Nuevo hogar
A la mañana siguiente...
Lo primero que vio Hermione al abrir los párpados fue una tenue luz matutina bailoteando por la misma tienda en la que estuvo hará escasos dos días cuando aceptó la invitación de comida de una mortífaga. La estufa mantenía el calor al igual que la manta que la cubría y con la que se acurrucaba con una satisfecha sonrisa en los labios.
Qué diferencia de dormir encima de unos fríos tablones de madera a tener bajo ella un mullido sofá bastante largo como para que cupiera su cuerpo estirado.
Seguramente nunca confesaría que se alegraba de poder estar en esa hogareña tienda y no en una celda húmeda. No lo admitiría simplemente para no tener a Parkinson molestando cada dos por tres. Aunque, después de todo, prefería que la prepotente de la Slytherin pensara que era su dueña a que Bellatrix lo creyera. Sí, era humillante que tuviera que hacer el trabajo doméstico de una enemiga de Hogwarts que se burlaba de ella a la mínima oportunidad, pero mejor eso a las torturas de aquella salvaje.
Soltó un chillido ahogado al intentar voltear el cuerpo. A pesar de limpiarse ayer la suciedad de su piel gracias a una ducha relajante, los profundos mordiscos de Lestrange seguían propensos a infectarse y ya estaban haciendo de las suyas a la que el cuerpo empezó a despertar, en especial los de su cuello. Aquel gran hematoma era insufrible.
Se recolocó el vestido beige, uno parecido al que llevaba en la mansión Malfoy pero que, por alivio de ella, no estaba desgarrado y le llegaba a la altura de entre los muslos y las rodillas, a diferencia del otro que era del tamaño de una niña de diez años.
Hermione frunció los labios, en un acto de desafío. Aunque la quisieran derrumbar con ideas como que era una esclava que no merecía llevar ropas limpias al igual que los elfos, seguiría sintiéndose como la valiente mujer que era, llevara una bolsa de patatas o esa prenda.
—¿Estás despierta ya, Granger?
Pansy descorrió con ambas manos las cortinas que separaban su propio dormitorio del resto del hogar y bostezó al mismo tiempo que estiraba los brazos, adentrándose al resto de la tienda de campaña donde se encontraba la sala de estar (lugar donde dormía Hermione) y la cocina.
Hermione retiró la mirada de Parkinson cuando esta pasó por delante de ella en dirección a la cocina, ¿acaso no pasaba frío con ese camisón tan corto y fino?
La Slytherin abrió un armario empotrado que estaba por encima de ella y la Leona pronunció un quejido de vergüenza. Tal vez el camisón liviano con bordes de encaje de Parkinson tenía la longitud justa para que no dejara ver los glúteos en su totalidad, pero la transparencia mostraba la lencería que utilizaba la Serpiente. También de un carácter sugerente y caro, para variar.
—Necesito desinfectar y sanar las heridas —manifestó Hermione, fijando sus ojos en un rincón de su sofá.
—Pues adelante —respondió, rebuscando en el armario.
—¿Cómo voy a curarme si no tengo varita ni un botiquín de primeros auxilios?
—Ya se curarán solas, la naturaleza es sabia, Granger.
—Si fuera lo suficientemente sabia no hubieras ni nacido.
—Ah, es verdad —dijo Parkinson, ya despierta totalmente por las palabras de la Leona. Se giró por completo, dejando en el armario una botella de cristal que contenía un líquido naranja—, si ya no me acordaba de que tenía a una inteligente y amable come-libros como criada que pudiera prepararme el desayuno.
—Una criada tiene un sueldo, al menos —contestó Hermione, formando muecas de dolor al erguirse sutilmente con la intención de apoyar la espalda en el reposabrazos del sofá.
—Mmmh, veamos si no recuerdo mal... —destapó el pote de galletas y apoyó el trasero en el filo de la encimera, cruzando un brazo por la cintura al tiempo que mordisqueaba una—, la señora Lestrange te ha tenido días sin comer, sin ducharte, te torturaba sin descanso, seguramente te obligaba a dormir en el suelo... Y, después de rescatarte de tu suplicio, darte un sofá cómodo para dormir, un cálido hogar, tres comidas al día aunque ni siquiera hayas pasado uno conmigo, agua caliente para tus duchas, un lavabo saneado y un trato más o menos cordial teniendo en cuenta de que eres una sangre sucia, me estás diciendo de que quieres que te dé un sueldo. Aham, ¿te parecen bien cuatro bofetadas al día? Es negociable, puedo subirte un par más.
Hermione retiró como un látigo la manta que la cubría. Se quejó del dolor pero continuó los movimientos por orgullo, situándose de pie y encarando a la socarrona Slytherin.
—Tú sabes que estoy aquí porque sé algo que podría llevarte a la hoguera y yo sé que estoy aquí por tu necesidad de mantenerlo todo controlado y evitar que te maten. Por lo tanto no me insinúes la idiotez de que te debo la vida porque, si lo piensas bien, túme la debes a mí. Podría haberles dicho de que sí, Bulstrode era una traidora, pero su querida amiga Parkinson también —guiada por el enfado, fue andando hasta la cocina americana separada del salón por una encimera situada enfrente de la que se apoyaba Pansy. Golpeó con ambas manos la superficie y apoyó el peso del cuerpo en ellas—. Tanto tú como yo sabemos que mis recuerdos son verdaderos y no dicen que estabas saliendo con un sangre pura, precisamente. En pocas palabras, si acabas con mi paciencia, la única hija de los Parkinson acabará muerta.
Pansy resopló con una mezcla de recochineo e impaciencia. Debía de ocultar a la Leona el hecho de que el Señor Tenebroso y la señora Lestrange ya sabían de ellas dos pero, aparte, ¿cómo lo haría para lograr que confiara en ella? Decidió en fiarse de su instinto, no iba a dejar de ser quién era puesto que levantaría más sospechas.
Dejó que Granger siguiera amenazándola y comenzó a caminar, rodeando la encimera donde estaba apoyada la Leona. Cuando se situó tras la espalda de Hermione, ahora enfrente de ella puesto que la Gryffindor se giró para encararla, inclinó el cuerpo hacia adelante y la encarceló reteniéndole las manos y presionándolas contra el mueble.
Hermione se sonrojó completamente ante el escote y viró la cara, a diferencia de Pansy que aproximó su rostro sonriendo de forma traviesa al avergonzado de la Leona.
—Primer punto, yo soy quien manda aquí y tú eres quien me obedece. Segundo, soy tu única protección en este maldito nido de mortífagos que estarían dispuestos a romperte el cuello o a jugar con tu cuerpo si se enteran de que al Señor no le importa ir regalándote. Tercer punto, si yo caigo, tú caes, ¿crees que eres alguien imprescindible? Encontrarían a otro cebo para atraer a Potter, y te aseguro que si lo encuentran antes de que tú hayas muerto, te matarán por pesada -o al menos yo lo haré si se presenta la ocasión-. Cuarto, te podría regalar a cualquier Carroñero y dejar que murieras diciéndole al Señor como excusa que te suicidaste, de ésta forma nuestro secreto te lo llevarías a la tumba y no tendría que hacer de niñera, así que sí, me debes la vida. Quinto, todavía no hay nada que afirme que yo estaba enamorada de ti y que no salía contigo para reírme más tarde. Sexto, no necesito a ninguna arrogante e insoportable Granger parloteando las veinticuatro horas del día, por lo tanto vigila con tu "valentía" ya que, si no es así, te echaré en un cerrar y abrir de ojos de mi maravillosa tienda.
—Es- estás demasiado cerca —confesó la Gryffindor. Había escuchado todo el argumento pero la preocupación estaba posada sobre la proximidad del rostro y la presión que ejercía la figura de Parkinson sobre la suya —¡Ap-apártate!
—¿Tienes miedo de recordar qué es lo que te enamoró de mí? —se burló al tiempo que bloqueaba el escape de Hermione.
—Menuda broma acabas de soltar —espetó, zafándose del agarre de sus manos y empujando el cuerpo de Pansy con una débil energía por culpa de su resentido cuerpo.
—Sé buena chica y no hagas que me arrepienta de darte un hogar, ¿sí? Me apetece un desayuno rápido, he perdido demasiado tiempo hablando contigo y la señora Lestrange no se alegrará de tener que esperar en la reunión de hoy.
—Que sí, que sí, pero apártate ya... Por favor —añadió, ante la ácida mirada que le regalaba Parkinson.
En cuanto Pansy dejó de presionar, Hermione tuvo que mantener el equilibrio. Dejó descansar el cuerpo en la encimera por culpa del doloroso cardenal de su cuello que ardía por la resistencia que había ofrecido al intentarla empujar. Con la cabeza bien alta, la Gryffindor pasó por al lado de la Slytherin e inició la búsqueda de alimentos en la cocina, puesto que no conocía bien dónde se encontraba cada herramienta ni ingredientes. Decidió sacar unas cuantas galletas del pote y la botella que había escogido antes la mortífaga, que resultó ser zumo de naranja natural.
Mientras se entretenía pensando qué otros alimentos añadir, Parkinson fue directa a la ducha.
Al final, Hermione prefirió darle galletas y dos tostadas de mermelada de fresa acompañada por un cuenco de diversas frutas de temporada por si ella quería una pieza. La bebida ya la elegiría la Slytherin.
Engrescada en sus pensamientos aprovechando el tiempo que utilizaba en preparar la mesa de centro, le fue demasiado tarde reaccionar a las manos que se acomodaban en su cintura desde la espalda. Al girarse, tragó una bocanada de aire, atragantándose con su propia saliva. No supo cómo actuar al contemplar a la Slytherin que llevaba un albornoz, presumió que era de algodón teñido de verde azulado, con la media melena goteando.
Optó por no seguir con la mirada a las gotas que se deslizaban por el cuello y acababan perdiéndose por el... el... Mierda. Regresó a la realidad ante el cruzamiento de brazos y la cadera ladeada de su enemiga.
—Tienes que quitar las arrugas de mi uniforme, Granger —ordenó, cortante.
—No tengo varita para hacerlo, Parkinson —dio un paso hacia atrás, molesta.
Empezaba a preocuparse, ¡no era ni medio normal que de un día para otro sintiera esa atracción hacia una mortífaga! Bueno, más bien, de Hogwarts hasta ahora. ¿De verdad que todo aquello era fruto de la supuesta relación que tuvieron antes y no por el efecto de alguna poción de amor?
—Tus padres son muggles, de alguna forma tendrán que hacerlo, ¿no? Olvídalo, os estoy dando más merecimiento del que tenéis. Si no fuera por la plaga de vuestras casas, creería que vivís en cuevas.
—Para tu información, podemos planchar la ropa pero necesitamos de un aparato.
—Boh, deja tu tono de sabionda para el que te quiera escuchar y tráeme el uniforme, va, va —se sentó en el sofá, cruzó las piernas y mordió la tostada, ignorando la irritación de la Leona.
Hermione refunfuñó por lo bajo, apretó los puños y anduvo hacia el dormitorio. La ropa estaba cuidadosamente doblada encima de la cómoda. Dio una zancada, esquivando los cojines que por el día adornaban la cama y por la noche eran lanzados al suelo, y agarró con frustración las prendas.
Una foto en la mesilla de noche le llamó la atención.
Hermione se acercó a la obertura y estiró el cuello para cerciorarse de que la mortífaga seguía desayunando, posó el uniforme encima de la cama y se aproximó. Con la fotografía en sus manos, frunció los labios y, a la vez, esbozó una sonrisa. Enfrente de ella se encontraba una Pansy sonriente y a un Draco un poco perdido sin saber qué expresión poner; ambos tenían la mirada fija en la cámara y de vez en cuando saludaban.
"La típica pareja sangre pura, fríos como ellos solos", pensó, repasando el contorno del marco que era un corazón y seguramente comprado el día de San Valentín de aquel mismo año. En él, había dibujada a mano una silueta de un gato negro leyendo lo que parecía ser un libro. Frunció el ceño, ¿era algún símbolo de la pareja?, y justo ahí fue cuando notó que por dentro del cristal del marco habían dos líneas de más rodeando toda la foto.
Era como si... como si hubiera otra fotografía escondida tras la principal.
Abrió la tapa trasera y un papel cayó ondeando hasta sus pies. En su mano todavía sujetaba el marco y la foto de los dos Slytherins. Se agachó para recoger lo que había caído.
Quedó sin aire. Se vio a sí misma sonriendo a la cámara y agarrando el brazo de Pansy mientras ésta intentaba mantener una suficiente sonrisa de lado que acababa convirtiéndose en una espléndida sonrisa que iba dirigida a la Hermione de la foto. Parpadeó varias veces, sorprendida, observando a la pareja besarse en la mejilla y mirándose una y otra vez, olvidando que tenían una cámara delante. Se ruborizó tanto como la radiante Hermione de la imagen al presenciar un inocente beso en los labios y, como un bucle, regresaron a las sonrisas y miradas dulces.
Se le encogió tanto el corazón que sus ojos se humedecieron. Había olvidado todo, absolutamente cada momento y gesto que las llevaron a crear ésa historia y lo único que quedaba de ella era un brillo de labios y la foto. Si tenía dudas de que en verdad tuvieron una relación, ahí se encontraba la prueba más evidente: una foto del mundo mágico, conocidas por capturar la personalidad de las personas en el momento que se hacía la fotografía.
Una sangre sucia y una mortífaga sangre pura. Increíble...
Se sentó en la cama, mano cubriéndole la boca, y embobándose de cómo aquella Hermione miraba a Pansy con admiración y dulzura, y la Slytherin no se quedaba atrás. Hubiera apostado su alma por creer fervientemente en que Parkinson jamás se comportaría ni contemplaría a nadie así y menos a ella ¿Cómo lograron amarse de tal forma...? Seguramente estuvieron muchísimo tiempo construyendo los cimientos, sufriendo y sudando por ello para que, con una poción del Olvido o un hechizo, ¿quizás un golpe?, todo se derrumbara sin dejar nada. Únicamente aversión y resentimiento, ah, bueno, y una atracción sexual difícil de evitar.
Estuvo varios minutos pensando en si enseñársela a Parkinson o no, ¿qué sentido tendría? "Ey, mira, nos he encontrado aquí muy felices juntas, ¿lo intentamos?" Ni de broma. Aunque ahí se viera encantada de la vida, la Parkinson de la fotografía no era la que se encontraba desayunando en el salón. Y juraría que ni ella misma, siquiera. Darse la oportunidad de salir para volver a enamorarse era dar la oportunidad a la muerte de visitarlas. No era de inteligentes intentarlo con una mortífaga, siendo ella la criada sangre sucia y viviendo en el cuartel de los mortífagos, por muy alegres que se vieran en la foto.
Suspiró y mostró una sonrisa irónica. "Aunque hacemos buena pareja", susurró, admirando las sonrisas que se regalaban.
Hizo el ademán de guardar la foto en el momento que descubrió un papel doblado con minuciosidad y estancado en un rincón del marco, entre la tapa, la foto de Draco y el cristal.
Lo abrió muy interesada:
"16 de febrero, Hogwarts.
Título: Intento de relato romántico que en vez de parecerse a uno mío, ha acabado pareciendo a uno del inútil y cursi de Weasley
A mi gatita:
Escribiría centenares de libros sobre tus defectos. Me encantan. No puedo evitarlo.
Relataría línea a línea todo lo que los Slytherins se han burlado de ti durante años, todas las quejas que te he señalado, cada reacción tuya con la que me he enfrentado, te describiría una a una las discusiones, los retos y los insultos que se han convertido en nuestro idioma tan privado.
Te escribiría centenares de libros sólo por la oportunidad de que, al leerlos tú, me dedicaras el tiempo y cariño que necesito; me pasaría años explicándote cada detalle de ti que te han hecho creer que es una imperfección, a obligarte a tragarte estas palabras hasta que se curaran las heridas que te provocaron.
Es triste que haya tenido que describir tus virtudes como defectos para que entendieras de lo que estaba hablando:
Escribiría centenares de libros sobre tus virtudes. Me encantan. No puedo evitarlo.
Relataría línea a línea todo lo que los Slytherins han envidiado de ti durante años, todas las disculpas que me he callado, cada preocupación tuya que no he valorado, te describiría una a una las emociones, los besos y los suspiros que se han convertido en nuestro idioma tan privado.
Te escribiría centenares de libros sólo por la oportunidad de que, al leerlos tú, te devolviera el tiempo y cariño que me has regalado, me pasaría años explicándote cada detalle de ti que te ha hecho ser mi perfección, a obligarte a besarme las palabras que nunca dije hasta que se limpiaran las crueldades que me enseñaron.
Es triste que haya tenido que describir mis defectos como virtudes para que entendieras que te amo.
Siempre tuya, Pansy Parkinson.
PD: ea, para que veas que si quiero puedo superarte en ser romántica. Y rebuscada, no sabes tú la de horas que me he pasado escribiendo esta mierda y al final no la he tenido acabada hasta las doce de la noche, más te vale valorarla si no quieres problemas, Granger.
PD2: Es broma.
PD3: ¿Te comprarás al final la lencería sexy de la revista que te enseñé?"
La carcajada que fue provocada por el último comentario se fundió con un suspiro necesario para liberar la carga emocional. Merlín...
Su lado soñador y romántico se había derretido ante aquellas palabras. Sujetó con el pulgar y el índice la foto de la feliz pareja "Qué suerte has tenido de ver a una Parkinson no tan cabrona", le dijo a la sonriente Hermione mientras ésta se quejaba de las divertidas muecas de Pansy hacia la cámara. Volvió a suspirar, tumbándose en la cama y apretando la carta en su pecho. Diez segundos para regresar a la realidad y se levantaría.
Uno...dos...tres...cuatro...suspiró...cinco...
—¿Qué estás haciendo?
—Uuumh —Hermione inclinó un poco la cabeza hacia atrás para observar en contra picado a la irritada Slytherin—. ¿Dormir?
—Yo sí que te adormeceré la espinilla de una patada como no te levantes.
La Gryffindor produjo un ruido gutural prolongado y grave en el mismo segundo que se levantaba. Estaba loca si pensaba que esa Parkinson era la de la carta.
—¿Qué llevas en la mano? —Pansy frunció el ceño todavía más al distinguir sobre las sábanas el marco de corazón abierto—. Dime que no lo has roto. Dime que no te voy a hechizar el culo.
—No está roto, he abierto la tapa trasera porque pensaba que había algo y-
—Dame eso —cortó, señalando con un movimiento de mano a la carta.
—Mejor que no...
La advertencia despertó más curiosidad en Pansy, quien bordeó la cama de talla queen hasta situarse frente la Leona.
—¿Por qué?
—Porque no estás preparada para conectar con tu yo interior —se burló.
De un zarpazo, Pansy le arrebató la carta. Hermione aprovechó que ella estaba engrescada leyendo para marcharse a zancadas disimuladas. No sabía cómo reaccionaría la Slytherin al acabar, pero dos cosas estaban claras: ni ella deseaba estar delante suyo cuando ocurriera ni Parkinson querría que lo presenciase.
No obstante, al atravesar las cortinas atadas a ambos lados que representaban la obertura entre el dormitorio y el resto de la tienda, se ocultó tras ellas con el motivo de espiarla. Hermione no pudo interpretar qué pasaba por la mente de la Slytherin, pero sí que percibió el rostro confuso y decaído.
"Ha sido un golpe duro para ella haber encontrado esa prueba tan evidente de la relación", razonó, suspirando por la comprensión que experimentaba.
Notó que Pansy terminó de leer y volteó el cuerpo, repasando las sábanas con la mirada. Con lentitud, la Slytherin alargó el brazo para agarrar la fotografía en la que salía Hermione, como si temiera descubrir en ella la fecha del fin del mundo. Granger no entendía el porqué la embargaba una compasión tan extraña, sentía lástima y angustia por Pansy y por sí misma, como si las dos hubieran perdido algo importante. Y, según la foto y la carta, pensó Hermione, así era.
Se entretuvo tanto con los pensamientos que no se percató del momento en el que Parkinson recogía la carta y la foto y las guardaba en el marco, colocándolo de nuevo en la mesilla. Al regresar a la realidad y toparse con la espalda desnuda de la Slytherin que había dejado que el albornoz se deslizara por su piel, se escabulló hacia la cocina para desayunar una tostada y un vaso de zumo. No tenía el estómago para nada más.
-0-
—¿Y mis botas?
Pansy surgió del dormitorio diez minutos después, colocándose el cinturón y los guantes de cuero, a más de mostrar a Granger que, sin duda, era la mujer de porte disciplinado y atractivo de aquella noche cuando Lestrange se tomó la poción para sus dientes.
Hermione, con sus dilatadas pupilas escudriñando la silueta de Parkinson, admitió que imponía con el oscuro uniforme; era como si fuera otra persona más seria y peligrosa. En esos momentos agradeció de que Parkinson fuera tan socarrona porque, sino, era posible que temiera por su integridad ante el respeto que infundía un mortífago en esas prendas.
—No sé, ¿y tus botas, Parkinson? —respondió disimulando el tono burlesco. Masticó rápido lo que quedaba de pan y se dirigió hacia ella mientras sacudía las migas de las manos—. ¿Dónde las dejaste anoche?
—Tendría que ser tu trabajo ¡Merlín!, sólo traes disgustos.
—¿Mi trabajo? No soy una niñera que va tras de ti para recogerte las cosas.
—Claro que no eres una niñera, éstas también tienen un sueldo —sonrió de lado, alzando una ceja para retar a la Leona a que le contestara.
Hermione rodó los ojos y, de pie, apoyó el trasero en el cabezal del sofá estando éste de espaldas. Rió entre dientes por la desesperación que sufría la Slytherin al buscar las botas cerca del sofá.
—Tienes dos opciones: decirte yo dónde están o utilizar el accio —propuso la Gryffindor, quien no conseguía disimular su sonrisa cada vez que cruzaba en su mente el pensamiento de que aquella carta y fotografía había impactado tanto en la sangre pura como para olvidar que la magia existía.
Pansy soltó la manta que utilizaba Hermione para dormir puesto que estaba removiendo todo para encontrar las botas, acortó distancias con una marcha sosegada hasta quedar enfrente de ella y le echó un vistazo de pies a cabeza. Medio incordiada, medio burlona, exhaló un suspiro que indicaba su nivel de paciencia.
Al observar a una Hermione con la mirada inocente perdida en el techo y tarareando una canción, entrecerró los ojos.
—¿Te gusta jugar? —preguntó la mortífaga, con tono frío y retador.
—Pues... no me lo había planteado nunca —regresó al tarareo, desviando la vista por la estancia.
—¿Sabes cómo acaban los estúpidos y peligrosos juegos? —inquirió, dando un par de pasos y presionando con su presencia. Se puso la capucha, ocultando la zona superior del rostro hasta las mejillas—. En una estúpida fotografía de San Valentín, Granger.
—Acaban así si se gana y los jugadores juegan limpio —oprimió con el dedo la nariz de la figura que estaba a escasos centímetros—. Y bien es sabido de que tú eres una tramposa compulsiva.
—¿Tramposa? Es tu culpa que te hayas enamorado de alguien como yo. Aunque...je, no es difícil sentir atracción por mí, tampoco.
—¡JA! ¿Atracción por ti? La única atracción que despiertas en la gente es la atracción entre tu mejilla y la palma de su mano para abofetearte.
La sonrisa de lado de Pansy, oscurecida sutilmente por la capucha, se dejó entrever.
—¡Cómo si no hubiera notado tus miradas indecentes, Doña Castidad!
Fue admirable el reducido intervalo que necesitó la cara de Hermione para teñirse de un bermellón difícil de disimular, complaciendo a la Slytherin que no se avergonzaba de exhibir su radiante y satisfecha sonrisa.
—¡S-s-s-si te pones delante de mí de golpe con un camisón que apenas tapa lo necesario, no me da tie-tiempo a no mirar!
—¿Pero qué clase de excusa es esa? —se carcajeó a la vez que posaba las manos en el cabezal del sofá, a un lado y a otro de la joven que intentaba salir escopeteada. Le imposibilitó más el movimiento al intercalar la rodilla y su muslo entre las piernas de la cautiva—. Escúchame, Granger, no es ninguna sorprendente noticia el hecho de que nos sintamos atraídas teniendo en cuenta de que estuvimos saliendo, por muy improbable que suene, y que es evidente que si salimos, es porque algo entre nosotras había. Por muy, muy improbable que suene.
—¿Pero?
—¿Pero qué?
—¿Ya está? ¿No vas a continuar hablando? —Hermione arqueó las cejas.
El fruncimiento del ceño de Pansy no duró ni dos segundo antes de que se convirtiera en una expresión maléfica y traviesa. Observó a Hermione como si no creyera que la invitara a hablar al tiempo que mantenía la sonrisa ladeada. Oprimió más su cuerpo, presionando el muslo que mantenía entre las piernas de la Gryffindor y que, por consecuencia, levantaba el vestido.
Parkinson fue mirando de reojo cómo iba subiendo poco a poco la tela hasta las nalg- Hermione estiró el vestido hacia abajo, imposibilitando ver más allá.
—¿Se puede saber qué demonios haces? —refunfuñó la Leona, encerrando la tela entre sus puños para mantenerla en el lugar.
—Iba a seguir hablando hasta que me has interrumpido —se defendió, chasqueando la lengua, molesta.
—¿Que yo te he interrumpido? Has sido tú la que se ha despistado, aprende a regañar a quien se lo merece.
Pansy agarró irritada el cuello del vestido.
—¡Maldito vestido, voy a convertirte en cenizas! —lo soltó, riendo por no poder mantener el papel ante la malhumorada joven—. ¿Qué, Granger?
—Eres una cría.
—Mh, una cría que logró llevarte a la cama en Hogwarts.
Hermione abrió la boca de par en par, totalmente ofendida.
—¿Y tú qué sabes si lo hi-hicimos?!
—Venga ya, ¿piensas que hubieras mantenido tu inocencia saliendo conmigo? ¿Con-migo? —enfatizó, señalándose dos veces.
—¡Por supuesto! ¿Quién te crees que eres?
—La que ahora mismo está prácticamente encima de ti, ruborizándote y conversando sobre lo bien que nos lo pasábamos en la cama —alzó una ceja, anotándose el punto.
—Estás así porque no puedo defenderme por culpa del dolor —replicó, acariciando el hematoma que parecía empeorar a cada hora.
Volvió a tirar la tela hacia abajo para que no se subiera.
—Ya, y tus mejillas rojas tampoco han podido defenderse de mi belleza —le pellizcó ambas mejillas como si fuera una abuela e imitó el tono de una anciana—: ¡Pero qué inocente que es mi nieta, una ricura de niña!
—¡Aaagh, para, Parkinson! —sacudió la cabeza sin éxito y necesitó liberar la tela de sus dos manos para detener a las de la Slytherin. Se le escaparon varias sonrisas ante las innumerables expresiones que utilizaba la Slytherin—. Eres una pesada —acabó, sin evitar sonreír y enviándole miradas de molestia.
—No puede ser —exclamó Pansy al mirar la cadera de su prisionera— ¡¿Llevas bragas de estampado de mariquitas?!
—Que sepas que en el mundo muggle son muy, muy, muy normales. Lo que pasa que vosotros los sangre pura pagáis barbaridades para que un sastre mago os haga las prendas de ropa, en vez de comprar en un centro comercial -sea muggle o no- la ropa que ha sido fabricada por fabricas, siendo más barata y al alcance de todos —hizo un pausa para agarrar aire—. Que tú lleves ropa interior de exquisita calidad porque no sabes dónde más ir a comprar aparte de la anticuada tienda donde tus familiares y antepasados sangre pura van siempre, no significa que yo haga lo mismo. En el mundo muggle hay muchas posibilidades y variedades, no sólo lo que tú llevas puesto.
Los parpados de Pansy se movieron lentamente sin que su expresión neutral y alegre cambiara. Intentó seguir con esa expresión para no carcajearse.
—Y entre todas las posibilidades, eliges unas mariquitas de colores —apretó los labios, procurando no reír.
—¡Me las regaló mi madre hará dos años, ¿vale?!
—Dejaré a tu madre a un lado, sólo la recordaré para acordarme de que su hija ha salido con el mismo mal gusto que ella, e iré directamente a la pregunta: ¿qué joven de actuales diecisiete se las pone aunque se las hayan regalado hace dos años? Dime que todavía no te pones los pañales de cuando eras pequeña —al imaginárselo, las atronadoras carcajadas fueron tales que la Slytherin no pudo pararlas aunque Hermione la empujara para zafarse del encarcelamiento.
Ya con la Gryffindor tras la encimera de la cocina, Pansy tuvo que apoyar una mano en el cabezal del sofá y la otra en su vientre para intentar respirar.
—Mejor no preguntarte si al final te compraste la lencería sexy de la carta, la respuesta es evidente —sentenció la mortífaga.
Hermione, de brazos cruzados, miró con enfado a la Serpiente que se retorcía ya cerca del suelo por las risas. Si Parkinson se enteraba de que ya tenía los dieciocho puesto que el primer año de Hogwarts lo empezó con doce, las burlonas carcajadas la acompañarían hasta en sueños.
—Ais, pobre de mí cuando estaba contigo. En fin, ¡accio botas! —se las puso soltando todavía alguna que otra risotada—. Llegaré tarde a la reunión de los grupos de búsqueda pero ha merecido la pena.
Salió de la tienda cerrándola con hechizos. Hermione bufó pesadamente y decidió ir a limpiar la mesa de centro. Cuando se inclinó a recoger los platos, una cabeza surgió de la salida de la tienda.
—Ah, sí, Granger, recuerda de limpiar la tienda, ya sabes, hacer la cama, lavar platos y bla,bla,bla.
—¿Me traerás algún libro y alguna cosa para curarme las heridas?
—Sí, claro, ¿te crees que soy Papa Noel? Pfff.
Desapareció dejando en la tienda a una irritada Gryffindor que necesitó calmarse para no lanzar el plato contra el suelo.
—Ah, otra cosa, Granger, si quieres te puedo traer ropa interior con gatos, mariposas, florecitas y esos dibujos que tanto te gustan ¿quieres?
—¡Piérdete de una vez, Parkinson! —gritó, arrojándose hacia la obertura en un vano intento de alcanzar a la Slytherin que ya había salido riéndose y corriendo hacia la mansión Malfoy.
