La calma antes de la tormenta

Dos días después

Pansy se despertó a las siete y preparó su desayuno, ignorando a Granger que se encontraba acurrucada en el sofá leyendo el libro escrito en runas. Con una galleta ocupando la boca, se respaldó en la encimera con el objetivo de no acercarse a la antipática de la Gryffindor.

Ni una sola mirada cruzaron desde entonces y Parkinson lo entendía. Se alegraba de que hubieran acabado de esa manera: si mantenía avivado el odio en Granger, se aseguraría de salvarse el pellejo. Sabía en parte que la Gryffindor tenía razón, que aquella atracción podía convertirse en algo más. Fuera fácilmente o no, es de lo que más desconfiaba. Porque si se despistaba, acabaría todo ese embrollo muy mal, así que la mejor solución para evitar ese desenlace era alejarse.

El problema residía en que su misión se centraba en acercarse tanto a ella que esta acabara por confiar lo necesario como para ayudarla a infiltrarse en la Orden del Fénix. Necesitaba seguir avanzando y tendría que atacar los puntos débiles del ego de la Leona por los cuales no pudiera alejarla del todo aunque se enfadaran. Y, a la vez, conservar la distancia en referencia a sus sentimientos. Mientras una se mantuviera firme en su posición de enemiga, todo iría bien.

Pansy dio un sorbo de leche fría y repasó mentalmente los quehaceres de hoy. A las ocho de esta mañana debía de atender una reunión con Draco y Daphne para informar sobre qué habían recolectado sus subordinados. Y nada más que hacer. Quizás iría a visitar las tumbas de sus compañeros fallecidos en la batalla, en especial a Milli. Aunque no se lo pudiera creer, aquel tanque le animó sus días en Hogwarts con sus comentarios gastronómicos e idos de olla, ¿a quién se le ocurría comparar la cocina con la astronomía? Nadie en su sano juicio vería relación entre los ingredientes que flotaban en una sopa con las constelaciones.

Dejó el vaso en el fregadero con una sonrisa y se dirigió al servicio a lavarse los dientes y a darse una ducha rápida para después poder relajarse hasta que fuera la hora de irse.

Quince minutos después, asomó la cabeza por la puerta del cuarto de baño causando que el cálido vapor se escabullera por el espacio.

—¡Granger! ¿Y mi albornoz?!

—Se lo llevaron los elfos, no me hicieron caso cuando les dije que no hacía falta —vociferó, entonando las palabras con sequedad.

—¡Serán...! —se adentró de nuevo y poco después salió del baño refunfuñando.

Ni se molestó en secarse el pelo. A zancadas se presentó, con una toalla envolviéndole las curvas, enfrente de la lectora. Hermione estaba tumbada en el sofá con la espalda en el reposabrazos y totalmente perdida en la inmensidad de la aventura que relataban las páginas.

—¡Eh! ¡Devuélveme el libro! —gritó, sentándose en el sofá y haciendo el ademán de levantarse, pero la presión de la mano de Pansy la mantuvo en el sitio.

En su defecto, Hermione se recolocó el vestido beige para que no bajara más la tela que tapaba su escote.

—Cuando vea los cuarenta y seis galeones que me debes —contestó la Slytherin, dando ligeros toques en su hombro con el lomo del libro—. ¿En qué milenio volverán a traer mi albornoz?

—¡Y-y yo qué sé! Vinieron a por él poco antes de que te levantaras, al igual que mi manta y otras prendas —se rascó la mejilla procurando disimular la vergüenza de ver a Parkinson en una toalla—. Además, he oído que su servicio es muy lento porque hay pocos de ellos y demasiado trabajo, así que... quizás cuando estés fuera de la tienda te lo traerán.

—¿Te estás riendo de mí? —acomodó la mano que mantenía a Hermione sentada, en su cadera.

Al observar cómo Granger disimulaba sin éxito la traviesa sonrisa, entrecerró los ojos con molestia.

—No, Parkinson, aunque he de añadir que también se llevaron tu uniforme.

—¿Qué?! Estúpidos elfos, ¡les dije que no quería que entraran en mi tienda! ¿Cómo voy a ir a la reunión ahora? —escuchó unas tenues risas camufladas por un carraspeo—. Y nada de leer hasta que mi cámara de Gringotts tenga cada knut que me corresponde o, en su defecto, de verte con la lencería que te compré.

Lanzó el libro al sillón contiguo.

¡Aaagh! ¿Cómo puedes ser tan retorcida?

Ups, ¿te lo he quitado de las manos justo cuando estabas leyendo una parte interesante?

—¡Sí y lo has estropeado todo!

—Perfecto, es lo que quería.

—Estupendo, genial, maravilloso —golpeó ambas manos en sus propias rodillas y procuró pegar con fuerza su espalda contra el sofá para soltar energía. Volvió a cruzar sus brazos—, ¿vas a hacer algo más para reírte de mí, Parkinson?

—Lo apuntaré en mi lista de "en realidad me importa una mierda", pero sí, quizás sí que vaya a hacer algo mientras espero a que los otros idiotas me devuelvan el uniforme.

—¿Ah, sí? Pues ya estás tardando.

Pese a que la expresión de la Slytherin mostró la irritación de haber escuchado el desafío en esas palabras, inmediatamente ladeó la sonrisa. Con ganas de fastidiar, se aproximó a la desafiante Leona y se inclinó para descruzarle los brazos. Se sentó encima de las piernas de Hermione, colocando sus rodillas a ambos lados del cuerpo que encarcelaba y, con su fuerza, obligó a las manos de la Leona a que apretaran sus propias nalgas por encima de la toalla.

Sin hacerlo intencionadamente, Pansy se mordió el labio inferior ante lo que estaba presenciando. ¿Tenía previsto excitarse por estar sentada encima de Granger y cara a ella? No, para nada, aunque tampoco había previsto que le encantaría torturar de esa manera a la recatada sabelotodo.

—¡¿Qué-qué-qué haces, Parkinson?!

—Oh, vaya, ¿aparte de santurrona también eres ciega?

La Gryffindor dejó salir varios quejidos al no poder apartar sus palmas de las nalgas por la presión que ejercía las manos de Parkinson sobre las suyas. Cerró los ojos con fuerza para detener el sofoco que sentía en su cara y tiró la cabeza hacia atrás todo lo que pudo al comprobar lo cerca que se encontraba el escote de la burlona Slytherin.

—¿No me dijiste q-?! ¡Oh, por Merlín, Parkinson, basta!

—Eh, eh, que no quiera casarme contigo no significa que no me interese jugar un rato, ¿mh?

Mordisqueó la oreja de su cautiva, liberando varias risas coquetas que, en un principio, iban a ser actuadas.

—¡No pienso acostarme contigo después de lo que me dijiste! —desafinó al notar cómo la boca de Pansy se movía en su totalidad recorriéndole el cuello.

—Tendrás que ser más convincente, Doña Perfecta. Tampoco noto que quieras dejar de tocar mi suave culo.

Hermione forcejeó con más empeño. De golpe, una idea cruzó por su mente, ¿y si se levantaba del sofá? Dicho y hecho, se puso en pie esperando a que Parkinson retrocediera, pero ésta frustró su plan encarcelando con las piernas su cintura y colgándose del cuello con los brazos.

El plan fue a peor al presenciar cómo la toalla de alta calidad de la mortífaga se deslizaba por la piel hasta acabar en el suelo.

Alarmada, regresó al sofá y cerró los ojos puesto que ahora la Slytherin la abrazaba desnuda.

—Tan inútil improvisando como siempre, Granger —susurró, volviendo a atrapar la piel expuesta con sus dientes.

—¿A qué juegas? —gruñó, tapándose los ojos con las manos liberadas.

Sentir el cuerpo desnudo ceñido a ella no la ayudaba a tranquilizarse, y menos con la suave risa coqueta acariciando su oído.

—Oh, querida niña preferida de los profesores, pensaba que es lo que querías desde que no parabas de sonrojarte cada vez que me veías y, no olvidemos, de los celos de hace dos días...

Después de mostrar sus dientes caninos en una pícara sonrisa que Hermione no podía ver por la posición en la que estaban, dejó que su respiración fuera lo suficiente vibrante y suave como para que sonrojara con más intensidad a la Leona. Para conseguir que Granger empezara a respirar con más dificultad, no le hizo falta a Pansy ni liberar junto con la respiración el suave gemido que se convirtió en un ronroneo erótico, tan solo con el sutil vaivén de su cuerpo desnudo, o más bien del contoneo de sus caderas contra las piernas en las que estaba sentada, fue más que suficiente.

—No eres el centro del mundo, Parkinson —apretó la mandíbula, que fue seguida de los párpados, e intentó no centrarse en todo lo que la mortífaga quería hacerla sentir.

Aunque no tuvo mucho éxito en cuanto notó que los finos dedos de Pansy se perdían en su melena.

—Parece ser que del tuyo sí, Granger.

La nombrada bufó, apretando más sus palmas sobre los ojos. Pansy tuvo razón con que proyectaba en ella lo que había leído en la carta, pero estaba muy lejos de ser aquella Pansy que la emocionó con unas palabras. Y aun así... Su mente le jugaba malas pasadas incorporando la atracción sexual a todo aquel embrollo.

—Estás muy lejos de serlo —murmuró Hermione, con la voz amortiguada por sus manos.

—¿Te gusto, Granger? —ronroneó—. ¿Te gustaría que fuera como la que te escribió la carta?

Qué dolor en el pecho. Hermione frunció los labios y asintió con lentitud, temiendo que salieran lágrimas. No podía culpar a nadie de la confusión que sentía ni de las esperanzas que había depositado en Parkinson por volver a tener a su lado a la joven tan feliz de la fotografía.

Con un corto, tenue y tímido "Sí", contestó a las preguntas.

—¿Por qué te tapas con las manos? Menuda vergonzosa estás tú hecha... Sólo estoy encima de ti, no hemos hecho gran cosa como para que estés tan roja.

Con su típica sonrisa, Pansy las apartó de la cara con dificultad. Unos cohibidos ojos recibieron a los suyos. Pansy le fue bajando las manos lentamente con el propósito de dejarlas descansar en el sofá, al tiempo que mantenía la mirada de Hermione. Cuando las manos de ésta estuvieron reposando encima del cojín, apresó las mejillas de la tímida Leona y la besó con ternura.

Necesitó humedecer con su lengua los labios inactivos de Hermione por la sorpresa. Los apartó con cada movimiento entusiasta e irresistible, sonriendo al palpar el calor que desprendían las mejillas y gimiendo al sentir la fricción del vestido de Hermione contra su piel desnuda.

—Escúchame, Granger, si algún día me vuelvo tan demente como para volver a enamorarme de ti a pesar del peligro, tienes que saber que nunca recibirás de mí un amor digno de una épica historia ni habrá un final feliz ni esas tonterías que crea tu mente soñadora. Mi amor será real y olvídate de que nuestra relación sea perfecta. Somos humanas con sus defectos, si crees que nunca discutiremos o que de la noche a la mañana nos soportaremos más vale que te golpees la cabeza para regresar a la realidad —explicó, apartando los tirantes del vestido beige—. De mientras... aunque no pueda darte amor, sí que puedo darte un par de orgasmos, ¿qué te parece? Estoy segura de que tú y yo nos lo pasaríamos muy bi-

—¡No! —empujó con fuerza el cuerpo que la apresaba, tirándolo a un lado del sofá.

Inmediatamente, Hermione se levantó ruborizada y fue tras la encimera para tener una barrera entre ella y la Slytherin. Tragó saliva al darse cuenta de que habría sido así de fácil alejarse si de verdad no hubiera querido nada de lo que acababa de pasar.

—No tendré sexo de una noche contigo, olvídate de la idea —agarró una sartén como si fuera un bate de béisbol—. No te acerques, Parkinson, te lo advierto.

Pansy se carcajeó envolviéndose el cuerpo con la toalla. Al acabar, se aproximó a la encimera que Hermione utilizaba como protección y ladeó la cadera, apoyando el peso en una pierna y acomodando las manos en la cintura. Sonrió como si escuchara el chiste más absurdo de su vida.

—Vamos, 'mione —rasgó la voz de forma seductora y con un ápice de burla—, casi podía escuchar cómo ronroneabas al lamerte el cuello.

—Me-me da igual. No quiero hacerlo contigo.

—Pero sí que serías capaz de arriesgar tu vida saliendo con una mortífaga en su campamento. Tienes una lógica muy peculiar, querida.

—¡Es diferente!

—Claro que es diferente; si follas conmigo ganas un orgasmo, si sales conmigo ganas una sepultura bajo tierra —alzó una ceja y curvó los labios hacia abajo—. No sé tú, pero yo tendría claro hacia dónde dirigirme en este caso.

—Escúchame, lagartija —golpeó la encimera con la sartén y colocó la mano libre en la cadera—. Yo no soy como tú, no voy a tener sexo por tener, y yo no follo, hago el amor, y para hacerlo se necesita a alguien a quién amar. Y tú —con ímpetu, la señaló con el utensilio— ni siquiera sientes algo por mí. Por lo tanto, sí, puedes ir olvidándote de verme desnuda.

—Como quieras, tú te lo pierdes, hermana Granger —rodó los ojos y desapareció tras las cortinas del dormitorio.

Hermione soltó la sartén y apoyó los codos en la encimera, frotándose la cara con las manos y suspirando ¿A qué hora pensó que sería mejor vivir con ella que con Lestrange? Perdiendo los dedos entre sus bucles castaños, cansada y agobiada por lo que acababa de ocurrir, bufó al escuchar un alegre "Oh, ¡ya está aquí mi uniforme!"

Negó con la cabeza y se quedó cerca de la sartén hasta que Pansy salió del dormitorio ya vestida.

—¿Todavía sigues ahí? —preguntó, enfundando su varita.

—¿No lo ves?

—No, Granger, sólo veo a una idiota de pie. Ah, sí, antes de que se me olvide... —apuntó con la varita al libro escrito en runas y se escuchó un sonido metálico—. Diviértete limpiando la tienda de campaña, volveré en cuanto acabe la reunión.

—Maldita Parkinson —refunfuñó, una vez ésta salió de allí.

-0-

En la mansión Malfoy

—Tengo buenas noticias, sentaros.

Pansy y Draco acataron la petición y Daphne ocupó lugar en una de las sillas lujosas. Alineó el rollo de pergamino golpeándolo contra la mesa varias veces y carraspeó.

—Uno de mis subordinados ha escuchado una conversación en la Cabeza de Puerco. El dueño de la taberna susurraba con un encapuchado sobre que Potter se presentaría en Hogsmeade esta noche porque en Hogwarts hay algo que le interesa tener.

Wow, empezamos fuerte, ¿nadie va a sacar antes unos bombones para picar? —Pansy repasó con la mirada a sus dos amigos—. ¿Se lo decimos a los adultos, pues?

—¿Y que nos quiten el mérito? No, iremos nosotros con nuestros grupos y le haremos una emboscada —Greengrass movió los dedos para que el pergamino fuera subiendo y dejara leer nuevas letras—. Si no se espera el golpe, será rápido.

—¿Cómo nos aseguraremos de que él no va escoltado? —Draco se frotó la barbilla, observando con interés las reacciones de sus compañeras.

—Claro que irá con alguien protegiendo su espalda, por eso iremos los tres grupos. Según me han dicho —tocó con su yema varias veces una línea en concreto— irá con cuatro aliados de la Orden del Fénix y es muy probable que sean aurores, espero que las veintiuna personas sean suficientes. Es extraño que no lo acompañen sus amigos, pero teniendo en cuenta que Hogwarts está dirigido por el Ministerio y que éste lo dirige nuestro Lord, es razonable que hubiera preferido ir con adultos más experimentados.

—¿Y si los tres grupos no son suficientes para contraatacar los cuatro aurores?

—Pues moriremos —intervino Pansy—. Y todo porque a alguien le ciega la ambición.

—¿Crees que el Señor nos perdonará si le informamos de una pista falsa? —replicó la rubia.

—Creo que nos matará si no lo es y dejamos que escape.

—Sólo si nuestro fracaso llega a sus oídos —siseó Daphne.

Parkinson echó un vistazo a Draco, ¿debían de pararla antes de que fuera demasiado tarde? En cambio, éste la ignoró por completo.

—¿Y qué propones, Di? —preguntó Malfoy.

—Avisad a vuestros grupos y decidles que esta noche iremos de incógnito a una emboscada, que nadie comente nada durante el día ni entre ellos y que se presenten con sus uniformes en mi tienda.

—¿Algo más? —propuso Draco, dispuesto a todo. Estaba más que satisfecho de hacia dónde se estaba dirigiendo todo.

—Espera, espera, ¿de verdad vamos a intentar capturar a Potter solos? ¿Estáis locos? ¡Podríamos morir!

Pansy observó sin entender a sus dos amigos. ¿Debía explicárselo a la señora Lestrange? ¿O no hacía falta porque no estaba relacionado con su misión principal?

—Yo secundo tu idea, Daphne.

—Gracias, Draco.

—¿Qué?!

—Si no quieres participar, Pansy, no lo hagas, pero por lo menos envía a tu grupo como apoyo.

—Para eso me queréis, ¿no? Sólo os importo por el grupo, ¿verdad?

—Va, Pansy, deja de bromear —Greengrass retiró la silla y enroscó el pergamino en sus manos—. Os recomiendo que informéis ya mismo a vuestros subordinados para que se echen una siesta y puedan aguantar por la noche. Y os digo lo mismo a vosotros, parece ser que será muy larga.

-0-

—¿Puedes desencantar el libro, por favor?

—No.

—¿Puedes desencantar el libro, por favor?

—No.

—¿Puedes desencantar el libro, por favor?

Pansy soltó cabreada el tenedor contra la mesa y encaró a la joven que se encontraba sentada en el sillón contiguo con un pie debajo de ella misma y la otra pierna balanceándose.

—¿Me dejarás comer de una vez por todas?

—¿Puedes desencantar el libro, por favor?

—No.

—Pues ahí tienes mi respuesta, Parkinson. ¿Puedes desencantar el libro, por favor?

La Slytherin impulsó su cuerpo apoyando las manos contra el mueble de madera e hizo el ademán de agarrar al vuelo a la Gryffindor, que saltaba cual bailarina del sillón dispuesta a alejarse de la Serpiente. Hermione se precipitó hacia el dormitorio y utilizó las cortinas para envolver a la maga que quería entrar.

Entre gritos e insultos, Pansy se desprendió de la tela y se adentró en la sala vacía. Escudriñó la estancia en busca de cualquier detalle que delatara el escondite de Hermione y, sin apartar la vista del dormitorio, abrió el cuarto de baño. Nada.

—Vamos, Granger, ¿no querías jugar? Ahora es tu oportunidad, ven, gatita, bsbsbsbs —frotó los dedos como si en verdad buscara llamar la atención de un gato y bufó molesta por la situación—. Sin libro, sin ducha y sin comida te veo a partir de ahora, minina.

La Gryffindor discernió, por la estrecha abertura que había dejado entre las puertas del armario en el que se escondía, a Pansy paseando alrededor de la inmensa cama. Se frotó las manos en cuanto tuvo enfrente de ella a la Slytherin dándole la espalda. Con un grito que pareció más una carcajada que uno de ataque, se abalanzó sobre la espalda de ella cual león en plena caza.

No necesitó ni un segundo en agarrarse como un koala y desequilibrarla.

—¡Desencanta el librooo!

—¡Nunca! —farfulló la Slytherin con la cara contra el colchón.

Con dificultad, quejas y golpes, Pansy logró zafarse y apartarse hacia la cama para evitar un nuevo agarre. Comenzó a saltar sobre ella a la espera de ver qué haría Hermione. Ésta únicamente se mantuvo quieta, entrecerrando los ojos.

—¿Por qué no quieres desencantarlo, maldita sea?

—Porque eres una deudora con muy mal carácter, Granger —continuó saltando con un deje de burla en sus movimientos, dando brincos hacia ella y retrocediendo para provocarla.

Pansy dio un chillido, divertida por el ademán que hizo la Gryffindor en un intento de subir a la cama, pero la abucheó cuando el gesto no llegó a más. Volvió a proferir un chillido de diversión al comprobar que esta vez Hermione sí que se atrevía a subir.

Parkinson la esquivó varias veces por muy poco y logró desestabilizarla con un empujón. Por suerte, Hermione cayó sobre el colchón y no en el suelo.

—Podría hacerte muchas cosas ahora que estás ahí tumbada e indefensa—entonó sus palabras con un toque de amenaza al tiempo que seguía saltando.

—Me sentiría en peligro si no fuera porque sé que eres una cobarde sin remedio, Parkinson.

Hermione apartó los bucles que le cubrían la visión con soplidos y se apoyó en sus codos, observando a la Slytherin que había dejado de saltar y fruncía el ceño con molestia.

—Retíralo.

—No voy a retirar semejante verdad.

—Retíralo o te arrepentirás, Granger —siseó, inclinando la cabeza.

—Oh, vaya, ¿he dañado a tu frágil ego? ¿La pequeña Parkinson se pondrá a berrear como si le hubieran quitado un caramelo?

—¡Eh! Ni se te ocurra continuar por ahí, maldita enferma de la lectura.

—¿Por qué sois tan...? No me viene a la cabeza la palabra.

—¿Perfectos? Cuestión de genética y sangre, Granger.

—Narcisistas y ególatras se acercaría más.

—Habló Doña Perfecta, la que cree que las cosas bien hechas son como ella las hace sin aceptar sugerencias de cambios.

—Porque, en cierta forma, lo son.

—No, no lo son —negó con la cabeza, alzando las cejas.

—Sí, sí lo son —asintió, imitando la expresión de Pansy.

—Por supuesto que no.

—Claro que sí.

—¿Quién eres tú para afirmar que todo lo que haces está bien?

—Mis Extraordinarios lo afirman, Parkinson.

—No hablaba de estudios.

Hermione desvió la mirada. Sabía de antemano que cualquier cosa fuera del campo de estudio, se le escapaba de cierto control.

—Tengo que recoger los platos —declaró, arrastrándose hasta llegar al borde.

—Nononono, tú te quedas aquí a hablar —le agarró de la nuca del vestido al tiempo que reía por la reacción—. ¿Y tú me llamas cobarde?

—Cualquiera evitaría conversar con alguien tan pesado e idiota como tú —gruñó.

Pansy hincó las rodillas en las sábanas, detrás de Hermione, quien se mantenía sentada en el borde por el agarre, y acomodó toda la palma de su mano en la clavícula y el esternón de ella. Presionó el cuerpo de la Leona hacia atrás hasta que la espalda de ésta descansó sobre su pecho.

Con un ligero toque de dedos en la barbilla de la Gryffindor, la cabeza se alzó ligeramente y viró lo suficiente como para que pudiera observar por el rabillo del ojo a la joven Slytherin que se encontraba detrás.

—Pesada a la que no te ha importado que se sentara encima de ti con tan solo una toalla.

—¿Siempre utilizas el mismo método para intentar algo?

—Depende de si es una sangre sucia o alguien con más pureza en la sangre.

Hermione arrugó la nariz y se levantó sin esperar reacción alguna. Hizo caso omiso a la risa que se escuchaba a sus espaldas cuando iba hacia la mesa de centro a recoger los platos.

—Oh, Granger, Granger, qué celosa que llegas a ser —se oyó la voz proveniente del dormitorio.

—No son celos, pesada —vociferó, malhumorada.

Sujetó un plato con la palma y colocó otro encima de éste sin miramientos, produciendo un ruido agudo. Hermione lo tanteó por delante y por detrás, preocupada por si lo había resquebrajado.

—¿Sabes? Todavía no acabo de entenderte —Pansy apoyó una mano en la cortina y otra en la cadera, siguiendo con la mirada a la molesta Gryffindor— ¿Qué es lo que te hizo pensar que podríamos llegar a enamorarnos? Quiero decir —soltó un ruido de burla—, has sido la única que ha pensado en esa posibilidad cuando lo hablamos después de leer la carta.

—¿Qué más da ya? —dejó los platos en el fregadero y se dispuso a lavarlos con un estropajo.

—Podría cambiarme la forma de pensar, quizás. O quizás no, que es lo más probable, pero siento curiosidad. ¿Qué fue? Dime.

Hermione frunció las cejas y comenzó a fregar con ímpetu un plato.

—Fue un error pensarlo. Un error de una cría que desde pequeña los cuentos le explicaban que algún día encontraría a alguien que la amara con sus defectos y virtudes. Y está claro que tú no eres ese alguien, Parkinson.

—Tuve que serlo en alguna parte de esa cabeza si creías que podríamos llegar a ser algo —contraatacó, brincando hasta el sillón que daba de cara a la cocina americana.

—Ya te he dicho que fue un error, simplemente nos vi en esa foto y leí la carta... pensé que al fin... Da igual, fue un error.

—Pero aún no me has respondido... ¿qué es lo que te hizo pensar que podríamos llegar a enamorarnos de nuevo?

—La estupidez de que si ya pasó una vez, se podría repetir una segunda —negó con la cabeza como si no se creyera que hubiera tenido tal pensamiento—. Aunque no entiendo ni cómo ocurrió la primera. Míranos —enjuagó el plato y se giró a la Slytherin, abriendo los brazos todavía con el estropajo goteando en su mano— somos incompatibles mires por dónde mires. Nos peleamos, nos contestamos, nos fastidiamos, bueno, más bien me fastidias siempre que puedes, hemos sido enemigas desde primero, tienes prejuicios en contra de lo que soy, nuestras sociedades se odian mutuamente, nuestros propios amigos se odian entre sí y quieren matarse, te aborrezco, me aborreces, ¿cómo en nuestro sano juicio logramos llegar a soportarnos y a intentar una relación seria? ¡No tiene sentido!—dejó escapar una carcajada de incredulidad—. Y, encima, no podemos recordar qué clases de locuras nos influenció a hacerlo.

Regresó a sus quehaceres, tranquilizándose con el cálido chorro de agua que acariciaba sus manos mientras éstas seguían fregando. Agarró un vaso, perdiéndose en sus pensamientos.

—Creer en cuentos de hadas a tu edad... Es demasiado peligroso, te puede hacer creer que puedes estar con una mortífaga sin consecuencias —contestó Pansy.

—¡Claro que sé que habrían consecuencias, no soy tan estúpida como otras! —espetó, colocando el vaso bocabajo sobre un trapo. Bajó la voz, suspirando derrotada—. Soy una persona muy racional y lógica, y no es ningún secreto para nadie, es sólo que... ¿es un pecado tener expectativas altas respecto al amor? ¿no puedo soñar?

—¡Oh, por las...! ¿En serio piensas que te lo he echado en cara por tener expectativas altas? Te lo echo en cara porque podríamos morir, ¡y no sólo eso! Quizás a ti te maten a la primera oportunidad, pero ¿a mí? A mí me repudiarían, me tacharían del árbol genealógico, me humillarían delante de todos mis conocidos, seguramente se encargarían de torturarme hasta vomitar la sangre a la que debo fidelidad. La muerte sería la consecuencia más apetecible, créeme.

—A ver si lo he entendido —formó un gesto de extrañeza, girándose de nuevo hacia ella y dejando el estropajo a un lado. Con las manos goteando, intentó ordenar las frases en su mente—. Quiero decir, veamos, esta mañana me dejaste claro que sólo querías tener sexo conmigo, hará un par de días dijiste que borráramos todas las evidencias de lo que pasó entre nosotras afirmando que no querías nada —el asentimiento de la Slytherin le hizo fruncir el ceño—. Entonces, ¿por qué diantres sigues explicándome lo que te ocurriría cuando yo sé que no habrá nada entre nosotras y cuando ni siquiera te insisto en intentarlo? ¿No será que, cuando comentas eso, en realidad te lo repites a ti misma para no olvidarlo y así evitar acabar sintiendo algo por mí? —esbozó una torpe sonrisa de lado para burlarse de ella.

—Te lo he vuelto a decir para que dejes de pensar en ello, idiota —cruzó los brazos.

—Me lo creería si no fuera porque: uno, has sido tú quien ha insistido en que te responda qué es lo que me hizo pensar en intentarlo de nuevo y yo te contara que fue un error y, dos, supongo que ya lo sabes pero lo que te pase ahora mismo me importa bien poco. Suficiente tengo con sobrevivir en este nido de serpientes.

Pansy exhaló aire por la nariz, apretando los puños para controlarse.

—No sabes cuánto te odio, asquerosa sangre sucia.

Hermione se secó las manos con un trapo, ignorando la amenaza al tiempo que tatareaba una canción, feliz por haber podido burlarse al fin de la Serpiente. Al acabar, pasó cerca de Parkinson, quien se mantenía en tensión intentándola matar con la mirada, y frotó su hombro contra el suyo como si fuera una gata.

—Mmh, ¿sí? —ronroneó Hermione, sonriendo como si hubiera ganado el mayor de los premios—, poco odio debe de haber en ti como para que quieras tenerme desnuda entre tus brazos.

Le guiñó un ojo y se alejó corriendo en cuanto Pansy desenfundó la varita. Se encerró en el cuarto de baño aprovechando que era el único lugar con puerta, aunque bien sabía que ésta podría desaparecer con un hechizo. Apoyó su oreja en la madera junto con una mano, expectante a la voz que le llegaba amortiguada.

—¡Contaré hasta tres para que abras la puerta!

—¡No pienso hacerlo hasta que admitas que sientes algo por mí!

—¿Qué mierda me estás contando?!

Mmmh, eso no suena como una confesión, Parkinson.

—¿Qué cable se te ha cruzado ahora? ¡SAL!

—No hasta que admitas que me quieres un poco.

—Lo único que admitiré es que sí, te quiero... echar un buen polvo, nada más.

Boooh, ¡qué poco romántica! ¿Dónde está la chica que me escribió esa carta?

—Muerta, Granger, al igual que lo estarás tú en cuanto salgas.

La nombrada abrió la puerta de inmediato y apareció cruzada de brazos, dando un paso hasta situarse enfrente de la mortífaga.

—Aquí me tienes, como ves no soy tan cobarde como tú.

La Slytherin no supo qué hacer con aquella acción. Nunca la Gryffindor había obedecido tan rápido sin haberse quejado antes miles de veces.

Aahmm... Idiota —dijo, dándose tiempo a reaccionar.

—¿Admitirás al fin que alguna vez has pensado en mí como algo más que una diversión de una noche?

—Ni de coña.

—Bien, pues aceptaré la propuesta de Nott, ya que parece ser que soportarle a él será más fácil que soportarte a ti.

—Eh, eh, eh, ¿Nott, Theodore Nott? ¿qué me he perdido? ¿qué propuesta? —agarró el brazo de Hermione cuando pasó por su lado.

—Sí, tu amigo y su propuesta. Vino esta mañana y, como te olvidaste de echar los encantamientos a la obertura de la tienda, entró cuando estaba preparando la comida. Dijo que quería hablar conmigo.

—¿Qué mierda? ¿Para qué ha venido? ¿qué te ha dicho? ¿qué le has dicho? Le habrás lanzado un cuchillo para echarle de la tienda y que no se acercara más, ¿verdad? ¿sabes lo peligroso que es para ti darle vía libre a un mortífago?

—Ah, ¿ahora te intereso? —alzó una ceja, dirigiéndose hacia el salón.

Pansy la siguió con el ceño fruncido.

—¡Podría haberte hecho cualquier cosa, maldita sea! Podría haber llegado yo de la reunión y encontrarte en la ducha degollada, ¿o es que aún no te has dado cuenta de que nos creemos los reyes del mundo? ¡Y más siendo tú una sangre sucia! ¿Y si te hubiera matado con un Avada y le hubiera echado la culpa a-a un Carroñero idiota o algo? ¿o torturado con un Crucio? ¿Qué pasa si se le cruzan los cables y decide...? Yo qué sé, ¿violarte? O descubre que tú y yo tuvimos un pasado, o si te regala a un asqueroso Carroñero. Joder, Granger, piensa un poco en tu seguridad.

—Estoy viva y sana, ¿no? Tampoco hace falta ponerse así —se sentó, ofendida por las acusaciones.

—¿Qué no hace falta que...? ¡Podrías haber muerto y yo sin enterarme! ¡Mientras pensaba en comer bombones tú podrías haber estado muerta sobre la alfombra!

—Tú sí que me matarás con tus gritos tan altos —chasqueó la lengua, cansada.

—Me cago en mi Boggart y en el puto calamar gigante, ¡estás en un campamento rodeada de mortífagos, no de unicornios de algodón que vomitan arco iris! ¿por qué no ves lo peligroso que ha sido dejar entrar a Nott?

—¿Quizás porque estoy viva?

Hermione rodó los ojos y se sentó en el sofá, incrédula por el arrebato sobreprotector.

Notaba que Parkinson había reaccionado de esa forma por haberse sentido tan impotente al recibir la noticia de la visita de Nott porque ella no estaba en la tienda mientras ocurría todo. Y eso significaba, por los gestos de la Slytherin, que jamás en la vida se hubiera perdonado haber fallado en proteger la vida de una sangre sucia en un campamento mortífago.

¿Para qué iba a poner Parkinson hechizos de protección en la entrada si los demás no robarían nada de su tienda? Hermione creía que era para que no pudiera escaparse, pero, después de lo que había dicho Parkinson, ya estaba más claro que lo hacía por proteger más que por encarcelar. Al fin y al cabo, pensaba Hermione, si lograba escapar de la tienda no caminaría ni tres metros hasta que otro mortífago del campamento la capturase y la volviese a entregar a Lestrange, o directamente matarla.

Disimuló con dificultad una sonrisa, pero Pansy no la captó. Ésta seguía numerando diferentes situaciones peligrosas en un tono alto y desmesurado, poco le faltaba para tirarse de los pelos.

La Gryffindor subió los pies sobre el sillón y abrazó sus piernas, acurrucándose y observando a la Slytherin. No sabía que ella pudiera ser tan protectora, y pesada, ¿no hacía poco que la había amenazado con devolverla a Lestrange?

—¿Me estás escuchando?

Hermione parpadeó al regresar de sus pensamientos y contempló con una expresión inquisitiva a la Slytherin que mantenía las manos en su cadera.

—Eeh... no, ¿puedes repetir?

—Que de qué quería hablar él contigo.

—Ah, sí, me comentó que fuera a limpiarle la tienda, que él me dejaría hacer lo que quisiera y las cosas que seguramente tú no me permitías, a más de ofrecerme libros y lujos que, en mi opinión, no eran necesarios porque en cuanto escuché la palabra libros ya atrapó mi interés.

Pansy abrió la boca y negó con la cabeza, molesta por lo que había escuchado.

—¡Ese subnormal traidor de su madre! ¡Y después me reprocha a mí de traidora! Le habrás dicho que eres mía, ¿no? —Hermione abrió los ojos de par en par, imitando la expresión desconcertada de Pansy—. Mi criada, quiero decir. Te juro que pensaba en eso cuando lo he dicho.

—He contestado con un "tengo que hablar con ella", aunque he dejado entrever que me gustaba la idea de limpiar y cocinar en su tienda para después pasar el día leyendo, cosa que aquí no puedo hacer —se encogió de hombros.

—Vamos, que te has inventado toda la historia para que te deje leer el libro que te compré.

—Pregúntale a Nott si quieres, yo no tengo ningún problema con quién quedarme mientras pueda leer.

—No tienes remedio, Granger —negó con la cabeza, irritada por lo sucedido.

—¿Has visto que no hubiera muerto, aun así?

—La próxima vez que pase algo parecido saca todo el juego de cuchillos, y te dejaré una espada en el dormitorio por si la necesitas —se alejó del sillón, directa a la entrada del dormitorio a echarse una siesta.

Agh, ¿en serio?! —alzó los brazos y golpeó las rodillas con las palmas.

—Con la vida no se juega, y créeme cuando te digo que Nott no es precisamente fiable.

—Y me lo dice la que hace nada no le importaba echarme de comida a los Carroñeros.

Pansy rodó los ojos y corrió las cortinas tras ella. Se desprendió del uniforme, lo doblegó y lo guardó con cuidado para después colocarse el camisón una vez se hubiera quitado el sujetador. Retiró la sábana de seda y acomodó la almohada. Antes de acostarse, fue hacia el lavabo a lavarse los dientes.

Al acabar, se enjuagó la boca con agua y se peinó con los dedos la melena lisa que ya le llegaba hasta un par de pulgadas pasados los hombros. No supo el día que decidió dejársela crecer, pero un cambio de look no le iría nada mal. Estaba harta de mantener el mismo estilo desde pequeña.

—¿Parkinson?

Ésta se quejó mentalmente, posando en su sitio la toalla con la que se secó. Salió con parsimonia del servicio y sus pies dejaron de caminar sin necesidad de que su mente les hubiera dicho nada.

Hermione, cerca de la cama, llevaba el culotte negro de encaje, las medias con su liguero y el picardías.

Y nada más. Pansy pondría la mano en el fuego de que repasó de arriba a abajo a la Gryffindor con la boca abierta sin enterarse de ello. Fue tan inesperado encontrársela de esa forma que no logró disimular la reacción.

—Antes de que digas nada, que conste que me lo he puesto por una única razón y te aseguro que no es complacer tus pervertidas fantasías sexuales.

—Joder, Granger... —se lamió los labios, todavía en shock. Intentó burlarse para no parecer tan sorprendida—. Se podría decir de que eres mona si te comparo con una lechuza pero... no creí que... pudieras...ser... tan... ¿No llevas sujetador?

Hermione se abrazó a sí misma en un intento de cubrirse los pechos.

—¡N-no me mires de esa manera!

—Entonces no te me presentes así, 'dita sea, no puedo evitarlo.

—¿No puedes evitar tener cierta educación?

—¿Pudiendo distinguir cada curva de tu cuerpo? Ni de broma, estás demasiado buena.

La maga bufó. Sabía desde un principio que, al ponerse esa vestimenta, tendría que lidiar con el carácter de la Slytherin.

—Me lo he puesto para que desencantes el libro.

—Ajá... —asintió como una cría.

—¡Parkinson!

—¿Eh? ¿Qué?

—Que me lo he puesto para que desencantes el libro, ya tienes lo que querías, ¿no? Ahora tu parte —ladeó la cadera, apoyando todo el peso en una pierna.

—¿Tienes en cuenta de que en teoría ya habías ganado con el tema de Theo? Quiero decir, que pensaba que te irías con él, así que ya barajaba la posibilidad de devolverte el libro.

—Me estás diciendo que...

—Síp.

—... lo hubieras desencantado igualmente...

—Síp.

—... aunque no me hubiera puesto esto...

—Síp.

—... porque pensabas que me iría con él.

—Síp.

—¿Me lo he puesto para nada?!

—No, ¿ves? Ahí te equivocas. Me has alegrado la vista y la vida, Granger, si quieres puedes echarte la siesta conmigo, en esta enorme cama cabemos de sobras o, quizás, es mejor dormir abrazadas para evitar caernos. Ya sabes, "por si las moscas" —dejó el tono irónico de lado para soltar carcajadas sin pausa al contemplar a una Hermione maldiciéndose a sí misma.

La Leona acabó por enviar una mirada asesina a la Serpiente.

—En fin, Granger, voy a dormir que esta noche tengo una expedición.

—¿Y mi libro?

—Quizás si te echas la siesta conmigo, lo desencante más tarde.

—Entonces le diré a Nott que acepto su propuesta.

—Suerte con él, después no me vengas llorando con que te ha acosado.

—Tú eres quien me está acosando.

—Si te hubiera incomodado tanto, me habrías partido la cara con un puñetazo, así que no vayas de víctima —se acomodó dentro de las sábanas, volteó varias veces hasta llegar al centro de la enorme cama y soltó un suspiro de satisfacción—. ¿Vienes o preferirás esperar a que me pagues los galeones que me debes? —dejó caer, aunque bien sabía que no hacía falta coaccionarle.

Hermione profirió un ruido prolongado de queja y molestia hasta sentarse en el borde.

—Que conste que lo hago por el libro.

—Claaro, claro. Yo de ti me quitaría el liguero y las medias, son muy incómodos para dormir—informó, al comprobar que la Gryffindor iba a meterse tal cual.

Hermione liberó el aire por la nariz y se desprendió de ellos. Una vez más, intentó meterse.

—También el culotte, te rozará bastante.

—Ya no cuela, Parkinson.

—Se ha intentado.

Granger se arrastró por la cama hasta llegar al centro y se escuchó un clic, dejando la habitación a oscuras iluminada sutilmente por la claridad de las paredes de tela. Le dio la espalda a la Slytherin y notó de inmediato un brazo rodeándola por la cintura.

—Ni se te ocurra —avisó, por la idea que tenía la mortífaga.

No obstante, el abrazo se estrechó y pudo notar con facilidad el cuerpo de Pansy ceñirse a su espalda. No tuvo ni idea de cómo reaccionar ante la pierna que se acomodaba por encima de las suyas.

—Apuesto lo que sea de que seguramente ahora estarás sonriendo de lado y riéndote de mí.

En la tenue oscuridad se escuchó una risa. Continuaron susurrando a pesar de que no era de noche ni nadie las podía escuchar.

—Cómo me conoces, Granger, ¿seguro que no te acuerdas de nada del pasado?

—No, ¿seguro que no sientes ni lo mínimo por mí?

Hubo un momento de silencio.

Pff, ¿crees que la respuesta cambiaría algo? —inquirió Pansy.

—Cambiaría muchas cosas.

—No serviría de nada en estos momentos, te lo aseguro.

—¿Porque yo te odio y tú me odias? —murmuró Hermione en un hilo de voz de cansancio.

—Exacto, porque yo amo al odio y odio al amor, no hay más. Es muy difícil cambiarme, soy una tozuda por naturaleza.

—Ya somos dos.

—Sí, y por eso chocamos tanto.

—¿Qué crees que pasó? —susurró Hermione, hizo el ademán de virar la cabeza y mirarla, pero el abrazo y la cara de Pansy justo detrás lo evitaron.

—¿Qué pasó cuándo?

—Qué pasó para acabar enamoradas tal y como se nos ve en la foto, tanto como para que me escribieras esa carta.

—Apuesto a que caí por las escaleras y me quedé en coma, seguramente ahí es cuando empecé a delirar con que podría salir contigo. Quizás todavía lo esté y todo.

—Muy graciosa —sonrió sutilmente por la suave risa de Pansy.

—¿Qué crees tú?

—No lo sé... Si te soy sincera, apostaría a que no sentía por ti esta atracción sexual que siento ahora, por lo tanto no tengo muy claro qué nos acercó. Al fin y al cabo, no parábamos de discutir —se rascó la frente—. O ocurrieron muchísimas cosas que nos obligaron a conocernos o... Ni idea, es muy irreal.

—Ni que lo digas, se lo cuento a cualquiera y se parte de risa en mi cara.

—¿Y si perdimos la memoria como ahora?

—¿Y qué? No veo tu punto, seguimos discutiendo igual.

—Ya, claro, al igual que en los otros años en Hogwarts también acabábamos abrazadas en una cama a oscuras aunque discutiéramos.

Touché. Bueno, nunca sabremos la verdad así que prefiero dormir y no meter la pata esta noche. Que duermas bien, Granger.

—¿Dónde vas esta noche? —interrumpió.

—Uhmm... —calibró las ventajas y desventajas de explicarle la situación de los grupos de búsqueda—. Voy a una peligrosa misión y si me ocurre algo y a Drac también... Te iba a decir alguien con el que puedas estar segura pero aquí no hay nadie, así que si por casualidad puedes escapar y no sabes adónde ir hasta encontrar a los tuyos, busca a mi tío. Él está de tu parte.

—¿Cómo se llama?

—Perseus Parkinson, puedes confiar en él ya que se ha casado con una muggle y se unió a la Orden del Fénix, si lo encuentras te llevará a ellos.

—¿Y dónde lo busco?

—No tengo ni idea... Sería peligroso que lo supiera, sólo puedo darte el nombre.

—Lo tendré en cuenta... Dulces sueños, Parkinson.

—Duerme bien, Granger.


Si no he podido subir antes el cap, ha sido por culpa de la web, que no sé qué ha pasado pero no dejaba entrar a los perfiles de los usuarios T.T así que la culpa va para Fanfiction.

¡Muuuuuuchas gracias por los reviews :D y nos leemos el próximo sábado! :3