Preparando el plan Z número quinientos tres
El duende Rugnok achinó los ojos con recelo al distinguir a cuatro encapuchados dirigirse hacia su puesto. Viró la cabeza de un lado a otro, refunfuñando por ser el único duende libre que podía atenderles en el banco de Gringotts.
No se esforzó ni en regalarles una sonrisa falsa.
—¿Qué desean? —inquirió, en seco, dejando la pluma en el pote de tinta con desgana.
—Deseamos hacer unas transferencias entre cámaras, crear dos de ellas y cambiar dinero mágico a muggle —comenzó la figura más alta.
Unas hebras de pelo dorado se escapaban por el cuello de la capucha. Rugnok frunció los labios y cerró más los ojos. No le transmitían ni una pizca de confianza.
—Perfecto ¿Qué tipo de cámaras desean abrir?
—Dos cerca de la superficie, que sólo sea necesario tener una llave.
El duende chasqueó y la pluma que se encontraba descansando apareció entre sus dedos. No tardó nada en rasgar el papel con la tinta.
—¿A nombre de quién será la cámara?
—Hermione Jean y la otra Ginevra Molly.
Daphne escuchó a Pansy carraspear tras su espalda. La morena le había comentado que abriera la cámara de Granger cambiando ese apellido por el suyo; Hermione Parkinson. No obstante, al igual que la cámara de Ginny, debía de pasar desapercibida por si el banco sucumbía ante los mortífagos y repasaban el historial de las cámaras. Y el apellido Parkinson no pasaría ni por error.
—Perfecto ¿Con cuántas monedas se inaugurarán las cámaras? —volvió a inquirir, aburrido y harto.
—Antes de todo... deseo que la fecha de creación de las cámaras sean borradas y sustituidas por una semana anterior a este día —dicho esto, manteniendo su mirada en la agria del duende, le acercó con disimulo una bolsa llena de monedas de oro, cortesía de Draco.
El trabajador repasó con ahínco todos los presentes que se hallaban haciendo sus quehaceres en el banco. Nadie les prestaba atención, incluso se encontraban trabajadores y clientes charlando con tranquilidad, evitando que el tintineo de las monedas llegara a escucharse. Con un asentimiento, su expresión cambio a una más bondadosa e interesada. Estiró la mano, escondió la bolsa bajo su palma y la arrastró hasta el borde de la mesa de piedra, donde desapareció en un cajón.
Greengrass giró ligeramente la cara para contactar con Pansy. No era ningún secreto el amor que sentían los duendes por el oro. Al fin y al cabo, eran trescientas monedas a cambio de un borrado de fechas sin importancia.
—¿Con cuántas monedas se inaugurarán las cámaras? —repitió, con un tono enriquecido de felicidad.
—La trasferencia será de la cámara 815 a la recién creada de Hermione Jane. La fecha de transferencia no será puesta, en vez de una fecha se pondrá que la cámara 815 fue vaciada por la dueña para sus propios intereses hará un mes. Es decir, no ha habido ninguna transferencia.
A pesar de acercar otra bolsa, completamente cubierta por la ancha manga de la túnica de Daphne, el duende no hizo el ademán de aceptarlo. Entrelazó sus manos y observó fijamente a los encapuchados.
—Puedo borrar fechas, pero no afirmar que fue vaciada por la dueña. Necesito su firma o sello familiar.
—Ningún problema.
Pansy acortó distancias y se descubrió un poco el rostro.
—Yo soy la dueña.
Rugnok tardó una milésima de segundo en atrapar la bolsa de oro y en indicar a dónde debía de firmar, mostrando sus afilados dientes con satisfacción. Al acabar, Daphne indicó los mismos pasos entre su cámara y la de Ginny. Mismo resultado y misma sonrisa de gusto en el duende.
—Perfecto —soltó, por costumbre durante los centenares de años de trabajo—. ¿Desean saber el dinero exacto que contiene cada cámara?
—No —contestaron.
—Mmh, perfecto ¿Cuánto dinero desean cambiar?
—Un millón y medio de Galeones convertidos en dinero muggle.
—Perfecto. Un momento.
De un salto, salió del asiento y se perdió entre los pasillos resplandecientes y dorados del lugar.
—¿Creéis que nos llegará? —Hermione se puso, una vez más, a hacer cálculos mentales.
—Nos llega para comprar una casa muggle, comida, bebida, ingredientes de pociones, agua y luz. Y una jaula para el puto gato —espetó Parkinson, bufando. No le hacía nada de gracia tener que cuidar de Lestrange por culpa de la excusa de que la maga oscura debía de estar bajo los efectos de la poción que Hermione debía de hacer. Por suerte, mientras acababan los preparativos y buscaban la casa muggle, Bella se tenía que quedar en casa de Perseus.
—Yo opino igual que Granger, pienso que nos quedaremos sin monedas en poco tiempo.
—No es verdad —interrumpió Ginny a Daphne—, si gastamos el dinero como lo harías tú en tu día a día, seguro que no nos dura ni dos. Pero hay que ahorrar e ir con cuidado.
La rubia quedó con la boca abierta, la mano en el pecho y ofendida totalmente. Con el "Menuda reacción más de niña fina y de papá" de Ginny, reaccionó de una manera más exagerada.
Parkinson las observó con una mezcla de diversión y preocupación por las anteriores discusiones que tuvieron ellas dos. Pensándolo, las dos brujas no podían llegar a ser más diferentes de lo que eran entre sí: La hija mayor de una familia rica, acostumbrada al lujo y a la rectitud de las normas, con la pequeña y única chica de una familia pobre de vete a saber cuántos gazapos varones acostumbrada a ser un espíritu libre.
—Pediremos medio millón más de Galeones en vez de dinero muggle—sentenció Daphne, apoyándose en el mostrador con los antebrazos.
Ginny captó al instante el lenguaje corporal. Molesta, regresó a la fila trasera, cerca de Hermione.
—Veremos cómo vamos a escapar sin dejar a nuestras espaldas un montón de cosas compradas si es necesario —le susurró la pelirroja al oído.
—La casa que compremos será nuestra casa y cuartel por un tiempo indefinido, ya podríamos considerarla hogar, Ginny —dijo Hermione.
La menor de los Weasley desvió sus pupilas hacia el rabillo del ojo por donde pudo ver la sonrisa de su amiga.
—¿Estás ilusionada con esto?
—¿Por qué no? Viviré con Pansy y contigo, ¿no te parece genial? A pesar de estar en el preludio de una guerra, no hay que derrumbarse antes.
Rugnok regresó con una bolsa mediana de piel que parecía que estuviese vacía. La posó en el mostrador de piedra junto al pergamino y oyó el pedido de medio millón del primer encapuchado. No tardó en girar sobre sus talones para volver por el mismo camino.
—Voy a comprar mis productos con Hermione. Os espero en la tienda —anunció Pansy.
Se despidieron en silencio con un movimiento de mano.
—¿Estaba vacía, la bolsa? —preguntó Ginny, una vez se quedaron a solas, atenta por si las estafaban.
—Es un hechizo común de fondo infinito. No puedo creer que no lo supieras —Daphne se rió entre dientes, procurando no darle importancia.
Sólo faltaba que la Gryffindor le atacara en un lugar público cuando intentaban pasar desapercibidas.
—No había caído en ello, ¿vale? —refunfuñó, escondiendo sus manos en las mangas.
Observaron de lejos al duende, portador de la bolsa apretujada en una mano.
Al dejarla, Daphne la recogió, dando un vistazo en su interior con disimulo. Sí, ahí estaba todo. Vigiló alrededor suyo antes de guardar la bolsa llena de oro en el forro interno de su abrigo, situado bajo la capa y protegido por varios hechizos. Las dos llaves de las cámaras nuevas siguieron el mismo recorrido.
—Gracias, Rugnok.
—Un placer, señorita Greengrass —mostró sus dientes afilados al notar la tensión de la joven. Había tardado en reconocerla, pero sus movimientos controlador y delicados, propios de los Greengrass, la habían delatado—. Mmh... escuché que murió en una emboscada junto con la señorita Parkinson y el señor Malfoy —la pausa sirvió para asentir. Con Lord Voldemort reinando, Gringotts no les pertenecía a ellos, sino al Ministerio. Y aquello no le interesaba—. Me alegro saber de que ayuda a la señorita Granger y a la señorita Weasley en esta causa.
—Si es cierto que le alegra, es mejor que procure guardar bien lo que ha ocurrido aquí.
—Ningún problema, señorita, su secreto y su oro está bajo buena custodia.
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Las calles del Callejón Diagon estaban iluminadas por el sol del mediodía. La primavera sentaba de maravilla a la arquitectura tan peculiar, la gente seguía transitando sin mirar a los demás pero formaban el bullicio de cada día, incluso aunque fueran días de tensión y paranoia por los asesinatos. Daphne se podría descubrir la cara sin problemas porque nadie se fijaría en nadie a no ser que fuera un mortífago quien vigilara las calles. Únicamente los que luchan a matar estaban vigilando a cada rincón.
La rubia agarró la capucha con el índice y el pulgar. Le dio dos tirones para cubrirse más la cara y se dirigió directa al encapuchado, Ginny, que caminaba a varios metros por delante y entraba en una tienda.
Una vez dentro, Daphne pudo contemplar que las brujas se habían desprendido de la capucha. La dueña dejó ver sus mofletes hinchados al sonreír ampliamente y Daphne le devolvió el gesto, un tanto sorprendida de que la descubriera a simple vista. Pese a saber que la dueña estaba en contra de los mortífagos, todavía se sorprendía que no se hubiera quedado conmocionada al ver a dos muertas -ella y Pansy- en su tienda.
Prefirió no saber nada.
—Mi brillo de labios es este —escuchó decir a Pansy mientras se acercaba al reducido grupo arremolinado en una estantería.
Greengrass disimuló la risa para no llamar la atención en la tienda al notar la expresión de las dos Gryffindors cuando descubrieron el verdadero precio del producto. Pansy, en cambio, se carcajeó sin pudor. Nadie pudo evitar sonreír con aquella risa tan contagiosa.
—Va, que está rebajado —se burló Parkinson, agarrando dos brillos y dirigiéndose hacia la estantería de enfrente para buscar crema hidratante y exfoliante.
—¿Es necesario que compres y gastes tanto? —preguntó Hermione.
—Sí. Mi oro, mis reglas —frenó los movimientos en seco, irguiendo la espalda.
—No pongas esa cara de enfado —replicó la Gryffindor, pellizcándole con cariño el costado.
Pansy relajó el semblante, negando con la cabeza como si no pudiera soportarla.
—Se te escapa la sonrisa —pinchó la Leona.
—Calla —cortó con un tono infantil, dándole la espalda y buscando con la mirada los productos que siempre utilizaba.
Los minutos pasaron y Pansy parecía no haber encontrado o no haber decidido si los nuevos productos eran mejores que los que ya usaba, así que Ginny, después de intentar entretenerse creando un ritmo con un pie golpeando el suelo, bufó de cansancio y tiró de la manga de Hermione. Al caminar hacia la salida, aprovechó para tirar de la túnica con capa de Daphne.
La Slytherin se resistió sin esfuerzo, hecho que provocó un ligero fruncimiento de ceño en Ginny.
—¿No vienes? —inquirió Weasley, soltando la túnica de las dos brujas.
—Estoy leyendo la etiqueta de un champú que parece ser muy adecuado para mi cabello —respondió Greengrass con dulzura sin dejar de leer.
—¿Un champú con el precio de un diente de dragón? —negó con la cabeza, ¿cómo podían ser tan derrochadoras?
—Quizás dos —contestó seria.
Daphne asintió para sí misma y se dirigió al mostrador con el champú, sacando la bolsa de oro al andar.
—¿Te ríes de mí? —Ginny sacudió su melena al girarse para seguirla con la mirada mientras caminaba.
Daphne la observó de reojo, cerciorándose de si la menor estaba de buen humor para bromear o dispuesta a romperle la nariz de un puñetazo.
—Un poco.
Al liberar una suave carcajada, la rubia recibió un puntapié en el muslo. Ni se inmutó, la menor apenas había utilizado fuerza.
—Estamos fuera, ya vendréis cuando queráis.
—Mh hm —afirmó la Slytherin, sacando los Galeones del precio del champú. Sus labios sonrieron de alivio por no haber cruzado los límites de Weasley.
Pansy se acercó por su derecha con las manos llenas. Posó los objetos en línea, con cuidado, y sacudió sus manos.
—¿Lo pago yo? —Daphne zarandeó la bolsa.
—¿Cómo quieres que lo pague? ¿con favores sexuales? —frunció el ceño.
—Uff, qué cambio.
—Era una pregunta estúpida, D, no me jodas.
—Sí, sí, ya está, ya está —depositó los Galeones y los Sickles en el mostrador.
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—Seamos sinceras, es demasiado pequeña —comentó Parkinson una vez pudieron reunirse para hablar sobre la casa que les estaba enseñando una mujer muggle de media melena, vestida con una falda gris de lápiz y una americana del mismo tono.
Daphne apoyó la opinión a pesar de que Ginny encontraba aceptable el tamaño. Al final, sin apenas debatir, pidieron visitar otra.
—¿Sería mucho preguntar de qué capital disponéis? —inquirió la vendedora, estrechando la carpeta contra su pecho y cerrando la puerta.
Se guardó las llaves, sonriendo como si se tratara de un anuncio. Pansy correspondió el gesto, más coqueta de lo que hubiera querido. La mujer, que no sobrepasaba los treinta a más de parecer estar bien situada en ese mundo de negocios, fijó su atención en los ojos de la bruja que se situaba enfrente.
—Se podría decir que somos unas niñas de papás muy ricos así que... bastante —orgullosa, Pansy creó un ritmo con el tacón de la bota de caña que llevaba.
Con el objetivo de no llamar la atención con ropas de bruja y de causar buena impresión a la hora de comprar una casa muggle, Pansy y Daphne recorrieron las tiendas de moda muggles que veían a su paso dispuestas a crear la imagen que más deseaban.
Estaba claro que el resultado era apabullante para la gente del exterior. Hermione había insistido en que vestirse como si esas dos fueran a desfilar la pasarela de modelos más importante del mundo no ayudaría en nada, pero Pansy y Daphne aseguraban lo contrario. Porque, desde jóvenes, sabían que oler a dinero era el pase más sencillo hacia la amabilidad y la atención.
Y la atención de esa adulta joven ya estaba fijada en Parkinson.
—¿Le parece si volvemos a echar un vistazo a nuestros catálogos y me señala qué estilo de casa prefiere?
—Adelante —contestó la Slytherin, haciendo un ademán con la mano.
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El piso cambió de ser pequeño con la finalidad de pasar desapercibidas, a la enorme mansión que tenían frente a sus ojos.
Daphne y Pansy se relamieron los labios, sintiéndose como en casa.
—Esto sí —Parkinson sonrió de lado y entrecerró los ojos con perspicacia. Parecía un lobo escudriñando su territorio—. Esto es otro mundo.
—¿Bromeáis, verdad? —Ginny se bajó del vehículo de la vendedora, Rachel, que, en un acto altruista, decidió llevar a sus clientas en su propio coche.
—Pasaremos demasiado tiempo limpiando —se quejó Hermione, imaginándose las tareas domésticas y cotidianas para mantener la mansión en un estado aceptable.
—¿Elfos domésticos? —acabó su novia.
—Vamos, Pansy, ¿y arriesgarnos a que sean fieles al Señor? —aceptó Daphne. Posó sus gafas de sol redondas y recién compradas en la cabeza, quedando sujetadas por las hebras doradas de su flequillo—. Una de un tamaño más reducido debe de haber, ¿no?
Rachel, la vendedora, quedó sin palabras, ¿Señor? ¿Elfos domésticos? ¿Qué se habían pinchado en las venas estas jóvenes en las mansiones de sus padres?
—S-sí, por supuesto, hay una al final de esta misma calle. Se trata de una casa de tres pisos, con terraza, un sótano y jardín. El vecindario es excelente, ya podéis ver que están situadas en la misma residenc-
—Que sí, que sí, que nos la enseñes —cortó Ginny.
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Era perfecta. Pansy siguió a Rachel hasta el centro del salón.
Estaba amueblada sin pensar en el dinero y equipada con los electrodomésticos y la tecnología muggle más avanzada. En la planta baja, se situaba el salón, el comedor en otras cuatro largas paredes, y la cocina. Arriba, los dormitorios: uno de matrimonio y tres individuales que, con las camas adecuadas, el amplio espacio subiría a la categoría del primero. Y, en el tercer piso, tres cuartos amplios que podrían servir para las pociones y los objetos mágicos. Además de encerrar ahí a Bellatrix una vez fueran a buscarla a la mansión de Perseus después de haber comprado una casa. Por desgracia de Parkinson.
—Nos la quedamos.
Pansy recibió las miradas de sorpresa de las dos Gryffindors.
—¿Así sin más? —dijo Hermione.
—Tiene el tamaño adecuado por el cual no discutiremos, los muebles necesarios para vivir cómodamente y el dinero nos llega de sobras —Daphne demandó los papeles de la casa, revisando la letra—. De sobras —acabó, devolviéndolo satisfecha.
Hermione asintió y agarró la muñeca de la menor de los Weasley, tirándola hacia el comedor que se encontraba en el espacio de al lado.
—¿Te gusta la casa? —le preguntó Granger, cerrando la puerta.
—Mmmh, han ido muy rápido en decidir, pero quizás...
—Opino lo mismo. Antes de venir me he asegurado en si la residencia es exclusivamente muggle, y sí. Podremos pasar desapercibidas con los hechizos apropiados.
—Habrá que esconder la varita al salir.
—Eso no supone ningún problema, Gin.
Hermione mantuvo el silencio durante un segundo para asegurarse de que las Slytherins seguían hablando al otro lado. Habían recibido instrucciones claras de la Orden y no quería desobedecerlas en tan poco tiempo, y estaba bien segura de que a Moody y al resto no les estaba gustando nada que continuaran tantas horas sin informar. Sin abrir la boca, Granger envió su Patronus a la mansión de Perseus pensando en Alastor. Confiaba en que recibiera el mensaje de dónde se encontraban y dónde se iban a quedar.
—¿Señoritas? —Daphne golpeó la puerta con un nudillo.
Los párpados de Ginny se cerraron durante el bufido que liberó.
—¿Por qué siempre se burla llamándonos señoritas? —susurró Weasley.
—¿Piensas que se ríe de nosotras?
—Al menos de mí, desde que me conoció —comentó, irritada por la actitud general de la rubia.
—Yo lo veo un acto de respeto y... cariño —se tapó la sonrisa con la mano ante la penetrante y enfurecida mirada de su amiga—. Ha nacido en una familia muy educada y todavía estará esperando a que le digas que te llame Ginny, y más después de que le dijeras que no esperara nada de ti.
La nombrada boqueó, atónita y escéptica.
—¿Tú crees? ¿Crees que es tan imbécil como para esperar a que le diga que me llame por mi nombre?
—Inténtalo, no pierdes nada. Únicamente que te siga llamando señorita Weasley —rió entre dientes, divertida. Le era curiosa la personalidad de Greengrass.
—Pero... ¿en serio está esperando a que se lo diga? O sea... es mi nombre, no el de Quién-tú-ya-sabes, todo el mundo me llama así. Además, a ti te llama Granger —dijo molesta.
—Porque le dará igual mi opinión —se encogió de hombros y, con el dedo, apretó el hombro de Ginny a cada sílaba—. Le gus-tas mu-cho, y se nota. Tanto como para tenerte respeto siendo tú una traidora y ella habiendo crecido en una familia sangre pura y conservadora. Y con la reacción que tuvo ayer cuando la encaraste ya se confirm-
—Ni se te ocurra seguir con ese tema, te lo advierto —la señaló.
—Hasta yo me he dado cuenta que no quería explicarte nada porque no se atrevía a decirte la verdadera razón de por qué quería acercarse a ti en Hogwarts.
—Para destruir el Ejército y conseguir información, está claro —alzó las manos al aire, evidenciando lo evidente—. Ayer lo dijo.
Hermione le regaló una mirada cargada de "¿Estás segura? Porque parece ser que ni tú te lo crees"
—Tú lo sospechas, yo y Pansy sabemos la verdad, y Greengrass es una cobarde a la hora de declarar sus sentimientos, como todos los Slytherins... Y sólo puedo decirte que te unas al lado oscuro conmigo y con Harry, veeen, úneeeteee —movió las manos como si le hiciera voodoo alrededor de ella, riéndose de la cara de Ginny—. Tenemos mucho dinero y placeres prohibidos, veeen... ¡Daphne sabrá llevarte al éxtasis una vez confíes en ella!
—¡Para! —chilló irritada, dio un manotazo a la mano que se movía cerca de su cara y abrió la puerta como un relámpago. Ni siquiera frenó en el salón, fue directa a las afueras de la casa.
Granger parpadeó varias veces. Jamás había visto semejante reacción en su amiga. Tal vez su propia personalidad empezaba a fusionarse con la que aprendía de Pansy y aquello sólo podía significar que se estaba volviendo más buena en fastidiar a la gente. Hermione observó por la ventana del comedor cómo su amiga se sentaba, ya en la calle y cerca del coche, para mirar ausente a los altos y bien cuidado árboles.
—¿Qué le ha pasado? —Daphne se asomó por la puerta del comedor.
—Ni idea, aunque ya hemos decidido que nos quedamos con la casa.
—Magnífico, acababa de firmar el contrato. Ya es nuestra. He tenido que acelerar el proceso mediante mis recursos porque parece ser que en el mundo muggle el hecho de comprar una casa va más lento —explicó con cierta incredulidad—, pero ya la tenemos. Nos faltan las llaves, que ahora Parkinson debe de estar hablando con la vendedora para convencerla, supongo.
Hermione negó con la cabeza, sin creérselo.
—¿Por qué nunca pedís nuestra confirmación? —replicó, mirando por la ventana cómo Rachel caminaba por el jardín delantero hacia el coche, con Parkinson. Frunció las cejas.
—Porque ya la sabemos y no somos tan lentas como vosotras a la hora de decidir en si gastar dinero o no—soltó, desapareciendo del comedor y yendo escaleras arriba a escoger una habitación.
Como un huracán, Granger tiró del pomo y abrió la puerta blanca de la entrada a la casa, saliendo al porche para apoyar los antebrazos en la baranda. Miró con atención la interacción entre la vendedora y su novia que continuaban caminando por el camino de piedra del jardín de la casa nueva.
Ya estaban aquí. Los celos habían aparecido dando palmadas.
Desgraciadamente, la vocecita celosa de Hermione siempre tenía un clavo dónde agarrarse. Esta vez, vigilando el lenguaje corporal y las sonrisas, la vocecita eligió el tema más doloroso "Aunque hayas pasado mil y una con Parkinson, todavía no sabes cómo actúa en el exterior, ¿qué pasará cuando acabe la guerra y empiece a ser una rutina normal de pareja?"
—Me quedaré con la del pasillo izquierdo, al norte. Me gusta poder ver el jardín al despertarme —la voz de Daphne le llegó desde las enormes escaleras que subían al segundo piso.
Hermione viró sobre sí misma, llamando a Greengrass con un gesto de mano. En cuanto se acercó, la Leona le indicó que no hablara muy alto.
—Sé sincera, por favor, ¿Pansy le ha sido infiel a alguna de sus parejas?
—No.
La respuesta inmediata no la convenció.
—¿Celosa? —inquirió Daphne, señalando con la cabeza a las dos mujeres que continuaban hablando a lo lejos.
La profunda respiración junto con los ojos cerrados de Hermione, contestaron a la pregunta.
—Pans es...—continuó Daphne— una chica muy coqueta, le encanta gustar y ser femenina. Es una de sus maneras de sentirse querida aunque sepa que no hay verdadero amor, pero no te preocupes, a medida que pase el tiempo te darás cuenta de que no es tan idiota como para intercambiar amor por una falsa sensación de superioridad y sexo. Es más, añadiría que eso ya lo sabes de sobras después de todo lo que habéis pasado, pero los celos te hacen pensar mal.
Hermione asintió sin dejar de observar a la lejanía.
—¿Habéis hablado tú y Pansy sobre mí o nuestra relación? —preguntó la Leona, guiando sus ojos a los azules de la Slytherin.
—Algo así.
—¿Y es suficiente lo que hago?
Daphne levantó ambas cejas. Jamás se lo esperaba de Hermione Granger.
—¿A qué te refieres en si es suficiente?
—No me refería a eso —agregó al leer la expresión de Daphne—, no es que me sienta inferior a ella, si no que como es una sangre pura tan complicada y caprichosa, y yo soy como soy... Quiero decir, que no me explico bien, hay veces que no estoy segura de si mis "actos y gestos" los llega a captar porque somos un tanto diferentes en demostrar nuestro amor y, no sé,...
Los movimientos de sus manos al hablar provocaron una carcajada en la Slytherin.
—Si ella no te ha dicho nada, no te preocupes. Tú misma deberías de saber la confianza que hay y en si es la suficiente como para que Pansy te comente estas dudas que tienes ahora respecto a ella. Que vuelvo a repetir de que estoy segura de que tu mente no para de darle vueltas a algo que sabes que no es verdad.
La Leona se ruborizó, ¿cómo se le había ocurrido hablar de estos asuntos de pareja tan personales con la mejor amiga de su novia? Cuando ni siquiera la conocía de un par de charlas. Por no decir ninguna.
Las carcajadas limpias de Greengrass empeoraron la situación.
—Tranquila, los celos hacen que vayas a preguntar a quien menos te lo esperas.
—No se lo digas, por favor. Tampoco quiero que te cuente todas nuestras intimidades.
Daphne rió, frunciendo las cejas al extrañarse.
—Sabiendo que Pans nunca ha sido de abrirse a la gente para explicar sus asuntos, ¿qué te hace pensar que cambiará? Conociéndola, sólo diría lo bien que se lo pasa contigo en la cama.
Hermione se puso roja segundos antes de escuchar el portazo del coche de la vendedora. Entrecerrando los párpados, vigiló el ondeo de la mano de Pansy al despedirse de Rachel mientras ésta desaparecía al final de la calle.
En el exterior, la joven Weasley se fue acercando a Parkinson con parsimonia. Al llegar a la Slytherin, Ginny asintió como saludo y continuó dirigiéndose a la casa, dejando atrás a la otra bruja.
—Adivinad quién ha podido hacer copias de las llaves sin que esa mujer se enterara, os juro que si aquí estuviera la profesora McGonagall le daría un beso. Mh, lo dejamos mejor en una palmada en la espalda —Parkinson tintineó las llaves entre sus dedos, observando la mansión. Saludó a Hermione con un guiño.
Con un vistazo, Daphne escudriñó a Granger, quien mostraba una expresión seria.
—No seas así —vociferó Pansy, a medida que andaba por el sendero de piedra hacia la casa, siguiendo los pasos de Ginny—. La vendedora ha dicho que más tarde se pondría en contacto con nosotras para acabar de cerrar todo, pero la sorpresa que se va a llevar cuando nos vea instaladas —frenó para fijar su mirada a la nada, pensando—. Creo que tendremos que utilizar algún que otro Obliviate para no tener problemas —rió—. Ahora ya podemos instalarnos tranquilamente.
—En un chasquido —añadió Greengrass, imitando a sus propias palabras.
El equipaje apareció enfrente de las escaleras amplias hechas de mármol y Daphne no tardó en agitar la varita para lograr levitar la maleta negra.
—¿En qué habitación os instalaréis? —inquirió antes de ordenar a su magia. Tenía bien claro dónde enviarla. No obstante, por educación...
—Yo me quedo con la más iluminada, la del pasillo izquierdo al... —dijo Pansy en cuanto cruzó la puerta de entrada.
—Norte —ambas Slytherins acabaron al unísono.
Después de una fugaz mirada entre ambas, Parkinson empujó a su compañera, tirándola al suelo y precipitándose escaleras arriba. El inofensivo hechizo de Greengrass no tardó en alcanzar a la figura que subía de dos en dos los escalones.
—Debí de imaginármelo —gruñó la rubia, golpeando el parqué con la mano para levantarse a toda prisa.
Pansy se recuperó del desequilibrio por el hechizo, esquivando a la bruja que se cernía a ella a gran velocidad. Se unió a la carrera empujando como podía a su rival contra las paredes del pasillo. Merlín, era un sufrimiento correr en tacones.
La primera en agarrar el pomo fue Pansy, y también la primera en dar un salto hacia atrás al ver, enfrente de la cama, a Bellatrix en su forma humana.
Daphne agarró el cuello del abrigo de su amiga y la lanzó hacia atrás, aprovechando el movimiento para cerrar la puerta. La reacción les obsequió una tranquilidad temporal. Se miraron, preguntándose, dando bocanadas de aire y bloqueando la puerta con la espalda y con múltiples hechizos.
¡Yeeeha! Ya he hecho mi acción capulla del día dejándoos aquí :D Como siempre, muchísimas gracias por los reviews y los ánimos (que aunque tarde en contestaros, en algún momento u otro os devuelvo el amor como puedo, no os preocupéis por ello :3)
¡Qué paséis un buen finde y buenas vacaciones de semana santa!
