindor se convirtió en una sonrisa—. ¿Dónde los buscamos?

—En la Cabeza de Puerco.

—¿Por qué?

—¿Porque parece un cuarto oscuro? Y yo qué sé, ¿cómo quieres que sepa dónde están?

—¿Tú irías ahí si estuvieras conmigo? —preguntó, inconsciente de la burla de su novia.

—Con la peste que hace ese lugar, lo dudo.

—¿Y dónde...?

En ese preciso instante, los vieron pasar a la lejanía en dirección al cementerio.

—¡Vamos!


¡Nos leemos el miércoles! ;D