La curiosidad mató al gato
Hermione se enroscó con la manta, deseando de una vez por todas de que fuera la hora de despertar o, más bien, que Bellatrix decidiera salir de la cama.
Dormía en el suelo, causándole un resentimiento en los huesos que dificultaba la tarea de mantenerse en un buen físico para un futuro, y su horario se debía adaptar al de la mortífaga que, a su pesar, era tan estricto como el horario de Ron a la hora de estudiar: Bellatrix podía irse a dormir a las nueve de la noche y despertarse a las dos del mediodía y, al día siguiente, irse a las siete de la mañana para despertarse a las seis de la tarde. Si a la maga oscura no le contentaban esas horas, decidía echarse una siesta.
Y mejor no hablar de las comidas, Hermione se encargaba de preparar, dentro de sus posibilidades en la cocina que no eran muchas, los platos y menús. Bien le podía apetecer a Lestrange desayunar empanada de Cornualles rellena de carne de ternera, nabo, cebolla y patata, como cenar bollos de Bath, uno de los postres preferidos de la Gryffindor por su sabor dulce y delicioso.
Bellatrix Lestrange, Black como debía de llamarla ella, era tan imprevisible y caótica en la forma de dirigir su vida que Hermione rara vez no llegaba al final del día (o de la noche, según el capricho de la mayor) sin haber bufado, mínimo, a cada petición que le había ordenado hacer, y sin haberse quedado dormida por el tremendo cansancio al segundo en el que su cabeza tocaba las frías tablas de madera del dormitorio.
Era peor que vivir con su enemiga, literalmente debía de convivir y obedecer a su opuesto. Si Hermione era agua, Bellatrix era fuego.
—Desecho de elfo, ¿estás despierta?
Aquella fue la primera razón que tuvo Hermione para bufar. La Leona se frotó los ojos en un intento de ver a pesar de la oscuridad, puesto que Bellatrix encantaba las ventanas de la habitación para que no le molestara la luz matutina.
—Sí —contestó Hermione.
—¿Sí qué?
Se escuchó un movimiento de sábanas.
—Sí, estoy despierta.
—Creo que empezaré el día entrenando mis técnicas de tortura, ¿qué te parece el plan?
Hermione respiró con profundidad."Más te vale tragarte el orgullo si no quieres sufrir. Tranquilízate"
—Sí, señora Black.
Se escuchó un zumbido y la lámpara de araña iluminó la habitación. La Gryffindor se sentó en el rincón donde dormía cada noche e hizo un par de movimientos para calentar los músculos y evitar su rigidez. Por el contrario, Bellatrix estuvo cinco minutos moviéndose de un lado a otro del colchón entre gruñidos, nada feliz de levantarse.
—¿Qué hora es? —espetó la mayor, golpeando con la mano el colchón.
—No lo sé, no tengo reloj y las ventanas están cerradas.
—No me puedo creer que me haya tocado una esclava tan inútil.
"Y para mí es el mayor placer de mi vida, Su Majestad"
—¿Puedo... comer? —inquirió Hermione, atenta a las consecuencias—. Llevo dos días sin hacerlo por ese castigo —optó por tragarse la continuación de "ese castigo nada justo". Tampoco era su culpa que no hubieran ingredientes suficientes para cocinar tritones de jengibre.
—No, y si vuelves a preguntar te pasarás otro día más —se rascó la melena de rizos negros y, sin dejar de estar tumbada, buscósus zapatillas con la mirada ausente .
—¿Le traigo la poción del profesor Snape, señora Black?
Los rizos de Bellatrix se movieron al tiempo que su tronco se erguía, interesada.
—¿Poción? Nadie me ha dicho nada de una poción.
—Su hermana me la dio ayer por la noche, mientras usted inundaba la bañera y el lavabo para que después yo lo limpiara con mis manos. La señora Malfoy dijo que sus efectos serían un alivio para todos.
La mortífaga frunció el ceño, poco convencida.
—En ese caso, la vuelvo a dejar en el armario... —dejó caer la Leona, haciendo ver que iba a cerrar las puertas de éste.
Lestrange apartó las sábanas a patadas y apoyó ambos pies en el suelo mientras sus brazos se preparaban para impulsarse con el colchón, atenta a los movimientos de Granger.
—¿De qué es? —siseó Bella, con los ojos entrecerrados.
—No lo sé.
—Bebe.
—Si es para usted, no creo que yo deb-
—No voy a arriesgarme a que me envenenes, pequeña sangre sucia.
A la Leona se le escapó una carcajada al volver a girarse para cerrar el armario, gesto que se arrepintió en cuanto la mayor se situó tras su espalda. Merlín, ¿cómo era posible que, sin ni siquiera mirarla, notaba la fiereza que desprendía Bellatrix?
—Yo-no, no es posible que haya envenenado la poción porque no hay veneno en esta casa —acabó hablando tan rápido que ni se dio cuenta del ágil movimiento que hizo la mortífaga para sujetar la varita.
En un fugaz vistazo a Hermione, Bellatrix presionó la punta de su varita sobre su propia garganta para intensificar la voz.
—¡CISSY! ¡CIIIIIIIIISSY!
Bellatrix vociferó aporreando las paredes y la puerta, y salió al pasillo gritando hasta que las palabras se convirtieron en agudos chillidos. Narcissa apareció cubierta en una bata plateada y con el pelo recogido en un moño y se acercó asustada a paso apresurado.
—¿Qué ocurre? ¿Qué ha pasado?!
—¿Le has dado una poción a la sangre sucia?
—Por las barbas de Merlín, Bella, ¡son las dos de la mañana! Si no puedes mantener un horario de persona normal, sé comprensiva para los que sí.
Bellatrix ni se molestó en encoger los hombros, continuaba intentando despegar la etiqueta de la pequeña botella de cristal mientras repasaba todos sus conocimientos para clasificar el líquido.
—¿Se la has dado, sí o no?
—Sí, maldita sea, Bella, ¿cómo quieres que la sangre sucia cree una poción si es tu niñera las veinticuatro horas del día?
La mayor de las Black ocultó su boca tras una mano, fingiendo sorpresa. Tiró la poción hacia atrás sin esperar a que Hermione la pudiera recoger al vuelo.
—¿Sabes que padre te habría pegado con el atizador de la chimenea por maldecir, Cissy? Tienes que ser una señorita si no quieres problemas —en un tono de prepotencia, con la mano indicó a su hermana menor para que se fuera de allí.
Narcissa frunció los labios y regresó a su dormitorio, dejando atrás a las dos brujas.
—Tú —señaló a una alarmada Hermione—. Tráeme esa asquerosa poción.
-0-
Resultó ser un Crece-huesos especializado en los dientes, muy utilizado entre los magos cuando sus hijos se partían uno en un accidente de escoba o por un hechizo mal empleado. Hermione tuvo que salir escopeteada de la habitación durante la madrugada para evitar ser aporreada por la mortífaga que estaba presa del dolor por el efecto de la poción.
Cuando se quiso dar cuenta, Hermione estaba abriendo el portón de la mansión, preguntándose si aquel gesto de salir a los jardines se interpretaría como una huida. Al notar que, estando de pie en el porche observando las cercas altas de setos que separaban el campamento de la mansión, el collar no se contraía ni parecía hacer nada fuera de lo común, siguió andando a un ritmo lento por el porche en un intento de investigar el lugar.
Los contornos se podían distinguir por la luz lunar que también bañaba el camino de grava que conducía desde los escalones del porche hasta la entrada principal a las tierras de la mansión. Dirigió su atención a las cercas de setos para cerciorarse de si era capaz de ver alguna que otra tienda de campaña. No se atrevía a adentrarse a esas zonas por miedo a ser descubierta por un mortífago, sin embargo, un movimiento allí dentro le llamó la atención.
Se acercó de puntillas a los muros de su derecha y escudriñó a través de los barrotes de la puerta metálica. Apoyó una mano delicadamente, con temor a que se abrieran las bisagras y rechinaran, y puso la cara entre los espacios vacíos para poder espiar.
Poco podía ver en la oscuridad a diferencia de una figura humana a escasos metros, cerca de las primeras tiendas y detrás de una hoguera alta y decorativa. La figura iba toda de negro con una pechera de cuero por encima de una blusa de manga larga de la longitud de un vestido, y bajo ella unos pantalones anchos metidos en unas botas altas. La blusa contenía una capucha que invalidaba el uso de las típicas capas utilizada por mortífagos.
Para rematar aquel porte asesino, los guantes de cuero le cubrían hasta el antebrazo y un cinturón contenía la estrecha funda donde seguramente estaría la varita. A pesar de la ropa holgada, a excepción de las piernas por las botas y del torso gracias a la pechera, se podían distinguir perfectamente las curvas femeninas.
Espalda recta, mentón alzado, hombros relajados y manos tras la espalda, la mortífaga mantenía la cabeza cubierta por la capucha, observando el cielo estrellado.
Hermione se quedó examinando la silueta como si fuera un monumento de museo. Vale, quizás sí que encontraba aquellas ropas y el porte disciplinado bastante atractivos, pero eso no salvaba a la asesina de sus crímenes. Viró la cabeza para vigilar la entrada a la mansión, que se mantenía ajustada, deseando que la loca de Lestrange no saliera a buscarla.
Cuando regresó a analizar el interior del campamento, la capucha de la figura dirigía su atención a ella.
Hermione quedó paralizada en el sitio con la utópica idea de que la oscuridad la ocultaba de su visión. Pero no fue así, la mujer dio largas zancadas parsimoniosas hasta situarse frente a Hermione.
La Gryffindor, clavando su mirada en el rostro oculto de la encapuchada, presionó los barrotes con sus manos y tiró, lentamente, hacia ella. Oyó el clic de la puerta metálica y sintió la falsa seguridad que le ofrecía la separación de los barrotes.
—¿Tienes miedo, sangre sucia? —susurró la figura con un deje de diversión.
—¿Por qué debería estar asustada una sangre sucia rodeada de mortífagos?
—Tu valentía en el sitio donde te encuentras es sinónimo de una deficiencia mental muy grave. Podrías tener muchos problemas por ello.
—¿Ah, sí? ¿y qué harás? ¿matarme?
—Llamar a tu amo, aquel que te hace llevar ese collar, estoy segura de que si lo hago será para ti peor que la muerte.
Hermione se lo cubrió con una mano, humillada y ofendida.
—¿Q-quién eres tú? Sería de gran ayuda para reírme de ti —gruñó.
—Tu superior, Granger, cosa que significa que estás arriesgándote demasiado con tus bromas.
—¿Bromas? Tú sí que eres una broma. Tú y los mortífagos —se cruzó de brazos.
Conocía de antemano que su actitud hacia la mortífaga era una verdadera insensatez. Si a Bellatrix le llegaban a sus oídos aquellas palabras, la próxima vez que pudiera ver a sus amigos sería en el más allá. Pero demasiado tiempo estuvo tragándose el orgullo como para no soltarlo en esos momentos.
Al instante en el que la mujer se acercó más a la verja, Hermione apretó con fuerza la puerta procurando mantenerla cerrada.
—Estás bordeando el límite, sangre sucia —siseó.
Hermione le sacó la lengua, nada intimidada. Sin embargo, el ruido agudo que provocó la mortífaga aferrándose con ímpetu a la valla y sacudiéndola provocó en ella tal brinco que cayó al suelo terroso, asustada.
¿A quién quería engañar? Estar más de una semana bajo la protección de una sádica que la torturaba y humillaba siempre que podía le había hecho mella. Bien intuía que otros mortífagos la despreciarían de la misma forma aprovechándose del camino que escarbó Lestrange a base de temor e inseguridad.
"No, no, Hermione, ha pasado sólo una semana, no puedes sentirte así ya. Sobrevive, eres capaz de esto y mucho más, eres Hermione Granger, Gryffindor, aliada del Ejército de Dumbledore, de Hogwarts, de la Orden del Fénix, de la comprensión, el perdón y la bondad. Eres fuerte y continuarás de esta manera por tus padres, por ellos, por ti".
Se levantó desafiando con la mirada y expulsó los granos de arena de sus manos. Nada más colocarlas en la cadera para dar la impresión de no haber caído por el susto sino por torpeza, su estómago rugió de tal forma que su cara enrojeció sin perder ni un segundo. Eso sí, su expresión de valor y seriedad no cambió nada.
Una suave y tenue risa entre dientes que dejó escapar la mortífaga rompió el incómodo silencio. Hermione acabó abrazándose a sí misma, avergonzada.
—¿Cuánto hace que no comes, sangre sucia?
—¿Acaso importa?
—Quizás deberías pensar más en ti misma y menos en tu orgullo. Es más probable que dures un par de días más de lo previsto.
Hermione le giró la cara, orgullosa.
—No has cambiado nada desde Hogwarts, ¿eh? Tienes el mismo instinto de supervivencia que un gato mimado y rechoncho, poco vas a durar.
—Piérdete, idiota —contestó la Leona.
Profirió un chillido ahogado cuando la mortífaga abrió la puerta y se abalanzó hacia ella atrapándola de las muñecas y acorralándola contra la pared de seto. La Gryffindor notó las pequeñas ramas enredándose en su cabello y el daño del agarre de aquellas manos que parecían de hierro.
—Como vuelvas a perderme el respeto no hará falta ni que te castigue tu amo, esclava. Yo misma me encargaré de que desaparezcas de este mundo —amenazó, acercando sus labios a la oreja de la Leona.
Hermione entrecerró los ojos, fuera por el dolor que sentía o la bravura que recorría por su cuerpo. ¿Qué le hacía defenderse de tal forma ante ella cuando sabía por seguro que era un error?
—Acaba conmigo. Me harías un gran favor, asesina, te lo aseguro.
Al segundo de ser liberada con brusquedad y de que sus extremidades colisionaran contra los setos que se encontraban a sus espaldas, se abrazó a sí misma y ladeó el rostro hasta el punto de casi tocar el arbusto con la mejilla. La mortífaga no tardó en situarse de nuevo a la altura de la puerta, aunque estuvo varios segundos parada observando su campamento. Pareció que algo en su mente le hizo cambiar de planes.
—¿Cuánto hace que no comes, Granger? —repitió la mortífaga.
—...Dos días.
—Ven, te alimentaré —dijo, indicando con un movimiento de cabeza el espacio que había dejado la puerta metálica.
—¿Qué te hace pensar que te seguiré después de lo que me has hecho?
—¿Qué te hace pensar que me quedaré callada y no le diré a tu amo que te has escapado?
—¿Qué te hace pensar que no estoy aquí sin permiso?
La mortífaga miró a su alrededor, completamente atónita por la breve conversación. ¿Acaso eran imbéciles replicándose la una a la otra como si fueran crías de cuatro años? Dejó escapar un ruido de burla y se adentró en el campamento sin esperar a cerciorarse en si era seguida o no.
...
Abrió la obertura de tela de la cuarta tienda y dejó pasar a Granger, en silencio.
Hermione se quedó de piedra justo enfrente de la obertura. Era enorme. Se podían distinguir claramente una sala de estar con sus sillones, una mesa y una tupida alfombra, más al fondo, encima de unos escalones de madera se encontraba la cocina con sus utensilios, armarios empotrados y cajones. A unos cuantos pasos a la izquierda, más escondida y también en un nivel más elevado que la sala de estar, había una enorme cama de matrimonio antigua con dosel y postes, y un par de mesitas a cada lado formando un acogedor dormitorio.
No habían paredes separando las estancias, únicamente cortinas blancas que en ese momento estaban descorridas y atadas con lazos, mostrando todo el interior de la tienda. Había detalles lujosos en cada rincón, mesas pequeñas, estanterías de pino, sillas, objetos de oro... pero, en su situación, lo que más le llamaba la atención era el delicioso aroma que desprendía la cocina ¿o era el olor de la tienda en sí?
Hermione agradeció la calidez del lugar gracias a la estufa próxima a la entrada y dio unos tímidos pasos presionada por la otra persona que intentaba adentrarse.
Escuchó cómo la mujer dejaba caer la tela que formaba la entrada y lanzaba varios hechizos para sellarla.
—¿Qué quieres comer? —inquirió la mortífaga, guardando la varita en la estrecha funda de su cinturón.
—Me siento muy halagada por haber sido invitada a tu humilde morada, pero... ¿no crees que vamos muy rápido? Ni siquiera sé tu nombre —bromeó la Gryffindor, yendo tras la joven.
Sonrió al escuchar una tenue risa entre dientes. O más bien sonreía al maravilloso pensamiento de que, por fin, podría comer. Siguió con la mirada el movimiento que hacía la anfitriona para cruzar la sala y llegar a la cocina, dejandola quieta cerca de una butaca.
—Cuéntame, ¿qué sabes sobre el traidor que te ama? —inquirió la mortífaga.
—Ah, ¿has escuchado los rumores, entonces? —se sentó en el sofá al notar el gesto de mano para que tomara asiento.
Se fijó que no había ningún comedor y supuso que la mortífaga comía directamente desde los sillones situando el plato en la larga mesa de centro.
—¿Rumores? Qué inocente eres pensando que alguien puede mentir al Señor —abrió un armario y sacó un tarro de galletas de miel. Estuvo un momento pensativa y se dirigió a Hermione, con tono socarrón—: ¿Quieres picar comida o comer?
La mortífaga agarró con los guantes de cuero una cazuela y la acercó a la pequeña mesa enfrente de la Gryffindor.
—Cuidado, quema. Hará menos de una hora que lo he cocinado así que... te tocará soplar.
—¿Lo has cocinado tú?
—Sí, no me hacen mucha gracia los elfos que se encargan del campamento femenino y he aprovechado que tenía tiempo. Tienes suerte de que haya sobrado.
Con un movimiento de varita, destapó la cazuela. Hermione se derritió de placer al contemplar el rosbif de ternera y los budíns de Yorkshore acompañándolo. Un plato flotó hasta posarse en la mesa junto con los cubiertos y el vaso.
—¿Qué quieres de beber?
—Agua.
—¿Seguro? Tengo hidromiel, creo que hará un buen acompañamiento con el plato.
—¿Qué sentido tiene preguntarme si me dirás tu opinión?
—El mismo sentido que tiene el haberte burlado de mí y que ahora estés en mi tienda, Granger. Eres la contradicción personificada.
Hermione se mordió el labio disimulando su sonrisa mientras se servía la carne. "Comer, comer, comer" era lo único en lo que pensaba.
La mortífaga fue a su dormitorio a deshacerse de los guantes y las botas para darle tiempo a que fuera llenando el estómago. Descalza, abrió una puerta que se encontraba en el dormitorio y servía para dar más privacidad al servicio al que se entraba a través de ella.
Se lavó las manos y continuó con la cara, observándose con dureza la expresión taciturna que le devolvía el espejo. Al cabo de pocos segundos, se colocó la capucha con la intención de no ser reconocida, y salió para encontrarse con una Granger devorando como si no hubiera un mañana.
—¿Cómo está?
—Delifciofa glup es jugosa y-y ¡oh! Desprende un olor... —agitó la mano para dirigir el aroma hacia su nariz—. Te felicito, es increíble.
—Demasiado tiempo has estado sin comer, me da a mí.
—Tengo buen gusto estando en ayunas o no, señorita-soy-misteriosa.
—Sí, ¿mh? —se sentó en una butaca, expectante a los movimientos de la estudiante terminando el rosbif— ¿Qué sabes del que se desvive por tus huesos? Vuelvo a preguntarte ahora que tus necesidades básicas están satisfechas.
Hermione bebió el último trago de agua y se limpió las comisuras con la servilleta. Escudriñó a la joven enigmática, no muy segura de lo que aquella mortífaga buscaba exactamente.
—No mucho, sé que lo están buscando pero nada más. Bueno, mmh, si no recuerdo mal Bellatrix sabe que es de Hogwarts y que fue Daphne Greengrass quien obtuvo la información, y creo que ellas dos han hablado, no delante de mí, claro.
—¿Recuerdas a algún estudiante de Hogwarts que te resultara extraño su acercamiento? —cruzó las piernas y, con el brazo apoyado en el respaldo de la butaca, dejó reposar la cabeza en la mano.
—Mmmh, no... ¿esto va a ser una interrogación para encontrar al chico? Verás, no tengo ni idea de quién puede ser, si te soy sincera me sorprendí mucho al enterarme, pero no diría nada aunque lo supiera —murmuró con cierta molestia.
—Podrías devolverme el favor respondiéndome las preguntas, ¿qué te parece? —propuso con un tono amargo.
—Mh, pfff —le regaló un irritado vistazo. "Así que eso se escondía tras esta amabilidad... Eres estúpida, Hermione".
Aun así, calló. Reconocía que había sido un gesto admirable el hecho de invitarla a comer sabiendo que buscaban a un traidor a la sangre.
—¿Qué hacías esta noche rondando por los jardines? —inquirió la mortífaga.
—Bellatrix se ha tomado una poción para los dientes y, antes de que empezara a golpearme, he salido de allí.
—¿Ella es tu ama? ¿es quién te puso el collar?
—¡Yo no pertenezco a nadie!
—Limítate a contestar, ¿quieres? —refunfuñó, frotándose el puente de la nariz para acabar tirando de la capucha hacia adelante y estar más oculta.
—Pfff, ella es quien me puso el collar, pero no es mi ama —se cruzó de brazos, ofendida.
—Estás aquí sin permiso, ¿me equivoco?
—No, no te equivocas. Tengo que añadir que todavía no me ha buscado ni el collar ha hecho nada por lo tanto acepta mi ausencia.
—Je, te queda precioso ese tono metálico en tu piel, Granger.
La burla provocó en Hermione un dolor difícil de manejar. Golpeó la mesa, haciendo vibrar el plato junto con los utensilios.
—Si vuelves a burlarte sobre mi supuesta esclavitud o cualquier comentario relacionado con ella, te juro que tomaré medidas contra ti.
—¿Mh? ¿Y qué medidas serán esas?
—Le diré a Bellatrix que una mortífaga me ha alimentado en su propia tienda.
—Qué desagradecida, mordiendo la mano que te alimenta... Siéntate, sólo me interesa que contestes a mis preguntas ¿Qué recuerdas de la batalla de Hogwarts?
El ambiente tardó en enfriarse lo mínimo como para ser ocupado de palabras.
—Que Katie Bell luchaba contra Bellatrix y que una estatua partía la cabeza de su marido en dos, y ya.
—Hazme un favor y dirígete a tu superior como si ella estuviera aquí —replicó con cierta molestia.
Nada en el mundo le irritaba más que el descaro de una sangre sucia la cual el trabajo más honrado que alcanzaría era el de esclava. Bien podía estar ahora siendo torturada en una celda sin haber probado bocado ni líquido alguno o con su cadáver en una fosa.
—¿Por qué tendría que hacer semejante cosa?
—¿Que por qué? ¿Tú entiendes dónde estás metida? Es cuestión de tiempo que tu temperamento acabe por cavar tu propia tumba. En fin, ¿no recuerdas nada más?
La Gryffindor formó un puchero, dolida por las palabras. No hacía falta que nadie le recordara que estaba en la boca del lobo, la mayor de los Black se encargaba de ello día sí día también.
—¿Antes de que apareciera la Brigada Inquisitorial y me eliminaran del combate? No —murmuró, abatida.
No obstante, no permitió que la mortífaga viera ni una pizca de debilidad.
—Mmhh, ya veo.
Estuvieron más de treinta segundos en silencio: Hermione deseando salir de allí y la mortífaga engrescada en sus pensamientos.
—¿Había alguien que te gustara en Hogwarts?
La Gryffindor fue directa a contestar que "sí, por supuesto", sin embargo no pudo formular palabra alguna por la confusión que sentía. Minutos después, intentó contestar.
—C-creía que sí pero... yo... pensándolo mejor, no, no me gustaba nadie.
—¿Qué es lo que te ha hecho dudar? —preguntó, tomando nota mental del aplastante desconcierto que sufría la Leona. Todavía podía percibir el esfuerzo mental de Granger por comprender.
—Pues... resulta que pensaba que era indiscutible el hecho de que sentía amor pero ¿hacia quién? No tiene sentido, no hay nadie en mi vida que sea el pilar que me haya hecho creer que estaba enamorada.
"¿Enamorada?", pensó Hermione, más alarmada ante la noticia "¿Desde cuándo he sentido tanto como para creerme enamorada? ¡Si no he tenido tiempo de conocer a nadie de esa forma con los estudios ocupándome la cabeza!". Se cubrió la frente con ambas manos y se inclinó hacia adelante, "¿Qué ha pasado, por qué tengo estos sentimientos sin... saber? ¿De dónde han salido y cómo se han formado dentro de mí sin darme cuenta? ¿Y si estoy bajo el efecto de una poción de amor? No, no, en ese caso sabría quién es mi enamorado, es más, no podría haber pensado con claridad. Merlín, ¿estaba enamorada? ¿estoy enamorada ahora mismo?"
—¿Te encuentras bien? —la mortífaga descruzó las piernas.
En cuestión de segundos, el rostro de Hermione había adquirido un color pálido enfermizo.
—N-necesito volver a la ma-mansión —barboteó Granger, frotándose la cara con la palma de sus manos—. Me estoy mareand-
Se desplomó en el sofá antes de que acabara la frase. La mortífaga bufó sin creerse el cambio de dirección que había tomado aquello y se desperezó en el sillón, nada contenta. Se levantó, agarró ambos pies de la Leona, puesto que sus piernas habían quedado sentadas pero su cuerpo tumbado, y los situó encima del sofá después de quitarle los zapatos.
Se dirigió hacia el dormitorio para volver a completar su uniforme, refunfuñando entre dientes lo problemáticos que siempre habían sido Granger y sus amigos.
-0-
Cuando la mortífaga entró a la mansión Malfoy, extrañada por encontrarse la puerta entreabierta, se topó con Bellatrix Lestrange rebuscando en una vitrina del salón que contenía toda clases de pociones con sus respectivas etiquetas. Se acercó con parsimonia, curiosa por saber qué contenía la copa que sostenía Bellatrix mientras con la mano libre buscaba algún frasco en específico.
—Señora Lestrange —llamó.
Bellatrix no le prestó ni la mínima atención. Lestrange, nada más encontrar lo que buscaba, profirió un entusiasmado chillido seguido de unos saltos en círculo, derramando parte del contenido de la copa. Al darse cuenta del vacío en su vaso, hizo un puchero.
—¡Ogh! Maldita sea.
—Señora Lestrange —volvió a intentar llamar su atención.
—Sí, sí, espera, ¿no tienes modales? —depositó la copa en una mesa, se tragó la poción Calmante que había elegido y, sin perder tiempo, se bebió de un trago el líquido restante que ocupaba el vaso—. Tenía la esperanza de que fueras la asquerosa sangre sucia, por lo menos podría limpiar el suelo.
—Siento la interrupción, ¿vuelvo en otro momento?
—Voy a por más ron de Grosella.
La mortífaga esperó un par de minutos cuando divisó al final del pasillo a la silueta de Bellatrix venir hacia ella tambaleándose de un lado hacia otro con cierto equilibrio aunque claramente bebida. Bellatrix chasqueó los dedos al pasar por enfrente de la joven y, con un dedo, le indicó que la siguiera sin ni siquiera mirarla, hasta haberse sentado en el sofá. La mortífaga ocupó lugar en una butaca contigua.
—Destápate la cara, todavía no sé ni quién eres. Por las barbas de Merlín, ¿no os enseñan a los jóvenes de hoy en día educación alguna? —La joven obedeció y Bellatrix se rellenó la copa—. Aaah, si es mi fiel colaboradora, ¿qué tienes de nuevo para mí? ¿rumores útiles y jugosos de ese traidor a la sangre? ¿has descubierto alguna pista para encontrarle?
—Bueno... se podría decir. Esto, ¿quiere que le ayude? —ofreció, al ver que Lestrange procuraba tumbarse en el sofá y posarse como una reina para observarle, copa en mano, ojos perspicaces y una sonrisa sin rastro de su paso por Azkaban.
¿Era posible notar a Lestrange más... ¿atractiva?
—Mi estúpida hermana pequeña, que madre me perdone pero no nació con muchas luces y la muestra clara es con quién se ha casado, me ha dado una poción para la dentadura y duele como mil demonios. En resumen, he tenido que emborracharme y tomarme varias pociones calmantes para sobrellevarlo sin asesinar a nadie. Si esa sangre sucia no hubiera sido tan espabilada a la hora de huir, ya estaría sirviendo como abono para las plantas. En fin, querida, explícame qué has descubierto.
—Granger sabe que usted y Daphne estuvieron hablando del asunto. No tiene ni idea de quién puede ser el traidor y, claramente, no piensa cooperar aunque sospeche de alguien. De la batalla recuerda sucesos como a Katie Bell enfrentándose a usted, la muerte de su marido y cómo la Brigada Inquisitorial la derribaron. A más, lo extraño es que cree que estaba enamorada, pero es como si no se lo creyera.
La expresión de confusión de la mayor reflejó todo lo que la joven mortífaga sentía.
—Estoy con las mismas dudas que usted. Ella no se creía actualmente que estuviera enamorada pero pensaba, antes, que sí. No sé qué significa...
—Uuhm, interesante, muy interesante... —murmuró, dando varios sorbos de su copa—. Hará unos días daba mi mano al fuego de que tú me serías de la misma utilidad que el imbécil de Greyback que sólo busca a enemigas con buen cuerpo para después jugar con ellas y matarlas, pero resultas ser mejor de lo que pensaba. Me alegro de que Greengrass —formó una expresión de asco— me haya informado de ti para que te encargaras de delatar al imbécil que siente algo por eso. Tus padres deberían de sentirse muy orgullosos, has salido más agradecida que el traidor de tu tío Perseus.
—Gracias, señora Lestrange, aunque tengo la sensación de que mis padres siempre quieren más y más de mí —dejó escapar en un hilo de voz, cruzándose las piernas y hundiéndose en la mullida butaca.
Bellatrix se carcajeó.
—Oooh, pequeña Parkinson, los padres son todos así. Siempre desean sentir más orgullo hacia sus hijos y que éstos llenen su vacía existencia y carencia de poder. ¿Eres hija única? Lo temía, te aseguro por adelantado que jamás lograrás satisfacerlos. Son Slytherins y sangre pura, ni volviéndote el miembro más fiel a nuestro Lord se contentarían porque al mes ya te estarían exigiendo más logros.
—...
—¿Por cierto, de dónde has obtenido esta información?
—Fue fácil. Granger se acercó al campamento a curiosear cuando yo me encontraba fuera de la tienda y la reconocí al instante, pensé que sería un muy buen movimiento acercarme a ella y aproveché que ella estaba hambrienta para invitarla a pasar a mi tienda y alimentarla. De esta forma, agarró un poco de confianza y me debió un favor, favor que lo cumplió contestando a mis preguntas.
Parkinson dio un brinco ante las agudas risotadas de su mentora y contempló cómo se bebía el ron de un trago. Estaba segura de que si no fuera por el alcohol y las pociones que tranquilizaban a la mayor, ya hubiera sido amenazada o sus pelos estarían de punta por las imprevisibles reacciones de las que era tan famosa.
—"Pansy Parkinson tiene el don de cazar las oportunidades al vuelo, es la más indicada para ocuparse de su trabajo, señora Lestrange", me dijo Greengrass. ¡Y mírate! Al primer encuentro inesperado con la sangre sucia y ¡BAM! —lanzó con ímpetu la copa vacía contra la pared—. Felicidades, me estás sorprendiendo gratamente. Dime ¿te ha reconocido?
—No, no le he dicho el nombre, ni si quiera me he dejado ver gracias al uniforme.
—Bien pensado. Mmmh, ¿qué relación tenías con ella en Hogwarts?
—Señora Lestrange, sin ofenderle, pero ¿qué relación tenía usted con los Gryffindors en Hogwarts?
—Entiendo, culpa mía preguntar esa idiotez, sí. ¿Crees que podrás fingir ser una mortífaga bonachona que se preocupa por su bienestar para sonsacarle más pistas? —su tono infantil e inocente incomodó a Pansy.
—Será complicado. Ella y yo eramos archienemigas, por lo tanto...
—¡Buagh! ¿Y dónde está ahora esa basura?
—Ehm, ¿la sangre sucia? Se desmayó en mi tienda y debe de estar ahí descansando.
—Siento que tenga que dormir cerca tuyo y apestar el lugar, asegúrate de enviármela en cuanto despierte que me encargaré personalmente de educarla.
Pansy asintió con un gesto educado y se levantó, agradeciendo a su mentora por haberla recibido a altas horas de la madrugada. No sintió pena alguna por la sangre sucia, ella misma se lo había buscado por meter las narices en asuntos ajenos. "Como siempre", pensó la Slytherin al tiempo que cruzaba la puerta del salón.
—Ah, sí, se me olvidaba —Escuchó decir la joven—, ayer utilicé Legeremancia en ella para encontrar nuevas pistas.
—Oh, ¿ha habido suerte?
—Le borraron muchos recuerdos, el Señor ha sido informado de ello así que ha decidido hacer un nuevo movimiento bélico para atrapar a Potter utilizando a la sangre sucia.
—Entonces...¿se ha descubierto algo del traidor?
—Todavía no estamos seguros, hay sospechas pero nada de pruebas.
La demente sonrisa intranquilizó a Pansy junto con la mirada tan dura y ácida que le regalaba.
—Antes de todo, déjame mirar en tus recuerdos, Parkinson...
Pansy parpadeó varias veces, confusa. Asintió y se acercó una vez más a la mayor. En cuestión de segundos, notó cómo le recorría la mente y aparecían imágenes de sus recuerdos de forma aleatoria. Frunció el ceño al ver varios flashes negros.
—Mmmh, interesante —Bellatrix jugueteó con la varita que tenía entre sus dedos—. Muy interesante, sí... Mañana hablaremos, ves a dormir.
—Sí, señora Lestrange, buenas noches.
Desapareció lo más rápido que sus piernas le permitieron. No le gustaban nada los gélidos ojos que percibía en su nuca.
¡Nos leemos el sábado!
PD: Siento no haber actualizado el sábado, necesitaba el tiempo que me quita todo este trabajo para mis asuntos^^
